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Despeinadas – Lhuna White

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—Hummmmm, nena, ¡qué bien sabes, qué buena estas… ¿Quieres ir a tu casa? Aunque no me importaría hacerlo aquí mismo. —Carlos, o ese nombre le pareció
haber oído a Lucía, quería el postre en caliente, fuera donde fuera.
—Aquí no, vamos a mi casa.
Pararon un taxi y sin dejar de besarse con lo que parecía auténtica desesperación (igual no habría un mañana), subieron a trompicones. Lucía intentó dar su dirección
al taxista mientras intentaba escapar de la lengua de Carlos para pronunciar las palabras correctas.
Antes de subir los tres peldaños que separaban el portal del ascensor, Carlos arrinconó a Lucía contra la pared. Ella no fue capaz de controlar las enormes manos que
recorrían su cuerpo sin ningún tipo de miramiento ni cuidado… “Da igual, yo también quiero lo mismo que él: solo sexo. ¿Para qué esperar preliminares?”. Entraron en
el ascensor y casi la empotró contra el espejo situado tras ella. Sin dejarla apenas respirar levantó su falda y tiró fuerte de su tanga, lo cual le provocó un dolor que Lucía

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asumió como parte de su castigo por lo que estaba haciendo. “No importa, no importa, no importa”, no dejaba de repetirse. No pronunció palabra; hablar para sí misma
le resultaba suficiente hasta que él se marchara de su casa. Y eso que ni siquiera había entrado aún.
Cuando el ascensor se paró consiguió, tras liberarse de aquellas manos que tan mal utilizaba su dueño, salir al rellano y abrir la puerta de su casa. Antes de poder
encender las luces de su apartamento, él ya la había sentado sobre el mueble del recibidor.
—Hummmmm, nena, cómo me tienes. Tomas la píldora, ¿verdad? Nunca llevo gomas de esas. —Lucía empezaba ya a cansarse de lo “sutil” que estaba siendo el
personaje que se había llevado a casa—. Si no, tranquila, yo controlo, estoy sano, no pasará nada. ¡Joder, qué tetas!
—Vamos a la cama, tengo preservativos en la mesita de noche.
—Ohhh, nena… me encantas, ¡qué delicada! Preservativos, ¡qué linda!
Lucía se lo quitó de encima como pudo, no sin esfuerzo, y se dirigió a su habitación. Nada, medio metro duró su ansiada libertad. Carlos la agarró de la cintura por
detrás y comenzó a lamer su cuello… “Ahora… ¿qué? ¡¿Besos de vaca?! ¡Por Dios! ¿Quién es este tío? ¿De dónde habrá salido?”. Entraron en su pulcro dormitorio y
la lanzó sobre la cama. Lucía rebotó y estuvo a punto de aterrizar sobre la pequeña alfombra. “Menos mal que no bebí demasiado o, de lo contrario, hubiera besado el
suelo”. Intentó mantener la compostura, pero se vio acorralada entre su propia cama y Carlos. Lucía alargó el brazo como pudo y abrió el cajón de la mesita para coger
uno de los preservativos que guardaba allí (solo por si acaso). Intentó ver la caducidad, aún tenían validez para un par de meses. “¡Vaya! Sí que llevan tiempo ahí. Mis
padres pensarían que no lo estoy haciendo tan mal después de todo”. En ese momento se dio cuenta de que Carlos ya no estaba sobre ella. Se sentó sobre la cama y le
vio arrodillado en el suelo.
—¿Estás bien? —Lucía deseaba que se encontrara fatal y que saliera de una maldita vez de su casa.
—Ehhh, sí, nena, es solo que creo que acabé antes de empezar. Me estoy concentrando para volver a retomar el tema.
“No, de verdad, no hace falta, guapo; un clínex y a casa”, se dijo Lucía.
Él continuó a lo suyo sin ver la expresión de Lucía.
—No me suele pasar, pero cuando pasa… tranquila, enseguida vuelvo a estar preparado para que os podáis desfogar con esta preciosidad que tengo entre mis
piernas.
—Sí, claro, no te preocupes, estoy segura de que así es. Ahí tienes pañuelos, no pasa nada. Otra vez será —Lucía intentó sonreír, aunque estaba segura que él ni
siquiera la había escuchado.
—¿Qué? —preguntó él.
“Mierda… sí me ha oído”, Lucía bufó.
Él no parecía entenderla, a ella no le extrañaba, así que no dudó en seguir hablando:
—Siempre termino lo que empiezo, nena, y tranquila, no necesito limpiarme, apenas han sido unas gotas.
“¡Vaya, una frase sin hummmmm, ehhh, ohhh…” Lucía intentó reprimir su cara de asco y en cuanto abrió los ojos le vio otra vez encima de ella.
Carlos apartó con torpeza (aunque esta vez sin provocarle dolor) el tanga de Lucía sin ni siquiera quitarle la falda. Y la embistió, o eso creyó ella. El gesto de la cara
de Carlos parecía ser de orgullo, aunque Lucía desconociera el porqué. Mientras él seguía pensando que era el macho alfa de la noche, Lucía intentaba ver si llevaba el
preservativo puesto; parecía que sí.
No sentía que estuviera entrando nada entre sus piernas. “¡Por Dios, que espanto de tío! ¿En qué estaría yo pensando para fijarme en él?”. De repente, Carlos paró
en seco —nunca mejor dicho, dado cómo estaba la entrepierna de Lucía—, la miró con un gesto de repugnancia y salió de ella.
—¡Eh, tía! ¿Qué es esto? ¡Qué asco! ¿Estás con el tomate? Podrías haberlo dicho y me hubiera ahorrado el hacerte disfrutar como lo he hecho. —Subió sus
pantalones, que tampoco se había molestado en quitarse, y se fue por el pasillo.
Lucía miró las sábanas y sí, estaban manchadas. Decidió no pensar, solo dio gracias a que aquel grotesco personaje hubiera salido de ella y de su casa. Se levantó,
puso sábanas limpias y tras darse una ducha volvió a la cama.
“No pasa nada, no pasa nada, todo es normal”, no dejaba de repetirse.
3. Costumbres perdidas.

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