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Despues de la boda – Cara Connelly

Despues de la boda - Cara Connelly

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Adrianna podría helar el fuego del infierno y, como miembro fundador de Marchand,
Riley and White’s, podía despedirla, y la despediría, si se resistía demasiado.
—Está bien, como quieras —dijo.
Se quitó las cómodas zapatillas que llevaba y metió los pies en los zapatos rojos de
Jimmy Choo que tenía debajo de la mesa. Después, descolgó la chaqueta de su traje
de Armani del respaldo de la butaca y metió los puños por las mangas. Finalmente,
extendió los brazos.

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—De punta en blanco. ¿Contenta?
—Retócate el maquillaje.
Maddie puso los ojos en blanco. Después, sacó un pequeño estuche de su bolso y
se aplicó colorete en las mejillas pálidas y brillo en los labios. Luego se pasó los
dedos entre el pelo de color caramelo para levantárselo un poco. Lo llevaba en punta;
como los tacones, aquello era un truco para parecer más alta, pero solo medía un
metro cincuenta y dos centímetros, así que seguía siendo muy bajita.
Adrianna asintió una vez y se dirigió hacia la puerta con paso enérgico. Salió al
pasillo y le dijo a Maddie:
—Date prisa. Hemos hecho esperar demasiado a tu nuevo cliente.
Maddie tuvo que correr para ponerse a su altura.
—¿Mi nuevo cliente? ¿Es que no tengo ya suficiente trabajo?
—Él pidió específicamente que tú fueras su abogada. Dice que os conocéis.
—Pero ¿quién es?
—Quiere darte una sorpresa —respondió Adrianna, en un tono irónico que daba a
entender que no estaba bromeando.
Antes de que Maddie pudiera responder a aquella absurda afirmación, Adrianna
llamó cortésmente a la puerta de la sala de reuniones, y abrió.
Como en aquella sala se celebraban grandes reuniones con los clientes más
importantes, estaba diseñada para impresionar. El suelo era de tarima de madera
noble y estaba cubierto con alfombras orientales, y de las paredes colgaban paisajes
de pintores cotizados. Sin embargo, era la larga mesa de cerezo lo que proporcionaba
a la estancia el ambiente adecuado. La madera brillaba, y las sillas que había a su
alrededor eran de cuero. Transmitía una sensación de seguridad, profesionalidad y
prosperidad.
Y, por si acaso la decoración y la mesa no eran suficientes para convencer a un
posible cliente de que Marchand, Riley y White eran todo eso, bastaría con fijarse en
las vistas de Manhattan a través de la enorme cristalera de catorce metros que se
extendía por todo el lateral de la sala. ¿Quién podía negar aquel tipo de éxito?
El nuevo cliente de Maddie estaba de pie, admirando aquellas vistas, de espaldas a
la puerta, con una mano en el bolsillo del pantalón, hablando por teléfono.
A través de aquel teléfono, Maddie oyó el tintineo de la risa de una mujer. Él
respondió en italiano. Maddie no entendía una palabra de lo que estaba diciendo; sus
conocimientos de italiano empezaban y terminaban con el acto de pedir un risotto en
Little Italy. Sin embargo, había tenido una breve aventura con un guapísimo camarero
italiano, y reconocía el ritmo del idioma. Era el sonido del sexo sudoroso.
Carraspeó para anunciar su presencia, y eso le valió una mirada glacial de
Adrianna. Sin embargo, el hombre las ignoró por completo. Maddie se cruzó de
brazos y lo miró de arriba abajo con un sentimiento de ofensa.
Era alto; medía más de un metro ochenta, y debía de pesar unos ochenta y cinco
kilos. Tenía los hombros anchos, las caderas estrechas y la postura de un atleta,
elegante y relajada, como si no estuviera a diez centímetros del vacío, en el piso
número sesenta de un edificio de la Quinta Avenida.
Aunque había dicho que la conocía, ella no conseguía ponerle cara al ver su reflejo
en el cristal, ni tampoco al ver su pelo negro. Se le rizaba por encima del cuello de la
camisa; lo llevaba demasiado largo para Wall Street, pero demasiado corto para ser
jugador del equipo de fútbol de Italia.
Todo en él, su ropa, su comportamiento, su

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