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Libro Destino: Granada – Teresa Mateo Arenas PDF

Libro Destino: Granada – Teresa Mateo Arenas

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modos hacía horas que había despertado y no había manera que el dichoso avión tomase tierra.
En aquel momento debió darse cuenta que algo estaba fallando, pero el miedo a volar la volvía irracional y no pensó. Ni siquiera preguntó a la azafata por qué su
reloj marcaba las siete de la tarde, cuando habían dicho que aterrizarían a la una y veinte del mediodía, hora local y solo había una hora de diferencia con España.
Según todos los relojes eran las dos menos cuarto cuando pasaba por la aduana y le sellaban el pasaporte. El equipaje lo había facturado directamente al hotel un
día antes. La asistente de la agencia de viajes se lo había recomendado, así no llevaría tantos bultos, siendo que viajaba sola.
El aeropuerto le pareció enorme, aquello también debería haberle dado alguna pista, pero estaba tan contenta de estar por fin en Granada, que ni siquiera miró la
enormidad de su alrededor. Atravesar todo aquello la agotó casi antes de empezar. Así que se sentó a tomar un té, antes de salir a la calle a buscar un taxi que la llevase al
hotel.
Cuando se levantó de su asiento para irse, el bolso que había colgado en el respaldo de la silla… había desaparecido.
Y allí estaba ella, sin una libra en el bolsillo. Muerta de frío, esperando un milagro…
Estaba fuera de la terminal, sentada en un banco, con los pies encima del asiento y rodeándose las rodillas con los brazos intentando darse calor. No tenía medios
para tomar un taxi. No tenía teléfono móvil, con qué llamar a su casa y decirles lo que le había pasado, ni siquiera unas monedas para hacerlo desde un teléfono público.
No solía ser una persona dada a los histerismos, pero en aquel momento o sucedía el milagro, o entraría en shock.
—¿Puedo ayudarla en algo señorita?
Uno de los taxis que esperaban clientes paró delante de ella, se bajó un apuesto joven, que si ella hubiese estado en plena posesión de sus facultades mentales, se
habría dado cuenta que era realmente un bombón. El bombón se acercó a ella y le preguntaba algo en español. No tenía ni idea de lo que le decía, solo entendió lo de
señorita.—
No, thanks —susurró sin ser capaz de entenderle.
—Es muy tarde, no debería quedarse aquí mucho tiempo —argumentó, viendo que ni siquiera levantaba la cabeza para mirarlo—. Si está esperando a alguien, a
lo mejor debería entrar dentro, es peligroso quedarse aquí.
—No, thanks —volvió a contestar, continuaba sin asimilar lo que le decía.
Se acercó a ella y le tocó el hombro. Viendo que no reaccionaba, le levantó la cara con la mano y le secó con el pulgar una lágrima que rodaba traidora por su
mejilla. En aquel momento, y aunque solo fue un instante, se cruzaron sus miradas. Sebastián supo que no podía dejarla escapar, la conexión había sido totalmente
abrumadora, esperaba y deseaba que ella hubiese sentido lo mismo que él.
—Está helada —le dijo, friccionando sus brazos— no sé qué le ha pasado pero este no es sitio para una mujer tan guapa como usted. Tengo el taxi parqueado en
el andén, ¿quiere que la lleve a algún sitio? —viendo su cara de susto, se apresuró a replicar—. Tranquila, no le voy a hacer daño, y si no tiene dinero, no se preocupe,
no le voy a cobrar. Total ya me iba para casa, será como acompañar a una amiga, y, si es tan bella como tú, mucho mejor —le sonrío tuteándola por primera vez,
intentando transmitirle confianza.
No estaba entendiendo casi nada de lo que le decía. Kate pensaba que dominaba el español, pero ahora se daba cuenta que no sonaba igual que cuando lo
estudiaba. Aquel joven… aquel Adonis, mejor dicho, quería llevarla en un taxi y no tenía idea de lo que le proponía. Solo atendía a su corazón, que al tenerlo tan cerca se
había acelerado con su presencia y no era precisamente miedo lo que sentía. Se lo quedó mirando con cara de tonta. En sus treinta y nueve años de vida, jamás había
visto un hombre tan guapo como aquel, como no fuera en el cine, y, por descontado, esos estaban fuera de su alcance. Se ruborizó al mirarlo tan fijamente, pensando que
se le notaría en la cara la miserable vida amorosa que había tenido. Sintió la necesidad de dejarse llevar, lo que le propusiera estaría bien, con tal de estar cerca, pensaba.
—Thanks —volvió a repetir— I need to go to Granada.
Le habló como se le habla a un niño pequeño, casi deletreando las palabras, pensó que si ella no lo entendía a él, no tenía él por qué entenderla a ella.
—¿Granada? —preguntó perplejo.
—Yes, Granada… hotel Victoria —contestó Kate.
—Pero Granada está muy lejos, además, ese hotel no lo conozco —dijo Sebastián confuso.
—Granada ¿That’s very far?
—Sí, Granada está muy lejos, además supongo que querrás ir a Granada, Antioquia —dijo, en un inglés mucho más que aceptable.
—Claro que quiero ir a Anda-lusía, quiero ver el Patio de los Lions y la Al-jambra —intentó responder en español—. Hay cosas muy bonitas en Granada y
quiero verlas todas —contestó retomando el inglés, algo más relajada, al ver que podía comunicarse en su idioma y no por señas.
—Me da la impresión que estamos hablando de lugares muy diferentes, toda mi vida he vivido en Colombia y no conozco nada de lo que me dices, me suena
más a otro país bien alejado de aquí.
De pronto, una oleada de gente empezó a salir del aeropuerto. Acababa de aterrizar un vuelo y todo el mundo vociferaba pidiendo un taxi, así que se le perdieron
las últimas palabras que había pronunciado Sebastián.
—Ven —conminó el joven taxista, tendiéndole la mano—. Tomaremos un café y me cuentas que ha pasado.
—No puedo ir a ningún lado, además, no te conozco ¿por qué querrías invitar a café a una vieja solitaria?
—Sebastián Suárez —se presentó alzándola y ayudándola a levantarse—. Yo soy un caballero, y un caballero nunca deja sola a una dama en apuros.
—Kate Cameron —dijo algo azorada estrechándole la mano, una mano cálida y acogedora como su sonrisa, un tanto descarada… adorable. ¿Qué le estaba
pasando? Se veía muy joven, por muy caballero que dijese él que era.
La miró a la cara. Le separó un rizo rebelde que había osado escapar de la tupida trenza que siempre llevaba colgando de su hombro derecho, y, como algo
natural, pasó su brazo por la cintura de ella y la acompañó hasta el taxi. Una vez allí, como el caballero que decía ser, le abrió la puerta trasera y cuando ella se acomodó
en el asiento, la cerró. Kate se dejo llevar, no podía apartar la vista del espejo retrovisor, quería ver la cara de aquel joven, no solo su nuca, aunque también tenía unos
ricitos adorables. Pensó que el papel de caballero se lo tenía muy bien aprendido. Aunque alguien le había dicho que los andaluces tenían mucho sentido del humor. “Eso
debía ser”, se dijo captando la broma.
—¿Cuánto tardaremos en llegar a Granada? —preguntó Kate, una vez dentro del taxi.
—De eso hablaremos en la cafetería, cuando entres en calor y me expliques a dónde realmente es que vas, porque no me ha quedado demasiado claro.
El viento de la noche había desecho y alejado las nubes, dejando pequeños jirones diseminados a la luz de la brillante luna, una luna mágica que se reflejaba
titilante en todas las gotas y charcos esparcidos por el entorno, simulando las estrellas que faltaban en el cielo.
Hicieron el resto del trayecto en silencio. Después de unos quince minutos, Sebastián estacionó en el parking de un restaurante de carretera, en el que a aquellas
horas, parecía ser punto de encuentro de taxistas en retirada. Se acomodaron en una mesa y él, muy caballero, le preguntó qué deseaba tomar.
—Un té, por favor —dijo toda nerviosa ante su arrolladora personalidad.
Sebastián se sentó frente a Kate y se la quedó mirando fijamente. No necesitaba demasiado para sentirse incómoda, hacía tiempo que había perdido la costumbre
de estar a solas con un hombre y menos con un ejemplar como aquel. Era como su ángel de la guarda, pero con apariencia de diablillo. Llevaba el pelo alborotado en la
frente, un pelo de color rubio claro con unos reflejos avellana que le daban un aire a Daniel el travieso. Unos risueños ojos verdes completaban aquel aspecto de yo-nohe-
roto-un-plato que Kate estaba segura, hacían que cualquier mujer se volviera loca. O por lo menos le estaba pasando a ella, ya que le estaba costando incluso respirar.
Al sentarse a la mesa, Sebastián tomó la mano de ella para infundirle ánimo, el mismo que estaba seguro que necesitaría y mucho, cuando le dijese lo que creía él
que tenía que saber.
Una mano a la que ella se aferró y que le pareció de lo más sensual. Qué mal tenía que haberle sentado el viaje para estar pensando que la mano de un hombre
pudiera ser sensual, se decía, pero es que lo era. Advirtió que se la estaba reteniendo algo más de lo normal, puesto que una corriente, algo así como una descarga
atravesó su brazo. De pronto, le soltó la mano, como si estuviera electrificada. Al notarlo Sebastián una sonrisa afloró a sus labios. Kate de nuevo se ruborizó al darse
cuenta que lo estaba mirando fijamente y alejó la mano de golpe, como si se quemara.
—Tranquila, mientras no nos sirvan, no me hace falta —bromeó Sebastián con falta de tacto, viendo como Kate se sofocaba.
—Lo siento —dijo bajando la vista, limpiándose una mancha inexistente de la falda.
“Salvada por la campana”, pensó cuando llegó una camarera con el pedido. En ese momento su estómago, ingrato, gruñó debido a los aromáticos efluvios del té,
y a las horas que hacía que no ingería nada sólido.
—¿De verdad no quieres nada más? —sugirió, al oír el rugido traidor que salió de su tripa.
—No, no, de verdad, con un té será suficiente.
—Mesera por favor, tráiganos unas arepas con queso.
—No, gracias, no te molestes, cuando llegue al hotel ya comeré —protestó Kate, aunque no sirvió de nada, él ya había hecho el pedido a la camarera.
—Esa es la otra cuestión por la que estamos aquí —carraspeó con cara de circunstancias—. Creo que no entendí bien el nombre del hotel donde tienes la reserva,
pero es que creo que no conozco ningún hotel con ese nombre.
—Hotel Victoria, me indicaron en la agencia que está en el centro de Granada. Dijeron que así tendría acceso a buses y, si quería caminar, estaba todo bastante
cerca, como me han robado todo, no tengo la dirección exacta, lo siento.
—¿Granada Antioquia o Granada Meta? ¿Porque no será Nueva Granada? —enumeró Sebastián.
Se quedó perpleja, no sabía que en Andalucía hubiese más de una ciudad con el mismo nombre. En aquel momento sirvieron las arepas, unas tortas de pan,
calientes y rellenas de queso crema, con un aroma delicioso, así que su estómago, de nuevo se hizo presente. Sebastián, como el caballero que de verdad era, Kate ya no
le quedaba la menor duda, la obligó a comer una. Le sentó de maravilla y hasta empezó a ver con más claridad el lío en el que estaba metida.
—¿No estoy en España? ¿Verdad? —inquirió, con miedo a la respuesta.
Por la cara que puso, supo sin necesidad de palabras que la respuesta era negativa. Kate, en aquel momento, pensó que se le había acabado el mundo, qué iba a
hacer ahora, sin dinero y sola en un país del que lo desconocía todo.
Quiso que se la tragara la tierra, pero no era una opción. Solo la invadió una sensación de mareo que revolvió todo su estómago y una opresión en el pecho, a la
que con mucho esfuerzo, consiguió ignorar.
—No es por desanimarte, pero estás al otro lado del Atlántico, estás en Sudamérica, en Colombia y más concretamente en Bogotá. —Dijo Sebastián,
confirmando sus temores.
—¡Dios mío, ¿qué puedo hacer ahora?! —susurró más para ella, que porque él pudiera darle una solución al monumental embrollo en el que estaba metida.
—Voy a proponerte una cosa, pero no quiero que pienses mal. Puedes pasar la noche en mi casa, es muy tarde. Mañana me cuentas exactamente qué ha pasado,
y con calma, intentamos buscar una salida a todo este lío.
—No creo que sea muy conveniente, pero en este momento creo que no tengo otra alternativa —accedió.
Llegaron a su casa, un apartamento, que a decir verdad, Kate no esperaba que fuese tan coqueto y estuviese decorado con tanto gusto. Se abstuvo de preguntar si
lo había decorado él mismo o no, al fin y al cabo aquello no era de su incumbencia, pensaba mientras lo recorría con la mirada. Dormiría aquella noche allí y por la
mañana sería el momento de tomar decisiones. Se sentaron en el sofá, un enorme sofá negro de piel, que cubría casi la totalidad de una pared. Un poco por encima, ella
no tenía intención de entrar en detalles, le explicó que su sueño siempre había sido viajar a Granada, tenía muy buenos recuerdos de las vacaciones de su infancia, pero
de mayor por diferentes circunstancias nunca pudo volver a hacerlo. Ahora que sus sobrinos ya eran mayores y no la necesitaban, quiso darse la oportunidad de volver
a la ciudad de sus sueños. Lo del avión no tenía explicación posible, le dijo que cuando habían llamado para embarcar indicaron muy claramente, pasajeros con destino a
Granada puerta de embarque tres, y ella había pasado por la puerta número tres. Esto es cosa de druidas, dijo, terminando el relato como si los dioses se hubiesen
confabulado contra ella.
Sebastián rió ante aquella ocurrencia y le dijo que no se preocupase, que seguramente tenía una explicación mucho más terrenal que todo eso, y que por la
mañana intentaría averiguar qué había pasado en realidad.
—Pensarás que soy una inútil —murmuró.
—No es lo más normal equivocarse de puerta de embarque en un aeropuerto, pero estoy seguro que no eres la primera, ni serás la última persona a la que le pase
—corroboró Sebastián. Supuso que lo decía por hacerla sentir mejor, aunque por supuesto no lo creyó.
Después de que Kate confesara su error y pusiera de manifiesto el poco mundo que tenía, Sebastián la invitó a pasar a la única habitación del apartamento, el
resto era de tipo loft en un único espacio, se notaba que era enteramente masculina, por su decoración, aunque no por su orden. Estaba todo impecablemente ordenado e
impoluto. Los sobrinos de Kate, jamás habían tenido la habitación tan ordenada y eso que la asistenta se pasaba la mitad de su tiempo en ellas, pensaba ella viendo tanta
pulcritud. No era muy grande, pero la cama era de matrimonio, con un pie de cama muy práctico y un armario que ocupaba toda una pared. A un lado de la cama en vez
de mesita de noche, había una estantería llena de CD’s y libros, pudo ver que la mayoría versaban sobre música y músicos de todos los estilos. En el otro lado, un
equipo de música de última generación y un par de guitarras. El edredón en tono negro, con una franja de rayas blancas en el centro y muchos cojines, conformaban el
resto de la decoración
—Buenas noches, descansa, mañana veremos qué hacer — le deseó Sebastián, cogiendo unas sábanas para dormir en el sofá.
—Buenas noches, pero, por favor, yo puedo dormir en el sofá. De verdad que no quiero molestar —contestó.
—Te repito que no es molestia, intenta dormir — insistió.
—Gracias de nuevo, lo intentaré— respondió, a sabiendas que no pegaría ojo en toda la noche.
No, no pudo cerrar los ojos pero no por lo que había pensado, no pudo dormir porque cada vez que cerraba los ojos estaba Sebastián dentro de su cabeza.
Aquello era algo que jamás le había pasado. Normalmente ningún hombre le había quitado el sueño y mucho menos la había desviado de sus pensamientos más
perentorios, ella siempre había estado por encima de todas esas cosas… por lo menos desde aquel triste suceso.
Un calor abrasador recorría su cuerpo cada vez que pensaba en el hombre que tenía al otro lado de la puerta y aquello era nuevo para ella. Caballero sí que lo era,
pensaba Kate, Le había cedido su cuarto y por mucho que repitió que podía dormir perfectamente en el sofá, de ninguna manera accedió. Así que allí estaba ella, en la
habitación de Sebastián, metida entre sus sábanas, desnuda, aspirando su aroma, impregnándose con su virilidad, con su… por Dios Kate deja de pensar esas cosas, se
reprendió a si misma. Cómole hubiese gustado que entre esas sábanas alguien… no, alguien no, Sebastián, la estrechase entre sus brazos, entre sus masculinos y cálidos
brazos.
Que no se hubiese casado no quería decir que fuese monja. Su vida amorosa fue corta y desastrosa, pero no porque ella fuese muy exigente. Sus hermanastras ya
se habían encargado de espantarle cualquier candidato que le pudiera interesar a ella. Ellas nunca estuvieron de acuerdo en que su padre se divorciase de su madre, y
menos, para casarse con una mujer bastante más joven que él. Mientras su padre vivió, hicieron la vista gorda, porque Kate había nacido cuando ya no se lo esperaban y
era su consentida, pero la desgracia se cebó en ellos. La madre de Kate murió muy joven a causa de un cáncer fulminante y, contra todo pronóstico, su padre se reunió
con ella, tan solo siete meses después. Y allí se quedó ella, prácticamente sola, con nueve años acabados de cumplir y siendo criada por sus peores enemigas, sus
hermanastras, su “adorable” mamá y gracias a Dios, Madie.
Para ellas solo era un estorbo, o mejor dicho, el tercio de la herencia que les faltaba. No estaban de acuerdo en que Kate tuviese el mismo derecho que ellas, así
que pensaron que, o se casaba con alguien que ellas pudieran manipular a su antojo, o no se casaba, y de eso ya se encargarían ellas. No todo fue culpa de las
hermanastras, algunos de los hombres en los que se había fijado fueron apartados con malas artes, a otros solo les interesaba el dinero que pudiera tener, todos menos
uno, el que ella pensó que estaba hecho para ella, hasta que ocurrió aquella desgracia, entonces, Kate Cameron, dijo que ningún hombre volvería a entrar en su corazón,
así que se acomodó a los caprichos de sus hermanastras y se convirtió en la nanny de sus hijos.
Para Sebastián, la noche no fue precisamente mejor, no estaba acostumbrado a ceder su cama, vamos, que ni siquiera le gustaba compartirla. Se estuvo
preguntando toda la noche por qué había llevado a aquella mujer a su casa, aquella diosa griega, porque eso es lo que le pareció a él, una diosa, Afrodita o quizás Venus,
daba igual, al contemplarla a ella estaba viendo el cuadro de Fowler, o el de Tiziano, con la misma trenza alrededor de su cabeza. Cada vez que cerraba los ojos veía su
rostro con aquellos enormes ojos de color caramelo, su esbelto cuello rodeado por aquella trenza de fuego, aquella boca de labios carnosos que pedían a gritos un beso.
Allí estaba, tras la puerta de su dormitorio, en su casa. Su casa que para él era su santuario, el lugar donde daba rienda suelta a su melomanía. Había insonorizado el
apartamento y le gustaba escuchar a sus músicos favoritos, como si estuviera en un concierto. Y allí estaba él, notando como la necesidad de estar con ella aumentaba y
se endurecía, sin que pudiera hacer nada por controlar su creciente deseo.
Contra todo pronóstico, había estudiado música en el conservatorio. Su padre se puso furioso cuando se lo dijo. Para ser su único hijo, se esperaba de él que
siguiera sus pasos en la empresa familiar. Sebastián estaba cansado de la frivolidad del mundo del espectáculo, más, cuando su madre los había abandonado a su padre y
a él, por un actor de tres al cuarto, olvidándose por bastantes años de que tenía un hijo. Por contentar a su familia hizo el esfuerzo de estudiar empresariales, pero
aquello no era lo suyo. A él lo que le gustaba era componer y cantar sus canciones, hasta consiguió grabar un disco, que pasó sin pena ni gloria por el panorama musical.
Aquel varapalo (su progenitor tuvo algo que ver en ello) lo llevó a salir con el rabo entre las patas y casi darle la razón a su padre, casi, porque de momento, prefería
hacer ver que se ganaba la vida con el taxi, antes que estar encerrado entre las cuatro paredes del despacho que su padre le había asignado.
Solo del taxi no vivía, no habría podido llevar el tren de vida que llevaba. No era una vida demasiado lujosa, no era dado a ostentaciones, le gustaba la tranquilidad
y la vida sencilla, pero tampoco carecía de nada. El secreto estaba en la herencia del abuelo, el fundador de la saga, don Sebastián Suárez I.
Que a su nieto no le gustase estar encerrado entre cuatro paredes, no quería decir que no tuviera su visión para los negocios. La herencia la había sabido invertir
muy bien y si llevaba el taxi era por diversión, más que por necesidad, ante su padre tenía que dar la imagen de ser un hombre trabajador, y no quería darle el gusto de
que pensara lo contrario. Llevaba una vida bastante bohemia, solía trabajar en el taxi por la noche, pero no tenía horario fijo. Era más peligroso pero más gratificante, le
gustaba observar la raza humana y alguna que otra vez incluso hacía una obra de caridad, como aquella noche. Aunque desde luego no era lo mismo llevar a alguien sin
cobrar, que lo que acababa de hacer. Lo de aquella noche no se podía calificar como obra de caridad. Había sido un flechazo, cuando vio a Kate allí sentada, tiritando de
frío y sola, con la cabeza apoyada en las rodillas, lo único que pensó era que necesitaba tocarla; abrazarla, lo necesitaba tan desesperadamente que le dolía el cuerpo,
deseaba envolverla entre sus brazos y quedarse así por mucho rato, de modo que cuando la miró, ya no pudo dejarla. Un sentimiento de protección se apoderó de él,
una sensación que no sabía describir le obligó a prestarle su chaqueta. Fue un impulso, algo que nunca antes le había pasado. Un impulso que lo obligó a dejarla dormir
en su cama, una cama que jamás le había prestado a nadie. Cuando quedaba con alguna conquista solía ir a casa de ellas y no a la suya. Su santuario era eso, un santuario.
Odiaba el desorden, y pensar que alguien pudiera manosear sus cosas, le repelía. Pero con ella fue diferente, necesitaba rodearla con sus brazos y protegerla. Tenía unas
ganas locas de deshacerle la trenza y jugar con aquellos rizos anaranjados, besar cada una de sus pecas. ¿Cómo podría dormir con aquellos pensamientos? Imposible,
cada vez que el más mínimo ruido escapaba de la habitación, esperaba, como un gato al acecho, que ella saliera y lo invitara a pasar. Que iluso, sabía perfectamente que
eso no iba a suceder, pero soñar no cuesta nada y en los sueños no se manda.
Hacía bastante rato que estaba despierta, pero hasta que no oyó ruido, no osó salir del dormitorio. Cuando se levantó, se volvió a vestir con su ropa, aunque se
sintiera incómoda y pegajosa no podía andar desnuda por la casa y no se atrevía a pedir nada, suponía que allí no habría demasiada ropa femenina, al parecer vivía solo,
aunque lo que nunca imaginó era que él se adelantase a sus necesidades.
—Te he dejado un cepillo de dientes y toallas limpias en el baño, y, cómo imagino que querrás cambiarte, te he puesto ropa interior, mía, pero conste que está
sin estrenar —apostilló, como si ella fuese a hacerle algún reclamo—. Supongo que no es lo que sueles usar, pero seguramente te habrás dado cuenta que en esta casa no
hay mujeres.
—Gracias, no tenías que haberte molestado. Eres muy generoso conmigo.
—Te juro que no es por generosidad —contestó—. Creo que es egoísmo.
Kate se había ruborizado, no entendió bien aquella respuesta y no quiso que se le notase demasiado, así que entró en el cuarto de baño casi a la carrera. Cuando
salió iba envuelta en una toalla, con otra enrollada en la cabeza y con tan solo los boxers negros que Sebastián le había dejado. Le dijo que podía escoger de su armario lo
que quisiera mientras se lavaba su ropa. Así que escogió una camisa, la más larga que encontró, pero aún así dejaba sus hermosas y largas piernas al desnudo. Descubrió
que sus ojos se paseaban por ellas continuamente, pero no vio apropiado colocarse uno de sus pantalones, no era capaz de abusar tanto de su hospitalidad.
Mientras ella se duchaba, Sebastián había preparado el desayuno. Además de caballero era un excelente cocinero, pensó Kate, había preparado lo que ya había
probado la noche anterior, lo que ellos llamaban arepas, esta vez con huevo, ensalada de frutas y café. Hubiese preferido un té, pero imaginó que en la tierra del café, no
solían tomar demasiado té, por lo demás, estaba todo delicioso. Terminaron de comer, y para compensar tantas molestias o porque se sentía violenta, se le iban los ojos
a su rostro angelical y su cabeza se lanzaba a imaginar “calenturas”, se puso a lavar los platos y recoger el dormitorio. Viendo la disposición en que estaba todo, no le
cupo la menor duda que era un maniático del orden. Así que procuró ordenar todo para dejarlo como estaba antes de su incursión. Incluso cambió las sábanas, quería
seguir oliendo su fragancia un poco más y las llevaba abrazadas debajo de la nariz como si fuesen un tesoro, para llevarlas al cesto de la ropa sucia.
—Si me dices dónde está la lavadora, pondré a lavar la ropa que he usado, así cuando me vaya ni notarás que estuve aquí.
No supo por qué había dicho aquello, quizás para que le dijera que no había prisa en que se marchase. No era propio de ella, pero se sentía tan a gusto con él,
que no quería que llegase el momento de partir. Aunque la parte racional de su cerebro le decía que era muy joven, la irracional no quería escucharlo. ¿Qué hacía ella
pensando semejantes barbaridades?, se decía, mientras la parte morbosa de su cerebro se preguntaba cómo sería estar entre sus brazos o cómo sabrían sus besos.
—No te preocupes por la ropa, ponla en el cesto, ya mañana vienen los de la lavandería. —Se sobresaltó al escuchar su voz tras ella. Tenía una voz
aterciopelada y tan varonil a la vez, que era un bálsamo para sus oídos. Estaba avergonzada por el hecho de estar pensando de aquella manera. Desde que lo había
conocido la noche anterior se abstraía con demasiada facilidad, aquello no podía ser y lo sabía, se preocupaba Kate. En cuanto su ropa estuviera lista, se iría, se decía,
intentando poner distancia entre su corazón y su cerebro.
Ante la insistencia de Sebastián volvió a dejar la ropa en el cesto y se acurrucó en el sofá. No sabía muy bien que hacer. Si hasta el día siguiente no tocaba llevar
la ropa a lavar, ¿qué ropa se suponía que se iba a poner ella? No pensaría que se iba a vestir con la ropa de él. Así no podía salir a la calle, necesitaba hacer
averiguaciones sobre cómo conseguir un pasaporte y un pasaje de vuelta a casa. Con aquel pensamiento se levantó y fue al cesto de nuevo, recogiendo su inapropiado
vestido de algodón y su ropa interior.“La lavaría aunque fuese en el cuarto de baño”, pensaba, su ética no le permitía pulular por la casa con camisa masculina y bóxer.
En aquel momento se sintió observada, los ojos de Sebastián se posaron en su culo cuando se agachó, sin pensarlo demasiado, a recoger sus escasas pertenencias.
Una oleada de calor inundó su rostro, que en su habitual palidez adquirió el mismo tono rojizo de su pelo. Se sentía mortificada ante aquel rubor tan inoportuno. Como
normalmente vestía vestidos largos y anchos, del tipo campesina, no pensó en la vulnerabilidad de aquel atuendo. Cuando se fue a dar cuenta de que solo vestía la
camisa, era demasiado tarde. Los ojos de Sebastián saltaban de su trasero enfundado en sus calzoncillos, a su cara, avergonzada ante tamaña imprudencia.
Sebastián se acercó a ella, con la misma sonrisa que la había desmontado la noche anterior y que volvía a hacerlo de nuevo y, se temía, que cada vez que asomara
a su rostro pasaría lo mismo, debería dejar de mirarlo si no quería sucumbir a sus encantos. Intentó grabarse aquello en el cerebro, pero en cuanto lo miraba su cerebro
dejaba de funcionar. Le quitó las prendas de los brazos, las volvió a dejar donde estaban y la cogió de la mano para llevarla, cual criatura, de nuevo al sofá. El pelo se le
había secado por su natural y su leonada melena viéndose libre por una vez de sus ataduras, aumentó su volumen a sus anchas. Sin pensarlo mucho, o quizás habiéndolo
pensado, Sebastián le quitó unos mechones que tapaban su cara y su mano le rozó la mejilla haciendo que su estómago diera un vuelco y de nuevo sintiese que tenía el
corazón a punto de estallar. Se la quedó mirando fijamente y Kate creyó que la iba a besar, de nuevo se ruborizó. Aunque no quisiera reconocerlo ni ante si misma, lo
estaba deseando. Pero aquello no podía ser, él era tan joven, se repetía angustiada ante la reacción de su cuerpo. Seguro que tenía alguna novia y ella no quería
inmiscuirse en su relación, sabiendo además, que iba a estar allí solo por un día. Madie, su amiga y consejera, estaba segura que le habría dicho: Aprovecha, eso no se
gasta, se lava y se estrena, además la novia no se va a enterar y un hombre así es difícil de conseguir jajaja. Parecía que la estaba oyendo, pero para su desgracia, ella no
pensaba como su amiga, Madie era de ascendencia italiana y todo el mundo sabe que los italianos tienen la sangre muy caliente.
—Tenemos que hablar —dijo Sebastián cuando Kate se hubo sentado y él se paró delante de ella—. ¿Tan a disgusto estás aquí que tienes tanta prisa por irte?
—preguntó.
—No, por Dios. Es solo que no me gusta molestar y estoy invadiendo tu espacio.
—Verás, sé que nos conocimos ayer, pero me gustaría que te quedases unos días. Ya que estás aquí, te puedo enseñar Granada, no es la de España claro, pero
esta es muy bonita también.
Aquello la cogió por sorpresa, parecía que no sabía como decirle que se quedase y aunque ella lo deseaba tanto como él, era consciente que no debía.
Para Kate, aquello era un sueño y cuando despertase estaría en la habitación de un hotel en Granada, ESPAÑA, que quedase claro, y saldría a conocer los lugares
que siempre había deseado volver a visitar. Por algo había estudiado historia del arte, especializándose en el arte nazarí, y pensaba llevar a cabo aquel viaje como fuese.
—¿No dices nada? —inquirió él.
—Es que no sé que decir. No tengo ni idea de lo que esperas de mí. Has sido muy amable conmigo pero creo que no debo quedarme más tiempo del
indispensable, no quiero abusar de tu hospitalidad.
—¿Tanto te disgusta mi compañía? Igual me he equivocado, pero he creído percibir algo en tus ojos cada vez que me miras —Kate se llevó las manos a la cara
para sofocar la vergüenza que le quemaba como fuego—. He debido mirarte mal, por eso pensé que te gustaba un poquito. Lo siento si te he ofendido, no era mi
intención.
Se dio media vuelta, cogió las llaves que había dejado en el aparador de la entrada y se dispuso a salir.
—Tengo que hacer unos recados, quedas en tu casa. Cuando vuelva intentaré hacer algunas llamadas a ver que podemos hacer para arreglar tu problema —le dijo
en un tono dolido. Abrió la puerta y se marchó, dejándola confundida y con un nudo en la garganta. Sebastián no podía quedarse allí después de aquello, necesitaba
pensar y encontrar una estrategia para que se quedase, la necesitaba a su lado… aunque solo fuesen unos días.
En cuanto salió por la puerta, Kate volvió a recoger la ropa del cesto y le dio un enjuague en el lavabo del cuarto de baño, como no encontró secadora ni donde
tenderla, lo hizo sobre los respaldos de las sillas, la ropa era tan fina que no tardaría mucho en secarse y poderla vestir de nuevo.
Se sentó de nuevo en el sofá, no había ni una puñetera televisión para entretenerse algo. La espera podía ser aterradora, solo pensar que se había enfadado por su
poca delicadeza o falta de tacto, la hacía sentir mal. No debió observarlo tan abiertamente, pensó, y además, pudiera tener algo de razón, tendría que tener más cuidado
en la forma que se lo quedaba mirando cada vez que lo tenía cerca. Estaba abochornada por su comportamiento, ¿de qué le habían servido tantos años de esconder sus
sentimientos? ¿Por qué ahora le era tan difícil sustraerse a su arrolladora personalidad? Estaba decidida, en cuanto pudiera se marcharía y cuando llegase a Glasgow ya le
enviaría una postal o un @mail dándole las gracias por su ayuda.
Pensando aquello se tranquilizó un poco. Cogió unos periódicos para entretenerse ya que no encontró nada más y se puso a ojearlos, las noticias parecían

Libro Destino: Granada – Teresa Mateo Arenas PDF

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calcadas a las de cualquier otro país, violencia, corrupción, más de lo mismo. Lo único que le llamó la atención fueron las noticias de la sección rosa. Había una en
particular que leyó curiosa, hablaban del magnate de la televisión, de los nuevos proyectos que le estaban haciendo ganar mucho dinero, de la nula relación con su único
hijo y todo eso, lo típico del amarillismo de la prensa. Pero lo que le pareció divertido fue el nombre del susodicho, Sebastián Suárez. Pensó que debía ser un nombre
muy común en Colombia, sonrió sin darle la más mínima importancia y volvió a colocar el periódico donde estaba.
No se le había ocurrido pedir permiso para usar su ordenador, pensó que a lo mejor no le importaba, debería enviar un correo a sus hermanas y a Madie,
diciéndoles que estaba bien. Aunque después lo pensó mejor, si sus hermanas jamás se habían preocupado por ella, no creía que lo fuesen a hacer ahora, y no envió
mensaje alguno, aunque sabía que Madie se preocuparía por ella, ya se lo explicaría a la vuelta.
Aquella espera sin tener nada que hacer la estaba matando, no estaba acostumbrada a estar inactiva y allí no había nada que hacer.
Capítulo 2
Al cabo de unas solitarias y tediosas horas, Sebastián regresó, y lo hizo cargado de paquetes y bolsas.
—Espero haber acertado con la talla —dijo Sebastián, alargando la mano hacía ella y tendiéndole la mitad de las bolsas. No se había dado cuenta que Kate volvía
a llevar puesta su ropa, y si lo había hecho, lo ignoró olímpicamente.
—Gracias, no tenías que haberte molestado, como ves mi ropa ya está limpia.
—Te dije que no lo hicieras, que mañana vienen a recoger la ropa sucia los de la lavandería.
—A mí no me costaba nada lavarme el vestido, te repito, no tenías que haberte molestado —replicó algo molesta por aquella insistencia.
—Es un regalo que quiero hacerte, pruébatelo para saber si he acertado o lo tengo que cambiar, no ibas a venir desnuda a comprarlo —dijo con picardía—,
además, entonces no habría sido un regalo.
Kate sintió que su orgullo no le permitía aceptar aquel tipo de regalos, menos de un casi desconocido, por mucho que ella hubiese dormido en su casa y por
mucho que le gustase, porque aunque seguía sin querer reconocerlo, le gustaba, y mucho. Se había puesto nerviosa ante el hecho de que hubiese pensado en sus
necesidades, que fuese tan atento y generoso. Desde hacía bastante tiempo nadie había pensado en ella de aquel modo y aquello la abrumaba a la vez que la halagaba
muchísimo. Por eso le era tan difícil controlar sus ojos y hasta su cuerpo, estaba tan nerviosa que se le doblaron las rodillas al rozar su mano… ni siquiera era capaz de
saber qué le estaba pasando a su voluntad. Sacó una de las prendas de una de las bolsas y casi cayó de culo. Sebastián le había traído un vestido precioso, pero mucho
más corto que el suyo y terriblemente sensual. Quedaba bastante por encima de la rodilla. Estaba cortado a la cintura, mucho más entallado, de manga tres cuartos en
color azul, estampado de cisnes blancos, que si no recordaba mal le parecía haber visto en algún blog de moda. Ya no se atrevió a mirar el resto de lo que había comprado
para ella. De ninguna manera podía aceptar aquellos regalos, aparte de no ser el estilo de ropa que solía usar, solo pensar en salir ante él con aquellas prendas la hizo
estremecer y un calor le subió por todo el cuerpo. La expresión que puso él mientras sacaba de la bolsa las prendas, semejaba la de un niño con el mapa de un tesoro,
que solo él, sabía dónde encontrar.
—Lo siento, no creo que me siente demasiado bien, es muy corto y no estoy acostumbrada a este tipo de ropa. —Ni siquiera se atrevía a probárselo, era

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demasiado sexy para ella.
—¿Por qué te escondes tras esos harapos? Tienes un cuerpo escultural, ¡lúcelo! —le dijo molesto porque no quería ni siquiera probárselo.
Se la quedó mirando a los ojos, estaba analizando la reacción de Kate y ella era incapaz de sostenerle la mirada. Aquella profundidad en sus ojos la asustaba, era
muy joven, ni siquiera parecía que llegase a los treinta y ella estaba por cumplir cuarenta. Estaba segura que su supuesto enamoramiento era debido a que la encontraba
exótica. Una mujer madura que ha tenido un percance y quizás, para él, en ese momento, fuese como probar una fruta prohibida. Pero ¿qué pasaría después si ella
sucumbía a sus encantos? y huelga decir que le estaba costando mucho no caer rendida ante su especial carisma. “¡Para! Te estás debilitando”, pensó para infundirse
valor. Había jurado nunca más dejarse seducir por un hombre, y allí estaba, casi a punto de caer en la red de un jovencísimo, pero espectacular ejemplar de la razahumana-
sexo-masculino… muy masculino. Ya estaba delirando otra vez.
—No me escondo, es cómodo y así no tengo problemas de tallas —soltó la primera gilipollez que se le ocurrió, estaba completamente descentrada, dispersa,
asustada… por la manera en que la estaba mirando, y por la manera en que ella estaba respondiendo a su flirteo, era consciente que estaba perdiendo la personalidad.
—Si quieres, cámbiate de ropa y vamos a la embajada, ya que tienes tantas ganas de perderme de vista, cuanto antes mejor. —Quiso darle un tono enfático a la
frase, pero una risa burlona escapaba por la comisura de sus labios.
—Estoy bien como estoy, ya te he dicho que no lo voy a aceptar.
— ¡Inglesa engreída! —dijo Sebastián en español.
—No te entiendo, pero el tono no me ha gustado —espetó Kate—, y no soy inglesa, soy escocesa, eso sí lo entendí.
—¡Será lo mismo! Y dices que no me entiendes jajaja —rio, poniendo a Kate casi histérica.
—¡No, no es lo mismo! Y te advierto, mi paciencia tiene un límite, mocoso malcriado. —replicó malhumorada.
—¿Qué hay de malo en que te regale algo que te hace falta? —Argumentaba Sebastián sin hacer caso de su rabieta—, ¿sabes que estás adorable cuando te
enfadas? Está bien, está bien —le decía levantando las manos en señal de Stop—, si no quieres que sea un regalo, tómalo como un préstamo. —Continuaba sin tomarla
en serio.A quello era el colmo, pensaba Kate, sus años de niñera le habían enseñado que con los críos, lo peor es dejarlos que se salgan una vez con la suya, así que no
pensaba dejar que le impusiera su voluntad. Cogió una figura de madera de encima de la mesa y se la tiró con genio a la cabeza. Sebastián tuvo buenos reflejos, porque la
esquivó con pericia. Se acercó a ella con un movimiento reflejo y le quitó el segundo proyectil que su mano encontró. Le sujetó la mano y con la otra rodeó su cintura,
sujetándola firmemente. Kate se revolvió y cuando quiso darle un rodillazo en sus partes nobles, Sebastián le sujetó la rodilla entre sus piernas. Lo que dio paso a un
pequeño forcejeo que acabó en un beso. La había cogido por sorpresa y no pudo esquivarlo. Bueno eso es lo que juraría aunque la torturasen, la verdad fue que se rindió
antes de empezar. Le pareció que su boca tenía un sabor tan dulce que le fue imposible resistirse… aunque eso lo negaría mientras viviera.
—Y ahora si quieres que te lleve a la embajada, te vas a poner lo que te he traído, la ropa interior también. No puedo permitir que una invitada mía vaya de
semejante guisa a ningún lado, estamos en Colombia, aquí la sensualidad se lleva a flor de piel. —Volvió a asomar a sus labios aquella sonrisa un tanto cínica, aunque
adorable. Kate estaba molesta viendo lo mucho que él se estaba divirtiendo a su costa, empezó a darse cuenta que su sonrisa era su mejor arma. Un arma infalible.
—Eso es chantaje y lo sabes ¿desde cuándo tienes un master en moda femenina? ¿Es que no me van a dejar entrar si llevo mi propia ropa? ¿Qué tiene de malo
mi vestido? —se resistía, mientras Sebastián, sencillamente la miraba y sonreía.
Tenía la batalla perdida y se estaba desesperando, Sebastián era terco como una mula. Con un resoplido de impotencia, cogió las bolsas que él le tendía y entró
en la habitación. Cuando sacó el contenido de las mismas se sonrojó aún más que antes, ya que no lo había visto del todo bien, nunca antes había usado ropa interior de
aquel estilo, su ropa solía ser cómoda y funcional, ni siquiera se había puesto nunca un tanga… aunque reconocía que aquel loco que le estaba robando el corazón tenía
buen gusto. Ponerse aquello era como ir desnuda bajo el vestido… se armó de valor y se la puso. Abrió las puertas del armario y se miró en el espejo de cuerpo entero
que había tras una de ellas, no se veía nada mal, aunque se sentía vulnerable. Se colocó el vestido y parecía que lo habían hecho a su medida. ¿Tanta experiencia tenía
comprando ropa femenina? Se preguntó Kate, sintiéndose celosa de pronto.
Cuando salió del dormitorio sonaba la canción de moda de aquel verano, “Bailando” de Enrique Iglesias. Sebastián se la quedó mirando esperando la aprobación
de ella, pero no sabía exactamente a qué tenía que dar su aprobado, si a la música, o a la ropa. La música era muy movida y sensual, invitaba a bailar con ritmo. Se acercó
a ella y dando una vuelta a su alrededor empezó a danzar con ella con esa manera tan sensual que tienen los latinos de bailar y que hace parecer que los demás tienen dos
pies izquierdos. Después dio un beneplácito silbido, con el consecuente cabreo de Kate.
En el tiempo que estuvo fuera, Sebastián había estado en la embajada, averiguando qué podía pasar con Kate si estaba en el país sin documentación, el embajador
era amigo de la familia y no tuvo problema alguno en hablar con él de forma extraoficial. Le dijo lo que él ya imaginaba, que tendrían que confirmar los datos y hacerle un
pasaporte nuevo, como máximo en veinticuatro, cuarenta y ocho horas lo tendría, le aseguró el embajador.
—¿Puedo hacerte una sugerencia? —preguntó Sebastián.
—Adelante, de qué se trata.
—Verás, no sé como pedirte este favor. Me gustaría que no corrieses mucho con los documentos. Si puede ser, claro, tampoco quiero ponerte en un
compromiso —dijo sonriendo malicioso.
—Te gusta la chica por lo que veo, ¿es guapa?
—Solo te diré que es una diosa y ella aún no lo sabe. Desde que la vi no he podido despegarme de ella, estoy haciendo lo imposible porque no se vaya, tú ya me
entiendes. —Dicho lo cual salió, sabiendo perfectamente que su amigo retrasaría la entrega de documentos lo máximo posible.
Llegaron a la embajada y Kate expuso su caso a la secretaria, todo dentro de la normalidad, la joven tampoco sabía nada, así que se limitó a rellenar el formulario
y a preguntarle si necesitaba algún tipo de ayuda mientras se resolvía el caso. Sebastián se apresuró a decir que no sería necesario. Kate se lo quedó mirando furiosa, ¡A
qué venía aquello! Igual habrían podido conseguirle un hotel y no habría tenido que depender de él por más tiempo, no le gustaba deberle tantos favores. Vio como se
abría una puerta lateral y un señor de mediana edad asomaba la cabeza, le pareció que sonreía a Sebastián… pensó que serían imaginaciones suyas, que se estaba
poniendo paranoica. La joven de la embajada les pidió un teléfono de contacto, Sebastián de nuevo se apresuró a dar el suyo y se marcharon. Faltó poco para que de la
cabeza de Kate saliese humo. Aunque su personalidad británica le imposibilitaba armarle un escándalo en plena calle, no le faltaron ganas de contratar a un sicario, para
que le diese su merecido.
—Cálmate ¿quieres? No hay para tanto —decía Sebastián mientras conducía su taxi y apoyaba una mano sobre la rodilla de ella.
—Concéntrate en la carretera y deja mi rodilla en paz —espetó, mientras de un manotazo se la quitaba de la pierna—. Podía perfectamente encargarme de mis
asuntos, no necesitaba intérprete.
—Creí notar que la secretaria era colombiana, igual no entendía tu español. —Bromeó Sebastián.
—En la embajada británica, todo el mundo habla inglés, no me tomes por idiota.
Hizo caso omiso a lo que ella le decía y se concentró en la carretera, Kate no conocía nada y no sabía la ruta que debían seguir para llegar a su casa. Mientras, se
entretuvo observándolo de reojo, el pelo rubio cobrizo con aquellos mechones rebeldes que caían por su frente

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