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Diario de una extinción – Segundo contacto – Black Queen

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Resumen y Sinopsis De 

Diario de una extinción – Segundo contacto – Black Queen

jaque, acorralada en esta situación inverosímil, estúpida me atrevo a decir. No. Más bien me tengo miedo a mí misma, a mis pensamientos, a la decisión que acabo de
tomar. Es cruel para mi niña, mi dulce Abril, pero siento que es un deber que tengo que hacer.
No quiero preguntarle nada al taxista, parece un hombre rudo y tiene cara de pocos amigos, pero creo que estamos a media hora del aeropuerto de Barcelona. Abril
duerme en mi regazo. Ella aún no lo sabe. No sé cómo decírselo. Espero que se lo tome bien, no quiero verla sufrir.
Estoy sentada en un vagón de tren dirección a Mora la Nueva, la estación más cercana a Mora de Ebro, a mi casa… Sola. La gente ha estado observándome durante
más de una hora, pero nadie se ha acercado a mí para preguntarme por qué lloraba con tanto dolor; casi que lo prefiero así. Aunque estoy más calmada y he dejado de
ser el centro de atención, aún hay alguien que ladea la cabeza mientras escribo, curiosos, seguro que preguntándose quién soy, qué hago aquí y a dónde me dirijo. Pero,
¿qué coño les importa a ellos mi vida? Todavía veo la cara de mi pequeña Abril poco antes de embarcar con la azafata de Iberia.
¿Por qué no vienes conmigo, mamá?
Voy a buscar a papá, mi amor. En un par de días estaremos todos juntos, ¿de acuerdo? La abuela Ana te recogerá nada más llegar a Atenas.
Se ha marchado cogida de la mano de la señorita de azul, y ni siquiera ha dudado de mis palabras quebradizas, inseguras. Yo he aguantado la compostura hasta que su
figura se ha perdido más allá de la terminal. Luego he llamado a la abuela y me he derrumbado.
¿Ana?
¿Sí? ¿Alexandra? ¿Estás bien?
Yo…
Cuántas lágrimas derramadas, cuánto dolor aplastando mi corazón que me impedía hablar por unos momentos.
Cuéntame que está pasando, mi niña me ha dicho Ana con esa peculiar y característica voz dulzona.
No voy en el avión le digo entre sollozos. Quiero que te ocupes de Abril hasta que Izan y yo regresemos.
¿Qué está pasando?
No lo sé. Recibí una llamada de Izan. Fue muy extraño, Ana. Sé que algo ha ocurrido. Está en Madrid y voy a encontrarlo. No sé el tiempo que estaremos fuera,
quizá un par de semanas. Solo te pido que cuides de tu nieta mientras no estemos. No le cuentes nada, es una niña y no tiene que sufrir más de la cuenta.
Cuidaré de ella como si fuera mi hija.
Sé que lo harás.
¿Alexandra?
¿Ana?
Entonces he perdido la cobertura. Ha sido extraño, pero no le he dado más importancia de la que tenía. He vuelto a llamar después de unos minutos. Nada. El móvil
no daba señal.
1:30 Los nervios me atacan provocándome tics en todas las partes del cuerpo. Tengo claro que Izan está en apuros y me necesita, pero estoy insegura y no sé muy
bien cómo actuar. Prefiero llegar a casa y rodearme de los míos, puede que Valentina sepa qué hacer; necesito apoyo. La noche es helada y el viento incesante corta
como una cuchilla. Todavía sigo sin señal, y estar sentada en el banco de la estación de Mora la Nueva no me ayuda en nada. He decidido empezar a caminar los dos
kilómetros que me separan de mi casa.
1:45 La soledad de las cuatro paredes de mi hogar me atormenta. Este vacío cala en mi ser, perforando los huesos como si padeciera osteoporosis. Tengo que ser
fuerte, por mí, por mi hija. No puedo permitir que el mundo exterior quiebre mis esperanzas, mis sueños, pero también sé que estoy en un callejón sin salida. Hace un
momento he cruzado la arteria principal del pueblo, que a esa hora parecía muerto. Me he alejado de los edificios y he seguido la carretera comarcal, que me ha llevado
hasta el puente de hormigón repleto de arcadas que te permite cruzar el río Ebro. No podía imaginar lo agónica que puede ser la noche, dependiendo del estado en que te
encuentras. Puede que lo haya imaginado. No puedo asegurarlo. A dos calles más abajo de mi casa, he visto una mujer. Tenía el cuerpo apoyado en la pared y la espalda
arqueada en un ángulo descendente extraño, como si estuviera mareada e intentara inspirar el aire bajo sus caderas. Pero no se movía, simplemente me miraba. Un
escalofrío en la espina dorsal me ha obligado a apretar el paso, pero juraría que me vigilaba. Y sus ojos… Puede que sean imaginaciones de una mente cansada o la
ilusión de una realidad bajo una farola de tenue luz, pero sus ojos… Sus ojos eran completamente negros. No me refiero solo a las pupilas, no. Lo que digo es que toda
la masa ocular que los párpados permitían enseñar era negra.
Necesito dormir, seguro que mañana, cuando el sol ilumine el mundo, veré las cosas de otro modo… Tengo que dormir.
Miércoles, 8 de octubre de 2014
0:30 Me he despertado hace tres horas. La soledad y el silencio siguen invadiendo el piso. No podía permanecer en el sofá sentada por más tiempo. Olía a mil
demonios. Después de una ducha y con ropa limpia, me he hecho un café con leche. Estoy más animada, aunque cansada. He probado a llamar con el teléfono fijo y el
móvil a Valentina. Nada. La línea sigue sin dar señal. Esperaré un poco. A la hora que es todavía debe estar en el colegio en busca de Pedrito. Al no verme, seguro que
está preocupada, preguntándose dónde estoy. Ufff… Tengo tantas cosas que hacer, y no sé por dónde empezar.
Llaman a la puerta.
3:30 Las pesadillas me han obligado a incorporarme de la cama, sobresaltada. El pijama que me ha dejado Valentina está empapado de sudor. Me gustaría ducharme,
pero no estoy en mi casa y me da reparo hacer ruido y despertarlos.
¡Dios!
Me veo en la obligación de escribir todo lo que ocurre. Algún día alguien tendrá que leerlo y responder ante ello. Nunca había escrito un diario ni nada por el estilo.
Creo que a la hora que es ya debe de ser jueves, pero no voy a dedicarme a pensar en colocar pasajes temporales del diario en los días exactos según la hora. De todas
formas no soy escritora, y esto no se va a publicar como una novela de ciencia ficción. Esto es la realidad. Mi realidad.
Al marido de Valentina no le gusta que esté aquí. No sé muy bien la razón, pero nunca le he caído muy bien. Aunque Pedrito está encantado con mi presencia. Su
temprana edad le inhibe de ver las desgracias que pasan a su alrededor, de captar el ambiente negativo y hacérselo suyo. Es una virtud envidiable que tengo que aprender
de él.
No sé muy bien cómo expresar lo sucedido hoy. Dentro de mis limitaciones voy a intentar plasmar todo lo que me ocurre, el día a día, con la esperanza de que alguien
me crea y no me den por loca. Presiento que a partir de ahora, aunque todavía no entienda lo que ocurre, tendré motivos para seguir escribiendo, si consigo sobrevivir lo
suficiente. Suena desesperante, pero es así.
Temo por mi vida.
Esta mañana he abierto la puerta de mi casa. No he mirado por la mirilla, nunca lo hago, y si lo hubiera hecho, ¿qué motivo tenía para no abrirles la puerta a los hijos
de Robert y Alicia? No era la primera vez que venían a jugar con Abril. Teníamos la suficiente confianza. No obstante, no… ¡Malditos críos! Han estado plantados
frente a mí, con las barbillas clavadas a las costillas y los brazos pegados al cuerpo, como soldaditos de plomo. Mientras, estúpida de mí, yo les sonreía y hablaba con
ese tono de voz digno de un doblaje de «Teletubbies».
Hola, chicos, venís en mal momento, Abril no está.
Queremos entrar. al primer
¿Me habéis oído?
Queremos entrar. ¿Nos dejas entrar?
¿Dónde están vuestros padres?
Entrar. Queremos entrar.
Ya basta, chicos. ¿Me oís? Volved a casa.
En ese momento he cerrado el primer  de la puerta. Los niños son niños, pero esos cabroncetes parecían poseídos. Creo que no he tardado más de veinte minutos para volver a mis
pensamientos, coger el bolso y salir del piso. Me disponía a ir a casa de Valentina. Necesitaba hablar, explicarle mi plan, contarle mis miedos. Pero al abrir la puerta,
esos malditos niños argentinos de tez rosada seguían frente a ella, en la misma posición. El miedo me ha obligado a retroceder un par de pasos, hasta que he vuelto a
recuperar la compostura. He cerrado la puerta tras de mí y he salido al rellano, pasando por en medio de los críos. Iba a cerrarla con llave, pero cuando me he girado para
hacerlo, los dos niños han levantado la cabeza y han clavado sus miradas negras sobre mí.
Ven con nosotros.
No hacían más que repetir esa frase una y otra vez. ¡No sé qué mierda ha pasado ahí, joder! Pero puedo decir con absoluta seguridad que esos ojos, esa oscuridad te
atrapa, te acaricia las capas de la piel y se impregna en tu ser. ¡Casi me meo encima, por Dios! No he esperado a ver qué querían. He bajado las escaleras lo más rápido
que mis piernas me permitían. Sentía el corazón latir bajo mi pecho, la respiración agitada, y volvía a sudar de tal manera que la ducha refrescante de hacía unas horas
había quedado en el olvido de un Troll. Al llegar al rellano del segundo

Pages : 20

Autor De La  novela : Black Queen

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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