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Donde aullan las colinas – Francisco Narla

Donde aullan las colinas – Francisco Narla

Donde aullan las colinas – Francisco Narla

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Se lo contó el viento.
Hedía a desgracia.
Venía trotando por la cresta de la montaña, bajo las sombras cuarteadas de los pinos, entre tojos y pizarra, al través del monte. De regreso tras su última batida,
con el pellejo de una liebre preso en las fauces. Caía la tarde y él volvía a la lobera. Fue entonces cuando aquella pestilencia lo abofeteó.
Una amenaza trepaba por las colinas. Una que traía a rastras el regusto del cuero viejo y el tufo a lana sobada.
Y el lobo la reconoció.
Se detuvo. Y quedó aupado a un peñasco por el que reptaban líquenes, asomando al borde del risco mientras un racimo de gravilla caía por la pendiente sembrada
de zarzas. Era un macho viejo, pesado, de huellas profundas, con los cuartos cargados por cacerías de venados. Con los años pintados en la pelambre y el grueso
pescuezo rastrillado por las victorias que lo habían hecho señor de la manada.
Miraba en derredor. Husmeando aquel peligro que presentía en el laberinto de arroyos del valle.
Y lo reconoció.

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Quiso asegurarse. La liebre cayó aplastando trenzas de helechos. Se pasó la lengua por el hocico para aventar de nuevo aquel soplo que gateaba desde las tierras
bajas. Y un gruñido le sacudió los belfos. La fetidez era inconfundible.
El viento cardaba las ramas de los fresnos, remetía los brezos. Y también portaba un mensaje. El viento le susurró al lobo que el cerco se estrechaba; que los
cazadores se acercaban.
El hombre había llegado.
Y se echó monte abajo.
Y corrió hacia la lobera. Casi tan rápido como el ocaso que encharcaba el horizonte, porque aquel rastro solo podía significar una cosa: muerte.
* * *
—La codicia es siempre la furcia con más clientes del burdel…
El sol huía hacia poniente y, en aquel claro del bosque, las sombras se estiraban, deshilachándose mansamente de los mantos que vestían los legionarios.
Eran hombres de rostros cincelados, con las trazas de haber sido engendrados en forjas. Encurtidos en sangre derramada. Asomando bajo los correajes, llevaban
apiñadas cicatrices que mentaban guerras libradas en los confines del mundo. El tinte de rubia en sus capotes era apenas un pálido recuerdo encarnado. Disciplinados,
habían formado al borde de la arboleda. Y sus monturas, inquietas, cabeceaban más allá, sacudiéndose de los flancos el sudor del largo viaje.
—… ¡Esa es la clave! La codicia —insistió el general rebañándose el pelo de la coronilla hacia la frente—. Así cerraremos sus bocas —afirmó mientras apoyaba el
pie en el tocón renegrido de un roble hendido por el rayo—. Colmaremos sus buches rollizos. Con lirones rellenos, lenguas de pato, sesos de faisán y tetas de gorrina…
Conscientes del peligro, los pretorianos vigilaban. Listos para desenfundar y batirse. Aquellas eran tierras sin conquistar, tan al oeste que más allá no había otra
cosa que los abismos del océano. Y allí vivían bárbaros que aún no se habían echado a los pies de Roma; salvajes que atacarían de conocer el premio que estaba ahora a
su alcance.
Sin embargo, no eran sus armas las que delataban su condición. Ni las ánimas que parecían rondarlos. Y tampoco sus actitudes recias, sino su silencio. Pues el
secreto que escuchaban estaba a salvo en sus labios. Habían jurado lealtad más allá de la muerte.
—Los cebaremos. —El desprecio barnizaba cada palabra del general—. Los cubriremos de vicio. Porque se han vuelto gordos y decrépitos. ¡Y codiciosos! —
recalcó rechinándole los dientes, sin dejar de darle vueltas entre los dedos a la muestra que acababan de entregarle—. El poder los ha hecho débiles y corruptos…
El comandante hablaba, uno de ellos escuchaba, el resto, dispuestos en una muralla sembrada de hierros envainados, protegían a su señor.
Años atrás el fragor de una tormenta hirió el bosque abriendo aquel claro con el fuego de sus centellas, y en el centro, sobre los despojos de carbón que dejaran los
rayos, el amo de Roma parlamentaba con uno de sus veteranos. Uno con el ceño quebrado, un centurión revenido por veinte años bajo el estandarte del águila; uno que
nunca se atrevería a cuestionar aquel desdén.
Uno al que nada le iba en la cizaña que sembraba su patrón. Alguien que sabía cuál era su deber. Escuchar, sin más. Aunque al hacerlo se convirtiera en partícipe de
una conspiración. Una conjura para la que el menor de los castigos sería terminar despeñado a los pies de la roca Tarpeya.
—… Y debemos dar gracias a la Fortuna de que así sea —continuó el glorioso vencedor de la última guerra civil—. Porque eso significa que sus voluntades se
venden, ¡y yo necesito comprarlas! ¡Roma lo necesita! —bramó convencido—. Porque si las compro, olvidarán sus miedos. —El gran general calló un instante y paseó
sus ojos pardos por aquel paisaje aserrado que todo lo envolvía—. El recuerdo de Sila les encoge las tripas. Basta mentar al viejo zorro y se les anuda el gaznate. ¡Se
cagan patas abajo! — Ese era el problema y él, conocedor de los tejemanejes de la vil política, lo sabía; por decadentes que fuesen los senadores que aún no habían sido
asesinados, nunca se desprenderían del temor a una nueva dictadura—. Lamen mi mano como perros lastimeros, pero, a mis espaldas, mascullan sus recelos…
El viento acunaba el silencio preocupado del veterano. Componía melodías con el tintineo de las lorigas; y se llevaba lejos aquel rastro del metal bruñido.
—… Así que necesito migajas —continuó—, restos que esparcir para que esos viciosos se entretengan picoteando. Y cuando se aparten de mi camino, alzaré un
imperio. —La voz del general se elevaba con sus cejas y el rubor se extendía por sus mejillas—. Uno que haría palidecer al mismísimo Alejandro… ¿Lo entiendes?
Cerraré las puertas del templo de Jano. Llevaré la paz desde la Lusitania hasta las mismas fronteras de la Dacia… Haré que mi legado sea imborrable.
Y el antiguo centurión asintió sin alzar la vista, admirando de reojo la disciplina de los centinelas, que no se escandalizaban con las peligrosas palabras que la brisa
vapuleaba. Ya no le cabía duda: su comandante lo arrastraba hacia las ciénagas que enfangarían la República.
—Así que dime, Lucio Trebellio Máximo, ¿lo habéis conseguido? —preguntó el que también había vencido en Alesia—. Eh, ¿lo habéis encontrado? ¿Tenéis para
mí la voluntad del Senado?
—Aún no —confesó el centurión con parquedad, abrumado por la verdad que intuía.
La mano libre, la derecha, la misma que sometía Roma, se alzó hasta el mentón rotundo para pellizcar aquellos labios afilados y el veterano se encontró con una
mirada entornada de ira; y supo que podía acabar en la cruz.
Ahora vestía como un licenciado cualquiera, como uno más de los que habían recibido el jubileo en Gades; esa había sido la orden. Pero hasta entonces él había
regido la vida de la Décima. Durante años había portado el sarmiento que concedía el mando de la primera cohorte de la legión. Incluso le había salvado la vida a aquel
hombre en las orillas del Betis. Sin embargo, con un solo gesto del general, los guardias le brindarían a las parcas los hilos de su destino.
Aún no había logrado cumplir su encomienda. Aunque esperaba hacerlo pronto, en cuanto hubiese matado a las dos últimas bestias.
—Mi señor, falta poco —se apresuró a intervenir el veterano para aplacar los ánimos—. Pero estas gentes —aclaró abriendo los brazos hacia los bosques más allá
de los escoltas— no se dejan convencer fácilmente. Son correosos…
Y la cicatriz que recorría la corva del cónsul daba buen testimonio de aquella verdad. No era la primera vez que pisaba aquellos montes plagados de espinas donde
el mismo Plutón parecía cobijar a aquellas indómitas tribus de los galaicos.
El dueño de Roma separó la mano de su barbilla, espantó la amargura rancia de la memoria con un gesto vago y volteó los dedos en el aire para animar al veterano a
seguir. En la zurda seguía sobando la muestra que el centurión le había entregado al llegar.
—Fuimos discretos, tal y como ordenaste. — Ahora, tras haber escuchado a su general, el legionario comprendía el sigilo exigido—. Pero estas gentes recuerdan
bien la sangre que se vertió en tiempos de Sertorio, y muchos han oído leyendas sobre el Africano. Dudaban entre creernos traidores, hombres de Pompeyo o simples
licenciados que no querían regresar. —La suspicacia de los lugareños había sido su principal problema, aunque Lucio no quería enredarse con nimiedades—. Aun así,
cumplimos con lo que pediste, no hubo violencia. — Ahora entendía por qué lo habían enviado a él con un puñado de hombres en vez de a una legión lista para la
aniquilación: no debían escucharse en Roma noticias de aquella tarea—. Nos costó tiempo, pero finalmente descubrimos un modo de ganarnos su confianza…
El ocre de la mirada del general brilló de impaciencia. Pero no interrumpió el discurso.
Y Lucio Trebellio hizo correr sus palabras como un chicuelo ansioso por complacer a un padre severo.
—El último invierno ha sido el más crudo en años. A nosotros mismos nos costó caro cruzar los pasos —concedió sin entrar en detalles—. El hielo y la nieve lo
cubrieron todo durante meses. —Los dedos del caudillo volvieron a rodar—. Los lobos bajaron pronto de las cumbres, azuzados por el hambre y el frío… Tuvimos
suerte. Vagabundeábamos, buscábamos la sierra de la que hablaste y nos topamos con una aldea llena de desesperados. Habían perdido casi todas sus cabezas de
ganado.
La impaciencia brincaba en el ceño del patrón y el centurión supo que debía apresurarse aún más.
—Cuando les pedimos refugio, los pobres desgraciados estaban considerando marchar al sur —continuó el veterano, avergonzado por el repeluzno que sentía ante
la mirada de su patrón—, no tenían otra cosa que ofrecernos que pan de bellotas rancio. Y a Cainos se le ocurrió una añagaza —aclaró el centurión con intriga, con cierta
confianza al poder ofrecer algo más que especulaciones—. Nos hicimos pasar por alimañeros, y llegamos a un acuerdo —tascó al fin, yendo directo al grano.
»Nos dirían dónde buscar a cambio de abatir a las bestias —reveló echando la barbilla hacia la mano en la que su patrono volteaba la prueba de lo que decía—. No
les gustó, pero Cainos supo convencerlos. Y ya casi lo hemos conseguido.
Odió tener que admitirlo ante la media sonrisa que se abría paso en aquellos labios afilados, pero no podía callarlo.
—Sin embargo, mi comandante… Hay un problema —añadió tragando antes de exponer el dilema al que sus hombres se estaban enfrentando—, la última pareja…
No pudo acabar de explicarse: un revuelo de susurros y hojas agitadas los alertó.
Alguien venía.
* * *
No estaba.
Aún podía percibirse su olor cálido. Y el dejo dulce de la leche que maduraba en ella como una promesa.
Era el último de sus escondrijos. Empujados por los cazadores, habían ido adentrándose más y más en la espesura de las arboledas. Alejándose del hombre. Y, en lo
más profundo del bosque, allí donde los zarzales se volvían casi impenetrables, entre pinos espigados que codiciaban un rayo de luz, bajo un alero de granito que
sobresalía amenazando caerse, habían encontrado la cárcava que un arroyo escarbara con las avenidas del deshielo. Habían estado buscando el cubil abandonado de algún
tejón. Pero les bastó terminar con el trabajo que el riachuelo empezara para hacerse con una madriguera inaccesible. A salvo.
Allí habrían de llegar los cachorros. Y por eso había huido ella. Al sentir a los tramperos cernirse sobre la lobera. Había escapado. Alejándolos del lugar elegido. Él
lo sabía.
No estaba.
Pero en los revoltijos del viento se acomodaba su rastro. Y el lobo solo se tomó el tiempo de gruñir antes de seguir corriendo ladera abajo. Tras ella.
* * *
El general y su veterano se giraron hacia el ruido.
Los pretorianos daban el alto a un tipo enjuto, con los aires de un cesto de mimbres consumido por alguna hambruna de niñez. Tenía la catadura viscosa de una
anguila y, con dedos sucios, señalaba hacia el centurión. Sus gestos nervudos urgían.
Uno de los centinelas, con la palma apoyada en el pomo de su espada, escuchó palabras que en el centro del claro sonaron como un bisbiseo apresurado.
El escolta alzó su propia mano para pedir silencio al intruso, miró hacia su general y, tras la inclinación de cabeza, le granjeó el paso al recién llegado. Y aquel
montón de huesos escasamente cubiertos de carnes magras se acercó; arrastraba los pies, de seguro impresionado por la presencia de aquel hombre que apoyaba el talón
en el tocón chamuscado por la tormenta.
—¡La loba ha caído en el foso! —anunció aquel huesudo con alharaca, saltándose los protocolos debidos.
Aunque no dejó traslucir su sorpresa, Lucio sabía lo que eso significaba. Algo había salido rematadamente mal y deseó que el general no lo hubiese llamado a
capítulo. Empezaba a arrepentirse de no haber formado parte de la batida.
El patricio miró al veterano y guardó silencio.
Y como nadie le dijo que se callara, era tal su excitación que, pese al recelo evidente que le provocaba el amo de Roma, el recién llegado se atrevió a seguir hablando:
—Cainos calla como lavandero que hubiera visto mochuelos —aseguró mirando a Lucio Trebellio con avaricia mal disimulada—, pero estoy convencido de que el
macho caerá durante la noche —concluyó metiéndose un meñique terroso en la oreja y hurgando con la satisfacción del deber cumplido.
El viejo centurión asintió y, antes de que le diese tiempo a explicarse, su patrón ya había comprendido.
—Eso vendrá a significar que habréis cumplido —aventuró el general con una sonrisa sardónica que parecía borrar la inquietud que había mostrado hasta el
momento—, ¿no es así?
—Sí, mi señor —le aseguró el veterano apagando como pudo las dudas que le hervían en la garganta—, con eso habremos cumplido. Son las dos últimas bestias.
Una vez entreguemos las pieles, el jefe de la aldea pagará…
El escuálido intruso observaba los logros de su cata minera bajo la uña roñosa y asentía con fervor codicioso.
—Pues veámoslo —dijo el comandante, encantado por las buenas noticias—, ha de tratarse de un animal magnífico para que estos salvajes aceptasen el trato.
Y bastó una orden seca del gran general para que los escoltas se apresuraran a ponerse en marcha.
Abandonaron todos aquel claro que la tempestad abriera. Y marcharon envueltos en presagios, cada cual dudando sobre el porvenir que le aguardaba.
El amo de Roma y el roñoso sonreían. Los guardias, impertérritos, simplemente seguían a su patrón.
Y Lucio cavilaba. Muy a su pesar, rumiaba sus miedos. Temía que aquel lobo, enorme y taimado, no estuviese tan dispuesto a cooperar como el esquelético Segios
había predicho. Embutidos en su engaño, trabajando como alimañeros, habían ido abatiendo a todas y cada una de las manadas.
Pero aquella bestia era distinta. Muy distinta.
Hasta entonces ninguna de las trampas de Cainos había funcionado.

Había fallado. Cainos lo sabía.
Y aquel par de ojos tallados en ámbar se lo recordaban a cada instante. La loba se paseaba de un lado a otro, inquieta, restregando los belfos contra los afilados
colmillos, gruñendo a los hombres que la habían atrapado.
Eran ya demasiados años tendiendo emboscadas como para no admitir el fiasco. Además, conocía bien aquellos montes y las fieras que los habitaban. Servía a la
casta de los hijos que engendraran Rómulo y Remo, pero él era un hispano.
Dejando atrás aquellos bosques cansados del poniente, a unos pocos días de marcha, estaba su aldea. En un recodo del río Astura, allá donde se agostaban aquellas
montañas del oeste y empezaban las llanuras de lino y esparto, las mismas que llegaban hasta los límites de las provincias de Roma.
Y, ya desde antes de nacer, el fuego de la venganza marcó su sino. Su padre había acudido a la llamada de los clanes del este en la gran guerra. Había estado a las
órdenes de Quinto Sertorio, y ambos habían muerto a manos de los mismos traidores.
Así, obligado por su pasado, siguiendo los pasos que ya diera su padre, Cainos se había alistado en las legiones de la gran Loba.
Había ayudado a construir las empalizadas en Alesia, había derramado sangre en Farsalia, había husmeado el rastro de Pompeyo hasta la tierra de los faraones.
Había cumplido con su deber. Hasta ahora. Porque él sabía algo que los demás hombres de su patrulla no entendían: había fallado.
* * *
Después de dos lunas bregando, Cainos y los suyos le habían entregado al jefe de la aldea una buena resma de pieles de lobo. Y aquel desdichado, contento, ajeno a
la ratonera en la que él mismo había metido a los suyos, las tenía secando bajo el alero de su choza.
Faltaban, sin embargo, un par de pellejos más para cerrar el trato.
La última pareja de bestias los había burlado, una vez tras otra. Taimadas, escurridizas, las fieras habían eludido todas y cada una de las trampas tendidas. Algo que
había hecho hervir las prisas del revenido Lucio Trebellio, apurado por complacer al gran general.
El hispano supo entonces que no podía demorarse más. Y, a disgusto, había llegado a la inevitable conclusión de que tan solo les quedaba una opción: cavar.
Durante largos días habían trabajado duro, acarretando tierra, cortando raíces, abriendo el suelo de la montaña. Agradecidos de que el inusual calor se hubiera
llevado pronto los barros del invierno.
Bañados en sudor, los hombres del general habían sachado una zanja enorme.
Una rampa que se estrechaba según descendía por la ladera. Que terminaba en un pozo disimulado con ramas y hojarasca.
Un embudo de tierra que quedó encerrado entre paredes alzadas a prisa con pedruscos arrancados de aquí y allá.
La disciplina de las legiones había servido una vez más. Habían construido una trampa. Un coso.
Y esa misma mañana, bien temprano, se habían preparado para cebarla y acabar con aquel último par de bestias.
Sin embargo, por sorpresa, antes de poder empezar, a Lucio Trebellio se lo había llevado al galope uno de los guardias embozados del general, a quien tanto parecía
urgirle tener noticias como para presentarse de improviso en aquel rincón del fin del mundo. Aun así, Cainos y el resto habían seguido con el plan.
Y se echaron al monte para barrer la ladera.
Esparcidos, cubriendo todo el terreno del que fueron capaces, gritando a los cuatro vientos como si espantaran lémures, descendieron con la pendiente.
Acorralando a las fieras. Azuzándolas.
Pareció funcionar.
La loba, sin salida, había huido hacia el único resquicio que los hombres le dejaron. Hacia el pórtico de la trampa. Embocando su perdición.
Y la bestia había caído en el foso.
Pero no el macho. El lobo había escapado. Una vez más. Y aquellos ojos llameantes que refulgían dentro de la llaga abierta en la montaña le recordaban a Cainos su
error.
Porque había visto sus marcas. Porque había leído sus cacerías en las huellas entre el musgo y las ramas quebradas. Y en una ocasión incluso lo había intuido entre
las zarzas, cuando la fiera arrampló con la oveja lastimera que le habían puesto de cebo. Aquel día, al trampero se le encogieron las tripas.
Lo recordaba bien.
Y ahora muchas de las historias que había oído de niño al amor del fuego revoloteaban también en su memoria. Relatos sobre camadas robadas en la lobera y bestias
enfebrecidas que perseguían a los alimañeros para arrancarles las entrañas entre coros de aullidos a una luna tinta de sangre.
No le gustaba.
La luz escapaba. El crepúsculo esparcía herrumbre sobre el horizonte. El olor fértil de la tierra recién labrada pesaba, escondía el aroma picante de las flores de
aulaga. Desde una rama de aliso llena de hojas nuevas, un carbonero pintaba en el aire reclamos de amor que no eran correspondidos.
Y Cainos, acuclillado, embadurnado en silencio, miraba a la bestia que se revolvía en el hoyo.
Atrapada, la loba deambulaba en el fondo del coso. Al principio se había gastado corriendo de una a otra pared, intentando trepar con desesperación, hincando uñas
y dientes en terrones sueltos que se desmoronaban. Ahora parecía haber comprendido que no tenía salida. Gruñía, con la pelambre erizada y la ira tiñéndole el ánimo.
Enseñaba los colmillos y, demostrando que no tenía miedo a los hombres, mantenía el rabo tieso.
La preñez que le abultaba el vientre colgaba de ella como una promesa rota.
No eran tan distintos, el hispano también parecía un manojo de alambres sobre el que hubieran echado un pellejo; tenía el rostro afilado y los labios prietos bajo
una nariz amolada que asomaba sobre una quijada dentuda como un hocico. Ambos tenían encima el rastro de largas caminatas. Los dos habían probado el sabor de la
sangre cazada. Aunque sus ojos eran del azul más gastado y los de ella, dos piedras de ámbar.
No eran tan distintos, ella estaba condenada y Cainos sabía que, si no acorralaban pronto al lobo, él también lo estaría.
—¿Preparamos antorchas? —preguntaron a sus espaldas.
Era el espartano. Un tipo esbelto con músculos labrados que, en tiempos, había sobrevivido como reciario. Respondía al nombre de Píramo y era uno de esos que
seguían a las exageraciones que se vertían sobre él. Uno de los elegidos para combatir al ocaso, cuando las apuestas alcanzaban sus máximos. Aunque la cruda verdad era
que se había ganado la libertad luchando entre los muslos caprichosos de las matronas romanas, sedientas de amor después de ver los arenales del circo tintos con la
sangre de gladiadores. Su habilidad al complacerlas lo había convertido en libre y rico; antes de que su ambición con los dados lo arruinase obligándolo a la condena de las
legiones.
Cainos se irguió apagando la mueca que le subió al rostro desde las rodillas.
—Está bien, dile a Druso que te eche una mano —concedió el trampero—. Pero no las encenderemos de momento.
Los dos sabían que el olor del fuego podía ahuyentar al macho y no hicieron falta más aclaraciones. El antiguo gladiador se marchó para cumplir con el encargo.
Otro al que llamaban Tito, uno que había sido optio de la Decimotercera, lo mandó a capar murciélagos al pedirle Píramo que echara una mano. Y más allá se oyó la
risa bronca de Druso, un gigantón que había sido herido en todas las líneas de una cohorte, tan hablador como un canto rodado en el lecho de un río.
Si Segios volvía pronto con el centurión, entonces serían seis.
Les faltaba uno. Uno que se había dejado los huevos colgando en la daga de un númida en el callejón trasero de un lupanar a las afueras de Corduba. Y Cainos, más
que ningún otro, no lo lamentaba. Pero también presentía que echarían en falta a unos cuantos hombres más en cuanto cayera la noche.
Los demás pensaban que habían logrado media victoria al apresar a la loba, pero a él seguían rondándole las historias de su niñez.
Calibraba sus posibilidades cuando intuyó algo a sus espaldas. Apenas un susurro vagabundeando en las redes que tejían los brezos. Algo que el instinto advirtió
pero que la razón no entendió.
Un escalofrío le recorrió las corvas como un mal presagio. Sin embargo, antes de que tuviera tiempo para desapegarse del repeluzno, alguien lo llamó:
—¡Cainos!
La loba gañó ante el alboroto.
Aquel vozarrón era inconfundible. Tenía por dueño a un cepo en el que cortar leña. A una montonera de músculos criados con años de carga y cientos de batallas
sosteniendo el pesado escudo mientras la otra mano abría tripas con la espada; todo coronado con un rostro cuadrado, punteado por ojos labrados en nogal aceitado,
tachonado por una pelambre recia como cerdas de verraco. Pedernal parido por la maquinaria de las legiones, hijo

Donde aullan las colinas – Francisco Narla

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