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Dulce pasión de mujer – Annette J. Creendwood

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mil pedazos, quebrándote el corazón y haciéndolo sangrar hasta vaciarlo de su última gota. Del amor al odio en un solo paso.
Eso me sucedió a mí cuando descubrí la traición de Rubén. Los nueve años que nos habíamos regalado el uno al otro se esfumaron de repente y todo quedó
reducido a un amargo recuerdo. Un recuerdo que, por desgracia o por fortuna, nunca podré borrar.
¿Quién puede asegurarnos que la persona con la que decidimos compartir el resto de nuestra vida es la persona adecuada? ¿Deberíamos poner la mano en
el fuego por alguien que no es de nuestra sangre por mucho que creamos estar enamorados? Tiempo atrás habría dicho que sí, pero ahora… ahora ya no… No
debemos fiarnos de nadie, ni siquiera de nuestra propia sombra, porque incluso esta nos abandona cuando estamos en la oscuridad.
En ocasiones la vida nos proporciona alegrías y nos permite caminar por el sendero escogido; en otras ocasiones no es así. A veces, y sin saber muy bien
por qué, la vida nos obliga a caminar por un sendero que no es el elegido y se vuelve cruel y lastimera otorgándonos enfrentamientos con nosotros mismos y
obligándonos a bucear durante un sempiterno período de tiempo por mares, incluso océanos, de soledad, amargura y delirio que de repente se convierten en aguas
cristalinas que traen excitación, entusiasmo y fingida felicidad para después, otra vez, tornarse en aguas turbias y oscuras manchadas de dolor y sufrimiento. Una puta
locura.
Entonces, de repente y sorprendentemente, la vida nos obliga a despertar de ese mal sueño y a alejarnos de ese ángel negro que intenta arrastrarnos hasta el
infierno, y por fin nos damos cuenta de lo maravillosa que resulta la vida, de lo paradójico que es que nos sucedan desgracias que nos llevarán, inesperadamente, a
encontrar nuestra propia felicidad. ¿Extraño, verdad? Pero es cierto eso que dice el refrán: no hay mal que por bien no venga.
Me llamo Verónica Puig-Bassols, y con veintinueve años la vida me obsequió con un duro golpe, el batacazo más lacerante que jamás hubiese podido
imaginar. Y, sin embargo, a ese salvaje dolor debo mi espléndida felicidad, porque considero que es espléndida. Paradojas de la vida, lo que yo decía. Hoy cuento con
treinta y cuatro años y creo estar recuperada, una recuperación que ha venido propiciada por las increíbles casualidades de esta extraña existencia.
Pero vayamos por partes.
Tres oscuros hombres han hecho de mí una mujer muy distinta de la que mi madre parió. Tres demonios han pasado por mi vida machacándola como una
apisonadora y provocándome un inmenso dolor que me redujo a cenizas. Sin embargo, igual que el Ave Fénix que resucita tantas veces como muere, yo también
resucité.
Verónica resucitó.
Y aquí estoy, al frente de un ejército de días que van pasando sin temor.
Hoy soy una mujer feliz cuyo corazón permanece tranquilo y lleno de paz tras todo el sufrimiento vivido. Hoy soy dueña de una inmensa felicidad que riega a
diario mi existencia igual que el agua que riega las flores de un jardín dándole vida a sus tallos.
Como mi madre me dijo en una ocasión, solo hace falta luchar por alcanzar la felicidad. El ser humano está diseñado para ello.
No se equivocó mi madre. Yo la alcancé.
Capítulo 2
Navidad de 1991.
—¿Cuánto hace que nos conocemos, Rubén?
—Bastante, creo. —La expresión de mi marido es de gran asombro, aunque al final se echa a reír, una risa falsa pero una risa al fin y al cabo.
Hará unos dieciocho años que nos vimos por primera vez en un guateque celebrado en casa de algún veraneante que pasaba la más sofocante y bochornosa
estación del año en la costa malagueña esperando, sin éxito, que la brisa del mar lo alejase de semejante bochorno. Pero era la decisión tomada cada verano (algo que, de
paso sea dicho, yo agradecía) y con diez años y en los tiempos que corrían, cualquiera desobedecía una orden de mamá y mucho menos de papá. Todo lo más que podías
reivindicar era el derecho a ver la tele unos minutos antes de que la mano que mecía la cuna gritase enérgicamente <<¡Pon la mesa que va a llegar papá!>>, no sin
antes haber colaborado en la elaboración de la ridícula cena insuficiente para los tres miembros de una misma familia mantenidos únicamente por las duras jornadas de un
mozo de almacén en unas importantes galerías comerciales que monopolizaban todo el país.
Rubén, por el contrario, pertenecía a una familia distinguida. Era el menor de tres hermanos varones que solo pensaban en ligar con chicas y divertirse. Nada
de hablar de heredar el cargo de su padre en la empresa familiar, aunque sí su dinero. En cambio, él tenía claro lo que sería su vida en un futuro: Director ejecutivo de una
importante y reconocida editorial asturiana no estaba nada mal. Y mi familia, bastante humilde e interesada por aquel entonces, vio en Rubén un atisbo de esperanza.
Yo vi algo distinto, aunque no sé el qué, solo sé que al final se ganó mi corazón; y supongo que yo el suyo.
—¿Por qué me preguntas eso constantemente, Verónica? —Me dice cuando estamos a punto de marcharnos.
—Es mi frase favorita —respondo, y me aparto del cuello el pelo del color del fuego para que la fragancia que acabo de pulverizar sobre él salga disparada
directa a su nervio olfativo. Pero nada, como si no dispusiese de tal sentido.
Ignoro, como otras veces, su descarado desinterés, me echo el abrigo sobre los hombros y nos vamos.
En el coche se está bien, Ramiro se ha ocupado de encender la calefacción un poco antes de montarnos para que el habitáculo alcance la temperatura perfecta.
Nos dirigimos a la fiesta benéfica que la editorial de la familia de Rubén organiza cada año por estas fechas para recaudar fondos destinados a la Fundación Sabiduría es
Poder, una institución encargada de gestionar la cultura y educación de los niños acogidos en orfanatos y que se encuentran totalmente desatendidos.
La Navidad es una época perfecta para manipular la conciencia de las personas y sacar de ellas el mayor provecho posible. O dicho de otro modo, es la época
perfecta para conseguir que los más acaudalados hagan grandes y espléndidos desembolsos de sus codiciadas fortunas a favor de los más desamparados.
En el coche vuelvo a hacerle a Rubén la misma pregunta.
—¿Cuánto hace que nos conocemos?
—Dieciocho años, Verónica —responde aburrido.
—Es bueno que no lo olvides.
Me regala otra falsa sonrisa, pero no le hace ni el más mínimo caso a mi comentario. Tampoco yo digo nada más. Las cosas no están bien entre nosotros, lo sé,
algo raro se ha colado en nuestras vidas y nos acecha. Yo quiero creer que es solo estrés por el trabajo acumulado. Cualquier otra razón no la soportaría.
Llegamos a las instalaciones que acogen cada año la gala benéfica, una mansión propiedad de un magnate irlandés, y un aparcacoches se encarga del vehículo.
La alfombra roja que viste el empedrado de la entrada está acordonada y escoltada por una multitud de periodistas y fotógrafos que quieren hacerse eco de una de las
noticias más importantes del día. Buscar información que puedan inmortalizar en papel o en imágenes es su tarea principal. Rubén se acerca a algunos micrófonos y
responde amablemente a las preguntas de los redactores, da su opinión a muchos editorialistas conocidos dentro de su círculo literario e incluso se fotografía con varios
de ellos. Yo estoy apartada, alejada de su sombra, pero tampoco él me invita a acompañarle.
La velada, la verdad, es de lo más agradable. Muchos rostros conocidos e influyentes de la ciudad colaboran con la causa que nos ha reunido allí. El recién
elegido alcalde de Oviedo, el Señor Gabino de Lorenzo Ferrera se encuentra rodeado de todos los lameculos que ambicionan su cargo y que tarde o temprano lo
conseguirán. Algunos fanfarrones engreídos también se han dejado caer por el lugar, a la caza de algún premio del que poder aprovecharse y del que incluso se creen
merecedores. Así es nuestra hipócrita sociedad. Así funciona el mundo. Pero aparte de eso, la velada es agradable.
Yo intercambio opiniones con los familiares de Rubén, con sus compañeros —también míos— y con las mujeres de todos estos. Algunas de nosotras solo nos
vemos una vez al año, tal día como hoy, pero pese a eso, es fantástico reencontrarte con ellas y compartir emociones.
Prácticamente no veo a mi marido en toda la celebración; me extraño y comienzo a buscarlo. Me dirijo a las cocinas pensando que pueda estar conversando
con el chef sobre la exquisita cena que han servido y que sé con seguridad que ha sido de su agrado. Incluso pregunto a diferentes camareros si han visto al Señor
Echeverría, pero claro, hay varios señores Echeverría y tengo que ser más concreta.
—Rubén Echeverría hijo, ¿lo han visto?
—No, lo siento —me responde uno de los camareros.
Me acuerdo de que en los sótanos de la mansión hay varias bodegas y pienso que tal vez pueda estar allí degustando algún embriagador vino en compañía de
sus colegas de profesión, así que me encamino hacia las escaleras que parten de las cocinas con destino a ese frío, húmedo y polvoriento rincón de la casa. No llevo nada
sobre los hombros y, aunque el vestido tiene las mangas largas y me oculta las piernas hasta más allá de los tobillos, la espalda está prácticamente desnuda, protegida
tan solo por una fina gasa por completo transparente, de modo que es como si nada me abrigase la columna vertebral. Tengo frío y siento cómo la piel de los brazos se
me eriza, pero yo los recojo apretándolos contra mi propio pecho. Camino varios pasos y me doy cuenta de que no parece haber nadie en el silo; no obstante, comienzo
a llamar a Rubén, aunque no obtengo respuesta. La oscuridad cada vez es más intensa y me provoca un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Decido dar marcha
atrás y regresar a la parte alta de la casa, donde la luz y el calor te abrazan como una madre protectora a sus hijos. Pero entonces escucho algo, un tintineo que llama mi
atención y que parece provenir del fondo de la bodega, así que, valiente de mí y como hipnotizada por el sutil ruido, lo persigo hasta dar con él. Y cuando por fin lo
localizo, mi corazón baja sus pulsaciones.
Había imaginado, obsesionada, que podía ser Rubén chocando su copa de vino con la de alguna mujer, celebrando no sé qué. Pero no, afortunadamente, no. Es
solo un camarero que está colocando las botellas de vino dentro de los huecos reservados para ellas. Mis pasos lo alertan y da un brinco cuando se gira y me ve aparecer
de repente.
—Lo siento —digo rápidamente—, no quería asustarle.
El camarero no habla, no dice nada, tan solo me observa, clavándome sus ojos hasta hacerme heridas. Me siento incómoda, pero no puedo dejar de mirarlo.
Sus ojos son hipnotizadores, su mirada atrayente y seductora y, aunque no hay mucha luz y apenas puedo distinguirlo bien, me resulta algo familiar.
—Lo siento —repito, y me giro con la intención de largarme. Su silencio me causa temor.
—No se preocupe, Señora Echeverría —habla con una voz fuerte y penetrante, es cautivadora, y también me resulta familiar—. No me ha asustado, pero tal
vez yo a usted sí.
No sé el qué, pero algo me impide dar el paso y alejarme de allí.
—Vale, no pasa nada —digo finalmente—. He oído ruido y solo quería comprobar lo que era.
Por fin mis piernas reaccionan y consigo hacerlas andar, pero entonces me doy cuenta de que ese tipo misterioso me conoce. Me ha llamado por el apellido de
mi marido, sabe quién soy. Inmediatamente me vuelvo hacia él y me atrevo a acercarme un poco más. Me quedo a una distancia prudencial pero desde donde estoy
puedo ver el color de sus ojos, entre grises y azules, casi transparentes como los de un gato siamés. Los he visto antes.
—¿Cómo sabe mi nombre? —le pregunto.
—¿Perdón, como dice? —responde con esa enérgica voz.
—Me ha llamado por mi nombre. ¿Sabe quién soy?
—No la he llamado por su nombre —replica dominante—, sino por el apellido de su marido.
Me descoloca su altivez, incluso me decepciona, pero al mismo tiempo me atrae.
—Oiga… —digo molesta por su repentino tono de voz. Sin embargo, no me alejo de allí, sino al contrario, me acerco un poco más a él. Ese hombre me
provoca interés y me sigue resultando familiar; quiero saber quién es. —¿Puedo saber quién es usted?
—Un camarero —dice de manera cortante.
Sus modales empiezan a hacerme perder el interés por él, así que sin malgastar más mi tiempo con ese individuo me vuelvo por donde he venido.
—Veo que ya no recuerdas a un viejo amigo —escucho a mis espaldas. Y entonces me acuerdo.
Mikel.
Mikel Chávarri.
Mijas, Málaga, verano de 1980.
Estoy nerviosa porque Mikel está encima de mí, apretándome contra su cuerpo, cruzando el límite de la virginidad. Nuestros cuerpos sudorosos bailan al compás de
los muelles de la vieja cama de sus padres, en una caótica habitación repleta de cajas y maletas a medio hacer. Las vacaciones de verano están a punto de acabar y hay
que pensar en ir recogiendo todos los bártulos trasladados hace más de dos meses para devolverlos, lamentablemente, a su lugar de origen junto con sus dueños. Sin
embargo, la soleada mañana del último día del mes de agosto ha hecho posible que mi virtuosa inocencia desaparezca como el verano está a punto de desaparecer. Los
padres de Mikel, para nuestra suerte, no podían renunciar al último bronceado del año bajo los rayos del sol castigador antes de volver a casa, y nosotros teníamos que
aprovechar esa oportunidad. O era ahora, o no sería nunca.
Desde que puse los pies en el pueblo a mediados del mes

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