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Libro PDF Dulces quimeras Los hijos de Darwin 2 – Manuel Vidal

Dulces quimeras (Los hijos de Darwin 2) – Manuel Vidal

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Los ladridos de Urko la devolvieron a la realidad del salón. Estaba claro que algo volvía a molestar al perro. Al principio supuso que su alarma era provocada por el
mismo motivo de antes, y no hizo caso. Pero cada vez los ladridos eran más furiosos y Urko parecía fuera de sí. La doctora Romero empezó a inquietarse. ¿Sería
Rafael? Se quedó escuchando con atención. Los ladridos aumentaron de intensidad, y el miedo volvió a atenazarla.
«Eso no es normal, si es un jabalí debe de ser muy grande», se dijo mientras se levantaba del sofá y dejaba la copa de vino sobre la mesa.
Acto seguido se dirigió a una ventana que daba a la parte frontal. Desde allí intentaría ver lo que estaba ocurriendo fuera. Se situó a un lado y apartó con cuidado la
cortina. La noche era oscura, sin luna, y por mucho que lo intentó no pudo ver nada. Se quedó allí de pie, paralizada por el miedo, aquella situación la estaba poniendo
muy nerviosa y empezaba a imaginarse lo peor.
Ahora el perro parecía haber perdido a su presa, los ladridos se desplazaban de un lugar a otro y habían disminuido en intensidad.
Cris continuó de pie junto a la ventana, procurando no ponerse a contraluz para evitar que un hipotético intruso la viera desde el exterior.
Durante unos instantes todo continuó igual, el televisor seguía emitiendo imágenes del telediario con el sonido apenas audible, y el perro continuó con sus señales de
alerta.
De pronto Urko volvió a concentrar sus ladridos en un punto, y esta vez eran muy fuertes.
La doctora Romero se asomó otra vez por la ventana discretamente, pero solo vio su imagen reflejada.
Entonces Urko lanzó un aullido, como si alguien le hubiera hecho daño, y de repente se calló.
El pánico se apoderó de Cris. ¿Qué le habría ocurrido al perro? ¿Lo habría atacado un jabalí? Continuó escuchando unos instantes con la esperanza de oír sus ladridos
otra vez, pero el tenue sonido del televisor era lo único que rompía el silencio. Estaba paralizada por culpa del miedo, y decidió hacer un esfuerzo por calmarse. Analizó
la situación con toda la objetividad de que fue capaz. Empezó pensando que sus temores no tenían razón de ser. Si alguien se hubiera acercado, la impresionante
envergadura de Urko lo hubiera hecho desistir. Y al revés, que el intruso hubiera atacado a Urko era algo poco probable, el perro estaba suelto y entrenado para vigilar,
además se conocía el terreno palmo a palmo. Así que, lo más probable sería que una vez más un enorme jabalí se hubiera acercado a la casa atraído por los restos de
comida que había en el contenedor de la basura.
«Tengo que salir y ver qué le ha ocurrido a Urko, igual está herido», se dijo dándose ánimos.
Se fue hasta el recibidor y abrió el armario que hacía las veces de perchero. Se puso encima de la bata un anorak largo que utilizaba para los días más fríos, y se calzó
unas viejas deportivas que todavía tenían algo de barro incrustado. Luego cogió una potente linterna que reposaba en un estante al lado del armario, abrió la puerta
principal, se armó de valor, y salió.
Afuera la noche era fresca y muy oscura, la doctora se quedó parada frente a la casa barriendo con la luz de su linterna las tinieblas que había a su alrededor, y luego la
dirigió hacia donde le parecía haber oído a Urko la última vez.
Y entonces volvió a tener miedo. Todo el valor del que había hecho acopio en el momento de salir se había esfumado de repente. Aunque no notaba el frío, se ajustó el
anorak, y empezó a andar indecisa por la explanada que había frente a la casa. No sabía muy bien a dónde ir ni sabía qué debía hacer, y empezó a pensar que quizá salir
no había sido tan buena idea. Pero ahora ya era demasiado tarde para echarse atrás, y además Urko podía estar herido, así que, empuñando con fuerza la linterna, se
convenció a sí misma de la necesidad de buscarle.
Pensó que lo mejor sería confirmar su hipótesis del ataque de un jabalí, y siguió andando despacio, procurando no tropezar, en dirección a la pista forestal que
comunicaba su casa con la granja de Transgen. Casi siempre los jabalís entraban por allí, provenientes del bosque circundante, aprovechaban la circunstancia de que por
esa parte no había cercado. Urko lo sabía, y cuando los detectaba, salía disparado hacia allí en su persecución. Si estaba herido, tenía muchas posibilidades de que lo
hubieran atacado en esa pista forestal.
Con la linterna iluminándole perfectamente el camino, y con el corazón en un puño, avanzó resuelta en aquella dirección. El silencio era casi absoluto, solo se oían sus
pisadas y el murmullo del torrente cercano. El perro seguía sin ladrar, y eso era mala señal. Cris hubiera preferido oírle de nuevo, aunque eso significase encontrarle
maltrecho.
Cuando llegó a la carretera se detuvo de nuevo. Barrió con la luz los alrededores, y en un principio no vio nada. Pero cuando volvió a recorrer la zona con la linterna
descubrió un bulto en el suelo, estaba al borde de la pista de tierra, en el lindero del bosque. El corazón le dio un vuelco. Enfocó con más precisión aquel bulto extraño y
se acercó lentamente. A medida que se fue acercando lo vio más claro, y sus temores se confirmaron. El perro yacía inmóvil en el suelo, rodeado por un charco de
sangre.
«Dios mío, pobre Urko —pensó sin dar crédito a lo que veía—, el maldito jabalí debía de ser muy grande.»
A pesar de la evidencia quiso asegurarse de que estaba muerto, se acercó y se agachó para tocarlo. La luz de la linterna hacía brillar la sangre acumulada en el suelo, sus
ojos marrones permanecían abiertos de par en par, como si hubieran quedado horrorizados por lo último que habían visto. Le tocó en el cuello para comprobar si tenía
pulso, y le quedó claro que estaba sin vida. Al retirar la mano movió la linterna a lo largo de su cuerpo y pudo comprobar la magnitud de la herida. Jamás había visto
nada igual. El cuerno del jabalí lo había rajado en canal.
Se levantó con los ojos humedecidos. Le tenía mucho cariño a aquel compañero de tantas noches solitarias, y no pudo evitar que la pena oprimiera su corazón.
Decidió dejarlo allí aquella noche. «Ya lo enterraré mañana con todos los honores —pensó—. Espero que no sirva de alimento para las alimañas.» Luego regresó por el
sendero hacia la tibieza del salón. Sabía que en la oscuridad no podía hacer nada, pero se sentía culpable. Era como si estuviera faltando a ese pacto de amistad que
siempre hubo entre los dos.
Al llegar a la explanada y sin saber por qué el miedo volvió a atenazarla. Vio los cuadrados de luz de las ventanas del salón proyectándose sobre la hierba humedecida y
aceleró el paso. Aquello era muy bonito, pero lo sucedido esa noche, junto con el incidente del trabajo, le confirmó que ya no quería vivir por más tiempo en aquella
casa.
Cuando estuvo frente a la puerta principal buscó las llaves en el bolsillo del anorak e iluminó la cerradura con la linterna.
Abrió, y al notar la calefacción agradeció estar otra vez de vuelta.
Pero de pronto, cuando ya estaba dentro e iba a cerrar la puerta tras de sí, una fuerza descomunal la empujó por la espalda y la hizo chocar contra el armario del
recibidor. No tuvo tiempo de ver nada, acto seguido unos brazos que parecían tenazas la agarraron por detrás y la inmovilizaron. A continuación, quien fuera que
estuviera ahí dentro cerró la puerta, y mientras la sujetaba con una mano, con la otra la empezó a manosear.
—¡Rafa!, ¿eres tú?
El individuo no contestó, y con la mano libre empezó a golpearla con saña. Mientras recibía los golpes Cris gritaba con todas sus fuerzas, pero nadie podía oírla;
entonces el energúmeno dejó de golpearla y le metió algo duro en la boca. Cris siguió gritando, pero sus gritos se convirtieron en gruñidos apenas audibles. Luego la
agarró y la llevó hacia el interior del salón sin que sus pies apenas tocaran el suelo. Allí la empujó contra el sofá. Con el forcejeo se le abrieron el anorak y la bata,
ofreciéndose desnuda a su atacante.
Y entonces supo quién era. Al ver aquella cara llena de odio, supo que iba a correr la misma suerte que Urko.
Carretera comarcal BV-2421
La Palma de Cervelló
Esa misma noche sin luna, Félix Castellanos circulaba a poca velocidad por la carretera que llevaba hasta la urbanización en donde vivía. Mientras los faros penetraban la
negrura, el profesor se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz, y se concentró en el trazado de las curvas. A sus sesenta años aún tenía buena visión, y conservaba
buen aspecto. Prueba de ello eran su abundante pelo gris, un rostro sin apenas arrugas, y una complexión delgada pero fuerte, conseguida a base de hacer mucho
ejercicio. A pesar de la poca visibilidad, conducía con la seguridad que le proporcionaba saberse de memoria el camino hasta su casa, y no pudo evitar que su mente
volviera sobre el feo asunto que había descubierto hacía tan solo unos días desempeñando su trabajo en el Instituto de Biología Molecular. Había sucedido por
casualidad y sin proponérselo, pero se había metido en un buen lío. Sabía que los responsables de aquellos hechos no le iban a perdonar fácilmente su indiscreción, y
desde entonces estaba preocupado por su seguridad. Por eso había decidido cubrirse las espaldas y contárselo todo a la prensa, teniendo además la precaución de no
decir nada a sus superiores, pues aún no tenía claro en quién podía confiar.
Siguió conduciendo, sus manos agarraban tensas el volante, y su rostro, iluminado por la tenue luz del salpicadero, se contrajo en una mueca de disgusto. Luego, y por
enésima vez, miró por el retrovisor interior para ver si alguien le seguía, pero detrás de su coche solo reinaba la oscuridad. Llevaba varios días obsesionado con que le
estaban vigilando, incluso su mujer lo había notado, y la situación se hacía cada vez más insostenible. Se preguntó si la entrevista con el periodista al día siguiente
resolvería sus problemas. Quizá se estaba equivocando, y a pesar de los recelos que albergaba, debería haber acudido a la policía. Lleno de dudas hizo un esfuerzo por
alejar esos turbios pensamientos de su cabeza, y procuró concentrarse otra vez en la conducción.
Al salir de una curva, volvió a ajustarse las gafas en un tic nervioso, y divisó a lo lejos, al final de una de las pocas rectas del recorrido, lo que parecían las luces de
emergencia de un vehículo parado en la cuneta. ¿Qué estaría haciendo allí? Detenerse en aquella carretera era muy arriesgado, apenas había visibilidad y el arcén era casi
inexistente. Conforme se acercaba, aguzó la vista y vio que junto al coche había una chica que le hacía señas con la mano. Llevaba puesto el chaleco reflectante, y parecía
joven.
Al acercarse, Castellanos aminoró la velocidad, y al llegar a la altura de la mujer, paró y puso también las luces de emergencia. Ella se agachó para verle, y él bajó la
ventanilla del lado derecho.
—Hola. ¿Podría ayudarme? —dijo la chica con voz angustiada.
A pesar de la oscuridad, Castellanos vio que era muy guapa y no tendría más de treinta años.
—¿Qué le ocurre?
La chica se acercó a la ventanilla y casi metió la cabeza para verle mejor.
—No sé, el coche se ha parado,… si fuera tan amable de comprobar qué le pasa, yo no entiendo nada de mecánica.
Castellanos se quedó un instante pensativo. Luego le preguntó:
—¿Puede ser que se haya quedado sin gasolina?
—Creo que llevo suficiente, pero el indicador hace tiempo que no funciona…
Él hizo una mueca de desagrado, como dando por sentado que la falta de combustible iba a ser la causa de la avería.
—Está bien, vamos a comprobarlo… Este sitio es muy peligroso para dejar el coche aparcado.
Félix se desabrochó el cinturón y se dirigió al vehículo de la chica, estaba decidido a ayudarla. Si no podía solucionar el problema, lo mejor sería señalizar bien la zona y
que luego ella llamase a la ayuda en carretera.
Entró en el coche y se sentó al volante. Luego accionó la llave de contacto. Se escuchó un chasquido, pero el motor de arranque no funcionó.
—Creo que es la batería… —le dijo mientras ella permanecía de pie, al lado de la ventanilla, mirándole con una expresión extraña.
De repente, unas manos lo agarraron por el cuello desde el asiento de atrás, al tiempo que otro individuo aparecido de la nada, entraba en el coche por la puerta del
acompañante y le apuntaba con una pistola.
—Pon las manos en el volante, y no te muevas —le dijo el individuo del revólver.
Castellanos obedeció, pero no tardó en darse cuenta de que el tan temido momento había llegado. Pronto formaría parte de la negrura.
I
Viernes, 21 de noviembre de 2008
Bosques del Montnegre, Sant Celoni
Instalaciones de Laboratorios Transgen
La inspectora Carmen Torres recorría la explanada frente a la casa acompañada del jefe de la Policía Científica, el inspector Ricardo Sanjuán. Desde primera hora, las
instalaciones de Transgen y sus alrededores estaban tomados por la policía. Habían recibido aviso de que la doctora Cristina Romero, viróloga empleada en los
laboratorios, había sido encontrada brutalmente asesinada. Todo hacía indicar que era obra de un loco asesino, el cual, después de matar al perro, la había asaltado en su
propio salón, y allí había consumado su execrable acto.
La inspectora, una mujer de unos cuarenta años y espléndida figura, se detuvo junto a una vieja encina que se levantaba majestuosa al borde de la explanada, y sondeó a
su compañero:
—¿Qué tenemos de momento?
—Poca cosa. Hubo violencia, y al final fue estrangulada.
—¿Fue violada?
—No lo parece, pero hasta que hagamos la autopsia no lo podremos asegurar.
—¿Podemos considerar la hipótesis del robo?
—No lo parece… nada está revuelto… excepto en el salón, allí sí hubo lucha. Ella llevaba puesto un anorak encima de la bata, por lo que es deducible que salió de la
casa,… quizá porque algo la alarmó. Por otra parte, no hay nada forzado, eso hace pensar que conocía al asesino, y seguramente lo dejó entrar. Por supuesto, no hemos
encontrado ningún rastro que nos pueda ayudar a identificarle.
—Entonces estamos como siempre…
La inspectora Torres miró a su alrededor, y tras un momento de reflexión, agregó:
—…y eso quiere decir que necesito los datos de la autopsia lo antes posible.
—No te preocupes, los tendrás. Perdona pero… si ya no me necesita, debo terminar con el registro de la casa. Hasta luego.
Sanjuán volvió a la escena del crimen, y Carmen Torres se dirigió a la granja en donde ya estaba su ayudante, el subinspector Morales, interrogando a posibles testigos.
Recorrió la pista de tierra donde habían encontrado al perro, y admiró los espesos bosques de alcornoques que poblaban la zona. «Bonito lugar —pensó—, ¿pero cómo
podía vivir esa mujer aquí sola?» Ya habían retirado al perro, y en la cuneta solo quedaba la mancha de sangre. A lo largo de todo el recorrido encontró a compañeros de
La Científica, que, como Sanjuán, vestían mono blanco de trabajo e intentaban recabar pruebas del asesino, o asesinos.
Conforme se acercaba, la inspectora comprobó que la granja se componía de un único edificio, de paredes blancas y sin apenas ventanas, con dos corrales vallados en la
parte frontal, en donde medraban cerdos de distintos tamaños, y unos chimpancés que la miraban con descaro.
Entró por la puerta principal y casi se dio de bruces con el subinspector Morales.
—Perdona Carmen… precisamente ahora iba a buscarte.
—¿Tienes algún testigo interesante?
—No, aquí nadie ha visto ni oído nada, pero… acaba de llegar el responsable científico de los laboratorios, y he pensado que te gustaría hablar con él.
—Por supuesto, ¿dónde está ahora?
—Acompáñame, por aquí…
La figura un tanto regordeta y de mediana estatura del subinspector la guió a través de las entrañas del edificio. Carmen Torres le siguió. Mientras andaba tras su
ayudante, observó que todo estaba limpio y bien conservado, parecía un hospital, y pensó que la imagen que daba el edificio desde el exterior era engañosa.
Morales se paró delante de una puerta cerrada.
—No hace falta que tú estés presente. ¿Cómo se llama? —preguntó Carmen.
—Alfonso Vega. Está ahí dentro hablando con el encargado. Al encargado ya le he interrogado yo, y tampoco sabe nada.
Carmen golpeó con los nudillos la puerta de madera, y el subinspector se marchó por el mismo pasillo por el que habían venido.
—¡Adelante! —contestó una voz grave desde el interior.
La inspectora entró en un despacho de paredes encaladas, en cuyo centro había una gran mesa rectangular llena de papeles. Sentados a su alrededor, dos hombres la
miraban con curiosidad. Uno, el encargado, era un chico joven y moreno, que vestía mono azul de trabajo, el otro era un hombre de unos cincuenta años, de porte
distinguido, y lucía un elegante abrigo negro.
—Soy la inspectora Carmen Torres.
Los dos hombres se levantaron y le dieron la mano al tiempo que se presentaban.
—Solo quiero hacerles unas preguntas… —La inspectora se dirigió al encargado y le dijo—: Ya sé que usted ha sido interrogado por mi ayudante, si quiere puede
marcharse.
—De acuerdo, entonces les dejo.
El joven encargado se fue y Alfonso Vega le indicó a Carmen una de las sillas giratorias para que se sentara. Él lo hizo justo en la de al lado, y se colocó de forma que
quedaron uno frente al otro.
—Muy bien… inspectora, usted dirá.
Carmen Torres apoyó su brazo derecho sobre la mesa, y cruzando las piernas, que llevaba enfundadas en unos tejanos nuevos, sostuvo su mirada de penetrantes ojos
grises.
—¿Trataba usted personalmente con la doctora Cristina Romero?
—Sí, pero solo a nivel profesional. Hablábamos a menudo, pero siempre por cuestiones de trabajo.
—¿Y cuál era su trabajo exactamente?
—Bueno, ella es… era quien se encargaba de manipular los embriones para crear cerdos transgénicos.
A Carmen le pareció que una ligera sombra cruzaba por la mirada de Alfonso, y que sus labios se contraían en un rictus apenas perceptible. «Está a la defensiva —
pensó—, tengo que averiguar por qué.»
—Ya sé que los hechos han ocurrido fuera de aquí, pero me gustaría saber algunas cosas del sitio donde trabajaba. —Hizo una pausa y señaló en dirección a la ventana,
al tiempo que agregaba— Al entrar he visto unas cámaras de seguridad… ¿son de las que graban?
Alfonso relajó la expresión, como si se alegrara de que Carmen hubiera cambiado de tema.
—Me temo que no. —Se quedó en silencio, y viendo que la inspectora esperaba más información, prosiguió—: Solo tenemos una cámara que graba constantemente, y
es la que se halla en la entrada de la zona de máxima seguridad, en donde manipulamos los embriones.
—Entonces las otras están solo para que el vigilante controle el recinto, ¿no?
—Exacto, y solo hay dos más, una que enfoca la entrada con los corrales, y la otra que está en la parte de atrás.
—Por cierto, ¿tienen vigilante nocturno?
—Sí, hay tres turnos, con vigilancia día y noche.
—¿Está por aquí todavía el del turno de noche?
—No, se marchó antes de que descubriéramos el cadáver de Cris.
—Está bien, luego me da los datos, tendré que hablar con él.
Alfonso Vega asintió con la cabeza, y tras un instante en el que parecía reflexionar, le dijo:
—Para mí está claro que la pobre Cristina fue asaltada por unos desalmados que querían robarle, seguramente ella se resistió y…
—El robo es una de las hipótesis, pero todavía no sabemos nada. —Carmen hizo una pausa y por un instante desvió su atención hacia la pulida superficie de la mesa.
Luego, volvió a sostener la mirada de aquellos ojos acerados, y agregó—: No sabemos si han robado, no sabemos si fue violada,… todavía es muy pronto para adelantar
hipótesis. Tendremos que ver también si lo ocurrido tiene alguna conexión con su trabajo aquí en la granja.
Alfonso Vega levantó las cejas sorprendido, y con el semblante muy serio, le preguntó:
—¿Cree realmente que la causa de su muerte pueda estar aquí?
—Al principio de una investigación no hay que descartar nada.
—Pero no consigo ver la razón…
Carmen descruzó las piernas y se incorporó en su asiento.
—Me imagino que ustedes están a la vanguardia de la investigación en su campo, y la doctora Romero era una de las pocas personas que conocía secretos…
—Ya veo por donde va —la interrumpió Alfonso—, usted piensa que puede haber sido alguien muy interesado en nuestro proyecto con los cerdos,… e incluso con un
poco de imaginación, podemos pensar que la doctora, después de vender nuestros secretos científicos, fue silenciada para que no los delatara,… pero yo no lo creo. La
doctora Romero era una persona de total confianza. Jamás haría una cosa así.
—Está bien, no se lo discuto…
La inspectora volvió a recostarse en la silla y dio un vistazo rápido a su alrededor. «Por lo visto a ese hombre le gusta jugar a ser policía —pensó—, sin pedírselo ya ha
montado un par de hipótesis. Hay algo en él que no me gusta.»
Consideró que a la vista de lo poco que conocía del caso, ya era suficiente, y decidió terminar con el interrogatorio.
—De momento me conformo con eso, pero le volveré a visitar. ¿Podemos ver ahora la grabación de la cámara de seguridad?
—Como usted quiera, estoy a su disposición —Vega hizo el ademán de incorporarse de su silla, y continuó—: La verdad es que la doctora Romero era una buena
especialista en su campo, y lamento mucho su muerte,… pero quién iba a imaginar que ocurriría una cosa así cuando le cedimos la casa.
Ambos se pusieron en pie, y continuaron la conversación.
—Debo preguntarle si sabe de alguien que deseara la muerte de la doctora…
—No, desde luego que no. En el laboratorio era una persona valorada y muy querida.
—Y supongo que aquí todos saben dónde vivía, ¿no?
—Sí,… creo que sí.
Luego salieron de la habitación en silencio, y fueron hasta el despacho del vigilante en busca de la cinta. El guarda, un tipo joven y corpulento, le entregó la grabación a
requerimiento del director, y después Carmen se despidió.
Hacía un buen rato que la policía se había marchado y Alfonso Vega se aseguró de que nadie le veía. Introdujo su tarjeta magnética en la cerradura de seguridad, y entró
en el recinto de Nick. Caminó por el pasillo que conducía directamente al despacho que Rafa tenía en la zona restringida, y al llegar comprobó que todo estaba ordenado.
Había omitido expresamente nombrar la existencia de Rafael a la inspectora. Era vital ocultar la existencia de esa zona, y de todo lo que estuviera relacionado con ella, a
la policía. Y confiaba en el pacto de silencio establecido con todos los que trabajaban en el laboratorio y manejaban información confidencial.
«Espero que la ausencia de Rafa solo sea una casualidad.» Cuando el encargado le comunicó que el vigilante no había hecho acto de presencia aquella mañana, y que no
contestaba las llamadas a su móvil, se preocupó y empezó a sospechar. Sabía que la doctora y él trabajaban en estrecha colaboración, y un sexto sentido le decía que allí
podía estar ocurriendo algo raro.
Aunque no sabía exactamente qué esperaba encontrar, se dedicó a recorrer la habitación en busca de algo que confirmara sus sospechas. Todo estaba limpio y ordenado,
incluso demasiado para ser un lugar de trabajo. Después de mirar por encima de los muebles, se dedicó a rastrear el suelo. Fuera del hecho de necesitar un buen fregado,
tampoco contenía nada sospechoso. Pero de pronto, y cuando ya iba a abandonar, le pareció ver en el suelo algo que brillaba junto a la parte frontal del escritorio. Se
agachó y comprobó que se trataba de un clip para el pelo, de esos que usan las mujeres.

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