---------------

Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 – Federica Leva

 Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 – Federica Leva

Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 – Federica Leva

Descargar Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 En PDF

Sabía que su padre se irritaría, si lo hubiera sabido, pero aquella tarde el reclamo de las plácidas aguas del mar, casi inmóviles delante del promontorio de la isla, lo atraía
más que nada. Hacía una decena de días había ocurrido una pequeña sacudida de terremoto y Tresan esperaba que algo se hubiera movido en el fondo, reportando sobre
la arena algún vestigio de la antigua ciudad que yacía ahí abajo desde tiempos inmemorables. En verdad, nadie creía que aquellos bloques de piedra fueran restos de una
civilización sin nombre y tal vez él era el único que lo pensaba, pero no le importaba. Aunque tenía solamente trece años, en cuanto tenía la oportunidad, huía a la
supervisión de su padre, Aldric Hardan, Sopracaballero de las islas de Elvaner, y corría hacia las playas para meterse entre las olas, inventándose historias fantásticas
sobre los habitantes de aquellas ruinas y sobre cómo habían muerto.
El sol estaba suspendido sobre un islote lejano, pálido entre la bruma blanquecina del horizonte, cuando Tresan se sumergió en el agua fría. Con amplias brazadas,
llegó al punto en que estaban extendidos los restos de la ciudad. Los había descubierto hace dos años, cuando le habían dicho que nadie había nadado bajo el
promontorio, porque estaba maldito.

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 – Federica Leva

Ni siquiera los pescadores pasaban con las lámparas de noche, y aquellos pocos que habían osado desafiar las leyendas regresaban contando historias de rostros
espectrales que emergían de las olas y de voces que silbaban en el viento.
Rebelándose a la prohibición de su padre, Tresan se hizo acompañar en barca por un pescador a poco más de un centenar de brazos de la orilla y se había metido
entre las ruinas de aquella que un tiempo parecía haber sido una escalinata de piedra. Loco de alegría, había deambulado entre las rocas hasta que se quedaba sin aliento,
seguro de encontrarse entre los muros de una ciudad olvidada. La excitación de aquel descubrimiento fue mitigada con la cólera de Aldric, que aquella noche lo esperó
sobre el portal del palacio junto a Ar, su sirviente personal, batiendo sobre la palma de la mano un látigo de cuerdas.
—¿Qué querías demostrar, malvado? —tronó—. Si osaras volver a adentrarte en el mar una vez más sin mi consentimiento, te enviaré a la mina, ¡te lo juro sobre la
memoria de tu madre! ¡Tengo ya suficientes dolores de cabeza como para poner cuidado de tus locuras!
Pero incluso si la palabra del Sopracaballero era ley, sobre la isla, y Tresan aspiraba a satisfacer al padre más que cualquier cosa en el mundo, ni los diez golpes de
fusta que Ar le había inferido, ni aquella amenaza, habían podido impedirle retornar a visitar la ciudad sumergida, en los dos años que siguieron.
Aquella tarde, Tresan se quedó en el agua solo por pocos minutos. A pesar de que la tierra había temblado, en los días precedentes, no vio nada diferente a lo
normal. Las rocas y las columnas despedazadas, recubiertas de algas y corales, eran siempre las mismas. No había ni siquiera fracturas nuevas, ni sobre el fondo, ni entre
los erizos de mar había emergido un solo fragmento para poder estudiar.
Una lástima. Salió de entre las olas y, mientras retomaba el aliento, los amargos vientos de primavera le golpearon la espalda bañada, haciéndole temblar. Había sido
inconsciente entrar en el mar, aquel día. Hacía frío y antes de volver a casa tuvo que ir al templo de la Diosa Melyss para secarse los cabellos y untarlos con el bálsamo
de jazmín de los monjes. Si su padre se hubiera dado cuenta de que estaban mojados de agua salada, no habría necesitado de mucho para comprender a dónde había ido,
y su sirviente personal le habría consumido la espalda a fuerza de latigazos. Sin perder más tiempo, aspiró un generoso montón de aire y regresó al fondo. Las sombras
de las rocas lo acogieron con un abrazo benevolente y silencioso.
¡Quién sabe cómo era cuando estaba viva esta ciudad, cuando estaba poblada por hombres y mujeres! Fantaseó. Era grande, con seguridad, y surgía sobre una
colina. Todas las grandes ciudades surgen sobre una colina. Levantó la mano para tocar una roca con vaga forma de águila. Aquí surgía el palacio real, y el águila era su
símbolo. Era sin más así. Después de todo, Elvaner formó parte del Archipiélago del águila…
Todavía tenía un poco de aliento y, pasando a través de un banco de castañuelas, se dirigió hacia donde estaba más profundo y el agua se enturbiaba, impidiendo
que se pudiera ver el fondo. Se acercó a algunas rocas que tal vez un tiempo habían sido una casa o una parte de palacio real, pero no osó adentrarse entre las algas que
se mecían en la oscuridad. De todo aquello que fue esta ciudad, un tiempo, no queda ya nada. ¡Cuántos dolores, cuántas esperanzas y risas se habían desvanecido en el
olvido! ¿Qué sentido tiene vivir, si no se deja ni siquiera un rastro de lo que se fue, detrás de sí?
Ya sentía tener necesidad de respirar y se preparó para salir, cuando vio algo brillar entre la arena. Lo recogió en el puño y con pocas rápidas brazadas volvió a
emerger entre las olas. No supo qué había recuperado hasta que llegó a la playa. Entonces se hizo atrás los largos cabellos mojados y lo miró: era una pieza de oro en
que estaba incrustada una pequeña esmeralda. Debajo, se entreveían los rasgos de una runa. Mientras lo tenía entre las manos, fue investido por la conciencia de saber lo
que era y a quién pertenecía. Vio la cara de un hombre de piel bronceada con largos cabellos negros y vivos ojos verdes, y otro deformado por la maldad y agobiado por
gruesos rizos rojos. Le pareció tocar sus nombres y su historia, pero un momento más tarde, aquella cognición se desvaneció. Escondió el hallazgo en la bolsa de la
chaqueta, se vistió y, asegurándose al lado la espada de entrenamiento, subió el sendero que conducía al templo.
Como se esperaba, los monjes lo acogieron con amabilidad y le ofrecieron un taburete al lado del fuego de la cocina. Después de haberse arreglado los cabellos, salió
al jardín de la Diosa. No era tarde, y se fue al promontorio a rendir homenaje a la tumba que, se decía, custodiaba los huesos de un rey muerto antes de la aparición de
los archipiélagos, hace más de diez mil años.
De aquel rey no se sabía mucho, excepto que había sido un bárbaro de piel ámbar, muerto esclavo y maldito por sus Dioses. Según su padre no era un Elvaneriano,
y tal vez no había existido nunca, pero a Tresan le gustaba creer que sus restos descansaban en la sombra del gran árbol de los rosarios, en la cima de la colina. Cruzó
una roca plana, recostada sobre un río de piedritas de colores y se detuvo delante de un simple sepulcro de piedra.
—Te saludo, Hombre de Ámbar —lo saludó, inclinando la cabeza—. Estuve en tu ciudad y he encontrado algo que tal vez te pertenecía, cuando estabas con vida.
Abrió la mano, y la esmeralda brilló ante el sol moribundo. Se quedó inmóvil, en espera de que se cumpliera un prodigio, pero ningún espíritu emergió de la piedra,
evocado por los restos de aquella joya. Tresan suspiró. Se sentía tonto por soñar en voz alta, pero no podía ser que los monjes hospedaran el cuerpo de un antiguo
soberano y que, delante del templo, yacieran los restos de una ciudad sumergida. Una ciudad siempre necesitaba un rey y el Hombre de Ámbar había sido uno, cuando
las tierras todavía estaban unidas y los archipiélagos todavía no salían de los mares—. ¿Estabas tú ahí soberano de las tierras que ahora yacen entre la arena y los peces
espada, oh espíritu antiguo?
Sí, tenía que ser así.
Un silbido a su espalda lo hizo voltear, y un novicio del templo le sonrió desde atrás de un arbusto de adelfas.
—¿Habla con sus muertos, joven Tresan?, —bromeó acercándosele.
Tresan apretó los labios, incómodo.
—Este muerto también es de ustedes, Mahair, —se defendió—. Fueron ustedes, los monjes, quienes juraron hospedar a aquello que resta del Rey de Ámbar. Yo
me fío de su palabra.
Mahair se rio.
—Si en verdad fuera tan importante, lo conservaríamos en una caja de cristal. —le hizo notar—. Pero esta vieja tumba atrae todavía la atención de algunos
peregrinos, de tanto en tanto, y nosotros agradecemos los óbolos que recibimos en su nombre.
Tresan lo observó con odio. ¿Cómo podía, un hombre de la Diosa, mancharse de perjurio y demeritar así abiertamente la devoción de los fieles?
—¡El Abad Valjr sostiene que aquí yace el Rey de Ámbar, y yo le creo! —se enfureció—. ¡El Abad no miente!
—No, naturalmente, —El novicio escondió las manos en las amplias mangas del hábito y se inclinó—. Perdóname, si lo he ofendido, príncipe mío. Quédese a orar
el tiempo que desee. Que la dulzura de la Diosa descienda sobre su corazón y sus pensamientos. Adiós.
Se alejó con la cabeza inclinada, pero a Tresan no se le escapó la sombra divertida que le crispaba los labios. Al seguirlo con la mirada, mientras desaparecía entre
los arbustos, apretó la esmeralda con tanta fuerza que se hirió la palma con una limadura del oro. Pero casi no se dio cuenta.
—¡No lo escuches! —dijo con ardor a la tumba—. Yo creo en ti. Y creo que tú fuiste el rey de la ciudad hundida en el mar, aquí delante. Uno de sus reyes, al
menos. —Se arrodilló, y limpió el sepulcro de algunas hojas del árbol de los rosarios—. De ti se habla en las leyendas, y las leyendas cuentan siempre un poco de
verdad —retomó— Los bardos cantan del coraje con el que desafiaste a una cruel divinidad, antes de morir, ¿es verdad? ¿Qué ha sucedido entre tú y tu dios? —se
detuvo por un instante, esperando una respuesta, que no llegó—. Se dice que aquel dios te maldijo por tu audacia, por esto te llaman “El Maldito o “El Renegado”. Pero
para mí eres un héroe. ¡Estoy tan honrado de tenerte en mi humilde isla! Y si en verdad viviste aquí, tal vez… —La voz se le cortó de la emoción—. Tal vez estamos
ligados por un vínculo de sangre —También le temblaron las manos—. ¿Tal vez eras un ancestro mío, o un rey? —Era un pensamiento que lo emocionaba desde hacía
mucho tiempo, pero nunca había osado dar voz a su esperanza. Si la ciudad sumergida había pertenecido al Rey de la Piel de Ámbar, no era improbable que en alguna
manera estuvieran unidos por un enlace de parentesco. ‘¡Yo, descendiente de un hombre que vive en una leyenda! No, ¡ahora estoy corriendo demasiado, con los
sueños!’ Pero era emocionante esperar poseer la sangre de un antiguo rey; y, si tenía razón, debía tributarle las plegarias reservadas a los Antepasados. Abrió los brazos
y observó el mar, hacia donde yacían los restos de la ciudad sepultada—. Protégeme y bendíceme, Espíritu Bueno. —Invocó—. Vigila mis pasos, de modo que no caiga
nunca, refuerza mis brazos, para que pueda sostener a los más débiles, y da sabiduría a mi boca, a fin de que pueda pronunciar solo palabras bellas a los Dioses. —Se
besó dos dedos y los colocó en la piedra—. Por mi sangre, que desciende de la tuya, adiós.
Del templo resonaron los gongs de la noche y Tresan se levantó sin demora. Debía correr a casa y, si hubiera sido lo suficientemente veloz, habría evitado, una vez
más, el látigo de los sirvientes de su padre.
El Drangor Volèn lo esperaba, sombra entre las sombras de la noche, en el bosquecito que abrazaba el palacio del Sopracaballero Aldric Hardan, una antigua
fortaleza enrocada sobre una colina que dominaba la isla de Elvaner, al noreste del vasto Archipiélago llamado Misrenea. Lo escuchó acercarse aprisa, con paso
demasiado pesado para ser un buen corredor, pero ágil y veloz como una pantera. Le pareció verlo subir el sendero, dejando a su espalda la sacra colina de la Diosa
Melyss, como si todavía poseyera el perdido don de la vista. Luego lo vio delante de sí, los largos cabellos contenidos por una correa de cuero, similares a una flama
oscura, y se escondió detrás de un árbol, desapareciendo en el verde triste de las ramas bajas.
Tresan no lo notó. Ensombrecido por el crepúsculo, empujaba los pasos fatigados hacia la fortaleza escondida en la maraña de los árboles. La pesada espada
pegada al flanco le dificultaba los pasos, pero no cedía al impulso de quitarla de la cintura para dejarla caer en el piso y con una zancada final se trepó en la última
rampa. Desaceleró solamente cuando los matorrales se abrieron en la cima de la colina, mostrándole el palacio del padre. Entonces se concedió una sonrisa y se pasó un
brazo sobre la frente sudada.
—Incluso los gloriosos Shelavin habrían cedido la entrada al Rey de Ámbar, el Maldito por los Dioses. —citó una voz a sus espaldas—. Y como él, joven guerrero,
has desafiado y vencido al viento. —Tresan se dio vuelta de pronto, y el hombre emergió de los robles dejando la oscuridad atrás, como un largo manto adornado de
frondas verdes. Era alto y robusto, y vestía piel negra. Ya no era joven. En los cabellos encanecidos brillaban gotas de luz plateada inventadas por la víspera, pero el
rostro tenía una edad indefinible. Podía tener cincuenta años o cien, o mil. Incluso más—. ¿Cómo? —bromeó, y los sabios ojos de pizarra brillaron, burlones—. ¿No
conoces los cantos de los antiguos poetas, Tresan? A esto debe ponerse remedio.
Por instinto, Tresan aferró la espada que portaba al lado.
—¿Quién es usted? —lo afrontó—. Me ha llamado por mi nombre… ¿Cómo sabe quién soy?
Sus ojos corrieron al unicornio en una media luna de estrellas que pendía del jubón del desconocido. No era el emblema de la casa de Elvaner y tampoco uno de las
numerosas familias nobiliarias que vivían en la corte del Rey, en Rovanea. Lentamente, comenzó a sacar la espada de la vaina y Volèn se detuvo.
—Me llamo Volèn y vengo de Aldemar, me imagino que no me conoces. Estoy aquí para hablar con tu padre. ¿Podrías acompañarme con él?
Tresan dudó, escrutándolo furtivamente. Aunque era viejo, Volèn parecía vigoroso y, si hubiera querido hacerle daño no habría perdido tiempo en conversar. Se
pasó la lengua sobre los labios. ¿Qué hacer? No había motivo para dudar, solamente era el hijo más joven y no valía ni una pizca de plata de las minas Elvaner. Él no, tal
vez…
Pero ¿si quisiera ser escoltado al palacio para agredir a su padre? ¡Ah no, imposible! A pesar de que al costado portaba una espada poderosa y el puñal metido en
el cinturón era más afilado que una navaja para afeitar, Aldric le habría cortado la mano antes de que respirara. No tenía nada que temer. Relajó el puño y asintió.
—Claro, extranjero. ¿Lo está esperando?
—No, mis visitas siempre son imprevistas. Yo voy y vengo como los pensamientos de la noche. Quien me conoce sostiene que soy el Señor de los Sueños y que
puedo ordenarle, a mi placer.
—Nada menos… ¿Y lo es? —En los ojos color avellana de Tresan pasó un brillo divertido y Volèn le devolvió la sonrisa.
—Yo soy muchas cosas —respondió, evasivo—. Un guerrero, un druida… y un hombre. ¿Sueñas a menudo, Tresan?
—En ocasiones. Sueños extraños, inquietos. Suceden de pronto en las noches en que la luna roja sale sola en el cielo y cada cosa parece lavada con sangre. Mi
hermano cree que… Pero no le puede interesar, señor.
El viejo contrajo los ojos como si fuera cegado por el brillo del crepúsculo.
—Tu hermano cree que sean inducidos por un ánimo miedoso, indigno de un hijo de Aldric Hardan —Concluyó por él—. Pero se equivoca. Los sueños inspirados
por Athera nunca carecen de importancia. —Sonrió por el estupor de Tresan—. Un día, si quieres, me hablarás de ellos. Ahora muéstrame el camino. He hecho un largo
viaje para llegar hasta aquí y estoy cansado.
—Los amigos de mi padre son bienvenidos en su casa. Sígame, señor.
Lo condujo al patio, tocó al portal de hierro y bronce en que estaba tallada un ave Fénix con alas abiertas y una sirviente les abrió. Entraron en una antecámara con
frescos en dorado, azul y púrpura, que en los tiempos lejanos había sido la cámara nupcial de los príncipes de la isla. Atravesando un corredor ventilado por una amplia
ventana, ascendieron al primer piso y emergieron en un compartimento con vista a los jardines del palacio.
Tresan indicó un corredor inmerso en las sombras.
—Por allá se encuentran los aposentos de mi padre. —dijo—. Espéreme aquí, señor. Le anunciaré su llegada. —Pero Volèn no lo escuchaba. Se colocó en una
ventana alta y, con nostalgia, siguió el juego fascinante de las piscinas que asomaban entre los setos, bajo los árboles movidos por la brisa de la noche. Recordaba los
tiempos en que aquellas terrazas cultivadas habían sido bosques y prados salvajes. Hace dos mil o tres mil años, calculó. En aquel tiempo, la tierra todavía era recorrida
por el viento de la magia y el Gremio de los Shelavin era poderoso y respetado, y él era llamado por todos Drangor, Mago Excelente. En aquel momento, un eco de
pasos lo devolvió bajo los arcos del corredor y, entre los mármoles de dos leones que vigilaban el pasaje, apareció Aldric Hardan, alto, musculoso y moreno—. Padre…
—murmuró Tresan, sintiéndose de pronto incómodo.
Aldric lo escrutó debajo de sus gruesas cejas oscuras e iba a hablar; luego, al reconocer a Volèn, palideció.
—¡Tú, aquí! Estaba seguro que volverías. Y ¿por…? —los ojos fueron hacia su hijo, similares a un destello negro, y la aprensión le espesó la voz, volviéndola
brusca—: ¡Déjanos! —ordenó a Tresan—. Y di a tu hermano que no me esperen para cenar. Yo y el huésped tenemos asuntos importantes qué discutir.
Con una leve inclinación, Tresan se despidió y se retiró a su recámara. Colocó la baratija que había encontrado bajo el agua en una caja de cedro escondida bajo la
cama, donde escondía todos sus pequeños tesoros, se puso una túnica de lana azul y se fue al apartamento de su hermano Rupens para cenar.
—Nuestro padre no se unirá a nosotros —anunció, entrando—. Se encuentra en sus habitaciones con un extranjero y discutirán hasta tarde.
—Lo he visto llegar —Su hermano se separó de la ventana que miraba hacia el patio y se sentó en la mesa puesta para la cena—. Un guerrero inviolado por el
tiempo, viejo y, sin embargo, eternamente joven.
—No sé quién es, pero sostiene ser el Señor de los Sueños.
—Entonces comprendo quién es. Nuestro padre me ha dicho que es un mago sobreviviente de la vieja estirpe Shelavin.
Tresan se posó sobre su taburete y con el índice puso manteca a una rebanada de pan de centeno.
—La magia no existe —objetó, lamiéndose el dedo sucio.
Rupens evitó mirarlo, fastidiado.
—Una vez existía —lo contradijo—. Hace mil o dos mil años, luego desapareció.
—Voluntad.
Su hermano se sirvió de la fuente y despidió a los criados.
—Ya había conocido a aquel hombre, cuando eras pequeño —retomó, cuando se quedaron solos—.

Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 – Federica Leva

Ecos de las tierras sumergida Renegado 1 – Federica Leva image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------