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Libro PDF El agua templada – María de Castro

El agua templada – María de Castro

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España); 26 de abril de 1759
El irlandés de nacimiento Arthur
O’Brien caminaba hasta el despacho del
licenciado Guillermo Furriá; en sus
manos portaba una escritura legalizada,
firmada por varios testigos fieles, que lo
reconocía ante el Gobierno de España
como propietario de una de las mayores
extensiones de terreno de Andalucía.
Un nuevo rey, una nueva guerra y una
nueva necesidad de dinero fueron las
claves suficientes para hacer que
O’Brien se hiciera con una gran parte
del territorio que conformaba el estuario
del Guadalquivir próximo a Doñana. Un
lugar salpicado de pequeños bosques,
arenales y marismas, en el que desde
hacía cientos de años solo habían
habitado grupos nómadas de temporeros
y pastores de ganado.
Justo en la puerta de la oficina, el
paso ágil del pequeño hombre pelirrojo
se detuvo en seco cuando se encontró de
bruces con Álvaro García, un antiguo
amigo que, paradójicamente, con el
tiempo parecía haberse convertido en su
peor enemigo. El elegante español,
grande y robusto como un toro de lidia,
lo observó desde su muy superior altura
mostrándole desafiante sus propios
documentos.
—Veo que corres, O’Brien. Los
hombrecillos como tú suelen moverse de
esa forma, cual ratones de campo.
—No me ofenden tus bravuconerías,
García. Dedícate a asustar a los que les
den miedo tus muchas libras de sobra;
este que tienes delante es un hombre que
no te teme, porque posee cabeza donde
otros solo tienen músculos inútiles. —
Arthur, involuntariamente, se erguía
sobre las puntas de los pies mientras
hablaba. Ese día estaba especialmente
eufórico y no iba a permitir que nadie lo
estropeara, y menos alguien de tan pocas
luces como Álvaro García.
—¿Quieres probar de cerca mis
inútiles músculos? —habló, en voz tan
alta que cualquier paseante de la
céntrica calle pudo escucharlo. Álvaro
era realmente casi un gigante de dos
metros, cuyo torrente de voz atronó en la
mañana. Muchos transeúntes se giraron
sorprendidos, la mirada agresiva y la
envergadura del hombre contrastaban
con su vestimenta elegante, repleta de
encajes e intrincados bordados sobre la
chaqueta verde oliva.
—¡Señores, señores! —El licenciado
Furriá apareció clamando a través de la
puerta—. Ese trozo de aguas
encharcadas y dunas es lo bastante
grande para ambos.
El hombre, un anciano de más de
sesenta años, delgado y levemente
encorvado por la edad, trataba con
dificultad de sujetar la peluca
empolvada sobre su cabeza mientras
andaba. Situándose valientemente entre
ambos, observó de hito en hito a cada
uno de ellos, aún sin poder entender qué
había ocurrido para que aquellos dos,
que un día fueran los mejores de los
amigos, hubieran terminado de
semejante talante.
—No hay tierra en este mundo lo
bastante extensa para que yo no huela el
hedor que desprende un O’Brien —
espetó de nuevo García, balanceándose
sobre los tacones de los refinados
zapatos de charol negro que calzaba.
—Muy bien, señor Furriá —terció
O’Brien, ignorando el insulto del
hombre más alto—. En su honor,
toleraré entrar en la misma habitación
con este caballero y pactar unos
términos que nos convenzan a ambos.
—¡Yo no pienso rebajarme a discutir
con nadie!, y menos contigo, O’Brien.
En un derroche de teatralidad, García
giró su enorme humanidad y caminó,
alejándose hacia el otro margen de la
calle.
—Creo que su esposa espera un hijo,
¿no es así, García?
El hombre más alto dudó unos
segundos antes de pararse y virar hacia
el licenciado.
—Así es, caballero, pero no entiendo
que…
—Y la suya también, ¿es cierto,
O’Brien?
—Cierto, Teresa dará a luz en menos
de tres meses. No sabía que Dolores
estuviera embarazada, por fin. —Un
gruñido comenzó a surgir de la garganta
de García—. No me malinterpretes,
Álvaro, ya sabes que muchas veces
hablamos de nuestros deseos de tener
hijos y de que la edad de nuestras
mujeres ya no nos permitiría semejante
alegría. Mi enhorabuena; por los años en
los que una vez fuimos amigos, te
prometo que me alegro de corazón por ti
y por Dolores.
La mano de O’Brien se adelantó unas
pulgadas ofreciéndose a García. Este
miró el gesto, y su palma cosquilleó
unos segundos, para finalmente
agarrarse a sus propias calzas de seda.
—Gracias, O’Brien. Dale mi
enhorabuena a tu esposa, pero han
sucedido demasiadas cosas entre
nosotros para darte la mano. Quizás
nuestros hijos lleguen a cultivar de
nuevo esa amistad que nosotros
perdimos irremediablemente.
—Quiera Dios que sea así —añadió
O’Brien. Ambos hombres se sostuvieron
la mirada, aún desafiantes.
—¡Caballeros! —intermedió de
nuevo Furriá—. Tienen más de treinta
años y el milagro de un hijo les espera,
¿qué quieren dejarle a esos pequeños?,
¿un bonito trozo de tierra o el rencor que
empaña ahora sus vidas? —Por unos
instantes, el silencio los cubrió de nuevo
—. Entremos, dividamos ese inmenso
trozo de nada en dos y vivan en paz el
resto de sus días; y sobre todo, dejen
algo mejor que odio a sus futuros hijos.
Dos horas después, Arthur O’Brien
volvió sobre sus pasos, girando la
cabeza para asegurarse de que García
había regresado a su casa. Como el
ratón del que le habían acusado ser,
entró a hurtadillas en el edificio, sin
apenas hacer ruido hasta llamar a la
puerta del despacho de Furriá.
—Pase, O’Brien, le esperaba.
—Gracias por su inestimable ayuda,
amigo mío —añadió el hombre
pelirrojo, retirando de su cabeza con
desenfado la molesta peluca gris, que
tanto trabajo le costaba lucir—. Permita
que me quite esto, mi mujer se empeña
en que vista elegantemente.
—No se preocupe, yo tampoco las
soporto, pero las modas en la corte se
imponen y he de guardar las apariencias
ante mis clientes. Y no tiene que
agradecerme nada, conozco a García
desde hace años y es un buen hombre,
aunque por desgracia su mente no
acompaña la esplendidez de su cuerpo.
—Sí, Álvaro tiene poco en esa
enorme sesera —bromeó O’Brien,
mientras se sentaba frente al licenciado
—. Aquí tiene el escrito, tal como me
pidió. Tres de mis hombres más
queridos y fieles lo han firmado. Dígame
si necesita algo más.
—Su palabra de que lo que me ha
contado es la pura verdad me bastará.
—Esa ya la tiene, señor. Ya sabe que
no soy un hombre avaricioso, la finca de
Pradobajo es lo bastante extensa para mí
y mi futura familia, no necesitamos
mayor fortuna. Eso que hemos
descubierto debe quedar oculto; así,
tanto mi palabra como la promesa dada
a los habitantes de las marismas, se
mantendrán en las próximas
generaciones; yo me ocuparé de ello.
—¿Y qué ocurrirá con
Aguastempladas? El lugar del que
hablamos está realmente es sus tierras, y
García no sabe nada.
—García no venderá la propiedad y,
en cualquier caso, el único acceso hasta
el lugar se encuentra en Pradobajo. Los
míos y yo vigilaremos que quede oculto
para siempre.
—Que Dios le oiga, Arthur, si lo que
hay ahí saliera a la luz…
—No saldrá, confíe en mí. Pero si lo
hiciera, espero que este documento me
acredite como descubridor y al menos
parte del control sobre el lugar caiga
sobre mis manos.
Media hora después, frente al arcón
de madera reforzada que ocultaba en su
despacho, el licenciado aún hacía girar
entre sus dedos los documentos
entregados por O’Brien. Todavía
nervioso por la envergadura de lo que
sostenían sus manos, el anciano se
resistió unos instantes antes de
archivarlos para siempre entre sus
papeles más valiosos, y volvió a releer
las primeras líneas:
Sanlúcar, 26 de abril de 1759; yo,
Arthur O’Brien, me declaro ante Dios,
el Gobierno de España y la posteridad,
como descubridor de un lugar, sito en
las proximidades de los bosques de
Doñana, con las siguientes
características que lo hacen único,
irrepetible y de un valor incalculable…
Es fácil descender a los infiernos…
pero volver a subir,
retroceder sobre los propios pasos
hasta el aire libre…
es un problema.
VIRGILIO, Eneida
Capítulo 1
Dolores
Alrededores de las marismas de
Doñana, Andalucía (España);
diciembre de 1862 (hoy)
El invierno está siendo muy húmedo;
no ha llegado a helar, pero la frialdad ha
calado en los huesos de ancianos y niños
sin piedad, provocando enfriamientos y
fiebres agudas. Tampoco ha sido buen
año para hacer carbón. Ha llovido
demasiado en el monte, hubo varios
incendios durante el verano previo, que
acabaron con parte del suministro de
leña, y demasiados carboneros a la
busca de un buen lugar para
manufacturar el preciado combustible
negro, y todo ello ha contribuido a
aumentar el precio del picón y la leña.
Lucio apenas pasa de los sesenta,
pero es consciente de que no
sobrevivirá un año más si vuelve a
enfriarse y le sube la calentura; además,
está claro que con los precios que están
adquiriendo los combustibles el
presente invierno, él y su familia tendrán
que conformarse con las escasas
provisiones que consigan por ellos
mismos, esquilmando la campiña más
próxima en busca de leña.
El viejo solo desea, como el resto de
su grupo, agua caliente para avivar sus
cansadas articulaciones. La sabiduría
popular cuenta que unas pocas
inmersiones en las preciadas aguas
termales que horadan, formando
cavernas, los amplios terrenos de los
cortijos de Aguastempladas y
Pradobajo, serán un bálsamo para los
dolores de los ancianos y un seguro de
vitalidad para los niños durante las
próximas estaciones.
El hombre sabe que la Roja, ama y
señora de Pradobajo, no permite que los
campesinos se adentren en las cuevas; o
al menos eso ha oído. Por supuesto, él
casi nunca ha osado dirigirse
directamente a la señora. De hecho, solo
recuerda una ocasión, muchos años
atrás, en la que la mujer preguntó por el
capataz y él, abochornado por el
silencio de los otros operarios del
cortijo, se atrevió a dirigirse a ella sin
apenas levantar la vista. Por cierto, que
duda haber cruzado, siquiera alguna vez,
la mirada con doña Luz O’Brien; pocos
son lo bastante osados para hacerlo. Por
el contrario, doña Ana Osorio, la
gobernanta de Pradobajo, es de trato
amable, aunque serio; en montones de
ocasiones ha intercambiado algunas
frases corteses con su esposa, y le
consta que incluso pregunta con
frecuencia por la salud de los más
pequeños de su familia. Es esta mujer la
que se encarga de transmitir las órdenes
y los deseos de la señora O’Brien a
todos sus empleados, los cuales, por
supuesto, son obedecidos de forma
inmediata y expeditiva sin rechistar.
Salir un domingo de diciembre al
campo después de oír misa es una barata
distracción que permite disfrutar del
suave sol del invierno andaluz y
aprovechar la escapada para recolectar
los frutos de temporada que la tierra da.
Los espárragos, crecidos tras las últimas
lluvias, y las tagarninas, que ahora
reposan en el canasto de esparto, serán
una buena comida para toda su familia
cuando su mujer las guise con algunos
huevos y pan duro. Son quince en total:
sus dos hijos y sus nueras, la esposa,
que afortunadamente tiene diez años
menos que Lucio y lleva a toda la
familia adelante con increíble energía, y
casi una docena de zagales entre los dos
y quince años.
Hay que contar también con el perro.
El dichoso perro.
Tuerto y medio cojo, aún no ha
comprendido que, a sus casi siete años
de edad y con múltiples mataduras, no
es rival para gazapos, ratones, ni
siquiera saltamontes demasiado
engordados. De joven, su espíritu
indómito lo llevó a ser considerado uno
de los mejores cazadores de conejos de
la propiedad. Pero los señores de
Pradobajo hace años que olvidaron al
chucho en beneficio de parientes más
jóvenes y menos díscolos; y el perro
acabó huyendo de las perreras y
mendigando pan hasta que acabó en los
brazos de la mayor de las nietas de
Lucio. El abuelo no tuvo corazón para
hacer que la chiquilla se desprendiera
del animal, y acabó siendo adoptado por
la familia.
Y ahí está el hombre, caminando a
través de la oscuridad sin rumbo
conocido, con la única luz de un candil
para alumbrarle, mientras su familia
disfruta, procurando no ser descubiertos
por los dueños de la propiedad, de las
pozas de agua termal, supone que a más
de doscientas varas de distancia
montaña atrás. Y es que el dichoso
Canelo, que así fue bautizado el
animalito, ha corrido como alma que
llevara el diablo montaña adentro, por
aquel laberinto de túneles que parten de
la sala principal, donde se encuentran
las pozas de agua; persiguiendo sabe
Dios qué tipo de ser viviente.
—¡Canelo! —grita el hombre,
dándole unos segundos más al animal
antes de volver sobre sus pasos para
abandonarlo a su suerte.
La fuerza del grito casi lo hace caer
hacia atrás; en un acto reflejo, alcanza a
sujetarse sobre la pared áspera de su
derecha. Entonces nota los dibujos
esculpidos sobre la dura roca.
Afortunadamente, el tobillo, que
últimamente le está fallando con
asiduidad, se mantiene operativo,
aunque se hunde con fuerza en un
boquete horadado en las duras piedras
del piso del túnel.
El hombre intenta recuperar el aliento
y se queda plantado sobre su otro pie,
mientras trata de desprender de su
prisión el tobillo inmovilizado.
Unos segundos después, libre ya de su
atadura, la curiosidad le obliga a elevar
la luz para observar la pared ante él.
Tiritando por el frío y la humedad que
comienzan a calarle, su mano libre
recorre la pared tallada mientras la
débil llama muestra los extraños
símbolos cincelados sobre la roca. Lo
que tiene delante no es más que otra,
entre las más de media docena, de las
antiguas y fragmentadas estelas que ha
encontrado en su larga vida. Siempre le
han llamado poderosamente la atención
cuando se las ha ido tropezando, de
tanto en tanto, en las paredes que surcan
ese río subterráneo. Ya apenas siendo un
chaval, le gustaba internarse en los
túneles, que solo él conocía al dedillo, y
observarlas durante horas; y hasta tomó
la costumbre de reproducirlas con
carbón en cualquier trozo de papel que
caía en sus manos. Esta que tiene ante él
es nueva y mucho más clara en su
representación; nunca se ha adentrado
tanto en el laberinto de galerías, pero el
perro parece no conocer el peligro que
puede acecharles, y ha continuado
internándose en la oscuridad.
Descansando de la larga caminata, se
recrea en observar con detenimiento el
grabado. Ante sus ojos aparece la
representación de dos figuras, armadas
de arco y flecha, que rodean un carro
sobre el que se sienta una tercera
representación humana de un tamaño
muy superior; en su mano izquierda, el
tercer humanoide porta un escudo a
modo de varios discos concéntricos.
Tampoco es la primera vez que la figura
del escudo se cruza en su camino; ya
tropezó con ella en las marismas,
esculpida sobre el fondo de una charca
desecada durante el verano de hace diez
años. Luego, cuando el agua volvió a
ocupar su lugar, desapareció para
siempre de la vista. Pero sin duda es la
más perturbadora que ha encontrado. En
realidad, el personaje parece insistir en
señalar hacia algún lugar a la izquierda
de la representación.
De pronto oye un gruñido, seguido de
un aullido de terror que retumba, una y
otra vez, en las viejas paredes de piedra
de aquel pasadizo de oscuridad sin fin.
El leve susto le hace perder el
equilibrio, haciendo que se tambalee,
mientras intenta recuperar la
verticalidad sobre el suelo pedregoso y
seminclinado a sus pies.
Gira la cabeza, para encontrarse con
una negrura mucho mayor a sus
espaldas, donde la tenue luz del candil
no alcanza. En ese instante, el corazón
se le dispara, y un sudor frío le empapa
el cuerpo mientras contiene el aliento.
Un nuevo y sobrecogedor aullido
reverbera en la lejanía. Luego un
turbador silencio reina de nuevo en el
lugar. El hombre sujeta la luz con más
fuerza, y gira con ímpetu sobre sus
propios pies. Se siente molesto por su
reacción ante el aullido del perro, la
oscuridad y la visión de la imagen
esculpida.
¿Qué le ocurre? No puede permitirse
el lujo de que sus nervios se
desestabilicen con tanta facilidad. Tiene
que regresar sobre sus pasos,
manteniendo la serenidad y la luz
encendida; el camino es tortuoso y
laberíntico.
Camina de regreso abandonando la
pared esculpida. Toma el primer túnel a
la izquierda y la próxima curva de la
galería. La luz del farol ilumina uno de
los siguientes cruces de túneles,
arqueados y bajos, que atraviesan su
recorrido de regreso. En realidad sabe,
por sus múltiples paseos por el lugar,
que la mayoría constituyen pasos a
ninguna parte, pues terminan en paredes
cerradas.
El hombre agacha la cabeza, para no
golpeársela contra un saliente, antes de
ver la imagen por el rabillo del ojo.
Incrédulo por lo que cree haber visto,
gira hacia el espectro.
Deben ser sombras producidas por su
propio farol.
Sí, solo juegos de luces danzando
sobre las paredes desnudas de la cueva.
El hombre vuelve a girar sobre sus pies,
negándose a caer bajo el dominio de la
angustia, del miedo. Pero la imagen, un
rostro sobrecogedor y desencajado
como la muerte, reaparece una y otra
vez, negándose a abandonar su mente.
Camina dos pasos, internándose aún
más profundo en la oscuridad, para
volver a detenerse intentando recuperar
la respiración, esforzándose por
eliminar el sonido de su propio pulso
retumbando en sus oídos.
La mano surge rápida y veloz a través
de la grieta a sus espaldas; aparece de
las profundidades de la hermética
oscuridad, como si se tratara de un
vigilante diabólico encargado de
proteger secretos prohibidos. La llama
del farol de aceite vibra con el
movimiento del aire, arrancando un
reflejo espectral sobre la tez oscura y
dura que lo mira desde su colosal
tamaño.
El hombre no grita. El único ruido,
que lo acompaña hasta la profundidad
de su inconsciencia, es el de los
cristales, hechos añicos, de la pantalla
del candil cuando cae de su mano inerte.
Silencio. De nuevo por cien o
doscientos años más.
Eso al menos espera el guardián del
lugar, mientras se interna con su carga
en las profundidades de la montaña.
Cortijo de Aguastempladas

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