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El aire que respira Los elementos 1 – Brittainy C. Cherry

El aire que respira Los elementos 1 – Brittainy C. Cherry

El aire que respira Los elementos 1 – Brittainy C. Cherry 

Descargar El aire que respira Los elementos 1 En PDF —¿Lo tienes todo? —preguntó
Jamie, mordiéndose las uñas en el salón
de la casa de mis padres. Sus hermosos
ojos azules, como los de una paloma,
me sonrieron recordándome lo
afortunado que era, porque ella era mía.
Me acerqué y la tomé en mis brazos,
apretando su cuerpecillo contra el mío.
—Sí, creo que ya está todo, cariño.
Es nuestro momento.
Entrelazó sus manos alrededor de
mi cuello y me besó.
—Estoy muy orgullosa de ti.
— D e nosotros —corregí yo.
Después de demasiados años soñando y
deseándolo, por fin había logrado poner
en marcha mi propio negocio de
carpintería artesana. Mi padre era mi
mejor amigo y también mi socio, e
íbamos a volar hasta Nueva York para
reunirnos con algunos inversores
interesados en financiar la empresa—.
Sin lo mucho que me has apoyado, yo
no sería nada. Esta es nuestra
oportunidad de conseguir todo lo que
hemos soñado.
Jamie volvió a besarme.
Jamás imaginé que se podía amar
tanto a alguien.
—Antes de irte, tengo que decirte
una cosa. Me ha llamado la profesora
de Charlie. Se ha vuelto a meter en
problemas, y no me sorprende nada,
porque se parece mucho a su padre.
Sonreí irónicamente.
—¿Qué ha hecho esta vez?
—La señora Harper me ha dicho
que una niña se estaba burlando de sus
gafas, y él le ha soltado que esperaba
que se ahogara tragándose un sapo,
porque era clavadita a uno. ¡Tragarse un
sapo, menuda idea! ¿Te lo puedes
creer?—
¡Charlie! —lo llamé. Se acercó,
con un libro en las manos. No llevaba
las gafas puestas, y adiviné que tenía
que ver con el incidente.
—¿Qué pasa, papá?
—¿Le has dicho a una niña hoy en la
escuela que se parece a una rana?
—Pues sí —dijo tranquilamente.
Para tener ocho años, no parecía
preocuparle demasiado que sus padres
lo riñeran o se disgustaran con él.
—Eh, no puedes ir diciendo cosas
así.
—Pero ¡es que es clavada a un
sapo, papá! —replicó él.
Tuve que disimular una sonrisa, y
dije:—
Ven y dame un abrazo.
Lo hizo, pero a mí me preocupaba
que llegara el día en que abrazara a su
padre con desgana.
—Pórtate bien con mamá y con la
abuela mientras estoy de viaje, ¿de
acuerdo?
—Vale, vale.
—Y ponte las gafas cuando leas.
—¿Por qué? Me hacen parecer
estúpido.
Me incliné y le toqué la punta de la
nariz.—Los hombres de verdad llevan
gafas.
—¡Tú no llevas! —se quejó.
—Sí, bueno. Los hombres de verdad
a veces no llevan gafas. Hay de todo,
chaval. Pero póntelas, ¿de acuerdo?
Refunfuñó un poco mientras volvía
a su habitación a terminar el libro. El
hecho de que fuera más aficionado a
leer que a los videojuegos me hacía
muy feliz. Le venía de familia: de su
madre, que es bibliotecaria, pero
también me gustaba pensar que el hecho
de que yo le leyera al bebé cuando
estaba embarazada también tuvo algo
que ver con su amor por los libros.
—¿Qué haréis hoy? —pregunté a
Jamie.
—Por la tarde iremos al mercadillo.
Tu madre quiere flores nuevas. Seguro
que le comprará algo a Charlie, aunque
no lo necesite. Ah, y Zeus ha
mordisqueado tus Nikes favoritas, así
que te compraré otras.
—¡Maldita sea! ¿De quién fue la
idea de tener un perro?
Jamie se echó a reír.
—Fue culpa tuya, solo tuya. Yo ni
siquiera quería un perro, pero fuiste
incapaz de decirle que no a Charlie. Tú
y tu madre tenéis mucho en común.
Volvió a besarme antes de coger la
maleta y entregármela.
—Que tengas buen viaje, haz que
nuestros sueños se hagan realidad.
Volví a posar mis labios sobre los
suyos, sonriendo.
—Cuando vuelva, te construiré la
biblioteca más bonita del mundo. Con
escaleras altas hasta el cielo. Y luego te
haré el amor, en algún lugar entre La
Odisea y Matar a un ruiseñor.
—¿Me lo prometes? —dijo
mordiéndose el labio inferior.
—Prometido.
—Avísame cuando aterrices, ¿vale?
Asentí y salí de la casa. Mi padre ya
estaba listo y me esperaba en el taxi.
—¡Eh, Tristan! —Jamie me llamó
mientras cargaba mi equipaje en el
maletero del vehículo. Charlie estaba a
su lado. Ambos se pusieron las manos
como altavoz, y gritaron:
—¡TE QUEREMOS!
Sonreí, y les grité lo mismo, como
siempre.
En el vuelo, papá no dejó de hablar de
la gran oportunidad que teníamos ante
nosotros. Cuando aterrizamos en Detroit
para la conexión, ambos encendimos los
teléfonos móviles para comprobar el
correo electrónico y para avisar a Jamie
y a mamá de que habíamos llegado bien.
Cuando tuvimos cobertura empezaron a
llegarnos un montón de mensajes de
texto de mamá. Supe que algo iba mal.
Cuando los leí, mi estómago dio un
vuelco lentamente.
Mamá: Ha habido un accidente.
Jamie y Charlie no están bien.
Mamá: Tenéis que volver a casa.
Mamá: ¡Daos prisa!
En un instante, el mundo que
conocía había cambiado
irreversiblemente.
Capítulo 1
Elizabeth
—¿De verdad nos vamos a casa?
—preguntó Emma, soñolienta, cuando
la mañana asomaba por la ventana del
salón, derramando luz sobre su dulce
carita. La levanté de la cama y la
coloqué en la silla más cercana, a ella y
a Bubba, su osito y compañero favorito.
Bubba no era un osito como los demás:
era de verdad, disecado. Mi pequeña
era un poco rara, hay que decirlo todo,
y después de ver la película Hotel
Transilvania, en la que aparecen
zombies, vampiros y momias, decidió
que ser rara y dar un poco de miedo era
lo mejor del mundo.
—Así es —respondí, sonriéndole y
recogiendo el sofá cama. La noche antes
no había podido pegar ojo y me quedé
despierta preparando las maletas.
Emma sonrió como una payasa, con una
expresión idéntica a la que había tenido
su padre. Gritó:
—¡Biennnn! —Y procedió a
contarle a Bubba que nos íbamos a
casa.
Casa.
La palabra me dolió un poco,
clavada en el corazón, pero seguí
sonriendo. Había aprendido a mantener
la sonrisa delante de Emma porque si se
daba cuenta de que estaba triste, ella
también se entristecería. Y aunque me
daba sus besos de esquimal más
cariñosos cuando yo estaba
desanimada, no era justo que cargara
con esa responsabilidad.
—Deberíamos volver a tiempo para
ver los fuegos artificiales desde la
terraza. ¿Te acuerdas de cuando los
veíamos con papá? ¿Te acuerdas,
cariño? —le pregunté.
Mi hija aguzó la mirada, como si
estuviera rebuscando en lo más
profundo de su memoria. Ojalá nuestras
mentes fueran como armarios, con
cajones que pudiéramos abrir siempre
que quisiéramos recuperar nuestros
recuerdos favoritos, extrayéndolos de
un sistema ordenado, a voluntad.
—No me acuerdo —dijo, abrazando
a Bubba.
Me rompe el corazón.
Sonrío de todos modos.
—Bueno, ¿qué te parece si de
camino hacemos una parada en la tienda
y compramos caramelos para comerlos
cuando estemos en la terraza?
—¡Y Cheetos para Bubba!
—¡Claro!
Sonríe y vuelve a chillar, feliz. Y
esta vez mi sonrisa es de verdad.
La quiero más de lo que jamás
podrá imaginar. De no haber sido por
ella, mi alma se habría quedado hundida
en el dolor. Emma me salvó.
No me despedí de mi madre, porque
nunca regresó de su cita con su
Casanova de turno. Cuando me fui a
vivir con ella y no volvía por las
noches, solía llamarla incesantemente,
loca de preocupación. Cuando se
dignaba a coger mi llamada, me gritaba
y me decía que era una mujer adulta con
derecho a vivir una vida de mujer
adulta. Así que cuando nos fuimos, le
dejé una nota:
Vuelvo a casa.
Te quiero.
Nos veremos pronto.
E&E
Conduje durante horas en mi viejo
cacharro, escuchando la banda sonora
d e Frozen tantas veces que llegué a
pensar en arrancarme las pestañas una
por una, con una cuchilla de afeitar.
Emma escuchaba cada canción un
millón de veces, pero se las arreglaba
para inventarse una variación de la letra
cada vez. Para ser sinceros, sus
versiones me gustaban mucho más.
Cuando se quedó de dormida,
Frozen se apagó con ella, y entonces el
silencio me acompañó en el coche.
Estiré la mano hacia el asiento del
pasajero, con la palma hacia arriba,
esperando que otra mano se entrelazara
con la mía, pero el contacto no se
produjo.
Estoy bien, me repetí una y otra vez.
Estoy muy bien.
Un día sería verdad.
Un día, estaría bien de verdad.
Mientras nos internábamos en la
autopista I-64, mi estómago se contrajo.
Deseé poder circular por las carreteras
secundarias para llegar a Meadows
Creek, pero el único camino hacia el
pueblo era este. Como eran fiestas,
había mucho tráfico, pero el pavimento
reciente y liso facilitaba mucho el
tránsito por la que había sido una
carretera con baches y descuidada. Las
lágrimas acudieron a mis ojos mientras
recordaba las noticias.
Accidente en la I-64, ¡caos,
heridos, destrucción, muertos! Steven.
Una inspiración.
Seguí conduciendo mientras las
lágrimas que trataban de huir fracasaban
en su intento. Obligué a mi cuerpo a no
sentir, porque de lo contrario, todo
volvería y lo sentiría de nuevo. Y si eso
sucedía, me vendría abajo. No podía
permitirlo. El retrovisor me mostraba el
pedazo de fuerzas que aún me quedaba:
mi niña. Recorrimos la carretera y volví
a inspirar profundamente. Cada día una
inspiración, cada día un paso adelante.
No podía pensar más allá de eso, o me
ahogaría.
En un cartel de madera blanca y
pulida se leía: «Bienvenidos a
Meadows Creek».
Emma acababa de despertarse y
miró por la ventanilla.
—¿Mamá?
—¿Sí, querida?
—¿Crees que papá sabrá que nos
hemos mudado? ¿Para que no se pierda,
cuando venga a dejar las plumas?
Cuando Steven murió y nos fuimos a
vivir con mi madre, había plumas
blancas en el patio delantero. Emma
preguntó qué eran, y mi madre le dijo
que eran señales de los ángeles, para
que supiéramos que siempre estaban
cerca, vigilándonos y protegiéndonos. A
Emma le había encantado la idea, y
siempre que encontraba una pluma,
miraba hacia el cielo, sonreía y
murmuraba: «Yo también te quiero,
papá». Luego sacaba una foto con la
pluma, para añadirla a su colección de
fotografías de «papá y ella».
—Seguro que sabrá dónde estamos,
cariño.
—Sí, tienes razón —convino—.
Sabrá encontrarnos.
Los árboles eran más verdes de lo
que recordaba, y las tiendecitas del
centro estaban decoradas con banderas
y luces de color rojo, blanco y azul por
las fiestas. Me resultaba muy familiar y,
al mismo tiempo, ajeno. La bandera
ondeaba en casa de la señora Fredrick
mientras arreglaba las rosas,
patrióticamente teñidas, en su maceta.
Exudaba orgullo por toda su existencia,
contemplando su hogar.
Nos quedamos paradas en un
semáforo en medio del pueblo durante
diez minutos. No tenía ninguna lógica,
no había tanto tráfico, pero me dio
tiempo a mirar a mi alrededor,
reconocer todo lo que me recordaba a
Steven. Cuando la luz cambió, apreté el
acelerador, porque solamente tenía
ganas de llegar a casa y olvidar las
sombras del pasado. Cuando el coche
arrancó, por el rabillo del ojo vi a un
perro abalanzarse sobre nosotras. Frené
rápidamente, pero mi viejo coche soltó
un hipo inquietante y tardó una fracción
de segundo en detenerse. Para cuando lo
hizo, oí un fuerte ladrido de dolor.
El corazón me subió a la garganta y
allí se quedó, impidiéndome respirar.
Paré el motor mientras Emma
preguntaba qué había pasado, pero no
tuve tiempo de responder. Abrí la
puerta y vi al pobre animal justo cuando
un hombre corría hacia nosotras. Su
mirada asombrada se clavó en la mía,
casi obligándome a bajar la vista para
evitar la intensidad de sus tormentosos
ojos azul grisáceos. La mayor parte de
ojos azules van de la mano de una cierta
calidez, pero los suyos no. Eran
intensos, del mismo modo que su actitud
era gélida y reservada. En el borde de
sus iris había pinceladas de azul
profundo, pero también hebras
plateadas y negras que se entrelazaban y
conferían un aire encubierto a su
mirada. Sus ojos eran del color de las
sombras del cielo justo antes de una
tormenta de relámpagos. Me resultaban
familiares. ¿Le conocía? Habría jurado
que había visto su mirada en algún
lugar. Parecía entre aterrorizado y
lívido mientras contemplaba al que
supuse sería su perro, que yacía inmóvil
en el suelo. Alrededor del cuello del
hombre colgaban unos cascos
conectados con un objeto que guardaba
en su bolsillo trasero. Llevaba ropa de
deporte. La camiseta blanca de manga
larga marcaba sus brazos musculosos,
los shorts negros revelaban piernas
fornidas, y tenía gotas de sudor en la
frente. Imaginé que había salido a
correr con su perro, y que quizá se le
había soltado la correa, pero no llevaba
zapatillas.
¿Por qué iba descalzo?
Eso ahora no importaba. ¿Cómo
estaba el perro?
Debería haber ido con más
cuidado.
—Lo siento
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