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Libro El amor está de moda – Arwen Grey PDF

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—Tú nunca sabrás qué se siente al
ser una princesa.
Cocó estuvo tentada a fingir que se le
había escapado un alfilerazo al escuchar
esa frase en boca de la delgadísima,
rubísima y preciosísima Lana Chantal,
musa del modisto Guy Larroquette. De
entre todas las modelos que le podrían
haber tocado vestir, le había tocado la
estrella, lo que otras considerarían un
honor… si no fuera la criatura más
egocéntrica y malvada del mundo de la
moda.
—Tienes razón —respondió, en
cambio, con toda la ironía de la que
pudo hacer acopio en tan poco tiempo
—. Es imposible que sepas cuánto lloro
por ello al acostarme cada noche.
Lana la miró desde lo alto de sus
tacones con una mueca de desdén en su
boca brillante y con forma de corazón.
—Lo más triste de la gente como tú
es que le da igual su aspecto.
Trabajando en lo que trabajas, deberías
saber, a estas alturas, que una buena
imagen abre puertas.
Cocó se subió las gafas de montura
de pasta negra, que habían resbalado a
lo largo de su nariz. Desde donde se
encontraba, a la altura de los perfectos
pies de la modelo, Lana parecía una
muñeca de plástico, tersa, fría e
intocable. Solo cuando abría la boca se
daba uno cuenta de que, además, era
desagradable, elitista y snob.
—Me conformo con que vosotras, las
divas de la moda, seáis las que tengáis
buena imagen. Deberías ser feliz de no
tener competencia.
Lana rio, con aquella risa ronca y
acabada con un gruñidito porcino, al
imaginar que Cocó pudiera
comparársele en algo o que pudiera
pensar, siquiera, en hacerle la
competencia. Esa risa ridícula
reconciliaba a Cocó con el género
humano. Nadie era perfecto, estaba
claro.
—Es evidente que Guy no te contrató
por tu inteligencia, querida —dijo con
cierto tono de lástima, al que le faltó una
palmadita de compasión en la cabeza,
coronada por un moño alto sujeto por un
pasador de madera, de la modista.
«Ni a ti tampoco, cretina», pensó

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Cocó, mordiéndose la lengua. No sería
la primera empleada a la que Lana le
echaba el mal de ojo y acababa en la
calle por no seguirle la corriente.
Algunos diseñadores eran capaces de
hacer lo que fuera con tal de no tener
que lidiar con su enorme ego, aunque
eso implicara tener que despedir a un
trabajador válido. Le había costado
mucho conseguir ese trabajo, a base de
recomendaciones y favores de antiguos
compañeros y empleadores, y no quería
fastidiarlo todo por culpa de su bocaza,
por mucho que deseara dejar a esa mujer
en su sitio diciéndole lo que pensaba de
ella. Aquel era un mundo pequeño y no
quería cerrarse posibles puertas.
—Esto ya está, pero procura no tirar
mucho de la tela, porque se deshilacha.
Lana ya no la escuchaba. Se había
alejado unos pasos, taconeando algo
vacilante sobre sus carísimos, aunque
poco prácticos, zapatos de tacón. Fue
obvio que no la había escuchado, o que
le importaba un bledo lo que había
dicho, porque, de pronto, se agachó y
tiró de la cola del vestido de seda y se
la enrolló en un brazo alabastrino.
Incluso a esa distancia, Cocó pudo ver
los hilos de la fina seda deshilachándose
y las costuras desgarrándose poco a
poco. Con un poco de suerte, el público
no lo notaría. Y si lo hacía, Guy la
mataría.
Maldiciendo para sí, la siguió por el
pasillo, pensando que, en última
instancia, la responsabilidad sería suya
si el diseño acababa convertido en
hilachas de seda verde. Perdida entre
los pasadizos oscuros y casi vacíos del
teatro, Cocó se detuvo en lo alto de una
escalera, preguntándose si era la que
conducía a los camerinos donde, en un
día normal, se preparaban los actores
antes de salir a escena. El sonido de una
campana anunció que quedaban menos
de diez minutos para que empezara el
desfile. No tenía tiempo para dudas. No
había demasiadas opciones, al fin y al
cabo. Bajó corriendo las escaleras,
sujetándose el acerico que llevaba
prendido a la muñeca y las tijeras contra
la cadera en un acto reflejo. Con un
gesto a medio camino entre un suspiro
de alivio y una maldición, se encontró
ante un pasillo lleno de puertas con
números que indicaban, a las claras, que
no se había equivocado a la hora de
escoger.
—¿Lana? —preguntó, alarmada a su
pesar. Si la modelo no aparecía en
escena, todo se iría al traste, después de
tanto trabajo—. Quedan diez minutos.
Una puerta a su espalda se cerró de
golpe y un hombre pasó junto a ella
rozándola, camino al piso superior.
Cocó le miró, desconcertada, al notar
que llevaba una cámara de fotos al
cuello y ver que sonreía para sí,
murmurando sin cesar. Se suponía que
ningún periodista debía traspasar las
sacrosantas fronteras del patio de
butacas hasta después de acabar, para
que no se filtrase nada.
Una nueva campanada, la que
anunciaba que no quedaban más que
cinco minutos, hizo que se olvidara del
posible periodista infiltrado.
—Lana, es la hora. Si no sales ya,
Guy nos matará a las dos.
La puerta por la que había salido el
desconocido se abrió con brusquedad,
haciendo que Cocó retrocediera. Lana,
macilenta y sudorosa, la miró desde la
ventaja que le daban sus tacones de
aguja. Sin decir ni una sola palabra,
comenzó a andar hacia las escaleras,
tambaleándose un poco. Estaba
despeinada y tenía un aspecto extraño.
Cocó corrió para alcanzarla.
—¿Te encuentras bien?
La mirada de Lana hizo que se
arrepintiera al instante de su interés.
Con una sonrisa que era poco más que
una mueca llena de dientes, la modelo la
apartó a un lado de un empujón.
—Llego tarde.
—¡Vamos, vamos, princesas!
La voz de Guy Larroquette, afectada
y rápida, hizo que las chicas corrieran,
balanceándose sobre sus tacones
imposibles, hasta alcanzar sus marcas.
Cuando se levantara el telón, todas
ellas, convertidas en maniquíes de
plástico que respiraban, sorprenderían
al público, que esperaba un desfile al
uso. A esas alturas, ya deberían saber
que a Guy Larroquette no le gustaba
hacer las cosas como se suponía que se
debían hacer, pero seguía
sorprendiéndoles igual. En esta ocasión,
los periodistas especializados, las
famosas de turno y los que habían ido
solo para cotillear y criticar, incluida la
competencia, podrían pasear por el
escenario del teatro que habían
alquilado, a precio de lujo, para la
ocasión. Caminarían entre las modelos
inmóviles, apreciando de cerca los
detalles de cada diseño. Todas y cada
una de las prendas debían estar
perfectas, incluso a una distancia corta,
capaces de resistir el examen más
exhaustivo. Cada detalle debía estar
listo para pasar revista. Para eso habían
pasado noches en vela preparando la
puesta en escena.
Mientras observaba a las muchachas
colocarse en sus puestos, dispuestas a
pasar, al menos, una hora en la postura

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elegida, sin moverse apenas y
limitándose a respirar de la forma más
discreta posible, a la vez que los
peluqueros y maquilladores daban los
últimos retoques a sus estilismos, Guy
sintió la habitual mezcla de orgullo y
puros nervios.
Preparar esa colección le había
llevado meses de su vida y podía
suponer su salto definitivo a la lista de
los grandes nombres de la moda. Era la
mayor oportunidad, quizás la última, en
los diez años que llevaba en ese
mundillo, y no podía desaprovecharla.
Por eso había luchado y por eso se había
convertido en lo que era ahora.
Estiró el cuello hasta escuchar un
desagradable clack, tratando de relajar
la tensión que se acumulaba allí, por
mucho dinero que se gastara en masajes
y terapias de relajación.
Tenía la cabeza en ese ángulo cuando
vio a Lana pasar junto a él, envuelta en
una creación de seda verde…
deshilachada.
—Princesa.
Lana se detuvo, como tocada por un
rayo, al escuchar el tono cortante de su
voz. Cuando se volvió hacia él, había
una sonrisa de disculpa en su rostro.
Parecía sudorosa y cansada, algo pálida,
pero Guy lo achacó al trabajo y a los
nervios.
Guy no gritó. Nunca gritaba, al menos
en público. Tenía fama de exigente y
hasta de intransigente, pero también era
correcto, más de lo que se podía decir
de muchos diseñadores.
—Esa costura —su voz tenía un
cierto acento francés, aunque no
exagerado, ya que hacía muchos años
que vivía en Londres. De hecho, en
ocasiones, ese leve rastro de su origen
era casi indetectable.
Lana pareció desconcertada durante
unos segundos, hasta que bajó la vista
hacia lo que el diseñador señalaba con
un dedo largo y afilado. Ella fingió que
veía el desgarrón por primera vez,
aunque había escuchado el momento
exacto en que la tela se rasgaba, en su
intento de dejar a Cocó humillada a sus
pies. Puso cara de consternación y de
algún modo logró que un rubor culpable
subiera a sus mejillas.
—¡Oh, Dios, querido! ¿Cómo ha
podido pasar?
Guy había repasado cada modelo,
costura a costura y cremallera a
cremallera la noche anterior, así que
fuera lo que fuera que había ocurrido
con ese vestido en concreto, había sido
en la última media hora.
—Ven aquí.
Guy se agachó junto a ella y levantó
la tela, examinándola para comprobar
hasta dónde había llegado el daño.
Cuando se había arriesgado con aquel
carísimo y delicado tejido, sabía que no
sería fácil que todo saliera a la
perfección, pero no se podía permitir
perder dinero con aquella colección.
Sacó una tijera diminuta de un estuche
que siempre llevaba colgado de la
cintura y cortó todo el bajo del vestido,
sintiendo cómo cientos de libras se
deshilachaban bajo sus manos. El nuevo
corte hacía que la prenda perdiera su
aire perfecto y elegante, aunque seguía
siendo una prenda delicada. Una de las
que iba a ser sus piezas estrella acababa
de perder varios puntos. Con un poco de
suerte, ninguno de los periodistas
especializados le crucificaría por ello.
Tal vez pensaran que había sido una
nueva idea del enfant terrible de la
moda: crear un vestido de noche con
aire urbano y desenfadado,
perfectamente imperfecto.
Se le escapó una sonrisa al pensarlo,
aunque procuró que no se le notara.
Cuando se levantó, frunció el ceño y
miró a Lana, que se había mantenido
inmóvil durante toda la operación, como
si se estuviera preparando para lo que
venía a continuación.
—Ha sido esa modista, la nueva…
Él fingió no escucharla. Sabía que
ninguno de sus trabajadores habría
pasado algo así, ni siquiera los que se
había visto obligado a contratar en las
últimas semanas porque pensaba que no
le iba a dar tiempo a acabar la colección
para la fecha prevista. Toda su gente
tenía unas referencias impecables y una
experiencia suficiente como para que
fuera impensable que pasaran por alto
algo tan evidente.
No le gustó que acusaran a nadie de
su equipo, pero prefería evitar un
conflicto justo en ese momento. Más
tarde hablaría con la persona encargada
de ese modelo en concreto para aclarar
el asunto.
Al ver que él no decía nada, Lana
apretó los labios y bajó la cabeza. Guy
pensó que era una de esas modelos que
creían que tenían derecho a todo,
también a mangonear a su gente. Por
desgracia, Guy tenía que soportarla, al
menos durante esa noche. Era su única
modelo con cierta fama, algo que debía
aguantar para darles el gusto a los
puristas. Era un tipo arriesgado, pero ni
siquiera a él se le perdonaría el no
cumplir con ciertos requisitos
imprescindibles.
—Me sorprende tu calma, querido.
Guy se volvió hacia James Stewart
Granger, el tercero de su familia con tan
sonoro nombre, y dejó escapar media
sonrisa que no le engañó ni por un
instante. Todo el mundo sabía que Guy
Larroquette no era el tipo de hombre que
mostraba sus emociones en público, a no
ser que le conviniera hacerlo. Y, por
algún motivo, había decidido que en ese
justo momento le convenía mostrarse
tranquilo y conciliador, aunque por
dentro estuviera deseando replicar con
la debida crudeza.
—Pues no debería sorprenderte tanto
—se limitó a responder, evitando
mirarle.
James sonrió ante su tono tenso,
tirante como si estuviera a punto de
dejar de lado el propósito de ser
educado. Echó una mirada a su
alrededor, observando con estudiado
desinterés a las modelos ya listas o a
medio preparar, con sus maquillajes
estridentes y sus cabellos peinados de
forma inverosímil en el mundo real,
pensando que igual debería echar en
falta todo aquello, pero siendo incapaz
de hacerlo. Durante años se había
dedicado a aquella profesión e incluso
se las había apañado para ser feliz en
ella, inmerso en las intrigas para
conseguir las mejores campañas y la
despiadada competencia que, también en
el mundo de los modelos masculinos,
estaba a la orden del día. A sus cuarenta
años, ya retirado, excepto para algún
trabajo ocasional, había alcanzado una
especie de paz consigo mismo. Ya no
sentía la obligación de gustar a nadie
que no fuera a sí mismo, y eso era un
alivio.
Volvió a mirar a Guy, que observaba
a las mujeres colocándose en sus
posiciones, hieráticas e inaccesibles. La
tensión se le reflejaba en el rictus duro
de la boca y en la forma en que
entrecerraba los ojos. Sus cejas salvajes
y despeinadas casi se tocaban a causa de
su ceño fruncido, dándole un aspecto
hosco. Lo más probable era que no fuera
consciente siquiera de ello, pero era
comprensible. Si esa colección
funcionaba bien, subiría el peldaño que
le faltaba para alcanzar lo que era el
sueño de todo diseñador: triunfar en un
mundo complicado con su propio estilo.
Había sacrificado muchas cosas para
conseguirlo y no deseaba que todo se
fuera al garete en el momento clave.
—Deja de poner esa cara de orgullo
materno —dijo Guy sin mirarle.
—Y tú deja de fingir que es un día
cualquiera —respondió James
enarcando una ceja.
Guy se volvió y ahogó un suspiro de
impaciencia. Sabía que con él no
necesitaba disimular.
—Ha sido una mala idea lo de no
hacer un desfile convencional. De esta
forma se destaca cualquier posible
defecto. Hasta los más ciegos verán los
errores de cada modelo.
James sonrió de lado, una sonrisa
que había sido su marca de la casa, junto
con sus brillantes y expresivos ojos
azules, mientras trabajaba.
—No llores ahora por una seda
deshilachada. Nadie pensará que ese
vestido no era así desde el principio.
Hasta te diré que ha mejorado —
bromeó, sabiendo que sus palabras
enfurecerían a Guy.
—Mejor no te digo lo que costó esa
seda —replicó, entrecerrando los ojos
—. De todas formas, no debería
haberme arriesgado tanto sabiendo lo
que nos jugamos. Si no sale bien,
estaremos en la ruina.
James se encogió de hombros y clavó
la vista en Lana, que ondeaba la seda
desgarrada, tratando de que se
acomodara como ella deseaba, hasta que
una de las nuevas modistas corrió hacia
ella para colocar la tela del modo en
que el vestido lucía mejor y el desgarrón
era menos evidente. Sonrió al ver que le
devolvía a Lana una palmada
impaciente, sin que le importara en
absoluto el supuesto estatus de la
modelo.
—Yo de ti pensaría en contratar a la
gente que se encargará de la nueva
colección. Necesitarás a más modistas.
No te vendría mal un poco de
optimismo, para variar.
Guy bufó en un estilo muy francés y
ondeó la mano, como para desechar sus
palabras.
—Prefiero pensar siempre lo peor y
sorprenderme para bien, al menos, en
alguna ocasión.
James rio, sabiendo que no hablaba
en serio. Por mucho que dijera lo
contrario, Guy sabía tan bien como él
que ya tenía medio camino hacia el éxito
hecho. Pasara lo que pasara durante el
desfile, lo cambiaría todo, y para mejor.
Esa noche era el principio de una
nueva etapa para todos.
—Me has pinchado, zorra.
Cocó apretó los labios y fingió no
haber escuchado nada. Luchaba a
contrarreloj para tratar de evitar que ese
vestido se deshiciera bajo sus manos. La
idea de Guy de terminar de desgarrar
todo el bajo no había sido mala desde el
punto de vista estético, pero ahora había
que afianzar las costuras rasgadas para
evitar que la tela siguiera
deshilachándose. Y era complicado
hacerlo cuando la modelo que lo llevaba
puesto no dejaba de moverse, de ondear
la seda, de pegarle e insultarla.
Cualquiera diría que hacía solo unos
minutos, al salir del camerino, parecía
enferma. Al final había tenido que
devolverle uno de los golpes. Quizás
fuera la última en llegar a ese equipo,
era posible que fuera la primera en irse,
pero no pensaba dejar que nadie, ni
siquiera la mismísima Lana Chantal, la
maltratara.
—Quédate quieta, maldita seas —
murmuró para sí, agachándose una vez
más para comprobar la caída de la tela y
cortar cualquier hilacha visible.
—¿Cómo has dicho? ¡Guy!
La voz aguda y penetrante de Lana
hizo que todo el mundo se girase hacia
ella. La única que no se inmutó

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