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El amor no pide permiso – A. M. Silva

El amor no pide permiso – A. M. Silva

El amor no pide permiso – A. M. Silva

Descargar libro En PDF Tras pensar unos segundos más, hundo el dedo.
─Roberto, soy Helena, abre ─le digo en tono frío.
Tomo el ascensor hasta la octava planta, respiro hondo y llamo a su puerta. La abre al instante y me quedo impresionada con su aspecto. Está ojeroso, lleva
barba de unos días y parece estar más delgado.
─Hola, entra. Estás muy guapa ─me dice en tono baboso.
─Gracias. ─No puedo devolverle el cumplido, porque si no tendría que decirle «y tú estás hecho un desecho», pero calladita estoy más guapa, ¿verdad?
─¿Con quién has dejado los niños?
─He contratado a una ayudante, se llama Eva, y cuando lo necesito se queda el fin de semana ─le digo sin muchas ganas de continuar con ese diálogo sin sentido,
mejor vamos directo al grano─. ¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme?
─Ven. Vamos a comer primero, mientras tanto me vas contando cómo están los nenes. Echo de menos la rutina diaria que teníamos.
No me está gustando para nada el rumbo que está tomando esa conversación. Lo sigo hasta el comedor y lo ayudo a terminar de poner la mesa. Comeremos
Risotto alla Parmigiana hecho por Roberto, siguiendo una receta familiar de mi fallecida exsuegra, era italiana. Procuro mantener la calma y le cuento las últimas
peripecias de nuestros hijos. En el transcurrir de la cena lo miro atentamente y no soy capaz de entender cómo diablos he podido pensar en algún momento que él era
guapo. Tiene el pelo lacio y sin estilo, la nariz es demasiado grande y los labios demasiado finos, y, ahora que lo miro bien, tiene unas orejas espantosas, parece un
gremlin. ¡Dios!, tengo que contar hasta diez para no empezarme a reír.
─Cuéntame, ¿cómo te va la vida? ─le pregunto por curiosidad, sofocando así la imagen que estaba construyendo de él en mi cabeza.
Nos dirigimos al salón y espero atentamente su respuesta. En el fondo tengo curiosidad por saber si todavía sigue con su secretaria. Antes de que recuperara la
razón, y después de haberme enterado de su traición, Roberto me convenció de que ella le daba lo que, según él, yo no le proporcionaba. Me hizo sentirme insignificante
e inútil, además me acusó de no apoyarlo en sus proyectos profesionales, mejor dicho, en sus ambiciones. Roberto es farmacéutico colegiado y actualmente trabaja
como director general en uno de los almacenes de distribución de fármacos más importantes de España. Su meta es hacerse con el cincuenta por ciento de la empresa
cuando se jubile uno de los socios propietarios.
─De mal en peor… ─me dice con voz baja y se aproxima peligrosamente.
Me aparto y, por un instante, me inunda una insana satisfacción. No soy mala persona, pero Roberto me ha hecho demasiado daño.
─Te extraño. Quiero recuperarte, quiero recuperar a mi familia ─me dice y me coge de la mano.
Me libero de su toque, y siento como si me quemara la piel. No sé qué diablos hago aquí todavía.
─Lo siento, Roberto, pero en mi vida ya no hay cabida para ti. Lo nuestro se ha acabado definitivamente.
Cierra los ojos y cuando los abre su mirada es de dolor y arrepentimiento. Sin embargo, no pienso suavizar las cosas, no voy a pasar la mano en su cabeza por
pena, eso es lo que hay, él se lo ha buscado. Ahora es demasiado tarde para el arrepentimiento.
─Tienes que darme otra oportunidad, yo te sigo queriendo. Te juro que me arrepiento mucho del daño que te causé. Jamás debí de engañarte y humillarte como
lo hice ─me dice e intenta atraerme a sus brazos.
Me levanto, casi saltando, por el respaldo del sillón. Ni muerta voy a permitir que me bese.
─Roberto, nada volverá a ser como antes, yo he cambiado, tú has cambiado. No puedes querer recuperar algo que ya no existe. Creo que es mejor que me vaya.
Adiós.
Cojo el bolso y me dirijo a la salida. Justo cuando mi mano está a punto de tocar el picaporte, él me sujeta fuerte por el brazo.
─Estás con otro, es eso, ¿verdad?
─No, no estoy con nadie, pero eso no es de tu incumbencia. Suéltame, me estás haciendo daño ─le digo, y su mirada me asusta.
─Estás muy equivocada, no te voy a dejar salir así de mi vida. Me merezco otra oportunidad y tú me la vas a dar.
─Estás delirando, yo no te voy a dar otra oportunidad. Y es mejor que me sueltes antes de que empiece a gritar.
Procuro soltarme de su agarre y en el forcejeo me caigo encima del mueble del recibidor, rompiendo el jarrón de cerámica con el brazo. ¡Joder!, cómo duele, ¿me
lo habré roto?
─Helena, lo siento. Por favor, perdóname. No era mi intención hacerte daño. ─Me coge por la cintura y me ayuda a ponerme de pie─. Deja que te mire el brazo.
─No me toques y mantente alejado de mí. Lo digo en serio, Roberto. La única cosa que tenemos en común son nuestros hijos, y por el bien de ellos olvidaré lo
que acaba de pasar. Adiós.
Antes de que consiga abrir la puerta, Roberto la bloquea con la mano.
─Siento que te hayas caído, pero no me voy a dar por vencido. Te voy a recuperar, Helena. Volveremos a ser una familia. ─Me sonríe, aunque ahora su mirada
es sombría.

El amor no pide permiso – A. M. Silva

Un escalofrío me recorre el cuerpo, ¿quién es este hombre que tengo delante de mí?
─¿Me puedes abrir la puerta, por favor? ─le digo con voz firme, no quiero que él vea lo amedrentada que estoy.
Él clava sus dedos en mis mejillas, atrayendo mi boca hacia la suya. Y me besa con brutalidad. Siento arcadas cuando un sabor metálico me inunda el paladar, no
lo soporto.
─Esto es para que no te olvides de que eres mía, Helena. Te voy a demostrar que soy digno de tu perdón.
─Pues vas por mal camino con esa actitud ─le digo en un hilo de voz.
Me abre la puerta y tardo una fracción de segundo en reaccionar, estoy paralizada por su inesperado comportamiento. Mi cerebro recupera sus funciones y
salgo lo más rápido que puedo de su piso. Mi corazón late acelerado y mis piernas parecen de goma, me cuesta llegar hasta la seguridad del ascensor. Una vez dentro,
me desplomo en el suelo. El dolor que siento en el brazo se quedó en el olvido tras procesar sus últimas palabras. ¿¡Que soy suya!? ¿¡Que quiere recuperarme!? Está
loco si cree que voy a volver con él. Ahora que he recuperado mi libertad, que he abierto los ojos y me he dado cuenta en qué tipo de mujer me estaba convirtiendo,
jamás volveré con él, ni que fuera masoquista.
Hago el camino de vuelta a casa como una autómata. Mi mente está reproduciendo una y otra vez lo sucedido. Roberto nunca ha tenido esa actitud posesiva
conmigo, nunca jamás ha tenido celos. Al revés, pasaba de mí y me trataba como a un mueble desechable. En los años que hemos estado juntos no ha hecho más que
criticarme e intentar cambiar mi manera de ser que, según él, era ordinaria. Y ahora me viene con ese cuento de tercera. Se creerá que soy la misma ilusa de siempre,
menuda sorpresa se llevará.
Entro en casa y me recibe Eva con su sonrisa acogedora.
─Hola, Eva. ¿Cómo están los niños? ¿Se han portado bien? ─le pregunto.
─Hola, estaban un poco revoltosos, pero luego se calmaron. Han comido bien y ahora están echándose la siesta.
─Gracias, Eva, eres un sol ─le digo con sinceridad.
Me sonríe agradecida y me escruta con su mirada.
─¿Te encuentras bien? Estás muy pálida.
─No te preocupes, Eva, estoy bien. No te entretengo más, sé que estás loquita por ver a tu novio.
─Bueno, entonces me voy. Hasta el lunes.
─Hasta el lunes, Eva. Que tengas un buen fin de semana. ─Le brindo una sonrisa y la acompaño hasta la puerta.
Paso por el dormitorio de mis tesoros y los encuentro durmiendo serenamente, parecen dos angelitos. Me emociono al ver sus caritas, serenas e inocentes. Doy
un besito a cada uno y voy a mi habitación. Tengo que echar un vistazo a mi brazo.
Me desnudo y exclamo de dolor cuando llevo el brazo hacia atrás para desabrocharme el sujetador. Me miro en el espejo y quedo impactada con el enorme
hematoma que va desde el hombro hasta el antebrazo. Se ve muy feo y todavía se va a poner peor, con lo blanquita que soy mañana estará negro. Tendré que inventar
una excusa para eso, porque con el calor que está haciendo no hay la menor posibilidad de esconderlo con ropa de manga larga. Me fijo en mi labio inferior, hay una
pequeña fisura y se ve un poco hinchado; creo que eso lo puedo solucionar con un parche para el herpes labial, nadie se dará cuenta.
He estado casada con Roberto durante seis años y no conocía ese rasgo de su carácter. Tal vez sea porque, durante todo ese tiempo, he sido completamente
sumisa con él, hacía todo para complacerlo. Pero eso se ha acabado, jamás dejaré mis necesidades de lado para satisfacer a un hombre.
El brazo me duele horrores, pero, a pesar de la molestia que siento, aprovecho que mis tesoros están dormidos para hornear, no sin antes tomar dos pastillas de
analgésicos. La cocina es mi pasión y cuando estoy nerviosa mi hobby se transforma en una necesidad. Decido empezar por las galletas con pepitas de chocolate,
después haré magdalenas con relleno de mermelada de frutas. Tras dos horas y media de trabajo, y dos bandejas de galletas y una de magdalenas, me sorprenden dos
personitas somnolientas y malhumoradas.
─Hola, mis amores. ¿Qué caritas son esas?
Me arrodillo delante de ellos y los como a besos. Al instante acabamos los tres revolcados por el suelo haciéndonos cosquillas y riendo a carcajadas.
─Déjalo ya, mami. No más… ─protesta Sofía entre risas.
─A por mamá, Sofía. Hora de la revancha ─dice Fabricio en defensa de su hermana.
Como una avalancha caen sobre mí y tengo sus manitas regordetas por todo el cuerpo.
─Me rindo, habéis ganado ─digo entre risas, estoy mayor para eso─. ¿Qué os parece si merendamos y después nos vamos a la piscina?
─¡Yupi! ─gritan los dos al unísono.
Pasamos la tarde jugando en la piscina y, como siempre, sacarlos de allí fue una verdadera batalla. Finalmente los tengo dormidos en sus camas. No es fácil ser
madre de mellizos, sobre todo de dos tan despiertos como los míos.
Después de bañarme e hidratarme todo el cuerpo, decido seguir leyendo mi novela preferida. Al cabo de un rato cierro el libro y empiezo a fantasear con Gabriel
Garko, actor que da vida al personaje y uno de mis elegidos para fantasear, de todos es el que más me pone. ¡Dios!, es perfecto, y su boca… Suelto un suspiro soñador
y sonrío al pensar en mi sucio secretito y, no pudiendo resistir la tentación me levanto y voy en busca de mi caja roja del placer, que tengo guardada en un escondite
secreto. Cuando se tienen dos niños pequeños y curiosos, una tiene que ser precavida; imagina si la encuentran y me preguntan para qué sirven esas cositas, me muero.
Paso los dedos por la suave tapa de terciopelo rojo y hago memoria
Todo empezó cuando me separé de Roberto. Raquel y Alicia me llevaron a un sex shop con la intención de hacerme reír un poco. Yo siempre he sido curiosa y
había intentado varias veces introducir algún juguetito sexual en mi vida marital, tengo que decir que muy sutilmente, pero Roberto siempre había respondido de manera
negativa, y algunas veces llegó a reprender mi comportamiento, haciendo que yo me sintiera sucia y vulgar.
Bueno, volvamos a lo que interesa. Estábamos curioseando por los pasillos cuando Raquel cogió una bonita caja forrada de terciopelo rojo, la abrió y me pidió
que extendiera los brazos, la depositó encima de ellos y empezó a rellenarla con un montón de juguetitos que yo ni siquiera sabía que existían y, mucho menos para qué
servían. Mi hermana y yo la mirábamos con la boca abierta, pero tengo que reconocer que en el fondo estaba excitada pensando qué hacer con todo aquello. Al final,
cuando ya no cabía nada más en la caja, me miró con una sonrisa divertida, y me dijo: «Esta caja es para la nueva Helena, la que sabe lo que quiere, la que conoce cada
pedacito de su cuerpo y sabe lo que le gusta, la que no necesita a un hombre para tener orgasmos espectaculares, la que es fuerte y decidida, y la que jamás va a permitir
que ningún hombre controle su vida». Y así ha sido desde este día.
Doy un repaso a todos mis juguetitos y cierro la caja. «Hoy no te necesito Gabriel», digo en voz alta y suelto una risita, «aquí mando yo». Sé que es un poco
retorcido, pero no he resistido a la tentación de poner a cada uno un nombre, da más realismo a la fantasía.
Hoy me doy cuenta de lo insuficiente que era mi vida sexual con Roberto, una mujer nunca debería tener sexo con su marido por obligación, y yo lo hice muchas
veces. En todas ellas me sentí como una muñeca hinchable, pensaba que tenía que tenerlo contento, porque de lo contrario buscaría fuera lo que no encontraba en casa.
Qué equivocada estaba.
Capítulo 2
A la mañana siguiente me despierto con la pierna de Sofía en la cara, está al revés, es increíble cómo se mueve esa niña. Fabricio está al otro lado, con un mechón
de mi pelo entrelazado en su mano. Los dos invadieron mi cama a las cinco de la mañana. Si uno se despierta y decide hacerme compañía en medio de la noche, ten por
seguro que no viene solo. La complicidad que hay entre ellos es asombrosa. Con extremo cuidado para no despertarlos, me levanto. Y aprovecho ese ratito de
tranquilidad para prepararme un café bien cargado, necesito cafeína extra para aguantar a estos dos todo el día.
Empiezo a pensar en Alicia, se la ve tan feliz, y Héctor bebe los vientos por ella. El amor que desprenden ambos parece de película. Después de verlos juntos,
de ver cómo se miran, cómo se buscan todo el tiempo, me quedó claro que yo nunca había amado a Roberto. No la envidio, no obstante quiero un amor así. Quiero que
alguien haga que mi corazón de un vuelco y quiero sentir mariposas en el estómago. Eso es, no me conformaré con menos.
Escucho el llanto de Sofía y, cronometrado, dos segundos después el de Fabricio. Adiós a la tranquilidad y a los sueños románticos.
─¡Hey! ¡Hey!, ¿qué está pasando aquí?
─Mami, Sofía me ha pegado una patada en la cara ─se queja Fabricio entre lágrimas.
─Mentiroso, eres malo ─dice mi valiente niña a su hermano─. Mami, Fabricio me despertó y tiró mi muñeca al suelo.
─Fabricio, tu hermana se mueve mucho cuando está dormida, seguro que no tenía la intención de darte una patada. Ahora, coge su muñeca y hacéis las paces. Y
Sofía, pide disculpas a tu hermano, él no es ni mentiroso ni malo.
A mi niña le cuesta más, pero al final se chocan las manos, así me gusta.
─Bueno, ya que está todo solucionado, vamos a desayunar, hay galletas con pepitas de chocolate.
Enseguida están riendo y saltando sobre la cama, son tan lindos, los amo tanto. Estoy cien por cien segura de que Roberto se cruzó en mi camino únicamente
para darme a estos dos angelitos. Los bajo de la cama y, después de llevarles al servicio, nos dirigimos a la cocina en una carrera para ver quién llega primero.
─He ganado yo ─grita Fabricio emocionado.
─No, he ganado yo ─dice Sofía cruzándose de brazos y haciendo un mohín.
─Habéis empatado, es que sois rapidísimos. No he podido con vosotros, me habéis ganado.
─Sííí…, somos más rápidos que mami, mamá es una tortuga ─gritan los dos en completa sincronía.
Después de algunos minutos de calma, mi observador hijo me mira el brazo horrorizado.
─¿Qué te ha pasado en el brazo, mami? Te has hecho pupa ─me pregunta con la boca llena de galletas.
─No hables con la boca llena, tesoro. Mamá se ha caído en la ducha, pero no es nada importante, es como cuando tú te caes jugando al fútbol y te queda un
moratón en la piel, solo que el de mamá es más grande.
─¿Te duele, mami? ─me pregunta Sofía.
─No, tesoro. No me duele nada, ¿ves? ─le digo con una inmensa sonrisa en la cara y me toco el hematoma con el dedo.
─Voy a darte un besito para que se cure pronto ─me dice Sofía con su dulce vocecita.
Me llena el brazo de besos y mermelada de fresa.
─Yo también te voy a curar con mis besitos ─me dice Fabricio.
─Gracias, mis amores. Ahora estoy segura de que me curaré en un abrir y cerrar de ojos. ─Los abrazo y mis ojos brillan emocionados, ellos son lo más
importante en mi vida.
El día pasa sin muchos sobresaltos. Nos divertimos en la piscina, luego jugamos a Mario Kart Wii y, por cierto, me dan una paliza. De verdad no sé qué pasa
con estos niños de hoy, creo que ya nacen con el gen de la tecnología incorporado. Ahora les tengo cansados y tranquilos viendo la tele, un respiro para mí.
Acabo de hablar con mi hermana y ella ha decidido pasar el día de mañana con nosotros. También traerá a su escolta, solo espero que esté tan bueno como el
anterior. Así que decido dejar la comida preparada. Hmmm… a ver qué puedo hacer. Sé que a Alicia le encanta el salmorejo y me decido, además, por tortilla de patatas,
croquetas de pollo y nuggets de pescado, a los niños les encantan. Bueno, voy a preparar también una ensalada de pasta, por si acaso.
Llevo un rato cocinando y tanto silencio no es bueno, salgo corriendo de la cocina con el corazón en las manos. Y al verlos me relajo, están sobre las alas de
Morfeo. Sofía como siempre espatarrada y Fabricio con un mechón de su pelo entre sus deditos. Cojo mi móvil y les hago una foto. Durmiendo y en fotografía son
todavía más guapos, suelto una risita, que mala madre soy. Los acomodo en sus camas, les doy una última mirada babeante, y salgo de la habitación dejando la puerta
entreabierta.
Creo que tengo comida suficiente. Espero que al nuevo guardia de seguridad le guste lo que he preparado. Alicia estaba muy misteriosa, no ha querido darme
ninguna información. Y conociéndola bien, sé que está maquinando algo.
Me despierto en medio de la noche, estaba teniendo un sueño erótico con un musculoso y sexi guardaespaldas de ojos color avellana y pelo castaño. Fue tan
real… Tras varias tentativas para reconciliar el sueño, no me queda más remedio que recurrir a mi caja roja. Esta vez escogeré uno que está sin estrenar y lo llamaré José.
«Muy bien José, muéstrame de lo que eres capaz. Veo que tienes potencial», digo en voz alta a mi nuevo «amiguito».
Después de un delicioso orgasmo vuelvo a dormir…
Estoy terminando de echar protector solar a los niños, cuando suena el telefonillo. Alicia ha madrugado. Le abro y le digo que se vaya yendo a la piscina, no
tardaré en bajar, o eso espero.
─Mami, voy a mostrar a la tita lo bien que nado ─dice Fabricio entusiasmado.
─Claro, tesoro. Pero antes estate quietecito para que te pueda echar la crema ─le digo desesperada.
─Yo no quiero irme a la piscina ─dice Sofía enfadada. Luego enciende la tele y se sienta en el sofá.
Lo que me faltaba, mi testaruda hija enfurruñada en el sillón.
─Tesoro, si no quieres entrar en la piscina no pasa nada, me quedaré jugando contigo en la tumbona. Trae tu bolsa de juguetes, ¿de acuerdo?
─No, prefiero quedarme aquí viendo la tele ─dice con determinación.
Dios, dame paciencia, no sé a quién ha salido esta niña. Bueno, la verdad es que sí, sé perfectamente a quién salió esta cabezota, a mí.
─Sofía, nos vamos a bajar a la piscina ahora mismo, la tita Ali ya nos está esperando. Así que apaga la tele y recoge tus cosas.
Con resignación sigue mis instrucciones y coge su mochila, ella sabe perfectamente hasta dónde puede llegar, es más lista que el hambre. Cuando estamos
entrando en la zona de la piscina, Sofía empieza a llorar y me pide que la lleve en brazos. Fabricio ve a su tía y sale disparado a su encuentro. Mi chiquitina está
disgustada porque no sabe nadar y su hermano sí. Se quieren mucho, pero son muy competitivos entre ellos.
─Tesoro, ve con la tita, seguro que ella tiene una sorpresa para ti. ─La dejo en el suelo y sale corriendo con su tía.
Un hombre alto y musculoso me llama la atención. Tiene hombros largos y fuertes, y su pelo es castaño, con un corte al estilo militar. Está para comérselo, o
mejor para que él me coma a mí. Las comisuras de mis labios se arquean dibujando una leve sonrisa. Estoy perdiendo la cabeza, la falta de sexo me está empezando a
trastornar, y hacer tanto uso de mi caja roja no hace más que dejarme con más ganas. ¡Virgen santa! Cuando se da la vuelta me quedo absorta contemplándolo, se parece
al José de mi sueño. Mi hermana me saluda, sacándome de mi trance. Espero que ese no sea el nuevo guardaespaldas, ¿cómo lo voy a mirar a la cara? Si en lo único que
puedo pensar es en un consolador azul llamado José.
─Hola, Helena ─me saluda mi hermana con su sonrisa resplandeciente y su redondeada barriguita a la vista.
─Hola, princesa Ali. ─Me encanta pincharla.
Percibo como tiene la mirada fija en mi brazo, hora de enfrentarme a su interrogatorio. Trato de mostrar tranquilidad, a fin de cuentas una caída en la ducha la
puede tener cualquiera. Mi inocente hermana parece quedar satisfecha con mis explicaciones. Acto seguido llama a su escolta para presentármelo y está claro que no es
otro que el incitador de mi último orgasmo.
─Encantado de conocerla ─me dice mirándome fijamente.
Sus ojos son de color avellana, pero en un pestañear se vuelven verdosos… Su mirada es tan intensa que siento cómo mi piel se calienta.
─Igualmente ─respondo con una voz ronca.
Mi cara se pone colorada en el momento en que pienso en cierto juguetito azul de nombre José y me entran ganas de reír. Dios, tengo que controlarme. Soy
madre de dos niños pequeños, tengo que mantener la compostura. De repente su mirada se traslada a mi brazo y su cara se congela; sus ojos ahora son verdes
chispeantes. No hay posibilidad de que él sepa lo que realmente me sucedió, ¿verdad? Me llevo la mano al brazo y digo:
─Me caí en la ducha. ─Mi voz sale muy baja.
Me sigue mirando como si pudiera leerme el alma. Su cuerpo se tensa y cierra las manos en un puño. Asiente con la cabeza y se dirige a Alicia, intercambian
algunas palabras y se va sin lanzarme una última mirada. No sé por qué diablos me duele su rechazo. Idiota, yo no te necesito, ya tengo a blue man. Seguro que él es
más eficiente, nunca se queja y siempre está dispuesto. Hombres, ¿quién los necesita teniendo una caja roja del placer?
Paso toda la mañana mirándolo de lejos, no soy capaz de apartar la mirada. También le he pillado varias veces comiéndome con los ojos. Alicia, como siempre,
en su burbuja de felicidad. Si ella pudiera imaginar lo que me pasa por la cabeza, seguramente se quedaría horrorizada.
Empiezo a fantasear con José, cómo sería tenerlo de pareja. ¿Estaría dispuesto a estar en un segundo plano y a compartirme con los niños? Porque está claro que
mis hijos son mi prioridad. Cómo sería tenerlo en mi cama, despertar a cada mañana con él a mi lado. ¡Bravo, Helena!, se te ha ido la olla completamente. Creo que has
tomado demasiado sol en la cabeza. ¿Tú crees que un hombre como este se fijaría en una mujer separada y con dos niños pequeños? ¡Cállate ya! Hay momentos que
tengo ganas de estrangular a esa vocecita aguafiestas que no para de incordiarme.
Observo al yogurín de mi vecino desfilar delante de mí, con su cuerpo perfecto y un botellín de cerveza extrafría en la mano. En mi época de adolescente, los
chavales no tenían esos cuerpos, de esto estoy segura. Él me mira de forma descarada y levanta la botella en señal de ofrecimiento, le sonrío de vuelta y se lo agradezco.
Eso es, ya sé lo que necesito.
Dejo a los niños con Alicia y voy en busca de mi refrescante bebida. Me siento en la tumbona y disfruto de ese líquido dorado y frío que baja rodando por mi
garganta. ¡Ahhh… qué gusto!
─¿Para mí no hay nada? ─me pregunta José con una voz baja e insinuante.
Pego un salto y casi me caigo de la tumbona.
─Por Dios, ¿quieres matarme? ─le digo recuperándome del susto.
─Lejos de mi intención, te quiero viva, muy viva… ¿No me vas a ofrecer algo de beber? ─me dice con esa sonrisa canalla.
─Creía que estabas trabajando ─le digo, pero sé perfectamente que él está burlándose de mí.
─Sí…, pero necesito hidratarme, necesito bajar un poco la temperatura corporal. ─Me mira y sus ojos se vuelven verdes.
─Sírvete tú mismo. Ahí tienes la nevera.
No pienso levantarme para servirle.
─Estoy acostumbrado a que mis mujeres me sirvan ─me dice intentando esconder la risa.
─Pues va a ser que tienes razón, has sufrido una deshidratación cerebral. Y yo no soy una de «tus mujeres».
─De momento, cariño ─me dice con la voz ronca. Coge la botella de agua, me da un repaso de arriba abajo y se va sin decir nada más.
Qué hombre más exasperante. Se creerá que soy una de esas mujeres separadas y desesperadas por echar un polvo. Bueno, un poco desesperada estoy. No
entiendo lo que me pasa cuando estoy cerca de él, nunca he actuado así. La verdad es que estoy molesta conmigo misma; su presencia me provoca una lucha entre lo que
mi cuerpo quiere y lo que yo considero moralmente correcto. No quiero ser una de esas mujeres que están cada día con un hombre diferente, pero tampoco pasa nada
porque yo quiera echar un polvo de vez en cuando. No me convertiré en una fresca, ¿verdad? Estoy hecha un lío. Mejor me quedo con mis fantasías, mis elegidos no me
mienten, no me engañan y hacen todo lo que yo digo.
Ya son las dos y media, hora de almorzar, y decido sacar a los niños de la piscina, Le pido a mi hermana que les eche un ojo y voy a mi piso a por la comida.
Cuando estoy entrando en el ascensor una mano fuerte y musculosa lo bloquea, doy un paso hacia atrás para hacer sitio y al levantar la mirada me encuentro con un par
de ojos verdes chispeantes.
─¿Qué haces aquí? ¿No tenías que estar custodiando a Alicia? ─le pregunto con brusquedad, todavía estoy molesta con él.
─No estoy solo, hay otro agente encubierto en la zona ─me dice mirándome de arriba abajo.
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