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Libro El angulo muerto – Aro Sainz de la Maza PDF

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Nadie acudía allí por gusto, a pesar de ser uno de los edificios más frecuentados de la ciudad. De apariencia sobria y minimalista, se recortaba contra el cielo plomizo,
abarrotado de nubes oscuras, y la gente accedía al interior con la cabeza baja y los rostros solemnes, en actitud resignada. La mayoría vestía ropas negras y hablaba en
susurros. Apenas se oían risas. En un extremo de las puertas corredizas, un hombre de mediana edad lloraba cara a la pared; a un par de metros, aguardaban una mujer y
un niño cogidos de la mano. Ella, con expresión de impaciencia; el pequeño, con cara de susto.
El inspector Milo Malart hizo una mueca y ascendió el último tramo de la cuesta que conducía a la entrada. A su lado, la subinspectora Rebeca Mercader se arrebujó
en su grueso anorak.
—No me explico que solo lleves una cazadora estando como estamos a cero grados —dijo—. ¿No estás congelado?
—El frío es un estado mental. Y te recuerdo que venimos a ver a un sospechoso, no a cazar osos.
—¿Estado mental? Ya te daré yo a ti estado mental —dijo Rebeca, exhalando nubes de vapor como un tubo de escape.
Entraron en el tanatorio de Les Corts.
Mientras ella se quitaba los guantes y el gorro de lana, Milo se aproximó a una pantalla junto al mostrador de recepción para averiguar qué sala de velatorio estaba
reservada a nombre de la familia Costa. Luego, se encaminó hacia las escaleras.
Rebeca apresuró el paso para alcanzarlo.
—¿Cuál es?
—La seis.
A diferencia de los antiguos tanatorios de Barcelona, el de Les Corts se caracterizaba por la luminosidad que le proporcionaba un amplio espacio interior abierto al
cielo, alrededor del cual se distribuían las quince salas de la primera planta. Cerrado herméticamente por paredes de cristal, un cuidado césped, además de varios cipreses
y cuatro bancos de granito, acogían a quienes necesitaban tomar el aire o sosegarse un rato fumando un cigarrillo sin salir del edificio.
—Ni loca me meto en esa nevera —dijo ella.
Llegaron al final de las escaleras, y el inspector Malart dio un vistazo circular por el enorme distribuidor. Divisó la sala seis. Un grupo de unas treinta personas se
agolpaba cerca de la puerta. Ellos, con trajes oscuros, camisa clara y corbata; ellas, con vestidos negros, tacones y medias. En el centro, un hombre con expresión
compungida, grueso, de baja estatura, mandíbula redonda y cara plana recibía los pésames de rigor tras los abrazos y besos, y algunas condolencias sin sentido, como
pudo escuchar Milo al llegar a su altura.
Marcelo Costa, el hijo del fallecido, lo reconoció enseguida. No podía ser de otra manera. Malart destacaba entre la gente por su indumentaria: tejanos, botas
amarillas de leñador canadiense, duras y pesadas, jersey negro de cuello alto y cazadora deslustrada de piel, además de por su altura y aspecto descuidado, con barba de
dos días, pelo despeinado y pinta de no haber dormido en una semana. Cruzaron una mirada, y los ojos saltones de Costa, subrayados por grandes bolsas de color
morado, emitieron varios mensajes. Sorpresa, temor, alarma, ira, alivio. Milo tomó nota de todas aquellas señales contradictorias.
Extendió la mano y el otro la estrechó de forma mecánica. Su mano era blanda.
—Señor Costa, mi más sincero pésame. ¿Podríamos hablar un momento a solas?

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El hombre tensó la expresión.
—No sé qué hacen aquí, ya les conté todo lo que sabía.
—Solo son unas preguntas, cuestión de pocos minutos.
—¿Y no pueden esperar? Estamos en pleno velatorio —dijo en un susurro. Con un gesto indicó al grupo de alrededor, cada vez más numeroso—. Tengo que recibir
a familiares y amigos, y mañana es el entierro. Con lo que han tardado en entregamos el cuerpo de mi padre para poderle dar sepultura y ahora ustedes…
—Eso dígaselo al Instituto de Medicina Legal, señor, no es cosa nuestra. Otra posibilidad es que nos acompañe a comisaría.
Costa respiró hondo mientras miraba de reojo a las personas que, de forma disimulada, no les quitaban la vista de encima.
—Está bien, como quieran —dijo—. Pero ¿no podrían hacerme esas preguntas en otro sitio más apartado? Ya me entienden…
—Perfectamente —dijo Milo. Señaló las escaleras—. Como usted fuma, podríamos salir al jardín interior, ¿le parece bien?
Marcelo Costa asintió con un cabeceo impaciente.
—Terminemos cuanto antes —dijo, echando a andar.
El inspector Malart, sin hacer caso a la mueca de fastidio que le dedicó su compañera, se dispuso a imitarlo cuando una mujer se interpuso en su camino. Vestida
con unos anchos pantalones a juego con un blusón negro, que apenas disimulaba su pronunciado embarazo, Marta Servert, de rostro anodino repleto de manchas rojas,
y gesto tímido y apocado, se dirigió a su marido con expresión preocupada.
—¿Ocurre algo, Marcelo? ¿Qué hacen aquí estos policías?
—Tranquila, cariño, voy a hablar unos minutos con ellos y enseguida vuelvo. Atiende a la gente mientras, ¿quieres?
Ella se llevó una mano a la abultada panza.
—No entiendo, ¿hay algún problema? —Se encaró con Milo y Rebeca. Procurando aparentar naturalidad, se esforzó en no levantar la voz—. Estamos en un
velatorio, nos están molestando, esto es muy inadecuado. ¿Cómo se atreven? Y…, y delante de nuestros… Es vergonzoso, hagan el favor de marcharse y…
—Señora, no se altere, no le conviene en su estado —cortó la subinspectora Mercader—. Solo son preguntas de rutina, nada de lo que deba preocuparse.
Ella la miró de arriba abajo, con recelo. Luego, agarró a su marido del brazo y, nerviosa, dijo que iba a llamar a un abogado.
—Hágalo, señora —dijo Milo—. Es buena idea si su esposo tuviera algo que ocultar. —Se dirigió a él—: Señor Costa, ¿nos ha ocultado algo? ¿Desea llamar a un
abogado?
—Cielo, estamos llamando la atención. —Soltó la mano de su mujer—. No compliquemos más las cosas, ¿para qué vamos a llamar a nadie? Responderé a sus
preguntas y asunto concluido. ¿No es así, inspector?
—Así es, en efecto.
Costa besó a su esposa en la mejilla, y los tres reanudaron el camino hacia la planta baja. Marta Servert observó sus espaldas sin dejar de acariciarse la panza, como
calmando a la criatura.
Rebeca abrió la puerta de cristal que daba acceso al pequeño jardín interior, Costa y Milo la franquearon, y luego lo hizo ella, cerrándola a continuación. Se ajustó el
anorak hasta la barbilla y, mientras ellos ocupaban uno de los bancos, se recostó en la puerta, a pocos pasos, y se puso el gorro y los guantes sin dejar de sujetar una
tablilla portafolios bajo el brazo.
Costa cruzó las piernas al tiempo que se tapaba el cuello con las solapas de la americana.
—Bien, ustedes dirán.
—¿De cuánto está su esposa? —preguntó Milo.
—Ocho meses.
—O sea que esperan a la criatura para febrero, buena fecha. Acuario o piscis, si no me equivoco. Da igual, ambos son buenos signos. ¿Y qué será, niño o niña?
El hombre parpadeó con estupor.
—Niño —dijo.
—Excelente noticia, le felicito. Y felicite a su mujer de mi parte. Es el primero, ¿verdad? Ya verá, los hijos son una bendición. No hay nada como traer un hijo al
mundo, créame.
—Esto…, es usted muy amable, gracias.
—Le va a cambiar la vida —añadió Milo, sonriendo—. Son geniales. No se imagina la experiencia que va a vivir. Y si no, al tiempo. Ya me lo dirá dentro de unos
meses.
Costa se rascó la nuca.
—Inspector, ¿podríamos ir al grano con esas preguntas?
Milo le palmeó la rodilla varias veces con suavidad.
—Marcelo, Marcelo, ¿qué vamos a hacer contigo?
—Perdón, ¿cómo dice?
—Sabemos que fuiste tú quien mató a tu padre. Tenemos pruebas que demuestran sin ningún género de duda que tú eres el culpable —dijo.
Acto seguido, estudió al asesino. Sus reacciones.
El hombre lo negó por activa y por pasiva, una y otra vez. Milo se mantuvo en silencio, con la mirada clavada en su interlocutor. A pesar de la temperatura gélida de
aquella nevera de cristal, descubrió que unas gotas de sudor empezaban a resbalar por su pálida frente.
—Por Dios bendito, le digo que yo no he matado a nadie.
Les repitió su teoría de que los asesinos habían sido unos ladrones, que habían logrado colarse en el vestíbulo del edificio, y, de ahí, tras forzar la puerta del patio,
habían trepado por los bajantes hasta el segundo piso, donde habían roto la ventana del baño para entrar en el domicilio de su padre. E insistió en que estaba claro que
los asaltantes sabían que guardaba una importante cantidad de dinero en la caja fuerte, que lo coaccionaron con violencia para que les dijera la combinación, pero que no
contaban con que sufriera un infarto.
—La tensión, a su edad. Fue demasiado para mi pobre padre.
Milo atendió su relato sin mover un músculo de la cara. No le extrañó la profusión de detalles. Era lo habitual en alguien que fabulaba, en alguien que mentía.
El hombre prosiguió afirmando que este tipo de asaltos estaban a la orden del día, que ocurrían constantemente.
—No hay más que leer la prensa. Son bandas de profesionales, la mayoría de los países del Este, que… que al ver que estaba muerto se largaron sin llevarse nada.
Empezó a atropellarse con las explicaciones, a lanzar miradas huidizas hacia el grupo de amigos y familiares que se asomaba a las paredes acristaladas. Esbozó una
sonrisa. Milo detectó que era falsa a todas luces por su asimetría, no había rastro de patas de gallo ni del leve descenso de las cejas.
—¿A usted le parece que tengo agallas para matar a alguien? Y, además, ¿qué motivo podría tener yo?
Mantuvo la sonrisa falsa hasta que consiguió mover los músculos orbiculares de los párpados, logrando que aparecieran por fin las patas de gallo. Pero las cejas, sin
descender un ápice, volvieron a traicionarlo.
—Tiene que creerme, inspector. Soy inocente. Yo no tuve nada que ver.
Alzó las cejas, aunque no pudo evitar que se aproximaran entre sí, señal de temor e inquietud. «Maldito Ekman y su manual sobre cómo detectar cuándo mentía un
sospechoso», pensó Milo, quien seguía sin despegar los labios, empezando a aburrirse. Y, cuando se descubrió analizando hacia dónde enfocaban sus ojos, se dijo que
ya tenía suficiente de tanta pamema.

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—Marcelo, voy a darte un consejo. Empeñarse en mantener la mentira te acarreará peores consecuencias que las que tendrás si confiesas, no sé si me explico.
—Se lo juro, yo no fui. Los responsables fueron esos asaltantes que ataron a mi padre a una silla y le metieron un pañuelo en la boca —dijo. Se aflojó el nudo de la
corbata—. Esos hijos de puta son los culpables de su muerte, no yo.
Milo señaló hacia arriba, al grupo de familiares y amigos.
—Piensa, Marcelo, piensa. Se van a enterar de todos modos. Te irá mejor si confiesas. Sabemos que lo hiciste tú. Tenemos pruebas, pruebas irrefutables.
Costa aguantó su mirada unos segundos. Luego, sacó un paquete de tabaco y se entretuvo encendiendo un cigarrillo. Al exhalar el humo, descruzó las piernas y las
volvió a cruzar.
Después de la tercera calada, dijo:
—No sé de qué pruebas me habla, yo no…
—Mientes —cortó Milo—. Sabemos que tú lo hiciste.
—A la hora en que se cometió el crimen yo estaba con…
—Con tu mujer, durmiendo. Es tu coartada. Consta en su declaración. Que no saliste de casa en toda la noche. Pero ella tiene el sueño muy pesado, y no se despertó
cuando abandonaste el piso. Hemos hecho preguntas, investigado un poco. Marcelo, cometiste un error. Uno entre tantos. Olvidaste las cámaras.
—¿Cámaras? —Aceleró el ritmo de las caladas.
—De tráfico. Como las que hay en la plaza del doctor Barraquer, frente a tu domicilio. Te grabaron saliendo del parking en tu coche.
—Fui en busca de una farmacia de guardia porque…
—Y como las que hay en el cruce de Via Augusta con Santaló. Te grabaron torciendo en dirección a la calle Herzegovina. ¿Y quién vivía allí? Bingo. Tu padre, la
víctima.
—Me dirigía a la farmacia de la calle Descartes, yo…
—Tercera cámara: la situada en la plaza Boston, donde desemboca Herzegovina. Y no me hables de la farmacia que hay en las proximidades porque aquella noche no
estaba de guardia.
Costa se rascó detrás de la rodilla en un gesto inconsciente, y justificó no habérselo explicado antes porque no tenía nada que ver con el caso. Dijo que se había
limitado a dar un paseo, nada más.
—Como quieras —dijo Milo—. ¿Más pruebas?
Marcelo se cruzó de brazos. Asintió.
—Tu padre tenía un perro, un pastor mallorquín, negro como el azabache. Ningún vecino lo oyó ladrar. ¿No te extraña? Esa raza es fiel a su amo hasta la muerte, y
no estamos hablando de un perro de aguas. Por lo menos pesa cuarenta kilos, por eso tu padre lo llamaba Gros. Un pedazo de animal. ¿Y entran unos ladrones y se
queda tan pancho, sin ladrar ni defender a su dueño? A otro con ese cuento, Marcelo.
—A lo mejor lo drogaron, eran unos prof…
—No te canses, lo hemos comprobado. Ni rastro de drogas.
Marcelo tiró la colilla al suelo y la aplastó con el zapato.
—No se crea todo lo que dicen de los perros —dijo. Se frotó la cara interna del antebrazo. Extrajo otro cigarrillo—. Gros es manso como un corderito, dócil con los
extraños. Mi mujer no lo soporta, no quiere que le ensucie el piso, lo tenemos en el coche, en el parking del tanatorio. Dice que…
—Con todo respeto, me importa un carajo lo que diga tu mujer. Mira

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