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Libro El año que no dejó de llover – Idoia Amo y Eva M. Soler

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PDF Descargar estaba por venir, mejor.
Se tomó unos minutos para asimilar
lo que acababa de escuchar al otro lado
de la línea: tenía que viajar a Escocia.
Un par de semanas atrás, su jefe le había
pedido que fuera hasta allí para buscar
algún terreno óptimo de cara a la
construcción de un campo de golf de
lujo. La campiña escocesa era muy
apetecible, sobre todo en pueblos
pequeños donde había posibilidad de
conseguirlos a un precio razonable. Sin
embargo, Leslie no quería ni oír hablar
de ese viaje, de manera que se había
negado a ir.
—Es mucho mejor buscar en Irlanda
—había sido su comentario.
Alan, jefe de la empresa, había
torcido un poco el morro ante aquel
pequeño motín; ya insistiría más
adelante. Pero ella dejó claro que no
deseaba viajar a Escocia, porque
durante la semana siguiente le había
presentado un montón de proyectos en
Irlanda, de los cuales naturalmente se
había encargado Shane, su ayudante
personal. Que ahora que lo observaba
con su mirada de halcón desde su
despacho, parecía no haber dormido en
días, pero eso a ella le daba igual.
Lo importante era la llamada. De
Kiltarlity, un pueblecito perdido escocés
con menos de mil habitantes. Apretó un
botón de su teléfono y esperó.
—¿Sí?
—Shane, métete en Google y busca
información sobre Kiltarlity. Está en
Escocia.
—En seguida te lo mando.
—En dos minutos. —Y colgó.
Ignoró la cara que estaba poniendo
su ayudante, y empezó a juguetear con el
bote de los bolígrafos hecha un manojo
de nervios. Miró fijamente el segundero
del reloj, tratando de no perder el
control, pero es que ese nombre… ese

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nombre era el último que le apetecía
escuchar.
Descolgó el teléfono otra vez.
—¿Shane?
—¡¿Qué?! Solo ha pasado un minuto,
¡dame tiempo!
—Ven a mi despacho.
Y de nuevo depositó el auricular con
tanta fuerza que sin duda los del piso
superior debieron sentirlo. Se cruzó de
brazos resoplando, mientras Shane se
tomaba su tiempo para llegar. Leslie
sabía que lo hacía a propósito. Era el
mejor ayudante del mundo, y por lo
general sabía estarse callado, pero de
cuando en cuando le asomaba aquel
ramalazo irlandés y se ponía
impertinente… Menos mal que había
conseguido, después de meses, que fuera
a trabajar con traje y no con vaqueros,
como era su intención. Leslie le llevaba
tres años, pero parecían muchos más ya
que Shane, con sus ojos claros y su pelo
castaño algo más largo de lo deseable,
tenía un aire demasiado juvenil. Y
buenos pómulos, que ya los querría para
sí misma. Sí, los suyos también eran
impresionantes, pero así era Leslie.
Quería sus pómulos, y los de los demás.
Era esa clase de mujer.
Cuando la puerta se abrió, soltó un
largo resoplido.
—¿Qué pasa? —preguntó el chico.
—Ven —le ordenó, en un tono que
no daba lugar a duda.
—Estoy en ello —replicó Shane, sin
acelerar su ritmo.
—Mira, Shane, hoy no es el mejor
día para que me vengas contestón. No
quisiera tener que despedirte.
No lo haría y ambos lo sabían, pero
Shane miró al techo y llegó hasta su
sitio. Leslie no encontraría un
ayudante/secretario/esclavo tan eficiente
como él que aguantara su carácter y lo
tenía claro, pero la llamada la había
puesto de tan mal humor que le resultaba
difícil controlarse, y Shane era el blanco
perfecto para volcar su cabreo. Cogió
aire para calmarse y no seguir por ahí;
después de seis años trabajando para
ella esperaba que no la tomara en serio,
pero nunca se sabía cuándo podía
asomar «el ramalazo irlandés».
—Yo tampoco, Leslie —lo oyó
decir, y eso la tranquilizó.
—Me acaban de hacer una llamada
que… a ver si me explico: me han
llamado de un pueblo escocés llamado
Kiltarlity…
—¿Has dicho Kiltartily?
—No, al revés, Kiltarlity.
—Kiltarlity, entendido. Anda que no
es difícil de pronunciar… sigue, ¿por
qué te han llamado?
—Mi padre está en coma —soltó de
sopetón.
Shane la miró con los ojos abiertos
de par en par.
—¿Tienes padre?
—No seas idiota, ¡claro que tengo
padre! —refunfuñó Leslie, pegando un
golpe encima de la mesa para evidenciar
su enfado—. ¡Todo el mundo tiene
padre!
—Ya, pero como nunca te he oído
hablar de tu familia para nada… ya me
entiendes.
Seis años trabajando para ella, y era
la primera vez que la escuchaba
mencionar algo remotamente parecido a
un familiar. Lo único que sabía de su
jefa en ese aspecto era que se había
criado con su madre, y que esta había
muerto justo al cumplir Leslie los
dieciocho años.
Era curioso: sabía todo tipo de
detalles irrelevantes sobre su jefa, como
su talla de ropa, el perfume que usaba,
la comida vegana que consumía, lo que
ganaba, su decorador… pero nada
personal. Bueno, le hacía las reservas en
los restaurantes cuando por algún

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extraño milagro tenía una cita, pero nada
más. Y esas citas rara vez se repetían, lo
que por otro lado era normal, ya que
Leslie era insoportable y aún no se
había percatado de que no podías tratar
igual a tu ayudante que a un hombre con
el que salías de forma romántica. Pero a
él no le pagaban para explicárselo, así
que pasaba de complicarse la vida
intentando humanizar a su jefa.
—Pues tengo. Un padre que vive en
Kiltarlity, y esto es lo mejor: es el
alcalde.
Shane se quedó esperando la
siguiente parte, la que le había hecho
enfadar.
—Como está en coma —continuó
ella—, parece ser que reclaman a su hija
para que se encargue de sus asuntos
allí… por lo visto, es mi obligación.
—¿Sustituir a tu padre alcalde? —
Leslie asintió—. Vale, déjame ver que
encuentro.
Empujó la silla giratoria para
apartarla del escritorio con todo el
descaro del mundo, algo que Leslie
decidió pasar por alto. Desde luego,
¡qué paciencia tenía! Estaba segura de
que ningún otro jefe consentía a sus
ayudantes tanto como ella al suyo…
aunque no tenía otro remedio, ya que no
le apetecía en absoluto ponerse a bucear
entre burocracia para obtener
respuestas. La parte aburrida era cosa
de Shane, no suya, así que se incorporó
para ir hasta la cafetera de cápsulas
último modelo y le dejó indagar a través
de internet, mientras escogía entre los
cafés de origen orgánico.
Tras dar al botón y añadir unas gotas
de leche de soja, dio un sorbo e hizo un
gesto de desagrado. Hasta el café le
sabía mal, ¡puñeteros escoceses!
—Aquí pone que es una costumbre
milenaria de los clanes de la zona y que
siempre se ha respetado —informó
Shane, en tono neutral.
A Leslie le faltó poco para tirar el
café del impacto.
—¿Me estás diciendo que tengo que
ir? —preguntó, agarrando la taza con
tanta fuerza que parecía a punto de
romperla.
—No, no, yo solo te informo de lo
que pone aquí. Supongo que podrías
librarte juez mediante, o algo así, pero
no creo que valga la pena.
Leslie lo fulminó con la mirada.
—No quiero ir a Escocia.
—Sé que Escocia no está en el top
de tus lugares favoritos para viajar, pero
si lo piensas con calma verás que no es
tan grave. Vas, te informas de qué
sucede exactamente, y ya de paso
pues… ¿ves qué tal está tu padre?
Ella hizo una mueca.
—No me importa cómo está mi
padre. —Eso ha sonado duro hasta para
venir de ti —Shane regresó al
ordenador, dejándola pensativa hasta
que volvió a hablar —. Vaya, sí que es
pequeño. Es verdad que tiene menos de
mil habitantes, pero oye, parece que los
terrenos son espectaculares.
Leslie permaneció en silencio,
cruzada de brazos, mientras su cabeza
trabajaba a toda velocidad: no, por
descontado que no le apetecía ir allí, y
menos ver al capullo de su padre, por
muy en coma que estuviera. No es que le
interesaran los rollos de un pueblucho
de mala muerte perdido en la campiña,
pero por otro lado, podía aprovechar
ese viaje para dar con los terrenos que
buscaba Alan. Quizás podía sacar algo
positivo económicamente de aquella
eventualidad, si se hacían con esas
tierras significaría mucho dinero para
ella.
Shane la observó, alzando una ceja.
—¿Qué estás pensando? Conozco
esa cara.
—Podemos ir —Leslie ya parecía
haberlo decidido—. Aunque lo de mi
padre y la alcaldía es lo de menos.
—¿Podemos? —repitió él, sin
cambiar de cara.
—Sí, claro. Esto es trabajo, tienes
que venirte conmigo —se aproximó
hasta su mesa, donde Shane continuaba
mirándola sin dar crédito—.
Aprovecharemos el viaje para buscar
los terrenos que quiere Alan. Ya que
tengo que ir hasta allí para evitar alguna
estupidez legal, qué menos que sacar
provecho de ello.
Shane empezó a protestar.
—Me has tenido una semana
trabajando en modo esclavo sobre
Irlanda, ¿y ahora me dices que has
cambiado de opinión?
—No seas dramático —replicó
Leslie—.Sé que has dormido poco los
últimos días, pero ya que se ha
presentado la ocasión tenemos que…
Él empezó a hacer cálculos rápidos
mientras Leslie seguía disertando. Ese
viaje, con ese trabajo, implicaba tiempo.
—Es Diciembre —insistió.
—¿Y qué?
—Leslie, ese viaje se va a alargar
mucho y lo sabes de sobra. ¿Me vas a
tener trabajando en Navidad? —Puso
cara larga.
—¿Qué pasa, tenías planes? —
preguntó, con cierto tono despectivo.
Para ella, las navidades no
significaban nada. De hecho,
despreciaba esa época del año, con sus
celebraciones y sus comilonas. No
entendía qué tenía de especial sentarse
en una mesa rodeada de familiares. Le
daba urticaria solo de pensarlo, por no
hablar de la ingesta de carbohidratos, la
cual se le antojaba impensable.
—La gente suele reunirse con su
familia en navidad, ¿lo sabías?
—Bah, en tu casa sois muchos, no
creo que tus padres noten que falta uno
de sus hijos —respondió Leslie sin
darle importancia.
Una vez se había interesado por la
familia de Shane, y casi había sufrido un
mareo cuando él había empezado a dar
nombres, tantos que había hecho un
gesto para interrumpirlo. Después había
anotado en su agenda no volver a sacar
el tema: no le interesaba.
—Pero… —empezó a decir el
chico.—
En el fondo te estoy haciendo un
favor y lo sabes. ¡Con lo tediosas que
son las reuniones familiares! —Al ver
que Shane iba a replicar, hizo un gesto
tajante—. Bueno, se acabó la parte en la
que parezco una jefa comprensiva. Vete
a buscar los vuelos y el alojamiento, y si
no quieres venir, entonces busca a
alguien que te reemplace.
Shane sacudió la cabeza, pero se
levantó y abandonó el despacho,
seguramente mordiéndose la lengua para
no decir nada de lo que se pudiera
arrepentir después.
Leslie se encogió de hombros. Ya se
le pasaría, es más: seguro que después
le agradecía haberle ahorrado esa
reunión familiar.
* * *
Cuando dos días después Leslie
terminó de hacer sus maletas, también
aprovechó para mirar con cariño su
precioso y elegante apartamento en
Southwark; las vistas al Támesis
siempre le habían parecido
maravillosas, y la zona era de las
mejores de Londres. Aguardaba al taxi
que debía recogerla para ir al
aeropuerto, y no podía evitar pensar que
era una triunfadora. Que una mujer de su
edad tuviera ya esa posición…
Una hora después sonó el timbre; se
aproximó para pulsar el botón, y el
portero le indicó que su taxi había
llegado, y que el conductor subiría para
ayudarla con el equipaje. Vio como el
buen hombre palidecía al ver las tres
maletas y a la dueña de ellas, que con
aquel aspecto estaba claro que no
pensaba echarle una mano para
trasladarlas hasta el automóvil.
No se confundió, por lo que tuvo que
hacer dos viajes, y al fin Leslie se dignó
a sentarse en la parte trasera del
vehículo con gesto distante. Observó
con melancolía su edificio mientras se
alejaban, pero se recompuso; seguro que
donde iban encontraría algo a su altura.
Aunque fuera pequeño, eso no
significaba que no pudiera tener algunas
viviendas de lujo… todos los sitios
tenían zona buenas y menos buenas, así
que dejó de dar vueltas al tema. Shane
había comentado algo sobre la escasez
de alojamientos, pero seguro que solo lo
había dicho por fastidiarla, y olvidó del
todo el tema cuando el coche se detuvo.
El taxista cogió la propina, pensando
que tendría que reinvertirla en una visita
al masajista, y dejó a aquella estirada
que vestía como una ejecutiva
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