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Libro El arte de ser normal – Lisa Williamson PDF

El arte de ser normal – Lisa Williamson

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Los invitados a mi fiesta están cantando el Cumpleaños feliz. No suena muy bien.
Mi hermana pequeña, Livvy, apenas canta. Con solo once años ya ha decidido que las fiestas de cumpleaños familiares son
trágicamente vergonzosas, y deja que mamá y papá continúen con el resto de la canción. La aguda voz soprano de mamá choca con el
desafinado bajo de papá. Suena tan mal que Phil, nuestro perro, sale de su cesta y se escabulle a mitad de la actuación algo asqueado.
No lo culpo; todo es algo deprimente. Hasta los globos azules que mi padre ha estado hinchando toda la mañana se ven pálidos y tristes,
especialmente los que tienen escrito con rotulador negro: «¡Hoy catorce años!». Ni siquiera estoy seguro de que todo este espectáculo
que se está desarrollando delante de mí pueda clasificarse como una fiesta.
—¡Pide un deseo! —me dice mi madre.
Tiene la tarta inclinada para que no me dé cuenta de que está algo torcida. Pone «¡Feliz cumpleaños David!» en letras de glaseado
rojo como la sangre. El «años» de «cumpleaños» está muy apretujado; seguramente se quedó sin espacio. Catorce velitas azules forman
un círculo alrededor del borde de la tarta y gotean cera encima de la cobertura de crema.
—¡Date prisa! —me dice Livvy.

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Pero no dejaré que me den prisa. Quiero hacer esta parte como toca. Me inclino hacia delante, me coloco el pelo detrás de las orejas
y cierro los ojos. Intento bloquear los chillidos de Livvy y las lisonjas de mi madre e ignorar a papá, que no deja de trastear con los ajustes
de la cámara, y de repente todos los sonidos parecen amortiguados y lejanos, como cuando sumerges la cabeza debajo del agua en la
bañera.
Espero unos segundos antes de abrir los ojos y soplar todas las velas de un tirón. Todos aplauden. Mi padre abre un lanzador de
confeti manual, pero ni siquiera se dispara, y cuando saca otro del paquete, mamá ha abierto las cortinas y ha comenzado a quitar las
velas de la tarta, y el momento ya ha pasado.
—¿Cuál ha sido tu deseo? ¡Me apuesto lo que quieras a que ha sido algo estúpido! —exclama Livvy de manera acusadora,
enroscándose uno de sus rizos castaños con el dedo corazón.
—No te lo puede decir, tontita, o no se cumplirá —dice mamá, llevándose la tarta a la cocina para cortarla.
—Sí —corroboro yo, sacándole la lengua a Livvy.
Ella enseguida me saca la lengua a mí.
—¿Dónde están tus dos amigos? —me pregunta, poniendo énfasis en la palabra «dos».
—Ya te lo he dicho: Felix está en Florida y Essie en el balneario Leamington.
—Qué lástima —dice Livvy con cero simpatía—. Papá, ¿cuánta gente vino cuando celebré mis once años?
—Cuarenta y cinco. Todos con patines. Una absoluta carnicería —balbucea papá con tono serio, a la vez que saca la tarjeta de
memoria de la cámara y la introduce en la ranura de su portátil.
En la primera foto que aparece en la pantalla salgo yo, sentado a la cabecera de la mesa con una chapa enorme que dice
«Cumpleañero» y un gorro puntiagudo de cartulina. Tengo los ojos semicerrados y la frente me brilla.
—Papá —gimo—. ¿Tienes que hacer eso ahora?
—Solo corrijo los ojos rojos antes de enviárselas por correo electrónico a tu abuela —dice, haciendo clic con el ratón—. Está
destrozada por no haber podido venir.
Eso no es verdad. La abuela juega al bridge todos los miércoles por la tarde y no se lo pierde por nadie, y menos por el nieto que
menos le gusta. Livvy es su favorita. Pero bien pensado, Livvy es la favorita de todos. Mi madre también había invitado a la tía Jane y al
tío Trevor, y a mis primos Keira y Alfie. Pero esta mañana Alfie despertó con unas manchas raras por todo el pecho que podrían ser de
varicela, así que tuvieron que disculparse, dejándonos a los cuatro solos para la «celebración».
Mamá regresa al salón con la tarta cortada en porciones, y la pone sobre la mesa.
—Mirad todas estas sobras —dice, frunciendo el ceño mientras inspecciona los montones de comida que hemos picoteado—. Vamos
a tener suficientes hojaldres de salchicha y pasteles hasta Navidad. Solo espero tener suficiente film transparente para envolverlo todo.
Genial. Una nevera llena de comida para recordarme lo increíblemente impopular que soy.
Tras la tarta y la acción intensiva de envolver todo en papel film, vienen los regalos.
De mamá y papá recibo una nueva mochila para el instituto, el set de DVD de la serie completa de «Gossip Girl» y un cheque regalo
de 130 euros. Livvy me regala una caja de bombones Cadbury y una funda de color rojo brillante para mi iPhone.
Luego todos nos sentamos en el sofá a ver una película llamada Ponte en mi lugar. Trata de una madre y una hija que comen una
galleta de la fortuna encantada y, entonces, intercambian sus cuerpos durante un día. Por supuesto que todo el mundo aprende una
valiosa lección antes del inevitable final feliz, y por centésima vez este verano lamento mi incapacidad vital para seguir el argumento de
una simpática película para adolescentes. Papá se queda dormido hacia la mitad de la película y se pone a roncar con ganas.
Esa noche no puedo dormir. Estoy despierto tanto tiempo que mis ojos se acostumbran a la oscuridad y puedo distinguir los bordes de
los pósteres en las paredes y la pequeña sombra de un mosquito volando de aquí para allá por el techo.
Tengo catorce años y se me está acabando el tiempo.
3
Es el último viernes de las vacaciones de verano. El lunes vuelvo al colegio. He tenido catorce años durante exactamente nueve días.
Estoy acostado en el sofá con las cortinas cerradas. Mamá y papá están en el trabajo. Livvy está en casa de su mejor amiga, Cressy.
Estoy viendo un episodio repetido de «America’s Next Top Model» mientras un paquete de galletas de chocolate hace equilibrios sobre
mi barriga. Tyra Banks acaba de decirle a Ashley que no será la próxima top model de América. Ashley llora a lágrima viva y todas las
demás chicas la abrazan, aunque han pasado todo el capítulo hablando de lo mucho que odiaban a Ashley y que querían que abandonara
el programa. La casa de «America’s Next Top Model» es de lo más cruel.
Las lágrimas de Ashley son interrumpidas por el sonido de una llave en la puerta de entrada. Me siento y con mucho cuidado pongo
el paquete de galletas en la mesita de centro que hay a mi lado.
—David, ya he llegado —grita mamá.
Ha regresado temprano de su reunión.
Frunzo el ceño mientras oigo cómo se quita los zapatos y tira las llaves con gran estruendo en el platillo que hay cerca de la puerta.
Rápidamente cojo la manta de ganchillo que tengo a los pies, la subo para taparme el cuerpo y me la meto debajo de la barbilla,
poniéndome en posición justo antes de que mamá entre en el salón.
Ella pone mala cara de inmediato.
—¿Qué? —pregunto, mientras me limpio las migas de galletas de la boca.
—A lo mejor te gustaría abrir las cortinas, David —me sugiere con las manos en las caderas.
—Pero entonces no podré ver bien la pantalla.
Ella me ignora y se dirige directamente hacia la ventana y abre las cortinas. La luz del sol de última hora de la tarde inunda la
habitación y hace que el aire se vea polvoriento. Yo me retuerzo en el sofá y me protejo los ojos.
—Por Dios, David —dice mamá—. No eres un vampiro.
—Puede que lo sea —murmuro entre dientes.
Ella chasquea la lengua.
—Mira —me dice haciendo gestos hacia la ventana—. Hace un día precioso. ¿De verdad me estás diciendo que prefieres quedarte
tirado en el sofá en la oscuridad?
—Así es.

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Entrecierra los ojos antes de sentarse a mis pies en el sofá.
—No me sorprende que estés tan pálido —comenta pasando el dedo por un lado de mi pie desnudo. Le doy una patada.
—¿Preferirías que pasara todo el día tendido al sol y que me diera cáncer de piel?
—No, David —suspira—. Lo que preferiría es verte aprovechar tus vacaciones de verano, hacer algo más que quedarte en casa
mirando basura todo el día. Si no estás viendo la televisión, pasas las horas encerrado en tu habitación sentado delante del ordenador.
Suena el teléfono. Me salvo por los pelos. Cuando mamá se levanta, la manta se le engancha en el anillo. Me acerco para agarrarla,
pero es demasiado tarde, ya está mirando hacia abajo, con una expresión perpleja en el rostro.
—David, ¿llevas puesto mi camisón?
Se trata del camisón que mamá había metido en la maleta para llevarlo al hospital cuando tuvo a Livvy. No creo que se lo haya
puesto desde entonces; mamá y papá normalmente duermen desnudos. Lo sé porque me he topado con ellos en el rellano de la escalera
en medio de la noche suficientes veces como para haber quedado marcado para el resto de mi vida.
—Pensé que estaría más fresco —digo rápidamente—. Ya sabes, como esas cosas largas y blancas como vestidos que llevan los
hombres árabes.
—Mmm —dice mamá.
—Más vale que atiendas la llamada —le aconsejo, haciendo gestos con la cabeza hacia el teléfono.
Me dejo puesto el camisón para la cena, pienso que de esta manera será menos sospechoso.
—Pareces un bicho raro —dice Livvy, entrecerrando los ojos con cierto asco.
—Déjalo, Livvy —la reprende mamá.
—Pero ¡es verdad! —protesta mi hermana.
Mamá y papá intercambian miradas. Yo pongo toda mi concentración en hacer equilibrios con los guisantes en mi tenedor.
Después de la cena subo la escalera. Saco la lista que hice al comienzo de las vacaciones de verano y me siento con las piernas
cruzadas en la cama, con la lista delante de mí.
Cosas que conseguir este verano, por David Piper:
1. Dejar que me crezca el pelo lo suficiente como para poder hacerme una coleta.
2. Ver todas las temporadas del programa «Pasarela a la fama», en orden cronológico.
3. Ganarle a papá al tenis en la Wii.
4. Enseñarle a bailar a Phil para poder entrar en el concurso «Gran Bretaña tiene talento» el año que viene y ganar 340.000 euros.
5. Terminar los deberes de geografía.
6. Decírselo a mamá y a papá.
Tuve una semana magnífica en la que pude recogerme el pelo para hacerme una coleta pequeña. Pero las reglas del colegio dictan
que el cabello de los chicos no puede sobrepasar el cuello de la camisa, así que la semana pasada mamá me llevó a la peluquería para
que me lo cortaran. Conseguí cumplir los puntos dos y tres de la lista con facilidad durante las dos primeras semanas de las vacaciones.
Enseguida me di cuenta de que el cuatro era una causa perdida; Phil no es un artista por naturaleza.
Los puntos cinco y seis los he estado postergando. He practicado muchísimo el seis. Tengo todo un discurso preparado. Lo recito en
mi cabeza cuando estoy en la ducha, y lo susurro en la oscuridad cuando me acuesto por la noche. El otro día, senté a mis juguetes
viejos, el Gran Ted y la Barbie sirena, en mi almohada y les solté mi discurso. Fueron muy comprensivos.
También he intentado escribirlo. Si mis padres buscaran bien encontrarían una cantidad infinita de borradores sin terminar, metidos en
los cajones de mi escritorio. Aunque la semana pasada terminé una carta. No solo eso, casi estuve a punto de meterla por debajo de la
puerta de la habitación de mamá y papá. Estuve allí mismo, agachado enfrente del delgado haz de luz que salía por la rendija, escuchando
cómo se movían por la habitación mientras se preparaban para dormir. Todo lo que necesitaba era un empujoncito y estaría hecho; mi
secreto quedaría allí, en la alfombra, listo para ser descubierto. Pero en ese momento, fue como si mi mano se hubiera paralizado. Y al
final no lo pude hacer y salí corriendo hacia mi habitación, con la carta todavía en la mano y el corazón latiendo a cien por hora en el
pecho.
A mamá y a papá les gusta creer que son superguais y de mente abierta solo porque vieron a los Red Hot Chili Peppers en concierto
en Glastonbury una vez y porque votaron a los Verdes en las últimas elecciones, pero yo tengo mis dudas. Cuando era pequeño, solía
oírlos, por casualidad, hablando de mí cuando pensaban que no los escuchaba. Solían hacerlo en voz baja y se decían el uno al otro que
todo se trataba de una «fase», que «ya se me pasaría», como si hablaran de un niño que moja la cama.
Essie y Felix por supuesto lo saben. Los tres nos lo contamos todo. Por eso este verano ha sido tan difícil. Sin poder hablar con ellos,
algunos días he sentido como si fuese a explotar. Pero que lo sepan Essie y Felix no es suficiente. Para que pase algo, tengo que
decírselo a mamá y a papá.
Mañana. Mañana se lo diré sin falta.
En cuanto haya terminado los deberes de geografía.
Me levanto de la cama, abro la puerta un par de centímetros y escucho. Mamá, papá y Livvy están mirando la televisión en la planta
baja. El sonido ahogado de risas sube por la escalera. Aunque estoy bastante seguro de que seguirán allí hasta el final del programa,
pongo la silla del escritorio debajo de la manilla. Seguro de que nadie me molestará, saco la pequeña libreta morada y una cinta métrica
que mantengo cerradas bajo llave en la caja de metal que escondo en el fondo del cajón de los calcetines. Me pongo delante del espejo
que hay detrás de la puerta de mi habitación, me saco la camiseta por la cabeza y me quito los vaqueros y los calzoncillos.
Toca inspección.
Como siempre, comienzo por presionar las palmas de las manos contra el pecho. Deseo que se sienta suave y esponjoso, pero el
músculo debajo de la piel se muestra duro como una piedra. Saco la cinta métrica y me la pongo alrededor de las caderas. Ningún
cambio. Soy totalmente recto, como una regla humana. Soy lo contrario a mi madre, que es todo carne y curvas: caderas y culo y tetas.
Después, me pongo contra el marco de la puerta y mido mi estatura. Ciento sesenta y cinco centímetros. Una vez más, ningún
cambio. Me permito un pequeño suspiro de alivio.
Bajo hasta mi pene, al que odio con pasión. Odio todo sobre él: su tamaño, su color, la manera como siempre lo siento así, colgando
ahí, la forma en que va por libre como si tuviera mente propia. Descubro que ha crecido dos milímetros desde la semana pasada. Lo
reviso dos veces, pero la cinta métrica no miente. Frunzo el ceño y lo apunto.
Me acerco al espejo, de manera que el cristal está a solo un par de centímetros de mi nariz y tengo que luchar para no ponerme
bizco. Primero paso los dedos por la barbilla y las mejillas. Algunos días juraría que puedo notar una barba incipiente que empuja detrás
de la piel, afilada y pinchuda, pero, por ahora por lo menos, la superficie sigue intacta y suave. Hago un puchero con los labios y sueño
con que sean más esponjosos, más rosa. Tengo los labios de papá: delgados, con picos como el arco de Cupido. Por desgracia, parece
ser que he heredado casi todo de mi padre. Me salto el pelo (castaño como el lodo y desordenado, no importa la cantidad de productos
que le aplique), los ojos (grises, aburridos), la nariz (un poco puntiaguda) y las orejas (de esas que sobresalen), giro la cabeza lentamente
hasta casi estar de perfil, para poder admirar mis pómulos. Son prominentes y altos, y casi la única parte de mi cara que me gusta.
Al final de todo me inspecciono las manos y los pies. A veces pienso que es lo que más odio, tal vez incluso más que mis genitales,
porque siempre están ahí, siempre están expuestos. Son torpes y peludos, y tan pálidos que casi son transparentes, como si la piel fuese
una masa fina que se extiende por encima de unas venas azules como arañas y que cubre unos dedos largos y huesudos. Lo peor de todo
es que son enormes y siguen creciendo. Mis nuevos zapatos del colegio son dos tallas más grandes que el par del año pasado. Cuando
me los probé en la zapatería al comienzo de las vacaciones, me sentí como un payaso.
Echo una última mirada al espejo, al desconocido que me mira. Un temblor me recorre

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