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El asesino del barroco – Sergio Clavel

El asesino del barroco – Sergio Clavel

El asesino del barroco – Sergio Clavel

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acuerdan de nosotros.
—Bien. ¿Qué ha sucedido aquí?
El jefe de los carabinieri lo acompañó hasta la fontana. Allí pudo ver la macabra escena de un joven que engullía un embudo mientras el tritón expulsaba agua por
una caracola gigante de piedra.
Carlo Marini puso cara de estupefacción. Guardó silencio por unos momentos, hasta que se hubo recuperado de la impresión.
—No recuerdo haber visto algo tan grotesco —dijo entonces—. ¿A qué esperan para retirar el cuerpo? Imagino que ya habrán hecho fotografías y todo eso. Saquen
a ese desdichado de la fuente.
—Pero… comisario —objetó otro de los carabinieri—, todavía tiene que venir el forense.
—Está bien, esperaremos, pero olvídense de encontrar huellas: el cuerpo está completamente empapado.
Fue decir eso y aparecer la figura del Dottore Ciro Cappuccio, forense y profesor de medicina de la Università della Sapienza de Roma. El viejo profesor sacó un
pañuelo y se secó los cuatro cabellos grisáceos que las gotas de lluvia habían mojado.
—No me dejan ustedes en paz nunca. Menos mal que me queda poco para jubilarme. Cornuti! —se le oyó decir mientras proseguía con una retahíla de insultos.
—Buenas noches, profesor —le saludó el comisario Marini. ¿Cómo va su úlcera de duodeno?
—Como el culo. ¿Cómo va su ascenso para comisario jefe?
—Como el culo, también.
—Veamos, pues. —El viejo profesor echó una mirada al joven inerte. Luego se acercó aún más, observó con detenimiento y prosiguió—. Creo que ya se pueden
llevar el cadáver al anatómico forense de la universidad.
—¿Se va a llevar el cadáver a la facultad?
—Sí, ¿por qué no? Así, mañana puedo matar dos pájaros de un tiro. Doy clases y analizo cómo fue el final de este pobre desgraciado. Le prometo que en
veinticuatro horas tendré hecho mi trabajo. ¿Le parece bien?
—Pero no puede hacer eso…
Una nueva impertinencia del profesor acalló al comisario.
—¿Cómo qué no? ¿Qué va a hacer, buscar otro forense de guardia a estas horas? ¿Piensa llevarse el cadáver a su casa?
Mientras decía eso, una ambulancia se hacía sitio entre los demás automóviles y el gentío que a pesar de la hora empezaba a arremolinarse junto a la fuente.
El cuerpo del joven fue liberado con cuidado del embudo mortal que parecía un convidado esperpéntico de la noche. La lluvia fina había comenzado a menguar, y la
policía disuadió a los curiosos de permanecer allí. Un rechoncho carabiniere dio media vuelta e hizo gestos a la gente para que se apartara mientras fotografiaba con el
móvil el supuesto lugar del crimen.
El forense le hizo un gesto al comisario, como si le dijera: «Si quiere saber más, ya sabe dónde encontrarme».
Carlo Marini encendió un pitillo y, con la primera bocanada de humo, quiso liberarse de la tensión del día. Se despidió de los carabineri de forma maleducada y, por
uno de los ángulos de la plaza, vio desaparecer la ambulancia con el cadáver que le abriría una nueva investigación.
***
Se subió las medias de seda negra y se calzó los zapatos de tacón. Adriana Rizzo cogió al vuelo su cartera al tiempo que su larga melena negra se movía de lado a
lado con movimientos rápidos y sensuales.
Para llegar hasta la Università della Sapienza utilizaba siempre una vieja Lambretta que tenía más años que ella, que apenas veía la treintena en el horizonte y era ya
una gran promesa en su trabajo: el arte.
A los veinticuatro años ya había terminado la carrera de historia del arte y hecho el doctorado. Una tesis titulada La influencia de la Iglesia en el Barroco italiano la
convirtió en la doctora más joven de la facultad. Ahora frisaba la treintena y, a pesar de sus cualidades, había descubierto cuán difícil resultaba hacerse un hueco en un
mundo profesional tan lleno de envidias e intereses.
Muchos superiores la menospreciaban por valorar su belleza más que sus méritos académicos. Ella era lo suficientemente inteligente para darse cuenta de la
situación. Se cerró muchas puertas tratando de demostrar sus cualidades tanto en el aula como fuera de ella; sobre todo cuando quien las abría solo pensaba en el placer
personal.
Por el momento era una profesora que carecía de un puesto fijo. Hoy podía estar trabajando, y mañana mismo, dejar de hacerlo. De esa manera tan injusta la estaba
tratando la propia universidad por la que se había doctorado.
Pero nada de eso le importaba.
«Adriana, el arte es lo único que importa. Ya sea aquí o en cualquier otro lugar», solía decirse a sí misma. No sentir apego por el lugar donde vivía o trabajaba la
hacía más libre y feliz.
«Del amor ya me ocupo yo. A quien yo ame es decisión mía» era una de sus otras reflexiones favoritas.
La Lambretta pareció no quejarse mientras bajaba desde el norte las cuestas por las calles de Villa Borghese.
—Vamos a ver si resistes la vuelta, amiga —le decía siempre Adriana a su motocicleta quejumbrosa en cuanto acortaba por aquel atajo, que era uno de los escasos
pulmones verdes de la ciudad.
Llegó al claustro de profesores a las tres y media de la tarde, justo a tiempo para buscar entre los libros unos detalles que debía consultar, y hacer acopio de energía
para librar con su mayor enemigo: la timidez en público.
Pero la jefa de estudios de la facultad se le acercó con una cara que delataba cambios, y muy poco halagüeños.
«Me va a despedir hoy mismo. Se lo leo en la cara», pensó la joven historiadora.
—Adriana, venga un momento a mi despacho, por favor —dijo su jefa, quien parecía concentrar todo su mal genio en el cabello, recogido en una cola horrorosa que
acentuaba una cara asimétrica y envenenada.
—Me va a despedir, no me diga más —le soltó Adriana sin esperar a que la puerta se cerrase.
Asombrada por lo que acababa de escuchar, la jefa de estudios jugueteó con sus gafas, que agarraba con las manos nerviosas y esqueléticas como si disfrutara
dejando pasar unos segundos de silencio.
—No, cariño —replicó. Era la primera vez que Adriana oía esa palabra de labios de ella—. Sigues con nosotros —y rio como una loca.
«Pero ¿esta bruja se cree la facultad es como el Gran Hermano?», pensó Adriana casi de inmediato.
—Hoy no vas a dar la clase de las cuatro. Daniela se encargará de ella.
Y a Adriana le vino a la mente una idea: « Has caído en desgracia. Van a hacer contigo lo que quieran».
La jefa de estudios pareció coger aire para explayarse mejor con lo que le quería contar.
—Esta mañana hemos recibido un par de llamadas. Una de ellas, procedente de esta misma universidad. La otra… era de la policía.
—¿De la policía? —A Adriana le temblaron las piernas por unos segundos.
—¿Me dejas terminar y no ser tan impertinente conmigo? La llamada de la universidad provenía de la Facultad de Medicina. Del Departamento de Medicina
Forense, para ser más exactos. No me preguntes cómo lo saben, pero se han enterado de que aquí tenemos un pequeño cerebrito que de arte barroco sabe un rato. ¿Qué
tendrá que ver la medicina forense con el arte barroco? Ni idea. Solo sé que están muy interesados en ti. En concreto, el departamento de criminología de la policía. Te
están esperando ahora mismo, así que quita esa cara de espanto y dirígete allí.
—Pero…
—Ni peros ni nada. Arreando. No quiero verte por aquí hasta que esa gente diga lo contrario. De momento, Daniela cubrirá tus clases.
Dicho esto, la bruja fijó la vista en unos papeles para que Adriana se fuera ya de una vez.
Cerró la puerta con cuidado y se dirigió hacia su Lambretta.
«¿Dónde estará la Facultad de Medicina? Me temo que en la otra punta de la universidad.»
Tenía razón. La Lambretta sufrió las pronunciadas cuestas de la universidad, más empinadas cuanto más desorientada iba Adriana. Esta seguía buscando una
facultad con la que no estaba familiarizada. Era como coger un avión y presentarse de golpe en un país desconocido. Teniendo en cuenta lo despistada que iba, lo más
probable sería que se perdiese.
Por fin intuyó un cartel, desgastado por la crisis, que señalaba el camino hacia la Facultad de Medicina. Y unos metros más allá, una zona de aparcamiento.
Una duda le asaltó la mente:
«¿Por quién pregunto? ¿Será todo esto una broma?»
Se coló por lo que parecía una puerta de servicio y se adentró por los pasillos solitarios y tenebrosos.
«A veces soy tan torpe orientándome que podría acabar en una morgue sin quererlo.»
Se le abrieron nuevos pasillos y vislumbró una secretaría a lo lejos. Caminó unos cuantos pasos más. Parapetada tras un mostrador, una mujer entrada en la
cincuentena y con cara de funcionaria no despegaba la vista de la pantalla del monitor. Levantó la mirada por un momento y la volvió a clavar donde la tenía.
—¿Es esto la Facultad de Medicina? —acertó a preguntar la joven.
—Por supuesto. ¿Dónde cree que se ha metido?
—¡Esto parece un tanatorio, por Dios! —exclamó Adriana, sin poder contenerse.
—Señorita, si lo que busca es la sala donde trabajan los forenses, la encontrará al fondo a la izquierda; pero, por favor, no grite ni sea tan exagerada.
—Yo no busco nada. Me están esperando a mí.
—¿Y usted quién es, si puede saber? —inquirió, malcarada.
—Adriana Rizzo.
—Un momento, por favor.
Descolgó el teléfono y susurró unas palabras en voz muy baja.
Un minuto después, Adriana vio acercarse por el pasillo a un hombre alto y delgado que iba enfundado en una gabardina gris, no respetaba la prohibición de fumar
allí y caminaba con la cabeza hundida entre los hombros.
El comisario Carlo Marini se sorprendió al ver la belleza de la mujer que tenía enfrente. Se quedó prendado de sus ojos negros y almendrados. Por unos instantes,
no pudo articular palabra.
—Buenas tardes, señorita, soy el comisario de policía Carlo Marini —y le estrechó la mano. Ella acercó la suya temblorosamente.
—Buenas tardes. Yo soy Adriana Rizzo, y no sé qué hago exactamente aquí. Debería estar dando clases en otra facultad…
—Le ruego disculpe las prisas y las pocas explicaciones que le han dado, pero necesitamos sus conocimientos.
—¿La policía me necesita?
—Sí, señorita. Anoche se produjo un asesinato, y mis conocimientos de criminología me dicen que hay unos motivos oscuros y extraños que no logro entender.
—¿Qué es lo que no entiende?
—Encontraron a la víctima en la Fontana del Tritone en una posición grotesca, como si imitase a la estatua mitológica de la fuente.
—¿Con una caracola entre las manos? —aventuró ella.
—No. Con un embudo por el que seguramente le introdujeron el agua que lo ahogó.
—Entonces, ¿lo mataron allí mismo?
—Salvo que el forense nos dé una sorpresa al respecto, lo más seguro es que lo ahogaran en otro lugar y se lo llevaran luego hasta el sitio donde encontramos su
cuerpo.
—Ya entiendo. ¿El asesino quiso imitar una escultura?
—Exacto. Una escultura barroca, añadiría yo.
—Sí, barroca. Pero si este es solo su primer asesinato, no podemos saber si tiene una fijación por el Barroco, ¿verdad?
—Visto así, puede ser. Pero créame, no cabe duda de que el asesino es un psicópata. Hay algo que le atrae del lugar donde dejo el cadáver. Es como si su mente
interpretara el arte de otra manera. Bueno, quizás me equivoque. Por eso la necesitamos. La policía puede emplear todas las técnicas y procedimientos de investigación
en criminalística, pero estamos huérfanos en conocimientos de arte.
—Bueno, no se apure: de momento, ya sabe más que yo, que apenas me acabo de enterar. Lo único que se me da bien es entender el arte, y el barroco en especial.
—Por eso hemos buscado a quien más sabe de esto.
—Gracias.
Aquello hizo ruborizarse a Adriana.
Mientras recibía el cumplido, vio aproximarse por el pasillo a un hombre de edad avanzada que parecía hablar solo mientras se tocaba cuatro pelos de la cabeza y
no despegaba la mirada del suelo.
—Trabajo finalizado —anunció el forense Ciro Cappuccio, y se sorprendió también con la belleza de la mujer que tenía enfrente—. Es un placer ver a una señorita
tan hermosa en un lugar tan lúgubre como este.
—Gracias por el halago. Siento que nos hayamos conocido en un sitio tan feo —replicó ella con ironía. Se dieron un apretón de manos.
—¿Alguna novedad, señor Cappuccio? —le interpeló el policía.
—Sí. No solo habían ahogado antes a la víctima en otro lugar, sino que además lo hicieron con agua de lluvia. Pero hay más. También lo violaron poco antes de
asesinarlo. Por cierto, olvídense de huellas dactilares: no encontré nada.
—¡Vaya! Eso cambia algo la perspectiva. Hemos hecho averiguaciones esta mañana, y el joven estuvo anteanoche en una conocida discoteca de la ciudad. ¿Hay
restos de semen en el cadáver?
—La respuesta es que no, pero… ¿era una discoteca de ambiente gay? —propuso el forense.
—No. Si el asesino deseaba cometer un delito tan terrible con ese joven, no necesitaba buscarlo en un ambiente concreto. Quizás le gustó y decidió llevárselo a su
casa.
—Entonces, ¿serían los dos homosexuales? —planteó Adriana.
—Ni lo descarto ni lo afirmo. Tengo una foto reciente de la víctima, tomada unos días antes de que lo asesinaran.
Y se la mostró a Adriana.
—Sin duda era un tipo muy guapo. Yo me habría sentido atraída por él de no ser por…
Adriana no se atrevió a acabar la frase.
—Algo parecido he pensado yo. Quizás la belleza sea el leitmotiv del asesino.
—Dígame una cosa, comisario, y no me enseñe más fotos: ¿cómo encontraron al fallecido en la fuente, vestido o desnudo?
—Desnudo.
—Me lo temía.
—¿Lo ve? Ya empieza a comprender más este asesinato. Estoy seguro de que usted nos será de mucha ayuda.
—Hay una cosa más que deberían saber. Es lo más extraño y sorprendente de este caso. Yo les digo lo que hay, y ustedes ya lo investigan. El muerto llevaba
marcada una letra en su espalda. Se la hicieron con un objeto punzante. La letra que se podía leer en su piel es la M.
Los tres siguieron un largo tiempo hablando en aquel inhóspito lugar, lleno de paredes feas y sucias, pasillos desolados y silencio sepulcral.
No habían mencionado el nombre de la víctima. Se trataba de Giovanni Latini, un joven de clase acomodada, cosa que hizo a la policía espabilarse para averiguar
más cosas del asesino.
***
Me vengaré de todos vosotros. De los que dicen lo que está bien o lo que está mal. De lo bello o lo que deber ser ocultado. De los que actúan en nombre de la
moral y cometen delitos de manera hipócrita. De los que creen y de los que no creen. De los que nos separan en sexos diferentes. De los que pecan o solo sueñan con
hacerlo. De los que crean belleza y también desgracia. De los que detentan el poder o, por el contrario, pasan por la vida como unos verdaderos desconocidos.
Mientras os contemplo a todos, pienso en millones de maneras de mataros. Yo solo soy digno de cambiar las cosas. Sin mí, la decadencia y el final están
asegurados. Yo soy el nacimiento y la muerte, y viceversa.
***
La Lambretta superó otra vez la enésima prueba: regresar a casa superando rampas que a Adriana le parecían infranqueables con aquella motocicleta tan vieja y
achacosa.
«Estás en una tercera edad envidiable, por mucho que te lamentes», le dijo a la Lambretta; seguía sumida en sus pensamientos. En cuanto hubieron llegado al barrio,
Adriana compró algo por la calle para llevarse a la boca y, sin perder un momento, subió a casa decidida a investigar. Una palabra se repetía en su mente : Tritón.
La historiadora del arte sabía muchísimas cosas relativas a los tritones, pero se dijo a sí misma que debía de empezar de cero, como si en vez de ser una erudita
fuera una ignorante. De no obrar así, cabía la posibilidad de que se le pasaran por alto pequeños detalles que tal vez tuvieran una importancia decisiva para su análisis.
Puso a hervir el café mientras le daba un mordisco a un trozo de pizza margarita que había comprado en la calle. Mientras el ordenador se encendía, bajó de las
estanterías unos cuantos libros. Se dijo que leería los que le aportaran información, aunque tenía miedo de perderse entre tanta documentación.
Cuando vio brillar la pantalla de inicio de su PC, decidió que ir al grano y buscar en el ciberespacio era mejor que perderse entre libros.
«No será lo más académico, pero me puede llevar más rápido al meollo del asunto en el que me ha sumido esta gente.
»Tritón. Está claro que el asesino escogió la fuente del tritón por algún motivo especial, o quizás por más de uno.
»Los tritones eran dioses del mar en la mitología griega. Utilizaban caracolas enormes que hacían sonar para espantar gigantes, y de este modo se imaginaban que
eran poderosas bestias salvajes.
»En mi opinión, el asesino se cree un ser todopoderoso, un dios. Si es un psicópata, tal como afirma el comisario, no solo no es ajeno a la megalomanía sino que
esta lo define a la perfección. Creerse superior y perpetrar asesinatos tan brutales lo rebajan casi al nivel de una bestia, como cuando los tritones intentan espantar
gigantes con sus caracolas desmesuradas. No nos hallamos ante una persona, aunque lo sea. Es un ser abominable.»
Adriana se sentía satisfecha por las deducciones que había hecho a partir de un par de premisas.
«Pero ¿por qué utiliza la representación escultórica de un tritón en vez de hacerlo de otra manera? ¿Será un amante del arte? ¿Habrá sido compañero mío de
facultad? Noto un gran poder en la fuerza con la que intenta transmitirnos sus pensamientos delirantes a través del arte. Creo que volverá a matar. De hecho, este es su
primer asesinato; al menos, el primero del que se tenga constancia.
»Primero, primero. —El adjetivo retumba en la mente de Adriana—. ¿Dónde acabo de leer eso?»
La joven historiadora del arte releyó por enésima vez las páginas que hablaban de tritones, de mitología y del maestro Bernini. Aunque ella misma era una
enciclopedia andante del Barroco, por mucho que leyera no acababa de encontrarle un hilo conductor a todo aquello.
«Debo eliminar mucha paja e ir al grano, buscar nexos, o de lo contrario estaré perdida. Primero…, primera…
»¡La primera fuente que esculpió Bernini fue la del Tritón, de la Piazza Barberini! Ese ser infame ha escenificado ahí el primer asesinato. No es ninguna casualidad.
Son las primeras grandes obras de un maestro y… un asesino cruel.»
Un joven aparecía asesinado imitando el movimiento de un ser mitológico inmortalizado en piedra escultórica por… ¡encargo de un papa! En concreto, de Urbano
VIII, quien antes de serlo se llamaba Maffeo Barberini.
«No podemos descartar que haya una conexión entre arte e Iglesia, y en eso soy la número uno. —Al pensarlo, sonrió frente a la pantalla del PC.
»Al asesino le gusta el arte, de eso estoy segura. Pero ¿cómo interpreta su cabeza enferma el Barroco? Por un instante, Adriana sintió una especie de corriente
eléctrica por el espinazo que la perturbaba, pues acababa de ver un nexo inquietante.
»¿Y si en realidad no le atrae? En el siglo XVIII, el Barroco era sinónimo de ‘absurdo’ o ‘grotesco’.
»La escena de ese inocente sacrificado a los pies de tritón era de lo más grotesca.»
La joven ignoraba que el comisario Marini ya había utilizado esa misma palabra el día anterior en cuanto vio el cadáver en Piazza Barberini, y no solo cuando habló
con ella. Adriana seguía pensando que el asesino se sentía muy emocionado por todo aquello que mostrase belleza.
Adriana buscó información incluso en los clásicos. Los tritones aparecían citados en estos términos en un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio:
Ya Tritón, a su llamada, aparece
Por encima de las olas; luce ropa tiria;
Y en su mano una trompeta retorcida lleva.
El soberano le pide que inspire pacíficos sones,
Y dé a las olas la señal para retirarse.
Su retorcida concha coge, cuya estrecha abertura
Crece poco a poco hasta hacerse grande,
Entonces sopla; el toque con sonido redoblado
Recorre el amplio circuito del mundo entero:
El sol lo oyó el primero, en su temprano este,
Y encontró los ecos vibrantes en el oeste.
Las aguas, escuchando el rugir de la trompeta,
Obedece el mandato, y abandona la orilla.
«Cuando se hacía sonar la enorme concha se pretendía calmar las olas del mar, o elevarlas. —Para eso existían los tritones, se recordó Adriana—. Y también
ahuyentar a los gigantes. Pero esto yo ya lo sabía.»
La historiadora se quedó pensativa.
Con el tiempo, el nombre y la imagen de Tritón llegaron a estar asociados con una clase de criaturas parecidas a las sirenas, los tritones, que podían ser masculinos
o femeninos, y que solían formar el cortejo de divinidades marinas.
Adriana seguía pensativa pero no conseguía salir de su bloqueo. Trató de centrarse en las dos imágenes: la de la Fontana del Tritone y la fotografía que le habían
mostrado del joven engullendo un embudo.
«Parecen las dos caras de una misma moneda. El tritón se vale de sus inconmensurables fuerza, vida y belleza para expulsar agua a través de la caracola. En cambio,
ese pobre joven sin vida traga agua hasta perderla.
»Veo aquí cierto conflicto entre amor y odio, entre lo bello y lo grotesco. La vida y la muerte. El asesino se inclina por esta última. El asesino está frustrado, la
frustración lo lleva a la violencia, y esta lo convierte en máquina de matar.
»¿Qué es lo que le frustra? ¿Será un frustrado estudiante de historia del arte que se venga así de la vida?»
Otra descarga eléctrica le recorrió la espalda de arriba abajo.
Volvió a dejar los libros, que apenas había tocado excepto para leer a clásicos como Ovidio. Apagó el ordenador y se dirigió a la habitación. Pasó antes por la
ducha. La ropa cayó al suelo, a un lado del plato, y descubrió un cuerpo bello, delgado y delicado. El jabón y el agua templaban y jugueteaban con la piel de Adriana. Se
relajó. Se sintió bien por cómo había afrontado ese día. Se secó el cuerpo y lo cubrió con una bata negra.
Se acurrucó entre las sábanas de la cama e intentó dormirse con la luz encendida de la mesita. Tan solo un pensamiento le inquietaba:
«¿Y si el asesino fue compañero mío de facultad?»
***
El polen primaveral y la adicción al tabaco le parecían al comisario Carlo Marini peores enemigos que el autor de aquel brutal asesinato en Piazza Barberini. Si en la
Facultad de Medicina no respetaba la prohibición de fumar, en su propia comisaria en Via Maurizio Arena, mucho menos. Situada en el barrio de Montesacro—Talenti,
al este de Roma, a ella iban a parar innumerables casos delictivos del centro turístico de la ciudad. Y esa situación sacaba de sus casillas al comisario.
«Estos políticos cabrones tienen la culpa de todo. Yo me tengo que comer todos los marrones, incluidos los del centro», pensaba Carlo Marini. Sin embargo,
aquella nueva mañana tenía a todo su equipo trabajando. Los quería en tensión, como si fueran sabuesos en busca de una nueva presa.
Salvatore Paolini era el más joven de todos, y el más eficiente. Gracias a él, ya sabían que las tendencias sexuales de Giovanni Latini, la víctima violada y ahogada
con agua de lluvia, eran marcadamente heterosexuales. El policía no encontró ni un atisbo de bisexualidad cuando le preguntó a su entorno.
Así pues, el comisario apenas tenía unas pocas evidencias: que el asesino era hombre, tal vez corpulento, y con la mente lo suficientemente enferma como para
cometer un crimen así. ¿Sentía adoración por el arte? Esa cuestión se la dejaba a Adriana, en quien no paraba de pensar.
«Qué bella es. La voy a obligar a colaborar con la investigación, porque sin duda será de gran ayuda, pero también porque me da la gana.»
Sonrió al pensar aquello, solo, en medio de la comisaria, y su rostro adquirió un matiz entre villano y barriobajero.
***
Mientras, una joven policía rubia no tan agraciada físicamente no paraba de llamar por teléfono haciendo averiguaciones.
—No —le había respondido Giorgia Mirante cuando el comisario le ordenó que investigara si se había cometido algún crimen de esa naturaleza, o bien en Roma o
bien en cualquier otro lugar del país, recientemente o en los últimos años.
«Bien. Debemos estar ante un nuevo actor. Su escenificación es apabullante, tanto como su crueldad. —En ese momento recordó un par de pinceladas que Adriana
le había dado sobre el Barroco—: Fue una cultura de la imagen en la que todas las artes confluyeron para crear una obra total, una estética teatral, una escenografía en
manos de un poder dominante.
»Este tipo se cree un artista, pero es solo un pelagatos asesino y enfermo.»
El comisario le había ordenado a uno de sus policías que buscara a Adriana con total discreción. Cuando ambos aparecieron por la oficina, todos los policías allí
presentes se quedaron atontados al verla.
«Eres una belleza, no sé si barroca, pero sí muy italiana», pensó para sí el comisario al verla, y esbozó una sonrisa.
—Buenas tardes, señorita… —hizo como si no recordase el apellido— Rizzo.
—Buenas tardes, comisario —respondió ella, con tono serio. Se sentía incómoda en aquel lugar.
—¿Cómo ha pasado las últimas horas desde la última vez que nos vimos? —Y se encendió un nuevo cigarro.
—Tensa. Esa sería la palabra justa.
—Sí, bien, entiendo que la escena del crimen es algo tétrica.
«Y a mí qué me cuentas, imbécil. Yo no estuve en el lugar del asesinato. Fuiste tú quien me enseñó esa fotografía», pensó ella.
El comisario seguía hablando, prácticamente embarcado en un monólogo. Al darse cuenta, empezó a preguntarle:
—¿Y usted? ¿Ha averiguado algo?
—Muy poco.
—¿Cuánto es poco para usted?
—Lo suficiente como para saber que estamos ante una persona trastornada. Es un megalómano.
—Bueno, a esa conclusión también soy capaz de llegar yo —replicó, con tono despectivo.
—Entonces, si no soy capaz de aportarle nada más, ¿me puedo ir?
—Ni lo sueñe. Veo que hoy no está tan locuaz como ayer. ¿Ha pasado algo nuevo?
—Tengo miedo.
—¿Que tiene usted miedo? —El comisario hizo un verdadero esfuerzo para no reírse.
—Sí. Lo reconozco, así que cuanto antes lo sepa usted, antes me iré de aquí.
—Eso lo decido yo. ¿De qué tiene miedo?
—Bien. Seré directa. Tengo miedo de que el asesino haya sido compañero mío de estudios.
—¿Y de dónde ha sacado esa conclusión?
—Del interés que le despierta el arte barroco al asesino, y de la fuerza delirante en que lo transmite.
—No se preocupe por eso. Podemos rastrear toda la gente que usted nos diga, ya sea en su facultad o en otras. Escríbame en este pedazo de papel en qué año se
licenció y cuándo acabó el doctorado.
Le pasó una enorme hoja en blanco.
Adriana apenas apuntó un par de años, lugares y nombres.
—¡Salvatore! Quiero lo antes posible un listado de los varones que hayan estudiado en esta facultad o facultades, así como sus perfiles laborales, psicológicos,
familiares o de lo que sea. Ya me entiendes.
—¿Quién le ha dicho que el asesino es un hombre? —La voz de Adriana pareció renacer.
—Señorita, sodomizaron a la víctima antes de morir. No quería recordárselo.
—Sí, tiene razón. ¡Este asesino es una bestia! Quiere ser un dios como Tritón, quiere espantar a los gigantes como en la mitología. Qué pobre desdichado ha sido el
hombre a quien mató, bastante cruz llevaba con ser gay.
Parecía como si Adriana hubiera perdido la cabeza por un momento al expresar unas ideas tan conservadoras.
—Pero ¿qué dice, señorita? Nuestra víctima era un machote. Cien por cien heterosexual.
Aquella frase transmitió la misma sensación que la de Adriana.
—Entonces sí que no entiendo nada. —Y Adriana pareció sumirse en un silencio angustioso.
—Tranquila. Lo solucionaremos. ¿No es usted la experta número uno en el Barroco? No hay asesino que burle mis pesquisas, y ya llevo casi veinticinco años
haciendo lo mismo.
La conversación prosiguió en un tono más distendido, e incluso Adriana se relajó y tomó asiento.
Salvatore Paolini no soltaba el teléfono. Hizo varias llamadas. Giorgia miraba a Adriana sin dirigirle la palabra.
Adriana y Carlo Marini aventuraron hipótesis acerca del hecho de que la víctima también fuera torturada con la incisión en su espalda de una letra M. No llegaron a
ninguna conclusión. Esa letra podría significar cualquier cosa, y quizás deberían esperar más para saber.
El comisario le hizo saber a la muchacha que al día siguiente enterrarían a la víctima en el Cementerio Civil de Roma, y que habría policías de paisano para observar
cualquier posible indicio, igual que lo llevaban haciendo en las últimas veinticuatro horas. Le parecía más probable que el asesino estuviese en el entorno familiar; la
experiencia era la que le hablaba. Pero no descartaba lo que ya era una realidad: una nueva línea de investigación, es decir, posibles compañeros de facultad de la joven
profesora.
***
Salvatore Paolini consiguió lo imposible en tan solo tres días: reducir el número de sospechosos a dos. Se le presentó la dificultad añadida de tener que escudriñar
en dos universidades distintas. Adriana terminó sus estudios en La Sapienza de Roma, aunque el primer año lo había cursado realizado en la Universidad de Perugia.
Trasladó el expediente, defraudada por las expectativas generadas en su primer año lectivo, pues lo que allí se enseñaba era escaso y de interés reducido. Si lo que
realmente le interesaba era el arte, y en especial el Barroco, no tenía otra opción que irse a estudiar a la capital.
Los perfiles académicos, psicológicos, familiares y sociales llevaron de cabeza a toda la comisaria y también a policías de otros lugares. Dos nombres saltaron de la
lista y se convirtieron en investigados: Antonio De Sanctis y Mateo Martori.
El primero había dejado la carrera en segundo curso. Era un hombre conflictivo dentro de la facultad, y posiblemente también fuera de ella. Trastorno comprobado:
sociopatía.
No solo había transgredido normas en la universidad, sino también fuera de ella. No sentía remordimiento alguno por sus actos. La empatía era un sentimiento
desconocido para él. La violencia era un recurso que mostraba muy a menudo en público.
El segundo sujeto provenía de una familia desestructurada. Aunque tenía familiares, Mateo Martori había crecido solo. Eso lo convirtió en un ser aislado y colérico,
con tendencia a la agresividad. Finalizó los estudios en historia del arte, pero lo único que se sabía de él era que se ganaba la vida vendiendo por las calles las pinturas
que creaba en un viejo taller heredado de su padre. La calidad de su obra era tan ínfima que provocaba en él una frustración permanente. En las calles prácticamente
asediaba a los viandantes para que comprasen sus cuadros faltos de talento.
A todo ello cabía añadir que los últimos años le habían diagnosticado un grave trastorno psiquiátrico: esquizofrenia. Eso ayudaba a explicar su violencia, aunque
cuando se mantenía medicado durante largos períodos de tiempo se convertía en una persona sedada. Apenas hablaba ni se alteraba. Su enfermedad empezaba a dibujarle
unas ojeras evidentes, así como un rostro desmejorado y una mirada perdida.
Salvatore Paolini reunió dos grupos de policías, algunos de ellos venidos de fuera de Roma. El objetivo de cada grupo consistía en localizar a uno de los
sospechosos y efectuar un seguimiento durante las veinticuatro horas del día.
Fue relativamente fácil encontrar a Mateo Martori por las calles de Roma. En Piazza di Spagna, junto a la fuente La Barcaccia que inmortalizó Bernini, Mateo
vendía sus cuadros en uno de los lugares con más turistas por metro cuadrado de la ciudad.
Los ayudó el hecho de que se tratase de una plaza pequeña y la fuente ocupase su espacio central. Solo los turistas parecían liberarse de la estrechez subiendo la
escalinata que lleva hasta Santa Trinità dei Monti. Las vistas espectaculares acallaban a los turistas… salvo cuando los que subían hasta los pies de la iglesia eran grupos
de adolescentes con su jolgorio . En contadas ocasiones se utilizaba la escalinata en horario vespertino para hacer elegantes pasarelas de moda.
Mateo Martori había extendido sus últimos lienzos a un par de metros de la Barcaccia. También él estaba sobre el pavimento de losas de la calle con la mirada
perdida, como vencido.
Una de las policías de paisano se le acercó simulando ser una turista procedente del sur de Italia: conocía bien el acento, y pudo pasar por siciliana o calabresa.
Fingió interesarse por uno de los lienzos, aunque le fue difícil: todos le parecían horrendos. Intentó ser amable. No quería empezar con mal pie predisponiéndolo
en su contra.
Mateo parecía ausente. Se limitó a recitarle el precio mientras dejaba vagar la mirada por la escalinata. Mateo parecía perdido pese a la insistencia de la joven.
«¿Estará drogado? Luego les pregunto a mis compañeros si este tipo toma alguna medicación, porque demuestra una abulia preocupante. No me imagino a alguien
en este estado cometiendo un asesinato tan brutal», pensó la agente de policía.
Se fue hacia un extremo de la plaza y comentó con unos de sus compañeros la impresión que tuvo al hablar con él.
—Dejémoslo. Seguramente no es él. Además, no concibo que un asesino se exponga en un lugar público como este.
Mateo Martori siguió perdido en sus pensamientos mientras los turistas se esforzaban en esquivarlo para acceder a la fuente o subir las escaleras de Santa Trinità.
Esa misma tarde, cuando la noche ya se intuía porque la oscuridad ganaba terreno y los transeúntes desaparecían de las calles, el otro equipo de policías buscaba a
Antonio De Sanctis al sur de la ciudad, muy cerca de Cinecittà.
Cinco de ellos habían localizado el lugar donde solía pernoctar y dedicarle bastantes horas a alguna actividad que los policías no tenían del todo clara.
El jefe del grupo de operaciones dio una orden de actuar: «Adelante». Cuatro antidisturbios subieron las escaleras portando ametralladoras y cascos.
—¡Policía! —se oyó un segundo antes de que trataran de echar abajo la puerta. De Sanctis cogió un pequeño ordenador portátil y salió por la terraza que daba
justo al patio del edificio contiguo.
La puerta de entrada se les resistió demasiado. Y esos segundos preciosos convirtieron el efecto sorpresa en una persecución. Los policías hicieron lo mismo, pasar
de una terraza al patio contiguo y de ahí a unas escaleras que subían por una pared hasta lo alto de otro edificio.
De Sanctis parecía ágil y en buena forma. La noche oscurecía los tejados rojizos y las paredes anaranjadas de Roma. La sombra de quien en otro tiempo fuera
estudiante de arte brincaba en su huida sin que sus perseguidores lo alcanzaran.
***
Se había acostumbrado a trabajar con frio. Tener calefacción era incompatible con diseccionar un cadáver en una autopsia. No obstante, la rutina había hecho mella
en el cuerpo del viejo profesor: Un colega de la universidad que, como él, compatibilizaba la medicina y la docencia le había diagnosticado artritis reumatoide.
«Estos dolores son culpa de la edad. Necesito jubilarme ya.»
Esos eran los pensamientos recurrentes de Ciro Cappuccio de un tiempo a esa parte. Y la úlcera, y una sordera leve. Demasiados achaques para un hombre que
siempre había vivido bien, con la salvedad de que debía ver muertos a diario. También el trabajo le había agriado el carácter, aunque no era del todo consciente de ello.
Creía ser el mismo que tres décadas antes, pero en realidad era un gruñón insoportable que solo trataba bien a sus cadáveres.
«Sesenta y dos años son suficientes para jubilarme.»
Y su bisturí hizo un fino corte vertical en el abdomen de otro adulto que había fallecido ese día en extrañas circunstancias. Le tembló el pulso justo al finalizar el
corte. Pudo distinguir como la tenue luz de la sala cambió por un segundo.
Cuando se dio la vuelta apenas pudo ver un rostro encapuchado que compartía con él la solitaria sala. El Ser Imperfecto vestía como el día en que había cometido
su primer crimen. Una sudadera oscura que finalizaba en lo alto en una capucha que le cubría la cabeza.
—No pensaba que tuviera que matarte. No entraba en mis planes, pero destruyes mis obras. Lo supe antes de que lo hicieras: yo también estaba allí. Te voy a dar
el castigo que mereces —dijo mientras oprimía con fuerza la boca y la nariz del profesor.
Siguió apretando mientras su placer aumentaba y su excitación rayaba lo delirante. El cuerpo del viejo profesor se retorcía y se inclinaba hacia atrás. La vida se le
estaba escapando por segundos. Ambos se miraron fijamente a los ojos. Al final, la falta de respiración provocó un paro cardíaco. Esta vez los ojos ya no miraban, se
habían quedado tan tiesos como el cuerpo del Dottore Ciro Cappuccio.
El Ser Imperfecto dejó el cuerpo sobre el suelo y fue en busca de otra cosa. Revolvió puertas y cajones hasta que por fin lo encontró: cloroformo. Sonrió.
Se guardó el frasco en una pequeña mochila que colgaba de sus hombros y dijo:
—Abyssus abyssum vocat in voce.
Aquel ser perturbado no tenía la intención de descansar. Después de cometer un pecado, él mismo se emplazaba al siguiente.
***
¡Qué paz sentía el comisario Carlo Marini cuando se tomaba el café de las ocho de la mañana en su despacho! Se estaba saltando la prohibición de su médico, que
le impedía tomar café, alimentos ácidos y comidas pesadas. De lo contrario, su estómago seguiría quejándose. Pero él no le hacía caso a nadie.
Esbozó una sonrisa poco habitual en él. Parecía fantasear con Adriana Rizzo, imaginando las cosas que creaba su sistema límbico.
El teléfono sonó mientras paladeaba el segundo sorbo de aquel café.
—Comisaría Montesacro-Talenti.
—Dottore —así lo solían llamar Salvatore Paolini y demás personal de la comisaría—, a medianoche entramos en el domicilio de uno de los sospechosos, Antonio
De Sanctis, pero se nos escapó. Algunos agentes pudieron ver que huyó a toda prisa con un objeto de tamaño mediano. Parece que el tipo estaba en forma porque no
hubo manera de pillarle.
—¡Pero qué inútiles, por Dios! ¿Crees que el sospechoso era la persona que buscamos?
—Para serle sincero, no, comisario.
—De acuerdo. Me fío de tu intuición. De todas maneras, quiero que detengan a ese tipo en las próximas horas. Si estaba huyendo, por algo sería.
—Muy bien, jefe. Dudo que hoy me pase por la comisaría. Hasta mañana. —Y colgó el teléfono, cosa que el comisario agradeció a esas horas.
El mismo teléfono volvió a sonar.
—Comisario Carlo Marini al habla.
—Señor comisario. Lo llamo desde la Facultad de Medicina. Ha ocurrido una desgracia. Acabamos de encontrar muerto al doctor Ciro Cappuccio.
—¡Dios mío! ¿Cómo ha sido eso y cuándo?
—Ha debido de ser esta noche. El doctor solía quedarse trabajando hasta muy tarde, incluso hasta la media noche.
—¿El cuerpo lleva marcada alguna letra hecha con algún objeto punzante?
—No lo sé, señor. Lo más probable es que el doctor haya muerto por asfixia. Lo hemos encontrado en el suelo de la sala donde estaba trabajando. No hay sangre
por ningún lado.
—Muy bien. Voy para allá.
Y colgó.
El teléfono volvió a sonar.
—¡He dicho que voy para allá! —se le oyó gritar cuando otros agentes se incorporaban al trabajo de oficina.
—Do… do… —Una voz tartamuda pareció oírse del otro lado del hilo telefónico.
—¿Quién coño está llamando? —soltó malhumorado.
—Soy Totò. De la comisaria de los Carabineri de Roma—Centro. He descubierto una cosa sorprendente, Dottore Carini.
—Marini, me apellido Marini. Pero ¿qué me está contando?
—Yo estaba con usted el otro día cuando les hacíamos las fotos al cadáver en Piazza Barberini.
—Muy bien. ¿Y eso qué importa?
—De… de…
El tartamudeo no se le iba.
—Acabe ya, coño.
—Debido a un error, no solo hice fotos sino que también he grabado vídeos. Filmé el gentío sin pretenderlo, cuando la gente se agolpaba frente a la fuente.
Dottore…, había un tipo muy extraño observando muy cerca de usted, y luego se fue. ¡Tengo el vídeo, comisario!
—Muy bien, tráigalo ahora…; bueno, o mejor después, que debo salir. Bueno, da igual, tráigalo cuando quiera y déselo a la agente Giorgia Mirante.
El comisario Carlo Marini fue con su nuevo Fiat hasta las puertas de la facultad. Una ambulancia estaba allí. También había estacionado, al parecer con calma.
«Alguien tendrá que hacerle la autopsia al forense. Pobre desgraciado, acabar así, asesinado en su propia facultad, y probablemente diseccionado por alguno de sus
colegas. Dado que no hay ninguna marca que recuerde al otro asesinato, ¿debemos pensar que se trata de un asesino distinto?
Tal vez se tratase de una deducción de lo más sencillo, pero no le quedaba nada clara.
Llegó a la pequeña sala donde se hallaba el cuerpo del doctor, y se lo encontró en el mismo lugar donde el Ser Imperfecto lo había dejado, tirado en el suelo.
—Hagan el favor de subirlo a esa camilla.
—No hemos querido tocar nada hasta que viniera usted.
—¿Y aun así ya saben de qué murió?
—Casi con toda probabilidad, sí. Lo asfixiaron y lo dejaron tumbado boca arriba con suavidad. No murió de muerte natural. En tal caso, se habría golpeado con la
cabeza en el suelo, pero no da esa impresión.
—Está bien. Suban al muerto mientras me preparo para hacerle unas fotos.
Se sorprendió a sí mismo al referirse en esos términos al forense a quien tanto conocía. El muerto. También pensó por un instante en las fotos y vídeos que había
conseguido aquel carabinere medio anormal que lo acababa de llamar. ¿Esa llamada iba en serio, o parecía más bien el error de un inepto que entorpecía la labor policial?
Le hizo fotos de frente. Ladeado. Primeros planos de la cara y de la nuca. Las hizo todas después de que despojaran al cadáver de su ropa. No había ni marcas, ni
golpes, ni nadie había escrito sobre la piel del profesor ninguna letra como en el asesinato anterior. La sangre no había sido invitada al final del pobre profesor.
—Si no le importa, el doctor Cassini le hará la autopsia lo antes posible —le informó un joven médico.
—Por mí pueden empezar cuando quieran. Una pregunta. ¿No habrá cámaras de seguridad en esta facultad?
—Sí. Pero justo aquí no la hay. Tal vez en alguno de los pasillos, creo yo. Pregúntele al guardia de seguridad de la entrada.
El comisario Carlo Marini salió como un rayo y se dirigió a secretaría, donde estaba la misma mujer del otro día. Puso una cara tan seria como la de la mujer del
mostrador con la intención de ganarse la respuesta a su pregunta.
—Por favor. El guardia de seguridad. ¿Dónde puedo encontrarlo?
La mujer ni habló ni pestañeo. Extendió un brazo y marcó con el dedo índice el final de uno de los pasillos.
Carlo Marini seguía de aquí para allá. Le pareció distinguir una garita y fue hacia ella. El guarda solo habló cuando vio al comisario a cosa de un metro de él y con
un gesto grave.
—¿En qué lo puedo ayudar?
—Necesito saber dónde hay cámaras de vigilancia por aquí. Especialmente las que estén cerca del lugar donde han hallado el cuerpo del doctor Cappuccio.
Omitió el detalle de que tal vez lo habían asesinado.
—Acompáñeme.
Volvieron a perderse entre pasillos y puertas que daban a otros pasillos.
—Esa es una —le indicó el guarda.
—Muy bien. ¿No hay otra más cercana al lugar del…? —Había estado a punto de decir «crimen», pero se contuvo.
—Sí. Tendremos que dar la vuelta a esta planta. Como ve, tiene una forma octogonal algo extraña. Si no recuerdo mal, hay que tomar el camino inverso que también
lleva a la sala y, en una esquina y en lo alto, verá una cámara muy disimulada.
A medida que daban la vuelta empalmaban, uno tras otro, tres cortos tramos de pasillo que giraban a la derecha, y de repente:
Patapam.
Carlo Marini vio el artilugio que pendía de un vértice de la pared.
—Esa cámara. Enfoca directamente a la puerta de entrada donde trabajaba el doctor Cappuccio. ¿Funciona?
—Creo que sí.
—Enséñeme entonces lo que ha registrado hace unas doce horas.
Volvieron a la garita, en cuyo interior había otra puerta que se abría con llave. A continuación, el guarda le mostró una sala llena de pantallas. Eran monitores en
blanco y negro que filmaban pasillos, entradas, y algún que otro recoveco de la facultad.
—Veamos…
Y fijándose en un monitor conectado a un PC, fue seleccionando opciones.
Cuando pudo acceder a los registros de aquella cámara pulsó sobre la opción de retroceder, y lo puso a una velocidad de x32.
Así lo dejó durante unos minutos, hasta que policía y guarda de seguridad vieron un movimiento que rompía la monotonía. Debió de ser apenas una milésima de
segundo, pero no escapó a su vista.
—Vuelva hacia delante y repítalo, pero más despacio.
Las imágenes ahora pasaban solo a una velocidad de x8.
La escena previa al crimen se intuía, pero se les había vuelto a pasar debido a la velocidad de reproducción.
—Y ahora, repítalo pero a tiempo real —le suplicó el comisario.
Entonces lo vieron: un encapuchado enfilaba el pasillo y entraba por la puerta donde estaba trabajando el forense. El monitor marcaba las doce y diez de la
madrugada.
En ese preciso momento sonó el móvil del comisario:
—Dottore, soy Paolini. Acabamos de ver una grabación que hizo un carabinere en Piazza Barberini. ¡Tiene que verla! ¡Hay un tipo extraño que se comporta de
una manera singular!
—¿Lleva una capucha que le cubre la cabeza?
—Sí, señor. Pero ¿cómo sabe eso? Aquí el miembro de los carabineri y yo estamos discutiendo acerca del gesto que hace ese tipo antes de darse la vuelta y
largarse. Él dice que se santigua; yo, en cambio…
—Cállese, Paolini. Voy para allá, en cuanto tenga una copia de otro vídeo que estoy visualizando.
Y, con una pulsación de su Smartphone en modo táctil, dejó al joven agente de policía con la palabra en la boca.
***
La tesis doctoral de Adriana sobre la relación entre la Iglesia Católica y el Barroco era tan prolífica y novedosa que muchas otras universidades, especialmente las
italianas, se habían interesado por su contenido. Incluso alguna editorial estaba interesada en publicar aquellos trabajos de la historiadora. Pero de momento todo estaba
parado. A Adriana le asaltaba cierta sensación de fracaso. Ella soñaba con publicarla, e incluso tenía otras ideas en mente. Tampoco descartaba transgredir el rigor
científico y escribir alguna novela de ficción histórica.
Era cosa sabida que el siglo XVII había visto más guerras y violencia que en ninguna otra época de la historia del continente europeo. La vida se veía atormentada
frecuentemente entre el dolor y la muerte.
Ante el abismo en el que había caído la sociedad europea se necesitaba una exaltación de la vida que le resultara satisfactoria al hombre del Barroco. La Iglesia
Católica alentó la creación de templos con gran cantidad de esculturas pero evitando los desnudos y las escenas escandalosas. No siempre lo consiguió, pues la
provocación llegó al arte de forma recargada.
Sin embargo, la Iglesia quiso enardecer y emocionar a los devotos mediante estímulos psicológicos. Además, la Contrarreforma trataba de frenar la pujanza del
protestantismo por media Europa.
Según Adriana, la Iglesia no solo hizo una declaración de intenciones al promover el mecenazgo durante el Barroco, sino que además sometió sus ideas y
pensamientos a una especie de confesión abierta al mundo. El arte Barroco escuchaba todo lo bueno y lo malo, lo que se deseaba y lo que estaba prohibido, del mismo
modo que un sacerdote escucha a un pecador cuando se confiesa.
«Ego te absolvo», venía a decirle el Barroco a la Iglesia, convertido en un ente superior que la juzgaba y superaba creando arte in libertas. El artista del Barroco
estaba por encima del bien y del mal. Creaba belleza, en su condición de ser divino, aunque recibiera el mecenazgo de papas como Inocencio VIII.
Según Adriana, Gian Lorenzo Bernini, la figura principal del Barroco, era algo así como una divinidad humana. Estaba tocado por un don para crear belleza y vida,
y todo lo que no se le pareciese se consideraba sinónimo de muerte, pecado y vulgaridad.
Aquel ser abominable que asesinaba invocando las obras del gran maestro tan solo mostraba sus debilidades psicológicas, intentaba «ser», pero apenas se quedaba
en un vulgar pecador que buscaba la redención.
«Es posible que el asesino, no obstante su carácter megalómano, quiera que lo apresen para poder ser juzgado por sus pecados. Pero tal vez no haya llegado el
momento. Quizás esté creando una obra lo suficientemente amplia como para que lo rediman cuando sea apresado.
»El asesino seguirá matando.»
***
El tartamudeo de Totò y el aspecto rechoncho que presentaba enfundado en el uniforme de carabiniere dieron para unas cuantas risas antes de que el comisario
Carlo Marini volviera.
—¡Paolini! ¡Que sea la última vez que me cuenta por teléfono cosas importantes, sobre todo si no sabe ni dónde estoy ni qué hago! ¡A la próxima, o se espera o va
a hacer más guardias que todos sus compañeros juntos en un año!
La entrada de Marini fue tan fulgurante que convirtió risas en caras largas. El comisario solo tuteaba a Paolini en privado, y ante los demás compañeros guardaba
las distancias.
Cuando vio el aspecto del carabiniere de talla extragrande se preguntó qué estaba fallando en el país para que colocaran gente así en un cuerpo que se vanagloriaba
de ser militar.
«Si fuera una gran mente pensante, pase, pero me temo que todas sus miserias van unidas. »
Se lo quedó mirando con gesto compasivo y habló:
—A ver… Vengo de visualizar un vídeo del asesinato del forense Ciro Cappuccio y me decís que tenéis otro vídeo que muestra al mismo asesino a quien
buscamos. ¿Pero esto es una broma o qué?
—¿¡Han asesinado al doctor!? —gritó Giorgia, espantada.
—Sí. Esta madrugada.
—¿Es el asesino a quien buscamos? —preguntó Paolini.
—Dímelo tú, so listo, porque en realidad no acabo de ver la relación con el asesinato del otro día. Al doctor Capuccio lo asfixiaron, y no tiene ninguna marca en
forma de letra en la piel, ni ha muerto acompañado de ninguna escultura barroca.
—Do… do… Dottore —finalizó el carabiniere Totò—, es el mismo asesino.
El comisario se acercó a Paolini y le susurró al oído:
—¿Pero este hombre no tiene apellido?
—No lo sé, comisario, pero a los tontos muy tontos solo se los recuerda por el nombre —susurró con una sonrisa cínica.
—Está bien —sentenció Marini—, el asesino del profesor es un hombre alto y fornido. No pude ver su rostro porque lo oculta inteligentemente.
—¡Como el otro, como el otro! —replicó Totò.
—Cállese, Totò. Déjeme ver su vídeo, el que filmó en Piazza Barberini.
Emplearon más tiempo del necesario por culpa de la torpeza del carabiniere.
—Perdone, comisario, perdone. El vídeo ya se está cargando. Es que estoy algo nervioso.
«Sí, sí. Menudo zopenco estás hecho. Seguro que te dieron el puesto porque eres el hijo de algún pez gordo», pensó mientras le miraba con gesto irascible.
Paolini también se acercó. Los tres vieron el vídeo juntos.
Empezaron a reproducirse unas imágenes en las que Totò filmaba el cuerpo del joven asesinado tumbado en la fuente con tal torpeza que la imagen se le iba todo el
rato de izquierda a derecha.
Luego se oyó un ligero rumor de la gente expectante que curioseaba detrás. Otro carabiniere daba la orden de que se alejaran de allí. También se escuchaba la voz
de Totò diciendo lo mismo pero de forma menos convincente. Además, la grabación giró ciento ochenta grados cuando Totò quiso gesticular con la mano que le quedaba
libre para que la gente se alejara.
Entonces apareció medio cuerpo del comisario Carlo Marini y, a su lado, el doctor Cappuccio. Les sorprendió ver que detrás de este había un individuo
inquietante, que destacaba por su altura y se cubría la cabeza con la capucha de una sudadera una talla mayor de lo que demostraba su cuerpo.
—¿Lo ve, comisario, lo ve? —gritó Totò.
La imagen acababa de reproducir un gesto de aquel individuo, que dio media vuelta y se fue.
—¡Se ha santiguado, comisario! ¡Se ha santiguado después de haberlo matado!
—¡Pero qué dices, anormal! Está haciendo un gesto muy distinto —dijo Paolini con tono despectivo.
—Si no os calláis, os mando a los dos a tomar por culo. No he visto nada. Vuelve a pasar la imagen Totò.
Rebobinaron el vídeo hasta el inicio y los tres revisaron el momento filmado por aquel carabiniere

El asesino del barroco – Sergio Clavel

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