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El auditor de la muerte Kadir 1 – Iron Sherman

El auditor de la muerte Kadir 1 – Iron Sherman

El auditor de la muerte Kadir 1 – Iron Sherman

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El Procurador se sintió de repente como
aquel bravo toro de lidia de la corrida
que presenció en la Plaza de Las Ventas
en Madrid, en sus recientes vacaciones,
cuando el brioso animal de
cuatrocientos cincuenta kilogramos de
músculo y fuerza, herido con media
estocada de la espada clavada en su
sangrante morro, fue vencido por una
suerte taurina conocida como el
“descabello” — cuchillada profunda en
el cerebro del valiente astado—
causándole la muerte instantánea.
La monumental plaza es la más grande
de España y tercera en capacidad de
espectadores (más de 23,000), atrás de
los cosos de México y Venezuela,
utilizada también para presentación de
artistas de talla internacional, como
Shakira, The Beatles, Maná, Iron
Maiden, Raphael, Joaquín Sabina y
muchos más, hasta como cancha de tenis
para la Copa Davis.
En consecuencia, la Familia Weitzner
acudiría a la cena, escoltados por dos
ayudantes del Fiscal General.
El anfitrión se alegró de ver a sus
invitados, políticos, funcionarios,
diplomáticos, hombres de negocios,

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banqueros, todos acompañados por
hermosas esposas e hijas y apuestos
jóvenes de la mejor sociedad.
La crema y nata, pensó. Su mirada se
detuvo en la mesa de los amigos de
Álvaro, su hijo muerto.
El Magistrado Salvatore Gaetano, era un
Juez que había acumulado una larga
cadena de sentencias absolutorias a
criminales de la peor ralea.
Narcotraficantes, asesinos y toda suerte
de delincuentes millonarios, obtenían su
libertad por meras deficiencias de
procedimiento. Un arresto mal hecho,
sin orden previa, evidencia obtenida sin
las formalidades legales, declaraciones
y confesiones obtenidas por la Policía
con violencia o cualquier error por
insignificante que pareciera, era
aprovechado por los abogados
defensores para librar de la prisión a
sus clientes.
Por supuesto que con larga experiencia
en la Administración de Justicia,
fundaba cada caso de la manera más
conveniente. En ocasiones mostraba una
dureza ejemplar, condenando a un infeliz
con el máximo rigor, no porque aplicara
la Ley adecuadamente, sino por la
necesidad de disimulo.
Dueño de una gran fortuna, los fines de
semana vivía en una magnífica casa
situada en Lynnbrook, exclusiva zona
residencial del Condado de Nassau,
Long Island, elegante suburbio de la
ciudad de Nueva York. Era un pequeño
pueblo con grandes mansiones
arboladas, donde hacía años se habían
asentado numerosas familias de
ascendencia Italiana, Escandinava y
algunos Hispanos. El 220 de Maple
Avenue, era la casa de los padres de
Kadir, justo a media cuadra de la
residencia del Juez.
La familia del jurisconsulto sufría con
frecuencia agresiones verbales y físicas
del “Signore Gaetano” como gustaba
que le llamasen. Su esposa Enrica había
nacido en Calabria y su educación
campesina le había enseñado a soportar
el mal carácter y fuerza física del
marido, limitándose a sufrir en silencio.
Álvaro, hijo único, era también una
víctima y repetidas veces lucía
moretones, fracturas, hasta quemaduras
en la piel, como resultado de la “Justicia
Doméstica” aplicada en su hogar.
Álvaro, Kadir y Arturo, formaban una
terna cuya amistad provenía desde los
seis años, cuando se conocieron en la
escuela elemental. Se habían convertido
en niños inseparables, que eran casi
invencibles en básquetbol, béisbol y
fútbol.
Aquella tarde, a sus catorce años de
edad, el grupo de amigos había logrado
convencer a tres jovencitas de la
exclusiva Academia Sainte Monique
para su primera cita. Las habían invitado
a pasear por el lago.
En punto de las cinco de la tarde, las
tres agradables adolescentes se
presentaron en el lugar acordado,
luciendo todavía sus llamativos
uniformes escolares de tipo Escocés.
Las faldas a la rodilla, mostraban sólo
una parte de sus bien torneadas
pantorrillas de piel muy blanca, pues el
resto de la pierna era cubierto por una
gruesa media de color verde irlandés.
Los corazones se aceleraron al máximo
cuando sus amigas se acercaron y les
saludaron con un tierno beso en la
mejilla. Esperaron casi dos horas en el
embarcadero. Álvaro nunca llegó, ni
llegaría jamás a ningún lado, su padre,
lo había matado a golpes.
El funeral de Álvaro fue espectacular.
La ceremonia oficiada por el mismísimo
Arzobispo de Nueva York, reunió en el
cementerio a unas quinientas personas
de los más exclusivos círculos de
Abogados, Empresarios, Políticos y
Funcionarios Públicos, que llegaban en
una increíble caravana de lujosas
limusinas negras. El informe de la
autoridad, había dicho que Álvaro se
despertó en medio de la madrugada y al
bajar a la cocina cayó por las escaleras,
fracturándose el cuello.
Todos creyeron la versión del
“accidente”. Todos, menos Kadir.
Tenía escasos diez años cuando a
Gregor, su padre, lo nombraron
Consejero Militar adscrito al Consulado
General de México en Nueva York,
viviendo inicialmente dentro de la
ciudad en un departamento en Park
Avenue. Su madre, Doña Dolores,
extrañaba la pacífica vida suburbana de
la Ciudad de México donde tenía una
casa rodeada de bellos jardines,
salpicados por gran variedad de plantas.
Los geranios, rosas, claveles y
hortensias daban un hermoso
espectáculo multicolor, que Doña Lolita
se encargaba de mantener en máximo
esplendor.
Los añejos árboles frutales, Robles y
Sauces, completaban el bellísimo
entorno de su hogar, por lo cual, no
tardó mucho tiempo en organizar la
mudanza de su familia del atestado
centro de Manhattan, hacia Lynnbrook.
En las reuniones sociales del
Consulado, Kadir había conocido a
Arturo Garibay — hijo del Consejero
Cultural Mexicano— con el que entabló
una sólida amistad, pues Arturo era el
mejor estudiante de su grupo en la
Rockville School, acreditado plantel
donde asistían hijos de prominentes
personajes de los Negocios y del
Gobierno. Allí había conocido a Álvaro
Gaetano, el regordete hijo único del
“Honorable”, Juez de la Corte Suprema
de los Estados Unidos de América.
Recordaba las innumerables ocasiones
en que su amigo había faltado a clases,
argumentando toda suerte de
enfermedades inexistentes, que siempre
le dejaban cicatrices, sobre todo en el
alma. Álvaro creció siempre con el
temor a su padre, aunque lo respetaba y
puede decirse que hasta lo amaba, pues
nunca reveló a nadie, salvo a la pequeña
pandilla que formaban Arturo y Kadir,
los crueles castigos y torturas que su
padre infligía a su madre y a él.
La mamá de Álvaro, la Signora Enrica,
había muerto un año antes en
circunstancias no muy claras. Los
rumores en el vecindario decían que la
santa señora se había suicidado
ingiriendo barbitúricos que la llevaron a
un sueño del que nunca despertó. Hubo
versiones que aseguraban que había
fallecido a consecuencia de una
tremenda paliza que su esposo le había
propinado, por haberle echado a perder
el finísimo traje Ermenegildo Zegna
color azul, que iba a lucir en la
recepción que el Presidente de los
Estados Unidos ofrecería en Washington
D.C., con motivo del Día de la
Independencia.
Sea cual fuere la verdad, nunca hubo
denuncia ni delito qué perseguir. Su
cadáver fue cremado en ceremonia
íntima y sus cenizas enviadas a Italia,
eso sí, en una bellísima urna de madera
con incrustaciones de oro y plata.
Todo eso recordaba Kadir. ¿Cuántas
veces la Signora Enrica agasajó a la
camarilla con exquisitas comidas
Italianas y helados? ¿Y la gran variedad
de pastas que la señora preparaba en
enormes cantidades que los muchachos
devoraban con rapidez? La banda
echaba de menos a la Signora Enrica, no
sólo por las riquísimas comilonas, sino
por su gran bondad. Se pasó toda su
vida aconsejándolos y tratando sin éxito,
de convertirlos en verdaderos creyentes
de la fe Católica.
Y ahora también Álvaro había muerto en
circunstancias, para él, sospechosas.
Conocía muy bien a su amigo “El
Gordo” como le decían, para saber que
no podía haber sido tan torpe como
quisieron presentar su muerte.
Estaba seguro que lo había asesinado el
padre, y con ello había segado la vida
de dos personas al menos, Álvaro y
Doña Enrica. ¿Quiénes seguirían? Había
que detenerlo de cualquier manera.
Otros miembros de la gavilla eran
Sergei Rodinov, hijo del Primer
Secretario del Consulado Ruso, siempre
misterioso y callado; Guillermo
Mancinni vástago del Director del Royal
Trade Bank, quien presumía todo el
tiempo de los autos deportivos de su
genitor, Paolo Scarpia, crío de un
influyente líder camionero de la Costa
Este y como su padre, insolente y
bravucón; y Javier Elizondo gran
nadador conocido como el “Tiburón”,
orgullo de su padre Mexicano,
entrenador del Equipo Olímpico de
Natación en su País.
El Magistrado, recibía en su residencia
la visita de numerosas personas, a veces
grupos grandes, a veces pequeños, y con
frecuencia de viajero aéreo, a hermosas
y discretas chicas rubias y pelirrojas
que eran su debilidad.
Por eso, no era nada extraño ver entrar a
la Mansión por los enormes portones de
hierro automatizados, a vehículos que
iban desde la clásica limusina hasta
descapotables Europeos. Al pasar las
rejas aparecía una calzada con suave
curva a la derecha haciendo desaparecer
de la vista tras la tupida cortina de
abetos y robles, a los autos que
circulaban por ella.
A un costado de la espectacular casa
estilo Victoriano, había una hermosísima
piscina decorada con motivos Griegos y
Romanos donde atendía a sus invitados.
No pocos jugosos negocios se cerraban
allí, entre bocadillos de caviar Beluga y
tragos de champaña. Sí señor, al Juez, le
gustaba vivir bien.
Pero el rincón favorito era su jacuzzi al
aire libre. Lo había mandado a construir
con mármol proveniente de las entrañas
de Carrara y estaba equipado con un
barcito muy bien surtido de bebidas
importadas.
La inmensa riqueza de que hacía gala no
era novedad, ha cía tiempo que los
Departamentos de Justicia y de
Impuestos lo habían dejado por la paz,
al comprobar la herencia de terrenos,
edificios y muchos millones de dólares
que recibió de su mafioso padre, que
prudente y legalmente invertidos,
aumentaban su fortuna cada día.
El corrupto Funcionario solía ofrecer
dos grandes fiestas en su casa cada año.
Una el día de su cumpleaños y la otra
después del Thanksgiving Day (Día de
Gracias), antes de Navidad. En ambas
fechas, agasajaba espléndido, a los
selectos invitados a base de exquisitos
platillos de la cocina internacional,
supervisados con esmero por dos
exclusivos Chefs de Cuisine
provenientes de los mejores hoteles
categoría especial de la ciudad de
Nueva York, el Plaza y el Mandarín. En
los festejos, las champañas Taittinger,
Cristal, Dom Pérignon y los mejores
tintos de la Toscana, Piamonte y Sicilia;
Ribera del Duero, la Rioja y Jumilla;
Burdeos y el Ródano, Valle de Napa,
Australia y Sudáfrica, corrían como
caudalosos ríos.
Pero esa noche la gala era especial,
planeada fuera del calendario habitual,
el Magistrado estaba particularmente
contento. Hacía varios meses que había
dejado el hipócrita luto que guardaba
por la muerte de su hijo Álvaro y tenía
otro par de motivos que alegraban sus
días; uno era la enorme posibilidad de
ser nombrado Chief Justice of the United
States (Presidente de la Suprema Corte
de los Estados Unidos) y por otro lado,
aquella hermosa becaria recién llegada
al Alto Tribunal llamada Candace, dejó
de resistirse aceptando ser su amante.
Sí, el Signore Gaetano estaba muy feliz.
Entre los invitados asistieron, como
siempre, los amigos de su hijo Álvaro,
pues al Juez le interesaba mucho que la
opinión pública del vecindario le
favoreciera. Quería dar la imagen que
seguía recordando con cariño al hijo
muerto, a través de sus mejores amigos.
Tenía el convidante un enorme perro
bóxer que era su mayor orgullo. El
animal era en efecto, un hermoso
ejemplar que había dado al amo la
satisfacción de ganar varios
campeonatos en California.
La bestia era imponente. Su color
marrón con manchas negras y ojos
inyectados de rojo sangre, le daban un
aspecto feroz y… lo era.
Cuatro años atrás, había atacado a Kadir
causándole grandes heridas en la pierna
derecha que estuvieron a punto de
dejarle inválido. Recordaba aún los
fuertes dolores, sufrimientos, que había
padecido y la venganza que se grabó en
su alma de niño, pues el dueño del perro
se negó a matarlo.
Un año después, “Boy” como llamaban
al can, arremetió enfurecido sobre el
frágil cuerpecito de Dolly, la hermosa
jovencita sobrina del Juez,
destrozándole ambas piernas con
profundas mordidas que le dejarían
grandes cicatrices.
En esa ocasión tampoco el propietario
eliminó al peligroso animal. Kadir con
la pureza de chiquillo amaba en secreto
a Dolly y almacenó otra causa para
alimentar su deseo de revancha.
New York City
En la fría celda de la Auburn
Correctional Facility, una de las
prisiones de máxima seguridad del
Estado de Nueva York — donde en
1890 se realizó la primera ejecución
mediante la Silla Eléctrica— Calogero
Piazza, otrora “Capo di Tutti Cappi” de
las mafias de Nueva York, Detroit y
Chicago, rumiaba su rencor.
A sus ochenta y nueve años, enfermo de
la próstata, diabetes y con hipertensión
arterial que promediaba 180/120, no
hacía otra cosa que pensar todos los
días cómo castigar al corrupto
funcionario judicial.
Lo había engañado completamente. No
sólo se había embolsado los cien
millones de dólares depositados a
nombre de su amante en cinco diferentes
bancos de las Islas Cayman, sino que
traicionándolo, intervino y obtuvo de los
Associate Justices (Magistrados
Asociados) el cambio de veredicto de
“Not Guilty” a “Guilty” (No Culpable a
Culpable) condenándolo a cincuenta y
cinco años de prisión, sin posibilidad
alguna de apelación o reducción de
sentencia.
Por si fuera poco el daño hecho a su
persona, el Ministro Gaetano había
promovido con gran interés, la
persecución y encarcelamiento de otros
jefes mafiosos de menor rango,
desmantelando las redes de putrefacción
dentro de la Policía y prisiones,
acabando, así fuera en forma transitoria,
con el tráfico de estupefacientes,
apuestas ilegales, pornografía infantil,
prostitución y contrabando, medidas que
le habían ganado el reconocimiento y
admiración de sus Conciudadanos,
Congresistas, Senadores y Dueños del
Gran Capital.
Sí señor, el Magistrado tenía todo para
ser el Presidente de la Suprema Corte de
los Estados Unidos, sólo faltaba su
nominación por el Primer Mandatario de
la Nación y la ratificación del Senado.
El dignatario sabía del riesgo enorme de
traicionar a la Mafia. Pero se sentía
seguro y fuerte. Había valido la pena.
Otto Schlütter purgaba una larga
condena embaucado por Salvatore.
Había sido un personaje poderoso e
influyente en las decisiones del
mismísimo Vicepresidente de la
Reserva Federal de los Estados Unidos.
Aconsejaba al Alto Funcionario sobre si
convenía o no subir las tasas de interés,
si debía recomendar al Departamento
del Tesoro subsidios a los productores
del campo o al combustible, si era
necesario intervenir para salvar al
sector inmobiliario amenazado por la
insolvencia de las hipotecas,
incrementar el techo de la deuda
nacional, etc. etc.
Tenía un asiento en el Consejo
Permanente del Banco Mundial y Asesor
Económico de la New York Stock
Exchange (NYSE) que comercializaba
diariamente millones de acciones de las
principales compañías petroleras, de
energía eléctrica, telefónicas, acereras,
tabacaleras, mineras, de transportes y de
otros sectores industriales del Índice
Dow Jones y empresas de Alta
Tecnología (NASDAQ).
La Bolsa de Valores de Nueva York
(NYSE) es el mayor mercado de valores
del Mundo, con un volumen de
transacciones anuales de más de
veintiún mil millones de dólares.
La palabra “Bolsa” tiene su origen en un
edificio así llamado en la población de
Brujas, Bélgica, en el siglo XIII, que
ostentaba en su fachada la pintura de tres
“monederos” o “bolsas”, escudo de la
familia “Buerse” anunciando el local
donde se realizaban transacciones
mercantiles. La ciudad de Brujas fue una
de las principales de Europa por su
condición de puerto de comercio de
textiles y diamantes.
En América, este organismo se formó en
1817 por un grupo de 24 comerciantes y
corredores que firmaron un acuerdo
denominado “Buttonwood Agreement”
estableciendo las reglas para
comercializar las acciones que en ese
tiempo se compraban y vendían
libremente. Después de la Primera
Guerra Mundial, la NYSE se consolidó
como la principal casa de bolsa del
Mundo rebasando a la tradicional Bolsa
de Londres.
La Institución no tiene fines lucrativos
en sí misma, planeada para organizar y
facilitar operaciones entre compradores
y vendedores de acciones emitidas por
las empresas afiliadas —más de 500 de
las más fuertes— su mecanismo es
complicado y se maneja por un Consejo
de Directores integrado con Un
Presidente, los Intermediarios,
(Brokers) y diez representantes del
público: Directores de Empresas, de
Fondos de Jubilación y Académicos.
El 24 de octubre de 1929, conocido
como “Jueves Negro” se produjo una de
las mayores caídas de la Bolsa,
provocando la llamada “Gran
Depresión” de los Estados Unidos,
ocasionando quiebras de negocios y
hasta suicidios de personas que
perdieron todo.
Se dice que cuando la Bolsa de Valores
de Nueva York estornuda, las demás
Bolsas del planeta, enferman de
pulmonía.
Es increíble imaginar que a diario
grandes fortunas cambian de manos,
algunas crecen y otras caen o
desaparecen, influyendo los factores
económicos, políticos y sociales, hasta
por fenómenos naturales, que ocasionan
volatilidad en las monedas, la confianza
o desconfianza del público, para que una
o varias compañías puedan arruinarse y
declararse la bancarrota real o
provocada.
Los intrincados mecanismos para hacer
subir o bajar el precio de las acciones,
sólo son conocidos por los
especialistas, puñado de ejecutivos
financieros que dirigen las empresas
autorizadas por el Gobierno Federal
para comprar y vender títulos por cuenta
y orden de sus clientes, cobrando su
comisión.
Cuando Mr. Schlütter fue acusado,
Gaetano le sacó mucho dinero y después
lo sentenció en la última instancia a la
cárcel, por muchos años.
Como es natural los inversionistas en su
mayoría son o están asesorados por
expertos en el manejo del dinero, como
los responsables de los Fondos de
Pensiones y Fideicomisos que tienen en
sus manos los ahorros de miles y miles
de personas, por lo que siempre están
muy atentos a la oferta y demanda, así
como a los factores de rentabilidad y
seguridad.
Una prolongada huelga de obreros en
una fábrica, puede ser motivo suficiente
para que sus acciones registradas en la
Bolsa de Valores, bajen de valor.
Asimismo, si una empresa petrolera da a
conocer haber ganado una licitación
internacional para buscar petróleo en
Países emergentes, es motivo suficiente
para que sus propias acciones suban de
precio.
Las políticas públicas implementadas
por los gobiernos sobre ampliaciones o
reducciones de presupuesto, aumento o
reducción de tasas de interés, nuevas
leyes sobre la salud, empleo y vivienda,
hasta tensiones por agravios
internacionales o atentados terroristas,
determinan así sea en forma transitoria,
que suban o bajen los precios en el
mercado de capitales.
Pero como en todo lo humano, no hay
perfección. Siempre han existido grupos
de estafadores a la alta escuela,
denominados “delincuentes de cuello
blanco” en alusión a sus impecables
camisas. Son personas extraordinarias,
inteligentes, educadas y amables, hasta
simpáticas, pero al fin, genios del mal.
En la famosa batalla de Waterloo, un
espectador privilegiado que atestiguó la
derrota de Napoleón a manos de los
ejércitos aliados al mando del Duque de
Wellington — dice la historia— salió a
todo galope, reventando sucesivas
monturas, pagando un alto precio por
cruzar el Canal de la Mancha, para
cabalgar de nuevo hacia Londres e
informar a los banqueros Rothschild de
la victoria inglesa, quienes de
inmediato, comenzaron a vender con
urgencia sus acciones en la Bolsa de
Valores a bajo precio.
Los demás agentes de Bolsa, conociendo
la calidad de información de los
Rothschild, interpretaron que los
enemigos Franceses habían ganado la
guerra, apareciendo el pánico en el
mercado financiero que cayó a los
peores niveles jamás vistos.
Mientras que otros Agentes anónimos,
compraron a precios irrisorios, los
Títulos de Deuda del Gobierno
Británico, incrementando las enormes
riquezas de la familia Rothschild.
Otro grupo de pillos profesionales, se
especializa en maquillar información de
la contabilidad y finanzas de empresas
afiliadas a la Bolsa, ocultando pasivos,
alterando utilidades, efectuando toda
suerte de maniobras contables y
jurídicas para engañar a los
inversionistas haciéndoles creer que los
negocios iban viento en popa, cuando
estaban muchas veces al borde de la
quiebra.
De vez en vez, una importante compañía
era declarada en bancarrota, afectando
gravemente el bolsillo de los tenedores
de las acciones.
Estos enormes fraudes, desataban un
gran escándalo en los círculos
financieros, prensa y sociedad, acusando
a uno o varios ejecutivos de las
empresas fraudulentas como chivos
expiatorios, condenados, claro que sí,
con sentencias a las que nadie les daba
seguimiento y reducidas posteriormente
por algún Juez Federal, cayendo en el
olvido después de unos meses.
Un ejemplo de este tipo de especulación
salvaje, lo constituye una de las mayores
estafas de la historia cometida por el
presidente de una firma de inversión que
lleva su nombre fundada en 1960,
llegando a ser una de las más
importantes de Wall Street — la calle
del muro— como se le conocía en la
ciudad de Nueva York desde 1609, al
estar separada por una pared de madera
que colocaron los comerciantes
Holandeses.
Bernard “Bernie” Madoff, próspero
banquero, corredor de bolsa, asesor
financiero y coordinador jefe del
mercado de valores, fue detenido
acusado de fraude por la increíble
cantidad de ¡¡cincuenta mil millones de
dólares!! Hoy purga condena de 150
años de prisión y el gobierno sólo pudo
recuperar ¡¡diecisiete mil millones de
dólares!!
Salvatore Gaetano, Juez del más Alto
Tribunal, había sido uno de los grandes
beneficiados, ganando fortunas por
apoyar unas veces a los acusados y
Abogados defensores, y en otras
dándoles la victoria que deseaban los
Fiscales, imponiendo elevadas penas a
los defraudadores.
Recién obtuvo una gran suma,
traicionando a una de las mayores
empresas energéticas del País.
Podía decirse que el Magistrado tenía
amigos y enemigos por igual.
Long Island, New
York
Dos días antes de la anunciada fiesta
extraordinaria que ofrecería el
funcionario judicial a sus relaciones,
Kadir estudiaba un plan para ajustar
cuentas con el perro guardián, que había
estado a punto de arrancarle la pierna
derecha.
Su padre, que le había reclamado con
energía al dueño del peligroso animal,
obtuvo el reembolso de los gastos
médicos y la promesa que “Boy”
quedaría confinado dentro de una
especie de corral en el interior de su
residencia. — Por esta ocasión las
cosas permanecerán así —advirtió
Gregor.
— El Embajador mismo, me ha pedido
calmar el asunto y ya que
afortunadamente tus heridas han sanado
del todo, quisiera que olvidaras el
incidente.
— Papá, no puedo hacerlo — replicó.
— Es necesario hijo, se ha hecho una
especie de Justicia divina, bastante
sufrimiento ha tenido creo yo, con el
infortunio de su sobrina, “La Muñeca”.
Al muchacho le resultaba muy difícil
contradecirlo, así que optó por
disciplinarse en ese momento,
comprendió que no podía olvidar el
deseo de represalia. Se lo había
prometido él mismo y en silencio a “La
Muñeca”.
Conocía al dedillo la mansión. Decenas
de veces había estado de visita junto con
sus amigos para jugar tennis y nadar en
la bella piscina que adornaba el jardín
contrastando el azul de las aguas con el
verde de los árboles y arbustos.
La recámara de Álvaro, semejaba una
master suite de hotel Five Stars (Cinco
Estrellas). La puerta de doble hoja era
de roble macizo con manerales dorados,
que daba paso al amplio recibidor con
finos muebles tapizados en cuero color
beige. Una gran alfombra roja que de tan
mullida al caminar, daba la sensación de
hundirse en ella.
Dentro de la habitación, cerca de la
ventana que daba al jardín sur de la
casa, estaba el escritorio de Álvaro,
escoltado a sus espaldas por
espléndidos libreros, retacados de
buenos libros que nunca leía.
Enciclopedias completas, obras de
Shakespeare y Byron alternaban con
Platón, Sócrates, Aristóteles y otros
clásicos Griegos.
En sección aparte iluminaban el recinto:
Voltaire, Pasteur, Maquiavelo,
Cervantes, Leonardo Da Vinci, y
muchísimas obras más que harían el
orgullo de cualquier biblioteca
Universitaria.
En el rincón, una mesa de juego
hexagonal con sus sillas de cuero negro
y hacia la derecha un mueble que
escondía el refrigerador surtido siempre
con jugos de frutas, yogurt, agua, leche y
gaseosas, donde Álvaro y sus amigos
gustaban de reunirse a planear las
pequeñas fechorías que cometerían con
alumnos y maestros novatos en la Junior
High School (Secundaria).
Las tareas escolares, eso sí, las
realizaban en una gran mesa ovalada
para doce personas, tallada, como todos
los muebles por hábiles manos de
artesanos en finas maderas estilo Inglés.
Cada lugar tenía su propio ordenador
para facilitar el trabajo de los
estudiantes, conectado a un sofisticado
sistema para búsqueda de información
mundial.
Cierto día, Álvaro les mostró orgulloso
una magnífica arma, que sacó de una
pequeña gaveta oculta en el librero
donde reposaban cuatro pesados
volúmenes sobre la Historia de Roma.
— Miren — dijo Álvaro— mi padre me
la regaló. La trajo de su último viaje a
Italia.
Kadir la reconoció enseguida.
Se trataba de una pistola Sig Sauer
calibre 9 mm. Una preciosa obra de
ingeniería Militar desarrollada por el
Gobierno de Suiza en colaboración con
un fabricante Alemán para su
producción en serie, que por su calidad
y eficiente desempeño era la pistola
Oficial del Ejército Suizo y de otros
Países, incluso en El Vaticano, era el
arma autorizada para el uso de la
llamada Guardia Suiza, encargada de la
vigilancia y seguridad al servicio del
Pontífice Romano.
Su afición hacia las armas, era cosa
antigua.
Muy joven y con la oposición de Doña
Lolita, su padre le había enseñado el
manejo y los peligros que entrañaban las
armas de fuego.
— Hijo mío — dijo Gregor — hoy

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