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Libro El buque fantasma Numa 12 – Clive Cussler et a

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PDF Descargar delante. Al escudriñar la oscuridad, Swan nunca
llegaba a distinguir más de cuarenta metros de la
calzada llena de surcos.
—¿Cuánto falta para esa granja? —preguntó,
volviéndose hacia un hombre delgado y fibroso
llamado Morris, que estaba encajonado entre él y
el conductor.
Morris echó un vistazo al reloj, se inclinó hacia
el lado del volante y miró el cuentakilómetros.
Tras un cálculo mental, consultó el mapa que
sostenía.
—Ya tiene que faltar poco, inspector. Diez
minutos o menos, diría yo.
El inspector jefe asintió y se agarró al marco de
la puerta mientras proseguía la accidentada
travesía. El Packard, un Tres Toneladas recién
llegado de Estados Unidos, era uno de los
primeros automóviles propiedad del Departamento
de Policía de Durban. Había salido del barco con
la cabina y el parabrisas ya personalizados. Unos
trabajadores del recién constituido parque móvil,
en un alarde de iniciativa, habían construido un
armazón para cubrir el remolque plano y habían
tendido encima una lona, aunque nadie había hecho
nada para que resultara el vehículo más cómodo.
Mientras el camión daba tumbos y sacudidas
sobre los baches y rodadas del camino de carros,
Swan decidió que hubiese preferido ir a caballo.
Pero lo que perdía en comodidad la gran máquina,
lo compensaba en capacidad de carga. Además de
Swan, Morris y el conductor, en la parte trasera
viajaban ocho policías.
Swan se asomó por la ventanilla y volvió la
cabeza para mirar hacia atrás. Les seguían cuatro
pares de faros. Tres coches y otro Packard. En
total, Swan llevaba consigo a casi un cuarto del
cuerpo de policía de Durban.
—¿Está seguro de que necesitamos a tantos
hombres? —le preguntó Morris.
A lo mejor se había pasado un poco, pensó
Swan. Pero claro, los delincuentes a los que
buscaban —un grupo bautizado por la prensa como
la Banda del Río Klaar— también eran un grupo
numeroso. Los rumores hablaban de entre treinta y
cuarenta personas, según a quién se creyera.
Aunque habían empezado como salteadores de
caminos del montón, asaltando al prójimo y
extorsionando a quienes intentaban ganarse la vida
haciendo negocios honrados en el inhóspito veld,
en los últimos seis meses se habían vuelto más
taimados y violentos. Reducían a cenizas las
granjas de quienes se negaban a pagar por su
protección; mineros y viajeros desaparecían sin
dejar rastro. La verdad salió a la luz cuando
capturaron a varios miembros de la banda
intentando atracar un banco. Los llevaron a Durban
para interrogarles, pero fueron rescatados tras un
atrevido ataque que dejó tres policías muertos y
otros cuatro heridos.
Era una línea que Swan no pensaba permitirles
cruzar.
—No me interesa una pelea justa —explicó—.
¿Tengo que recordarle lo que pasó hace dos días?
Morris sacudió la cabeza, y Swan dio unos

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golpecitos con los nudillos en la pared que
separaba la cabina de la parte de atrás del camión.
Se abrió un panel corredero y apareció la cara de
un tipo fornido, que llenó casi por entero el
ventanuco.
—¿Están listos los hombres? —preguntó Swan.
—Estamos listos, inspector.
—Bien —convino Swan—. Recuerden, esta
noche no habrá prisioneros.
El hombre asintió para indicar que lo entendía,
pero la frase hizo que Morris le mirase de reojo.
—¿Tiene algún problema? —le espetó Swan.
—No, señor —contestó Morris, devolviendo la
atención a su mapa—. Es solo que… ya casi
hemos llegado. Es al otro lado de esa colina.
Swan volvió a mirar hacia delante y respiró
hondo, para prepararse. Casi al momento le llegó
un olorcillo a humo. Tenía un aroma característico,
como de hoguera.
El Packard remontó la colina al cabo de unos
instantes, y la noche negra como el carbón quedó
partida en dos por un incendio naranja desatado en
mitad del campo que tenían debajo. La granja
ardía de parte a parte, pasto de unas llamaradas
que se arremolinaban en torno a ella y se elevaban
hacia el firmamento.
—Joder —exclamó Swan.
Los vehículos descendieron del altozano a toda
velocidad y se dispersaron. Los hombres salieron
en tropel y tomaron posiciones alrededor de la
casa.
Nadie les atacó. Nadie disparó.
Morris se acercó al edificio con un
destacamento. Se aproximaron con el viento a la
espalda y entraron raudos en la última sección del
granero, que no había prendido. Rescataron varios
caballos, pero los únicos bandoleros que
encontraron ya estaban muertos. Varios de ellos
estaban medio quemados, pero a otros
sencillamente los habían matado a tiros.
No había ninguna esperanza de apagar el
incendio. La madera antigua y la pintura al aceite
chisporroteaban y ardían como la gasolina.
Irradiaban tanto calor que los hombres de Swan
pronto se vieron obligados a retroceder para no
abrasarse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Swan a su
lugarteniente.
—Parece que se han matado entre ellos —dijo
Morris.
Swan recapacitó sobre aquello. Antes de las
detenciones en Durban, circulaban rumores que
sugerían que la banda se estaba descomponiendo.
—¿Cuántos muertos?
—Hemos encontrado cinco. Algunos de los
chicos creen que han visto dos más, dentro, pero
no han podido llegar hasta ellos.

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En ese momento sonaron unos disparos.
Swan y Morris se lanzaron detrás del Packard
para protegerse. Después de ponerse a cubierto,
varios de los agentes empezaron a responder al
fuego, disparando unas cuantas veces contra el
incendio.
El tiroteo continuó, con un compás extraño,
entrecortado, aunque Swan no vio muestras de que
ninguna bala impactara cerca de él.
—¡Alto el fuego! —gritó—. Y seguid a
cubierto.
—Pero si nos están disparando —protestó uno
de los hombres.
Swan sacudió la cabeza mientras continuaba el
pim pam de los disparos.
—Solo es la munición, que se dispara sola por
culpa del fuego.
La orden corrió a gritos de boca en boca. A
pesar de sus propias instrucciones, Swan se
levantó y se asomó por encima de la capota del
camión.
Para entonces las llamas ya habían engullido la
granja entera. Las vigas que aguantaban parecían
la osamenta de un gigante en lo alto de una especie
de pira funeraria nórdica. El fuego se ensortijaba a
su alrededor y las atravesaba ardiendo con una
extraña intensidad, blanco y naranja brillante con
algún que otro destello de verde y azul. Parecía
que el mismísimo infierno se hubiera levantado
para consumir desde dentro a la banda y su
escondrijo.
Mientras Swan observaba, se produjo una
explosión enorme en el interior de la estructura
que la hizo volar en pedazos. La onda expansiva
tiró al suelo a Swan, que cayó de espaldas cuan
largo era mientras fragmentos de cascotes
repiqueteaban contra los costados del Packard.
Momentos después de la explosión, empezó a
caer confeti ardiente, unos pequeños fragmentos de
papel que descendían a millares, revoloteando y
dejando estelas de humo y ceniza sobre el fondo
del cielo negro. Cuando los pedazos tocaron el
suelo, empezaron a prender fuego a la hierba seca.
Al verlo, los hombres de Swan pasaron a la
acción sin demora, apisonando las ascuas con los
pies para no verse envueltos en un incendio
forestal.
Swan se fijó en varios fragmentos que se habían
posado cerca de él. Rodó para acercase a uno de
ellos, que apagó con unos golpes de la palma de la
mano. Para su sorpresa, vio números, letras y la
adusta cara del rey Jorge, que le devolvía la
mirada.
—Billetes de diez —dijo Morris emocionado
—. Son billetes de diez libras. Miles de ellos.
Cuando la noticia empezó a circular entre los
hombres, estos redoblaron sus esfuerzos,
corriendo de un lado a otro y reuniendo los
fragmentos chamuscados con un entusiasmo algo
atolondrado que rara vez demostraban cuando se
trataba de recoger pruebas. Algunos de los billetes
estaban unidos en fajos y no habían ardido
demasiado. Otros eran como las hojas de los
árboles en una chimenea, retorcidas y renegridas
hasta quedar irreconocibles.
—Esto sí que es dinero que quema en las manos
—bromeó Morris.
Swan soltó una risilla, pero en realidad no
estaba prestando atención, porque tenía la cabeza
en otra parte; estudiaba el incendio, contaba
cuerpos, daba vueltas al caso como correspondía a
la mente de un inspector.
Algo no encajaba, no encajaba en absoluto.
Al principio, lo achacó a la naturaleza
anticlimática de la noche. La banda a la que
pretendía hacerle la guerra le había quitado el
trabajo de las manos. Eso lo aceptaba; lo había
visto otras veces. Los delincuentes a menudo se
peleaban por los despojos de sus fechorías, sobre
todo cuando estaban más o menos asociados pero
carecían de cabecilla, como se rumoreaba que era
el caso de aquella banda.
No, pensó Swan; aquello resultaba sospechoso
en un plano más profundo.
Morris pareció darse cuenta.
—¿Qué pasa?
—No tiene sentido —respondió Swan.
—¿Qué parte?
—Todo —dijo Swan—. El arriesgado atraco al
banco a plena luz del día; el golpe para liberar a
sus hombres; el tiroteo en la calle.
Morris le miró inexpresivo.
—No le sigo.
—Mire a su alrededor —sugirió Swan—. A
juzgar por la tormenta de dinero quemado que
llueve sobre nosotros, esos matones habían
reunido una pequeña fortuna.
—Sí —coincidió Morris—. ¿Y qué?
—¿Por qué atracar un banco bien defendido a
plena luz del día si ya estaban forrados de dinero?
¿Por qué correr el riesgo de liarse a tiros en
Durban para liberar a sus compañeros, solo para
matarlos al volver aquí?
Morris miró fijamente a Swan durante un largo
instante antes de asentir para darle la razón.
—No tengo ni idea —dijo—. Pero es cierto: no
tiene el menor sentido.
El incendio se prolongó

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