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El caballero irlandés – Camila Winter

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El caballero irlandés – Camila Winter

Descargar libro En PDF una vida sin lujos apegados al Santo Evangelio con toda regla. Alejados del vicio y la ostentación que comenzaba a notarse en Boston (por desgracia) allí reinaba la paz y
la armonía, el trabajo, el amor al prójimo mantenido bajo control los pecados más infames como el robo, la codicia, la envidia y la temible Lujuria.
Como debía ser.
La señora Chastity Philips como su nombre de puritana lo decía era una casta viuda que formaba parte de una liga secreta de dama igualmente castas que
vigilaban estrechamente a los jóvenes para evitar que cometieran este pecado, el más inmundo del mundo según ella. Y por esa razón veía con malos ojos que esa
jovencita inglesa llamada Prudence Brighton, llegada hace menos de un año a la colonia con su padre viudo y sus tres hermanos que eran unos muchachotes fornidos,
pues ella veía mal que la jovencita fuera tan bonita y se pavoneara en el sagrado recinto para despertar miradas de admiración y lujuria entre los feligreses. Por eso al
verla pasar frente a ella arrugó el ceño, frunció la boca en son de disgusto y su rostro se transformó en una máscara de desprecio y profunda desaprobación.
¿Por qué ese tozudo de Charles Brighton, padre de la joven no había oído sus consejos? Esa chica robusta y rolliza era la tentación del demonio en esa tranquila
aldea, no hacía más que coquetear y tentar a todo hombre soltero y casado que estuviera allí cerca, pues nada más aparecer las miradas de lujuria que despertaba se
multiplicaban con creces, sí. Esa chica necesitaba marido sin demora antes de que ocurriera una desgracia o algún colono desesperado sucumbiera a sus más bajos
instintos y la tontita terminara preñada y se convirtiera en la oveja negra de Maine, un pueblo que hasta el momento se jactaba de ser un modelo de respeto, honor y
buenas costumbres.
Ellos eran los elegidos del señor y eso debía seguir siendo así. No vendría una inglesa a echarlo todo a perder.
Los ojos de la matrona Philips se clavaron de nuevo en la joven inglesa con expresión maligna y sombría. Prudence Brighton. Ella y su remilgado acento inglés,
no había nada modesto en esa joven, era una coqueta escondida… oh, tenía las mejillas rosadas y sus labios temblaban… ¿A quién había visto la jovencita para ponerse
así o temblaba al sentirse admirada?
Completamente ajena a las maquinaciones de la matrona Philips, la joven puritana avanzó escoltada por sus tres hermanos pensando que ese pueblo del nuevo
mundo era un lugar espantoso. Siempre que podía escapaba al bosque de Briston con sus hermanos y jugaban carreras pero cuando debía asistir al oficio o reunirse en la
plaza con los pobladores se sentía mal. No hacía un año que habían llegado y no había dejado de echar de menos Nothingham, ese señorío de su padre en New Forest.
Allí sí tenían una existencia cómoda y holgada pero al parecer su padre se había enloquecido con la vida sencilla y sacrificada de los colonos, sin persecuciones ni
intrigas políticas. Viviendo como el pueblo elegido…
Los ojos de espesas pestaña de la joven miraron con disimulo a su alrededor con inquietud y cierto disgusto. Estaba cansada y tenía las manos heladas y
lastimadas de tanto cocinar, fregar, zurcir para tener la casa bonita y decente. Lo que menos pensaba era en coquetear con nadie, su padre habría sido el primero en darle
una paliza si lo hacía. Prudence estaba cansada y tenía frío, quería comer algo, estaba en ayunas y no sabía cómo esos colonos soportaban esa vida tan dura. Tantos
sacrificios: despertarse temprano para hornear pan, alimentar a los animales, ordeñar a la vaca, fregar los pisos… Nunca tenía descanso, trabajaba como una burra desde
que su llegada a Maine. Y su padre se negaba a pagarle una fregona, decía que eran pocos, la casa pequeña… por supuesto él no tenía que fregar trastos y pisos todo el
día. “El trabajo purifica el alma mi querida niña” solía decirle.
Prudence suspiró mientras aguardaba inquieta el sermón del reverendo Elliot Thomas, ese hombre gordo y gigante de poblada barba pelirroja. Pero sus
pensamientos volvieron a su antiguo hogar preguntándose en esta ocasión cómo habría sido su vida si su padre no hubiera recibido esas cartas de Maine que lo volvieron
loco con la perspectiva de vivir en una tierra nueva poblada sólo por los defensores de la verdadera fe. Los elegidos. Los puritanos…
Porque en Inglaterra habían sido perseguidos y su padre sufrió la confiscación de sus bienes por ser un puritano y así, casi sin nada apenas pudieron pagar los
pasajes y viajar a Nueva Inglaterra, dónde estaba esa colonia perfecta de puritanos exiliados hacía más de cincuenta años. Estaban a salvo, en un país nuevo pero…
echaba mucho de menos su país, sus costumbres… Allí todo era tan rústico, tan precario y además notaba las miradas de los pobladores sobre ellos. Las mujeres eran
raras, calladas, y siempre le echaban miradas torvas como si desconfiaran de ella por ser inglesa y los hombres… Pues estaba harta de tener que esconderse cada vez que
se bañaba en el río, cuando salía de la cabaña a realizar la faena en la granja porque siempre había uno de esos mozos de la colonia mirándola a hurtadillas. Estaba harta
de esos fisgones, no la dejaban en paz y ninguno era de su agrado. Pensó que en ese pueblo todos los hombres eran feos, tontos y de modales deplorables. Barbudos y
poco aseados, olían como chivos, ¿cómo podía pensar en casarse con uno de ellos?
En ocasiones sentía deseos de regresar a Inglaterra, no dejaba de soñar que estaba de nuevo en Nothingham recorriendo la pradera a sus anchas pero rayos, no les
quedaba nada allí pues su padre lo había perdido todo por desobedecer al arzobispo.
Suspiró hondamente. Sabía que no era más que un sueño, jamás podría volver a Nothingham, debían quedarse y temblaba de pensar que su padre quisiera casarla

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con alguno de esos jóvenes imberbes de la colonia. Lo había escuchado conversar con el reverendo Thomas, su hijo era un pelirrojo tonto encorvado que también le había
echado el ojo y cada vez que se lo cruzaba la miraba con expresión boba.
Mientras se esforzaba por oír el sermón del reverendo tiritó preguntándose si padre sería tan cruel de casarla con un palurdo.
El sermón no la reconfortó demasiado, al contrario, no hizo más que hablarles de los horrores que soportarían en el infierno si se apartaban del camino de Dios.
Porque ellos eran los elegidos, los escogidos para tener vida eterna, el Señor los salvaría sí pero para ello debían temer las acechanzas del diablo y resistir las tentaciones
de la carne, la avaricia, la pereza… Porque el trabajo incesante mantenía la mente y el alma ocupada en tareas laboriosas y…
De nuevo los tormentos del infierno.
La joven tuvo la sensación de que la voz y la mirada brillante del orador no hacían más que atraer la desgracia porque en todo el recinto se respiraba miedo como
si todos pudieran sentir en carne propia los horrores que padecerían si llegaban a caer en el infierno.
Las normas de esa congregación eran muy estrictas. Cualquier pecado o delito era castigado con severidad, los reos eran juzgados y condenados a la picota, a
perder sus orejas o a recibir azotes a la vista de todos.
Pero ese día el reverendo aprovechó la reunión de la congregación para dar un mensaje importante.
—El hermano Thomas Preston tiene algo que decirles… por favor escuchad.
Thomas Preston era un granjero de aspecto rudo, él y sus hijos portaban barbas pobladas y se mostraban soberbios, con un marcado aire de superioridad.
Prudence se preparó para oír alguna historia de brujas o demonios pues parecían ser las predilectas de ese hombre feo barbudo y de vientre prominente.
—Hermanos de la comunidad… hoy debo darles una noticia terrible—comenzó en tono afectado mientras sus ojillos miraban a su alrededor esperando las
exclamaciones de sorpresa.
Y mientras hablaba de la llegada inminente del demonio a la santa comunidad puritana de Maine entre gritos, manos al cielo y ojos de loco, a la joven le recordó
un actor de teatro circense de Londres que relataba historias escalofriantes por unos pocos peniques. Había algo teatral en ese hombre y sin embargo todos creyeron sus
siniestros vaticinios.
—El otro día la vaca de la señora Bean no dio leche y estuvo así una semana y luego, una niña apareció en la granja del hermano John… una criatura de cabello
negro y ojos amarillos, misteriosa y extraña, no dijo una palabra y sólo señaló hacia el norte con una sonrisa pérfida en su rostro.
Ante la mención de la niña fantasma se hizo un silencio sepulcral que reflejaba el terror en sus corazones, porque no era la primera vez que veían a la bruja del
bosque de Briston. Los puritanos de esas tierras eran supersticiosos y asustadizos, parecían obsesionados con el diablo pero no los culpaba, ese lugar estaba rodeado
por tierras y tierras, y por momentos el paisaje resultaba desolador. Los indios ya no eran una amenaza como había temido, los demonios sí.
—El demonio llegará, acabamos de recibir una nueva señal. La niña anuncia la llegada del eterno enemigo— continuó el señor Preston.
La congregación entera comenzó a murmurar, a orar en silencio pues era necesario para espantar al diablo y a los seres impíos que anunciaban su llegada. La niña
bruja, con su vestido oscuro y ojos negros como el azabache, se aparecía en el bosque de Briston a media tarde y llevaba un vestido oscuro. Se acercaba, aterrorizaba a
sus víctimas con su sonrisa maligna, con su silencio, señalaba hacia al sur y luego se esfumaba.
Las historias eran similares, la niña había regresado, era lo que decían. Otros aseguraban que era la maligna bruja tomando forma de una inocente niña para
embaucar.
—Orad hermanos, orad ahora. El señor protegerá a los puros y condenará a los pecadores. Todos hemos nacido en el pecado pero sólo Dios podrá salvar
nuestras almas cuando no estemos en este mundo, sólo él decidirá quién se salvará. ¡Vuestras obras os redimirán!—gritaba el reverendo alzando las manos al cielo.
Todos rezaron y se unieron en una cadena para pedir protección divina. Su padre también, sus tres hermanos y ella…
Uno de los granjeros intervino diciendo que su esposa había visto a la niña cerca de la mansión Winston, una mansión siniestra propiedad de un caballero viudo
apodado el irlandés.
—Pues no me extraña Peter, en esa mansión mora el diablo—dijo alguien.
El reverendo intervino para calmar a los presentes.
—Pues yo os digo que nunca os acerquéis a ese lugar hermanos o podréis contaminaros con la ignominia, la perversidad que mora en esas tierras.
Prudence se preguntó por qué siempre la emprendían contra el caballero dueño de esas tierras, para ella todo era nuevo, no le tenía encono a nadie y sin embargo
sentía una intrusa, una forastera inglesa a la que toleraban pero jamás invitaban a sus fiestas. Había esperado más alegría y menos rigor en la tierra prometida como le
llamaba su padre, había esperado algo parecido a su hogar, había creído tontamente que en el nuevo continente las personas eran buenas, de noble corazón, así le habían
parecido al comienzo pero tenía la sensación de que eran como en Inglaterra, o tal vez peor…
Allí estaba reverendo hablando pestes de ese caballero pero tal vez no estuviera tan errado. Ella recordó al caballero que solía visitar el pueblo con su caballo
negro veloz y maligno, mirando a los puritanos con desdén como si fueran pequeños insectos. Sus ojos oscuros, la piel muy blanca y las facciones duras, su sola
presencia hacía que la tierra se estremeciera a sus pies como si realmente fuera el demonio en persona. Ella lo había visto llegar a caballo y en su carruaje con una dama
de mala reputación muy rubia de atrevido escote riendo sin parar.
Se estremeció al evocar ese encuentro en el bosque, cuando lo vio espiándola escondido en el matorral. Aterrada se envolvió en su capa y se vistió deprisa
fingiendo que no lo había visto mientras llamaba a sus hermanos pues lo peor habría sido quedarse sola. Demonios, ¿es que nunca estaba segura de los fisgones? Bueno,
él no era cualquier fisgón, era el diablo en persona y no entendía qué hacía en ese bosque pues las tierras pertenecían a su padre y de no haberle visto en su caballo negro
no habría dado crédito a sus ojos pues en realidad habría sido desafortunado tener semejante pretendiente.
—¡Prudence, ve a la cocina a preparar algo decente para cocinar!—la voz de su padre la despertó y ella abrió los ojos y lo miró espantada.
—¿En qué estáis pensando, muchacha?
La joven se sonrojó y dijo que pensaba en la historia de la niña fantasma, cosa que no era del todo falsa. Si no puedes decir la verdad di una media mentira decía
su tía Anne.
Su padre sonrió.
—Esos son cuentos de viejas, niña. No creas esas tonterías, en este pueblo abundan historias de brujas y demonios. Tienen demasiada imaginación y tiempo
ocioso para inventar tonterías—se quejó su padre.
Sus hermanos se burlaron de ella.
—Por favor, ¿una niña fantasma que anuncia la llegada del demonio?
Pero la joven puritana no se sentía tan segura de que fuera una fábula creada por la superstición y el ocio de esos puritanos. ¿Y si era cierto? ¿Si acaso existía una
niña fantasma que anunciaba la llegada del ángel de la oscuridad?
La joven decidió pensar en otra cosa y con paso rápido fue a la cocina para preparar el almuerzo, tenía mucho trabajo que hacer su padre se ocupaba de que
jamás tuviera demasiado tiempo para el ocio. Cocinar, fregar, zurcir, coser mientras sus dos hermanos se encargaban de la granja.
*********
El invierno comenzaba a sentirse en Maine: duro y helado, obligándolos a permanecer encerrados y reunidos frente a la lumbre de una estufa de leña rudimentaria
pero eficaz para calentar la pequeña casa de campo mientras el patriarca les leía un ensayo moral edificante de sir Lewis Hamilton con voz pausada y serena.
Entonces, recibieron la visita del granjero Hamilton con su hijo mayor, ese horrible oso pelirrojo y barbudo y mirada lasciva que no le perdía pisada a Prudence.
Entraron sin avisar, como dos zorros, con sendos caballos escoltados por algunos mozos y ella tembló al ver a George porque ese joven no dejaba de perseguirla,

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de buscarla… y era más feo que el diablo con esa espesa barba colorada y olía a caballo, a estiércol, como todos los demás.
—Hermano Brighton—dijo luego granjero con gesto solemne—deseo hablaros en privado.
El puritano la miró con fijeza y luego ordenó a su hija que saliera a buscar leña con sus hermanos sin miramientos.
Prudence se alejó nerviosa, con la mirada baja preguntándose por qué ese granjero había ido con su hijo. ¿Acaso sería capaz de pedir su mano?
Cuando llegaba al bosque vio a sus hermanos cortando leña y se sentó en un tronco tiritando, observando ese cielo plomizo. Rayos, no quería casarse con ese
joven, era feo y gordo y olía a heno, no le importaba que su padre fuera un personaje importante en ese lugar, si llegaba a pedir su mano moriría de espanto.
Louis, su hermano mayor cortaba leña mientras los otros dos: John y Henry la juntaban en una carreta para llevarla a la casa, ella se acercó tiritando, estaba
helado y el cielo encapotado no vaticinaba nada bueno.
—Prudence, ¿qué haces aquí? Regresa a la cabaña—le ordenó Louis con gesto ceñudo.
—No puedo… padre me dijo que saliera. El granjero William está aquí.
Sus hermanos se miraron como si supieran un secreto pero Louis insistió en que regresara a la casa, parecía molesto, nervioso.
—¿Qué sucede?—se vio obligada a preguntarle.
—Hace frío y te enfermarás, eso es todo. No hagas preguntas—le respondió.
Prudence pensó que su hermano exageraba, siempre estaba cuidándola como si la considerara una niñita. Ya no lo era, acababa de cumplir dieciocho años y
empezaba a cansarse que la trataran como si fuera una cría.
Se alejó molesta antes de que la obligaran a entrar en la casa.
Casi podía adivinar lo que pasaría, no era tonta, su padre había estado hablando con sus hermanos en secreto. Debían casarla para frenar las habladurías…
Porque esas comadres decían que era demasiado bonita para no causar problemas, para no ser tentada por el mal. Eso pensaban esos lugareños de ella, no la querían, a
ninguno en realidad, eran extranjeros, ingleses, foráneos…
—Prudence, ¿a dónde vas? ¡Prudence!
Corrió para que no la alcanzaran, le divertía hacerlo y no se detendría hasta que la atraparan, lo que le daba una excusa para alejarse de la cabaña. No le llevó
mucho tiempo perderles de vista.
—¡Ven aquí! Le diré a nuestro padre—le gritó Henry, su hermano menor.
Una vez en el bosque tenía mucho sitio donde esconderse además lograba entrar en calor, pero hacía frío, el viento helado soplaba a su alrededor y debía
permanecer en movimiento para no congelarse.
De pronto dejó de oír los gritos de sus hermanos, diablos, lo había conseguido, se había librado de ese trío de apestosos pero se había alejado demasiado y a la
distancia podía vislumbrar Winston Manor, la mansión del caballero irlandés llamado Ephraim Winston, maligno y misterioso. Una inmensa construcción de piedra y
madera con un montón de habitaciones con un diseño Tudor como había en Inglaterra. Le recordó a Nothingham su hogar sin embargo esa propiedad estaba rodeada de
espesos jardines y portones de hierro.
Se detuvo en seco, no quería invadir las tierras de ese hombre, las historias que se contaban sobre él eran tétricas. En esa mansión moraba el diablo con sus
amantes, sus hijos ilegítimos y todo aquel que entraba en ese lugar perdía el alma y la entregaba al demonio.
Y aun consciente del peligro Prudence se acercó y atisbó entre la maleza para mirar la casa del diablo como si la maldad que se desprendía de sus muros la
atrajera de manera irresistible. Se acercó casi sin darse cuenta y de pronto tuvo la sensación de que una sombra siniestra la observaba a la distancia. Un algo oscuro, una
figura llena de oscuridad y malicia. Sin embargo allí no había nadie, debió imaginarlo.
Retrocedió espantada ante la visión y quiso regresar pero entonces vio a ese hombre que siempre vestía de negro mirándola desde escasos metros montado en su
brioso semental negro.
Estaba aterrada, el irlandés acababa de descubrirla ¿y cómo explicaría su intromisión? Los ojos del desconocido la miraron con expresión alerta pero antes de
murmurar una disculpa él se le adelantó, se le acercó con su caballo y le cerró el paso.
—Buenos días señorita puritana, ¿a qué debo el honor de su visita?—preguntó.
La joven se vio obligada a mirarle la cara, él esperaba una disculpa, sus ojos oscuros brillaban llenos de burla y malicia. Era la primera vez que veía su rostro de
cerca en realidad y cuando saltó del caballo tuvo terror de que quisiera hacerle daño pues la miraba de una forma tan intensa mientras avanzaba con gesto rapaz que se
vio obligada a retroceder despacio.
—Lo siento señor… es que jugaba con mis hermanos y me extravié.
Esa respuesta hizo que su boca perdiera la tensión y sonriera haciendo que la mandíbula ancha se relajara mientras parte del cabello oscuro que cubría su frente
volaba al viento. No parecía inglés, no había nada blancuzco ni anodino en ese caballero, al contrario, exudaba fuerza, maldad y algo que ella desconocía por completo a
pesar de sentir que sí había algo más.
—¿Jugabas con tus hermanos, señorita puritana? ¿Qué edad tienes, muchacha?—insistió él.
La pregunta era una impertinencia pero se vio obligada a responder para que la dejara en paz.
—Dieciocho, señor.
—¿De veras? Una edad interesante para tener un marido, ¿no crees?
Ella se sonrojó por la forma en que la miró mientras le decía eso.
—Y dime, ¿vuestro padre puritano ya os escogió esposo, Prudence?
Abrió los labios desconcertada al tiempo que se envolvía con la capa negra como si se sintiera desnuda frente a ese hombre.
—¿Cómo sabe mi nombre, señor?—dijo la joven agitada.
Él sonrió.
—Prudence Brighton, la hermosa señorita inglesa—le respondió al tiempo que se detenía a milímetros de ella.
Su respuesta aumentó su incomodidad y terror.
—Debo regresar, mis hermanos están cerca—dijo para advertirle que no estaba sola.
—¿Me temes, pequeña inglesa? ¿Acaso te has creído las historias sobre mí que cuentan los pueblerinos de Maine?—parecía disfrutar ese momento de poder y
maldad, sabía que estaba temblando, lo notaba y eso le daba placer.
—Yo no creo nada señor, jamás hablo con los aldeanos—respondió inquieta.
Se preparaba para escapar, pero él tomó su mano en un ademán rápido.
—Aguarde… ¿puedo invitarla a tomar una taza de té caliente? Tiene las manos heladas señorita Prudence.
—No, gracias…—la joven temblaba ante el gesto rapaz de ese caballero. Sin embargo no gritó cuando se acercó y la rodeó con sus brazos, quiso hacerlo pero el
terror era superior a todo en esos momentos y se quedó mirándole inmóvil como un pajarillo indefenso. “¡No!” murmuró aterrada pensando que ese hombre pretendía
hacerle algún daño. No era usual que un caballero se tomara esas libertades a menos que pensara que una era una mujerzuela, algo que ella no era por supuesto.
Entonces él la miró con esa sonrisa extraña y le dijo:
—Tranquila puritana, no voy a hacerte daño, ¿me crees un rufián?—preguntó él sin dejar de mirarla. Sus ojos parecían hechizarla, esa mirada oscura y maligna
ejercía no sé qué poder sobre ella y se preguntó si no sería un demonio encarnado como decían los lugareños.
Pero entonces llegaron sus hermanos en su rescate y el mayor se enfrentó al caballero de Winston Manor sin vacilar, se acercó y lo increpó de malas maneras.
—¿Cómo se atreve? Deje en paz a mi hermana—Louis estaba tan asustado como enojado, Prudence lo vio con claridad.
El caballero en cambio se lo tomó con mucha calma.
—Sólo conversaba con la señorita Brighton.
—Pues no creo que eso sea buena idea que haga amistad con usted, señor Winston—le respondió Louis mientras la apartaba despacio.
La joven tembló al notar que el caballero se enfrentaba a su hermano.
—¿Y por qué no podría tener amistad con su hermana? ¿Cree que no soy digno de ella?
Louis le respondió que no era digno con un gesto de desdén. Orgulloso, desafiante y loco por enfrentarse a ese hombre llamado el demonio de Winston.
—No, no es digno de acercarse a mi hermana y le ruego que deje de espiarla y seguir sus pasos—replicó.
El caballero se le acercó con expresión maligna.
—Y tú, un simple granjero de la colonia, ¿acaso pretendes dar órdenes al señor de estas tierras? Podría encerrarte y azotarte por insolente.
Louis sostuvo su mirada sin moverse un ápice, demostrándole que no le tenía ningún miedo.
—¿Cree que porque es rico y dueño de estas tierras puede tomar lo que desee? Pues le aseguro que no tocará a mi hermana. ¿No tiene usted esposa, señor
Winston? Deje en paz a mi hermana porque pronto se desposará con el hijo del granjero William.
Prudence ahogó un gemido al oír eso, vaya, ¿entonces era verdad? ¿Iban a casarla con ese sujeto y ella era la última en enterarse?
De pronto notó que el caballero miró con odio a su hermano.
—Te recuerdo puritano que estás en mis tierras y aquí no tendréis impunidad. Marchaos de inmediato y no volváis a hablarme con esa insolencia porque os haré
pagar muy cara vuestra osadía. Malditos puritanos hipócritas todos vosotros, no sois más que una fachada de locura y perdición, obsesionados con el pecado y el
diablo yo podría enumerar vuestros pecados uno a uno, no sois más que un estúpido rebaño que se cree virtuoso pero en vuestras filas hay muchas ovejas enfermas y
corrompidas.
Louis no respondió a semejante palabras pues de todas formas habían salido de un alma negra que vivía en esa mansión de vicio y lujuria, rodeado de amantes, de
mujerzuelas que traía de Boston para entretenerle mientras su pobre esposa yacía confinada en algún lugar de la mansión del bosque. Pero no tendría a su hermana,
jamás osaría tocarle un solo cabello. Hacía demasiado tiempo que ese demonio seguía sus pasos y la miraba con deseo lujurioso.
—Vamos Prudence, nuestro padre os busca—dijo entonces.
Su hermana parecía asustada por ese hombre y cuando estuvieron lejos del alcance del caballero le preguntó si este le había hecho algo.
—¿Qué os dijo?—quiso saber Louis.
—Nada… no lo recuerdo.
—¿Os besó? ¿Acaso se atrevió a tocaros?
Prudence se sonrojó.
—No—replicó indignada.
—Pero os tenía abrazada de forma indecorosa.
Ella no respondió, ¿qué podía decirle? Mejor cambiar de tema.
—Entonces es cierto, ¿padre me casará con el hijo del granjero William?
Louis asintió con gesto grave.
—Es lo mejor para ti, ya hubo un incidente hace tiempo entre los hijos del reverendo Thomas. No dejan de asediarte como moscas a la miel y lo más peligroso es
que una de esas moscas es el caballero de Winston. Ha estado espiándote y sabes la razón, ¿no es así?
Su hermana se sonrojó incómoda y Louis continuó:
—Está casado y nadie ha visto a su esposa en meses, en cambio lo han visto con esas mujerzuelas vestidas como pavos reales, siempre con una distinta
visitando la ciudad, mostrándose altivo y desafiante. Los Winston están condenados hermanita, todos ellos, el demonio los quiere para su infierno.
Había oído historias tan tétricas de esa familia, los lugareños sabían vida y obra de todos los Winston y también de Ephraim, el último caballero dueño del feudo.
Espíritus impíos merodeaban la mansión, muertes, raptos y suicidios, ninguna dama de Winston vivía demasiado y sin embargo siempre había un Winston en la
mansión llevando una vida libertina de placeres y excesos. Como lo hizo el primero Frank apodado el irlandés.
Eran acérrimos católicos y sentían un gran desprecio por la vida puritana, por lo que ninguno era bienvenido en Winston.
—Mírame Prudence, ese caballero nunca se casará contigo y si os seduce os llenará de deshonra y vergüenza—le dijo su hermano con rudeza.
—No me seducirá, ¿creéis que soy tan tonta? No me ha hecho nada, por favor, deja de decir esas cosas—le respondió nerviosa.
Su mente era un torbellino de miedo y algo más que no lograba entender, pero no podía sacarse de la cabeza esos ojos, esa mirada dura y viril que había sido una
caricia atrevida recorriendo su cuerpo, atrapándola con suavidad y firmeza.
—Escucha Prudence, no necesita seducirte, podría someterte a sus deseos si te niegas a él. Así que te ruego que no vuelvas a andar sola por el bosque ni te
acerques a su propiedad—insistió su hermano.
La presencia de sus otros hermanos hizo que ambos guardaran silencio.
Tuvieron que caminar un buen trecho hasta llegar a la cabaña. La jovencita miró a su alrededor preguntándose si ese invierno caería nieve. Había oído que el clima
en el nuevo mundo era mucho más riguroso y helado. Odiaba ese frío que le provocaba grietas en los dedos y la hacía vivir tiritando.
Entonces su padre dijo que quería hablarle en privado.
Su suerte estaba echada, la casarían con el hijo del granjero William. No esperaban que ella se revelara o discutiera su suerte.
—Siéntate, Prudence—le pidió su padre.
Ella obedeció, ¿qué más podía hacer?
—Acaba de irse el granjero Williams y su hijo George. Vino a pedir tu mano, hija.
La puritana contuvo la respiración y permaneció con la mirada baja esperando su sentencia.
Tuvo que escuchar un sermón sobre el matrimonio antes de oír lo que tanto temía.
—El granjero Williams se marchó recién de mal talante. Es que su hijo no me agrada, es un gordo holgazán sinvergüenza que se come los mocos y… No es digno
de ti. He oído que… Al parecer le han visto perseguir golfas en Boston.
Al oír eso último el corazón de Prudence palpitó esperanzado al mirar a su padre.
—Es un buen partido sí, eso dirían las comadres, pero yo no quiero que te conviertas en una holgazana—insistió él—Tuve que darle mi parecer. No es digno de
ti, así que deberá buscarse otra esposa. Es mi decisión. Tú no estás lista para el matrimonio, estás verde hija. Y esta es la tercera petición que debo rechazar lo que no es
bueno para ti ni para mí… Somos foráneos, ingleses y ellos no sienten mucha simpatía por los ingleses y a pesar de que han sido amable con nosotros todavía somos
extranjeros en tierras puritanas y el señor Williams es un hombre influyente. Muchos critican su forma de vida apartada de la sencillez de la congregación, acumulando
tierras, cosechas e impuestos, enriqueciéndose con el trabajo de sus campesinos. El dinero y el lujo corrompen, hija, vuelven soberbia a la gente, malvada y soberbia sí.
Oh, ¿cómo agradecerle a su padre? Habría deseado correr a sus brazos y besarle pero en esa casa nunca había habido esas demostraciones de afecto tan
vehementes. Se sentía tan feliz de haber escapado de ese joven gordo y vulgar que habría deseado correr, cantar y bailar si hubiera sabido hacer algo de esas cosas que no
eran bien vistas en la aldea.
—Gracias padre—dijo ella con cautela.
—No tienes qué agradecer. Bueno, ahora ve a la cocina a preparar la cena. Hay mucho para hacer y no me agrada que pases tanto tiempo jugando en ese bosque.
Prudence sonrió y corrió a preparar el estofado, feliz de haberse escapado de un matrimonio que la había hecho muy desdichada.
Pero en el comedor no había tanta alegría luego de que Louis pusiera al corriente a su padre de lo que había ocurrido en el bosque ese día.
—Padre, ese caballero intentó besar a Prudence, no deja de acecharla y temo por mi hermana. ¿Qué será de ella si la atrapa y le hace un bastardo? Nadie la querrá
por esposa.
Su padre estaba tan furioso que no decía palabra hasta que dio un golpe seco en la mesa de duro roble ahogando una maldición de sus labios.
—Lamento que no haya boda ahora padre, tal vez el hijo del granjero no fuera un marido ejemplar, pero al menos mi hermana estaría a salvo de la seducción y el
deshonor.—
Louis, hijo, habéis tardado demasiado en alertarme sobre esta situación, ¿cuánto hace que ese malnacido persigue a tu hermana?
El joven miró a su padre boquiabierto.
—Os lo dije hace tiempo padre, en la primavera luego de nuestra llegada descubrí a ese caballero espiando a Prudence en la pradera. Y no es el único que lo hace.
Por momentos su padre parecía perder la memoria, olvidar pequeñas cosas durante el día y luego enfadarse si alguien se lo recordaba.
—No, jamás me habéis hablado de Winston. ¿Creéis que habría olvidado algo tan nefasto como eso, hijo? Lo que dices es terrible.
Louis suspiró cansado. De nuevo su padre olvidaba cosas y luego se mostraba enojado y perplejo.
—Padre, debéis buscarle marido a Prudence ahora. Hablad con el granjero William, decidle que lo habéis pensado mejor y que…
—No, no haré eso. ¿Me tomas por estúpido, Louis? ¿Creéis que me arrastraría por conseguirle un marido a tu hermana, mocoso insolente?
Se hizo un silencio tan tenso entre ambos que el ambiente se caldeó de repente y no era sólo porque sus dos hermanos encendían la estufa del comedor con
ramas y hojas secas.
De pronto le patriarca miró a su primogénito y bufó.
—Todo esto es tú culpa; grandísimo holgazán, no has sabido cuidar a tu hermana como debías. No me miréis con esa cara de pánfilo, lo que digo es verdad.
Vosotros tres, ¿es que no sois suficientes para apartar a Prudence del peligro, de esos miserables libertinos que merodean el bosque?
Ante semejante reprimenda Louis no pudo menos que soportarlo todo estoico y mudo, siempre era así, cuando su padre no podía resolver algo la emprendía
contra ellos. Pero lo cierto es que no quería casar a su hermana porque pensaba que era muy joven, que no estaba apta para el matrimonio, eso dijo después.
—Prudence no puede casarse, no está preparada, tiene la cabeza y el corazón de una niña, el médico lo dijo
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