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El cabaret de la noche Foscor 3 – Myriam Oliveras Palomar

El cabaret de la noche Foscor 3 – Myriam Oliveras Palomar

El cabaret de la noche Foscor 3 – Myriam Oliveras Palomar

Descargar El cabaret de la noche Foscor 3 En PDF —Pues a mí me ha gustado —protesté, mientras arrojaba mi refresco y los restos de las palomitas al cubo de la basura.
—¡Y a mí! Es súper buena.
Como de costumbre, la sonrisa de Echo me hizo temblar las piernas. Se había cortado el pelo y vestía tan pulcro y elegante como siempre. A su lado, Trish aún
se veía más extravagante, ataviada con una falda estilo tutú y sus zapatos de Frankenstein. Por suerte, tras someter su corto pelo a un par de tintes de fantasía, había
vuelto a teñírselo de negro azulado.
—Eh tíos, ¿qué es eso? —exclamó Pau, señalando unas luces que quedaban a una veintena de metros.
Entorné los ojos y seguí la dirección de su brazo. Una agrupación de caravanas había aparecido en medio del descampado donde se montaban las ferias del
pueblo. También había una gigantesca carpa circense a rayas rojas y negras.
Unos gritos me llamaron la atención y me fijé en que unas cuantas personas estaban tensando las cuerdas para terminar de elevar el techo. Sus entusiasmadas
voces rompían el silencio de la noche.
Intenté buscar algún cartel que indicara de qué se trataba y vi un viejo rótulo aleteando a la entrada del descampado. Anunciaba algo en letras grandes y
desiguales, pero estaba demasiado oscuro para distinguir lo que ponía.
—Vaya, quizá estén montando algo para Carnaval, faltan solo dos semanas —aventuró Trish emocionada—. Es mi fiesta preferida.
—¿Porque es el único momento del año en el que no te miran mal por ir disfrazada? —se mofó Echo con malicia.
Trish puso los ojos en blanco y le pegó un violento empujón.
—Ningún pijo casposo como tú va a darme clases de estilo. Eh, ¿por qué no nos acercamos a mirar?
Sin esperar respuesta, Trish correteó hacia el descampado y los demás decidimos seguirla, aunque a paso más lento.
Cuando estábamos a tan solo un par de metros, comprobamos que una alambrada impedía el paso. Me extrañó la absoluta ausencia de iluminación, de modo que
activé la linterna del móvil para alumbrar el cartel. En voz alta, leí el contenido, trazado en letras sangrientas y desiguales:
El Cabaret de la noche
—Muy apropiado para un pueblo llamado Foscor —bufó Trish con una risita—. ¿Serán los típicos gitanos rumanos tocando la pandereta?
—Quizá sea algo de más nivel, estilo Le cirque du soleil…
—No flipes, Evelyn. Si han aterrizado en esta mierda de pueblo, dudo mucho que sea algo de calidad. Lo más probable es que sean un atajo de garrulos del
pueblo de al lado.
—Por cierto, ¡me acabo de acordar de algo! —exclamó Pau dándose una palmada en la frente—. No sé cómo se me había pasado comentároslo.
—¿El qué?
—Mañana llega una chica de intercambio a mi casa, va a quedarse unos tres meses con mi familia.
—¿Ah, sí? ¿De dónde es? —quiso saber Trish muy interesada.
—Norteamericana, de California. Se llama Destiny. De hecho, estará en vuestra clase, chicas, así que espero que la orientéis y seáis simpáticas con ella.
—Eso depende de cómo se porte…
—Por supuesto que seremos agradables con ella —me apresuré a exclamar, lanzando a Trish una mirada de advertencia—. No hagas caso de la señorita
Antisocial.
—Espero que no sea la típica animadora insufrible.
—Me parece que has visto demasiadas películas —se rió Echo—. Seguro que será una chica de lo más normal.
Pau meneó la cabeza con cara de pillo.
—Bueno, no tan normal. He visto algunas fotos y está buenísima, con un aire a lo Miley Cyrus…
—Lo que faltaba —gruñó Trish dándome un codazo—. Ahora te fastidias y cargas tú con ella.
—¡Eh, mirad! Alguien se acerca…
El susurro de Echo nos distrajo de la absurda discusión y todos nos giramos de nuevo hacia el descampado.
En efecto, una silueta se aproximaba a la roulotte más cercana a la alambrada. La desconocida encendió un farolillo situado sobre la puerta del carromato,
rompiendo por fin la oscuridad, con lo cual pudimos distinguir sus rasgos. No fui la única en contener una exclamación.
La mujer aparentaba unos veintipocos años y su belleza era sobrecogedora. Una cortina de sedosos cabellos negros le rozaba la cintura y tenía la boca en forma
de corazón. Los labios, pintados de un rojo intenso, eran gruesos y sensuales.
No obstante, lo más poderoso de su semblante eran, sin duda, los ojos. Relucientes como aguamarinas, brillaban de forma inquietante en aquel rostro oval de piel
casi translúcida. Las pestañas eran tan largas que proyectaban largas sombras sobre sus mejillas, como si llevara puesto un antifaz.
Algo destelló por encima de sus cejas, atrayendo mi atención. Se trataba de una elegante tiara de plata vieja, decorada con una gema rojo sangre en su centro, que
ceñía su frente justo por debajo de un marcado pico de viuda. Iba a juego con el cinturón de gemas de su vestido negro, cuyas mangas y bordes en forma de jirones
rozaban el césped.
—Joder —se le escapó a Pau atónito—. ¿Quién narices es esa? Parece una de las concubinas de Drácula.
Me sorprendió la furia en la mirada de Trish cuando se giró hacia él, como si se hubiera ofendido ante su comentario.
—Vámonos.
—Pero… ¿no querías echar un vistazo? —exclamó Echo, confundido.
Sin hacerle ni caso, Trish dio media vuelta y se internó por el callejón. Me encogí de hombros ante la mueca de mis amigos y la seguí en silencio.
Ninguno de nosotros despegó los labios mientras regresábamos a casa, como si hubiéramos quedado afectados por la presencia de aquella misteriosa mujer.
Incluso cuando nos internamos en el bullicio de las calles del centro, aquella especie de silencio hueco siguió flotando entre nosotros como un fantasma.
2. DESTINY
El martes siguiente, Trish y yo nos sentamos en los bancos de la entrada como cada mañana. Siempre nos quedábamos charlando hasta que sonaba el timbre,
tiempo que ella aprovechaba para fumarse un cigarrillo.
—Bueno, hoy por fin conoceremos a la tipeja esa americana —comentó con una mezcla de desprecio y burla—. Me pregunto qué pinta tendrá.
—Estamos a punto de averiguarlo… Mira, por ahí vienen.
Nuestros amigos se acercaban con una rubia que parecía extranjera; deduje que sería Destiny. Fruncí el ceño cuando la vi apoyar la mano en el hombro de Echo
con excesivas confianzas mientras se reía a carcajadas. Ese detalle, sumado a su despampanante aspecto, hizo que le pillara manía desde el primer momento.
Una larga melena ondulada enmarcaba su rostro redondo, de abultados mofletes y gruesos labios que parecían estar siempre haciendo pucheros. Los ojos eran
pequeños y azules, con unas pestañas tan espesas que semejaban postizas, gracias a diversas capas de rímel. Para algunos tal vez resultara adorable, pero a mí me
recordó a una muñeca pepona. La odié aun más al fijarme en su diminuta nariz y aquella enorme sonrisa de dientes perfectos.
Tal y como dijo Pau, era un clon de Miley Cyrus, a quien yo no podía ni ver.
—Chicas, os presento a Destiny —exclamó Pau sonriendo.
—Qué tal, guapas —saludó ella con un marcado acento norteamericano. Al sonreír se le marcaron unos hoyuelos en las mejillas.
—De lujo —ironizó Trish, haciendo rodar los ojos. Estrechó sin ganas la mano que le tendía Destiny—. Nice to meet you, o cómo se diga. Soy Trish.

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Al sacudir el brazo, las numerosas pulseras de Destiny tintinearon de forma muy ruidosa. Aunque estábamos en febrero, iba en tirantes, con un top blanco que
dejaba al aire su bronceado estómago, mostrando el piercing de brillantes de su ombligo. Completaba el conjunto con unos tejanos que se ceñían como una segunda piel
y botas estilo cowboy.
—Yo soy Evelyn —me presenté, tendiéndole asimismo la mano. Intenté sonar simpática, pero la voz me salió algo forzada.
Destiny me la estrechó sin apenas mirarme. Estaba absorbida por el look de Trish, a quien observaba fascinada: desde su cazadora de rockera con chapas hasta
las plataformas de sus botazas New Rock, sin olvidar las cadenas que colgaban de sus pantalones rotos.
—Me encanta tu… mmm… disfras —exclamó sonriente.
—¿Mi disfraz? —repitió la aludida, frunciendo el ceño.
—Sí. Pau me ha explicado que es… Carnaval, ¿no? Una espesie de Halloween.
Echo y Pau intentaron aguantarse la risa sin éxito —tampoco pusieron demasiado empeño—, mientras Trish fulminaba a Destiny con la mirada. Me apresuré a
intervenir antes de que mi amiga se le lanzara a la yugular. Conociéndola, era muy capaz, y no precisamente en sentido figurado.
—Oh, no, Destiny, éste es el look habitual de Trish. No es un disfraz.
—Déjalo, Evelyn —masculló Trish, arrojando el cigarrillo al suelo y pisoteándolo—. La yanqui esta se cree muy graciosa.
Pasó por el lado de Destiny, empujándola a propósito con el hombro. Miré a los chicos con expresión de «Ya os vale» y salí corriendo detrás de mi amiga,
mientras escuchaba a Destiny preguntar si había hecho algo mal. El matiz inocente de su voz no me convenció en absoluto.
La mañana no fue mucho mejor. Destiny, ajena a las miradas de desprecio y comentarios sarcásticos de Trish, estuvo parloteando sin parar, describiendo con
todo lujo de detalles su enorme casa en Los Ángeles, sus tres perros, el instituto al que iba, las fiestas que montaba con sus amigos, la colección de chicos con los que
había salido… Por si fuera poco, como su español no era muy bueno, tardaba el doble que cualquier otra persona en contar cada historia.
Para cuando sonó el timbre anunciando el final de las clases matutinas, tenía la cabeza a punto de explotar. Al ser martes había clase por la tarde, de modo que
nos dirigimos a la cafetería para encontrarnos con los chicos.
Mi paciencia llegó a su límite cuando Destiny me enlazó por el brazo como si fuéramos íntimas amigas y comentó con una risita:
—Por sierto… ese amigo vuestro, Echo, es muy guapo. ¿Tiene novia?
Oí un resoplido por parte de Trish, quien acto seguido soltó una carcajada irónica y me palmeó la espalda. Miró a Destiny y afirmó:
—Has ido a preguntarle a la persona indicada. Evelyn y él son íntimos.
—¿Sí? —Destiny me escudriñó con sus ojos azules.
Me incliné hacia Trish y susurré:
—Te voy a matar… —Me giré de nuevo hacia la americana y ya en voz normal, repliqué—: No tengo ni idea. ¿Por qué no se lo preguntas tú misma?
Aceleré el paso para dejarlas atrás y me adentré en la cafetería, donde enseguida distinguí a Echo sentado al fondo. Me desplomé en una silla a su lado con un
gruñido de frustración y él me miró inquisitivo.
—¿Qué te pasa?
—¿Dónde anda Pau? —pregunté a mi vez—. De ahora en adelante, que cargue él con su amiguita. Esa tía es lo peor.
Echo se echó a reír.
—¿Quién, Destiny? A mí me parece simpática. —Dio un sorbo a su Fanta mientras yo temblaba de celos y señaló a los estudiantes que hacían cola ante el
mostrador de la cafetería—. Pau está ahí, ha ido a comprarse la comida.
—Qué valor —se burló Trish, que acababa de llegar.
Se sentó frente a mí y tiró de la anilla de su inseparable lata de Coca-Cola Zero. Por lo menos ese día también llevaba unas cuantas barritas de cereales.
—¿Dónde has dejado a Destiny? ¿Ya te la has cargado?
—Más quisiera —refunfuñó ella, mientras Echo meneaba la cabeza, divertido—. Está haciendo cola con Pau. Teniendo en cuenta cómo es la comida en este
instituto, igual tenemos suerte y la envenenan.
—¡Qué malas sois! ¿Qué tenéis en contra de ella?
—Es una engreída —repliqué, frunciendo el ceño. Abrí una bolsa de patatas fritas y mordí una con furia.
—Exacto. Debería cambiarse el nombre a «Pestiny», porque es la puta peste.
—Tampoco está tan mal…
—Tú eres un tío, Echo, así que no cuentas. —Trish se fijó en un papel publicitario que había sobre la mesa y lo acercó a sus ojos—. ¿Qué es esto? «Os
esperamos en El Cabaret de la Noche» —leyó en voz alta.
—¡Anda, es el nombre del circo ambulante que vimos el otro día! —exclamé, cayendo en la cuenta.
—Ah sí, nos lo han dado hace un rato y lo he dejado ahí para que lo vierais —asintió Echo—. Van a ofrecer una serie de espectáculos por Carnaval, aunque no
pone cuánto cuesta la entrada.
—¿Qué os parece si nos pasamos por ahí este finde? —propuso Trish con los ojos brillantes.
Recordé la fascinación que había generado en ella la misteriosa chica de la roulotte y asentí sonriente.
—Claro, vamos a ver qué se cuece, así sabremos si merece la pena pagar por el

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