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El camino de los locos – Rosa Villada

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sus adentros la misma frase que verbalizó entonces:
—¡Es injusto! ¿Por qué me insultas? ¿Por qué me tratas así? Te estoy diciendo que es sólo un relato. Ya sabes que a mí me gusta escribir. ¿Es que no puedo
escribir? —preguntó Paula a voces, sin poder contener su indignación.
—No, Paula, no puedes escribir. Y si vuelves a hacerlo —dijo repentinamente calmado, mientras sacaba lentamente su pistola de la funda—, si vuelvo a ver algún
cuaderno con porquerías de este estilo, te mato. Te juro que te mato.
Paula no podía dar crédito a lo que estaba oyendo, pero no osó responder. Por unos instantes se quedó absolutamente paralizada. Momentos después echó a
correr y se encerró en el baño. Allí, las piernas comenzaron a temblarle y se orinó encima. Durante un buen rato estuvo llorando, sin entender nada de lo que había
pasado. Poco a poco se fue calmando y razonó que, sin duda, su marido se había vuelto loco. Debía ser una especie de enajenación transitoria o algo por el estilo,
porque Paco no era una persona violenta. Pero su imagen, amenazándola con la pistola, volvía a su mente una y otra vez.
De pronto oyó las risas de sus hijos y se asustó. ¿Sería capaz de hacerles daño a ellos? Conteniendo la respiración, pegó su oreja a la puerta e intentó escuchar lo
que ocurría al otro lado. Las voces alegres de los críos y de su marido, la tranquilizaron. Lo que allí se estaba desarrollando era una escena familiar, como tantas otras.
Parecía que el susto había pasado, aunque a ella aún no le llegaba la camisa al cuerpo. Una parte de sí misma estaba muy indignada, y reclamaba una explicación. Aquello
no podía quedar así. Pero otra parte le decía que no debía preocuparse, y que lo mejor era actuar como otras veces: hacer como si no hubiera pasado nada.
Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron su reflexión. Era su marido para informarle que, aprovechando que había llegado temprano, iba a llevar un poco a
Fernando y Elena a los columpios del parque. La voz de Paco sonaba ya como la de todos los días, y Paula respondió también con aparente naturalidad:
—Está bien… Pero no estéis mucho rato, que luego se hace tarde para cenar.
—No te preocupes, volvemos enseguida… ¿Estás bien? —añadió él tras una breve pausa.
—Sí, sí, estoy bien.
—Decidle adiós a mamá —pidió a los niños.
—Adiós, mamá —dijeron sus hijos al unísono.

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Cuando escuchó cerrarse la puerta de la calle, Paula se quitó las bragas mojadas y las aclaró en el grifo del lavabo. Utilizándolas a modo de bayeta limpió el suelo
y ella se lavó en el bidé. Salió del baño y saludó a Carmen, la criada, que se encontraba en la cocina preparando la cena. Con disimulo, se dirigió a la terraza y metió las
bragas en la lavadora.
Después fue a su habitación y se puso unas bragas limpias. Inmediatamente, como una posesa, juntó todos sus cuadernos, que estaban esparcidos por los
cajones, y los metió en una bolsa de viaje. Con rapidez, bajó hasta el sótano y allí los fue introduciendo uno a uno en la caldera de la calefacción, sin dejar de llorar.
Paco y los niños no tardaron mucho en llegar. La mesa ya estaba puesta. Carmen, como siempre hacía, se había ido a su casa después de preparar la cena. El ritual
fue similar al de todos los días. El alboroto de los críos hacía innecesaria la conversación con su marido. Paco se comportaba como cualquier otra noche. Como si no
hubiera pasado nada. Luego, en la cama, él tomó la iniciativa e hicieron el amor.
Mientras su marido dormía, en el interior de Paula se acumulaba una gran indignación y se debatía una terrible lucha. Pero la parte de ella que quería gritar a su
marido y pedirle explicaciones por lo que había pasado, resultaba cada vez más débil. Esa voz, al principio furiosa, se fue oyendo más lejana, hasta que consiguió dejar
de escucharla.
De algún modo Paula se sintió aliviada. A ella nunca le habían gustado los conflictos, siempre procuraba huir de ellos. Algo en su cabeza empezaba a decirle con
insistencia: “Es mejor no liarla. Déjalo estar. Seguro que ha tenido algún problema en el trabajo, y lo ha pagado contigo. ¿No ves que ya es otra vez un marido y un
padre cariñoso? ¿No te das cuenta de que todo ha vuelto a la normalidad?”
El sonido del despertador interrumpió los recuerdos de Paula. Lo paró con desgana. Eran las nueve de la mañana, hora de levantarse. Como una sonámbula,
profundamente afectada por lo que acababa de recordar, se dirigió al baño y se enfrentó co
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