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Libro El camino de Santi – Diego Hungría Mañez

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Ocupantes aparcó frente a unos chalets
adosados bastante antiguos. Era de
noche, pasada la media, y tan solo las
luces de las farolas se atrevían a
deambular por las calles, mojadas
todavía por una reciente lluvia de
finales de primavera.
—¿Quiere que le acompañe, Jefe? —
preguntó el que conducía.
—No, esta vez no hará falta —
contestó el otro bajando de la furgoneta.
Se dirigió a una de las puertas y tocó
el timbre de una casa blanca, con dos
alturas y un pequeño jardín algo
descuidado. Al igual que en la casa de
al lado, dentro todo estaba apagado, en
silencio. Volvió a tocar el timbre. El
ruido de un coche que pasó lentamente
por la calle despertó a un gato negro.
—¡Ya voy! ¿Quién coño será a estas
horas? —Se escuchó desde dentro de la
casa mientras se encendía la luz de la
entrada. La puerta se abrió de un modo
algo brusco.
—Mi querido partener… —dijo
arrastrando la última palabra en su
idioma materno, disfrutando de la
sorpresa y esperando la invitación para
pasar dentro.
Al verle la cara se le heló la sangre y,
después, poco a poco todo el cuerpo. Le
desapareció el rostro que tenía minutos
antes mientras dormía plácidamente
junto a su mujer y en su lugar apareció
otro que ya casi ni recordaba, un rostro
que dibujaba terror. Aquel hombre
calvo, bajito, con bigote, y ahora helado
y asustado, supo entonces que donde
hubo fuego siempre quedarán cenizas,
que el pasado oscuro siempre anda tras
una persona cual sombra, esperando el
momento más débil y oportuno, para
aparecer de nuevo y envolverte.
—T… t… tú… —consiguió articular
con voz queda el hombre—. Pasa…
—Gracias. —A pesar de que el
tiempo era agradable, casi veraniego,
aquel agradecimiento de cortesía sonó
muy frío.
Pasaron al comedor. Desde fuera el
hombre que esperaba en la furgoneta
blanca vio cómo se encendía la luz del
mismo.
—¿Qué ocurre? Quiero decir…,
cuánto tiempo…, creía que te habías
ido…, o algo. Siento mucho lo de tu
hermano… —Las palabras sonaban
torpes al igual que lo eran sus
movimientos.
—Mateo, necesito tu ayuda… —dijo
sin más preámbulos.
—Pero, Nicolav… —comenzó a
decir—. Jefe… —rectificó.
—Necesito que me prometas que me
vas a ayudar si así lo requiero—le
cortó, pues no estaba acostumbrado a
peros y noes.
—Pero… ya sabes que estoy limpio.
Tengo una nueva vida, ya lo dejé, lo
acordamos.
—¡Maldito gilipollas! —levantó la
voz impaciente—. ¿Quién coño te crees
que te pagó esta casa con jardín?
—Tú… —Mateo se encogió todavía
un poco más.
—A parte de Mihail, eres la única
persona en la que puedo confiar para
este trabajo.
—Mihail… —El hombre comenzó a
temblar sin poder disimularlo—.
¿Dónde está? —preguntó con la
esperanza de que no estuviera por allí,
cerca de él, ni de su mujer y sus hijas
que dormían en el piso de arriba, de
momento, ajenas a todo.
Mateo no tenía claro a quién temía
más, si a la persona que tenía allí
delante, o a la que en ese momento se

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encontraba fuera, en una furgoneta
blanca esperando.
—Está fuera, esperando… —dijo
Nicolav muy lentamente y disfrutando
del miedo que sabía que provocaban
esas palabras.
De repente desde fuera, Mihail, el
temido hombre que esperaba en la
furgoneta, observó a través de la puerta
de la casa cómo se encendía, de nuevo,
la luz de la entrada, cogió la pistola que
guardaba en la guantera y jugueteó con
ella en la mano. Por el momento no
había motivos para desobedecer la
orden de su jefe.
—Cariño. ¿Qué pasa? ¿Quién es? —
Por la puerta del comedor apareció una
mujer más joven, alta y guapa que su
marido. Se llevó la mano a la boca para
ahogar un grito cuando vio con quién
estaba el hombre al que reclamaba en su
cama.
—Buenas noches —dijo Nicolav
sonriendo fríamente, e intentando
recordar el nombre de esa mujer, a la
que él mismo trajo de Rumanía y
prostituyó durante un tiempo.
La mujer no pudo contestar, tal vez
porque si conseguía articular alguna
palabra se le escaparía el chillido que
todavía intentaba contener, o se le
acentuarían las lágrimas que ya
comenzaban a brotar de sus ojos. El
hombre que la observaba detenidamente
le había arruinado la vida, para después,
como si de su dueño se tratase, hacerle
el «favor» de dejarle abandonar la calle
para casarse con Mateo, el único
hombre que no le pagaba ni pegaba al
acostarse con ella.
Nicolav adivinó, mientras la seguía
observando, que habría tenido al menos
un hijo, pues el cuerpo se le había
estropeado un poco. Algo impensable
cuando él prostituía a mujeres como
aquella y les obligaba a frecuentar un
gimnasio, al menos cuatro veces por
semana.
—Yo ya me marchaba —dijo
levantándose y dirigiéndose de nuevo al
hombre calvo que estaba sumido en el
más absoluto silencio y temor—. Tan
solo venía a traer una invitación para
una fiesta a Mateo —continuó,
dejándole una tarjeta encima de la mesa
—. Desafortunadamente es una fiesta
solo para hombres —le dijo a la mujer,
que se apartó y cerró los ojos cuando le
besó la mano y salió por la puerta de su
casa.
—¿Qué tal ha ido, Jefe? —preguntó el
impaciente hombre de la furgoneta
cuando Nicolav entró en el vehículo.
—Bien. Podemos contar con él… —
Se quedó mirando hacia la puerta de la
casa—. Podemos fiarnos.
—¿Cómo está tan seguro? ¿Cómo
podemos fiarnos de él? —dijo mientras
el ruido del arranque de la furgoneta
rompía el silencio de la calle.
—Por el miedo.
Mihail sonrió contento con aquella
respuesta.
Mientras tanto, en el interior de la
casa, aquella casa que ya nunca volvería
a ser la misma, una mujer sollozaba y
Mateo, su marido asustado, sujetaba con
las manos temblorosas una tarjeta en la
que aparecía una dirección, una fecha y
una hora.

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CAPÍTULO 2
Era un amigo de verdad, de los que
sabe verdaderamente cuándo necesitas
ayuda aunque la niegues, sabe cuándo
dejarte solo, cuándo es el momento de
darte un buen consejo, cómo hacerte reír
y cuándo ofrecerte un hombro en el que
llorar. Pero sobre todo, era un amigo de
los que siempre siempre están ahí. Para
Santi, Rubén era un hermano del que
solo le separaba la palabra amistad.
—Y entonces me dice: «¿Estás solo
en casa?». Y yo le digo que no. ¿Y sabes
qué me responde? —Esperó para ver si
su amigo le respondía—. Que le daba
más morbo si nos podían escuchar mis
padres —dijo al no obtener respuesta.
Un chico que iba en el metro con ellos
levantó la vista de su teléfono móvil y
les miró, había estado prestando más
atención a la conversación que el propio
Santi. Rubén le miró fijamente y el chico
volvió a bajar la vista a su teléfono
móvil, pero su atención seguía
expectante a que siguiera con la historia.
—Oye, ¿tú cuántas empanadillas te
has comido hoy? —bromeó para ver si
volvía a recuperar la atención de su
amigo—. ¿Más de la cuenta?
—Hoy todavía no me he comido
ninguna, mira por dónde.
—Vaya… Pues esto es peor de lo que
me temía.
Aunque Rubén ya sabía de lejos qué
es lo que pasaba por la cabeza de su
mejor amigo, quería distraerle, quería
que dejara de pensar en ella, que la
olvidara así de golpe y porrazo, al
menos mientras el recuerdo le doliera,
como podía observar y era el caso.
—Que no, que no, sigue que te estoy
escuchando y quedan tres paradas, así
que acelera.
—Bueno, luego si quieres podemos
quedar un rato, ¿no? A tomar unas
cervezas.
—Y dale con la cerveza. Yo voy a ir
al gimnasio y luego a correr. Tú lo que
deberías hacer es venirte y dejarte de
tanto jamón y tantas papas fritas que yo
no sé cómo no se asustan las chicas
cuando te quitas la camiseta.
—Ja, ja, ja, ja, cabrón. Sí, la verdad
es que tengo que ponerme a correr un
poco. —Se defendió mirándose la
barriga.
Santi había perdido la cuenta de las
veces que había escuchado aquella
frase.
—Mira, te voy a enseñar una foto,
para que la veas.
Rubén sacó el teléfono móvil y Santi
se dio cuenta de que solamente él y una
mujer mayor, que leía un libro de papel,
no tenían uno de esos aparatos
electrónicos en la mano, en aquel metro.
Al desbloquear la pantalla, lo que
apareció conmocionó a Santi: de fondo
de pantalla, allí estaban los dos amigos
cogidos por el cuello y sonriendo a la
cámara. Rubén era más corpulento, fruto
del gimnasio, una dieta demasiado
proteica y unos batidos que más bien le
vaciaban el bolsillo, tenía el pelo más
largo, algunos días peinado, otros días
no, sus ojos eran azul claro y le hacían
ligar tan solo una tercera parte de lo que
él aseguraba, en la actualidad
conservaba todos esos rasgos, quizás,
con el añadido de unos kilos más. Santi
estaba igual que en la foto: tenía el pelo
corto, negro y sus ojos podían variar de
un color marrón claro a verde claro si le
daba el sol, era un poco más alto que su
amigo de lo cual siempre se jactaba, y
su cuerpo, fruto de su afición al deporte
aeróbico y herencia de su padre, era
delgado y definido. Aquella foto
también le removió un poco el pasado,
un pasado no muy lejano, un pasado en
el que solo existía ella, la misma chica
que les hizo esa foto.
Desde los dieciséis años hasta los
dieciocho, en la vida de Santi solo
existía Mara. Era la chica de sus sueños
y la de muchos otros más, cosa que ella
no pudo pasar por alto. Se enamoró por
primera vez de una chica y se olvidó de
su mejor amigo Rubén, a pesar de que,
con catorce años e inocentemente, se
prometieron que una chica jamás les
haría separarse. Ni una chica ni nada en
el mundo. La amistad sería lo primero,
incluso la familia podría esperar. Rubén
jamás le tuvo en cuenta esa época en la
que, con suerte, veía a su mejor amigo
una o dos veces por semana. Ahora, con
diecinueve años, Rubén seguía fiel a su
promesa, como siempre, y Santi la había
vuelto a hacer, aunque esta vez, en
silencio.
—¿Eh? ¿A que está buena? —le dijo
acercándole, todavía más, el móvil a la
cara.—
Que sí, pesado.
—Tiene un par de… ¿Eh? Y mira esta
es su amiga. —Probó Rubén—. Y
también tiene un par de… —continuó
con una amplia y pícara sonrisa.
—Mira, pues un par de una y un par
de otra, ya tienes dos pares para ti solito
—le cortó su amigo.
—Sabes que el día que haga un trío te
enviaré un vídeo, quizás te haga una
videollamada.
—¡DIOS! ¡NO! —chilló Santi, y el
chico de enfrente volvió a levantar la
vista.
El metro anunció la parada de los dos
amigos: «Próxima parada: Joaquín
Sorolla- Jesús».
El chico volvió a mirarlos antes de
que salieran y esta vez Santi observó
una pulsera en su mano con la bandera
de los colores del orgullo gay. Le miró y
sintió una verdadera admiración hacia
él, era bastante joven y no ocultaba su
verdad. Él, sin embargo, sí la ocultaba,
y le estaba comiendo por dentro, le
producía insomnio, lágrimas y un poco
de ansiedad. Pero su orgullo no le
permitía hablar con nadie del tema, ni
con la persona que había provocado que
se sintiera así.
—Estás empanado. —Y le dio una
colleja sacándolo de sus pensamientos.
Santi comenzó a correr detrás de su
amigo por las escaleras para
devolvérsela. Una señora bajaba y los
miró con cara extraña. Para disgusto de
Santi, llevaba puesto un abrigo de pieles
que no sabía distinguir si era sintético o
no. Al pasar por su lado, Rubén casi la
tiró, y la señora tuvo que agarrarse a la
barandilla.
—Señora, le pido disculpas. Hoy no
he tomado mi medicación y estoy un
poco nervioso. Me he escapado del
centro psiquiátrico y este es mi
compañero de celda: Mou.
—A vosotros os ponía yo a trabajar,
pero rápido, a ver si aportabais algo a
esta sociedad —gritó la señora
alarmada, todavía agarrada a la
barandilla.
—Ja, ja, ja, ja, la vieja, seguro que
viene de fundirle la visa al marido —
dijo Rubén cuando esta ya había
desaparecido por las escaleras—.
Bueno, me voy a casa que quiero ir al
gimnasio un rato antes de salir con estos.
¡Por fin es viernes! —exclamó como si
fuese William Wallace gritando libertad
—. Ya sabes, te veo hoy o mañana, no
me folles.
—¿No me folles? Eso quisieras tú,
bueno y el chico del metro, que era
homosexual y te estaba mirando pero
bien, cuando has salido te ha mirado el
culo haciendo esto con la lengua.
Hizo ese gesto, aparentemente sexy,
de quitarse la espuma de la cerveza de
la boca. Rubén comenzó a reírse y se
chocaron la mano. Cada uno tomó una
dirección.
—¡Haz un poco de cinta en el
gimnasio! —se despidió Santi sin darse
la vuelta.
—Sííííí, está bieeeen.
En vez de coger el autobús, Santi
decidió irse andando al piso donde
vivía con su hermana pequeña
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