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Libro El capitán intocable Los duques de guerra 3 – Erica Ridley

Libro  El capitán intocable Los duques de guerra 3 – Erica Ridley

Libro El capitán intocable Los duques de guerra 3 – Erica Ridley 

PDF Descargar decepcionantemente su prístina
reputación, deseaba hacerlo disfrutando
de los placeres ilícitos, no solo leyendo
sobre ellos.
Ni mirando boquiabierta.
Cada ilustración representaba a un
hombre y una mujer en posiciones que
apenas podía comprender. Había
examinado esas páginas docenas de
veces, y algunas de esas posturas
parecían increíbles de realizar, no
importaba en qué dirección girarse el
ejemplar.
Jane suspiró. Los bocetos no podían
transmitir la sensación, el olor, ni el
gusto de hacer el amor. Para entenderlo
de verdad, tendría que experimentar lo
maravilloso que debía ser por sí misma.
Lo cual, en su posición, sería un
hecho muy poco probable.
Desde cierto punto de vista, no era
tan malo haber nacido en gentileza. No
le gustaría cambiar su posición en la alta
sociedad por la vida en las colonias,
pero había un nivel intermedio y
elegante: las cortesanas.
Algunas de esas mujeres eran más
ricas y sofisticadas que las
pertenecientes a las más altas esferas de
la alta sociedad, y podían elegir a sus
amantes de acuerdo a su voluntad. Los
rumores sobre asuntos carnales
mejoraban, más que empeoraban, sus
reputaciones.
Las únicas personas que disfrutaban
de libertades algo comparables en una
sociedad educada eran las libertinas—e
incluso en ese caso, su libertinaje no
podía ir tan lejos.
Las mujeres respetables, por otro
lado, no tenían tal privilegio. La única
manera que permitía que una mujer
tuviera un hombre sin arruinar su
reputación en el proceso sería casarse…
o ser tan clandestina que nadie se
enterase nunca.
Siendo realistas, Jane solo contaba
con una de esas opciones—y no era el
matrimonio. Los hombres elegibles
habían dispuesto de veinticuatro años
para pedir su mano, y ni siquiera se
habían molestado en invitarle a bailar.
Mucho menos a llevar a cabo actos
de… lo que fuera que la pareja entintada
estaba haciendo en ese dibujo en
particular. Jane volvió a girar la
publicación. Todavía parecía la misma
posición. No estaba segura de que fuera

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erótica, pero sin duda era interesante.
Y tentadora. Mientras que ella no
cambiaría las libertades de la soltería
por un matrimonio frío y sin amor,
cambiaría felizmente sus solitarios y
monótonos días por noches de tórrida
pasión.
Con el hombre adecuado.
La imagen del apuesto rostro del
capitán Grey emergió a la vanguardia de
su mente. Como solía hacer doscientas
veces al día. ¿Tendría ella una relación
clandestina con el capitán Grey? Por
supuesto. La pregunta era, ¿la tendría él?
No cuando ella carecía de la
capacidad básica para atraer el interés
de un hombre.
Jane suspiró. Lo que pasaba con el
matrimonio era que una estaba obligada
a tener encuentros íntimos con el
cónyuge si pretendía engendrar
herederos. Lo que pasaba con los
affaires secretos era que el acto en sí se
hacía por placer, no practicidad, y una
solo participaba en tales encuentros
carnales con quien la deseara.
Y Jane era claramente indeseable.
Podría haber dicho invisible, si no
fuera por esa breve conversación
susurrada y el sutil roce del hombro del
capitán contra el suyo. Ella agarró el
libro contra su pecho. Él le había visto.
Y había hablado con ella. Y le había
tratado como si fuera una amiga, aunque
temporal.
Nada de eso significaba que
estuviera ansioso por acostarse con ella,
pero, oh, ¿acaso no sería un asunto
amoroso perfecto?
Sus hombros se desplomaron. Si no
fuera porque estaba completamente fuera
de la cuestión. A esta hora, él estaría sin
duda de camino a su casa de
Chelmsford, y ella estaría atrapada aquí,
en esta casa de la ciudad con su hermano
durante el resto de la temporada.
Durante el resto de su vida.
Incluso si hubiera logrado embelesar
al capitán con nada más que el roce de
su hombro y su pasión por los
dramaturgos griegos, hubiera sido en
vano. En el momento en que ella lo
hubiera visto de nuevo—si es que ese
día hubiera llegado—él ya habría
encontrado a alguien más. Alguien
memorable.
“¿Jane?” Un fuerte golpe tronó
contra la puerta.
Su hermano. Con dedos
temblorosos, ella depositó el pequeño
libro de nuevo en el tomo sobre costura
decorativa y lo metió en su lugar entre
todos los otros volúmenes.
La puerta se sacudió contra la silla
apoyada por debajo del pomo. “¿Jane?
¿Estás bloqueando la entrada a la
biblioteca?”
Ella corrió hacia la puerta y arrastró
el pesado sillón orejero de nuevo hacia
la chimenea. Jadeante, se apartó un
mechón húmedo de su frente y abrió la
puerta.
“No seas absurdo, Isaac. ¿Por qué
diablos iba a bloquear la entrada de—
¡miauuuuuuuu!”
Egui, el gato endemoniado, saltó de
los brazos de su hermano y se enganchó
a su corpiño, arañándola con sus
afiladas garras mientras se iba
deslizando por ella hasta el suelo y salía
disparado hacia las sombras.
“Sería más dulce contigo si no le
trataras así,” le reprendió Isaac. “Nunca
se pone de mal humor a menos que esté
a tu alrededor.”
Ella sonrió con los dientes
apretados. “Me esforzaré por prestarle
menos atención a partir de ahora.
¿Necesitabas algo?”
“Me temo que sí. He convocado una
reunión con la junta directiva de los
futuros piscicultores en Exeter, y tengo
que salir en los próximos minutos si no
quiero que la tormenta de nieve me
alcance. ¿Puedes asegurarte de que Egui
está bien mientras que me ausento? Solo
serán un par de semanas a lo sumo, pero
uno nunca puede saberlo con seguridad
cuando se trata de hombres y sus
arenques.”
“Sí, sí, perfecto,” respondió Jane
automáticamente con el corazón
palpitante.

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¡Esta era su oportunidad de labrar su
propio destino! Con su hermano lejos,
nadie sabría si la solterona de Jane
Downing estaría en casa sumergida en
sus libros o se habría escapado
furtivamente de casa. Podría estar en
Chelmsford a la hora del almuerzo.
Si sucedía finalmente que el capitán
Gray no la seducía, bueno, tendría que
seducirlo ella a él. Y si no estaba en
casa—o, peor aún, la rechazaba
absolutamente—había un montón de
hostales en Essex, y ella estaría de
vuelta en Londres a primera hora de la
mañana sin que nadie fuera conocedor
de lo ocurrido.
Pero primero, necesitaba despedir a
Isaac lo más rápido posible para que
pudiera darse prisa en su camino.
“Adelante, querido hermano. Egui será
una delicia. Disfruta de tu reunión sin
preocupaciones mayores.”
“Eres maravillosa, Jane, de verdad.
No sé lo que haría sin ti.” Él la besó en
ambas mejillas, le dio unas palmaditas
en el brazo, y luego cayó de rodillas
para despedir a su criatura peluda.
“Egui… Egui… ven aquí, gatito. Ven a
decirle adiós a papá.”
Jane no disimuló a la hora de voltear
los ojos cuando escuchó la cantarina voz
de su varonil hermano, afectado cuando
le hablaba a su gato. Tampoco intentó
ocultar su furia e incredulidad cuando el
monstruo barrigón saltó de las
estanterías con la cabeza gacha y su
plateada cola levantada, completamente
dócil.
Egui saltó a los brazos abiertos de
Isaac sin ni una sola garra a la vista.
Estiró su columna vertebral y ronroneó
con fuerza. Mientras que Isaac acunaba a
su amada mascota contra su pecho, Egui
levantó su lánguida mirada sobre el
hombro de su amo e hizo contacto visual
directo con Jane.
Ella podía jurar que había visto a la
bestia sonreír.
Isaac se puso en pie y se sacudió los
pelos de sus pantalones. “Gracias de
nuevo, Jane. Te debo una muy grande.
Sé bueno, gatito. Nos veremos dentro de
una quincena.”
Ella sonrió. Egui se deslizó bajo el
dobladillo de su vestido y comenzó a
destrozar sus medias.
Con los dientes apretados, Jane
estuvo a punto de empujar a Isaac por la
puerta. “No hay problema, hermano.
Aquí estaré siempre que me necesites.
Buen viaje. No te traigas ninguna larva
de pez contigo. Te quiero.”
“Yo también te quiero, Jane. Eres
una en un millón.” Con un último beso en
su mejilla, Isaac desapareció por el
pasillo.
Tan pronto como oyó la puerta
delantera cerrarse, Jane se inclinó y tiró
de Egui de su tobillo sangrante—
entonces inmediatamente lo dejó caer,
antes de que el animal emitiera un
aullido ensordecedor. Lo último que
necesitaba era que Isaac volviera
corriendo y pasara el próximo par de
horas tratando de hacerle comprender a
su hermana que sus intenciones eran
incomprendidas por su angelical
mascota.
Antes de que Egui pudiera emplear
sus garras en su otro tobillo, ella se
apresuró a salir de la biblioteca y corrió
escaleras arriba hasta su dormitorio. Su
doncella estaba delante de su armario
abierto con una pila de ropa recién
lavada en brazos.
“¡Martha! Tu tiempo es espléndido.
Ayúdame a hacer una maleta con… ropa
aparente para una semana.” Eso era
descaradamente optimista, pero Jane
suponía que era mejor llevar ropa
limpia y probablemente, no necesaria,
para intentar seducirle antes que ir
envuelta en harapos viejos. “Tal vez un
pequeño baúl.”
“Enseguida, señorita Downing.”
Martha colocó la ropa en un estante y
fue a buscar un baúl de viaje. “¿A dónde
vamos?”
“A…” Jane tragó. Si el propósito de
este desesperado esfuerzo era
embarcarse en una breve relación
clandestina, la última persona que debía
ser testimonio de esta misma era una
sierva bajo las órdenes deIsaac. Tendría
que ir sola. “Puedes tomarte unas
vacaciones esta semana, con efecto
inmediato. Voy a ir a visitar a una amiga
que está enferma, y lo mejor es que no
nos arriesguemos a caer nosotras
también.”
Los ojos de Martha brillaban. Jane

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tenía una fuerte sospecha de que la chica
estaba enredada con uno de los
sirvientes y no le importaba pasar unos
días separada de su señora. Las
relaciones interpersonales entre
trabajadores eran totalmente
desaconsejables, por supuesto, pero
teniendo en cuenta que Jane estaba a
punto de emprender su viaje para
seducir a un hombre que no sabía
absolutamente nada de ella, apenas
podía interponerse en el camino de la
pasión de los demás.
Ella comenzó a juntar cambios de
ropa y medias en el pequeño maletero.
“Una pequeña petición, Martha.
¿Podrías por favor cuidar de Egui por
mí mientras que estoy fuera?”
Martha palideció y sacudió la
cabeza violentamente. “¡Oh, señora, por
favor, no me pida eso! Preferiría hacer
de enfermera para leprosos que pasar un
segundo a solas con ese gato. No creo
que… le guste demasiado.”
Por supuesto que no. Las sienes de
Jane comenzaron a latir con fuerza. Egui
odiaba a todo el mundo excepto a Isaac.
Quizás era mejor que se encargase uno
de los sirvientes. “Muy bien. Vaya a
pedirle a Dunbar que convoque una
diligencia. Y que envíe un lacayo para
que se encargue de cargar este baúl.
Deseo salir lo más pronto posible.”
Martha asintió con la cabeza y salió
del dormitorio antes de que su señora
pudiese cambiar de opinión.
Jane ya había empujado a Egui fuera
de sus pensamientos. Al menos por el
momento. El desastre más apremiante
era qué ropa podría ponerse que
revelase algo de sus senos para inculcar
un poco de lujuria en el hombre.
Ella frunció el ceño mientras
rebuscaba en su aburrido armario.
¿Cómo se suponía que iba a seducir a un
elegante capitán militar cuando ni
siquiera lograba atraer la atención de
los demás caballeros a los que conocía?
Ella guardó su kit de bordado al lado de
los vestidos. Tal vez podría modificar el
escote de algunos corpiños en su camino
hacia Essex.
Jane estaba terminando de cerrar el
baúl cuando Martha regresó con un par
de sirvientes, quienes se irguieron
inmediatamente y esperaron a escuchar
sus instrucciones.
Martha se retorció las manos. “Su
diligencia está esperando, señora.
¿Seguro que no debo acompañarla?”
“No, gracias. Te has ganado unas
vacaciones. Clive, Malcolm, necesito
que cuidéis de Egui por mí mientras que
estoy—”
Ambos sirvientes soltaron el baúl y
la miraron con horror. “¡No puede
pedirnos eso! Nosotros— Ese gato—”
Jane levantó los ojos hacia el techo
y dejó escapar un sonoro y largo suspiro
de sufrimiento. Ninguna persona
inteligente deseaba cuidar de Egui, pero
ella había sido la única tonta que se
había comprometido a ello. La alimaña
sería ahora su responsabilidad hasta que
Isaac volviera, teniendo un encuentro
romántico de por medio o no. “Voy a ser
clara. Voy a estar dentro de esa
diligencia y en mi camino en menos de
cinco minutos. Si Egui está en una cesta
cerrada sobre mi regazo para ese
entonces se vendrá conmigo, de lo
contrario—”
Clive y Malcolm huyeron de la
habitación sin mirar atrás.
Martha se quedó mirando hacia la
puerta vacía, y luego desvió los ojos
hacia su señora. “Eh… ¿quiere que llame
al mayordomo?”
Jane negó con la cabeza. “A estas
alturas, todo el mundo estará buscando a
ese gato odioso. Vamos, entonces.
Agarre el baúl de ese lado que yo lo
sostendré de este.”
Causando solo daños menores al
revestimiento de madera, ella y Martha
consiguieron bajar el baúl por las
escalerasy arrastrarlo hasta la puerta
principal, donde el horrorizado
mayordomo y el conductor de la
diligencia se precipitaron para
aliviarlas de su indecorosa carga y
escoltara Jane hasta el carruaje.
Tan pronto como su derrière tocó la
desgastada banqueta del vehículo, Clive
y Malcolm se precipitaron fuera de la
casa de la ciudad con una cesta de
mimbre agitándose y chillando, y marcas
de arañazos leves por todos sus
triunfantes rostros.
Ella extendió los brazos hacia la
cesta.
Egui, al parecer, estaba destinado a
jugar el papel de su acompañante en su
búsqueda de un encuentro romántico.
Maravilloso. Tal vez no saldría
triunfante, pero sin duda, la aventura que
estaba a punto de emprender sería una
experiencia memorable.
Capítulo Cuatro
A pesar del viento helado y la
cegadora nieve, el sudor se aferraba a la
frente del capitán Xavier Grey mientras
que este estrellaba un hacha en uno de
los pocos troncos recuperables y
todavía visibles en el manto blanco
detrás de su pequeña casa de campo.
Cuando había enviado a su puñado
de sirvientes hasta Chelmsford poco más
de quince días atrás para preparar su
domicilio, el clima había sido frío, pero
despejado. Cuando había enviado a su
personal de vacaciones durante el resto
de esos quince días mientras que él
visitaba a unos amigos en Londres,
Xavier realmente había tenido ganas de
regresar a casa uno o dos días después
de su partida. La soledad le haría bien.
La tormenta, no tanto.
Las provisiones durarían una
semana, dos a lo sumo. Tal vez sería
suficiente. Tal vez no. Mantenerse
caliente sería crítico. Él lanzó el hacha
por última vez y luego comenzó a
transportar los troncos en el interior.
Nadie había pronosticado una
tormenta de nieve. Supuso que era la
propia naturaleza de… bueno, la
naturaleza. Su imprevisibilidad. Lo que
había comenzado como una preciosa
nevada ahora amenazaba con sepultar a
todos en sus casas. Él lanzó el último de
los troncos a la pila de reserva.
Un escalofrío recorrió su piel
mientras que el capitán atrancaba la
puerta frontal contra el viento calador.
Era Irónico. Nunca había esperado estar
atrapado en ningún otro lugar de nuevo,
y ahora estaba aquí, encerrándose él
mismo. El hecho de que esta vez fuera
involuntario—todas las aberturas
estaban selladas para impedir la entrada
de nieve, no para impedir su salida—
debería haber aliviado su creciente
pánico.
No era así.
Él comenzó a acechar los pasillos de
su vieja y familiar casa de campo. La
cocina estaba limpia y fría. El comedor:
oscuro. La biblioteca: en silencio. Las
habitaciones de los sirvientes: vacantes.
El dormitorio principal: solitario. Toda
la casa estaba desprovista de compañía
o estimulación. Solo un ex capitán
inquieto, a solas con sus pensamientos…
y sus recuerdos.
No es que Xavier apreciara la
compañía.
Él podría haber dejado el campo de
batalla, pero su mente todavía estaba en
la guerra. Nunca podría borrar los
horrores que había visto. Tampoco el
papel que había jugado.
Su piel se erizó. Había aprendido
cosas sobre sí mismo que ahora estaría
dispuesto a hacer cualquier cosa con tal
de olvidar. Había partido en busca de
honor, de heroísmo. En cambio, se había
encontrado con el mal. A su alrededor, y
dentro de sí mismo.
Y había sido recompensado por
ello. Era una amarga ironía que hubiera
regresado a casa sin un rasguño cuando
hombres más honorables—mejores
hombres—habían vuelto en pedazos, o
no habían vuelto directamente. Su amigo
de la infancia Bartholomew Blackpool
había perdido una pierna… y el hermano
gemelo del hombre había muerto
defendiendo su país.
Xavier nunca le diría a Bart lo
afortunado que Edmund había sido de
que una bala le hubiera atravesado antes
de que los soldados franceses le
hubieran encontrado.
Había destinos mucho peores que la
muerte. Xavier lo sabía bien.
Él se quitó la chaqueta y la camisa y
se lavó en un recipiente lleno de agua.
No sirvió de nada. Nunca se sentiría
limpio. Tampoco debería hacerlo.
Él suspiró. No importaba que
estuviera ahí atrapado sin sus siervos.
No merecía tener compañía, y

Libro  El capitán intocable Los duques de guerra 3 – Erica Ridley
ciertamente no merecía ser atendido.
Esperaba que su personal fuera lo
suficientemente inteligente como para
haberse detenerse ante las inclemencias
del tiempo en lugar de tratar de llegar a
su casa durante una tormenta de nieve.
Las carreteras se convertirían
rápidamente en una trampa mortal.
Él se puso una camisa limpia y un
abrigo más grueso. Vestirse cálidamente
le permitiría racionar mejor la leña.

Libro  El capitán intocable Los duques de guerra 3 – Erica Ridley
El salón era la única habitación con
una pequeña chimenea en su hogar. Él
removió las brasas con un atizador. La
noche caería en unas pocas horas, y no
quería que el fuego muriera mientras
tanto. Alguien llamó a la puerta.
Con el ceño fruncido, Xavier soltó
el atizador y se dirigió a la entrada.
Aparte de Lord Carlisle y algunos
residentes locales de Chelmsford, nadie
sabía que Xavier había reanudado su
residencia en su pequeña casa de
campo. ¿Quién demonios podía estar
llamando a su puerta? Mejor aún, ¿por
qué? Él abrió.
Casi se ahogó de sorpresa.
“¿Señorita Downing? ¿Qué diablos está
haciendo aquí? ¿Ha pasado algo?”
Sus ojos se abrieron como platos.
“¿Se acuerda de mí?”
“No estoy senil. Nos presentaron
hace años, y estuvimos sentados juntos
la otra noche.”Él la estudió en busca de
posibles lesiones. “¿Está bien? ¿Ha
tenido algún accidente de coche?”
Ella negó con la cabeza. “Nada de
eso. Yo… estaba en el barrio, no muy
lejos, así que pensé en hacerle una
visita.”
“¿A pie?” El capitán sacudió la
cabeza para despejarse de su
incredulidad.
La ridícula mujer estaba de pie
sobre su escalinata con un baúlviejo y
una cesta de picnic chillando. Por las
huellas irregulares serpenteando en su
estela, debía haber arrastrado el
mamotreto desde a saber dónde. Sola.
Bajo una tormenta de nieve. Con una
cesta que siseaba.
Él tomó la canasta poseída de su
mano y la arrastró dentro de casa. Hacía
un tiempo espantoso fuera. Después,
empujó el baúl con el pie y cerró la
puerta contra el frío y el viento. Los
copos de nieve ya cubrían el suelo. El
calor del fuego era solo un recuerdo.
Él la agarró por los hombros y se
obligó a no sacudir literalmente
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