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Libro El caso Santamaría – Andrea Camilleri

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PDF Descargar Mauro tiene los ojos fatigados. Aparta la mirada
de la pantalla, faltan pocos minutos para las siete y
media, desde las tres de la tarde trabaja
ininterrumpidamente en el ordenador, escribiendo,
borrando, reescribiendo y modificando, sopesando
cada palabra, cada adjetivo. Para que no lo
molesten, ha alzado una barrera de silencio,
desconectando el teléfono fijo y apagando el
móvil. Incluso ha echado un poco las cortinas y
ahora enciende la lámpara de mesa, con la
intención de continuar otra media horita. Relee la
última frase que ha escrito. No funciona,
demasiado retorcida y larga, sería mejor dividirla
en dos.
El repiqueteo del timbre ha sido tan breve
que Mauro duda si habrán llamado o no. Levanta
un momento la cabeza de la pantalla a la espera de
que vuelvan a llamar, lo que, sin embargo, no
sucede. Ha empezado a releer cuando el sonido se
repite. Breve, como el primero, como si la persona
que llama temiera lo que está haciendo. Esta vez
Mauro se alza, sale del despacho, recorre el
pasillo, enciende la luz del recibidor y abre la
puerta. Está seguro de que será la anciana
baronesa, que habrá bajado del piso de arriba para
renovar su invitación a cenar. En cambio, la mujer
que ha llamado y que le sonríe es una treintañera
alta, rubia, elegante y, sobre todo, muy muy
hermosa.
—Aquí estoy —dice—. Puntual como un
reloj.
Mauro se ha quedado sin palabras,
confundido y sorprendido, no conoce de nada a
aquella muchacha. Nunca la ha visto, está seguro.
Una mujer así, aunque te la hayas cruzado una sola
vez, es imposible de olvidar. Y tampoco puede ser
una de las pocas amigas de su mujer, porque las
conoce a todas.

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—¿No me deja entrar? —pregunta la rubia
adelantándose medio paso y acentuando la sonrisa.
Mauro ahora siente su perfume. Ligero pero
insinuante.
—Creo que se equivoca —dice, brusco, sin
poder apartar los ojos de los de ella, dos serenos
lagos azules.
La sonrisa de la mujer se apaga de inmediato,
sustituida por una expresión perpleja. Hay una nota
de alarma en su voz.
—¿No ha sido usted quien ha telefoneado a la
agencia?
—No he telefoneado a ninguna agencia.
Ahora los ojos de la muchacha se entornan
recelosos.
—¿Por casualidad no ha cambiado de idea
y…?
¿Sobre qué debería haber cambiado de idea?
—No sé de qué está hablando —dice
irritado.
—Entonces me he equivocado, perdone —
espeta la mujer.
Le da la espalda y, con decisión, recorre el
rellano y comienza a bajar la escalera.
Sólo cuando ha desaparecido, Mauro cierra
la puerta. No ha podido menos que quedarse
mirándola, fascinado, mientras se alejaba.
Diez minutos después de haber vuelto a su trabajo,
se da cuenta de que aquella tarde le será difícil
continuar, el hilo del complejo razonamiento que
estaba entretejiendo se ha roto irremediablemente
por la imprevista intrusión de aquella
desconocida. Ha llegado la hora de volver al
mundo real. Apaga los dos ordenadores, conecta el
teléfono fijo y enciende el móvil.
Entonces me he equivocado, perdone.
Un momento. ¿Qué significa que se ha
equivocado? O mejor: ¿en qué se ha equivocado?
Él, Mauro Assante, vive desde hace siete
años con su mujer, Mutti, y su hijo Stefano en el
primer piso de un superviviente palacete
modernista del romano barrio de Prati. En la
planta baja habita Germani, coronel de los
carabineros, con su mujer y su hija de dieciocho
años; en el segundo y último piso, el octogenario
barón Ardigò, con su mujer, Margherita. El
palacete no tiene portero, le corresponde al
coronel abrir el portal a las siete de la mañana y
cerrarlo a las ocho de la tarde. Fuera, junto al
portal, está el telefonillo con los apellidos de los
inquilinos. Hipótesis improbable que a aquella
mujer la hubieran llamado Germani o Ardigò. Por
tanto, la desconocida no se habrá confundido con
los apellidos o con los pisos, sino con el número
de casa, aunque sólo con que le hubiesen descrito
el palacete, habría sido imposible que se
equivocara.

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Le asalta una repentina e irresistible
necesidad de fumar. Lo dejó cinco años atrás, ¿por
qué, entonces, este deseo irracional? Sabe que
tiene, en el segundo cajón del escritorio, un
paquete de cigarrillos que nunca llegó a abrir. Lo
coge, lo pone delante de sí, lo observa. EL TABACO
MATA. Sonríe. La frase amenazante podría
cambiarse con facilidad. EL TABACO MATA EL
ABURRIMIENTO. Arranca el envoltorio de celofán,
abre el paquete, extrae un cigarrillo y se lo pone
entre los labios; no puede encenderlo porque no
tiene mechero ni cerillas al alcance de la mano.
Recuerda haber visto una caja de fósforos en algún
sitio, pero no tiene ganas de levantarse. ¡Si lo
viera Mutti! Sí, Mutti. Quizá la explicación de su
malestar consiste en que por primera vez, en siete
años de matrimonio, se ve obligado a vivir
separado de ella durante un largo período. El
pediatra de Stefano dijo que al niño le iría muy
bien el aire de montaña, y Mutti no se lo pensó dos
veces. El 1 de junio se fue con Stefano al
pueblecito de Trentino donde nació y donde viven
sus padres con el propósito de quedarse allí al
menos tres meses. Mauro pasará con ellos las
vacaciones de agosto.
Eso es, han transcurrido dos semanas y
Mauro aún no se ha acostumbrado a su condición,
aunque sea provisional, de soltero. Si fuera un
hombre menos metódico y menos ordenado, el
cambio de los ritmos de su vida habría sido más
soportable. El trabajo, claro, lo distrae mucho, sea
en la oficina, sea en casa, pero las horas
vespertinas representan un auténtico problema. Las
amigas de Mutti han competido por invitarlo a
cenar, pero él no se ha sentido con ánimos para ir
solo. Porque, y únicamente ahora se da cuenta, en
aquellas cenas, en aquellos encuentros, ha sido
siempre Mutti quien le ha ofrecido un pretexto
para implicarlo en la conversación, de otro modo
no habría abierto la boca. No por timidez, sino por
su innata incapacidad de abrirse por completo a
los demás. Mutti, en cambio, desde la primera vez
que intercambió unas pocas palabras con él, supo
milagrosamente encontrar la llave exacta para
liberarlo de su blindaje. Si, con cuarenta años
cumplidos, no hubiera encontrado a Mutti, seguro
que nunca se habría casado, nunca habría tenido la
alegría de un hijo.
Se quita el cigarrillo de los labios, lo vuelve
a poner dentro del paquete y lo entierra de nuevo
en el cajón.
El sonido del timbre lo sobresalta. Imagina
por un instante que volverá a ser la desconocida.
Una alteración mínima del latido del corazón. Va a
abrir. La baronesa Margherita Ardigò lo mira,
imperiosa.
—Si dentro de trece minutos no sube a cenar
con nosotros, no volveré a dirigirle la palabra.
Ha sido Mutti quien lo ha encomendado a la
baronesa, quien se ha tomado en serio la misión
que le ha sido asignada. No puede rechazar por
tercera vez la invitación, sonaría como una ofensa
injustificada.
Además de Mauro hay otro huésped, Giorgio, el
adorado sobrino de la baronesa. De él Mauro sólo
sabe que es un treintañero soltero que ama la
buena vida, los coches deportivos carísimos y que
se viste con trasnochada elegancia. Dónde trabaja,
qué hace, un misterio. Mutti sostiene que Giorgio
debe de ser una especie de gigoló o algo por el
estilo, y que va a ver a menudo a la tía porque ésta
lo idolatra y es feliz de mimarlo con su dinero.
Menos mal que aquella tarde está Giorgio para
animar la reunión, porque de otro modo Mauro
habría tenido que pasar la cena soportando los
tediosos monólogos de la baronesa, dado que el
barón, su marido, al ser totalmente sordo y estar
bastante ausente, prefiere permanecer en silencio.
Giorgio está hablando de un reciente viaje de
negocios a Berlín, negocios que no llega a
precisar, cuando la baronesa lo interrumpe:
—¿Has ido solo?
Siempre según Mutti, parece que la tía, a
cambio de las sustanciosas regalías, pretende de
Giorgio el relato minucioso y detallado de sus
aventuras amorosas.
—Solísimo.
—No te creo.
—Debes creerme, fui solo porque estaba
seguro de que allí encontraría compañía.
—¿Y la has encontrado?
—Desde luego. La primera tarde me
presentaron a una muchacha que fue mi
acompañante durante toda la estancia.
—¿Era una empleada suya?
—¡No, tía! Son muchachas que tienen
precisamente este oficio. Además de tener buen
aspecto, son bastante cultas. La mía hablaba
italiano, inglés y francés.
—¿Acompañan también al dormitorio?
—Sólo si tienen ganas, no están obligadas,
ese tipo de servicios no entran en el contrato.
—Déjeme entender —intervino Mauro—.
¿Usted ha firmado un contrato con la muchacha?
Giorgio ríe.
—Yo no, pero los que me la han procurado
creo que sí. Si no se ha tratado de un verdadero
contrato, han suscrito algo similar.
—¿Con la muchacha?
—Con ella no, sino con la agencia de la que
depende.
—¿También en Italia existen estas agencias?
—Desde luego.
¿No ha sido usted quien ha telefoneado a la
agencia?
La sobremesa no se prolonga demasiado porque la
baronesa suele irse temprano a la cama, así que a
las nueve y media despacha a los huéspedes.
Giorgio huye a toda prisa, bajando los peldaños de
dos en dos, con el móvil pegado al oído. Mauro
acaba de entrar en casa cuando suena el teléfono.
Es Mutti.
—¿Has ido a cenar con Margherita?
—Sí.
—Bravo. ¿Te has aburrido mucho?
—Menos de lo que temía. Por suerte estaba
también Giorgio. ¿Cómo está Stefi?
—Muy bien. Tiene mucho apetito. Ha estado
toda la tarde jugando con el abuelo y hace poco se
ha dormido. ¿Y tú?
—No he vuelto a la oficina por la tarde, me
he quedado trabajando aquí. Ah, ¿sabes?, me ha
ocurrido algo curioso.
Y le cuenta lo de la desconocida. Mutti ríe.
—¿Qué encuentras tan
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