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Libro PDF El cerrajero del rey de María José Rubio

El cerrajero del rey de María José Rubio

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arrendar al señor de Morata algunas fanegas de viñas y olivos a la vera del río. Los jornaleros más
pobres trabajaban estas tierras para ganarse el sustento. Con los frutos de todo ello la familia Barranco
se había asegurado un digno modo de vida en aquellos tiempos que se adivinaban difíciles y cambiantes.
Su casa, de amplia fachada encalada en blanco, dos pisos de altas ventanas enrejadas y un gran portalón
de granito y madera, no desdecía un ápice de las residencias más nobles del lugar. En su interior, un
conjunto de seis sillas de Inglaterra lacadas en negro, una mesa de ébano y bronce y varias camas de
Portugal, entre otros muebles, daban cuenta de la desahogada situación económica del dueño. Su
responsabilidad en el cobro de impuestos le obligaba a desplazarse con frecuencia a poblaciones
cercanas, dentro de las lindes del señorío de Altamira, e incluso a alargar el trayecto hasta Madrid para
negociar los tributos reales. En cada viaje, Felipe Barranco aumentaba su afán de conocimiento y
riqueza. Aspiraba a convertirse algún día en servidor de la Corona, a colocarse en alguna de sus
administraciones y consejos.
Mientras tanto, atesoraba en su hogar tres enormes baúles con una modesta biblioteca: libros viejos
y nuevos, con tapas de ca-britilla o suave cuero y hojas de fuerte olor a papel, que había comprado a su
paso por ferias y mercados. Felipe creía en el poder de la lectura como medio del progreso del hombre.
Hacía un par de años que llevaba asentado en Morata cuando llegaron las noticias de la muerte en
Madrid del rey Carlos II. Co-rría el año de 1700 y con aquel triste soberano se acababa la dinastía de los
Habsburgo. Las discusiones en el modesto ayuntamiento eran ahora eternas. Se hablaba de rumores que
anunciaban la inminente llegada de un nuevo rey extranjero. Un francés, Borbón, nieto del rey Sol,
cabalgaba ya hacia España para ocupar el trono como Felipe V.
El matrimonio Barranco se adhirió con lealtad al recién estre-nado monarca, intuyendo que sería
portador de prosperidad, siempre y cuando su coronación no causara disturbios. Pronto se corrió la voz
de su entrada en Madrid y de su viaje a los pocos meses a Barcelona, para casarse con la princesa María
Luisa Gabriela de Saboya. Apenas había dado tiempo a acostumbrarse a leer su nombre encabezando los
documentos oficiales cuando se supo que el trono recién ocupado corría peligro.
Aquellos desórdenes que temía Felipe Barranco se hicieron realidad. Media Europa había
declarado la guerra a Felipe de Borbón en defensa de los derechos al trono español de otro candidato
austriaco. El país, sumido ya en la miseria económica, comenzó a prepararse para una contienda que
acabaría por arruinarlo. Soldados y paisanos de los dos bandos opuestos convirtieron esta Guerra de
Sucesión en un enfrentamiento civil.
En estas circunstancias vino al mundo Francisco Barranco, tras un parto recio y largo, que puso a su
madre al borde de la muerte y la dejó, ahora sí, estéril para el resto de sus días.
Francisco era un niño fuerte y enérgico, de pelo oscuro como sus ojos y mirada noble y profunda.
Por su carácter inquieto y aven-turero no era raro verle regresar a casa magullado de las trifulcas
infantiles en las que se veía involucrado. Se aburría en la escuela con aquel único maestro de letras que
alcanzaban a pagar los escasos caudales del ayuntamiento. Y no era porque a Francisco no le gustara la
lectura. Todo lo contrario, pues sentía verdadera fascinación por aquellos baúles cargados de libros que
con tanto mimo manejaba su padre.
Durante un tiempo alcanzó a compartir con él los ratos en que éste ordenaba pacientemente sus joyas
impresas. Había allí volúmenes de historia, filosofía, literatura y ciencias. Algunos muy llamativos como
esas Memorias de Trevoux, que se publicaban en Francia sobre novedades culturales y científicas, y que
sólo unos pocos es-pañoles ávidos de conocimiento buscaban entre los mercaderes de libros. En alguna
ocasión, Francisco había colaborado en marcarlos a tinta con la identidad paterna. Preso de gran
excitación, el niño los sacaba tomo a tomo de los baúles, los llevaba a la mesa donde su padre escribía a
pluma en la primera página su nombre y apellido, y los devolvía a su lugar con sumo cuidado. Fue el
juego más especial de su infancia, el que más impronta dejó en sus recuerdos, hasta que la guerra lo
transformó todo.
—Felipe, tu lealtad a ese rey que apenas conocemos nos traerá problemas —escuchó un día
Francisco decir a su madre, preocupada por la implicación de su marido en los asuntos políticos.
—No se trata de lealtad a un desconocido, sino de la dignidad de todos nosotros, Teresa. No
podemos quedarnos de brazos cruzados mientras gobernantes de media Europa piensan en conquistar
nuestras tierras y convertirnos en súbditos, sin tan siquiera conocer nuestro idioma.
—¿Es que acaso Felipe de Borbón tiene alguna noción de España?
—Puede que el francés no sea el mejor, quién sabe, pero al menos fue la voluntad del difunto Carlos
II que le sucediese. Y los deseos de un moribundo, para mí, van a misa.
Desde entonces, la cercanía y complicidad existente entre padre e hijo comenzó a evaporarse.
Felipe Barranco se desvivió por la guerra. El eco de sus pasos sobre el suelo de madera crujiente, a
cualquier hora de la noche en que era atacado por el insomnio, provocaba la inquietud de Francisco. De
día, luchaba por recabar los impuestos que Felipe V necesitaba para la subsistencia de sus ejércitos, por
reclutar vecinos, por publicar las listas de levas, antes de que muchos de ellos huyesen para escapar de
la obligación de enfrentarse a la muerte. Formó grupos de voluntarios, pobremente armados, para impedir
que los regimientos de uno y otro bando, en su avance y defensa de Madrid, se refugiaran en el pueblo,
usurpando sus víveres y sembrando el terror entre mujeres y niños.
Una desgraciada mañana, un oficial austriaco que amenazaba con cruzar por Morata de Tajuña al
frente de su pelotón le exigió el pago de un doblón de a ocho por desviar la ruta de sus soldados.
Plantado en el camino de entrada hacia la plaza Mayor, secundado por sus escasos seguidores,
Felipe Barranco se negó. Un fuerte golpe en la cabeza con la culata de un fusil enemigo fue la respuesta.
Tres días después moría, sin haber recuperado la conciencia. Francisco sólo recordaba de aquel trágico
suceso la cara bañada en sangre de su progenitor, desplomado en el suelo, y los desgarrados llantos de su
madre.
La guerra trajo consigo el abandono de la agricultura. Años de malas cosechas y una plaga de
langosta hizo el resto. El campo quedó yermo. La viuda de Felipe Barranco y su hijo Francisco pronto se
vieron en la ruina. Hubo que liquidar la herencia que habían recibido: las tierras arrendadas, aquellos
lujosos muebles que adornaban las piezas principales del hogar y las pocas pertenencias que aún
conservaban del difunto; un Cristo de marfil, una escribanía de plata, un bastón con empuñadura de
bronce, una peluca de largos rizos blancos «a la moda» y una biblioteca de setenta y dos volúmenes, que
fue vendida a un tratante de viejo, a pesar de constar en el testamento que habría de ser para Francisco
cuando alcanzara la mayoría de edad.
Teresa Salado contemplaba la idea de volver a casarse, pero la guerra había dejado tantas viudas,
que se hacía difícil encontrar un hombre soltero, y mucho menos un buen partido. Obligada a buscar
sustento, halló empleo en uno de los batanes de paños que funcionaban en Morata junto a la ribera del río.
Su poca costumbre de trabajo y la humedad del recinto empezaron por destrozar sus manos y continuaron
por enfermar sus pulmones. Apenas ganaba unos reales, insuficientes para sostener su casa y alimentar y
educar a su hijo adolescente.
—Madre, no quiero verte pasando más penalidades. No sé bien qué puedo hacer, pero creo que
tengo edad suficiente para ayudarte y trabajar por ti —había dicho Francisco un día, sin saber realmente
el alcance de su propuesta.
Hacía un año ya que la guerra había terminado. La circulación de monedas de nuevo cuño con la
efigie de Felipe V anunciaba en todos los confines de España la consolidación del reinado. Una mañana
de invierno, tan soleada como fría, Francisco se despertó temprano a la llamada de su madre, que le hizo
vestir sus mejores ropas, calzón corto y chaquetilla de recio paño marrón, camisa de lienzo y gruesas
medias blancas, zapatos de lengüeta alta y hebilla de metal; todo algo polvoriento y estrecho, por la falta
de uso y el tiempo transcurrido desde que fue utilizado por última vez.
—¿Adónde vamos, madre? —trató de indagar, con la inquietud reflejada en su rostro adormilado.
Un prolongado silencio como respuesta, mientras le ayudaba a calzarse, fue suficiente indicio para
imaginar que algo trascendente iba a ocurrir.
—No preguntes, hijo —contestó lacónicamente. El mutismo medió nuevamente entre ellos. Teresa lo
agarró después con ternura por los hombros y frente a frente, con la zozobra marcada en el gesto,
continuó—: Hoy debes limitarte a seguirme y no protestar.
Aquí ya no queda nada de provecho para nosotros… Está decidido… No hay otra posibilidad —fue
toda la explicación que supo ofrecerle.
Francisco se encontró subido a la parte trasera de una carreta, en cuyo pescante manejaba las
riendas de dos mulas un viejo la-briego, amigo de la familia. Teresa, sentada al frente, sin volver la vista
atrás, se había vestido con la modestia que últimamente acostumbraba, toquilla de lana roja a los
hombros, larga falda y corpiño de paño verde, que dejaban entrever sencillas enaguas y camisa de lino.
El resto de sus pertenencias habían quedado en el hogar. Envueltas en un hatillo de tela iban sólo un par
de camisas de mujer y de niño, por si hiciera falta cambiarse en los siguientes días. En otro, una hogaza
de pan, tocino y queso, para matar el hambre durante el trayecto. Sentado en el borde de la carreta, con
las piernas alegremente colgando, Francisco prefería no pensar en el destino de su viaje, mientras
avanzaban lentamente por la senda escarchada que transcurría paralela al río. Hacia el mediodía, después
de recorrer el último tramo del camino adentrándose entre montes de encinas, la marcha tocó a su fin en
un insólito paraje urbano.
Era el lugar conocido como Nuevo Baztán.
—¡Aguarda tu turno, muchacho! ¡Usted, mujer, agarre a su chico y no estorben por este lado! ¡La fila
para la lista de empleos comienza en la esquina de aquella casa, por el lateral del palacio! —fue el agrio
recibimiento que un oficial de Juan de Goyeneche dedicó a los recién llegados.
Tras despedir al carretero que los trasladó desde Morata y echarse al hombro los parcos hatillos,
con el cuerpo entumecido por las horas de viaje y aturdidos por la novedad del lugar, pretendieron
orientarse paseando por esas calles, nuevas, espaciosas y rectas, como tiradas a cordel, que componían
Nuevo Baztán.
Teresa Salado había escuchado muchas veces a su esposo referirse a la inteligencia de este navarro,
Juan de Goyeneche, rico de nuevo cuño, de fulgurante carrera en la corte, propietario y cons-tructor de
esta singular población. De cada ida y venida a Madrid traía noticias sobre sus recientes actividades. Lo
admiraba porque hubiera querido parecerse algún día a él. Goyeneche, también hidalgo de poco lustre,
había llegado a la capital del reino muy joven, en busca de fortuna. La protección de sus compatriotas
navarros ya afincados en Castilla y del conde de Oropesa, primer ministro de Carlos II, favoreció su
entrada en la administración de la Corona. Su habilidad contable y su particular capacidad de generar
confianza le auparon en poco tiempo al puesto de tesorero de las cuentas secretas de los reyes.
Goyeneche era un hombre moderno; un pionero de la mentalidad financiera. Se había hecho afín a un
grupo de intelectuales llamados los Novatores, y pensaba, como ellos, que España necesitaba una
reforma profunda para salir de su decadencia. La creación de fábricas, nuevas oportunidades de negocio
y trabajo, era una de las vías para conseguirlo.
A diferencia de Felipe Barranco, Goyeneche había sabido aprovechar la guerra en su favor. Tras
jurar lealtad al francés Felipe V como vasallo, se convirtió casi en su dueño, al ser su principal
prestamista. Sin él, las pretensiones del nuevo rey hubieran muerto por falta de caudales. El pago a sus
adelantos pecuniarios fue la concesión de monopolios y contratas en el suministro de las tropas; desde
uniformes para las de tierra, hasta mástiles, brea y alquitrán para las de Marina.
Goyeneche parecía no tener miedo al fracaso. Su negocio más original tuvo que ver con la tinta y el
papel. Se hizo empresario periodístico al comprar a perpetuidad el privilegio de edición de La Gaceta
de Madrid, aquel escueto noticiario de dos hojas, en el que se publicaban las primicias del gobierno y la
familia real, y se vendía los martes en la Puerta del Sol. Francisco había tenido oportunidad de ojear
alguna vez esas cuartillas de letra menuda que su padre guardaba como testigo de sus viajes a la corte.
Enseguida fueron perceptibles las mejoras del periódico, comentadas en privado por Felipe Barranco, a
quien no dejaba de sorprender la capacidad innovadora de Goyeneche, que había convertido en rentable
un negocio de imprenta hacía tiempo agotado. El hecho de tener ya corresponsales en el extranjero y
necesitar de segundas ediciones cuando las noticias eran importantes daba fe de ello.
La más ambiciosa de sus empresas, sin embargo, iba a ser la puesta en marcha de esta villa
industrial, erigida de la nada. Donde antes había campo, ahora se levantaba un conjunto ordenado de
edificios destinados a fábricas y casas de artesanos, a los que no iban a faltar hospital, escuela, hermosas
plazas para el mercado o la diversión, iglesia donde santificar las fiestas y la referencia omnipresente del
palacio señorial de su patrono.
Una legión de operarios se afanaba en la construcción de un pabellón de viviendas. Unos
transportaban en carretilla los bloques de buen granito despiezado y vigas de la mejor madera, mientras
otros, subidos en lo alto de los muros, alineaban las piezas con pre- cisión. Un intendente vigilaba la
perfecta ejecución de las tareas, tal como había exigido Goyeneche a José Benito de Churriguera, el
arquitecto responsable de la planificación del proyecto.
—Churriguera, bien sabes lo que me impacienta la lentitud de los trabajos. ¿Cuándo consideras que
estará todo terminado? No soporto las interferencias que la albañilería causa al buen funcionamiento de
mis manufacturas. El maestro tejedor que ha llegado de Francia se queja del polvo que se impregna en
los paños. ¿Has pensado ya en la disposición de los desagües? ¿Qué opinas tú, Flores, del estilo que
debe darse a los balcones? ¿Me has traído algún modelo de cerraja para la iglesia?
Goyeneche había llegado en esos días a Nuevo Baztán para inspeccionar la marcha de la gran obra
de su vida. Lo hacía con frecuencia para supervisar personalmente los asuntos en los que se jugaba el
dinero. Provisto de larga peluca blanca, al estilo francés, buena casaca y calzón de terciopelo oscuro,
camisa de puños y gorguera de fino encaje, su figura señorial, erguida y altanera de pura inteligencia, era
ya familiar entre los nuevos vecinos de la población. Cada uno de ellos sentía admiración y
agradecimiento por este proverbial empleador. Ese día venía acompañado de su arquitecto de cabecera,
Churriguera, y del cerrajero del rey, José de Flores, a quien Goyeneche había encargado la obra de hierro
del palacio, previo permiso especial del soberano, a quien debía la exclusividad de su oficio.
—Señor, ese pabellón estará terminado en un mes. Sólo faltará la contrata de carpintería y el solado
de barro interior. Os recuerdo que el retraso se ha debido a las mejoras que su señoría quiso introducir
en el ancho de los muros —apuntaba Churriguera, pretendiendo desplegar los planos en el aire para
mostrarlos a su mecenas.
—Me permito sugerir que rejas y balcones se hagan sencillos, al estilo del real alcázar. Barrotes
lisos con ligeros recalcos y balaustres amazorcados, que no estorben a los adornos que nuestro amigo
Churriguera ha diseñado para la cantería —explicaba el cerrajero Flores, sosteniendo en su mano barras
de pulcro hierro prestas a servir como modelo.
—Bien. Acelerad ambos vuestra parte del proyecto. Mis fábricas deben estar pronto a pleno
rendimiento, si es que quiero dar cobijo a esa pobre gente que huye de la miseria de la guerra. Todos
creen que puedo darles casa y empleo.
—Os conozco bien, señor. Estoy seguro de que podríais, si ese fuera vuestro propósito —dijo el
arquitecto.
—Vienen de camino otras tantas familias de Flandes y Portugal. No sé cómo manejaremos este
galimatías. Maestros franceses habrán de enseñar y hacerse entender por navarros y castellanos…
Pretendo que haya disciplina, orden y buen hacer. El rey espera que nuestro suministro de paño para
los uniformes del ejército pronto sea lo suficiente para prescindir de costosas importaciones.
—¿Os habéis planteado instalar alguna manufactura de metales? —preguntó Flores.
—Quién sabe. Bien pudiera ser, pero de momento son suficiente negocio los telares de paños y la
fábrica de sombreros que ya funcionan, además de las de aguardientes y vidrios finos que pro-yectamos.
Serán mis hijos, Javier y Miguel, quienes en el futuro tendrán que manejar todo esto.
—Buena herencia les dejáis —añadió Churriguera.
—Sí, no hay duda. Pero dada su corta edad, aún es pronto para evaluar sus cualidades, y a fe que es
grande quebradero de cabeza el que voy a legarles. Dios quiera que sean hombres de ley, hábiles con el
dinero y leales a la Corona. Cualquier tiempo venidero será mejor que éste.
A un lado, apartado del trasiego de gente que deambulaba dispersa por las calles de Nuevo Baztán,
Francisco escuchaba con atención las explicaciones de su madre, que intentaba convencerle de las
razones de este viaje. En su desesperación por el fracaso en sostener la precaria economía familiar,
Teresa anhelaba que Francisco emprendiera su propio camino en la vida, aprendiendo aquí un oficio
artesano que le diera un porvenir y le hiciera un hombre. Teresa jamás hubiera pensado en someterle,
como hijo de un caballero letrado que era, a la humillación de rebajar su estrato social al de los trabajos
manuales. Pero dada la situación, confiaba en que obtendría sustento más inmediato por la fuerza de las
manos que por el intelecto. Quizás po-dría llegar algún día a ser un reputado maestro, capaz de
transformar viejos prejuicios.
Obedecieron mansamente la orden de respetar la fila donde hombres, mujeres y niños esperaban,
con el ansia en la mirada, su turno para ser inscritos en el pliego de candidatos a recibir ocupación en las
fábricas de Goyeneche. Con áspera parsimonia, como en un improvisado despacho al aire libre, sentado
en una silla de nogal de alto respaldo y una sobria mesa de patas torneadas, un viejo secretario
garabateaba los nombres, apellidos y rasgos físicos, junto a las habilidades manuales que cada cual
reivindicaba para merecer el acomodo. Familias enteras aspiraban a iniciar una nueva vida. Con el
corazón compungido, Teresa rezaba para que su hijo fuera admitido como aprendiz de alguno de los
maestros de oficios que habían llegado del extranjero. Francisco era consciente de la angustia de su
madre por la fuerza con que le agarraba de la mano.
Un hombre fornido y greñudo, con la camisa sucia, los cor-dones del calzón desatados y unos bastos
zapatos de cuero viejo, se situó detrás de ellos. Desprendía un desagradable hedor, mezcla de leche
rancia y vino. Entre dientes, mascullaba blasfemias y mastica-ba hilos de paja, renegando de su
existencia. A Francisco le pareció entender que culpaba a Dios de su ruina. Se percató de que Teresa
estaba sola con su hijo, sin marido que la defendiera, y con sumo desprecio pretendió sacarla de la cola,
apartándola hacia un lado. La fragilidad e indefensión de su madre, traspasó el alma de Francisco.
Sin pensar en la temeridad que suponía el enfrentarse a un hombre que le superaba en fuerza y edad,
se revolvió furioso contra él.
—¡Respete a mi madre! No tiene derecho a empujarnos —le gritó con toda la gravedad que fue
capaz de imprimir a su inmadura voz.
—¡Aparta mocoso! —contestó enfurecido el hombre, agarrándole por el cuello.
Teresa comenzó a gritar, mientras forcejeaba con aquel energúmeno borracho, para que soltara al
niño. Francisco intentó defenderse con fiereza, provocando un extraordinario revuelo. El alistamiento de
empleos se detuvo por un momento. Unos observaban la riña con curiosidad y parsimonia; otros
simplemente para mofarse. Un oficial encargado del orden público acudió solícito a detener la pelea y
expulsar de inmediato a los violentos. Goyeneche, Churriguera y el cerrajero Flores, en su paseo de
reconocimiento por la obra, no pudieron permanecer ajenos al incidente y, curiosos, se acercaron a
contemplar la escena.
—Vaya, un chico valiente —musitó sorprendido Goyeneche, mientras el guardia había logrado
controlar la situación y mantenía al hombre atado por las muñecas y a Francisco sujeto de una oreja—.
¡Tráigame al muchacho! ¿Cómo te llamas, zagal?
—Me llamo Francisco Barranco, señor.
—¿Puedo saber a qué se debe este escándalo en mis posesiones?
—Ese hombre ha empujado a mi madre. Y no puedo permitir que ningún zafio le falte al respeto —
contestó lleno de rabia.
—Parece que ocupas el lugar que corresponde a tu padre…
—Mi padre murió en la maldita guerra, señor, y por ello mi madre se ha visto obligada a trabajar y a
mezclarse con gente que no es de su condición. Pero para eso estoy aquí, ahora seré yo quien trabaje para
sacarla adelante.
—¿Qué sabes hacer? ¿Cuál es tu oficio, tan joven, para pretender ocupación en mis negocios?
—Cualquiera que me permita ganar dinero honradamente para comprar un palacio como el que su
señoría construye.
—Vaya, parece que tienes ambición y ojo para el refinamiento estético —comentó divertido
Goyeneche, sorprendido de la firmeza con que se expresaba Francisco.
—¿Conoces el oficio del hierro? —se atrevió a intervenir el cerrajero Flores.
—No, señor. Nunca he pisado una fragua, pero no pondría reparos en empezar a aprender desde hoy
mismo —sentenció el chico, dejando a su madre boquiabierta.
Teresa, compungida aún por la desagradable riña, suponía que de un momento a otro los expulsarían
de Nuevo Baztán y tendrían que regresar a las penalidades de costumbre.
—Señora, ¿es usted su madre? —le preguntó Goyeneche.
—Sí, señor, y siento mucho las molestias que podamos haber causado, yo…
—No se excuse. Tiene usted un buen hijo. Flores —se volvió inquiriendo al cerrajero—, ¿acaso no
necesitas manos útiles para acelerar el curso de mi obra?
—Ciertamente, señoría. Ando corto de

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