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El chico malo – Abbi Glines

El chico malo - Abbi Glines

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¿Por qué no pude llegar a casa sin tener que verlos? No estaba de humor para hacer de buena
samaritana con Beau y la cutre de su novia. Aunque no iba conmigo, sabía que Sawyer habría esperado
que me detuviese. Con un gruñido frustrado, frené y aparqué junto a Beau, que había puesto un poco de
distancia entre él y su novia, que estaba en plena vomitona. Por lo que parecía, devolver la papilla no era
un reclamo de apareamiento para Beau.
—¿Dónde has aparcado la camioneta, Beau? —pregunté en el tono más irritado del que era capaz.
Me devolvió esa ridícula sonrisa sexy que conseguía que todas las mujeres de la ciudad se
derritiesen a sus pies. Me habría gustado creer que después de tantos años era inmune a su encanto, pero
no lo era. Imposible ser inmune al chico malo de la ciudad.
—No me digas que la perfecta Ashton Gray se dignará a ofrecerme su ayuda —contestó él,
arrastrando las palabras e inclinándose para observarme a través de la ventanilla abierta.
—Sawyer está fuera de la ciudad, así que tendré que ocuparme yo. Él no te dejaría conducir a casa
borracho y yo tampoco lo haré.
Soltó una risita ahogada, y un escalofrío de placer me recorrió el espinazo. Dios mío. Incluso su risa
era sexy.

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—Muchas gracias, preciosa, pero me las puedo arreglar solo. En cuanto Nic deje de vomitar la
meteré en la camioneta. Aún soy capaz de conducir los cinco kilómetros hasta su casa. Tú puedes irte.
Por cierto, ¿no tendrías que estar estudiando?
Discutir con él era una pérdida de tiempo. Empezaría a soltar comentarios sarcásticos hasta que yo
estuviese tan enfadada que no pudiese ni hablar. Apreté el acelerador y entré en el aparcamiento. Lo
llevaba claro si pensaba que iba a marcharme y a dejarle conducir borracho. Ese chico era capaz de
enfurecerme con sólo guiñar un ojo, y mira que me esforzaba por ser amable con todo el mundo. Recorrí
con la vista los coches aparcados en busca de su viejo Chevy negro. Cuando lo encontré, caminé hasta
donde estaba Beau y alargué la mano.
—O me das las llaves de la camioneta o las busco yo misma. ¿Qué prefieres, Beau? ¿Quieres que te
registre los bolsillos?
Una sonrisa torcida le iluminó el rostro.
—De hecho, creo que sería un placer que me registrases los bolsillos, Ash. ¿Qué tal si me quedo con
la opción número dos?
El calor empezó a subirme por el cuello y me dejó manchas rojizas en las mejillas. No necesitaba un
espejo para saber que me estaba ruborizando como una boba. Beau nunca me lanzaba comentarios
provocativos ni coqueteaba conmigo. Al parecer, yo era la única chica mínimamente atractiva del
instituto a la que no hacía ningún caso.
—Ni se te ocurra tocarlo, zorra estúpida. Tiene las llaves en el contacto —rugió Nicole, la novia
intermitente de Beau, levantando la cabeza y echándose a la espalda el pelo castaño.
Sus ojos inyectados en sangre me observaban llenos de odio, desafiándome a ponerle la mano encima
a lo que era de su propiedad. No le respondí, ni tampoco miré a Beau. Simplemente me di la vuelta y me
dirigí a su camioneta intentando recordarme a mí misma que lo estaba haciendo por Sawyer.
—¡Venga, subid al coche de una vez! —grité antes de meterme en el asiento del conductor.
Me costó mucho no pensar en que era la primera vez que estaba en la camioneta de Beau. Después de
un sinfín de noches tumbada en el tejado junto a él, hablando del día en que nos sacaríamos el carnet de
conducir y de los lugares a los que iríamos, sólo ahora, a los diecisiete años, me encontraba sentada en su
coche. Beau levantó a Nicole y la dejó en el asiento trasero.
—Túmbate a menos que tengas ganas de vomitar otra vez, y si lo haces asegúrate de potar de lado —
le espetó él, abriendo la puerta del conductor—. Baja, princesa. Está a punto de perder el conocimiento,
no le importará que conduzca.
Me aferré con más fuerza al volante.
—No pienso dejar que conduzcas. Ni siquiera vocalizas, así que no puedes conducir.
Abrió la boca para discutírmelo pero cambió de idea. Se limitó a mascullar algo que sonaba como
una palabrota antes de cerrar de un portazo y dar la vuelta por delante del coche para subir por el lado
del copiloto. No dijo nada, y yo me abstuve de mirarlo de reojo. Sin Sawyer cerca, Beau me ponía
nerviosa.
—Esta noche estoy harto de discutir con mujeres. Es la única razón por la que te dejo conducir —
refunfuñó, esta vez sin arrastrar las palabras.
No me sorprendió que controlase su forma de hablar. Beau había empezado a emborracharse antes de
que la mayoría de chicos de nuestra edad hubiesen probado su primera cerveza. Cuando se tenía una cara
como la de Beau, las chicas mayores te prestaban atención. Había conseguido invitaciones a fiestas
mucho antes que el resto de nosotros. Me las arreglé para encogerme de hombros.
—No tendrías que discutir conmigo si no bebieses tanto.
Soltó una risotada cínica.
—Eres la chica perfecta, ¿verdad, Ash? Hace un tiempo eras mucho más divertida. Antes de que
empezaras a morrearte con Sawyer, lo pasábamos bien juntos.
Me miró fijamente, a la espera de mi reacción. Sintiendo sus ojos clavados en mí, me costaba
concentrarme en conducir.
—Tú eras mi cómplice, Ash. Sawyer era el chico bueno. Pero nosotros dos éramos los alborotadores.
¿Qué ocurrió?
¿Cómo podía responder a eso? Nadie conocía a la niña que robaba chicles de la tienda o que
secuestraba y ataba al repartidor de periódicos para quitarle los diarios y bañarlos en pintura azul antes
de dejarlos en el porche de las casas. Nadie conocía a la chica que salía a escondidas de su casa a las
dos de la madrugada para llenar de papel higiénico los jardines de los vecinos o para tirar globos de
agua a los coches desde detrás de unos arbustos. Aunque se lo contara, nadie creería que había hecho
todas esas cosas… nadie, excepto Beau.
—Crecí —repliqué por fin.
—Cambiaste completamente, Ash.
—Éramos unos críos, Beau. Sí, tú y yo nos metíamos en líos y Sawyer nos sacaba de ellos, pero sólo
éramos unos críos. Ahora soy diferente.
Durante un momento, no respondió. Se removió en su asiento y comprendí que su vista ya no estaba
fijada en mí. Era la primera vez que manteníamos esta conversación. Aunque fuese incómoda, hacía
tiempo que la necesitábamos. Sawyer siempre había sido un obstáculo para que Beau y yo hiciésemos las
paces. Una paz que se había quebrado tiempo atrás sin saber por qué. Un día era Beau, mi mejor amigo.
Al día siguiente, sólo era el primo de mi novio.
—Echo de menos a esa chica, ¿sabes? Era electrizante. Sabía cómo divertirse. Esta aburrida chica
perfecta que la sustituyó resulta cargante.
Sus palabras dolían. Quizá porque venían de él o quizá porque comprendía lo que estaba diciendo.
No es que no pensara en esa chica. Le odiaba por recordarme cuánto la echaba de menos. Me esforzaba
mucho por mantenerla encerrada. El que alguien deseara que la liberase hacía que me costase más
mantenerla bajo control.
—Prefiero ser una chica buena a ser una puta borracha que se vomita encima —espeté antes de poder
detenerme.
Me sorprendió una risita ahogada y miré de reojo a Beau mientras se arrellanaba en su asiento y
apoyaba la cabeza en el cuero gastado en vez de en el duro cristal de la ventana.
—Supongo que no eres perfecta del todo. Sawyer nunca insultaría a alguien de esa manera. ¿Sabe que
utilizas la palabra «puta»?
Esta vez agarré el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Beau intentaba
hacerme enfadar, y estaba haciendo un trabajo fantástico. No sabía cómo responder a su pregunta. La
verdad era que Sawyer se habría quedado de piedra si me hubiese oído llamar puta a alguien.
Especialmente a la novia de su primo.
—Cálmate, Ash, no me voy a chivar. Te he guardado el secreto durante años. Me alegra saber que mi
Ash sigue ahí dentro, escondida en alguna parte detrás de esa fachada perfecta.
Me contuve para no mirarle. La conversación iba en una dirección que no me gustaba.
—Nadie es perfecto. Y yo no finjo serlo.
Era mentira, y los dos lo sabíamos. Sawyer era perfecto y yo me esforzaba por estar a su altura. Toda
la ciudad sabía que estaba muy por detrás de su brillante reputación. Beau dejó escapar una carcajada
gélida.
—Sí, Ash, claro que lo finges.
Aparqué en la entrada de la casa de Nicole. Beau no se movió.
—Está inconsciente. Tendrás que ayudarla —susurré, temiendo que notara mi desazón en el tono de
mi voz.
—¿Quieres que ayude a una «puta» que se vomita encima? —preguntó, divertido.
Suspiré y me decidí a mirarlo. Me recordaba a un ángel caído, bajo la luz de la luna que hacía
resplandecer su pelo rubio, aclarado por el sol. Tenía los párpados más caídos de lo habitual y sus
espesas pestañas prácticamente ocultaban el color avellana de sus ojos.
—Es tu novia. Ayúdala.
Me las arreglé para sonar irritada. Cuando me permitía estudiar a Beau tan de cerca se me hacía
difícil enojarme con él. Seguía viendo al chico al que de niña había puesto en un pedestal. Nuestro
pasado siempre estaría ahí, impidiendo que volviésemos a estar unidos.
—Gracias por recordármelo —dijo, alargando la mano para abrir la puerta sin romper el contacto
visual conmigo. Bajé la mirada y me dispuse a observar atentamente mis propios brazos, que tenía
cruzados sobre el regazo. Nicole se revolvió con torpeza en el asiento trasero y la camioneta dio una leve
sacudida que nos recordó que seguía allí. Después de unos instantes más de silencio, por fin bajó.
Beau cargó con el cuerpo lacio de Nicole hasta la puerta y llamó. La puerta se abrió y desaparecieron
dentro. Me pregunté quién habría abierto la puerta. ¿Habría sido la madre de Nicole? ¿Le preocupaba
que su hija estuviese como una cuba? ¿Dejaría que Beau la llevase a su habitación? ¿Iba Beau a quedarse
con ella? ¿A meterse en la cama con ella y a quedarse dormido? Beau reapareció en la entrada antes de
que mi imaginación pudiese desatarse aún más.
Una vez dentro del coche, arranqué la camioneta en dirección al parque de caravanas donde vivía.
—Así que dime, Ash, ¿tu insistencia por llevar a casa al tío borracho y a la puta de su novia se debe
a que eres la eterna chica buena que ayuda a todo el mundo? Porque sé que no te gusto demasiado, así que
siento curiosidad por saber qué te impulsa a querer que llegue a casa sano y salvo.
—Beau, eres mi amigo. Claro que me gustas. Somos amigos desde los cinco años. Es verdad que ya
no salimos juntos, ni nos dedicamos a aterrorizar a los vecinos, pero me sigues importando.
—¿Desde cuándo?
—Desde cuándo, ¿qué?
—¿Desde cuándo te importo?
—Ésa es una pregunta tonta, Beau. Sabes que siempre me has importado —respondí. Aunque sabía
que no se conformaría con una respuesta tan vaga. La verdad era que ya no hablaba mucho con él.
Normalmente, Nicole estaba colgada de alguna parte de su cuerpo. Y cuando Beau me dirigía la palabra
era para soltar algún comentario sarcástico.
Se le escapó la risa.
—Nos hemos sentado juntos en clase de historia durante todo el año y casi ni me has mirado. Durante
la comida tampoco me miras y eso que nos sentamos a la misma mesa. Cada fin de semana nos vemos en
las mismas fiestas y si se te ocurre lanzar tu mirada de superioridad en mi dirección, siempre es con
expresión de asco. Así que me sorprende que me sigas considerando tu amigo.
El gran roble señalaba la entrada al parque de caravanas donde Beau había residido toda su vida. La
exuberante belleza del paisaje sureño al entrar en el camino de grava era engañosa. En cuanto rebasabas
los altos árboles, el decorado cambiaba de forma drástica. Caravanas viejas, coches apoyados sobre
ladrillos y juguetes rotos repartidos por los patios. A falta de cristal, más de una ventana estaba cubierta
con madera o plástico. Pero no me quedé embobada mirando a mi alrededor. Tampoco me sorprendió ver
a un hombre sentado en los peldaños de su porche, en ropa interior y con un cigarrillo colgado de los
labios. Conocía bien el parque de caravanas. Formaba parte de mi infancia. Me detuve delante de la
caravana de Beau. Me habría resultado más fácil creer que era el alcohol el que hablaba, pero sabía que
no era así. No habíamos estado a solas desde hacía más de cuatro años. Desde que me convertí en la
novia de Sawyer, nuestra relación cambió.
Respiré hondo y me volví para mirarlo.
—Nunca hablo con nadie en clase, excepto con el maestro. Tú nunca me diriges la palabra durante la
comida, así que no tengo motivo para mirarte. Llamarte la atención sólo sirve para que te burles de mí. Y
en las fiestas, no te miro con asco. Miro a Nicole con desagrado. Podrías encontrar a alguien mucho
mejor que ella.
Puse el freno antes de que se me escapase algo más.
Ladeó la cabeza como si me estuviese examinando.
—Nicole no te gusta demasiado, ¿verdad? No tienes que preocuparte porque esté colgada de Sawyer.
Mi primo valora lo que tiene y no lo echará por la borda. Nicole no puede competir contigo.
¿A Nicole le gustaba Sawyer? Normalmente, acosaba a Beau. Nunca había notado su interés por
Sawyer. Sabía que habían sido pareja durante un par de semanas cuando tenían trece años, pero había
sido hacía tiempo. Eso no contaba. Además, estaba con Beau. ¿Por qué iba a interesarle cualquier otro?
—No sabía que le gustase Sawyer —respondí, no del todo segura de creerlo. Sawyer no era para
nada su tipo.
—Pareces sorprendida —contestó Beau.
—Bueno, claro que lo estoy. Te tiene a ti. ¿Por qué va a querer a Sawyer?
Sus labios dibujaron una sonrisa satisfecha, haciendo que se le iluminasen los ojos de color avellana.
Me di cuenta de que acaba de soltar algo que Beau podía malinterpretar, justo como estaba haciendo en
ese mismo momento.
Alargó la mano hasta la manilla de la puerta, pero se detuvo y echó un vistazo rápido atrás.
—No sabía que mis bromas te molestaban, Ash. No lo haré más.
No era la respuesta que esperaba. Sin saber qué contestar, me quedé allí sentada sosteniéndole la
mirada.
—Te traeré tu coche antes de que tus padres vean mi camioneta en tu casa por la mañana.
Salió de la camioneta y lo observé mientras caminaba hasta la puerta de su caravana con el contoneo
más sexy de la historia de la humanidad. Beau y yo necesitábamos tener esa charla. A pesar de que, por
su culpa, mi imaginación cabalgaría desbocada durante una temporada. Mi secreta atracción por el chico
malo del pueblo tenía que seguir siendo secreta.
A la mañana siguiente, encontré mi coche aparcado en la entrada, como había prometido, con una nota
metida bajo el limpiaparabrisas. La cogí, y al leerla no pude evitar sonreír.
Decía: «Gracias por lo de anoche. Te echaba de menos». Había firmado simplemente con una B.
II
Asthon
Hola, cariño. Siento haber tardado tanto en responder a tu e-mail. Aquí la conexión a Internet es
muy débil y el 3G no existe, así que el móvil no sirve de nada. Tengo unas ganas locas de volver a
verte. Pienso en ti continuamente y me pregunto qué estarás haciendo. Pasamos la mayor parte del día
haciendo senderismo. La senda que tomamos ayer llevaba hasta una cascada. Después de ocho
kilómetros cuesta arriba bajo un sol abrasador, el agua helada nos sentó genial. Habría deseado que
estuvieses allí.
Está claro que mi futuro no está en el mundo de la pesca. Doy pena. Cade me está dando una
paliza. Ayer me dijo que debería conformarme con el fútbol americano, jajaja. Estoy disfrutando del
tiempo que paso con él. Gracias por comprender cuánta falta me hacía. En estos momentos, me
necesita. Su hermano mayor se marchará dentro de un año y a mí me tendrá a una simple llamada de
distancia, pero no estaré allí para ver sus entrenamientos o para ayudarle con su primer amor. Estoy
aprovechando para compartir toda mi sabiduría con él.
Te quiero tanto, Ashton Sutley Gray. Soy el hombre más afortunado del mundo.
Sawyer
Sawyer:
Supuse que tu tardanza en responder tenía que ver con problemas con Internet. En lo alto de la
montaña, la conexión no puede ser buena. Al menos no en la cabaña aislada donde estáis. Yo también
te echo de menos. Me alegro de que estés aprovechando para pasar tiempo con Cade, sé lo mucho que
significa para él.
Yo ayudo un poco a mi padre en la iglesia. No tengo mucho que hacer contigo fuera. No he salido
de fiesta los fines de semana, normalmente por las noches alquilo una peli. Leann y Noah se han
convertido en pareja oficial. Cuando no trabaja, Leann está con él. Así que eso me deja sin nadie con
quien salir. Estoy demasiado acostumbrada a pasar todo el tiempo contigo. Dales un abrazo a Cade y
a Catherine de mi parte.
Cuento los días hasta que vuelva a verte.

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