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Libro El Club del crimen – Miguel Ángel Gómez PDF

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dejar nada al azar. Ahora se alegraba de
haberlo hecho, porque podría
desenvolverse con mayor facilidad por
el interior de los pasadizos.
Intentó hacer memoria, pero no
recordaba ninguna indicación sobre
algún lugar que estuviese cortado por
obras u otro motivo. Aun así, sacó los
planos y los extendió sobre el suelo para
estudiarlos con detenimiento. Se había
desorientado y no sabía el lugar exacto
donde se encontraba, pero tenía algo
claro que se había confirmado al mirar
de nuevo los planos, en ningún sitio de
la zona aparecía señalado que el paso
estuviese cortado.
Intrigado, se detuvo delante de las
vallas dudando sobre lo que debía
hacer. Estuvo tentado de dejarlo y
volver después con el resto de
compañeros, pero desistió, al darse
cuenta de que podía estar ante una
oportunidad única de demostrar su valía
y ganarse así el respeto de toda la
brigada. Necesitó unos minutos para
autoconvencerse de que era lo mejor,
vencer su miedo, coger aire y apartar la
valla con gesto decidido.
El policía siguió avanzando sin saber
muy bien qué iba a encontrarse. El
pasillo se extendía a lo largo de medio
kilómetro hasta que el suelo comenzó a
inclinarse en una pendiente que terminó
desembocando en una amplia galería
alumbrada con luz eléctrica, una especie
de cueva natural manipulada por la
mano del hombre. Eric no salía de su
asombro, miró a su alrededor y, a
continuación, volvió a consultar los
planos. No cuadraba nada, ese sitio no
aparecía reflejado en ninguna parte.
Apagó la linterna y observó sobrecogido
el escenario que se desplegaba ante sus
ojos. Habían excavado en la roca
convirtiendo la cueva en una sala con
las paredes cubiertas de símbolos como
cruces gamadas y otros signos que no
podía reconocer. En el centro de una de
las paredes se extendía una lona con el
dibujo de una gran calavera negra,
reposando sobre dos huesos con una
forma extraña.
Eric se acercó para observarlo con
más detenimiento y pudo observar cómo
los huesos tenían formas de letra, una
“B” y una “S”, formando un emblema
que resultaba estremecedor y que Eric
no consiguió identificar. El lugar
resultaba sobrecogedor y, completando
el tenebroso escenario, en el centro de
la sala se encontraba una gran mesa
rectangular con doce sillas de respaldo
alto. Tres grandes candelabros se
extendían sobre la mesa, con las velas
encendidas, algo que el agente no
entendía ya que el sitio tenía luz
eléctrica.
Se quedó sin habla durante unos
minutos, mirando sobrecogido las
paredes de la cueva. Pensó en la
amenaza de Al-Qaeda, pero estos
símbolos no parecían tener nada que ver
con el terrorismo islámico. Empezaba a
sospechar que podría tratarse del lugar
de reunión de alguna especie de secta o
sociedad secreta. Él no era experto en el
tema, pero le gustaba leer libros sobre
conspiraciones y organizaciones que
controlaban el mundo desde la sombra.
Sus amigos le decían que tenía
demasiada imaginación, pero este
descubrimiento podría confirmar su
existencia. En ese momento se arrepintió
de haber entrado solo, ya que temía que
su vida pudiera correr peligro.
Un ruido a su izquierda le hizo
girarse para comprobar que en uno de
los laterales de la sala había una especie
de salida. Se acercó para comprobarlo
y, cuando llegó a su altura, sacó la
linterna para ver lo que había al otro
lado. Mientras la sacaba, un fuerte
hedor le hizo taparse la boca y la nariz
con la mano que tenía libre. Estuvo a
punto de vomitar, pero pudo aguantar el

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primer impulso de su estómago. El
fuerte olor le hizo presagiar que iba a
encontrarse con algo desagradable, pero
ni en sus peores pesadillas podía
imaginarse el espectáculo que se
desplegó ante sus ojos cuando encendió
la linterna. En una pequeña cueva, de
unos diez metros cuadrados, se apilaban
una gran cantidad de cuerpos cubiertos
de sangre. Eric se quedó paralizado,
aterrorizado ante el horror que tenía
delante de sus ojos. Sin poder controlar
el temblor de sus manos, enfocó hacia la
pila de cadáveres, sin poder todavía
asimilar lo que estaba contemplando.
Todo tipo de preguntas se agolpaban en
su mente intentando encontrar alguna
explicación lógica.
Sin poder aguantarse más, Eric apartó
su mirada del macabro hallazgo, se
agachó y comenzó a vomitar. Todavía no
había acabado, cuando escuchó un fuerte
ruido a su espalda que le sobresaltó. Se
incorporó con dificultad, dándose la
vuelta mientras intentaba sacar su
pistola, pero no le dio tiempo, alguien se
le adelantó efectuando un disparo
certero que impactó en el centro de su
frente acabando con su vida de forma
instantánea. El sonido del disparo
retumbó en toda la sala y se propagó por
la galería de túneles mientras el cuerpo
inerte de Eric caía al suelo.
Unos minutos después, los
compañeros de Eric llegaron a la sala
alertados por el ruido del disparo.
Cuando el jefe del equipo entró en la
sala, se quedó petrificado al observar lo
tenebroso del lugar. Los otros dos
policías que le acompañaban se
desplegaron rápidamente cubriéndose
mutuamente. Uno de ellos sobresaltó a
su compañero dando un grito
espeluznante al encontrarse con el
montón de cadáveres que había
descubierto Eric.
Pero el jefe no acudió a su llamada,
se había acercado a la mesa sobre la que
se encontraba el cadáver de Eric. Sintió
un escalofrío que recorrió todo su
cuerpo al observar el cuerpo
ensangrentado del policía y leer una
frase escrita con lo que parecía sangre,
justo al lado del cuerpo: “No intentéis
encontrarnos”.
Madrid, en la actualidad
Las reuniones del club se mantenían
en el más estricto secreto. La discreción
era la seña de identidad de sus
miembros. Gracias a ella, habían
conseguido mantenerse en secreto
durante decenas de años. Cinco hombres
esperaban sentados alrededor de una
gran mesa rectangular. La presidencia de
la mesa se encontraba en oscuridad,
ocupando su asiento el presidente del
club, que permanecía en la penumbra. La
habitación en la que se encontraban
estaba rodeada por estanterías repletas
de libros, formando una biblioteca con
títulos de auténtico lujo.
Los miembros habían sido
convocados con urgencia y no tenían
ninguna duda de que la razón no era otra
que las sillas que en ese momento se
encontraban vacías. Después de unos
minutos de tensa espera entró el
secretario del club, que portaba varias
carpetas en la mano. Ocupó su asiento y
comenzó a hablar, después de pedir
permiso al presidente. Hizo una breve
introducción sobre algunos asuntos
prácticos y dio paso a su jefe para que
tomase la palabra.
—Sé que todos estamos muy
afectados por todo lo que ha ocurrido,
pero debemos seguir adelante.
—¿Se va a cubrir ya el sillón
vacante?
El presidente del club miró a la
persona que había hecho la pregunta y se
quedó pensativo.
—¿Solo uno? —preguntó otro.
Tampoco obtuvo respuesta. La
impaciencia crecía entre los miembros
del club, nunca habían visto a su jefe tan
dubitativo. Finalmente, para alivio de
todos, el presidente habló.
—De momento vamos a abrir el
proceso para sustituir el sillón vacante,
pero puede ser que haya más cambios,
aunque todavía no está decidido.
Esta última revelación les sorprendió
a todos, aunque no hicieron ningún
comentario.
—Le he pedido a Hastings que haga
una breve reseña de los tres candidatos

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–le hizo un gesto al secretario y éste se
levantó y comenzó a repartir las
carpetas—. Debo confesaros algo, por
primera vez desde que dirijo este club
no me convence ninguna de las
propuestas. Aun así, debemos
decidirnos. Quiero que estudiéis bien
cada expediente y dentro de tres meses
volveros a juntarnos para la votación.
Nadie se atrevió a añadir nada más
ante la contundencia del tono con

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