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El Corazon De Tramorea – Javier Negrete

El Corazon De Tramorea - Javier Negrete

El Corazon De Tramorea – Javier Negrete 

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Aunque entre los hechos narrados en El espíritu del mago y El sueño de los
dioses apenas transcurren unos días, cinco años separan su publicación. Muchos
lectores me comentan que habrían agradecido que el tercer volumen empezara con un
resumen de lo acontecido en los dos primeros. Tal vez tarde, pero he decidido incluir
esa sinopsis aquí, en El corazón de Tramórea. Los lectores que se acuerden mejor de
la trama pueden saltársela o leerla en diagonal. Recomiendo que en cualquier caso no
se pierdan la última página del resumen. (Y les recuerdo también que al final del libro
hay un glosario y un índice de personajes.)
En realidad, prefiero no ser yo quien recapitule sobre lo ocurrido hasta ahora. Le
cedo la palabra a un viejo amigo.
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Me llamo Kratos. Kratos May.

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Desde ayer no hemos hecho otra cosa que cabalgar sobre los mismos caballos que
hace poco combatieron contra nosotros en la Roca de Sangre. Aunque hombres y
animales están agotados y hemos dejado a muchos en el camino, seguimos adelante.
Galopamos hacia el este, siempre hacia el este. Ayer vimos cómo las nevadas
cumbres de Atagaira crecían poco a poco ante nuestros ojos. Más allá de ellas, si es
que logramos atravesarlas por los túneles cuyo secreto guardan celosamente las
Atagairas, nos espera lo desconocido.
¿Cómo es posible que setecientos locos convocados por un excéntrico mago
cabalguemos hacia un destino que ignoramos, para guerrear contra los mismos dioses
a los que hemos adorado durante toda nuestra vida?
¿Cómo hemos llegado a esto?
Pienso en ello, porque tampoco tengo otra cosa que hacer mientras miro hacia el
frente entre las orejas de mi yegua, que cabalgo hoy por segunda vez tras haber
montado en mis otros dos caballos de refresco.
Todo empezó hace tres años, con la muerte de mi señor Hairón, dueño de la
Espada de Fuego y general en jefe de la Horda Roja. Aunque nunca llegó a
esclarecerse, sé que Hairón murió envenenado. Quien dio la orden fue uno de los
capitanes de la Horda, tah Aperión, que ambicionaba convertirse en nuevo Zemalnit.
Yo vivía tranquilo en Mígranz, como capitán de la Horda Roja, con una joven
concubina llamada Shayre. A veces, cuando veía a Hairón desenvainar la Espada de
Fuego, me imaginaba que algún día me convertiría en Zemalnit. ¿Qué maestro de la
espada no habría fantaseado con esa idea?
Y entonces Hairón murió y Zemal quedó sin dueño. Los monjes Pinakles
aparecieron para llevársela y nos dijeron: «Revelaremos su paradero en el templo de
Tarimán en Koras el día primero del mes de Kamaldanil». Sólo los Tahedoranes, los
grandes maestros de la espada con siete o más marcas, podíamos luchar por ella.
Así empezó la carrera por la Espada de Fuego. Aperión no estaba dispuesto a
competir limpiamente. Nunca había sido rival para mí con la espada, pero me
aventajaba en falta de escrúpulos. Asesinó vilmente a mi concubina y delante de su
cabeza cortada pretendió que yo le jurara fidelidad.
No lo hice. Entré en Urtahitéi, la tercera aceleración que sólo yo, como maestro
del noveno grado, tenía derecho a conocer, y huí abriéndome paso con mi espada
Krima. Aunque no pude matar a Aperión, juré que lo haría tarde o temprano.
Si otros poderes no hubieran participado en el certamen por la Espada de Fuego,
habría cabalgado directamente a Koras para conocer su paradero. Sin embargo, una
voz del pasado me reclamó. Yatom, el brujo Kalagorinor que me había salvado de un
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corueco años atrás, me envió un mensaje. «Debes adiestrar a un joven guerrero para
que se convierta en el próximo Zemalnit. El destino de los reinos depende de ello.»
Él tenía derecho a exigir mis servicios, así que me dirigí al bosque de Corocín,
donde me enteré de que Yatom había muerto y entregado su syfrõn –sea eso lo que
sea– a un joven Ritión llamado Mikhon Tiq. Mas no me puse a sus órdenes, sino a las
de Linar, otro brujo Kalagorinor; un tipo tuerto, de dos metros de estatura y rostro
impenetrable. Acompañado por Mikha y Linar viajé a Zirna, en la frontera oeste de
Ritión, y allí conocí a Derguín Gorión. Desde entonces, para bien o para mal,
nuestros destinos se unieron.
Derguín poseía seis marcas de maestría. Algo que muy pocos hombres pueden
alcanzar, pero que no bastaba para convertirse en candidato a la Espada de Fuego.
Necesitaba la séptima. Durante nuestro viaje a Koras, lo adiestré para que recuperara
su técnica y se pusiera en forma. Mientras tanto, en mi corazón cobijaba la esperanza
de que, llegado el momento, Linar se decidiera por mí para convertirme en Zemalnit.
En el viaje a Koras, asistimos a un extraño ritual y salvamos de morir sacrificada
a una joven de extraordinaria belleza llamada Tríane. Ella se encaprichó de Derguín,
pero poco después desapareció sin más. O eso creíamos entonces.
Fue también durante esas jornadas cuando Linar nos habló sobre el pasado
remoto de Tramórea. Según su relato, los dioses no eran los benefactores de la
humanidad, sino sus enemigos mortales. Uno de ellos, el dios loco Tubilok, dormía
encerrado en una prisión de roca fundida, pero estaba a punto de despertar y traer el
caos y la destrucción.
«Mas no le será tan fácil», añadió Linar. «Pues para eso estamos los Kalagorinôr.
Somos los que esperan a los dioses.»
No creí en aquel relato. Me negué a aceptar que las divinidades a las que mis
padres me habían enseñado a adorar fueran en realidad demonios crueles y sedientos
de sangre. No descubrí que estaba equivocado hasta hace unos días. Pero no debo
anticipar acontecimientos.
Antes de llegar a Koras, Linar y Mikhon Tiq se separaron de nosotros. Ya en la
capital, Derguín se presentó a la prueba. Fue una encerrona. Según las normas, debía
enfrentarse a Ibtahanes del quinto grado, pero sus rivales tenían seis marcas, como él.
Aun así Derguín, de quien yo había dudado hasta entonces, demostró ser un natural,
un talento de la espada de los que sólo se encuentra uno por generación. Venció a sus
tres enemigos, se convirtió en tah Derguín y ganó el derecho a llevar el puñal de
diente de sable y el brazalete con siete marcas rojas de maestría.
Sé que muchos me consideran el mayor Tahedorán de Tramórea. Todo lo he
conseguido con sudor y trabajo, aunque no me faltan talento ni fuerzas para el noble
arte del acero. Cuando empuño una espada no temo a nadie. No obstante, he de
reconocer que tengo reparos a enfrentarme a dos rivales.
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Todavía no he cruzado mi hoja con la de Togul Barok. No creo que su Tahedo
supere al mío, pero sus ojos de doble pupila revelan que por sus venas corre la sangre
de los dioses. De nada me serviría atravesar su cuerpo de parte a parte si sus heridas
se cierran por arte de magia.
El otro rival es Derguín. Cuando lo entrené aún no se hallaba a mi altura; empero,
en algunos combates de adiestramiento su genialidad me sorprendió. Por aquel
entonces habría perdido contra él dos de cada diez duelos. Sin embargo, Derguín es
muy joven. Él sólo puede mejorar, mientras que yo sé que mi decadencia es
inevitable.
Llegó el 1 de Kamaldanil del año 999, y acudimos al templo de Tarimán, el dios
que había forjado la Espada de Fuego. Éstos éramos los candidatos dispuestos a
luchar por Zemal: mi viejo amigo Krust de Narak, el aborrecible Aperión, el príncipe
Togul Barok, Derguín y yo. También había una mujer del pueblo guerrero de las
Atagairas: Tylse, hija de la reina Tanaquil. Y un Aifolu, Darnil, hijo de Ulisha, el
general que mandaba la horda de fanáticos conocida como «el Martal». En aquel
momento tan sólo sospechábamos las atrocidades que estaban cometiendo los Aifolu
en nombre de su dios sanguinario y oscuro.
Siete Tahedoranes. La Jauka de la Buena Suerte, como la denominó con ironía
Krust, pues sabía que aquella septena sólo habría de traer buena fortuna a uno de
nosotros. La espada, según se nos reveló, se hallaba en la isla de Arak, en el mar
Ignoto.
En el certamen no sólo se competía con espadas. Togul Barok recibió la ayuda de
un hechicero llamado Ulma Tor. Cuando intenté enfrentarme a él, sentí cómo mi
cuerpo se volvía pesado como una losa de granito, y desde el suelo le vi partir en dos
la hoja de mi espada Krima. Ulma Tor nos entregó a la Atagaira y a mí a los hombres
del príncipe, que nos encerraron en la fortaleza de Grios, no muy lejos de la Sierra
Virgen. Allí se encontraban ya prisioneros Krust, Aperión y el candidato Aifolu.
Derguín había logrado escapar, aunque quedó tan conmocionado por el ataque de
un corueco que perdió la memoria. Para colmo, una banda de forajidos lo asaltó
cuando cruzaba un puente, y cayó al río atravesado por varias flechas.
Tríane, la misteriosa joven a la que habíamos salvado, recogió a Derguín y curó
sus heridas en Gurgdar, una cueva en la que el tiempo transcurría a un ritmo distinto
que en el exterior. Tríane también le dio a Derguín mi espada Krima, milagrosamente
reforjada: cuando volví a tenerla en mis manos, reconocí sus líneas de templado,
junto con una nueva marca en su espiga.
Una T. Igual que en Brauna, la espada de Derguín. Nunca lo hemos dicho en voz
alta, pero los dos sospechamos qué significa esa T.
De nuevo los dioses usándonos como peones. Mas si el divino herrero había
reforjado mi espada, ¿qué podía hacer yo sino agradecerlo?
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Además, Tríane le entregó a Derguín un fabuloso unicornio cuyo cuerno sólo se
veía bajo la luz de las tres lunas en conjunción. Cabalgando a lomos de Riamar,
Derguín podría haber continuado su camino sabiendo que cinco de sus adversarios
estaban fuera de combate; pero decidió desviarse de su camino para venir a
rescatarnos. Disfrazado de músico ambulante se coló en el castillo de Grios y se las
arregló para entregarme mi espada durante un banquete en que nuestros enemigos
pretendían envenenarnos.
En lugar de morir, fuimos nosotros quienes sembramos la muerte entre ellos
como lobos en un rebaño. Huimos de Grios, acompañados por un gigantón llamado
El Mazo. Irónicamente era el jefe de los forajidos que asaltaron a Derguín en aquel
puente, pero se había hecho amigo suyo y nos ayudó en la fuga.
Con todo, habríamos perecido entonces, pues nos extraviamos y los arqueros
enemigos nos rodearon. Esta vez fueron Mikhon Tiq y Linar quienes nos sacaron del
atolladero. Llegaron a lomos de una gran bestia alada y destruyeron a nuestros
perseguidores con sus llamaradas mágicas.
En realidad, fue sólo Mikhon Tiq quien nos salvó, pues Linar estaba paralizado en
un extraño trance. Al parecer habían combatido contra otros brujos al norte; eso sólo
lo supe entreoyendo alguna conversación entre Derguín y Mikhon Tiq. Éste ya no era
la misma persona de antes. Al igual que Derguín se había convertido en tah Derguín,
Mikhon Tiq ya no era aprendiz, sino mago.
Cruzamos la Sierra Virgen. Al otro lado se extendía una vasta jungla atravesada
por un río. Construimos una balsa y descendimos por

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