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El declive – José Luis Palma

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tampoco recuerdo que fuésemos juntos a ningún parque de atracciones, ni al cine, ni al circo, ni nunca vino a las fiestas de mi colegio. Estaba muy ocupado con lo suyo,
decía mi madre. Nunca supe que era lo suyo ni jamás me interesé por saberlo. A veces lo veía en la televisión, pero como hablaba de cosas muy serias y muy extrañas a
mi mundo infantil no conseguí asociar su imagen encorsetada con la del hombre relajado que se sentaba en el salón de la casa mirando la misma televisión por la que él
salía cada día. En realidad, tuvieron que pasar años para que llegase a saber que mi padre era o había sido uno de los más populares presentadores y comentaristas de la
televisión de aquellos años. Yo sé que vivió una vida intensa, a veces demasiado intensa. Quizá fue eso lo que precipitó su caída. No sabría decir si era demasiado
perfeccionista o demasiado orgulloso o tal vez una peligrosa mezcla de ambas cosas. Le gustaba el trabajo bien hecho, eso desde luego, pero era muy exigente y tal vez
esa rígida forma de ser le restó la flexibilidad y la sensibilidad que todo ser humano necesita para ser aceptado por los demás. Era guapo y él lo sabía. Pasaba del metro
ochenta, tenía una piel morena aterciopelada y un pelo negro que se peinaba hacia atrás, engominándolo al estilo de la época. Sus ojos eran grandes, expresivos y se
tornaban verdosos cuando les daba el sol de poniente. Tenía fuerza en la mirada. Cogía el cigarrillo entre sus dedos de una forma que a mí se me antojaba elegantísima,
propia de un galán de aquellos años. Quizá fue aquella imagen lejana la que hizo que yo también acabara siendo una empedernida adicta al tabaco del que no logro
desengancharme.
Cuando salía en la tele le cambiaban un poco su aspecto, y aunque seguía siendo guapo, yo prefería el que él se daba a sí mismo para su día a día. No abusaba de esa
condición con la que la Naturaleza premia a veces a quien no se lo merece, pero desde luego ese don le otorgaba la seguridad necesaria para adoptar posiciones de fuerza,
tal vez de prepotencia, que a la larga le acarrearon más perjuicios que beneficio.
Mi madre era guapa, también, pero puestos a calificarlos en ese atributo tan efímero, yo diría que mi padre la aventajaba en belleza. Era alta, delgada y en su silueta se
reconocía más a una deportista de élite que a una dama universitaria de aquellos tiempos. Solía darse en el pelo suaves tintes caobas que hacía resaltar el misterio que
guardaba en el fondo de sus ojos verdes. Vestía con desenfado y siempre prefería la comodidad en el atuendo que el suplicio de los dictados de la moda. Le gustaba más
ponerse pantalones que faldas y los combinaba a la perfección con llamativos jerseys de punto ancho y elegantes

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chaquetas de lana al estilo inglés. Me fascinaba su
forma para anudarse bufandas o pañuelos alrededor del cuello. Su expresión era muy dulce y desde su mirada se derramaba una bondad que cautivaba a todos. Yo
prefería su carácter al de mi padre, era más equilibrada, menos impulsiva, más racional y por descontado mucho más cariñosa conmigo. Creo que llegó a mimarme en
exceso, tal vez lo hacía para compensar la evidente desafección de mi padre, aunque yo, lógicamente, no era consciente de esos detalles.
Hacían buena pareja y yo me reconocía en ellos cuando los tres salíamos a pasear por las calles de moda donde mi padre le gustaba dejarse ver, o cuando viajábamos
hasta la casa que los abuelos maternos tenían en Navacerrada. La gente lo reconocía por la calle y aquello, que yo no entendía demasiado, a mí me gustaba. Sabía que mi
padre era famoso pero no tenía del todo claro la causa de aquella popularidad, a fin de cuentas, desde que tuve consciencia de mí misma, mi padre era el que salía por la
tele y yo no le concedía demasiada importancia a un hecho para mí tan ordinario y cotidiano. No lo eché de menos cuando se marchó de casa tras la separación.
Los recuerdos que puedo tener de ellos dos juntos son muy lejanos y hasta cierto punto inconcretos. En realidad, cuando lo pienso, creo que para mí nunca estuvieron
juntos aunque compartieran el mismo baño y durmieran en la misma cama. Creo que siempre vivieron separados, al menos sus mundos; el profesional y el de los
afectos. En sus concurrencias siguieron siempre líneas paralelas tendentes a la divergencia. No se entrecruzaron casi nunca y si alguna vez lo hicieron fue de forma
circunstancial y diría que hasta forzada.
Muchas veces me he preguntado las razones que empujan a dos seres desconocidos a involucrarse en ellos mismos para redefinir un nuevo concepto de unidad, casi
mística, basada en una unión inestable con fines, las más de las veces, aniquilatorios. Ellos lo intentaron, estoy segura que de buena fe, pero como tantos otros tampoco
lo consiguieron. Sigo sin saber qué razones hay para que dos seres desconocidos acaben uniéndose tratando de organizar una limitada vida en común que acaba
complicándose con la llegada de nuevos seres, la mayoría de las veces no intencionadamente buscados. ¿Por qué de la unión fugaz de dos personas, dos de sus células se

funden para organizar una nueva vida, un nuevo ser mitad de uno y mitad de otro

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