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Libro PDF El desorden que dejas – Carlos Montero

El desorden que dejas - Carlos Montero

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varias veces el botón de la cámara.
—¿Qué ves? ¿Está muerto? —preguntó el
marido, horrorizado y subyugado ante la idea de un
cadáver flotante.
La novia se sujetaba al brazo de su marido y
esperaba la respuesta del fotógrafo con angustia.
—Muerta. Es una mujer. No muy mayor —
confirmó el fotógrafo—. Será mejor que llames a
la Guardia Civil.
La novia no pudo reprimir una arcada. Vomitó.
Salpicaduras de vómito acabaron en su vestido. El
marido le pasó un pañuelo para que se limpiara.
—Da igual, da igual. —De pronto preocuparse
por una mancha en su vestido le parecía
intrascendente y hasta fuera de lugar.
Una hora después varios coches patrulla
llegaban a la zona. Los novios ya no estaban allí,
solo el fotógrafo permanecía en el sitio. Consideró
una obligación quedarse hasta que los de la
Benemérita aparecieran.
Necesitaron una lancha motora para alcanzar el
cuerpo sin vida de la chica y traerlo hasta la orilla.
El juez y la secretaria judicial llegaron poco
después para el levantamiento del cadáver.
—Creo que es ella, señor juez —aventuró el
cabo primero Giménez.
—¿Quién?
—La profesora de Novariz, la que llevaba
desaparecida desde hace una semana. Pobre cría.
CAPÍTULO 2
En algún lado leí que las causas que provocan más
estrés, ordenadas de mayor a menor, son: la muerte
de un ser querido, una ruptura amorosa y una
mudanza.
Muerte de un ser querido: check. O más bien
doble check.
Mudanza: la que ahora mismo estamos
emprendiendo mi marido y yo. Abandonamos
nuestro piso de alquiler en el barrio de Montealto
de A Coruña después de seis años viviendo aquí.
Ruptura amorosa: la veo próxima como no nos
pongamos de acuerdo de una maldita vez en todo
lo que tenemos que tirar y lo que tenemos que
guardar.
—Este abrigo no te lo pones desde que ibas a la
facultad.
—Me lo regaló mi padre. Es de los pocos
recuerdos que me quedan de él.
—Germán, ¿no habíamos quedado en que ya
habías agotado la carta de mi padre se ha muerto?
—Quien te oiga. Si no hace ni cuatro meses…
—Vale, pruébatelo, si de verdad crees que te
queda bien, lo metemos en las cajas que nos
llevamos.
Germán se lo pone. Se mira al espejo,
comprueba a través del reflejo si yo también lo
estoy viendo.
—¿Qué tal? —me pregunta. Ve algo en su
reflejo que no le gusta. Se lleva la mano a la
cabeza y resopla con preocupación palpando su
pelo con cierta ansiedad—. Cada vez tengo menos.
Creo que lo perdí durante los meses de hospital.
Nadie te dice que ese va a ser uno de los efectos
colaterales de la enfermedad de un padre.
—No te vas a quedar calvo.
—Ojalá. ¿Te gusta el abrigo?
Yo le miro sin saber muy bien qué decir.
—Es espantoso —claudica—. ¿De verdad te
enamoraste de mí cuando llevaba esto puesto?
—Fue más bien cuando te lo quitaste.
Germán entonces empieza a desprenderse de él
con una fingida y torpe sensualidad mientras
tararea una musiquilla hortera.
—Lo siento, pero ya no surte el mismo efecto —
le digo con una seriedad impostada—. Me toco las
bragas, y nada, sequitas, sequitas.
Germán se ríe. Y a mí me contagia la risa.
Tal vez por eso aún seguimos juntos después de
doce años. Porque a veces todavía nos reímos. Y
eso que desde que pasó lo de su padre cada día me
cuesta más arrancarle una sonrisa. Lo «de su
padre» no es otra cosa que su muerte. Qué
curiosos los eufemismos y todos los esfuerzos que
hacemos para eludir la muerte de la vida, y hasta
del lenguaje. Lo de su padre.
Tere dice que cuando hablo de mi relación con
Germán parezco una vieja. Una vieja de al menos
cuarenta y cinco tacos. Para ella todo lo que pase
de nuestra edad, los treinta y cuatro, lo comienza a
considerar vejez. De ahí que ahora le haya dado
por tirarse a uno o dos a la semana, para
aprovechar el único año que le queda antes de la
decadencia. Yo le digo que no hablo como una
vieja, simplemente llevo con Germán desde
segundo de carrera. Doce años ya, una boda, dos
abortos naturales, la muerte de su padre, la muerte
de mi madre, cuatro mudanzas, sus dos años y
medio de paro que ya están durando demasiado,
aunque él nunca admitirá que está en paro, él está
escribiendo, solo que no escribe y al no escribir se
deprime. Entra y sale de la depresión con una
facilidad pasmosa. Al cómputo hay que añadir una
historia fea que los dos tratamos de olvidar. Tanto
nos esforzamos que a veces pienso que hemos
reducido el matrimonio a eso, a superar lo que
pasó. Ya ni le ponemos nombre. Porque en teoría
lo hemos olvidado. Los dos estamos convencidos
de que hay vida después de aquello y aquí
seguimos intentándolo. Y quizás sea duro
admitirlo, pero la muerte de mi madre y la de su
padre nos ha ayudado a aguantar. En los momentos
más duros nos fuimos muy necesarios.
A estas dos tragedias hay que sumar mis dos
intentos de aprobar las oposiciones. Y ahora los
viajes, todas esas sustituciones que hago por los
institutos más perdidos de Galicia. No aprobé,
pero quedé en un puesto lo suficientemente alto
como para que me vayan contratando de interina.
Donde hay una baja de tres o cuatro semanas, o un
par de meses, allá que voy. Soy la profesora
sustituta. Tere hasta me hizo una camiseta.
Profesora sustituta inasequible al desaliento. Sí,
¿qué le voy a hacer? Me encanta mi trabajo, a
pesar de que no pueda estar con los mismos
alumnos tanto como me gustaría. La mía no fue una
vocación temprana, más bien lo contrario, nunca
me había imaginado ejerciendo de profesora. Pero
fue probarlo y me enganchó. A lo mejor con el
tiempo me pasa lo que a muchos profesores, que
me acabe hastiando, que vea que los años pasan,
que me hago mayor y que ellos siguen teniendo
siempre la misma edad y las mismas energías y yo
ya no, pero hoy por hoy me resulta difícil de creer.
Y hay profesores que conservan la ilusión hasta el
final, ¿no? ¿Por qué no puedo ser yo uno de ellos?
Esta vez he tenido suerte. Voy a hacer una
sustitución de casi siete meses. Eso es
prácticamente un curso. Me voy a sentir una
profesora de verdad. Seis meses para ver
progresar a los alumnos, para que pueda
transmitirles de verdad lo que sé, lo que pienso y
en lo que creo. Que no es mucho, pero dos o tres
cosas intuyo que puedo enseñarles. O al menos es
tiempo suficiente para hacer crecer en ellos el
amor por la literatura, por los libros. Vale, vale,
mejor no me embalo, que ya me veo como el profe
del Club de los Poetas Muertos, y tampoco es eso.
Que tengo los pies en la tierra, y el hecho de que
mi vocación haya nacido tarde, y que ya tenga
cierta edad —«Treinta y tres no es cierta edad,
cariño, cierta edad son sesenta», diría Tere—, me
convierte en una persona realista.
La sustitución, además, y para alegría sobre
todo de Germán, es en uno de los dos institutos que
hay en su pueblo. Justo en el que estudió. ¿Cosa
del destino, de la suerte? ¿O que a veces
simplemente estas cosas ocurren? Porque será que
no hay institutos… De ahí lo de la mudanza.
Germán se viene conmigo. Lo hemos decidido.
Más bien lo decidió él, pero hablar en plural
cuando algunas de las decisiones que se toman
unilateralmente no son del todo del agrado del otro
es uno de los secretos del matrimonio para no
mandar todo a tomar por culo. A fuerza de
pluralizar te acabas creyendo que la decisión fue
cosa de los dos y el mal trago se pasa mejor.
Y hay que concederle una cosa a mi marido.
Germán lleva todo el año viajando una o dos
veces por semana al pueblo, primero para cuidar
de su padre enfermo y ahora para estar pendiente
de su madre. Y ya está harto de carretera,
demasiados kilómetros. Esta es una oportunidad
única para los dos. Para que empecemos de cero
en el mejor de los entornos. Su pueblo, una
pequeña villa de doce mil habitantes en lo más
profundo de Ourense, con mucha historia, mucha
bruma y mucha niebla, mucho puente romano
atravesando el río, muchas termas de aguas
calientes y alcalinas, mucho verde, mucho
monasterio barroco, mucho turismo en verano,
pero un pueblo. Ah, y golpeado por la crisis como
el que más; tenían una boyante economía basada en
una gran empresa de embutidos que quebró y ahí el
pueblo se vino abajo. Entre puestos directos e
indirectos quedaron sin trabajo unas seis mil
personas. Tienen el índice de paro más alto del
país. Y no le llames pueblo, que se ofenden, para
ellos es una ciudad pequeña. Y, por supuesto, allí
está su familia. Para Germán no hay mejor entorno
que su familia. A pesar del drama con mi suegro.
Pero hay que reconocer que siempre han sido una
piña y ante los embates de la vida se unen más
todavía. Se gritan, se enfadan, se echan cosas a la
cara, pero no hay quien los disuelva. Y creo que
Germán necesita estar cerca de los suyos y del
recuerdo de su padre para asimilar su pérdida. En
eso nos parecemos muy poco.
Estoy acojonada. Temo que después de esos seis
meses, cuando me destinen a otro instituto, Germán
decida que ya está bien de mudanzas y que por qué
no establecer el campamento base en el pueblo.
Hasta podría entrar a trabajar en el negocio
familiar si de una vez por todas acaba
abandonando la idea de escribir. Yo no le animo a
que lo deje, pero es verdad que no quiero verlo
sufrir. Su incapacidad para sacar más de media
página al día le desespera, su falta de inspiración
le sume en unos estados casi vegetativos de los
que le cuesta salir. Y aunque al principio se
apoyaba en mí para escapar de sus negruras, ahora
yo sé que no le valgo. Siente que lo juzgo, que lo
critico demasiado —«Ya está la profesora de
literatura…»—. Por eso quiere tener a su familia
cerca, con ellos se siente protegido. Con ellos
vuelve a ser el crío que todo lo hacía bien, el que
tenía un talento incuestionable, el más brillante e
ingenioso de su casa y de la clase. Y después está
que si al final nos da por procrear siempre es
mejor tener cerca a los nuestros.
Ahí radica el problema. Sus nuestros no son mis
nuestros. Yo ni siquiera supe mantener a mi propia
familia cerca. Y lo de los niños, después de dos
abortos, yo ya no tengo cuerpo ni espíritu como
para volver a la carga. Germán cree que es por lo
otro, por la historia fea de la que no hablamos.
Pero no, bastante tengo con educar a los chavales a
los que doy clases. Lo he intentado razonar con
Germán, pero dice que me pongo negativa y que ya
llevamos más de dos años en la mierda como para
que no pueda aceptar que ahora las cosas se
empiezan a arreglar. Que cómo no puedo ver que
esto de la sustitución en su pueblo es una señal de
que todo está cambiando.
—Ya nos tocaba, ¿no, Raquel? Ya empezaba a
tocar que la vida nos sonriera un poquito.
A lo mejor tiene razón. A lo mejor no me
debería cerrar a lo que viene. Su pueblo no está
mal, su familia no está mal, incluso algunos de sus
amigos no están mal. ¿Por qué no puede ser el
inicio de algo que nos empezamos a merecer? Yo
quiero luchar por nuestra relación. De verdad que
sí. Y para que esto funcione no basta solo con
pasar página, con olvidar, también tengo que poner
todo de mi parte. Estoy dispuesta.
Lo estoy.
Sí.
Nanuk, nuestro perro husky de cuatro años, ese
que Germán me/nos regaló de cachorro después de
que decidiéramos posponer sine díe lo de los
niños, está inquieto, no entiende a qué viene tanto
jaleo. Generalmente se pone histérico cuando nos
ve haciendo maletas, intuyendo que lo vamos a
abandonar por unos días, dejándolo en casa de
algún amigo, pero ahora es distinto. Estamos
empaquetando media casa y eso no acaba de
entenderlo. ¿Me dejarán aquí? Parece pensar. ¿O
qué rayos está pasando?
Como si fuéramos a abandonarlo, vamos. Ya
podemos dejar atrás media casa, que el perro se
viene con nosotros. ¿Cómo se puede querer tanto a
un bicho? Nanuk consiguió que yo, que era de
natural esquiva con todo tipo de animal doméstico,
cambiara radicalmente de opinión.
—¿Sabes cómo le vamos a llamar? —me dijo
Germán nada más me vio abrazar a ese cachorrín
peludo—. Nanuk. Le vamos a llamar Nanuk,
porque acaba de derretir en un momento todo el
hielo que había en tu corazón.
Sí, Germán se puede poner así de cursi y
pedante. Es lo que tiene estar liada con un
aspirante a escritor y cinéfilo de pro. Pero el caso
es que ese nombre de esquimal le venía como
anillo al dedo a esa cosita peluda con un ojo de
cada color, porque en menos de dos minutos me
había ablandado y en menos de veinticuatro horas
ya lo quería como si fuera parte de la familia. Qué
digo de la familia, ya lo quería de verdad. Y eso a
pesar de lo mucho que tardó en aprender a mear
fuera de casa, y a pesar de lo mucho que destrozó
todas las esquinas del sofá, nuestros dos
ordenadores portátiles y dos de las cuatro patas de
la mesa del salón. Con Nanuk cachorro aprendí
cosas fundamentales, o mejor dicho recuperé el
valor de lo esencial. Fue revelador descubrir con
él las maravillas que ofrecía la vida, para él todo
era jugar, comer, pasear. No había más, y con eso
era suficiente. Sentir cómo disfrutaba de cada
descubrimiento, de cada caricia, hizo que me
replanteara mis prioridades. Parecerá una tontería,
pero a veces necesitas que alguien o algo, incluso
un perro, te enseñe a dejar de lado todas las
ansiedades, todas las búsquedas inútiles, todo ese
barullo de metas, logros, fracasos y demás
histerias en las que estamos instalados, para
volver a lo esencial, a disfrutar del sol, del juego,
del cariño, de la vida. Y Nanuk lo logró. ¿Cómo
no adorarlo? Ahora parece inconcebible la vida
sin él. Antes de Nanuk yo no entendía ese amor
desmedido que sentía la gente hacia un animal de
compañía, de hecho ni entendía bien la expresión
«animal de compañía». Ahora no me imagino
mejor compañía, ni amor más incondicional que el
que te da un perro.
Nanuk sigue danzando de un lado a otro,
mientras ladra y gruñe lastimosamente. Germán
trata de tranquilizarlo.
—Que no pasa nada, Nanuk, que te vienes con
nosotros. Que nos vamos al pueblo. Vas a poder
perseguir todos los conejos que quieras.
—No te esfuerces, que hasta que no vea que nos
lo llevamos y que lo montamos en el coche con
nosotros va a estar así de histérico. ¡Nanuk! ¡Para!
Consigo que durante unos segundos se quede en
el sitio, pero a nada que volvemos a mover libros
de la estantería a las cajas de cartón vuelve a
ladrar.
—¡Nanuk!
Miro el piso con cierta nostalgia. Y eso que no
soy muy dada a ese sentimiento con las casas que
dejo atrás. Pero no sé por qué tengo la sensación
de que esta mudanza es muy diferente a otras.
—¿No vas a echar de menos este piso? —le
pregunto a Germán.
—Llevas dos años quejándote de las humedades
que salen por todas las paredes. Así que no te dé
por la morriña ahora.
—Coruña es húmeda. Normal que haya
humedades. Pero yo con humedades puedo vivir.
Germán se acerca a mí, me pasa el brazo por el
hombro y me da un beso en la mejilla. Un beso de
los que antes curaban y ahora solo son un eco de lo
que fueron, no sé si tienen el mismo poder.
—Nos va a ir muy bien en Novariz, ya verás.
CAPÍTULO 3
Hemos decidido dejar muchas de nuestras cosas en
el piso de mi madre. Bueno, esta vez uso el plural,
pero lo he decidido yo. Me parece absurdo
desmontar toda la casa y llevarla al pueblo de
Germán si solo vamos a estar seis meses. ¿De qué
sirve mover toda nuestra biblioteca

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