---------------

El documento 303 – José Manuel Surroca

El documento 303 – José Manuel Surroca

El documento 303 – José Manuel Surroca

Descargar libro Gratis   De El documento 303 – José Manuel Surroca En PDF
Lunes, 10 de mayo de 1137
El fuerte calor se dejaba notar incluso estando a la sombra en el fresco y austero claustro de San Pedro el Viejo. Contra lo que solía ser habitual, mayo se estaba
presentando bastante caluroso. En un rincón, junto a una mesa sobre la que había colocadas una jarra, dos copas y una bandeja de cristal con dulces, los dos hombres
hablaban calmosamente en voz baja de forma que desde cierta distancia era imposible saber de lo que trataban. El mayor de ellos, contaba ya con 62 años y su
acompañante, bastante más joven, tenía 24. Los dos contertulios eran el Rey de Aragón, Ramiro II y Ramón Berenguer, IV Conde de Barcelona. Un poco apartados de
los dos nobles, y a salvo de los rayos de sol, dos frailes paseaban tranquilamente por el corredor del claustro. Se trataba de Fray Ponce de Ripoll y Fray Juan de
Huesca, ambos escribanos, el primero del Conde catalán y el segundo del rey de Aragón, siendo ambos jóvenes y sus edades de 25 y 34 años respectivamente. En esa
íntima, secreta y tranquila reunión, se estaban colocando los primeros fundamentos de la futura Corona de Aragón.
Ramiro II, se encontraba en un difícil y complicado trance. El rey monje, como así lo llamaban despectivamente los nobles aragoneses, vio toda su vida agitada y
trastocada, debido al testamento de su hermano Alfonso I, quien había dejado el reino a las Órdenes militares, y ante la negativa de los nobles aragoneses a reconocer
semejante testamento, había sido prácticamente obligado a dejar sus hábitos para hacerse cargo del reino respondiendo a la llamada de la sangre. Lejos quedaban para él,

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar El documento 303 – José Manuel Surroca

los tiempos de calma y sosiego en el monasterio de San Poncio de Thomiéres, cerca de Narbona.
Elegido rey a la fuerza, tomó el nombre de Ramiro II y para cumplir con su estirpe, hubo de tomar esposa, Agnes de Poitou, quien en aquellos calurosos días de
mayo, ya se había recluido en el convento de Fontevrault, en la Aquitania francesa, y tras haber engendrado a Petronila, ahora debía resolver el problema de la
continuidad de la dinastía, y por tanto, el destino del reino.
Para ello, y dadas las enormes tensiones a las que tenía que hacer frente, no sólo del interior del reino sino también del exterior, no había dudado en reunirse en
secreto, bajo la discreción de los muros del Monasterio de San Pedro el Viejo, su querido monasterio, con Ramón Berenguer, el joven Conde al que había conocido dos
años antes cuando pasó varias semanas en Besalú y Gerona, como su huésped, reflexionando sobre los múltiples problemas que debía resolver ante su obligada asunción
del trono del reino.
Ramón Berenguer, a pesar de su juventud, le había causado a Ramiro una gran impresión. Bien parecido, afable, inteligente y muy religioso, veía en él la solución
idónea para el proyecto concebido en su mente, atendiendo principalmente a dos factores fundamentales: el político, es decir, la gobernabilidad del reino aportando un
regente dotado de grandes cualidades, y la humana, dotando a su hija de un marido cariñoso y afable. Y sobre ambos depositaría el futuro del Reino.
En aquella reposada reunión se estaban ultimando las condiciones por las que el joven Conde accedía a desposarse con Petronila una vez que ésta hubiera
alcanzado la edad canónica de 14 años, pero accediendo al gobierno del reino a título de regente desde el momento de su firma.
Depositados sobre la mesa, los dos documentos que rubricaban los pactos sobre los que ambos estaban ya de acuerdo. Atrás quedaban los innumerables viajes
de Gaufrido, el Obispo de Zaragoza al Arzobispo de Tarragona, Olegario, tratando de acordar las líneas maestras de los acuerdos, cuyos flecos finales acordarían los dos
magnatarios.
En uno de ellos, el titulado “Capitulaciones matrimoniales de Doña Petronila”, se establecían las condiciones en las que se daba solución al problema jurídico
planteado. El derecho aragonés establecía que las mujeres no podían gobernar el reino, pero sí que podían transmitir los derechos dinásticos y la potesta regia, de forma
que desde el momento de la firma y aceptación de aquellas capitulaciones, Ramón Berenguer ejercería las labores plenas de rey, aunque sin poder titularse así,
tratamiento que reservaba para sí Ramiro, hasta que falleciese. Si llegado este momento, y fallecida Petronila sin descendencia, quedando vivo Ramón Berenguer, éste
heredaría el reino en plenitud, por lo que ya podría gobernar con el título de Rey. Si hubiera descendencia masculina, este infante, llegado el momento, recibiría el título
de Rey de Aragón, heredando el Reino y el Condado de Barcelona.
En el otro documento, en el que figuraba el título de “Capitulaciones del Conde Ramón Berenguer IV de Barcelona”, se establecían las contrapartidas que el
Conde se comprometía a ejecutar en cuanto las circunstancias lo permitieran.
-Don Ramiro, quiero haceros una petición–dijo el Conde.
-Decidme buen Conde.
-Tengo razones para rogaros que este segundo documento permanezca en secreto por razones obvias, dada la naturaleza de lo que en él se encierra, y desearía
que su contenido, no la existencia del mismo, se diera a conocer justo cuando yo falleciera, pues sería en ese momento y no en otro cuando podría hacerse un exacto
balance de mi compromiso.
Así lo entendió también Ramiro II, y todo quedó listo para ser firmado y que los escribanos pusieran sus sellos y signos, al igual que Ramiro II y Ramón
Berenguer. La fecha de la firma solemne la fijaron para el 11 de agosto en Barbastro, ciudad muy querida para Ramiro y de la que había sido Obispo.
Tras terminar la reunión Ramiro llamó a su lado a Fray Juan de Huesca, el escribano que había confeccionado el documento que contenía las capitulaciones del
conde.
-Hermano Juan, un favor deseo pedirte, pero es de tal naturaleza que debes de oírlo, hacerlo y olvidarlo-le dijo con un susurro de voz.
Fray Juan esbozó una sonrisa. Estaba a punto de saber que Ramiro le había leído el pensamiento.
-Vos diréis, mi señor.
-Quiero que esta noche hagas una copia de las Capitulaciones del Conde. Y guárdalo donde no lo sepa nadie. Ni yo mismo.
-Así se hará sin falta.
Fray Juan y Ramiro contaban ya con bastantes años de amistad y conocimiento mutuo por convivir ambos en el monasterio de San Pedro el Viejo desde 1124
cuando Ramiro regresó de Thomiéres, en Francia. Para entonces, fray Juan llevaba ya 4 años en el monasterio, aprendiendo las labores propias de un escribano. Al igual
que los nobles aragoneses, en un principio no entendió la razón de entregar el reino a Ramón Berenguer sin ningún tipo de contrapartida. Máxime, cuando en las
Capitulaciones de Petronila, se especificaba que si moría ésta sin descendencia, Ramón Berenguer ejercería a título de Rey, una vez muerto Ramiro, y el reino le
pertenecería a él y a sus sucesores. Sólo cuando fue requerido para redactar el documento de las Capitulaciones del Conde, le pareció que el reino saldría fortalecido,
siempre y cuando, claro está, no se diese la circunstancia de fallecer todos los actores del drama, a excepción del Conde, en cuyo caso, éste agrandaría sus dominios a
cambio de nada.
Dos días más tarde, Ramón Berenguer regresaba directamente a Barcelona desde Huesca. Reunió a su Consejo privado, entre los que se encontraba su Senescal
Guillem Ramón de Montcada, su Capellán Guillermo, y varios nobles más.
Sobre la mesa, estaban depositados los dos documentos que mandó leer a su escribano, Ponce de Ripoll. Todos escucharon en silencio la lectura de los mismos.
Ramón, sentado en su sitial, mantenía la cabeza baja, con las manos recogidas en actitud orante y los codos apoyados sobre los reposabrazos de su sillón, escuchando
atentamente, no tanto al que leía, sino los comentarios dichos en voz baja por los miembros de su consejo.
Cuando el escribano terminó su lectura, se produjo un silencio en la sala a la espera de que el Conde determinara cómo seguir. Con un leve gesto de su mano, dio
permiso para que el Consejo tomara la palabra.
Todos, en anárquica exposición, mostraron con vehemencia su desacuerdo por la firma de las Capitulaciones. En pocos instantes al conde le quedó claro que su
Consejo no estaba de acuerdo. Todos incidían, y aparentemente no les faltaba razón, sobre el hecho de que Aragón se hallaba inmerso en un auténtico terremoto político
debido al testamento de Alfonso I, quien había dispuesto que las Órdenes Militares heredasen el reino. Debido a ello, la situación creada se presentaba muy compleja
dejando al reino en manos de la inestabilidad y de las apetencias de los nobles.
Por un lado, Templarios y Hospitalarios, espoleados por la avidez del Papa Inocencio II, reclamaban lo que consideraban que era suyo, o en cualquier caso, lo
utilizaban como excusa para reclamar grandes compensaciones a cambio de su renuncia.
Por otro, Navarra y Castilla aspiraban a anexionarse parte del territorio fronterizo con Aragón, llegando incluso el rey castellano Alfonso VII a ofrecer a uno de
sus hijos para casarlo con Petronila con el fin de aunar ambas coronas. Y ya habían comenzado a repartirse el pastel ante la falta de respuesta militar del monarca
aragonés.A nte tal situación, los allí presentes entendían que no estaban en la mejor de las posiciones para afrontar a navarros y castellanos, a la vez que mantener las
luchas constantes contra los sarracenos que ocupaban muchas de las ciudades dentro de su propio territorio.
Todo ello escuchaba Ramón Berenguer sin querer intervenir. Le pesaba que sus Principales no compartieran una visión más amplia del futuro de sus condados y
de sus tierras. Pero estaba decidido a cumplir la palabra dada a Ramiro. Así se les hizo saber, tras argumentar que esos acuerdos eran el inicio de un nuevo futuro en el
que podrían escribir con letras de oro la historia de Aragón y los condados catalanes.
Muy a regañadientes, y tras escuchar los razonamientos del conde, comenzaron a admitir que el matrimonio, y lo que ello representaba, podía ser a medio plazo
bueno para sus intereses. Porque pasase lo que pasase, o bien él o sus herederos, pasarían a dominar el noreste de la península, quedando en una posición envidiable
para continuar expandiéndose hacia Valencia y de allí continuar hacia el sur. Pero antes, se deberían frenar las apetencias de navarros y castellanos y atender a las
Órdenes militares, para que, mediante algunas concesiones, renunciaran definitivamente a las prerrogativas otorgadas por el testamento de Alfonso I.
Sin embargo, el documento referente a sus Capitulaciones, fue el que concentró el grueso de las iras, suscitando una fuerte oposición al mismo. No obstante, ante
la firmeza de Ramón, todos terminaron por acatar su decisión. El joven Conde tuvo consciencia de que aquel acatamiento tenía fisuras por todos los lados. La actitud de
su senescal, Guillem Ramón de Montcada, fue determinante para acabar con la resistencia.
Una vez solos, el Senescal se dirigió a Ramón.
-Sire, perdonad, pero debéis comprender a vuestro Consejo. Estamos empeñados con todo lo que poseemos, la vida incluida, en conseguir lo mejor para vuestra
casa y nuestra tierra. Perdonad, si debido a esa fidelidad ciega, no somos capaces de ampliar nuestro horizonte de miras por temor a perder, más que a ganar.
-Quizás sea esa la razón Guillem. Que el amor que me tenéis os impida acometer acciones que suponen riesgo. Pero yo veo diáfanamente como éste futuro se
avecina más rápidamente de lo que todos pensáis- dijo pausadamente Ramón Berenguer.
-¿Qué queréis decir?- preguntó el de Montcada.
-Con este acuerdo, nuestras posibilidades de expansión se verán muy favorecidas. Con él, tenemos el sur abierto a nuevas conquistas, y por el norte, mejoramos
nuestras defensas ante los occitanos que empiezan a tener unidad de criterio, lo que hará más difícil nuestra influencia en el sur de Francia. Es más, sé que algunos están
considerando muy en serio, realizar algunas incursiones por nuestros condados del norte, porque creen que presentamos signos de debilidad, dada la nula colaboración
que tenemos entre nosotros. Y con esta fortaleza, y asegurada la posición, podremos empezar a planear nuestra expansión por el Mediterráneo- dijo el Conde.
-No os falta razón, Sire, pero si me lo permitís, os haré una petición. Y es que este documento-tomó en sus manos las Capitulaciones- lo guardemos en secreto
hasta el momento oportuno. Son muchas las cosas que pueden cambiar de aquí hasta el instante de su aplicación…- dijo el Senescal.
-Que será el día de mi muerte- dijo con una sonrisa Ramón Berenguer.
-Cosa que ha de suceder dentro de muchos años, Sire. Ruego al Señor por eso-terminó el Senescal.
El día 11 de agosto, se firmaban las Capitulaciones solemnemente en la Catedral de Barbastro con la presencia de las principales autoridades del reino, Obispos,
nobles de Aragón y de los condados catalanes. A pesar del gran número de testigos, el acto fue muy sobrio. Tras su firma, Ramiro II y Ramón Berenguer IV,
acompañados de un séquito de personas principales, iniciaron un recorrido por las ciudades y pueblos de Aragón donde fue presentado el Conde, recibiendo grandes
muestras de cariño de la gente.
Aquella misma mañana, un correo partió de Barbastro hacia el Monasterio de Ripoll llevando en una cartera dos documentos. Ambos fueron depositados en los
archivos de la Cancillería del Conde.
Capítulo II.
San Dalmazzo de Génova (Italia).
Sábado, 4 de agosto de 1162.
Al levantarse por la mañana, Ramón Berenguer tenía escalofríos y una tos seca que le arrancaba del centro del pecho produciéndole un dolor agudo. Desde que
desembarcó en Génova, llevaba varios días sintiendo un malestar que era incapaz de concretar. Su Senescal Guillem Ramón de Montcada estaba realmente preocupado.
Llevaban dos días de camino en dirección a Turín, donde iban a entrevistarse con el Emperador del Sacro Imperio Germánico, Federico, porque deseaba concertar la
boda de su sobrino Ramón Berenguer III de Provenza con una princesa de la casa de Hohenstaufen, facción que apoyaba el Emperador. Ramón, ante la cambiante
situación europea, creyó conveniente llevar a cabo un cambio de orientación política que consideraba más beneficiosa para sus intereses en el sur francés.
La comitiva del Conde de Barcelona, recorría el camino muy lentamente dado el estado del príncipe. Ramón se sentía muy fatigado y cuando llegaron al burgo de
San Dalmazzo, a pocos kilómetros de Génova, tomaron unas habitaciones en un mesón con el fin de descansar durante unos días, y con ello, ver si mejoraba de su
malestar general.
Al mediodía del jueves, su estado había empeorado visiblemente, y el médico local de San Dalmazzo llamado de urgencia, manifestó no conocer las razones que
producían aquellos dolores y síntomas. Conforme pasaban las horas, su estado fue declinando de forma preocupante por lo que pidió confesión a su capellán Guillermo.
Terminada esta, mandó llamar al Senescal, Guillem Ramón de Montcada y a un caballero que les acompañaba, Albert de Castellvell a quienes verbalmente les dictó sus
últimas voluntades. Con voz entrecortada y visiblemente agotado, fue desgranando una a una todas las disposiciones testamentarias. Cuando pareció que había
terminado, levantó su mano dirigiéndola hacia su Senescal Guillem. Este, con los ojos llorosos, la tomó con sus dos manos.
-A ti te encomiendo mi buen Senescal, que a todas las disposiciones que he dictado, añadas todas y cada una de las referidas en mis Capitulaciones de Barbastro.
Al Señor doy gracias, por haber podido cumplir todas, sin dejar una. Por Dios os lo pido, ¿Lo haréis?–dijo.
El Senescal se quedó petrificado. Creía que Ramón habría olvidado aquello, pues desde aquel día en Barcelona, nunca más hablaron de ello. Notó que la mano del
conde, perdía fuerza, quedando laxa.
-¿Sire? ¡Sire!- dijo, sin obtener respuesta.
Ramón Berenguer moría dos días después, sin haber recobrado el conocimiento.
El Consejo Condal se había reunido en el Monasterio de Ripoll. El Senescal daba cuenta a los allí presentes de lo ocurrido en San Dalmazzo. Todos levantaron
voces airadas para rechazar de plano la última voluntad del Conde de Barcelona, en lo referente a incluir sus propias Capitulaciones. En su día, años ha, aquellos mismos
hombres ya se habían opuesto a la pretensión de Ramón Berenguer, pero en aquellos momentos estaba presente el Conde y en esta ocasión estaba muerto. No podía
por tanto oponerse. Todos y cada uno, fueron manifestando su frontal oposición a la inclusión de aquellas cláusulas en el documento que se leería dentro de unos días
en Huesca, delante de su viuda, la Reina Petronila y de su hijo, el infante Alfonso.
De todos ellos, el Senescal, Guillem Ramón de Montcada, permanecía callado, escuchando a todos, sin decir nada. Finalmente, y una vez que todos hubieron
terminado de expresar su opinión contraria, las miradas se volvieron hacia él. El Senescal sintió el calor de la furia de sus miradas abrasando su rostro. Él también era de
la misma opinión, pero al contrario que los demás, él había recibido la orden directamente de su moribundo Conde y había visto su rostro y la ansiedad con la que le
pidió que incluyera las dichosas Capitulaciones en el testamento final con sus ojos clavados en los suyos, en muda súplica. Esas circunstancias le pesaban enormemente
en el alma, y daba por cierto que estaba poniendo en grave peligro su salvación eterna si seguía lo que todos le pedían y él mismo deseaba.
Se puso en pie y el silencio se hizo de inmediato. Todos estaban atentos a sus palabras. Guillem Ramón de Montcada los fue mirando de uno en uno, y sintió
que dependiendo de lo que pudiera decir, se iba a producir un terremoto en tierras catalanas.
-Señores. Mi cargo y mi fidelidad al Conde me han puesto en una situación terrible. Ninguno de vosotros podréis recordar jamás el rostro de Ramón Berenguer
cuando me pedía que incorporara esas Capitulaciones. Y por eso podréis dormir a pierna suelta. Sin embargo, me veo impelido a escoger entre mi fidelidad al Conde y
los intereses de nuestros condados. Por esta última razón, es por la que estoy de acuerdo con vosotros en no incluir esas capitulaciones en la lectura del testamento en la
Catedral de Huesca. Pero debo decir que existe un testigo de la existencia de este documento. Pensad en lo que ocurrirá cuando este vea que en el testamento que se lea,
no están incorporadas las cláusulas de las Capitulaciones.
-¿Y eso os preocupa?- dijo Messeguer de Tarragona. Dejadlo de mi cuenta. Y no se hable más. Senescal, habéis hecho lo que es de justicia. Debéis tener la
conciencia tranquila.
-¿Justicia? Hoy haremos de todo menos justicia. En el día de hoy, todos hemos caído en la infamia. Nuestra única justificación será nuestro compromiso con
nuestras gentes y nuestros pueblos. ¿Eso justifica que traicionemos el sagrado juramento que todos y cada uno hicimos a nuestro Conde, ofreciéndole obediencia y
acatamiento hasta el fin de nuestros días? Que cada cual se conteste a sí mismo. Y que viva con ello en su conciencia el resto de sus días.
Se hizo un pesado silencio que se rompió cuando el Senescal abandonó la estancia sin decir nada más. Eran conscientes de que estaban faltando a sus sagrados
juramentos. En voz baja comenzaron a intercambiarse argumentos que permitiesen a sus conciencias aliviar la pesada carga, tal y como había anunciado el Senescal. Poco
a poco, todos los demás fueran saliendo, dándole vueltas a las palabras de Guillem Ramón de Montcada.
El 11 de octubre, en la Catedral de Huesca, estaba reunido lo más florido de la nobleza aragonesa y catalana. Presidía la asamblea la Reina Petronila, la viuda de
Ramón Berenguer. A su lado, se encontraba el infante Alfonso, futuro Alfonso II.
Solemnemente, fueron leídas las últimas voluntades de Ramón Berenguer IV de Barcelona, ante la silenciosa atención de todos los presentes.
Entre los asistentes, se encontraba fray Alonso de Salas, escribano real, que había acompañado al Obispo de Lérida a la lectura del testamento y que era
conocedor del contenido de las Capitulaciones del Conde. Guardó un profundo silencio cuando comprobó que nada, absolutamente nada de lo que en él se decía,
figuraba en el documento leído ante la asamblea. Cerró los ojos y un profundo dolor se apoderó de su alma. Los pronósticos de su maestro, se habían cumplido con total
precisión.
Juan de Huesca, el scriptor que de su puño y letra había confeccionado sobre pergamino el documento que llevaba por título “Capitulaciones del Conde Ramón
Berenguer IV de Barcelona”, había muerto asesinado un mes antes, el 2 de septiembre. Su muerte se había producido por envenenamiento.
Capítulo III.
Barcelona.
Abril de 1822
Un vertiginoso trasiego y actividad de operarios yendo y viniendo estaba teniendo lugar en el Monasterio de Ripoll. Un pequeño ejército de trabajadores
trasladaba valiosos y delicados documentos hacia una sala preparada al efecto, en la que se habían instalado grandes mesas de cinco metros en un número de veinte. En
cada una de ellas se depositaban los documentos previamente clasificados según un primer criterio que decidían cualquiera de los dos expertos bibliotecarios, Juan
LLobet i Vall Llosera o Andrés Yáñez i Girona, quienes dirigían aquella actividad documental enviados por el Archivo de la Corona de Aragón, bajo la dirección de
Próspero Bofarull.
Tras echar una breve y rápida ojeada a cada documento, decidían sobre la marcha en qué mesa debía ser depositado para una posterior y más profunda
clasificación. Desde que se había publicado el decreto de Desamortización de Conventos y Monasterios, Próspero Bofarull, había propuesto que se procediera al
traslado al ACA de todos los cartularios, códigos y documentos existentes en los centros religiosos de Cataluña que reposaban en cajas y armarios durmiendo el sueño
de los justos y cogiendo polvo, para su estudio y posterior evaluación y extracción de la valiosa información en ellos contenida. Y en esta ocasión le había llegado el
turno al Monasterio de Ripoll, donde existían numerosos documentos de diversa procedencia, y especialmente los de Ramón Berenguer IV de Barcelona, quien había
instalado su Cancillería en este monasterio.
Como todos los días, Próspero Bofarull, de 46 años, se encontraba en su despacho del Archivo, situado en el Palacio de los Virreyes, leyendo su sección
favorita, noticias de ultramar del Diario Constitucional político y mercantil de Barcelona, cuando le fue anunciada la visita de Andrés Yáñez, uno de los bibliotecarios
que dirigía los trabajos en el Monasterio de Ripoll. Aún no había tenido tiempo para preguntarse sobre las razones de la inesperada visita del bibliotecario cuando éste
hizo su aparición por la puerta, bajo un evidente estado de nervios y sofoco. Parecía que había venido corriendo desde Ripoll.
-Tiene usted que ver esto-le espetó sin ni siquiera darle los buenos días.
-¿Pero qué…?-
Y sin darle tiempo a más, colocó sobre su mesa un documento enrollado, escrito en fina vitela y sujeto con cintas pertenecientes a la Cancillería del Conde de
Barcelona. Molesto por la ansiedad que le había creado la espectacular entrada del bibliotecario, desenrolló cuidadosamente el documento, a la vez que miraba a la cara
del hombre que tenía ante sí, y cuyo rostro mostraba una tensión que no acababa de comprender. Cuando vio la firma, el corazón le dio un vuelco. Se trataba de un
documento en el que había dibujados cuatro signos: Ramiro II, rey de Aragón, el Conde Ramón Berenguer, un scriptor llamado Ponce y otro de nombre Juan de Huesca.
Aquel documento se había emitido desde la Cancillería de Berenguer y estaba datado en 1137.
Tras observarlo durante un buen rato, comenzó a realizar un primer y somero análisis, y lo que vio lo alteró visiblemente. A falta de un exhaustivo y un mejor y
detallado informe, concluyó que aquel documento que tenía en sus manos era auténtico, era el original. Un ligero temblor sacudió sus manos. No lo podía evitar. Cuando
tenía en sus manos o ante su vista, documentos u objetos que en la antigüedad habían estado en las manos de los hacedores de la historia humana, su corazón se
encabritaba y sus manos temblaban a la vez que un ligero sudor las mojaba. En esta ocasión, le volvió a ocurrir lo mismo, por lo que dejo el documento encima de la
mesa, a la vez que buscaba su pañuelo para enjugar el sudor de sus manos.
Miró nuevamente a Yáñez quien seguía con la misma mirada de ansiedad, pero sin decir nada, sin darle una pista. Volvió a coger nuevamente el documento y
volvió a leerlo. Estaba escrito en latín. “Ego, Raimundi Berengarii” comenzaba. Continuó leyendo. Conforme avanzaba en su lectura, su rostro se demudaba y su frente
se perlaba de sudor, y simultáneamente, al observar estos cambios en su rostro, Yáñez se relajaba y comenzaba a esbozar una sonrisa. Por fin su jefe iba a comprender
sus prisas y sus modales del inicio.
-¡No puede ser!-decía incrédulo Próspero-¡No puedo creerlo! Así que era verdad. Esto es terrible para…
Próspero dejó sin terminar la frase, dejando también en suspenso a su bibliotecario.
-Está bien Yáñez. Un buen trabajo y un gran acierto al traerme con tanta urgencia este documento. Haré llegar a quien corresponda mi más profunda satisfacción
por su trabajo. Por cierto, ¿qué tal van las operaciones para trasladar lo antes posible los documentos de Ripoll a nuestra sede?- dijo como un disparo, que fue lo que
sintió el pobre archivero.
Yáñez se había quedado sin habla. ¿A qué venía aquel cambio?
-Bien, muy bien-acertó a decir-Estamos preparando unos embalajes para transportarlos a Barcelona. Es una labor complicada, debido a la delicadeza con la que
hay que tratar estos tesoros y las dificultades del traslado por malos caminos- dijo.
-Por supuesto. Y estoy muy satisfecho con la labor que están realizando ustedes. ¿Vuelve hoy a Ripoll, o lo hará mañana?
-Mañana. Había pensado hacerlo mañana, si usted no tiene inconveniente- dijo Yáñez.
-¡Por supuesto! ¡Tómese el día libre! Pasee por Barcelona con su familia. Se lo ha ganado. Bien, si no tiene otra cosa…- dijo dando por terminada la reunión.
-El documento…-comenzó a decir…
-Me lo quedo yo. Es muy valioso y quiero que algún experto le eche un vistazo. Ya le mantendré informado. Buenos días. ¡Ah!, otra cosa Yáñez.
-¿Si?- dijo el archivero deteniéndose en seco.
-¿Ha leído alguien más el documento?–preguntó.
-Además de yo mismo, lo ha leído también Juan. Es un gran experto en latín del siglo XII.
-¿Y qué le ha parecido al señor LLobet?- preguntó el Director.
-Que es un documento que tira por tierra algunas de las ideas que teníamos hasta ahora sobre la Corona de Aragón y…
-Muy bien, eso es todo. Buenos días-cortó el director del ACA.
Y se enfrascó en la lectura del documento. Se notaba que su interés por el documento era una interpretación, una pose. Yáñez, se lo quedó mirando durante un
segundo y dando media vuelta salió del despacho del Director del Archivo de la Corona de Aragón. En su cabeza se había instalado la confusión y un deseo irrefrenable
de abofetear a aquel presuntuoso. Con un monumental cabreo hirviendo en su interior, se dirigió hacia su casa donde podría explayarse con su mujer, contándole tan
desagradables momentos vividos con aquel….renaixençista.
Cuando la puerta de su despacho se cerró dejándolo solo con aquella bomba, que si su existencia llegara a ser de dominio público, podría tener efectos
devastadores para la “causa”, Próspero Bofarull, dejó caer los brazos a lo largo de su cuerpo. Aquel documento era un peligro que debía ser apartado de la circulación. El
mundo intelectual de Barcelona conocía su pertenencia y colaboración con un incipiente movimiento propiciado por un grupo de intelectuales catalanes y que se conocía
como la Renaixença, que se proponía imponer la lengua catalana, según ellos en peligro de extinción, en todos los órdenes y niveles de la vida de los catalanes. Pero
había también los que querían ir un poco más lejos, los que querían una nación catalana independiente de la española. Y entre ellos, los Bofarull, eran los más activos y
exigentes. Próspero, desde su papel de Director del Archivo de la Corona de Aragón, podía aportar a la causa uno de los pilares en los que basar una nueva nacionalidad:
la historia. Todos los pueblos que se precien, deben de tener una historia en consonancia con sus pretensiones, y las de este grupo de nacionalistas, eran inmensas, las
máximas. ¿Cuándo tendría lugar la consecución del objetivo? No lo sabían. Sospechaban que deberían de pasar muchas décadas, incluso centurias hasta que la fruta
estuviera madura. Pero había que empezar y empezar por algo. Próspero lo tenía claro y al alcance de su mano: por la historia. Y ello implicaba muchas cosas que se
resumían en: Omitir, modificar y crear. Esas eran las líneas maestras sobre las que comenzar a edificar el edificio de la nacionalidad. Y ante él, tenía uno de esos
documentos que podían poner en peligro el supremo objetivo, y en consecuencia había que hacerlo desaparecer o quitarlo de la circulación. Lo fácil era eliminarlo
físicamente, pero sin embargo, algo había en su interior que le impedía hacerlo. Ese temblor en sus manos ante la presencia de este tipo de objetos, provenía de lo más
hondo y profundo de su ser y debido a ello, le impedía hacer lo más fácil y seguro: su destrucción.
Pasados unos momentos, los suficientes para recuperarse del impacto emocional sufrido, se levantó, tomó su sombrero y se dispuso a salir. A Ramón, su
secretario, le informó de que debía realizar una salida urgente y que desconocía la hora en la que regresaría. Luego, con el documento bajo el brazo introducido en una
bolsa de suave piel, se dirigió hacia la salida del Archivo. Luego, con paso rápido se dirigió hacia la Vía Layetana en dirección a la Plaza de Cataluña, donde tenía su
residencia uno de los miembros más influyentes del movimiento de la Renaixença. Una vez ante la puerta, subió a pie por la amplia escalera hasta la tercera puerta,
donde llamó utilizando una curiosa aldaba, en forma de cabeza de toro. Tras unos momentos de tensa espera, le abrió la puerta un hombre joven de constitución grande.
-Les nostres sospites eren certes. Tinc a les meves mans l’annex a les Capitulacions del IV[1] – dijo con voz grave y sin preámbulo alguno.
El que lo había recibido guardó absoluto silencio durante unos segundos. Luego reaccionó y le indicó el camino de su despacho, donde tomaron asiento en unos
confortables sillones de cuero verde oliva.
-L’ha llegit? diu que vostè va assumir?[2] – preguntó con la voz afectada.
-Com podem pensar[3] – dijo
-Algú més ha vist?[4] – preguntó.
-Sí. Dos bibliotecaris que tinc el monestir de Ripoll, classifiquem els documents que estan aquí, per apropar-los al Palau del Lloctinent.[5]
-Massa dolent. Hem de prendre totes les precaucions necessaris. Lloc per desar el document fins que decidim què fer amb ell.[6]- dijo aquel hombre, cuya
expresión del rostro se había endurecido de repente. Luego continuaron intercambiando comentarios y mutuas expresiones de admiración ante la vista de aquel precioso
y valioso documento.
Pasadas dos horas, Próspero inició el regreso al ACA y lo hizo con aire pensativo y preocupado durante todo el camino. El comentario sobre las precauciones
obligadas, le preocupó. No sabía lo que significaban exactamente, pero no tenía buenos presentimientos.
Fue entonces cuando decidió crear un espacio secreto donde depositar todos estos documentos. Lo denominaría El Limbo, y solo sabría de su existencia él y
quien le sucediera en la dirección del Archivo, además de la máxima autoridad política del momento. Naturalmente, todos ellos formaban parte

El documento 303 – José Manuel Surroca

El documento 303 – José Manuel Surroca image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------