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El edén de las musas – Carmela Diaz

El edén de las musas – Carmela Diaz

El edén de las musas – Carmela Diaz 

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Un naufragio y una huida. El océano reescribió nuestro destino y la Ciudad del Viento nos unió para siempre: Chicago. El destino de miles de emigrantes en los
albores del siglo XX. La urbe en la que una otoñal noche de 1871, tras un verano ardiente y seco, se desató un sobrecogedor incendio que en dos días arrasó la ciudad. En
aquella época la mayoría de las edificaciones eran de madera, lo que contribuyó a la rápida propagación del fuego y a la desaparición de la mayor parte de las
construcciones de la ciudad. Fatídico acontecimiento que, lejos de provocar el caos y la ruina, activó el resurgir de la que se convirtió en la segunda ciudad más poblada
de Estados Unidos, de apenas treinta mil habitantes en 1850, se rozaron los dos millones medio siglo después. Chicago pasó a ser un vínculo clave entre el este y el
oeste del país, el núcleo estratégico del transporte fluvial, una fuente de abastecimiento y capital de la agricultura y de la industria.

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También era una tierra de inagotables recursos naturales: agua, madera, minas de hierro, carbón, grava, arcilla, piedra… Materias primas que impulsaron la
construcción, el ferrocarril, las siderúrgicas, las fábricas de cemento, de muebles y de papel. La invención del elevador modificó la silueta y el urbanismo de la ciudad con
la aparición de los rascacielos.
Con semejante actividad industrial y desarrollo económico, faltaban manos para atender tanta demanda. Ni Chicago ni el estado de Illinois contaban con suficiente
población. Eso fue lo que propició unas intensas corrientes de inmigración. Procedían de todas partes del mundo. Muchos europeos –alemanes, irlandeses, finlandeses,
italianos, griegos, polacos, suecos, rusos–, pero también africanos y oriundos de todos los rincones del continente americano. Y llegados a este punto es donde comienza
mi intervención en esta historia épica.
Soy John Juárez y nací en el año 1905 en una diminuta aldea del centro de México. Nunca llegué a conocer a mi madre: murió en el parto al darme a luz, trauma que
me ha perseguido durante toda mi vida. Me considero el culpable de la muerte de la mujer gracias a la cual existo. Una congoja difícil de sobrellevar. Una pesada carga
durante la infancia. Tampoco tengo hermanos: yo fui el único fruto del matrimonio de mis padres.
Él no volvió a casarse; volcó en mi persona todo el cariño que guardaba dentro, que era mucho. Se dedicaba a las tareas del campo y no contaba con más aspiración
que aquella. Hasta que yo empecé a cumplir años. Entonces determinó que su hijo merecía un futuro lleno de oportunidades y que la tierra que nos había visto nacer a
todas las generaciones precedentes de Juárez no estaba en condiciones de proporcionármelas.
Sin más preámbulos ni dramas, un día cualquiera de 1916 agarramos el petate con las escasas pertenencias con las que contábamos y marchamos rumbo al norte. A
nuestro entorno llegaban continuas noticias acerca de que en el país vecino se necesitaba mano de obra, que pagaban un buen jornal y que las ciudades emergentes
ofrecían incontables oportunidades en comparación con nuestras remotas aldeas: pobres y rurales, ancladas en un pasado del que los lugareños no querían –o no sabían–
desprenderse. Puestos a utilizar las manos como sustento vital, lo mismo daba mancharlas cultivando y arando nuestros terruños que maltratarlas golpeando metales y
acero. Los estadounidenses parecían unos tipos sabios y organizados. Esa es la primera impresión que albergo en mi memoria sobre los que serían mis compatriotas
durante más de una década. Y es que según ibas acercándote a la frontera topabas con puntos de enganche ideados por los contratistas. Los principales estaban en
Kansas City, El Paso y San Antonio de Texas. Desde allí distribuían a los trabajadores mexicanos a través de la vasta geografía estadounidense. Por entonces, existían
dos modalidades de enganche: patronos que se hacían con los servicios de trabajadores solitarios, y otros que contrataban familias enteras ofreciéndoles vivienda,
carbón, estufa e incluso una pequeña porción de tierra para cultivar. Esa fue la opción elegida por mi padre.
Con respecto al destino final, a mí tanto me daba uno que otro, pero él seleccionó una localización lo más alejada posible de lo que hasta entonces constituyó
nuestro hogar.
—Decididos a comenzar de nuevo rompiendo con todo lo anterior, cuanto más lejos, mejor, m’hijo.
Y así fue como nos acomodaron en uno de los trenes rumbo a Chicago, sin duda, uno de los destinos geográficamente más alejado y bien dispar a nuestro México
natal. A nuestro origen.
El viaje resultó lento, incómodo y caluroso. El cansancio y las calamidades pudieron más que la expectación infantil de subir a un tren por primera vez y apenas
recuerdo gran cosa, salvo la sensación de sed permanente, un polvo pegajoso cosquilleando mi rostro como las patitas de una araña y docenas de latosas moscas y
abejorros zumbando alrededor. Sin embargo, sí guardo en la memoria la llegada a la que sería la ciudad de mis desvelos durante largo tiempo. El lugar donde me haría un
hombre, donde sufriría –con más penar del que un mortal corriente puede tolerar–, pelearía, me enamoraría y en el que llegaría a convertirme casi en un héroe. Pero para
eso todavía faltaban muchos años. Y muchas lágrimas.
Supongo que Chicago me impresionó sobremanera, tanto como lo podían haber hecho Nueva York o Miami. Se trataba de mi primer contacto con el mundo
urbano. Cualquier entorno con interminables avenidas, asfalto en vez de piedras, vehículos a motor, altas edificaciones, lustrosos comercios, animados cafés,
restaurantes lujosos, terrazas de toldos vistosos y un frenético ir y venir de seres humanos, me hubiese impactado de igual modo. Al fin y al cabo, yo procedía de una
aldea con unas pocas viviendas desordenadas con los techos de paja, sin luz eléctrica ni agua corriente, ubicada en el corazón de ninguna parte, cuya organización giraba
alrededor de la agricultura y la ganadería más rudimentarias. Me enfrenté a otro mundo en apenas una semana. Pero he de confesar que lejos de incomodarme, me
gustaba lo que mis ojos descubrían. ¡Y de qué manera!
Mi padre había sido contratado, como tantos otros mexicanos, para trabajar en la construcción y en la reparación de las vías del ferrocarril: arreglar las máquinas,
mantener los equipos, reparar los vagones… La faena era dura, requería de gran esfuerzo físico y él finalizaba exhausto cada día, pero aquello suponía un trabajo estable
y nos proporcionaba un jornal semanal. Apenas daba para comer y contar con un techo bajo el que dormir, pero teniendo en cuenta nuestra procedencia y que no
conocíamos otra cosa, para ambos era más que suficiente.
Existían otras opciones de contratas, como el cuidado en granjas de cerdos o el trabajo en fábricas a lo largo del extenso corredor industrial relacionado con la
minería, la explotación forestal o los bancos de materiales que se estaban desarrollando al sur de la ciudad, pero él estaba satisfecho con permanecer en el centro y allí
nos quedamos.
—M’hijo, ya tuvimos suficiente campo y bichos de cuatro patas en nuestra anterior vida –me decía con voz grave y esa media sonrisa con la que siempre lograba
convencerme a través de sus argumentos de adulto–. Formemos parte del progreso.
En los inicios del siglo XX, Chicago se convirtió en uno de los centros ferrocarrileros más importantes de Estados Unidos. Por allí pasaban las principales
compañías de la época: Baltimore-Chicago, Belt, Burlington, Chicago-Milwaukee, Rock Island, entre otras muchas. Las cuadrillas de trabajadores estaban dirigidas por
un capataz y, en muchas ocasiones, se organizaban por nacionalidades. Mi papá se incorporó a una de mexicanos, lo que le resultó muy práctico sobre todo por el
idioma.
Aquella fue mi primera gran dificultad en ese incierto porvenir recién estrenado. No el hecho de dejar todo atrás, ni cambiar de país, ni siquiera el adaptarme de un
ambiente rural a uno urbano, pero sí aprender inglés. Tardé algunos meses en balbucear algunas frases con sentido y en hacerme entender. Me costó esfuerzo, coraje y
lágrimas: el español es tan diferente al idioma inglés… Tras aquella primera etapa de manifiesta incomunicación, todo fue rodado en el ámbito lingüístico, un niño de
once años absorbe mejor ese tipo de aprendizaje que un hombre crecido. Al tercer o cuarto año desde mi llegada a Estados Unidos, se podría decir que era bilingüe. Una
aptitud que sería crucial en el devenir de mi convulso futuro.
Vivíamos en el vecindario de Hull House, el más cercano a la red ferroviaria. Unas décadas atrás un tal Charles J. Hull proyectó una colonia residencial en la zona
oeste de Chicago, donde también construyó su enorme mansión. Sin embargo, a finales del siglo XIX aquel proyecto había degenerado en una sobrepoblada, densa y
empobrecida colonia de inmigrantes provenientes tanto de Europa como de México. Y así permaneció en el inicio del nuevo siglo, justo cuando nosotros nos
establecimos.
Este enclave fue durante muchas décadas el primer espacio de los inmigrantes en los Estados Unidos. Como es lógico, los recién llegados eran los que menos
recursos tenían, por lo que terminaban recluidos en las localizaciones más lúgubres, hacinados en espacios insalubres, en cuartos con escasa o nula ventilación y en
sótanos oscuros. Se trataba de los habitáculos que menos parné costaban y, por tanto, los únicos que podían permitirse en el inicio.
Nosotros conseguimos un cuarto que no era de los peores, aunque a un entorno semejante resultaba imposible denominarlo hogar. Se encontraba al final del
corredor de una de las edificaciones más alejadas. Con sus seis metros cuadrados apenas daba para extender dos colchones, colocar un hornillo y depositar nuestras
escasas pertenencias. Pero contaba con una diminuta ventana; ese insignificante detalle, apenas un retazo de realidad luminosa, en Hull House, podía ser catalogado
como un lujo.
El vecindario solía encontrarse atestado de ratas y apenas recogían la basura. Pero éramos conscientes de que los primeros meses de nuestra estancia en los Estados
Unidos de América constituirían un ejercicio de pura supervivencia, por lo que no nos supuso un gran trauma. Teníamos la intención de mudarnos en cuanto mi padre
hubiese ahorrado algo de dinero. Habíamos calculado que nos tocaría aguantar alojados en aquel tugurio aproximadamente un año.
Pero no todo eran calamidades y pesares por allí. Compartíamos espacio con familias de todas las nacionalidades y nos agrupábamos según nuestro país de origen.
La calle Maxwell constituía el centro del barrio judío; los griegos se reunían en la diagonal de Blue Island; los italianos ocupaban la zona entre el río y Halsted; los
alemanes vivían en la calle 12 St. y los polacos lo ocupaban todo; siempre brujuleando por allá y por acá. Se trataba de uno de los grupos más numerosos y conflictivos.
Los mexicanos nos hicimos con el triángulo que formaban las calles de West Cermark, Canal y Blue Island. En el área de South Halsted se levantó lo que fue
denominado como Mexican Boulevard, el corazón de nuestro barrio. Allí se encontraban tiendas, colmados, bares, billares y cantinas típicas que recreaban un puro
homenaje a nuestra cultura. Espacios humildes, pero que conservaban la esencia genuina de nuestras raíces. Resultaba muy agradable pasear por allí al caer la tarde
escuchando hablar español de toda boca, mientras algunos se arrancaban a tararear las melodías más populares del folclore mexicano.
Una de aquellas tardes conocimos a la señora Marcela. Era una rotunda mamá de Guanajuato, con enormes pechos y anchas caderas, pero con una perenne y cálida
sonrisa. Sus rasgos eran muy raciales, de los que los estadounidenses calificaban como indios. Mi padre y yo, por el contrario, teníamos una tez más clara y nos
denominaban latinos.
El marido de Marcela trabajaba en una metalúrgica –desde el año 1870 el área industrial del sur de Chicago fue líder mundial en la producción de acero, hierro y sus
derivados– y ella, mientras tanto, quedaba al cuidado de sus cuatro hijos de corta edad. Fueron de los primeros en llegar, llevaban más de tres años en Hull House
cuando nosotros hicimos acto de presencia.
La oronda compatriota se encargaba a primera hora del día, un par de veces por semana, de enseñar nociones básicas a los chiquillos de la colonia que lo deseasen.
Leer, escribir, sumar y restar en español, y los vocablos y expresiones indispensables para comunicarse en inglés. Ella invitó a mi padre a que me sumase al grupo.
—Deje que el chiquillo venga conmigo por las mañanas; apenas si sé leer y escribir, pero siempre son mejores unas letras y unos números para la cabeza de un niño
que holgazanear y perder el tiempo por este suburbio. ¿No le parece?
Mi padre estuvo de acuerdo y aceptó gustoso la invitación. Yo todavía era un crío, en pocas semanas alcanzaría la edad de doce años, pero tenía previsto comenzar
a trabajar en el ferrocarril en cuanto mi cuerpo iniciase el desarrollo físico que pone fin a la infancia y da paso a la pubertad. Al tratarse de labores que requerían de
resistencia física para ser llevadas a cabo, mis enclenques brazos y cluecas piernas no hubiesen aguantado ni un mísero día faenando sobre las vías.
La señora Marcela, que rebosaba instinto maternal por los cuatro costados, me cogió cariño desde el primer instante. Supongo que el hecho de que yo fuese
huérfano de madre desde mi nacimiento provocó en ella una corriente de simpatía y ternura hacia mí más acusada que con los otros chavales que la frecuentaban.
Aunque absolutamente rudimentarias, sus «clases» a mí de algo me sirvieron. Conocía las letras, pero apenas había escrito un puñado de frases en mi aldea natal.
Sus enseñanzas me ayudaron a desoxidar los intríngulis de la concatenación de palabras. Métodos que ya nunca olvidé. Su paciencia conmigo respecto a las nociones
básicas de inglés, culminó con el paso de las semanas en una comprensión precaria –pero útil– de la lengua del país que nos acogía.
—John, además de un niño requeteguapo, cuando crezcas las muchachas suspirarán por ti, eres muy avispado y sensible –solía decirme–. Y cuentas con una
cualidad de la que carece la mayoría de la muchachería a tu edad: la disciplina. –Yo no comprendía muy bien en qué consistía aquella cualidad que la señora Marcela me
atribuía, pero me gustaba escucharlo.
Conocedora de la ausencia de una figura femenina en nuestra familia y en un exceso de generosidad por su parte, a veces nos acercaba un pequeño cuenco de rancho
o de sopa aguada, pero bien caliente. Aquellos mejunjes nos reanimaban hasta las entrañas en el gélido invierno de Illinois. En su hogar no sobraba de nada, más al
contrario, carecían de casi todo por contar con seis bocas a las que alimentar. Es por ello que mi padre y yo agradecíamos de corazón aquellas tres o cuatro cucharadas
de más que Marcela nos regalaba.
Y así fueron pasando los meses desde nuestra llegada. Monótonos, sin sobresaltos, con gran esfuerzo para mi viejo y algo de aprendizaje básico para mí, mientras
se iba aproximando el momento de mi incorporación como jornalero. ¡Pero qué poco faltaba para que mi existencia diese un giro radical!
Transcurrido un año y medio desde nuestra llegada, mi padre había acumulado unos ahorros. Se trataba de una miseria, pero una miseria que nos permitiría alquilar
un cuarto en un edificio colindante al centro de la ciudad, pequeño, aunque más apropiado que aquel agujero insalubre de Hull House. Tanto por la ubicación como por
las propias características del edificio. Nos encontrábamos muy ilusionados por el cambio, sobre todo él, que no paraba de repetirme:
—Mi John, estoy muy contento porque vas a formar parte de una gran ciudad americana desde el centro, desde el meollo… Y no desde una colonia de inmigrantes
en los arrabales.
Ambos teníamos claro que lo único que echaríamos en falta de Hull House serían los mimos y cuidados de doña Marcela y la convivencia con sus hijos, aunque yo
seguiría acudiendo regularmente a sus sesiones educativas. Además, también nos dejaríamos caer por allí de vez en cuando, en alguno de los pocos días libres de los que
mi padre disponía. Se trataba de una promesa de las que sí deseas cumplir.
Y en estas, un viernes al anochecer, portando cada uno sobre el hombro un hatillo ligero con las pocas pertenencias de las que disponíamos, partimos hacia el
centro de Chicago en busca de un acomodo mejor. Maldito el día y maldita la hora.
Ya de noche cerrada, tras un buen rato callejeando –estábamos seguros de encontrarnos en la zona en la que se ubicaba nuestro nuevo cuarto, pero mi padre no daba
con el edificio exacto–, nos salieron al paso tres borrachos. En cuanto descubrieron unos hatillos entre las manos de un pobre hombre achaparrado y un niño debilucho,
se miraron cómplices como diciendo «blanco fácil».
—Eh, tú, danos lo que llevas sobre el hombro –espetó uno de ellos, el más corpulento, con voz pastosa. Por su acento averigüé que se trataba de polacos.
—No, señor, es lo único que tenemos. ¿Le parece bien quitar sus pertenencias a un adolescente?
—Papá, dáselo y vámonos. –Intenté hacer entrar en razón a mi padre. En la colonia los polacos tenían fama de ser los más pendencieros.
—Haga caso a su hijo, que parece más listo que usted. Vamos, los bultos.
Mi padre agarró con fuerza mi mano e intentó echar a correr, pero el borracho más joven le alcanzó en apenas dos zancadas.
—Mira, Ted, si hemos topado con un gallito. Enseña a este cretino lo que un gallo de verdad hace con los que se pasan de listos.
El joven propinó un golpe a mi padre en el estómago que le hizo doblarse de dolor. Como se aferraba al hatillo y no cedía, otro de los borrachos se acercó y le
golpeó la cara sin compasión.
Yo comencé a llorar mientras gritaba:
—Dáselo, papá, vámonos. ¡Eh, oiga, señor! Tome el mío, pero deje a mi padre.
—Ted, vete a por el crío y recoge lo que te ofrece.
Cuando mi malherido padre escuchó lo de «vete a por el crío» cometió el mayor error de su vida, sin duda con el ánimo de protegerme. Metió la mano en el bolsillo
y ofreció uno de los billetes destinados al pago del nuevo cuarto a aquellos delincuentes.
—Tome, tome, quédese con este dinero y deje a mi hijo en paz –gemía mi padre desde el suelo.
Aquello fue su perdición. En cuanto vieron el papel, la codicia humana unida a los efectos del alcohol y a unas almas desalmadas, hicieron el resto.
—¡Mira! Si resulta que este sucio mexicano esconde plata. ¡Hoy es nuestro día de suerte!
Dos de los hombres se acercaron a mi padre para hurgar en sus bolsillos mientras él peleaba por evitarlo. Tras unas cuantas patadas y puntapiés que le dejaron
ensangrentada la cara, el polaco más corpulento se impacientó por la resistencia de mi padre y sacó una navaja.
Yo no dejaba de gritar e incluso propiné una inofensiva patada al que los otros llamaban Ted. Este se dio la vuelta y me arreó un guantazo que me tiró al suelo. Al
caer me golpeé fuertemente contra el suelo y quedé atontado durante varios minutos. No podía moverme y tan sólo escuchaba más golpes, carreras y voces lejanas.
Cuando fui capaz de incorporarme –algo aturullado aún– lo que vi me heló el alma. En medio de un gran charco de sangre yacía mi padre al que habían asestado, al
menos, dos puñaladas mortales: una en el bajo vientre y otra cercana al corazón. De nuestro dinero y escasas pertenencias, ni rastro.
Lloré durante horas aferrado al cadáver –cada vez más frío y rígido– de mi difunto padre. Cuando los primeros rayos de un sol enlutado reanimaron mi conciencia,
un sólo pensamiento –formulado en voz alta– se adueñó de mi aturdida y confusa cabeza.
—De mayor me dedicaré a perseguir a los malos.
II
Fue un mazazo brutal. Despiadado. Inhumano. Apenas había cumplido los trece años. Ningún niño debería padecer el terrorífico trance de presenciar como su
papá es brutalmente apaleado, acuchillado y asesinado por unas hienas carroñeras. Por un puñado de dólares.
A la pérdida irreparable de un padre para cualquier crío, en mi caso se sumaba el quedar fulminada mi trayectoria vital tal y como la conocía. Nunca tuve madre y
como él jamás tomó nueva esposa ni engendró más vástagos, durante mi corta existencia ambos fuimos uno. Mi padre vivió por y para mí. Y yo veía en él un comienzo
y un final, el origen y la meta, mi refugio y pilar. Eso desde la perspectiva emocional; desde el ámbito terrenal mi situación tornaba a insostenible: me quedaba tirado en
la maldita calle sin tan siquiera un mendrugo de pan que llevarme a la boca.
Acabábamos de dejar nuestro cuartucho de Hull House, allí ya no había sitio para mí. El poco dinero ahorrado –destinado íntegramente al pago del alquiler del
nuevo espacio en un edifico céntrico– se lo habían llevado los asesinos de mi padre. Eso significaba que tampoco podía ocupar el lugar al que nos dirigíamos cuando
aconteció la desgracia.
Acudí a la cuadrilla donde mi difunto padre desempeñaba sus tareas para ofrecerme a faenar en cualquier cosa que me proporcionase unas monedas al final de la
semana, una fuente de ingresos por ínfima que fuese. Un sustento.
Las labores en el ferrocarril requerían anatomía de adulto, un mínimo de corpulencia física de la que yo carecía por completo. Me rechazaron sin contemplaciones.
—Zagal, vuelve a visitarnos dentro de un par de años, cuando tengas pelos en las bolas, nuez en la garganta y voz de puro macho. Ahorita mismo tan sólo serías un
estorbo.
Sin embargo, el capataz de aquel tinglado –que tenía en alta estima a mi padre por su buen hacer y su ilimitada capacidad de trabajo– se apiadó de un pobre
desgraciado como yo –todo lo que un hombre déspota, rudo y carente de sensibilidad alguna puede apiadarse– ofreciéndome agua para saciar mi sed y entregándome las
monedas que le correspondían a mi padre por la media semana trabajada antes de su asesinato. Eso me proporcionaría alimentos durante unos pocos días. A partir de
entonces mi futuro no existía. El negro más absoluto teñía mi porvenir. A la tristeza le gusta el sabor amargo.
Vagué a través de céntricas calles, absorto por las llamativas luces que brillaban anunciando espectáculos y diversión, impresionado por el aspecto elegante de los
portales, de los establecimientos comerciales y de los locales de ocio que abundan en el corazón de Chicago, epatado por los abrigos de tweed y terciopelo, por los
zapatos de charol, por la plumas y tocados de las damas o por los impecables trajes a medida de cuantos caballeros se iban cruzando en mi camino. ¡Cuán diferentes a
las viviendas y vestimentas de los humildes moradores de Hull House!
Me sentía un miserable al lado de aquellas personas que parecían de otro mundo que nada tenía que ver con el que yo conocía. Deambulé de aquí para allá, de allá
para acá, hasta que la oscuridad gobernó la ciudad. Entonces, los paseos tranquilos al atardecer y los modos refinados de las parejas se habían convertido en risas y
alboroto de los grupos que se dirigían a los cabarés, music-halls y clubes nocturnos. El ambiente se impregnaba de jaleo, jarana, bullicio, vida…
Pero yo debía encontrar sin demora alguna un lugar resguardado para intentar dormir. La noche se me había echado encima y el agotamiento se adueñó de mi
debilitado cuerpo y mi maltrecho ánimo. Caí en la cuenta de que me había convertido en un pobre huérfano.
Me alejé tres o cuatro calles de la arteria principal; allí el ruido era ensordecedor y el vaivén de almas en busca de bulla, interminable. Andaba arrastrando los pies a
la caza de algún portal, recodo o esquina donde acurrucarme para echar una cabezada, cuando un extraño ruidito captó mi atención. Al principio supuse que se trataba
de una rata, un gato o algún otro bicho urbano. Pero conforme me acercaba al origen del sonido lastimero, se iba asemejando más al sollozo de un bebé que al grito chillón
de algún roedor de cloaca. Entonces bajé la vista y la vi.
Cuando ocurre desconoces que estás viviendo un instante trascendental. De los que cambian el rumbo de una existencia. Ignoras por completo que te estás
enfrentando a tu destino. Valentina. El eje sobre el que girarían los próximos años de mi vida. Una ilusión entre las sombras. La cosa más bonita que había observado
jamás. ¿Pero qué hacía un ser tan frágil y hermoso allí, solo en la oscuridad, abandonado, expuesto al peligro de los malignos que se adueñan de los indómitos rincones
de la noche chicagüense?
Calculé a golpe de vista que aquella chiquilla tendría más o menos mi edad. Me acerqué despacio para no asustarla. Sus sollozos me acongojaban casi tanto como su
aspecto. Era preciosa. Tan guapa que parecía que se iba a romper. Una cara redonda, con unos rasgos perfectos y un cutis tan blanco que parecía irreal: casi translucido.
Sus labios eran gruesos y sonrosados como una ciruela madura. Una cascada de rizos negros caía en bucles perfectos hasta casi alcanzar su cintura. Caminé sigiloso
hasta situarme frente a ella.
—Hola –fue lo único que atiné a decir mientras no podía dejar de recrearme con el porte de una criatura tan extraordinaria.
Ella levantó lentamente la cabeza hacia mí y a pesar de la hinchazón provocada por el llanto, descubrí unos ojos rasgados, con forma de almendra y una mirada tan
intensa como negro era su iris. Me sentí acariciado por esa mirada. No habló. No se movía. Tan sólo me observaba con asombro, pero parecía tranquila. Era obvio que la
presencia de un niño delgaducho y hambriento no suponía una amenaza para ella. Mantuvimos nuestros ojos enfrentados durante varios minutos, inmóviles,
expectantes, hasta que transcurrido un tiempo que consideré prudencial, me agaché para sentarme a su lado. Ella se hizo a un lado para dejarme un hueco.
—Me llamo John.
Pude observar que ella abrió esos ojos portentosos, mucho, muchísimo, para después asentir con la cabeza, sin más. Caí en la cuenta de que en la colonia de
mexicanos de la que yo procedía todos hablábamos en español, pero ahora me encontraba en pleno Chicago. Volví a intentarlo.
—My name is John.
Los muchos meses asistiendo a las clases informales de la buena de doña Marcela, la convivencia con personas de diversas nacionalidades en Hull House y grandes
dosis de esfuerzo, paciencia y atención por mi parte dieron sus frutos. Consiguieron que a estas alturas fuese capaz de comunicarme en inglés, aunque todavía distaba
mucho de dominar el idioma. Pero, al menos, ya podía hacerme entender. Todo un triunfo, debido a mis durísimos inicios con el aprendizaje de una lengua extranjera.
Tras el my name is John ella tampoco se inmutó, aunque parecía estar tranquila a mi lado. Mi compañía no le desagradaba y a mí la suya me fascinaba.
Transcurrido un rato en completo silencio recordé que llevaba pan en los bolsillos. Lo saqué, lo partí en dos y le ofrecí un buen pedazo. Lo agarró con fuerza,
devorándolo en apenas cinco segundos. Me quedó claro que estaba muerta de hambre. Sin embargo, su aspecto distaba mucho del que se presupone para una mendiga,
vagabunda o necesitada. Su calzado, a pesar del polvo, era de calidad. Vestía un abrigo de gruesa lana en tonos azules debajo del cual se intuía un vestido blanco con
encajes y lazos, a juego con el color del abrigo. Complementaba su exquisito atuendo una coqueta bufanda y un medallón que colgaba del cuello. Una joya que debía
costar una fortuna y que era una temeridad mantener expuesta de aquella manera a los ojos de los malvados. A la atrocidad cometida con mi padre me remitía.
La alhaja era de oro. En el centro de la cadena se suspendía la joya, salpicada con pequeñas gemas fantasía del que pendía un pectoral geométrico, decorado con
figuras vegetales en martelé, repujadas, matizadas y cinceladas, todo ello repleto de piedras preciosas en color rojo, verde, turquesa y pequeñas bolitas de cuarzo blanco
con acabado mate y brillante emulando la silueta de una flor. Del medallón principal colgaban dos formas geométricas adicionales decoradas con más alhajas que
desprendían destellos hacia todas las direcciones. Se trataba del objeto más hermoso que yo jamás había contemplado hasta la fecha.
—Deberías guardar esa medalla bajo tus ropas. Hay personas que matan por poseer cosas así. Nunca la exhibas por las calles de Chicago.
Extendí mi mano muy despacio para evitar el sobresalto de la niña, tomé el pesado medallón entre mis dedos y lo deslicé en un rápido movimiento por debajo del
canesú de su vestido con el fin de ocultarlo a la codicia ajena.
El leve y efímero roce de uno de mis dedos con la piel de su cuello me estremeció de un modo desconocido para mí. Ella se limitó a mirarme, sorprendida, pero
intuí agradecimiento en la expresión de su mirada.
Y así permaneció ella durante días. Cobijada en un mutismo perpetuo. Cual guardiana de los silencios. Mirándome con simpatía, agradecida por mi presencia
constante a su lado, aunque sin articular un insignificante sonido. Llegué a sospechar que era muda por lo que no forcé la situación con las palabras. Hasta que un día,
porque sí, sin razón aparente y sin que aconteciese suceso extraordinario alguno, pronunció las palabras mágicas.
—Soy Valentina.
Su voz sonaba dulce, almibarada, melosa, frágil. Acorde al resto de su etérea presencia. Aquella chiquilla como caída del cielo para iluminar mi infierno particular,
no sólo era elegante en su físico, sino también en su aspecto, hasta en el timbre de esa voz que acababa de escuchar por primera vez; y en sus modales, en la forma de
moverse, de caminar, de actuar… El conjunto de su presencia pasaba por armonioso, sutil, embaucador. Llevaba varios días conviviendo con ella en las calles,
observando a Valentina, y nada en su aspecto y proceder encajaba con la penosa situación en la que ambos nos encontrábamos.
Valentina, nunca antes conocí a nadie con idéntico nombre. VA-LEN-TI-NA. Ni siquiera lo había escuchado. Pero resultaba una melodiosa manera de ser nombrada
y a mi casual acompañante le venía como anillo al dedo. Una criatura tan extraordinaria merecía un nombre con personalidad.
Me contó su historia. Tras casi una semana de silencio absoluto por su parte, transcurrió un período de tiempo, que yo calculé mentalmente como más de una
hora, sin que ella parase de hablar. Ni siquiera sé si conversaba conmigo o para sí misma, puesto que mantenía la vista fija y circunspecta en algún punto lejano, más allá
de mi estampa. Su relato fue desvelado sin pausa alguna. Del tirón. Con decisión. Parecía que se estaba desahogando tras un lapso vagando entre las sombras, tras
padecer un terrible shock. Me confesó que tenía trece años –como yo, no había errado en mis cálculos, pues– y que era española.
—¿Española? –pregunté sorprendido; y es que hasta la fecha jamás había escuchado esa palabra, al igual que el nombre de Valentina.
—Sí, española de España, mi país.
—Ah, un país. ¿Y eso dónde está?
—En Europa.
—Europa –repetí mecánicamente, ignorante y desorientado.
—Muy lejos, al otro lado del océano. A muchos días y muchas noches de viaje en barco.
«Yo nunca he visto el mar ni viajé en barco…», cavilé mientras me revelaba su origen. La primera vez que vi el lago Michigan me embargó la emoción. Tan
inmenso, tan grandioso, tan misterioso en su profundidad… A pesar de su magnitud todos me decían que se trataba de una concentración de agua diminuta en
comparación con los mares y océanos. Y me hablaban de las olas, de su fuerza, su compás, de la simbiosis entre el líquido salino con su espuma blanca y del contraste
de sus infinitas tonalidades de azul: turquesa, esmeralda, ciruelo, índigo, cobalto, marino…
Algún día esperaba cruzar alguno de esos mares y océanos o, al menos, sentarme frente a él para contemplar su bendita hermosura mientras me sentía acompañado
por su presencia. Y también anhelaba disfrutar frente al agua de una puesta de sol que todo de rosáceos, anaranjados y dorados lo tiñe.
Valentina me reveló que no tenía hermanos y que viajaba con sus padres y su abuela para trasladarse a vivir a Chicago durante una larga temporada. Su progenitor
era un reputado hombre de negocios, ávido por conocer de primera mano las nuevas técnicas de la industria metalúrgica que se estaban desarrollando en la zona para
luego exportarlas al norte de su país, que contaba con fuentes similares de recursos naturales. Terminó por confesarme que a unas pocas millas del puerto de Nueva
York, lugar donde tenían previsto desembarcar, se desencadenó una feroz tormenta que provocó el naufragio de su embarcación.
A ella y a su abuela –niña y anciana– las metieron en uno de los primeros botes salvavidas lanzados al agua y fueron rescatadas en cuanto llegaron los equipos de
salvamento desde la costa. Desde entonces no supieron nada de sus padres, las autoridades de Nueva York los dieron por desaparecidos junto con unas decenas de
pasajeros más.
Aguardaron durante días con congoja e incertidumbre alguna noticia suya en aquella gran ciudad, pero con el transcurso del tiempo, tras la falta de noticias,
habiendo perdido todas sus pertenencias y careciendo de un alojamiento a la altura, su abuela decidió trasladarse a la mansión que habían alquilado en Chicago y
esperarlos allí.
—Aparecerán. Tus padres aparecerán tarde o temprano. Habrán sido recogidos por otro barco, o estarán en algún hospital, o puede que se hallen heridos sin
recuperar la consciencia… –La vana esperanza a la que siempre se aferran los que son incapaces de asimilar un trágico destino para sus seres queridos–. En esta caótica
ciudad desconocida, ellos no sabrán dónde encontrarnos cuando sanen, y nosotras no podemos permanecer más días en estas condiciones, dependiendo de la caridad
ajena, pero en paupérrimas circunstancias. Dirijámonos a nuestro destino final: Chicago. En cuanto ellos se recuperen o aparezcan, que lo harán, estoy segura de que se
van a dirigir al punto donde teníamos previsto establecernos. Además, dejaré notificaciones de nuestra partida a la policía.
Aquel razonamiento, posiblemente muy válido si los padres de Valentina hubiesen sobrevivido, se convirtió en una amarga condena. Las autoridades perdieron el
rastro de las dos mujeres al subir a aquel tren. Al poco tiempo a Valentina se la dio por desaparecida. Además, su abuela no llegó viva a Chicago, algo que supuso una
fatalidad adicional para la niña: desaparecida ante los ojos oficiales y huérfana de toda su familia ante los suyos.
Aunque el equipo de salvamento fue rápido, transcurrieron más de cuatro horas durante las cuales los náufragos permanecieron a la intemperie en el meollo de una
desapacible noche de tormenta en medio del Atlántico. Empapadas, soportando bajas temperaturas, la frágil salud de una anciana de más de setenta años sobrevivió al
hundimiento, sí, pero no a las secuelas de la climatología adversa. Con fiebres y pulmonía desde que desembarcaron

El edén de las musas – Carmela Diaz 

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