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El espejo de Mulgrave – David Roca

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Prólogo
Pensé que un relato tan corto como el
Espejo de Mulgrave no merecía siquiera
un prólogo. Pero luego me dije: Quizás
solo a ti te parezca corto. Y eso es
porque me he divertido de lo lindo
escribiéndolo.
Pero desde luego ésta no es una novela
con muchas páginas. No penséis que
temo aburrir a mis lectores con un libro
gordísimo. O que soy muy vago. La
verdad es que la historia está diseñada
como parte de una serie, una serie que
puede llegar a ser bastante larga. Y si os
gusta, no quisiera teneros un año
esperando al siguiente relato.
La gente que lee fantasía y aventuras
suele ser bastante lista. No creo que mis
influencias literarias sean difíciles de
adivinar por vosotros. Una es obvia:
Sherlock Holmes. Pero por supuesto,
hay muchas más. Y es que el relato del
Espejo se parece y no se parece a
muchas historias de detectives. Hay
magia, y eso es un gran problema, ya que
con magia cualquier cosa puede pasar.
Y un buen detective necesita pisar
terreno firme para resolver una intriga.
La solución, por supuesto, es que la
magia no es tan impredecible (ni tan
abundante) como en otro tipo de
novelas. Tiene reglas tan claras e
inquebrantables como la ciencia, y una
persona que las conozca puede saber
quién o qué está detrás de un horrible
crimen.
En cuanto a la época, el Londres
Victoriano, espero que no me haya
inventado demasiadas cosas. O que no
os importe.

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“Mucho se ha hablado acerca de la posibilidad de
los viajes en el tiempo. Personalmente, no sé si
es o no realizable. Pero me consta que algunas
personas están o bien, penosamente atrasadas
respecto a su época, o maravillosamente
adelantadas a la era en que viven. Esta es la
historia de una de ellas.”
J.F.
UNO: UN PERIODO OSCURO
Permítanme presentarme. Mi nombre
es John Farway. Tengo en estos
momentos treinta y seis años, pero
cuando ocurrieron los extraños sucesos
que relato, tenía treinta y dos. Soy
viudo, sin hijos, y por supuesto,
británico.
Trabajo en Londres, ese Londres
misterioso que aún recibe a diario
maravillas de las cuatro esquinas del
mundo. Como mi padre y mi abuelo
antes que yo, soy abogado, o al menos,
empecé siéndolo. Cuando comencé mi
carrera, contaba con la ayuda del
nombre de mi abuelo, Jonathan, que
gozó de una excelente reputación de
gestor minucioso e intachable. Habida
cuenta del poco cariño que recibí de él,
puedo decir que era también un hombre
muy severo.
Mi posición me permitió contraer
matrimonio con una dama de cierto
renombre, Violet Conway, hermosa y
delicada como una flor, y más joven que
yo. Nuestra felicidad no duró más que un
par de años. Mi esposa era propensa a
largas enfermedades, y su constitución
débil, totalmente inadecuada para
soportarlas. Su cuidado consumió gran
parte de mis recursos económicos, y a su
muerte, me vi en una situación apurada.
No tardé en darme a la bebida. Perdí
mi clientela casi sin darme cuenta. Fue
un tiempo oscuro, en el que anduve con
malas compañías, de antro en antro,
poseído por la absenta. Maldije a Dios
hasta quedarme sin voz. Pero hubo un
hombre que me sacó de aquel abismo.
Duncan Cox, un caballero con título,
había pasado por lo mismo que yo. Se
reconoció en mí, y supo alejarme de la
bebida y los tugurios. Sir Duncan estaba
también arruinado, pero había logrado
conservar su reputación de hombre
fiable y cabal con mucha habilidad.
Juntos decidimos montar un negocio, y
poner en práctica mis conocimientos de
leyes junto a sus viejos contactos.
Aunque no supe olvidar a Violet, me
sobrepuse al dolor y comencé a trabajar.
Oficialmente, mi empleo, alejado de
los juicios y los tribunales, consistía
simplemente en asesorar a ciertos
caballeros acerca de herencias,
préstamos e hipotecas, y del estado de
algunos negocios en que se pudieran ver
interesados. En realidad lo que
hacíamos Sir Duncan y yo, junto con
nuestro socio, Henry Patterson, era
ofrecer nuestros servicios a aquellos
caballeros que habían podido incurrir en
algún escándalo, alguna pelea,
infidelidad o indiscreción. Nuestra tarea
era borrar esas indiscreciones. Mediante
el soborno manteníamos la boca cerrada
a los testigos o indemnizábamos a los
afectados. Rescatábamos discretamente
a ciertos señores de sus problemas con
el alcohol, a menudo en plena noche,
usando un carruaje propiedad de Sir
Duncan. Ocultábamos, en definitiva, los
vicios y los excesos de los poderosos a
ojos de sus semejantes, y por ello nos
pagaban generosamente.
Pero aun teníamos deudas. Mi trato con
aquellos que estaban en la cúspide de la
sociedad británica me forzaba a
aparentar un lujo y unos medios de los
que en realidad, carecía.
Sir Duncan Cox no estaba mejor,
acuciado por las deudas y las hipotecas
de sus propiedades, prácticamente en
posesión de los bancos. De tal modo me
hallaba, cuando un día todo mi mundo
cambió por completo y para siempre.
Ignoro quién le habló de nosotros a la
señorita que tan impetuosamente se
presentó en mi despacho de Aldersgate
Street aquella mañana de diciembre. Se
presentó a sí misma como Drea Crane,
siendo su nombre una contracción de
Andrea. Era una joven misteriosa,
impactante. Muy hermosa, no muy alta,
pero bien proporcionada y simétrica, el
liso cabello negro brillante como ala de
cuervo, ojos azules, profundos,
hipnóticos. Manos delicadas, busto
perfecto, realzado por el corsé.
Aparte de sus notorios atributos
físicos, Me llamó la atención que
carecía totalmente de acento. Noté, no
obstante, un tono irreverente en todo lo
que hacía, que podría calificarse de
descarado en cuanto a su modo de
vestir, con una ausencia absoluta de
modestia y casi de decoro. Llevaba una
chaqueta oscura con bordados en hilo de
plata, una camisa de seda, ajustada, y
una falda ancha y más larga por detrás
que por delante. Completaba el conjunto
unas botas de cuero de doble forro, con
hebillas delante y tacón alto. Todo de
color negro y muy ceñido a su cuerpo.
Tras presentarse, la joven me indicó el
motivo de su visita.
-Durante el tiempo que llevo en
Londres, he observado, con mucha
tristeza, el enorme abismo que separa a
ricos y a pobres, y la miseria que aflige
estas calles. No está en mí poder
arreglar el mundo, pero tal vez pueda,
por un día, dar un poco de felicidad a
quienes carecen de todo.
– Una loable intención, Miss Cranedije
yo- Pero no sé en qué puede
ayudarle nuestra agencia.
-He decidido promover la celebración
de una gran cena de caridad, el día de
Nochebuena. Una cena en que todo aquel
que lo desee tenga un plato caliente y un
fuego acogedor, al menos esa noche. Le
hago entrega de este maletín con el
objeto de que sea usted quien me ayude
a organizar los detalles de este
proyecto: que solicite los permisos
necesarios, consiga las vituallas,
contrate cocineros, reclute voluntarios y
redacte anuncios en los periódicos.
En definitiva, todo cuanto se ha de
hacer, usted lo hará en mi nombre, ya
que me consta que cuenta usted con un
talento organizativo bastante bueno.
La miré sorprendido.
-He aquí todo lo que necesita para
empezar-me dijo. Y depositó en el
escritorio de caoba quince mil libras.
No tardé en llamar a mis socios. Le
presenté a Miss Crane a Sir Duncan y a
Henry Patterson, el cual estaba
visiblemente impresionado por la suma
de dinero que desbordaba nuestra mesa.
– No es imposible, dijo Sir Duncan-
Tenemos casi dos meses.
– Pero se aleja bastante de nuestra
línea de trabajo habitual- exclamé.
– ¡En absoluto!- dijo Duncan con una
sonrisa- ¿No reparamos la reputación de
damas y caballeros? ¿Y qué evento
social puede elevar más la notoriedad
de una joven que promover una cena de
caridad en su nombre?
– Ya hemos organizado puestas de
largo con más de doscientos invitados-
Añadió Henry. Y dada la juventud… y el
porte de la señorita aquí presente, el
evento la hará muy popular.
Drea sonrió cálidamente.
– Excelente, caballeros. Veo que son
ustedes exactamente lo que andaba
buscando. No escatimen gastos. Si esta
pequeña obra de caridad funciona
debidamente, no duden que acudiré de
nuevo a su agencia para otros negocios.
Nos dimos la mano. En ese momento
ignoraba que tanto yo como mis socios
estábamos no solo siendo contratados,
sino también puestos a prueba.
Como es natural, hice mis
investigaciones acerca de la señorita
Crane. Había muy poco. Estudió
Medicina, probablemente en una
prestigiosa escuela de Edimburgo, pero
como los títulos de doctor solo se
otorgaban a los hombres, no había
diplomas que lo atestiguaran. Nada supe
de sus padres ni de su pasado antes de
que llegase a Londres,

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