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El espejo – Gean Rossi

El espejo - Gean Rossi

El espejo – Gean Rossi

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—¿Peleaste con Bobby otra vez?
Elizabeth apretaba el teléfono contra su hombro, mientras con una
mano sujetaba un bol de vidrio y con la otra batía la mezcla de los
waffles; olía bastante bien incluso siendo no más que una mezcla
homogénea de harina, huevos y azúcar cruda. «El secreto está en
unas gotas de vainilla», decía siempre.
—¿Cómo hago entonces si me hace molestar? —La voz de Martha
sonaba desesperada y distante a través del auricular.
—¿Por qué no lo dejas de una vez? —sugirió Elizabeth, mientras,
sosteniendo aún más fuerte el teléfono contra su oreja, vertía el primer
waffle sobre el sartén. Sabía que Bobby no era la mejor compañía para
su amiga desde que empezaron a salir, pues ya para entonces
peleaban y discutían bastante; la gente puede llegar a ser
extremadamente masoquista en sus relaciones.
Dejó el waffle cocinándose para disponerse a caminar alrededor de
la sala, ordenando inconscientemente cualquier cosa que se cruzara
en su camino que le pareciera no estar en la posición correcta. Cosas
tan simples como mover dos centímetros el florero, jalar con el pie un
poco la alfombra o sacudir un atisbo de polvo en los muebles.
Se llevó por delante un par de zapatos que casi la hicieron caer.
—¡Thomas!, ¿hasta cuándo? —Recogió ambos zapatos con una
mano y los depositó en un sitio donde no supusieran mayor molestia.
Su hijo, Thomas, se hallaba recostado de largo a largo sobre el
mueble mientras veía su programa favorito de la mañana: una serie de
dibujos animados de un perro que podía volar. Por su parte, este hizo
caso omiso a las palabras de Elizabeth mientras se aseguraba de no
perderse un segundo del programa.
—¿Todo bien? —inquirió Martha desde el otro lado del teléfono,
interrumpiendo una de sus anécdotas.
—Sí, todo bien. Es solo Thomas y su desorden.
—Oh, está bien. —Detuvo la conversación un instante para luego
seguir—: Entonces estábamos empezando a comer cuando de pronto
el pendejo me dice que dejó la billetera en casa. ¿Quién crees que
pagó la comida?
—Y aun así lo amas.
Elizabeth podía hacer mil cosas mientras hablaba por teléfono y era
capaz de seguir el hilo de la conversación aun sin prestarle gran
atención. Y más si se trataba de Martha, con quien hablaba todos los
días. Ambas eran profesionales ya.
Las cortinas vinotinto que tapaban las ventanas junto a la puerta
principal captaron su compulsiva atención. La sala se hallaba muy
oscura a su parecer para ser tan temprano por la mañana, así que
descorrió la cortina y el haz de luz que entró a través de los vidrios la
dejó encandilada. Cuando sus ojos recobraron su potestad, vio algo
que la hizo perderse de la conversación con Martha.
Al otro lado de la calle, había un camión de mediano tamaño parado
en la casa de enfrente. En un costado se leía «VIAJES Y MUDANZAS:
HERMANOS PEREZ» en grandes letras rojas con bordes blancos que
las hacían resaltar sobre el fondo metálico. Las puertas del contenedor
se hallaban abiertas, y de ellas salían un par de hombres vestidos en
amplias ropas harapientas propias de trabajo pesado, cargando entre
los dos un largo sofá a rayas.
Frente al garaje se hallaba aparcado un Aveo plateado muy bien
cuidado que no solía estar allí. Al otro lado, sobre la acera, una mujer
delgada de largo cabello negro se encontraba de brazos cruzados
frunciendo el ceño mientras evaluaba el trabajo de los hombres.
Cuando estos se dirigían hacia la casa con el mueble, la mujer les
siguió al interior.
—Elizabeth, ¿me estás escuchando? —La voz de Martha por el
auricular la sacó del trance en el que estaba inmersa y la hizo
sobresaltarse. Había olvidado por completo que seguía al teléfono.
—Mamá, algo se quema —comentó Thomas desde el mueble
mirándola extrañado. Sus palabras vinieron acompañadas por un
fuerte olor a comida achicharrada; aquel olor característico que no se
hace perceptible sino hasta el momento en el que alguien lo menciona.
Es como una ley de vida.
—¡El desayuno! —Volvió la vista a la cocina donde empezaba a salir
un ligero pero notable humo blanco—. Martha, te llamo luego.
Colgó y volvió corriendo a lo suyo, pensando en la nueva vecina.
2
Tras casi incendiar la casa, Thomas y Elizabeth se dedicaron a
desayunar. Sobre la mesa habían cinco waffles —pudieron haber sido
seis, contando el que terminó en la basura como un carbón—, apilados
en una montaña de calorías; tres para él y el resto para su madre.
De no ser por el leve bullicio de la televisión en comerciales,
aquello sería un desayuno triste y callado; como siempre.
—¿Viste que tenemos vecina nueva? —comentó su madre,
rompiendo el silencio aparte de la apenas perceptible voz de la
televisión.

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—¿Ah, si? —preguntó, sin mostrar un asomo de sorpresa o
sentimiento alguno.
—¿No te emociona?
—No, ¿por qué habría de hacerlo?
Picaba entonces un trozo de waffle con miel y queso mientras su
madre lo veía con extrañeza.
—¡No seas así, Thomas! —exclamó, y cambiando su tono a un
intento de voz de convencimiento, añadió—: Quizá se la lleven bien.
—Quizá te la lleves bien tú —corrigió, sin mirarla a la cara.
La conversación terminó allí. Se limitaron a acabar con la comida
para luego seguir cada uno en lo suyo.
En los planes de Thomas aquel triste y largo verano no había
mucho que hacer más que la misma monótona rutina: acostarse en el
mueble, ver televisión, leer, comer, seguir viendo televisión, volver a
comer y dormir tras un infructífero día. Pero ¿qué tanto podría hacer un
chico de once años en plenas vacaciones?
Su madre siempre criticaba que no salía a jugar con sus amigos; la
cuestión era que, en la calle donde vivían, todas las casas estaban
habitadas por ancianos sin dentadura que solo se dedicaban a
mantener bonito el jardín y recibir su pensión del seguro social.
Extrañaba la escuela. Allí estaban sus amigos, con quienes corría
de un lado a otro en el patio durante el recreo; donde hablaba de todo
tipo de cosas con personas que compartían sus gustos; donde
aprendía a diario nuevas cosas; y lo más importante: donde podía
distraerse tanto que los recuerdos de su padre eran solo algo lejano,
que no venían a su mente en momentos de diversión.
Dicen que los psicólogos son los encargados de ayudar a las
personas a superar sus problemas y dificultades mentales por las que
todos en algún momento pasan, ya sea por hechos inexplicables o a
consecuencia de algo. Es increíble el poder que tiene la mente sobre
el cuerpo humano, pudiendo llegar a tumbarte si lo permites. Al parecer
de Thomas, la mejor terapia de la mente era la distracción. Cuando
corría por los extensos campos de la escuela profiriendo fuertes
carcajadas, era capaz de olvidarlo todo, así fuera solo por unos
segundos.
Su madre había cambiado mucho desde la muerte de su padre. Su
comportamiento no era el mismo; vivía en una constante y compulsiva
tristeza que disfrazaba usando el teléfono celular, que se había
convertido en su mejor compañía. Thomas no tenía problema con que
su madre se la pasara la mayor parte del tiempo al teléfono si aquello
la hacía sentir mejor, el problema radicaba en cómo empezaba a darle
menor importancia a él por estar casi adherida a aquella pantalla.
Tras desayunar, Thomas se había quedado dormido en el sofá,
cuando el olor de algo dulce llegó a su nariz. Mientras dormía había
percibido en la lejanía del sueño diversos ruidos en la cocina, pero no
le había dado mayor importancia.
Al despertar, no podría haber sabido decir cuánto tiempo durmió. Se
incorporó apoyando un brazo sobre el cojín mientras se restregaba los
ojos con la otra mano. La televisión seguía encendida en el mismo
canal de dibujos animados. Se había quedado dormido con el control
remoto sobre su pecho, y al levantarse, este cayó de lleno en el suelo
emitiendo un ruido seco. Conforme iba despertando, el olor se
intensificaba.
Caminó a la cocina —no sin antes recoger el control remoto—,
donde su madre se hallaba de cuclillas mirando a través del vidrio
refractario del horno. La cocina era un desastre: envases sucios por
doquier, el fregadero rebosado de platos y cubiertos, y un par de
manchas marrón claro en el suelo posible resultado del trabajo de la
batidora.
—¿Qué haces? —preguntó Thomas, aunque ya se hacía una idea
de lo que ocurría.
Elizabeth se volvió hacia él tras su llegada. A Thomas le sorprendía
tanto desastre. Su madre estaba muy obsesionada con el orden y la
limpieza como para permitir todo aquello.
—Una tarta de vainilla. —Abrió el horno con sus manos protegidas
en guantes para soportar el calor y sacó un molde de silicón con una
pequeña tarta asomando por los bordes, desprendiendo un olor
espectacular que hacía agua a la boca—. ¡Ya está lista!
—¡Quiero un pedazo! —reclamó Thomas. No sabía si realmente
tendría hambre o no, pero el solo hecho de ver aquella tarta le abrió
un espacio en su estómago.
—Lo siento, Thomas —respondió su madre, mirándole apenada—.
Es para la nueva vecina. Más tarde te puedo preparar una, luego de
que limpie un poco todo esto.
Thomas no respondió. Se limitó a tragarse su furia apretando los
labios y frunciendo la frente, acción que su madre no percibió. Volvió a
la sala y subió las escaleras en dirección a su habitación, donde
buscaría un libro en el cual sumergirse.
3
Tras poco más de una ardua hora de limpieza, la cocina quedó
impecable. Cansada como estaba, Elizabeth aprovechó que la sala
estaba sola para recostarse a ver la televisión un rato. En quince
minutos pasando de canal en canal una y otra vez, no consiguió dar
con nada que le interesara.
Sentía un gran peso sobre ella. Le sorprendía lo mucho que puede
empezar a afectarte la edad incluso hasta para hacer una tarta; pero
aparte de todo, se veía a sí misma bastante bien para sus cuarenta
años. La espalda, el cuello y los brazos le dolían, pero lo que más le
dolía era pensar que en un par de horas debía empezar a preparar el
almuerzo.
Estar tirada en el mueble adolorida la hacía sentir vieja. Apagó la
televisión y se asomó a la ventana por la que horas antes había visto
un camión de mudanza que ahora no era más que un recuerdo.
Supuso que habrían terminado de bajarlo todo.
El sol del mediodía caía de lleno sobre Valle Cristal llenando de
colores la Calle 19, en las afueras de la ciudad. Los tejados rojos de
las casas parecían arder, el pavimento brillaba y las flores en los patios
relucían impregnando el aroma propio del dulce verano. A pesar de
que no había muchas nubes que taparan el sol, el clima era fresco;
Elizabeth lo percibió, mientras salía de su casa con la tarta de vainilla
—a la cual le había hecho una decoración sencilla cubriéndola en
merengue— en la palma de su mano, como propia mesonera.
A pesar de la viveza de los colores que el sol proporcionaba al
ambiente, el entorno seguía siendo tétrico. No se divisaba persona
alguna. Adonde miraba no había más que soledad.
Acompañada por el sonido de la brisa en contra de sus odios al
caminar, cruzó la calle y el patio al otro lado hasta posicionarse en la
puerta de la casa de enfrente. Primero sintió un ligero temor que la hizo
pensar en no tocar la puerta y devolverse a su casa. ¿Por qué estaba
haciendo todo aquello? No habría sabido decirlo. A veces las personas
hacen cosas de las que no pueden explicar sus razones, pues
simplemente se sienten bien haciéndolas.
Tocó el timbre con la mano libre y esperó.
No escuchaba movimiento alguno dentro. La casa parecía tan sola
como había estado los últimos cinco años, luego de que los dueños se
mudaran dejándola en venta, sin nadie dispuesto a reclamarla hasta el
día de hoy.
Miró a un lado. El auto plateado había desaparecido. «Seguro lo
guardó en la cochera. O quizá haya salido», se dijo Elizabeth,
sintiéndose medio decepcionada y medio torpe.
Estaba pensando en tocar otra vez para asegurarse de que no
había nadie, cuando el sonido de la cerradura avisó la llegada de
alguien por el otro lado. La puerta se abrió, y la mujer que había visto
por la ventana junto al camión se erguía ahora frente a ella vistiendo
los mismos jeans y camiseta de antes. Un fuerte olor parecido al de
algo que pasa muchos años en una despensa llegó desde dentro de
la casa.
La mujer pareció sobresaltarse por la presencia de Elizabeth. Miró
fugazmente la tarta que llevaba en la mano para posar nuevamente su
mirada sobre ella con ojos de extraña sorpresa.
—¿Hola? —saludó la mujer, dubitativa.
—Hola, soy Elizabeth Salazar, su vecina de enfrente. —Alzó la mano
que llevaba la tarta en señal de que formaba parte de un regalo para
ella—. Le he traído esto, es una tarta de vainilla. ¡Espero le guste!
—Lo siento, no me gusta la vainilla —dijo seriamente la mujer con
mirada de rechazo. Aquello paralizó a Elizabeth.
—Oh. Está bien… no pensé que…
Sus palabras se cortaron por la súbita carcajada de la mujer.
—Solo bromeaba. ¡Se ve divina! —Arrebató la tarta de la mano de
Elizabeth con sumo cuidado. La miró por distintos ángulos, para luego
depositarla sobre una caja que tenía junto a ella donde se leía «frágil»
—. Hanna Penkins, un placer.
Ambas se tendieron la mano, sonriendo. Ya Elizabeth preveía que
se la llevarían bien, y una buena amiga nunca está de más. Martha vino
a su mente, pero sabía que Martha era su confidente telefónica. En
cambio había cierta suspicacia en aquella mujer que le agradaba.
—¿Eres de aquí de Valle Cristal? —inquirió Elizabeth.
—No. Vengo del norte, de Billyns. Pasando las montañas.
—Oh. Mi esposo trabajaba allí, era ingeniero —dijo Elizabeth con
aire de tristeza.
—¿Era?
—Sí. —Agachó la cabeza, como si tuviera miedo de enfrentarse a la
mujer frente a ella—. Murió hace dos años en un accidente en su último
trabajo.
Presionó sus labios hacia dentro intentando contener las lágrimas
que siempre salían a flote cuando tocaba el tema.
—Lo siento mucho —se disculpó Hanna, posando una mano
compasiva sobre su hombro—. No tenía la menor idea.
—No te preocupes, estoy bien. Gracias. —Consiguió sonreír
nuevamente.
Unos segundos de silencio.
—Bueno —continuó Elizabeth—, ¡bienvenida a la Calle 19!
—Gracias.
—Cualquier cosa que necesites sabes dónde encontrarme, solo
debes tocar la puerta —explicó Elizabeth, volviéndose y señalando
con el dedo su casa al otro lado de la calle.
—Nuevamente, muchas gracias, Elizabeth.
Hanna hizo un ademán de querer cerrar la puerta cuando Elizabeth
interrumpió el proceso.
—¡Espera! —exclamó.
—¿Sí?
—¿Te gustaría cenar esta noche con nosotros? —propuso
Elizabeth, mirando a través de la puerta las cajas y muebles apilados
dentro de la casa—. Mudarse no es fácil, lo sé. Son muchas cosas para
ordenar y poco tiempo libre como para dedicarse a cocinar.
—¿Nosotros? —preguntó extrañada—. ¿Tienes hijos?
—Sí, tengo un niño de once años. Se la ha pasado bastante
aburrido estas vacaciones, seguro algo de compañía le hará bien.
—Oh, ¡qué buena propuesta! —exclamó Hanna—. Claro, allí estaré.
Prometo no perderme en el camino.
Ambas soltaron una estridente carcajada al unísono que hizo eco a
lo largo de la calle.
—Te veo a las siete entonces. —Elizabeth ya empezaba a darse la
vuelta para encaminarse a su casa—. Que tengas un buen día.
—¡Gracias, igualmente! —dijo Hanna al final, justo antes de cerrar la
puerta.
4
Había leído un par de capítulos de Cementerio de Animales cuando
se empezó a aburrir. Dejó el libro a un lado. Leer cuando se tiene en
mente otras cosas es bastante difícil, hay que releer a cada momento
los párrafos porque aquello que te distrae no te permite entender una
sola palabra mientras los ojos se mueven de lado a lado por pura
inercia anatómica.
Amaba leer tanto como ver la televisión, pero a veces esta última
ganaba la pelea y simplemente no podía despegar la vista de la
pantalla rectangular de la sala. Pero aparte de eso, amaba los libros,
especialmente los de terror, los cuales la mayoría de las veces
aseguraba no le daban el suficiente miedo que deberían.
Cerró el libro alrededor de la mitad, marcando la página en la que
había quedado para dedicarse a mirar al infinito en actitud pensativa.
Miraba las paredes de su habitación, que se hallaban cubiertas de
estantes y bibliotecas llenas de libros; eran tantos que daba la
impresión que las repisas fueran a caer en cualquier momento por el
peso de todo tipo de ediciones: grandes, pequeñas, en tapa dura,
rústicas… Y ni hablar de los autores, pues seguro haría falta una lista
inmensa donde meterlos a todos.
Los libros habían sido de su padre, quien otrora lo había inducido
al mundo de la lectura. Recordaba de cuando era muy pequeño a su
padre junto a él, leyéndole partes de sus libros cada noche.
Independientemente de que estos no fueran lecturas para niños,
Thomas los disfrutaba al máximo hasta caer dormido por el cansancio
del día, añadiendo además la tranquilidad y paz que le proveía la voz
de su padre.
«Cuánto te extraño», se dijo, mientras pasaba la mirada entristecida
por cada lomo. Tener aquella colección en su habitación le hacía sentir
que su padre siempre estaba allí con él.
Escuchó de pronto un ruido que lo sacó de sus nostálgicos
pensamientos. Lo reconoció al instante: la puerta de la casa.
Saltó de la cama para dirigirse a la ventana que daba a la calle.
Abrió la persiana con los dedos, creando una franja de luz suficiente
para que sus ojos miraran a través del vidrio. Vio a su madre allá abajo,
caminando por la vía de concreto del jardín hacia la calle, para luego
atravesar esta en dirección a la casa de enfrente. Divisó la tarta que
había hecho sostenida en su mano.
Recordó la cólera que le había hecho sentir su madre por aquella
tonta tarta, y más aún, la que empezaba a sentir por quien fuera que se
hubiera mudado a aquella casa.
Salió de su habitación en busca de algo que consiguiera amainar
aquella ira que llevaba dentro —cosa que no había conseguido en su
vago intento de ponerse a leer—. Bajó las escaleras y llegó a la sala
pensando qué podría hacer. Miraba de un lado a otro hasta que dio
con el blanco.
Sobre la mesa, divisó el teléfono de su madre, tan vulnerable y
silencioso como solo un teléfono lo puede ser (a veces). Desde la
muerte de su padre aquel aparato se había ganado toda la atención
que su madre muy bien podría dedicarle a Thomas, consiguiendo que
sintiera muchas veces mayor interés por parte de su madre hacia otras
cosas que hacia él mismo, siendo incluso su hijo.
Lo tomó con la mano mirándolo con detenimiento, como quien
descubre lo desconocido. Muchas ideas pasaban por su mente de lo
que podría hacer con el teléfono. Podría bastarle con esconderlo, pero
¿sería suficiente para calmar su furor? Quizá podría intentar ir algo más
allá. Y lo intentaría, de eso estaba seguro.
Fue hasta la cocina, no sin antes percatarse a través de la ventana
que su madre seguía al otro lado de la calle. La vio hablando con una
mujer que no podía distinguir muy bien desde aquel ángulo, y más aún
con su madre de pie frente a ella. Rezaba por que aquella
conversación durara lo suficiente.
Le sorprendió lo limpia que había quedado la cocina en
comparación a como la había visto por última vez. Se acercó a las
gavetas de madera junto al horno y abrió la primera, pero solo
encontró tenedores y cucharas. No sería suficiente. Abrió la que le
seguía; esta estaba llena de todo tipo de utensilios, desde abrelatas
hasta paletas. Tomó un mazo para ablandar carne que no era más que
un mango de madera que atravesaba un bloque de hierro dentado.
Era bastante pesado, así que titubeó un instante al levantarlo hasta
conseguir estabilizar el peso. Supuso que un golpe con aquello podría
matar a alguien.
Ya que estaba a mitad del proceso debía actuar rápido, su madre
llegaría en cualquier momento. No podía ponerse con rodeos en aquel
punto.
Sacó de un gabinete de la alacena una tabla de madera
rectangular. Depositó todo en el piso para luego sentarse de rodillas
cruzadas frente a su mesa de trabajo improvisada. Colocó el teléfono
celular sobre la tabla y tomó el pesado mazo con ambas manos lo más
firme posible.
Aquí voy… no hay vuelta atrás.
Alzó el mazo sobre su cabeza y lo dejó caer de lleno sobre el táctil
de cuatro pulgadas que se quebró al instante. La pantalla ahora no
era más que un embrollo de telarañas propias de vidrio roto. Volvió a
alzar el mazo, esta vez parecía mucho menos pesado. Sentía cómo la
furia corría por sus venas a lo largo de sus brazos hasta llegar a las
manos, profiriéndole una fuerza que no conocía. El mazo cayó por
segunda vez, luego una tercera, una cuarta… hasta que perdió la
cuenta.
Cuando se detuvo, pensando que sería suficiente, se percató que
había cerrado sus ojos inconscientemente. Al abrirlos, vio que lo que
unos segundos antes había sido el compañero perfecto de su madre,
ahora era casi irreconocible e inútil.
Sobre la tabla de madera no había más que una protuberancia
tecnológica cubierta de pequeños pedazos de lo que quedó de la mica
del táctil. Ya no existía pantalla, cámara, o botón alguno; solo un
reguero de trozos de plástico de carcasa, vidrios y chips.
Se puso en pie y se detuvo debajo del marco que conectaba la sala
con la cocina, desde donde se había asomado hacía unos minutos
para mirar a lo lejos por la ventana. Divisó a su madre, quien ya venía
de regreso.
Volvió a la escena del crimen. Juntó todos los pedazos sobre la
tabla, asegurándose de recoger también las partes que habían saltado
fuera, para luego tirarlo todo dentro del cubo de basura de la cocina.
Guardó precipitadamente el mazo y la tabla donde las había
conseguido, no sin antes limpiar las pequeñas partes que quedaban
del teléfono a manotazos. Abrió nuevamente el cubo de basura para
tirar un par de servilletas que taparan lo que había hecho.
Lanzó una carrera hacia su habitación, y para cuando pisaba el
último peldaño, escuchó a su madre llegar. Thomas se abrió paso
silenciosamente a través del pasillo como espía en una misión secreta,
caminando de puntas. Abrió la puerta lo más suave posible, sin que
esta emitiera ruido alguno. La cerró del mismo modo.
Se tiró de bruces sobre su cama. Dio media vuelta sobre la colcha
hasta quedar ahora de espaldas mirando el techo. No pudo evitar
soltar una risa maquiavélica. Se sentía relajado, tranquilo y satisfecho.
No había culpabilidad alguna, pues había hecho lo que su cuerpo y su
mente pedían.
Ya conocería las consecuencias, pero mientras tanto, era mejor reír.
5
La casa estaba tan silenciosa como la había dejado cuando salió.
«Tan limpia y tan solitaria», pensó Elizabeth. Sabía que la
comodidad que se sentía en casa antes de que su esposo muriera,
quizá no iba a volver nunca más. Pero se hacía lo mejor posible por
intentar seguir adelante, como deben hacerlo todas las personas al
pasar por acontecimientos trágicos. A diario mueren personas, en todas
partes del mundo, y aun así las sociedades se mantienen en constante
crecimiento, ¿no?
El gruñido de la bestia del hambre en su estómago la sacó de sus
pensamientos para recordarle que debía alimentarse. Percibió la risa
de Thomas en la lejanía de su habitación, pero no le prestó mayor
atención.
Comenzó a pensar en su hijo, tan jovial y sonriente la mayor parte
del tiempo. Ya no era un niño, y quizá lo fuera mucho menos en los
próximos años. En un parpadeo —y sin darse cuenta apenas—, ya
estaría cruzando aquella puerta para despedirse de su vida de
dependiente y emprender un camino propio. La idea la entristeció.
Su estómago nuevamente le recordó que había vida a su alrededor
y que no podía pasar todo el tiempo vagando en sus pensamientos.
¿Qué necesidad tenía de pensar todo aquello en ese momento?
Seguramente estaría delirando del hambre. Sí, eso era.
No se preocupó por preparar gran cosa de almuerzo: carne asada
con puré de papas. Mientras cocinaba, percibía algo extraño en su
alrededor, como si alguien hubiera entrado a mover las cosas. Pero
todo estaba en orden.
—Estas delirando, mujer —le comentó a la papa que pelaba en ese
momento.
Media hora después llamaba a Thomas, apoyada sobre la
barandilla de la escalera en dirección al segundo piso donde se
encontraba su habitación y la de Thomas.
La comida estaba servida sobre la mesa. Mientras Thomas se
decidía bajar a comer, Elizabeth se dedicó a buscar su teléfono para
comentarle a Martha sobre la nueva vecina. Ambas hablaban por
teléfono alrededor de cinco veces por día; su solterona amiga en
constante búsqueda de chance con algún hombre siempre tenía algo
que contarle.
Hasta donde recordaba, había dejado el teléfono sobre la mesita
que sostenía el florero que había movido aquella mañana mientras
hablaba con Martha, instantes antes de divisar el camión de mudanzas
a través de la ventana.
Allí no había más que el escuálido florero con una cala de plástico
dentro, como esperando compañía de otras flores plásticas. Aquello la
extrañó, pero llegó hasta ahí. Seguro lo habría dejado en otro lado y
simplemente no recordaba.
Miró de un lado a otro, rastreando con sus ojos como dos policías
buscando un ladrón en la oscuridad.
Nada.
De pronto se sobresaltó por el ruido de Thomas al bajar las
escaleras a trompicones.
—¿Por qué tienes que bajar como un elefante? —regañó Elizabeth.
—Lo siento —replicó Thomas con un hilillo de voz que a poco
percibió.
Elizabeth echó una última ojeada a su alrededor mientras se
sentaban en la mesa. Ya buscaría luego con mayor detenimiento.
Así como en el desayuno, lo único que los acompañaba era el
sonido de los cubiertos al chocar con los platos de cerámica —esta vez,
el televisor se hallaba apagado—. Aquel silencio enfermaba a
Elizabeth, pero en cambio a Thomas parecía no importarle. Como
siempre, se limitaba a mirar su plato hasta terminar con todo. Eran
contadas las veces que su hijo comentaba algo en la mesa durante
alguna comida.
Sabía que no era un niño callado, ni mucho menos tímido, pues
siempre que lo iba a buscar a la escuela se hallaba rodeado de gente.
Veía cómo reían y jugaban hasta el cansancio. Supuso que sería el
efecto de las vacaciones, o quizá simplemente no le gustaba hablar en
la mesa. Es casi imposible a veces descifrar las acciones que aplican
los jóvenes a su forma de ser.
—Escuché que reías en tu habitación mientras cocinaba. —Fue lo
primero que se le ocurrió decir para romper aquel silencio sepulcral—.
¿Qué era tan gracioso?
Elizabeth soltó una pequeña risa acompañada a esto último para
mostrarse graciosa ante su hijo. Thomas alzó la mirada del plato,
dejando de darle vueltas en círculos sin sentido al puré de papas.
—Oh. Fue algo que leí en un libro, sí —respondió. No parecía muy
seguro de lo que decía. Elizabeth supuso que quizás el cansancio que
proporcionaba aquella hora habría dado aquel tono confundido a su
voz.
—Thomas, ¿de casualidad has visto mi teléfono?
—N-no —titubeó—. ¿Por qué?
—Lo estuve buscando, recuerdo haberlo dejado sobre la mesita del
florero antes de salir. —Mientras decía esto, miraba de un lado a otro
nuevamente con la vaga esperanza de divisarlo. Intento fallido.
—No he salido de mi habitación, qué voy a saber —respondió con
tono obstinado.
Qué extraño. ¿Cómo podría desaparecer así por así un teléfono?
Hasta donde sabía no le salían piernas y decidían irse de casa. Ya
buscaría con mejor calma.
—Esta noche viene Hanna —comentó.
—¿Quién? —replicó Thomas arrugando la cara.
—Hanna, la nueva vecina —explicó Elizabeth—. La invité a cenar.
—Hum… hoy no ceno entonces.
—¿Por qué? —inquirió—. ¿Por qué no habrías de cenar?
—Porque seguro preparas toda la comida para ella —completó
seriamente, mirándola a la cara con ojos penetrantes—. Tal como
ocurrió con la tarta.
—¡Thomas!
—Pero está bien, no tengo problema en quedarme en mi habitación.
Aquello le dolió y le molestó a la vez. Las palabras habían llegado a
sus oídos y corrían a través de su cuerpo como una corriente eléctrica
que la hizo estremecerse.
—Te dije que te prepararía una, ¿desconfías de las palabras de tu
madre?
—¡Pues resulta que ya ni quiero! —concluyó Thomas, parándose a
regañadientes de la mesa mientras llevaba el plato con restos de carne
al fregadero.
Elizabeth abrió la boca para responder, pero terminó mordiéndose
el labio tragándose sus palabras. «Son solo niñerías», se dijo a sí
misma en un intento por calmarse. Lo mejor sería no seguir discutiendo.
Terminó de comer sola, acompañada no más que por el silencio con
el que habían empezado; solo que ahora el aire estaba impregnado
por una tensión madre-hijo que solo una discusión puede conseguir.
Elizabeth no se sentía muy bien. Sabía que la comida quizá tampoco le
sentaría bien, por lo que dejó el plato a un lado para detenerse a
pensar. Pero por otro lado, amortiguaba su malestar a sabiendas de
que tendría un evento esa noche que variaría su día. Seguro Thomas
lograba entablar una buena relación con Hanna, así como le había
parecido a ella.
Siguió a Thomas con la mirada mientras cruzaba la estancia. Le
sorprendió que este se detuviera al inicio de la escalera para volverse
hacia ella con una sonrisa pícara entre sus labios.
—Por cierto, vi tu teléfono en la papelera de la cocina. No se veía
muy bien —comentó Thomas antes de seguir su camino hacia su
habitación.
Elizabeth abrió los ojos como platos, emocionada. ¡Su teléfono!
¿Cómo había llegado a la papelera? No importaba, mientras estuviera
allí todo estaría bien. Corrió desde la mesa casi tumbando de un
puntapié la silla en la que estaba sentada. Esta se tambaleó, pero
consiguió equilibrarse al final. A mitad de camino estuvo cerca de
caerse de bruces tras enredarse con sus propios pies.
Sacó la papelera de su base para poder manipularla mejor.
Emanaba un olor fétido a comida descompuesta propia de una
papelera a medio rebosar. A primera vista no lo encontró. Metió sus
manos allí sin importarle el olor, escarbando entre los desechos que
había lanzado mientras preparaba el almuerzo y el desayuno. ¿Cómo
podría haber ido a parar su teléfono allí? No tenía la menor idea. Lo
único seguro era que estaba haciendo el papel de estúpida, como una
niña malcriada que juega con la basura. ¿Tan bajo había caído? O,
más importante aún, ¿realmente estaba ahí su teléfono? Aquello no
tenía lógica, pero escarbando un poco más, encontró algo.
Sí, allí estaba. Sostuvo entre sus manos la protuberancia que
aquella mañana había usado con plena normalidad, sin imaginar
siquiera que pudiera ser posible lo que estaba viendo; no solo viendo,
tocando.
Por cierto, vi tu teléfono en la papelera de la cocina. No se veía muy
bien.
La voz de Thomas vino a su cabeza acompañado de un torbellino
de emociones y confusión. Lástima que ahora entendía con claridad
aquellas palabras.
¿Por qué haría tal cosa?
6
—¡THOMAS! —gritó su madre desde el otro lado de la puerta,
lanzando fuertes golpes a la madera—. ¡ABRE LA PUERTA!
Thomas se hallaba hecho un ovillo en la esquina de su cama,
temblando y sudando. Se preguntaba qué sería de él si no hubiera
pasado el seguro de la puerta, dejándolo aislado en la seguridad de
su habitación.
—¡THOMAAAS! —volvió a gritar, esta vez con más fuerza.
No respondía a los llamados de su madre. Si abría la puerta seguro
lo levantaría por el cuello hasta matarlo o algo parecido, no podía
permitirse aquello.
Calculaba que habían pasado alrededor de media hora de gritos y
golpes a la puerta cuando estos empezaron a amainar hasta ser un
simple llamado de misericordia. Thomas ya se imaginaba viviendo en
su habitación el resto de sus días. No estaría tan mal, pero ¿qué iba a
comer? Bueno, ya resolvería eso.
De pronto se hizo el silencio al otro lado. Thomas deshizo el ovillo
de sábanas en el que se hallaba envuelto para caminar a pasos lentos
hasta posicionarse frente a la puerta. Pegó la oreja a la madera hueca,
que le trasmitía el ligero sonido de algo parecido a una bomba de aire,
que se inflaba y desinflaba una y otra vez. Era la respiración de su
madre, que al principio constante, empezaba a entrecortarse por un
llanto mudo.
Aquello le hizo sentir que su corazón se encogía hasta conseguir el
tamaño de una habichuela; suficiente para mantenerlo con vida, pero
no para sentirse bien. ¿Había actuado correctamente con lo del
teléfono? No, estaba seguro que no. De una forma o de otra debía
pagar las consecuencias.
En la vida existen dos tipos de consecuencias a nuestros actos: las
físicas y las morales. Unas dolían más que las otras, y Thomas estaba
seguro que en aquel momento hubiera preferido una tunda de
nalgadas a escuchar a su madre llorar.
—Thomas… —un leve susurro, entrecortado y triste desde el otro
lado. Apenas lo percibió.
Su madre sabía que él estaba allí de pie.
—¿Si abro prometes no matarme? —aventuró Thomas.
Escuchó una risa ahogada al otro lado. Aunque más llegó a sus
oídos como un esbozo de sonrisa sonoro que le hizo sentir una calidez
indescriptible.
Quitó el seguro de la puerta y la abrió con cuidado para
encontrarse con su madre sentada en el piso con la cabeza entre las
rodillas.
Elizabeth se puso de pie en silencio y cruzó la habitación hasta
llegar a la cama, donde se sentó golpeando suavemente la colcha dos
veces mientras miraba a Thomas junto a la puerta. Él captó la seña y se
sentó junto a ella.
—¿Estás molesta? —preguntó Thomas. Fue lo primero que salió de
su boca. ¿Qué clase de pregunta era aquella? ¡Por supuesto que
estaba molesta!
—¿Por qué lo hiciste? —espetó Elizabeth haciendo caso omiso a la
pregunta de su hijo.
Thomas tenía la cabeza gacha, mirando con perdida curiosidad el
linóleo que cubría el suelo de su habitación. ¿Qué se supone que
podría responder a aquello? Simplemente no podía excusarse y decir
que cayó allí por arte de magia.
—Porque… estaba molesto —dijo en voz baja, en un intento por
justificarse.
Esto no cambió la cara de su madre, que lo miraba con unos ojos
tan severos que le hacían sentir que cargaba un gran peso encima. El
peso de la culpa.
—¿Sabes lo mucho que cuesta un teléfono?
—¿Mucho? —Otra pregunta tonta, no podía evitarlas.
Elizabeth cerró los ojos y respiró profundamente en ademán
reflexivo para luego posar una vez más la pesada mirada sobre él.
—No entiendo por qué lo hiciste, Thomas. —El labio de Elizabeth se
estiró hacia un lado con expresión decepcionada—. No sueles
comportarte así. ¿Qué ocurre?
Thomas no respondió. Se limitó a seguir con la cabeza agachada.
¿Qué podía responder? Ya no le quedaban preguntas tontas ni forma
alguna de excusarse. Su respuesta a la pregunta de su madre fue
llorar. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas mientras su
respiración se entrecortaba y se hacía forzosa en su congestionada
nariz.
Elizabeth no pudo hacer otra cosa que posar una compasiva mano
sobre su cabello, donde con una leve presión, consiguió apoyar la
cabeza de Thomas sobre su regazo. Ignoraba cuándo había sido la
última vez que había recibido tal muestra de amor por parte de su
madre. Aquel gesto le hizo llorar aún más; intentaba hacerse el fuerte,
pero las lágrimas eran inexorables. No eran lágrimas de tristeza, eran
de pura felicidad; la felicidad que le generaba el sentir el calor de su
madre.
—¿Qué tal si dejamos todo hasta aquí, Thomas? —preguntó su
madre mientras le acariciaba el cabello. Sintió una gota caliente que
cayó sobre su mejilla. Ella también lloraba.
Thomas no respondió, se limitó a asentir con la cabeza.
—Mañana me acompañas a comprar un teléfono nuevo, ¿sí?
—Lo siento —susurró Thomas.
—Tranquilo, hijo. A veces hacemos cosas sin pensar. —Una
pequeña pausa para añadir severamente—: Es cuestión de ser
conscientes de nuestros actos.
—Entiendo. —Su voz ya no se cortaba, empezaba a calmarse.
Desde pequeño, Thomas había sentido siempre más apego hacia
su padre; ambos compartían los mismos gustos, lo que creaba una
empatía especial entre los dos que con su madre —a pesar de que la
quería mucho igualmente—, nunca había sentido. Pero aquellos
segundos sobre su regazo parecían la excepción. La muerte de su
padre los había destrozado. Incluso aunque hubieran pasado ya dos
años del accidente, la tristeza siempre salía a flote en la casa. Su madre
en su tristeza, se escondía tras una constante llamada telefónica,
alejándola de él incluso viviendo en el mismo hogar. En ese momento,
Thomas entendió el valor de la familia: cuando un miembro es
arrebatado por el destino —o quien sabe qué razón—, los restantes,
fuera de buscar cada uno sumergirse por un camino de distracción,
deben enfrentar los hechos y darse fuerza unos a otros; demostrando
que muchas veces, lo único que necesitamos, es un abrazo y una
charla sincera en la habitación.
Les había tomado dos años para comprender aquello. «Debí haber
roto aquel trasto hace mucho tiempo», pensó Thomas. Y estaba
dispuesto a romper todos los que fueran necesarios.
7
—¿Me ayudas a preparar la cena? —preguntó Elizabeth.
Thomas se incorporó junto a ella, enjugándose la cara.
—¡Claro! —respondió con una sonrisa.
Aquella fue una tarde especial. Empezaron por limpiar la sala —más
de lo que ya estaba—, trapeando todo el linóleo de madera pulida.
Movieron los muebles de posición para limpiar las cavernas de polvo
que se formaban debajo de estos. El baño de visitas (al norte de la
sala, junto a la cocina), recibió también su merecida lavada.
Hacían un buen equipo. Elizabeth realizaba la mayor parte del
trabajo, pero se veía apoyada por su hijo, quien le facilitaba todo lo
que le pedía y la ayudaba pasando el cepillo de aquí para allá.
Percibía que aquello no lograba mucho, pero dejó a Thomas tranquilo
y feliz haciendo su trabajo.
La planta baja de la casa se hallaba ahora impregnada por el
aroma propio de la limpieza.
Pasaron luego a la cocina, donde juntos hicieron un desastre
jugueteando como dos niños, mientras cocinaban un pollo al horno
que despedía un olor que haría babear a cualquiera.
Ya era de noche para cuando terminaron. La mesa, cubierta con un
mantel blanco de bordes dorados, cargaba con toda la comida que
habían preparado en una presentación propia de restaurante de lujo.
—Podríamos montar un puesto de comida, ¿eh? —le comentó a su
hijo, admirando cansina y orgullosamente todo lo que habían hecho.
—Ya lo creo.
8
Thomas se había arreglado por pura decencia. Decidió que al final,
luego de haber visto lo buena que había quedado la comida, no podía
permitirse perdérsela. Había hecho todo lo que hizo solo por compartir
buenos momentos con su madre; momentos que estaban muy escasos
últimamente. Y estaría equivocada si creía que estaba emocionado por
conocer a la vecina. Simplemente no. Tenía un presentimiento sobre
quién pudiera ser, que aun sin conocerla, no le convencía en nada.
No pasó mucho tiempo antes de que tocaran a la puerta. Su madre
abrió, encontrándose con la tal Hanna erguida frente a ella al otro lado
de la puerta en una clara noche estrellada. Thomas admiraba la
escena desde los barrotes de la escalera, como un espía en una
misión secreta, sin decidirse aún a bajar por completo. Una corriente
de aire frío se escabulló por entre la puerta, alcanzando el punto de
vigilancia de Thomas y provocándole un escalofrío.
—¡Hola! —saludó Elizabeth—. Pasa, estás en tu casa.
La mujer entró. Vestía una ropa que la hacía ver muy elegante a
pesar de la sencillez de la misma. Cargaba algo en la mano: una tarta.
Thomas pudo evidenciar al instante que se trataba de la misma que
había preparado su madre aquella tarde.
—¡Oh! —exclamó su madre al ver la tarta—. Creo haber visto esto
antes.
—Sí. No tuve tiempo de preparar algo, así que me decidí a traer la
tarta para compartirla con ustedes.
Aquello le provocó una rabia interna a Thomas, quien fruncía ahora
el ceño sin darse cuenta. Le regalan una tarta y la devuelve. ¡Es una
malagradecida!
—Excelente, puedes sentarte donde gustes. —Elizabeth hablaba
de espaldas mientras cerraba la puerta.
—Por cierto —inició la mujer, que ahora se había acomodado en
uno de los sofás; el favorito de Thomas—, ¿dónde está tu hijo?
Thomas se estremeció tanto sobre su puesto de vigilancia al
escuchar aquella mención, que pensó que caería rodando por las
escaleras.
—¡Thomas! —llamó Elizabeth—. ¡Ven aquí!
Por un momento dudó en qué hacer. Podría volver y encerrarse en
su habitación tal como había prometido a su madre aquella tarde
cuando estaba molesto, pero al final se decidió en bajar.
Bajó lentamente cada escalón, pisando con firmeza, muy pendiente
de que sus pies no se tropezaran lanzándolo de cabeza a una posible
muerte. Sentía cómo aquella mujer, sentada en el mueble con las
piernas cruzadas, le seguía con su mirada malévola. Thomas intentaba
no hacer contacto visual, y se limitó a mirar al infinito mientras se
acercaba.
—Mucho gusto. —La mujer estiró la mano hacia Thomas mientras
hacía un esfuerzo por levantarse del sofá—. Soy Hanna, un placer
conocerte…
—Thomas —consiguió responder, cortante como guillotina a papel.
Estiró la mano por puro gesto de decencia y educación, para luego
sentir un desagradable apretón por parte de la mujer.
Elizabeth miraba la escena sonriente. No parecía notar la tensión
que ya empezaba a sentirse en el ambiente.
—¿Tienen hambre? —preguntó Elizabeth mientras colocaba la tarta
que había traído Hanna sobre la mesa junto a todo lo demás.
Thomas y Hanna miraron al unísono la mesa repleta de comida. La
imagen hizo babear a Thomas. En cambio, Hanna se limitó a sonreír.
—¡Yo sí que tengo hambre! —comentó Thomas con aire malcriado.
Se posicionó en su puesto habitual de la mesa para mirar con ojos
resplandecientes el pollo que aún humeaba.
—Bueno, a comer entonces. —Elizabeth lanzó una mirada
disimulada de reproche sobre su hijo, quien ya empezaba a picar.
Al principio se dedicaron a comer nada más. Sin hablar.
Thomas veía su plato, lanzando cada tanto miradas fugaces a
Hanna. Miradas que esta parecía captar haciendo caso omiso.
En una que Hanna se detuvo a beber algo de agua, la mujer
aprovechó para romper el silencio.
—Thomas, ¿qué estudias? —inquirió.
Levantó levemente la mirada del plato para poder ver a la mujer a la
cara, pero se detuvo a mitad del proceso, mirando a la nada como
cuando se intenta escuchar algo en la lejanía. Volvió los ojos al plato.
El gesto de indiferencia le ganó un puntapié por parte de su madre
por debajo de la mesa.
—Thomas, te hicieron una pregunta —reconvino Elizabeth con voz
gruesa.
—Empiezo la secundaria este otoño —respondió Thomas sin mover
la cabeza del plato.
—Me alegro. —Su respuesta mostraba una alegría hipócrita que
Thomas estaba seguro su madre no había notado.
El silencio volvió a inundar la estancia. Esta vez no era por el simple
hecho de que estuvieran muy ocupados masticando, sino que ahora
aparecía una tensión que hacía un tanto incómoda la cena, como
inyectada en el aire que respiraban.
Habían devorado ya la mitad del pollo. Thomas comía lo más rápido
posible pero sin mostrarse como un animal frente a su madre. Sabía
que mientras más pronto acabaran con la comida, más rápido se iría
Hanna.
—Cuéntame, Hanna, ¿qué te trae a Valle Cristal? —indagó
Elizabeth.
Hanna levantó la mirada del plato apenas oír la pregunta, soltó los
cubiertos para limpiarse los labios con la servilleta y se decidió ahora a
responder con tranquilidad:
—Hace un tiempo que no conseguía trabajo en Billyns. La ciudad se
está sumando a una mala racha de desempleo que tiene a muchos en
la calle. —Parecía decepcionada al hablar—. Al final logré dar con una
compañía automotriz donde me ofrecieron trabajo en uno de sus
concesionarios, aquí en Valle Cristal.
—No tenía ni idea de lo del desempleo en Billyns —comentó
Elizabeth con cara de sorpresa.
—Sí, es bastante difícil. Por eso tuve que buscar otras opciones, y
Valle Cristal me ofreció la oportunidad.
Elizabeth lanzó una mirada a la bandeja de pollo. Ya casi no
quedaba.
—¿Qué tal la comida? —preguntó.
—¡Muy buena! Te felicito —exclamó Hanna. Aquello no sonó
hipócrita a oídos de Thomas, pues de verdad que estaba deliciosa
—.Yo como que mejor vengo a comer para esta casa más seguido.
Ambas mujeres rieron a carcajadas por el comentario. Aquello a
Thomas no le generó nada más que pena; quizá llegara el día de su
muerte y seguiría sin entender el sarcasmo absurdo e hipócrita de los
adultos. No veía la hora de retirarse y encerrarse en su habitación
hasta el día siguiente.
Terminaron de comer por fin. Elizabeth se paró para recoger los
platos, regresando de la cocina con una botella de vino en una mano y
dos copas de cristal en la otra. Destapó la botella, llenó las copas a la
mitad, para acto seguido dedicarse a cortar la tarta de vainilla. «Seguro
la envenenó», pensó Thomas, lanzado una mirada de reojo a Hanna.
—Un brindis por todas las cosas buenas que vendrán a tu vida en
esta nueva etapa: trabajo, amigos y quién sabe qué más —discursó
Elizabeth, alzando la copa a lo alto mientras hablaba.
—¡Que así sea! —exclamó Hanna, chocando copas para luego
beberse un largo trago.
Toda la escena le generó a Thomas una incomodidad enfermiza.
Creyó que vomitaría si seguía allí mucho más.
Elizabeth puso un buen trozo de tarta frente a cada uno. Thomas lo
examinó con cuidado en busca de algo extraño, y no lo tocó hasta que
Hanna le dio un mordisco a su pedazo. Esto le dio la tranquilidad de
que quizá, no estaba envenenado.
—Está exquisita —alagó Hanna.
—¡Gracias! Aprendí a hacerla en un curso de dulces que hice hace
algún tiempo. —Se detuvo un momento para añadir—: Poco antes de
que muriera mi esposo.
Esto último generó incomodidad en todos los presentes. Thomas se
mordía el labio con la mirada perdida en el postre. Su respiración se
tornó forzada de pronto.
—¿Qué le sucedió a tu esposo?
Thomas soltó el pedazo de tarta que se llevaba a la boca. ¿Qué
carajos le importaba a ella lo que le hubiera ocurrido a su padre?
—Hace alrededor de… —empezó Elizabeth.
—No te importa —sentenció Thomas, cortando las palabras de su
madre.
Hanna frunció la nariz, extrañada y sorprendida, apoyando sobre
la mesa la copa de vino.
—¿Disculpa? —preguntó Hanna, no porque no había escuchado,
sino para asegurarse de lo que había oído.
—¡Thomas!
—¡LO QUE OÍSTE! —estalló Thomas—. ¡LO QUE LE PASÓ A MI PADRE
NO TE IMPORTA!, ¡LOCA!
Thomas tomó lo primero que encontró. Su mano se cruzó con la
copa de vino a medio beber de su madre. La lanzó con todas sus
fuerzas en dirección a Hanna quién, por unos centímetros, consiguió
esquivarla de milagro, para posteriormente explotar en mil pedazos al
chocar contra la pared detrás de la mujer, dejando una amplia mancha
morada sobre la pared y parte de la alfombra.
Consciente de lo que había hecho y en los problemas en los que
estaba (recordó también el incidente del teléfono celular. Ya iban dos
en un día, llevaba buena racha), consiguió levantarse de la mesa casi
tropezándose, e inició su carrera por las escaleras. No le importó subir
como un elefante los escalones, tampoco lo hizo haber lanzado la
puerta de su habitación lo más fuerte posible, retumbando al chocar
contra el marco. Y por último, mucho menos le importaron las lágrimas
que dificultaban su visión, corriendo por sus mejillas y saltando al piso.
9
La lista de cosas que sentía era larga. Estaba sorprendida,
anonadada, impactada, mareada y sobre todo, confundida, muy
confundida. «¿Por qué?», era lo único que pasaba por su mente.
Estaba enmudecida. Sentía que le habían cortado la lengua y no
podría hablar el resto de su vida. ¿Era cierto lo que había sucedido?
Quizá todo había sido un sueño y se despertaría pronto. Solo
necesitaba un pellizco que la sacara de allí, pero sus brazos no tenían
la fuerza suficiente siquiera para alzarse.
Tenía la mirada perdida en las escaleras por donde segundos
antes había subido Thomas. Pero el problema no estaba en las
escaleras, estaba detrás de ella. Consiguió girar sobre sí. Hanna
seguía en su puesto con los ojos abiertos como platos. Casi parecía
que fueran a salir de sus cuencas. Tenía la boca ligeramente abierta
como quien ha presenciado la muerte de su personaje favorito en una
película. Miró la mancha de vino sobre la pared. No le costaría mucho
quitarla, lo que realmente le dolía era lo que había caído sobre la
alfombra ocre que protegía el suelo bajo la mesa con su suave
poliéster; sabía que no podría hacer nada para recuperarla.
¿Qué le podría decir a Hanna? ¿Qué explicación podría darle?
Debía empezar por algo, pero primero debía recordar cómo hablar.
Abrió la boca, pero de ella solo consiguió proferir un sonido ahogado
ininteligible.
—C-casi m-me mata… —La voz de Hanna era un hilillo de voz que
se perdía en el aire. No parpadeaba, no se movía. Su rostro había
perdido cualquier matiz.
—Lo siento mucho —consiguió decir Elizabeth.
—¿Hice algo malo?
Elizabeth se detuvo entre sus enredados pensamientos en busca
de una explicación; nada tenía sentido, la mujer solo había hecho una
pregunta para cuando Thomas estalló.
—¡No! —exclamó apenada—, para nada. No entiendo por qué lo
hizo, Thomas nunca se comporta así. Él…
Recordó el incidente del teléfono, justo ese mismo día. ¿Le estaría
pasando algo a Thomas? Quizá debería considerar llevarlo a un
psicólogo. Este pensamiento la hizo estremecerse al instantáneamente
asociar el trabajo de estos profesionales con la locura de la gente.
¿Estaría loco su hijo? No… no podía ser cierto, se lo negaba a sí
misma, pero lo ponía en duda al mismo tiempo.
—Yo creo que es hora de que me vaya a casa —comentó Hanna,
poniéndose de pie—. ¡Oh, Dios, qué desastre! Déjame ayudarte a
limpiar primero.
—No te preocupes. Ve a descansar, has tenido un largo día. —
Mientras hablaba, Elizabeth buscaba una pala plástica y un cepillo—.
¡Qué pena! En serio, estas cosas nunca pasan. Yo…
Dejó las palabras allí, no podía añadir nada más.
Era la primera vez que veía a Thomas actuar de ese modo. Nunca
se había mostrado así con nadie más, ni siquiera cuando estaba con
Martha, a quien siempre había recibido con gran indiferencia.
Tras su insistencia, Elizabeth terminó aceptando la ayuda de
Hanna. La copa había estallado en mil pedazos, así que fue una tarea
más o menos tediosa. Pero juntas recogieron cuanto vidrio divisaron, y
limpiaron la pared sin mayor problema. Al final se quedaron de pie,
admirando la alfombra.
—No creo que salga —señaló Hanna.
—Qué lástima, me encantaba como se veía —comentó entristecida.
Ayudada por Hanna, movieron la mesa de madera para retirar la
alfombra a un lado hasta dejarla enrollada contra la pared. Elizabeth la
miraba con angustia.
Era bastante tarde para cuando dejaron todo como estaba (o en
parte). Elizabeth acompañó a la mujer hasta la puerta. La noche se
mostraba solitaria, salpicada de estrellas seguidas por una fría brisa
que podría helar a cualquiera tras mucho tiempo de exposición.
—Nuevamente, lo siento mucho —dijo Elizabeth con la cabeza
gacha—. Espero perdones a mi hijo, prometo que recibirá su debido
castigo.
—No te preocupes —respondió Hanna, casi cortando sus palabras.
Consiguió esbozar una sonrisa cansina—. Todo está bien.
Un segundo de silencio se interpuso entre ambas.
—Por cierto, mañana necesito comprar un par de cosas. —La
alfombra estaba metida en ese paquete de cosas por comprar—.
Puesto que eres nueva en la ciudad, quisiera preguntarte si te gustaría
acompañarme al Parque Azul. Es un centro comercial, de los mejores
en la ciudad.
—No sé, Elizabeth. Tendría que pensarlo.
—Te invito a un almuerzo allá, como forma de disculpa.
—Oh —sonrió Hanna. A pesar de que se le notaba a leguas el
cansancio que cargaba encima, la mujer se mostró interesada al
escuchar la propuesta de Elizabeth—. Sí, claro. Yo te acompaño.
—Bien, ¡nos vemos entonces!
—¡Seguro! Que pasen buenas noches —se despidió Hanna,
encaminándose de vuelta a su nuevo hogar.
—Buenas noches —concluyó Elizabeth cerrando la puerta con
llave.
Ya acostada sobre su cama, sentía la fuerza de la gravedad como
un gran saco de cemento que aplastaba cada uno de sus cansados
músculos. Quería dormir, que la noche pasara lo más rápido posible.
Decían que al amanecer los remordimientos del día se olvidaban; si así
era, pues quería sumergirse en un profundo sueño que no lograba
conciliar. Su mente, que era un revoltillo de pensamientos, no se lo
permitía.
Extendió sus extremidades a lo largo y ancho de la cama. Sus
huesos crujieron, proporcionándole una sensación de alivio pasajero.
Qué grande le parecía aquel colchón que sostenía su cuerpo. El frío
espacio junto a ella, que en otro momento suponía una fuente de calor
especial, se había esfumado de su vida para siempre.
«Qué difícil es todo», pensó Elizabeth, quien entre lágrimas, se
perdió en las garras del sueño. Pero lo que no sabía, es que lo
realmente difícil solo estaba por empezar.
SEGUNDA PARTE
1
Si ya era bastante incómodo cargar con el recuerdo de la copa
contra la pared casi quebrándose en la cabeza de la vecina nueva,
viajar en el mismo auto con ella rompía los límites de su incomodidad.
Sentado en el asiento de atrás del Honda de su madre, Thomas se
hallaba diagonal a Hanna. «¡Y encima en mi puesto!», quiso decirle,
mientras miraba a la mujer con aborrecimiento. El ángulo en el que
estaba le permitía a Thomas analizarla sin que se diera cuenta.
¿Realmente podría aguantar la presencia de la mujer durante todo
el día? Lo dudaba, pero haría el intento, así como había prometido a su
madre aquella mañana.
—Vamos, es hora de levantarse —decía la voz de su madre en la
lejanía del sueño, mientras Thomas sentía cómo el sol, que salía en
todo su esplendor, caía de lleno en su rostro a través de la ventana,
haciendo imposible el seguir durmiendo. Odiaba que lo despertaran.
Thomas consiguió incorporarse a duras penas, no sin antes
restregarse los ojos con las manos. Quería dormir una semana
entera… no, un mes mejor; quizá hasta un año si se lo permitían. ¿Cuál
era la necesidad de sacarlo de sus dulces sueños en un día de
vacaciones?
—¡Párate! —regañó Elizabeth.
—¿Para qué? —preguntó indignado. Sus palabras se
distorsionaron en un amplio bostezo.
—Vamos al Parque Azul, ¿recuerdas?
Su mente emitió un largo «NOOO» que por suerte no salió de su
cabeza, salvándole de ganarse una posible zarandeada que lo
tumbara de la cama.
—Hanna va con nosotros —añadió—, procura no matarla.
—¿Qué? —preguntó Thomas en tono molesto, no porque dudara
que fuera cierto, sino porque estaba seguro de ello.
—Sí, y debes pedirle disculpas —amonestó Elizabeth—. Empieza a
vestirte.
Thomas por alguna razón, después de lo de la noche anterior, no
esperaba tener nuevamente la charla emocional y el encuentro
sentimental con su madre así como había sucedido tras destrozar el
teléfono celular; y así ocurrió, Elizabeth se había limitado a hablarle en
tono de regaño toda la mañana.
—¿Te disculparás con Hanna? —insistió su madre, mirando con
pesados ojos a Thomas, ubicados ahora en la sala a punto de salir.
—Sí. —Faltó poco para que Thomas respondiera lo contrario, pero
cargaba un cansancio psicológico propio de quien ha dormido en una
mala posición que no le permitía pensar ni hablar coherentemente a su
parecer.
—Muy bien. ¿Prometes además que te comportarás? —Lo miraba de
una forma que le hacía sentir culpable de un crimen.
—Sí —repitió, y salieron de la casa alrededor de las once de la
mañana de un 23 de julio.
Al final, el momento de disculpa entre Hanna y él terminó siendo más
incómodo que reparador, como previó que sería. Se limitaron a darse la
mano, con la cabeza gacha evitando ante todo cualquier tipo de
contacto visual que comprometiera sus sentimientos.
Y allí estaba ahora, sentado en el asiento de tela a brazos
cruzados.
Tras media hora de viaje a través de las principales calles de la
ciudad, llegaron al centro comercial. La construcción se alzaba
majestuosa pero sin ser muy alta, ya que solo contaba con un piso,
rodeada de una extensión de concreto comprendido por el gigante
estacionamiento.
Aparcaron cerca de la entrada, y al bajar, sintieron cómo el sol de
mediodía parecía derretir sus cuerpos hasta el punto de hacerse
desesperante.
—¡Dios mío, qué calor! —exclamó Elizabeth.
—Vaya que sí —asintió Hanna, escurriéndose una gota de sudor
que corría por su frente.
Thomas hizo caso omiso de los comentarios de las mujeres. Ni
siquiera le pasaba por la mente añadir algo; así como lo había hecho a
lo largo del viaje hasta allí, donde no emitió palabra alguna.
Cuando pensaron que el calor les provocaría un desmayo, una fría
corriente de aire contrarrestó toda sensación de sofoco. ¡Dios bendiga
al que haya inventado el aire acondicionado!
—Bienvenidos al Centro Comercial Parque Azul, que pase un buen
día en nuestras instalaciones —anunció una voz robótica de mujer a
sus espaldas a través de un altavoz que había sobre la puerta de
vidrio mecánica.
Aquella voz artificial le provocó una extraña tristeza, acompañada
del frío aire que secaba sus ojos y casi le hacía llorar. A pesar del vago
intento de disculpa que le había dado a Hanna, se seguía sintiendo
mal por la mujer; porque la copa no le había dado en la cara.
Miró de refilón a Hanna que caminaba junto a su madre. Aquel iba a
ser un largo día.
2
—¡Es inmenso! —exclamó Hanna fascinada, admirando el amplio
pasillo que se presentaba ante ella, delimitado por un margen
comprendido de todo tipo de tiendas: ropa para hombres y para
mujeres, para niños, jugueterías, librerías, tiendas de equipos
eléctricos, ópticas, papelerías y muchas más. Había de todo.
—Sí, te va a encantar —aseguró Elizabeth.
—¡Pues ya siento que me encanta!
Aquellas palabras llenaron de felicidad a Elizabeth. Cuando sabes
que haces algo bien por alguien no puedes más que sentir un
bienestar indescriptible.
Iniciaron la caminata a lo largo del amplio pasillo principal. De este
se entrecruzaban otros más pequeños que llevaban a las distintas alas
del centro comercial. Iban a paso lento, el suficiente para ver lo mayor
posible, pero no tanto como para aburrirse.
—¿Adónde quieres ir primero? —preguntó Elizabeth.
—No lo sé, tu eres la experta aquí —respondió Hanna soltando una
pequeña risa.
Se dedicaron inicialmente a caminar a través del pulido piso que
brillaba por las luces que prendían del techo. Hicieron su primera
parada en una tienda de ropa femenina luego de que a Hanna le
llamara la atención una chaqueta. Era bastante costosa. Elizabeth se
extrañó por este detalle, pero no comentó nada al respecto. No debía
entrometerse en los intereses de los demás y mucho menos en su
capacidad adquisitiva.
—Es muy bonita —se limitó a decir Elizabeth. Al final la mujer no la
llevó.
Un poco más adelante, en una esquina donde se cruzaba el pasillo
principal con una de las alas, había una tienda de teléfonos.
—Acabo de recordar —comentó Elizabeth de súbito deteniéndose
para admirar la tienda. Los demás también se detuvieron—. Debo
comprar un teléfono nuevo. —Lanzó una mirada de reproche a
Thomas que se mostraba distraído, como si no conociera a aquellas
mujeres con las que andaba.
—Oh. Entra y haz lo que tengas que hacer —sugirió Hanna—. No
tengo problema en esperarte.
—Tranquila, podemos pasar antes de irnos.
Siguieron sin añadir nada más.
Cruzaron hacia el ala B en aquella esquina donde se habían
detenido, encontrándose con otro pasillo —más pequeño que del que
venían— igualmente repleto de tiendas. Hanna parecía extasiada por
todo lo que veía: se probó camisas, pantalones, suéteres, zapatos y
todo lo que encontraba de su gusto. Aquello no molestaba a Elizabeth,
lo que le causaba cierta confusión (y desesperación incluso), era que
la mujer al final no se llevaba nada.
Elizabeth disfrutaba ir de compras, pero no se detendría a mirar o
probarse cosas que no tenía intención de llevarse a casa.
Llegaron al final del ala B, donde se encontraron con una curva
que llevaba al ala C, que se extendía paralela al pasillo que acababan
de recorrer. Aproximadamente a la mitad del mismo, Elizabeth sintió que
faltaba alguien. No era Hanna, pues esta estaba junto a ella; era
Thomas, quien se había quedado atrás de pie frente a la vitrina de una
librería, admirando el interior con triste fascinación.
—¿Por qué no entras? —inquirió Hanna, posicionándose junto a su
hijo. Elizabeth supuso que sería un intento de la mujer por mostrarse
amable ante él para lograr, quizá, una verdadera reconciliación. Esto la
emocionó.
—No —cortó Thomas, quien tras oír la voz de Hanna, además de
sobresaltarse, viró hacia otro lado y siguió caminando como si nada
hubiera pasado.
Intento fallido.
3
Tras recorrer casi todo el pasillo principal y el ala B, C, A y F del
centro comercial, Thomas sentía que sus piernas fallarían en cualquier
momento tirándolo al suelo, y de allí, tendrían que recogerlo con una
grúa o algo parecido. Y ni hablar de todas las tiendas de mujer a las
que había tenido que entrar tragándose sus quejas, siendo testigo de
cómo Hanna veía y se probaba cosas que no compraba. Sentía que lo
hacía todo a propósito para acabar con su paciencia, pero Thomas no
iba a permitirse que la mujer supiera que estaba cansado. ¡Iba a ser
fuerte!, pero ya la fortaleza que se propuso las primeras horas había
quedado en el pasado, pues apenas podía parpadear.
Sus pies se movían uno delante del otro por pura inercia, haciendo
un esfuerzo magistral por mantenerse lo más firme posible. Su
estómago gruñó; si no se desmayaba del cansancio lo haría del
hambre. ¿Desde cuándo no comía algo? No recordaba ya, las horas
eran eternas y fatigosas.
Se limitaba a seguir los pasos de su madre y de Hanna sin emitir
palabra alguna, mirando en su cansado rango visual el seguir de los
pasos de ambas. Consiguió levantar la cabeza. Ambas caminaban
unos metros frente a él como si no llevaran tres horas en lo mismo. Sus
pasos eran constantes, solo se detenían para mirar o entrar en alguna
tienda.
Salían del ala F cuando un olor a pollo frito llego a su nariz como
enviado del cielo: habían caído en la feria de comida. Su estomagó
protestó tan fuerte que juraría alguien lo habría escuchado.
—¡Muero de hambre! —exclamó Thomas.
Las mujeres se sorprendieron al oír su voz y voltearon a verle.
—¿Qué ocurre, Thomas? —preguntó ingenuamente Hanna. Sus
palabras le dieron ganas de lanzarle otra copa contra la cabeza.
Estaba seguro que lo habría hecho de haberla tenido a la mano.
—¡QUE MUERO DE HAMBRE! —estalló, casi al punto de llorar de la
desesperación—. ¿¡Será que podemos comer!?
Nuevamente el olor a pollo haciendo agua a su boca.
—¡Dios mío, son las dos de la tarde! —exclamó Elizabeth tras mirar
su reloj de pulsera.
—No me digas… —susurró Thomas. Su madre no le oyó.
—Pues vamos a comer entonces, también me está pegando el
hambre —concluyó Hanna.
La feria se presentaba frente a ellos como un conjunto de mesas
plásticas de un verde casi cegador, esparcidas sobre el pasillo
principal y rodeadas de montones de locales de comida, que
generaban un denso aire resultado de la mezcla de todo lo que allí se
preparaba.
Había comida china, árabe, platos americanos, comida italiana,
sushi y varios más. Al pasar junto al McDonald’s, la boca de Thomas se
hizo baba al admirar los carteles de las hamburguesas; se imaginaba
dándole un mordisco del tamaño de su mandíbula. Su madre no reparó
en el puesto de McDonald’s sino que fueron directo al KFC. El pollo frito
no le vendría nada mal; todo lo que fuera comida y supiera bien valdría
la pena en aquel momento.
Su madre y Hanna miraban detenidamente la lista de combos y
precios mientras Thomas se limitaba a humedecerse los labios viendo
las imágenes de los carteles.
—¿Un combo familiar? —preguntó Elizabeth mirándoles—. Son
doce piezas de pollo, seguro es suficiente.
—Sí, está bien —asintió Hanna.
Pidieron la comida y se sentaron en una mesa cercana mientras
esperaban a que estuviera lista.
—¿Qué te parece el lugar?
—Está muy bien —respondió Hanna—, aunque preferiría frecuentar
lugares más pequeños, esto es muy grande para mi gusto.
¿No había dicho apenas entraron que le encantaba el centro
comercial? Aquel comentario generó confusión en Thomas. «Esta mujer
está loca», se dijo. Percibió en su madre un atisbo de extrañeza
también, pero no replicó nada al respecto.
—Sí, tienes razón, estos lugares tienden a cansar mucho —
compartió Elizabeth.
¡Pero si estaban como si nada! Si no fuera porque Thomas había
estallado del hambre, habrían terminado comiendo al día siguiente si
fuese por ellas.
Mientras las mujeres seguían con su parloteo, Thomas se acostó
sobre la mesa, con la cara escondida entre sus brazos para descansar
y al mismo tiempo amortiguar el olor a comida que lo llevaba mareado.
—¿Cuándo empiezas a trabajar, Hanna? —inquirió Elizabeth.
—Según el contrato, a partir de la próxima semana —explicó—. De
todos modos debería llamarles o pasarme por el concesionario
mañana para avisarles que ya estoy en la ciudad.
—Qué bueno —se alegró Elizabeth—. Cualquier dirección que
necesites de Valle Cristal te ayudaré.
—Gracias.
Thomas escuchaba toda la conversación, por más que tapara sus
orejas con las mangas, no escaparía de la cháchara. Hubo un
momento de silencio y paz antes de que su madre volviera a preguntar
algo. ¿No se cansaba de hablar?
—¿Y no tienes novio actualmente? —Thomas se había extrañado
que su madre no había indagado en aquel detalle antes—. O esposo,
no sé. Eres una persona bastante joven.
—N-no —respondió en un leve titubeo, como incomodada por la
pregunta—. Llevo algún tiempo soltera, lo que me alentó también a
buscar oportunidades en otros lugares.
—Interesante. Seguro ya encontrarás a alguien pronto.
—¿Tienes hambre? —Escuchó Thomas. Sabía que aquella
pregunta no estaba dirigida a su madre. De pronto sintió una fría mano
que acariciaba su espalda haciéndole estremecerse. Hanna retiró la
mano.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —manifestó Thomas molesto—.
¡Claro que tengo hambre!
Al levantar la cabeza vio cómo cambiaba la expresión de Hanna
con su respuesta. La mujer consiguió sonreír, pero lo que realmente
veía Thomas en ella era pura hipocresía y falsedad. Seguro tendría
algún propósito contra él y su madre.
—¡Thomas! —regañó Elizabeth masajeándose las sienes.
De pronto escucharon un llamado en dirección a ellos: la comida
estaba lista.
—Yo la busco —se aventuró Hanna poniéndose de pie.
—Thomas, ve a ayudarla —obligó su madre.
Thomas no replicó. No se sentía de ánimos como para seguir
discutiendo.
Llegaron al mostrador y se repartieron el peso. Hanna llevaba los
refrescos y las salsas que eran con lo que había que tener más
cuidado, mientras Thomas cargaba con el pollo. Levantó la mirada por
encima de la montaña de fritura para tener cuidado de no tropezarse
con alguna silla. Sus ojos se encontraron con la espalda de Hanna,
que caminaba frente a él. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
No tardó mucho en acercarse hasta ella para lanzar un puntapié (lo
más sigilosamente posible) contra uno de sus zapatos.
De pronto todo fue Coca-Cola y kétchup por doquier.
4
La culpabilidad cayó sobre ella por haber permitido que Hanna
buscara la comida. Pero por lo menos había mandado a Thomas, no
debería sentirse descortés por aquello.
Estaba haciendo memoria en su agenda mental de lo que le
quedaba por hacer. Debía pasar por la agencia de teléfonos para
comprar otro celular, y además, si se le presentaba la oportunidad,
compraría una alfombra nueva. Pero antes de todo, quizá dieran una
vuelta por la parte que les faltaba recorrer del Parque Azul.
Desde donde estaba sentada, se hallaba de espaldas al KFC, por
lo que no pudo ver el momento del accidente de Hanna; pero bastó
con el sonido del líquido al caer (muy parecido a una cascada pero de
menor magnitud), para hacerla voltearse de súbito en busca del origen
del ruido.
Se encontró con Hanna casi a punto de caerse, sosteniendo la
bandeja del KFC. Esta estaba vacía, no cargaba nada sobre ella, pues
lo que llevaba había caído espatarrado en el suelo. Thomas pasó junto
a Hanna como si no la conociera, siquiera se detuvo a ayudarla. Se
levantó de la mesa casi corriendo. Vio que una joven de uniforme se
acercaba con un trapeador.
—¿Qué te pasó? —preguntó Elizabeth mientras llegaba al lugar del
accidente, teniendo cuidado de no encharcarse los zapatos.
—N-no lo sé. —Su voz se cortaba, estaba roja como un tomate,
sudaba y temblaba—. Me he tropezado, supongo.
Sentía cómo la mirada de todos los presentes se dirigía hacia ellas,
que suponían ahora todo el centro de la atención. Cuando la joven de
uniforme rojo respectivo del KFC llegó hasta ellas, los curiosos
alrededor volvieron a lo suyo. Qué fácil es para el ser humano hacerse
el indiferente luego de que un primer valiente se presta a ayudar,
pretendiendo que puede solucionar todo solo.
—Vuelvan a sus mesas, por favor —comentó la joven mientras
empezaba a trapear el refresco antes de que se extendiera mucho más
—. Ya se les van a reponer las bebidas.
—Muchas gracias —respondió Elizabeth.
—Lo siento mucho —añadió Hanna. La empleada se limitó a mirarle
con ojos extrañados.
Luego de unos diez minutos —ya sentados con las bebidas sobre la
mesa y no regadas en el suelo—, se dedicaron a comer el pollo que ya
empezaba a enfriarse.
Comieron en silencio, disfrutando de cómo cada crocante pieza
llenaba poco a poco sus hambrientos estómagos. Thomas comía como
si llevara un mes en una isla desierta y de pronto le cayera del cielo un
cubo lleno de pollo frito. Hanna iba despacio con sus manos y dientes
mientras que Elizabeth simplemente comía sin apuros, saboreando
cada pedazo.
—Qué embarazoso… —susurró Hanna rompiendo el silencio con la
mirada perdida. Elizabeth estaba segura de que el incidente no salía
de su cabeza. Quizá tampoco podría sacar de su cabeza aún la copa
volando tan cerca de ella apenas la noche anterior.
—¡Nada que ver! —expuso Elizabeth—, son cosas que pasan.
Todos nos hemos tropezado alguna vez.
—Sí, es verdad. Pero simplemente no me gusta que me pasen esas
cosas. Tuve un trabajo de medio tiempo de mesonera cuando era
joven, no entiendo cómo pude tumbar todo.
—Tranquila, amiga, Ya se te pasará.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó, cambiando el tema y
hablando ahora con aire entusiasta.
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