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El estruendo de las batallas – Philippe Politi

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paciencia. Se apoyaba sobre las
almenas de la torre de dónde,
desde antaño, se vigilaban las
galeras del turco buscando un lugar
para reparar sus averías.
Se
paraban, desamparadas, las velas
que colgaban del lado de sus
mástiles calcinados, aún teniendo
sólo una parte de sus remos cuyos
muñones surgían del casco después
de haber conseguido huir de unas
escaramuzas contra los barcos de
guerra de Génova o Venecia y
cruzaban estas aguas que no
conocían. A veces, atracaba una
que empezaba a hundirse y se oían
los rítmicos esfuerzos de la
tripulación achicando el agua e
intentando obstruir, entre los
tablones desarticulados, las
hendiduras por donde se podía ver
el azul pálido del mar que se
infiltraba en las bodegas del barco.
Ya habían

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huido los campesinos de Varenzza,
buscando refugio al amparo del
castillo, llevando sus pobres
rebaños, hacinados entre las altas
murallas de piedras grisáceas, los
niños agarrándose a las faldas de
sus madres, con los dedos en las
narices sucias, los hombres,
curtidos por el sol, llevando al
hombro los más preciosos de sus
bienes.
Mis
antepasados eran los reyes de un
mundo miserable, un feudo donde
no vivían ni doscientos cincuenta
hombres, campesinos mugrientos,
pescadores resecados por el sol y
unos primitivos artesanos, todos
repartidos en los tres pueblos de la
isla, Portonuevo, Farenzella y
Capriccio, cúmulos de sórdidas
chozas situadas en las orillas de
los bosques. Ellos eran los que
había que proteger de los turcos
que, en las tardes de batalla, casi
suscitaban interés y piedad por ver
sus cuerpos alineados en la playa ,
despojados de sus armas y vestidos
únicamente de manchas de sangre
seca sobre sus blancos cadáveres.
La isla, rocosa,
estaba excavada por túneles donde
se escondían los ballesteros que
disparaban a estos hombres que
titubeaban al pisar el suelo después
de semanas de navegación. Los
soldados de Varenzza surgían por
detrás de ellos y les mataban,
volviendo al castillo por
corredores secretos.
Había en la
isla una estrecha ensenada que
servía de puerto y tenía en su lado
izquierdo un cerro imponente. Éste
era una trampa que disimulaba una
cavidad de donde se lanzaban las
bolas de fuego griego que
incendiaban los barcos.
Éstos se
hundían en la rada dejando que se
oyera por un tiempo el lamento de
los remeros encadenados que se
ahogaban unos tras otros mientras
que el agua escalaba los bancos
hasta que no se veían en la
superficie arrugada de la ensenada
sólo los mástiles de las galeras que
yacían en el fondo.
Eso es lo que
era Varenzza, una piedra atracada
por casualidad, una isla de
arruinadores.
La isla había
pertenecido a Génova que le había
regalado a uno de mis antepasados
por su papel en una guerra antigua y
hoy casi olvidada. Mi padre,
Giovanni, dejaba a diez soldados
para cuidar a los suyos y se iba a
combatir en Italia. Leandro, su
abuelo, era un capitán que vendía
sus servicios a los condotieros que
pasaban de Milán a Venecia y de
Nápoles a Florencia a merced del
cambio de las alianzas y del pago.
En la época
cuando Génova perdió su
independencia, la isla pasó a
manos de Milán y mi abuelo
Leandro volvió a ser un señor
milanés, únicamente dedicado al
servicio de los Visconti, cuyo
estandarte, adornado con una
víbora engullendo un niño, ondeaba
sobre Lombarda.
Unos años
después Leandro tuvo un hijo que
llamó Giovanni. Éste es el
Giovanni que esperamos en
Varenzza y que vuelve una vez al
año, impaciente por salir de nuevo.
Mi padre ama
a Lucrezia su esposa quien vino
aquí para vivir con él. Tuvieron
tres niños, Pietro que murió antes
de alcanzar su primer año, Lorenzo
mi hermano mayor que se
interesaba en los estudios y soñaba
con ser clérigo y yo, Fabiano que
me dedicaré a la guerra y por eso
saldré de Varenzza a principios del
próximo año.
Tenemos
preceptores que nos enseñan latín,
historia y el uso de las armas. En
esgrima soy un buen alumno. Me
preparo cuatro horas al día con uno
de los mejores maestros de Milán
al que paga mi padre quince
ducados al año.
Lorenzo
conoce a Virgil mejor que el arte
de atravesar el hígado de un
adversario. Pasa mucho tiempo
leyendo estrofas que al viento se
dispersan. En cuanto a mí, tan
pronto estoy libre, busco mi
caballo, le pongo sus arreos y, por
el único y estrecho camino que
recorre Varenzza, galopo por
Portonuevo y Farenzella sin reducir
la velocidad, tocando el cuerno,
gritando a los niños que se hagan a
un lado mientras que las madres se
precipitan para abrazar a los más
jóvenes que se ríen, sentados en
medio del sendero, maravillados
por la luz del día y por el olor de
las flores.
En Capriccio,
me detengo para arrastrar a
Leonora con la que hago el amor
cada día, saltando del caballo
empapado en sudor, corriendo
hasta el lavadero donde sé que la
encontraré o el granero de su
padre, derribándola en el pajar
mientras que se ríe de mi
precipitación, hundiéndome en el
surco que nace entre sus senos,
entrando en ella debajo de sus
faldas arremangadas, olvidándome
en su cuerpo acogedor.
No he
alcanzado los diecisiete años y ya
tengo tres bastardos, lo que hace
reír a mi padre y suspirar a mi
madre.
Pasado el
reencuentro durante el cual se aísla
unos días en la habitación de mi
madre, Giovanni visita a sus
campesinos. Se ven sus espaldas
imponentes en los más pequeños
senderos de la isla. No se olvida
de nadie, charlando con los
hombres, distribuyéndoles monedas
que aceptan sonriendo y telas
coloridas a las muchachas.
También él tienen sus propios
bastardos y, entre ellos, unos que
prefiere no sabiendo de los demás
quienes son los padres, los
pescadores que casi siempre están
trabajando en el mar o el señor de
la isla.
El cuerpo
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