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Libro El fantasma sin memoria – José Luis Velazquez

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a habitación de Pepe estaba situada en la parte superior de la torre derecha de la casa, una mansión o palacio más bien. La mansión fue una herencia de un
bisabuelo paterno, de donde surge toda la fortuna de la familia. Sus padres también tenían empresas, muchas, así que viajaban mucho, casi siempre por
separado, pues su padre tenía laboratorios farmacéuticos, una empresa multinacional de cosmética y otra de comida envasada, y su madre tenía multitud de
clínicas repartidas por el país y alguna que otra en el extranjero. Así que esa noche, y en días, como otras tantas noches y días, no estaban en casa. Sí estaba
la señora Dorotea, el ama de llaves siempre enfadada, gordita, nerviosa, con menos edad de la que representaba, pues no llegaba a los sesenta y parecía tener mil, como
diría Pepe. También estaba, como siempre, Sebastián, que era el típico mayordomo alto y desconfiado, cortés y reservado, siempre de negro, impecable, midiendo hasta
las últimas de sus palabras; Pepe decía de Sebastián, que aparte de tener nombre de mayordomo, cara de mayordomo, cuerpo de mayordomo, su manera de hablar era
tan justa y comedida que podría hablar en verso si quisiera, pues seguro la métrica y la rima le saldría bien, incluso con sinalefas y todo.
Su habitación era muy grande, había gente que tenía casas más pequeñas que la extensión del cuarto de Pepe. Una cama grande, del siglo XVIII, escritorios de la
misma época, sillas, mesa, una butaca, cuadros al óleo de gente muerta y desconocida, bodegones con frutas y faisanes, un par de alfombras persas, madera por doquier,
en fin, el típico dormitorio de una mansión encantada de película, con maderas que crujen, candelabros y cortinas que se mueven mucho o no se mueven nada, tras unos

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gigantes ventanales que daban al jardín. Había una puerta que era la de entrada, otra que daba al cuarto de baño y otra que daba a un ascensor: tampoco iban a ser tan
antiguos y retro, tenían red inalámbrica, teléfono y otras ventajas del siglo XXI, pero se disimulaban en la decoración para no desentonar con el palacete. La puerta
principal del dormitorio daba a la escalera que bajaba por la torre rodeándola, también un trozo de escalera que subía a una especie de campanario que había sobre el
dormitorio, habitado por palomas, que de vez en cuando se limpiaba, por Sebastián, pues a Dorotea le daban asco y miedo las aves o las plumas.
Estaba a punto de quedarse dormido cuando llegó el fantasma, ese gamberro de siglos de vida que no sabía adaptarse al siglo actual.
—Me vas a meter en un compromiso un día de estos —se quejaba Pepe al fantasma, el cual permanecía sentado a los pies de su cama—, y quítate esas sábanas
viejas ya, eso no se lleva.
—Lo siento mucho, pero me dijiste que nada de cadenas, pues las arrojé.
—¿Y no se te ocurrió otro sitio para tirarlas?
—Tranquilo, nadie pensará que son mías —se justificaba el fantasma.
—Tengo sueño, mañana tengo que madrugar para ir al bosque a coger setas con Sebastián.
—Ojalá pudiera acompañarte.
—No puedes salir de la casa, lo sabes.
—Pues por eso digo ojalá, so tonto.
—No insultes y anda, quítate esa sábana.
—Pero si nada más las puede ver tú. Como la suelte la verán todos.
—Pues la suelta en la papelera o en la ropa vieja… No, en la papelera —rectificó Pepe—, no sea que piensen que es mía y me riña la señora Dorotea.
— ¡Vieja carcamal! —exclamaba el fantasma.
—Pues tiene doscientos años menos que tú.
El fantasma en realidad tenía más, llevaba atrapado en aquella casa desde que ocurrió el fatal desenlace que acabó con su vida. Era un joven apuesto, descendiente de

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un conde, que regresaba de su viaje por África, estudiando especies de animales, pues era biólogo y naturalista, cuando a los pocos días de estar en su casa padeció unas
fuertes fiebres. Unas fiebres extrañas que los médicos no supieron diagnosticar, pero como venía del continente africano se pensaron que era un enfermedad de por allí.
En realidad no se trataba de un virus ni de una bacteria, no era nada parecido, era como una maldición, un hechizo quizás. Martín, que era su nombre, decía días antes de
morir, cuando estaba encamado, que una bruja le echó un mal de ojo, aunque probablemente fue cosa de sus delirios. Repetía uno de sus poemas como si fuera un
vaticinio o una maldición:
«En tu casa arderás y morirás,
tu alma quedará en sus muros,
para siempre, hasta que puedas amar
y abandonar este mundo».
La muerte de Martín fue desolador para sus padres, que no pudiendo soportar el dolor vendieron la casa y se fueron a vivir a América. Con la casa quedó el espíritu
de Martín, con la marcha de sus padres experimentó un gran sufrimiento; pues, aunque no podía comunicarse con ellos, y le costó mucho hacerse a la idea de no poder
entablar una conversación con ellos o tocarlos, al final se adaptó, tenía el consuelo de tenerlos cerca. La casa fue vendida en varias ocasiones a través del tiempo hasta
que la compró el bisabuelo de Pepe, un rico aventurero que le recordaba mucho a él o lo que podía haber sido él si tuviese esa edad. Ese hombre vivió solo, pues sus
hijos no le visitaban mucho y era viudo. Tenía un criado más viejo que él y que parecía estar más solo que su jefe, así que cada cual iba a la suyo. El dueño siempre
estaba en la biblioteca y el criado siempre estaba en la cocina, se encontraban para comer. Ya por entonces, un par de familias atrás, Martín, triste y enfadado por los
siglos, decidió ser un fantasma, aparecerse a los inquilinos y asustarlos. Pero salvo puntuales ruidos, crujidos, pequeñas sombras o luces en movimientos, apenas nadie
notó su presencia. Probablemente el ancestro de Pepe fue de los pocos que lo sabía, ya que insinuó que allí habría fantasmas, porque notaba escalofríos por la noche y
sentía un ruido como metálico, de cadenas, y a saber si más cosas. Porque esa es otra, los fantasmas con sábanas y cadenas son propios de la inocencia, casi de la
estupidez, pues Martín tenía más poderes para asustar y se limitaba al clásico aúllo, arrastrar de cadenas y movimientos compulsivos de una sábana blanca. Su espíritu
en pena se colocaba unas sábanas, con un par de agujeros para los ojos, y la sábana, objeto real, se fusionaba con él y desaparecía del ámbito humano. Lo mismo le pasó
con las cadenas, unas cadenas para un gran mastín español que sustrajo y se las colocó en el tobillo, y nadie dio jamás con las cadenas del perro, hasta que la señora
Dorotea, en el siglo XXI las tiró a la basura.
Toda referencia sobre la vida y muerte de Martín desapareció en el tiempo, hasta el propio fantasma no se acordaba de lo qué le pasó ni por qué estaba en esa
condición actual. Eso pasa con el transcurrir del tiempo en los espíritus, en las almas en pena, que con los siglos pierden la memoria. Muchas veces se lamentaba de ello
con Pepe, la única persona que pudo comunicarse con él desde que murió, que supiera Pepe y recordara Martín. Decía que le gustaría saber qué era antes de ser

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fantasma, el motivo de su muerte y si tenía familia. Hacía preguntas extrañas, que por supuesto un niño no podía contestar, ni un niño ni nadie en el mundo: «¿puede un
fantasma ver otro fantasma?», «¿si un fantasma muere en qué se convierte?», «¿hay cielo e infierno?», «¿podría vivir otra vez?».
Aquella noche, tras abandonar el dormitorio de Pepe, se fue a la gran biblioteca y como siempre deseó poder leer, era lo que más echaba de menos. Visitó también el
cuarto de los criados, intentó asustarlos, pero la verdad, le daba más miedo a él, así que aullaba un poco y se iba, como quien va a fichar al trabajo y desea irse pronto.
S
DÍA DE SETAS Y GNOMOS
ebastián, el mayordomo, no tenía ni un ápice de alegría en su rostro, en su cuerpo, tal vez ni en su historia. Parco en todo, en el vestir, en el andar, en el hablar.
Pepe vestía casi igual, aunque sonreía, se fascinaba, se asustaba, lloraba, reía a carcajadas; pero el mayordomo no. Un quicio de la puerta tenía más
expresividad que ese oscuro y taciturno criado. Probablemente la vida no le hubiera sonreído, o sí, quién sabe; menos mal que Pepe iba a lo suyo: coger setas le
encantaba. No es que Pepe se pirrara por esos hongos, ni que la compañía de Sebastián fuera una explosión de jovialidad y marcha; más bien era lo que
significa ir por setas: ver a sus entrañables amigos los gnomos.
¿Cómo son los gnomos? Son seres diminutos, unos diez centímetros, no más, de altura; gordinflones, bonachones, con barba. Las hembras son igual de robustas,
pero sin barba, todos llevan sombrero. Son buenos artesanos, tienen sus casas entre las raíces de los árboles. La propiedad mágica principal de los gnomos es que hablan
con los animales, con todos, y que saben mucho de magia, de esoterismo, misterios e historia. Y era esa segunda propiedad la que le gustaba a Pepe. Los gnomos
escogen quién puede verles o quién no, pero en el caso de Pepe, al tener esa facultad de nacimiento, los gnomos se sorprendieron. Un gnomo puede llegar a vivir
doscientos años o más, así que algunos de ellos conocieron al bisabuelo de Pepe.
Estando ya en medio del bosque, aunque no muy lejos de la mansión, Pepe le dijo a Sebastián que cogería por otro sendero. Sebastián se opuso una sola vez, a la
segunda agachó la cabeza dándole el visto bueno y se fue por otro carril. Quedaron en ese mismo lugar una hora después.
Caminando por ese sendero, ya le recibieron algunos gnomos. Uno de ellos iba montado en un gato, otro corría con su novia gnomo casi más rápido que el gato.
Cuando llegó a la altura de un olmo viejo, se agachó a saludar a unos cuantos gnomos.
—¡Buenos días, Pepe, qué de tiempo sin verte! —saludaba el jefe.
—Has crecido mucho —valoraba su señora.
—Sí, he crecido en una semana —y se rió mucho.
—¿Qué te trae por aquí?, ¿setas?
—Bueno, sí, setas también. Pero quiero saber una cosa.
—Pregunta sin miedo, joven humano.
—¿Sabéis algo del fantasma de la casa?
Todos se quedaron murmurando, hicieron un corrillo y luego lo miraron, carraspearon, y preguntaron.
—¿Por qué lo quieres saber?
—Deseo ayudar al fantasma.
—Martín se llama —dijo el jefe.
—No lo sabía, el nunca me ha dicho su nombre, decía que no se acordaba.
—Y no se acuerda, ha perdido la memoria tras años y años de vagar.
—Se lo puedo contar, le puede contar lo de su nombre, ¿podéis decirme algo más sobre él? Es que creo que necesita ayuda; últimamente está fatal, ni siquiera sabe
ser lo que es.
—Somos expertos en ciencias ocultas, aunque no tenemos magia como los duendes, ellos sí podrían lanzar un hechizo o algo, sin embargo creo que ni ellos podrían
hacer cosa buena, pues no es cuestión de magia sino de memoria. Te podemos decir que si sigue por ese derrotero se quedará en la sombra de un rincón para siempre, sin
acordarse de porqué estaba allí, hasta que llegue el momento que ni se lo pregunte y simplemente esté así.
—No, por Dios, eso hay que evitarlo.
—Sabemos que cuando llegamos a este bosque él ya estaba allí, ya era un fantasma. Sabemos que tu pariente, el que compró la casa sí lo conocía.
—¿Mi bisabuelo lo conocía?
—Más aún, tu bisabuelo podía hablar con él. ¿De qué crees que tú tienes esa facultad? Es heredada, al igual que la casa.
—No lo sabía.
—Como el espíritu de tu abuelo no está en la casa, tendrás que buscar documentación, probablemente en la biblioteca se encuentro legajos, escrituras, libros, algo.
En eso te pueden ayudar los elfos.
—Los elfos se fueron, creo que no volverán en cien años y ya estaré muerto.
—Es verdad, no paran de viajar —reconoció el gnomo mayor.
—Pues, ¿qué hago?
—Tendrás que buscar por tu cuenta.
—Conozco casi todos los libros de la biblioteca, no creo que por allí haya
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