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El herrero del rey sabio – Javier Oñoro

El herrero del rey sabio – Javier Oñoro

El herrero del rey sabio – Javier Oñoro

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Dos hombres, lo mejor de dos mundos: un artesano forjado por los golpes de un tiempo convulso, que ha encauzado su vida con sudor y tenacidad entre un yunque y
un horno de carbones incandescentes. Y un príncipe moldeado por un padre piadoso y guerrero, conformado por lúcidos preceptores, hasta construir un rey ilustrado,
mucho antes de que la ilustración fuera posible. Un rey que abordó la tarea de ser más grande que su padre: unificador, santo y conquistador. Un rey que soñó con un
imperio finalmente imposible y ya, camino de su ocaso, siente que la brillantez de su reinado mengua con él y aún se resiste a aceptar un rumbo ya trazado.
—Dicen que sois mi mejor herrero.

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—Me honráis majestad. Solo soy un discípulo del maestro Jaime. A él debo todo mi arte.
—Sin embargo, vuestras espadas son ahora más duras y tenaces.
—Todo se debe a las horas de trabajo y al agua del Tajo; no hay otra igual en el mundo.
—Sí, eso decís todos, aunque me cuesta creerlo. Os he hecho venir para un encargo.
—Estoy a vuestras órdenes majestad.
—Como veis he dispuesto dos figuras de paja revestidas con dos cotas de malla. ¿Querríais examinarlas?
—Por supuesto majestad.
—Obsérvalas con detenimiento y ved que podéis decirme de ellas, su calidad, donde han sido fabricadas, tomaros el tiempo que necesitéis.
—No necesito más tiempo. Esta primera está forjada aquí en Toledo, su antigüedad es entre veinte y treinta años, no lleva la marca del forjador porque ha sido
arrancada, pero la hechura y la calidad del acero es inconfundible. En cuanto a la otra su hechura es francesa, diría que de Tours, ya que la marca del forjador está
parcialmente borrada, es un trabajo admirable aunque el acero no es de la misma calidad que el anterior.
—Veo que no me habían engañado y conocéis bien vuestro oficio.
—Sois muy amable majestad.
—Si un arquero a treinta pasos disparara sobre estas dos cotas de malla ¿qué ocurriría?
—Lo sabéis muy bien majestad. Solo una cota de malla fabricada en Toledo es capaz de resistir un flechazo a treinta pasos.
—¿Y si en vez de un arco utilizaran una ballesta?
—Ninguna cota de malla puede resistir un disparo de ballesta a treinta pasos. A cincuenta pasos y con suerte una cota de malla toledana podría al menos detener la
saeta y solo ocasionaría a su portador una herida leve, no a una distancia menor.
—Eso tenía entendido y es lo que me preocupa, pues no me da la seguridad que deseo.
—Los sarracenos utilizan ballestas en la defensa de sus castillos y frente a los arcos no debéis temer por vuestra seguridad llevando esta cota de malla, es casi
imposible que un enemigo se acerque a vos armado con un arco a una distancia inferior a treinta pasos.
—Ahora no es por los sarracenos. Debo entrevistarme con el Santo Padre en unos meses. Aún se está negociando donde será el encuentro: Roma, Aragón, Francia…
Los Estados Vaticanos están infectados de grupos armados de diversa procedencia; en especial me preocupan los mercenarios genoveses, asesinos que utilizan como
arma la ballesta. Me sentiría más tranquilo si pudiera vestir una cota de malla más segura. Desearía una cota de malla digna de un emperador, que ningún dardo ni flecha,
ya fuera lanzada por una ballesta o un arco, pudiera atravesar a treinta pasos. ¿Podéis forjarla?
—Es una tarea imposible majestad.
—No os deis por vencido tan pronto. Estudiad el encargo durante dos semanas. Si lo conseguís quiero que se mantenga en secreto. Nadie debe portar otra semejante
y tampoco debe saberse de su existencia. Para no despertar suspicacias o rumores, os encargaré una armadura completa que deberé tener lista dentro de seis meses. La
cota de malla será un componente más de la armadura.
—Majestad me hacéis un honor inmerecido, aunque no creo ser capaz de forjar lo que me pedís.
—Confío en vuestro ingenio. Volved en dos semanas, y espero una respuesta positiva. Podéis marcharos.
PRIMERA PARTE
EL FUGITIVO
Al punto embarcose Telémaco… Hinchó el viento la vela, y las purpúreas olas resonaban grandemente en torno de la quilla mientras la nave corría siguiendo su rumbo
toda la noche y la siguiente aurora.
HOMERO
La Odisea, Canto II
VALENCIA 1260
La noche había avanzado más de un tercio de su recorrido bajo un cielo despejado y sin luna de principios de primavera. El levante se había calmado poco a poco y
ahora el rugir de millares de insectos ensordecía la tranquilidad de la noche. Esteban de Jaca aguardaba, junto a su hijo Juan, a la entrada de una destartalada barraca
cercana a la playa. Habían atado las caballerías en la parte de atrás y recostados frente a la playa taladraban la oscuridad que se ceñía sobre el mar. Esperaban, como cada
dos meses desde hacía un año, a una galera tunecina que traía barras de plata de contrabando. Las operaciones eran de limitada cuantía ya que estas transacciones anti
natura eran peligrosas. Sin embargo, las ganancias eran considerables, y mientras la plata fuese tan escasa en Aragón, Esteban de Jaca necesitaba aprovisionarse de
materia prima a través de este comercio irregular.
—Padre, Demetrio no llega.
—Se está retrasando en demasía, y lo mismo ocurrió hace dos meses, que llegó poco antes que los sarracenos.
—¿Serán ellos puntuales?
—Hasta hoy siempre lo han sido. Mira, creo que esa es su barca, y Demetrio sin aparecer. Maldito haragán, sino fuera tan bueno hilando la plata hace tiempo que lo
habría despedido.
—Padre cuentas con mi ayuda podemos hacerlo solos.
—Lo sé, pero me siento más seguro con otro hombre a nuestro lado. Ya se acercan a la orilla, encenderé la señal.
—¿Traigo la acémila?
—No déjala donde está. Coge esta manta y ocúltate debajo, detrás de aquellas dunas, entre los cañizos.
—¡Padre! No voy a dejaros solo.
—Hazme caso. Yo te llamaré cuando los sarracenos se hayan ido. Si ocurriera algo imprevisto, permanece escondido sin decir una palabra, vuelve a Valencia y le
cuentas al padre Antonio lo ocurrido. Él te acompañará a casa, sabrá como decírselo a tu madre, así como las mejores medidas a tomar.
—Ya van a desembarcar.
—Ya lo veo. Corre, ocúltate como te he dicho. No te preocupes no pasará nada y sabiéndote seguro me siento más tranquilo.
Juan corrió a ocultarse como le había dicho su padre. Se envolvió en la manta y mirando entre las cañas
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