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El hilo rojo – Erika Halvorsen

El hilo rojo – Erika Halvorsen

El hilo rojo – Erika Halvorsen

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inquietaba. Era demasiado intenso. Demasiado oscuro. Sentí mi estómago cerrado. Hoy no desayuné, debería ingerir algo, pensé. Mi cuerpo decía que no. Estaba
cerrado. No aceptaba, no se abría. Parecía un blindaje. ¡Odio tener miedo! ¡Odio dudar! ¿Qué te pasa, Abril? Tuve ganas de cachetearme. Eso me pasa cuando no me
reconozco. Cuando me descubro miedosa, paralizada, insegura. Había llegado el día que tanto venía esperando pero mi cuerpo no mostraba ni un atisbo de emoción
positiva.

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Por la ventana veía el toldo colorido del jardín de Bauti. Me tranquilizaba saber que estaba cerca de mi hijo. Pensaba que si él lloraba, extrañándome, hasta podría
escucharlo desde ese cafecito de esquina inspirado en una pâtisserie francesa. Una sofisticada mezcla de panadería artesanal y revista de diseño. Mucho blanco
patinado, banderines de colores, toques de color agua marina en floreros, marcos y objetos. Bastante découpage sobre madera y sublimación. ¿De repente podía
reconocer las técnicas de découpage y sublimación? Nunca fui muy buena para las manualidades pero una de mis vecinas del barrio había abierto un curso y, ante la
desesperación de sentirme una inútil dedicada exclusivamente a mi rol de madre, asistí a las clases de la también desesperada, vecina. A la tercera clase descubrí que la
vecina no necesitaba alumnas, necesitaba amigas. Huí despavorida, me aterrorizó vislumbrar lo que permanecía al acecho desde el fondo de sus ojos, una combinación de
soledad, ansiedad y exceso de información sobre todas las vidas ajenas que pasaban por su lado.
Observé las otras mesas del barcito. Un joven de rulos rebeldes trabajaba desde su Mac. Pensé en que esa opción debería ser la mejor para madres independientes.
Trabajar con una laptop desde cualquier lugar del globo terráqueo o, por lo menos, desde la mismísima esquina del jardín de tus hijos. Esa seguramente sería una buena
opción para muchas mujeres, pero no para mí. Yo tenía un trabajo, no podía inventarme otro. Sólo tenía que retomar esa vida que había quedado pendiente.
Quise probar el café pero no pude ni acercármelo a la boca. Me enojaba estar tomada por la duda. Abrí dos sobres de azúcar y se los eché, enteros. Seguí revolviendo.
Intentando pensar en otra cosa. Me fastidiaba el personaje de la preocupada. Necesitaba dejar de percibirme tan insegura, débil, temerosa. Yo jamás fui así. Tenía que
pensar en otra cosa. En el café y en la cucharita que agitaba dibujando círculos como queriendo desenredar algo. Me sentí una inútil atrapada en esos mismos círculos.
Siempre me gustó observar que en mi país la gente revuelve girando la cucharita en el sentido de las agujas del reloj. Observé al joven moderno y proactivo que seguía
sin despegar los ojos de la pantalla de su Mac. Revolvía su café enorme mientras masticaba su colorido baguel de salmón. Revolvía en el mismo sentido de las agujas del
reloj. Él se sentía sofisticado con su baguel, su computadora, su barcito con onda. Quizás se sentía en otro país. Pero su manera de revolver demostraba que estaba en
Olivos, Argentina, América del Sur. En los países del norte todo giraba en el sentido contrario. Cada vez que llegaba a un país del otro hemisferio, observaba a la gente
revolviendo sus bebidas. Siempre me gustó viajar y camuflarme entre la gente del lugar. Inventarme una vida en cada ciudad. Me gustaba sentarme en algún bar, o en
algún parque, y observar a los lugareños. Caminar por la calle y quedarme viendo para qué lado giraba el agua antes de perderse en los desagües. Con mi amiga Sofía,
también azafata, compañera de vuelos y aventuras, manteníamos una tradición. Al llegar a un hotel, en cada nueva posta, alguna iba corriendo al baño para tocar el botón
del inodoro. Como si fuera la marca de llegada, la meta. Comprobábamos si la descarga de agua giraba en contra del sentido de las agujas del reloj y así confirmábamos
que estábamos del otro lado del mundo. Ese era nuestro ritual de festejo por haber atravesado, una vez más, la frontera que lo divide todo. Hacía tiempo que no pensaba
en esas cosas. Casi me había olvidado de esa manía.
Llevaba casi cuatro años sin volar. Casi cuatro años sin preocuparme por cómo giraría el agua en los inodoros de Polonia. Debería sentirme feliz por haber cambiado
mi orden de prioridades, mis preocupaciones. Si estoy tan feliz por mi cambio de vida. ¿Qué hago acá revolviendo el café como queriendo revolverme por dentro?, me
pregunté. Comencé a revolver hacia el otro lado. Quizás si cambiaba el sentido de los círculos en mi taza, podía sentirme un poco más viajera y se me iba la angustia.
Bruno me había aconsejado empezar terapia. No quise.
—¡Yo no necesito hablar, necesito volar!
Y ahí estaba. Sintiéndome una miserable por volver a hacerlo. Insoportable. Volver al vuelo me generaba una culpa que no era proporcional al placer que me pudiera
ofrecer mi oficio de azafata.
Revolví cada vez más fuerte ese café inmundo y frío. Intentando desamarrar ese nudo que se había ido a vivir a la boca de mi estómago. Mi corazón latía más
acelerado que de costumbre. Antes amaba sentir que mi corazón podía estallar de la emoción. Ahora me daba miedo. Sentía que no lo podía controlar. Siempre me gustó
el vértigo. Viví la vida buscando experiencias que me prolongaran esa sensación de vértigo pero ahora me sentía parada frente al abismo. ¿Por una decisión práctica,
cotidiana, necesaria? Volver a trabajar no podía generarme tanta angustia. ¿Cuándo fue que me volví dependiente?, pensé.
El día que descubrí la sensación física del vértigo decidí qué quería ser cuando fuera grande: “trabajar en el cielo”. Fue a los seis años, era la primera vez que me subía a
un avión. Estábamos en vacaciones de invierno y mis padres nos habían traído a Buenos Aires. Conocer “la capital” era toda una aventura para quienes vivíamos en la
Patagonia. Nunca olvidé ese día. La cabina del avión me pareció algo fuera de lo que la mente humana podía procesar. Como un invento del futuro, o de otro planeta. El
pasillo entre los asientos me resultaba infinito. Veía todo enorme. Me sentía astronauta. Me senté al lado de mi hermana y la miré con los ojos grandes, ansiosa. Ella
frunció el ceño, incómoda, molesta. Cuando pude sentir que abandonábamos tierra firme, me invadió una sensación de libertad inolvidable. Pude sentir el vuelo
físicamente. Todas mis células despegaron propulsadas por esas turbinas. Mi madre me miró chequeando si me sentía bien. Si me daba miedo. Le sonreí absolutamente
tomada por la adrenalina. La sonrisa se me salía de la cara. El despegue me provocó un ataque de risa. Sentí calor, ardor. Sentí que mis mejillas se ruborizaban, mi
corazón había comenzado a galopar como nunca. La respiración se me entrecortó y me generó una vibración en todo el cuerpo.
—Me da risa —le dije a mi mamá, sonriendo, mientras me tomaba la panza.
—Porque se te hace como un vacío en la panza. Por eso te da risa.
—Me gusta. Es lindo.
Mi hermana mayor no disfrutaba. Se tapaba los oídos con las manos, perturbada por la sensación de despegue.
A partir de ese día, me volví fanática de todo lo que me provocara una sensación parecida. Creo que ese primer despegue fue un anticipo de lo que iba a sentir muchos
años después, con cada orgasmo. Lo natural es la experiencia física, después vienen los nombres, las teorías, los argumentos. Yo no llegué a mi primera vez sin saber lo
que iba a sentir. Yo gocé siempre. Gozo siempre. Salvo hoy, acá, trabada, sintiéndome culpable por querer recuperar una parte mía que tampoco fue TAN feliz siendo
TAN libre y TAN sola, me dije.
Teléfono. Si algo me faltaba en ese momento era escuchar a mi hermana Sonia. La llamé con el pensamiento. Sonia, la misma que se tapaba los oídos en ese primer
viaje en avión. La que vomitó durante las tres horas de vuelo y lloró por el dolor de oídos.
—Sonia, ¿cómo estás? —atendí neutra, sin querer hablar mucho.
—Te estuve llamando por skype pero no estás nunca. —Como siempre, deslizando un reclamo.
—Estuve con la adaptación de Bauti en el jardín. Hoy ya se quedó solo.
—Pobre ángel, tan chiquito…
—¡Le encanta ir, no digas así!
—Necesito un favor. Conseguí una oferta de zapatillas por internet, menos de la mitad de lo que salen acá. ¿Puedo dar tu dirección y me las mandás?
—No voy a estar en casa.
—¿Se van a algún lado? ¿Cuándo vas a venir a visitar a tus sobrinos? —Segundo reclamo en menos de un minuto.
—Esta noche empiezo a trabajar.
—¿Qué? ¿De noche?
—¡De noche, de día, no hay horarios fijos, soy azafata, Sonia!
—¿Y lo vas a dejar a Bauti? ¿Y a Bruno? ¿Qué necesidad tenés? —redobló, ya casi a punto de denunciarme por abandono de hogar y pedir la tenencia de mi hijo.
—¡Necesidades que nunca entenderías! A mi vuelta te mando tu compra. Y andá pensando en el año que viene. Los chicos crecen, la ropa se achica. ¡Yo que vos les
compro de acá hasta que terminen el secundario! Besos a todos.
Sonia odiaba cuando yo me ponía irónica y yo odiaba que me trate como a una de sus pares. Madres pueblerinas, esposas aburridas, frígidas. Llenas de promesas
incumplidas. Sonia se volvió adicta a las compras por internet y eso la hacía sentir superior, eficiente, casi una experta en economía. Mientras su marido petrolero se iba
al campo, o campamento, o no sé qué pozo cercano a Cipolletti, ella se encargaba de acopiar provisiones para sus cuatro hijos. Me aliviaba pensar que su marido debía
pasar todas las noches por algún burdel en la ruta. Un puterío de camioneros donde se hacía chupar bien la pija antes de volver a su hogar perfecto. Tanta prolijidad me
asfixiaba. Ellos planeaban todo. Eran organizados, previsores. En Semana Santa ya iban pensando las vacaciones del año siguiente y te llamaban para coordinar la
próxima navidad. ¡Un espanto!
Lo cierto es que mi hermana me dijo precisamente lo que necesitaba escuchar. Ese llamado era la prueba que necesitaba. No podía permitirme parecerme tanto a
Sonia. No podía sentirme una desamorada por empezar a trabajar. Por buscar un trocito de independencia aunque mi hijo tuviera sólo dos años y medio.
¡Las guarderías están repletas de bebés de meses! ¡El mundo está lleno de madres que siguen trabajando! ¡Que llenan la heladera de mamaderas con su propia leche
para que alguien alimente a sus hijos durante la ausencia!
Bautista tenía dos años y medio. Caminaba, corría, reía, se divertía. Tenía un papá hermoso, una abuela amorosa, un jardín con compañeritos divinos. Mi hijo era un
nene feliz y no tenía por qué dejar de serlo.
El aviso de un mensaje de texto me sobresaltó. Era Sofía. Mi amiga la reina del entusiasmo: “Estás nerviosa? Yo feliz. Quiero que llegue la noche YA!!”
Estaba nerviosa, sí. ¿Feliz?, no mucho. Y no tenía ningún apuro por que llegara la noche. No respondí el mensaje. Quería hundirme en el café helado y no salir nunca
más del fondo de la taza. Quería quedarme chapoteando en la borra espesa y que alguien decidiera cómo debería ser mi vida de acá hasta dentro de cuarenta años.
Intenté ser convincente conmigo: No quiero hacerle mal a Bauti, ni a Bruno. No quiero convertirme en una resentida insoportable. Bruno me ama. Me da la
contención y la libertad que necesito. Confía en mí, me comprende, pensé. Mis argumentos eran ciertos y claros. Pero Bruno era tan sólido y tan estable, que me
desestabilizaba. Quizás ese era mi problema. Todo hubiera sido más fácil si Bruno me generaba un poco de inseguridad. Debería haberme hecho juegos histéricos para
que el miedo a perderlo me calmara esas ganas locas de salir corriendo.
—Soy una insatisfecha. Sí.
Sofía decía que era culpa de mi carta astral. Mi signo era tauro, ascendente escorpio, luna en piscis. Eso parecía ser una contradicción por donde se mire. Soy una
contradicción. Una contradicción deseando pegar un salto para buscar más contradicciones que me confirmen que sigo viva, me dije.
Tomé uno de los sobrecitos de azúcar y leí la frase que tenía para mí. Era un sobre de azúcar, no una galleta de la fortuna del supermercado chino, pero no importaba.
Necesitaba un oráculo. Una confirmación.
“Hay siempre en el alma humana una pasión por ir a la caza de algo”. Charles Dickens
El sobre de azúcar parecía hablarle a esa otra que alguna vez fui. ¡No necesito ir a la caza de nada! ¡Soy feliz, tengo la vida que quiero tener!, me grité. Estaba
construyendo una familia hermosa y no pensaba llorar en ese bar, sola, ante un café imbebible mientras esperaba que mi hijito saliera de su primer día en el jardín de
infantes. Miré el tatuaje de mi muñeca y me sentí peor. Hacía tiempo que no reparaba en él. De tanto mirarlo se me había vuelto invisible y de repente, en ese preciso
momento, salía de mi piel como desafiándome. Como si viniera desde las venas y asomara para ser visto, y me hablaba. Era simple y directo: deseo.
El tatuaje ya había cumplido cinco años pero me transportó al momento en el que decidí estamparlo en mi muñeca. Aquel momento en Nueva York cuando sentí la
necesidad de sellar un pacto conmigo misma. Me había prometido confiar siempre en mi deseo. Prometí atreverme a explorar mis propios deseos. A dejarme llevar por
ellos. Me tatué para no olvidar nunca la experiencia de libertad más profunda que tuve en mi vida.
Era septiembre de 2008. Yo estaba profundizando cada vez más en mi soltería crónica y Sofía llevaba un tiempo saliendo con un casado. Nunca tuve prejuicios, ni
juicios, sobre ese tipo de relaciones. Lo que me preocupaba era verla enamorada. Sofía siempre fue más Susanita que yo. No me gustaba verla sufrir y el casado la estaba
ilusionando demasiado. En ese momento estaban de vacaciones juntos. ¡Por esa ridícula escapada a Punta Cana, por esa estadía barata en un all inclusive, disfrazada de
luna de miel secreta en baja temporada, Sofía se había perdido el viaje más divertido de mi historia como azafata!
Viajábamos desde Buenos Aires hacia el aeropuerto JFK de Nueva York. Había sido una mañana complicada, accidentada. Yo había pedido que no me pasaran a
buscar por mi casa con el charter de la tripulación. La noche anterior quise tener sexo y había aceptado la propuesta de un amante esporádico y mediocre al que visitaba
cada tanto. Digamos que esa noche sí fue para el olvido. Él estaba cansado y pretendió que durmamos abrazaditos. Yo jamás me quedaba a dormir con un amante, y
menos sin haber tenido una noche de sexo demoledor.
Me fui de su casa a la madrugada dando un portazo. Ni me acuerdo cómo se llamaba ese chico. Le decíamos “Atún”. Siempre que me invitaba a comer me hacía arroz
con atún, fideos con atún. A Sofía y a mí nos encantaba rebautizar a nuestros amantes olvidables. Me fui de su casa molesta pero divertida. Tardé como dos cuadras en
olvidarlo para siempre. En esa época me gustaba sentirme un poco hombre. Desapegada. Fría.
Al otro día partí al aeropuerto sola en el remís. Recuerdo la música. Ese auto tenía algo diferente. El chofer era un hombre desgastado, sufrido. Imaginé que en otra
época habría sido profesor de música, o de piano. Nunca olvidé la música que escuchamos en ese viaje a Ezeiza. El hombre no habló en todo el trayecto. Amé ese gesto.
Esa pausa. Era un remisero sensible. Me atreví a romper el silencio para preguntarle qué era lo que estábamos escuchando.
—La Suite para cello de Bach.
Asentí sin agregar palabras. Me hundí en el asiento fugando la vista hacia el cielo. Llovía con rabia. Imaginé que me estaba yendo a Ezeiza rumbo a un viaje de placer.
Me olvidé de mi trabajo, de mi tripulación, de mi aerolínea. Me fugué.
Antes de bajarme en la puerta de Embarques, un auto nos chocó de atrás. No fue grave. No me golpeé. Sólo me sacudí. Eso sentí, un sacudón. Nada más ni nada
menos.
Bajé del remís. Vi al conductor que nos había chocado y al amigo que lo acompañaba. Las gotas de lluvia habían vuelto translúcidas ciertas partes de la seda de mi
vestido. Sentí que los dos me miraron con deseo y supe que esa noche inconclusa con Atún seguramente había activado mis endorfinas. Los varones huelen cuando una
mujer emana sexo y nosotras intuimos cuándo un hombre nos está oliendo. Me encanta que seamos tan animales. Me encantó sentirme deseada. Sonreí y emprendí mi
vuelo.
Lo que no imaginé nunca es que ese mismo varón, amigo del conductor responsable de mi sacudida, estaría ahí en mi mismo avión. Sentado en su butaca. Mirándome
mientras yo cerraba los portamantas preparando el despegue.
Los aviones son como un paréntesis. La gente cuando abandona la tierra se permite ciertas licencias. Esa sensación me fascinaba. Me parecía excitante ese tiempo
fuera del espacio cotidiano. Tenía misterio, casualidad, destino. Lo que no soportaba era el cliché del morbo que tenían los hombres con las azafatas. No soportaba
ningún cliché. En cada vuelo había dos o tres pasajeros que se te insinuaban. Pajero y pasajero sonaban tan parecido. Te miraban, te rozaban la mano cuando retirabas el
servicio. Insinuaciones poco sutiles, poco originales y para nada sexys. Yo nunca había tenido una aventura con un pasajero. Ni pasajeros, ni pilotos. Pero ese día me
pasó algo diferente cuando sentí la mirada del morocho de ojos penetrantes en mi cuerpo. Lo miré fijo y él se sintió descubierto, en falta. Esquivó mi mirada con una
sonrisa como de disculpas. Como si no fuera un experto en levantes casuales. Su torpeza me atrajo. Hasta me generó ternura. Eso sí era original para mí.
Alexia, mi compañera de vuelo, registró rápidamente cierta picardía en nuestras miradas. Cruces cómplices y tímidos mientras recorríamos el pasillo. Nos metimos en
el galley las dos tentadas como adolescentes.
—¿Viste cómo te mira?
—Los pasajeros no miran, espían. Te apuesto que si le clavo la mirada, no me la sostiene.
Lo miramos lo suficientemente directas como para intimidarlo. Al morocho no le quedó otra que desviar la mirada. Se lo notaba incómodo, acalorado. Me gustaba
observar la reacción que tenían los hombres ante una actitud diferente. La reacción de la reacción. El efecto sorpresa de la provocación.
—Galanes de cabotaje… —lo condené al ver cómo se apichonaba ante la frontalidad de mi mirada.
Minutos antes de aterrizar recorrí la cabina chequeando cinturones de seguridad. A la distancia vi qué él se guardaba la mantita del avión en el ataché. ¡Otro cliché de a
bordo! Cuando llegué a su asiento me sorprendió incorporándose. El corazón se me aceleró de golpe. Verlo de pie me inquietó. Tenerlo sentado y atado al asiento me
daba superioridad. Ahora estábamos los dos frente a frente. De igual a igual. Se había quitado el piloto y una remera blanca, básica pero sofisticada, me dejaba ver su
espalda fuerte, sus brazos torneados. Me gustó su estilo. Sobrio pero moderno. Intenté imaginar a qué se dedicaría. Fantaseé que sería periodista y viajaba a Nueva
York para cubrir algún evento. Periodista de algún magazine cool. Miembro del staff de alguna revista moderna, pensé. Me encantaba inventarle vidas a la gente.
—¿Tengo un segundo para ir al toilette? —preguntó, devolviéndome el dominio de la situación.
—Un segundo.
Me quedé cerca de la puerta del baño para encontrarlo a su salida. Me había gustado esa sensación que me provocaba su cercanía. Cuando salió me encontró de
espaldas. Me susurró muy cerca, pude sentir su aliento en el cuello y el olor de su perfume. Supe en ese momento que jamás iba a olvidar ese olor inconfundible.
—¿Mejor después del sacudón?
—Tengo cervicales a prueba de turbulencias, gracias —le respondí de espaldas y luego lo miré a los ojos—. Está agradable la temperatura en Nueva York. ¿Sos muy
friolento?
Me miró sin entender.
—Entonces sos homeless. Por la mantita que te llevás, digo.
Se quedó mudo. Logré descolocarlo. Sonrió mirándome con un brillo en los ojos que me daban ganas de besarlo ahí mismo. Y redobló la apuesta.
—Soy coleccionista. ¿Eso está penado por las leyes del cielo? —usó un tono desafiante, casi murmurándome al oído.
—En este cielo que nos toca compartir, sí. Pero te perdono, hago de cuenta que no vi nada.
Los dos sonreímos. El tiempo pareció detenerse. Y cuando sentí que podíamos perdernos en una larga charla, lo neutralicé.
—Vamos a aterrizar.
—¿Ya? Qué corto se me hizo esta vez…
—Tendrías que volver a tu asiento.
Aceptó mi autoridad. Percibí cierto goce en su mirada. Disfrutaba del rol de sumiso en ese terreno aéreo donde yo ejercía el poder.
Luego del aterrizaje llegaba el momento de la verdad. En tierra firme los roles se invertirían y sería él el encargado de continuar el juego.
Los pasajeros desembarcaban. Él hacía todo lo posible por demorarse para ser el último en salir. Alexia y yo nos mirábamos divertidas adivinando su estrategia. Tan
obvia, predecible e inocente, pero legítima a la vez. Como cualquier estrategia diseñada por el mismísimo deseo de conocer a alguien.
Alexia se retiró unos pasos para dejarle libre el camino hacia mí. Él se acercó torpe a la puerta de salida. Sólo traía un moderno morral de cuero. Canchero, práctico.
Me gustaba la gente que viajaba liviana.
—Adiós. Que disfrutes de Nueva York.
—Gracias… Igualmente.
Y se quedó dudando. Buscando palabras. Intenté llenar el silencio con una frase que lo impulsara a tomar alguna decisión.
—¿Te olvidaste algo?
—No. Parece que no.
Y se fue. Como expulsado por mi frase inapropiada. Mis palabras, en vez de animarlo, lo habían empujado hacia afuera. Mi compulsión por innovar con reacciones
impredecibles podía fallar.
—¡Lo espantaste, arisca! —dijo Alexia, desde atrás.
Me gustaban los juegos de seducción, el problema era no tener claras las reglas. Yo había planteado un desafío pero él lo había sentido como un rechazo. Mala mía.
Minutos después me zambullí en el café al paso del aeropuerto para sentirme una americana más. Me compré uno en vaso largo, de cartón, con un nombre escrito con
marcador. Me gustaba inventarme identidades cuando pisaba otro suelo. Jamás decía mi verdadero nombre en Starbucks. Esa vez les dije que me llamaba Kim, por Kim
Basinger. Tomé mi vaso americanísimo y caminé por el hall sintiéndome Kim en Nueve semanas y media. Fue entonces cuando apareció “Él”, mi nuevo Mickey
Rourke. Irrumpió en mi camino como en un arrebato. El café americano voló directo a mi escote argentino. Él casi se desintegra de la vergüenza mientras yo me reía a
carcajadas. Era una risa nerviosa, de descarga. Reía por la sorpresa del reencuentro y la excitante sensación de que el juego continuaba. Él intentaba limpiarme el café
espumoso mientras me tocaba las tetas. Todo era genuino, accidentado.
—Estoy quedando como un imbécil. Quería hablarte antes de bajar del avión

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