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Libro PDF El hombre de las montañas – Sonsoles Fuentes

El hombre de las montañas – Sonsoles Fuentes

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hijo, Mati observaba a Álvaro de reojo
y se preguntaba si en este mundo todo,
absolutamente todo, estaría regido por
caprichosas coincidencias.
Se asombraba, por ejemplo, de
que aquel hombre no solo amase la
zarzuela, sino que pudiera seguir la
letra, incluso, de la que esa tarde se
interpretaba sobre el escenario de aquel
pequeño teatro de barrio.
Era La leyenda del beso. Y allí
estaban, escuchándola, dos personas
cuyas vidas habían evolucionado de
forma paralela, unidas por lugares
visitados en las mismas épocas, por
ciudades en las que ambos habían
residido durante años sin acertar a
encontrarse.
Pero por muchas coincidencias
que existieran entre ellos, en absoluto
pensaba la mujer que Álvaro sería aquel
hombre de quien Douglas le habló hacía
apenas un par de meses. No, ese hombre
no podía llegar a su vida en una cita a
ciegas.
Aquella noche, la de la
predicción, parecía muy tranquila. Los
últimos clientes acababan de marcharse
y Mati estaba decidida a recoger cuando
entraron tres jóvenes con ganas de
jarana. Ella los reconoció enseguida,
como también reconoció la trifulca que
traían de la calle consigo aquellos
rostros rígidos y ofuscados.
—No me vengáis con peleas
¿eh?, que no quiero broncas aquí. Ya os
lo tengo dicho.
Aún no había acabado de hablar
cuando el cuerpo de uno de los chicos se
precipitó sobre la mesa y ésta trazó un
rápido movimiento hasta chocar con la
puerta del restaurante. El otro lo agarró
por el cuello del anorak, antes de que
pudiera responder al ataque, y le hincó
la rodilla en el vientre.
La figura de Douglas apareció
entonces abriendo la puerta de entrada y
arrastrando con ella la mesa hasta
devolverla a su lugar de origen. Mati
respiró aliviada.
—Es cosa de magia, tú. No sé
cómo te las arreglas para adivinar
cuándo hay follón aquí —dijo Mati
después de que el escocés despachara a
los muchachos.
Douglas era íntimo de la familia
desde hacía un par de años. Trabajaba
en la zona como comercial de productos
de limpieza y era extraño que no
apareciera casi a diario para disfrutar
del menú casero que ofrecía Mati.
—¿Y tus hijos? —preguntó él.
—Hoy no ha podido venir
ninguno.
—Bueno, ya es hora de cerrar
¿no? Venga, te echo una mano.
Colocaron las sillas boca abajo,
sobre las mesas. Douglas barrió
mientras ella limpiaba la superficie de
la barra y dejaba preparada la máquina
del café. Se quitó la bata y peinó sus
cortos cabellos con los dedos.
El ruido de la persiana al bajar
asustó al silencio, ese que se apropia de
las calles a la hora de la cena. El
escocés acompañó a la mujer hasta la
puerta de su casa, junto al reformado
castillo de la ciudad. Sentados en uno de
sus muros estaban los quinquis de la
pelea, liándose un porro.
—Ya verás —dijo Mati al
verlos—, mañana volverán como si
nada. Estoy cansada de hacer de madre
de todos ellos. Al principio me sentía
bien. Los he visto crecer, son hijos de
mis vecinos. Pero te aseguro que no
puedo más. El otro día querían jugar al
tres en raya con coca y, además, me
animaban a participar: «Venga, tía, que
con esto pierdes una de kilos que te
cagas».
—¿Sabes Mati? Tú te casarás
con un hombre que vendrá de las
montañas.
Mati rió.
—Pero mira que eres iluso. Yo
ya he estado casada. Y no quiero más
cambios en mi vida, ¿sabes? Además,
para qué. A veces los cambios llegan
para que todo siga igual que antes.
—No, igual no. Él será diferente.
—Sí claro. Un día entrará
Humphrey Bogart en mi bar e
intercambiaremos los papeles. Él hará
de Ilza, yo seré Rick y ambos
interpretaremos ese final de Casablanca
que nunca se llegó a filmar.
Douglas puso cara de reproche.
—No necesito a nadie —intentó
disculparse Mati—. Me basta con lo que
tengo. Con mis cuatro hijos, contigo, con
los amigos que tanto me habéis ayudado.
—Pero no es lo mismo. Ya sabes
a qué me refiero. Hasta los chicos te lo
dicen.
—Mira Douglas, fíjate bien —
Mati señalaba el contorno de uno de sus
ojos—. ¿Ves este par de surcos?
Profundos, ¿eh?
Después se llevó la mano al
cabello y apartó unos mechones.
—¿Y estas canas? Sí, no pierdas
de vista las raíces. ¿Crees que son
propias de mi edad? ¿O que se deben a
una herencia genética?
Douglas se encogió de hombros.
—Pues no, chico. Esto me lo he
ganado yo cargando con ese infeliz que
tuve por marido. ¿Quieres envejecer
pronto? Escoge a la pareja equivocada y
ya verás cómo las que a estas horas
tenían que ser unas leves arrugas de
expresión tienen la profundidad del
cañón del Colorado. Y, a pesar de eso,
todos os empeñáis en que me lance en
busca de mi media naranja. ¿No crees
que debe de haberse podrido?
Mientras subían ya la cuesta
junto al castillo, el escocés se rascó su
barba pelirroja con expresión pensativa.
—Bueno, ahora que vas a cerrar
el restaurante se te acabarán unos
cuantos problemas.
—Sí, y mañana, cuando firme la
sentencia de divorcio tiraré de la
cadena, como dicen mis hijos.
Vieron luz en las ventanas de la
casa.
—Los chicos han llegado —dijo
Mati—. Pasa a saludarles.
Douglas aceptó la invitación. Le
encantaba contemplar cómo los chavales
achuchaban a su madre, la besuqueaban
y pellizcaban.
—¿De qué te extrañas? —le
había preguntado Mati una vez—. ¿Es
que en tu familia la gente no se abraza y
se besa?
—No, nunca —respondió él.
Debe de ser la cultura escocesa,
pensaba ella.
A las diez de la mañana del día
siguiente estampaba Mati su firma en los
documentos que la divorciaban de su ex.
—Ahora ya eres libre —dijo el
abogado—. Puedes casarte de nuevo.
—Déjate de tonterías, Jaime. No
sé qué os pasa a todos. Mis amigas,
Douglas, mis hijos y, ahora, tú. ¿Es que
no me veis? No puedo estar más gorda
de lo que estoy. Y paso de arreglarme.
No quiero gustar a ningún hombre. Con
ir limpia, tengo bastante. Mi vecina se
metió el otro día con las batas que me
pongo para trabajar: «Ay, Mati, hija, ¿es
que no las hay más feas en la tienda?»
Pues no, no las hay, esas son las que yo
elijo, las más horribles.
—Bueno, bueno —insistió el
abogado—, esa es la apatía del
principio. Todos los separados dicen lo
mismo. Ya veremos qué me cuentas
cuando hayas pasado página de verdad.
—Pero, ¿tú sabes lo que hay ahí
fuera? El otro día se me ocurrió pisar
uno de esos bailes a los que van mis
amigas. Había un tío que no sé por qué
motivo no me quitaba ojo. Cuando me
fijé en sus piernas, me di cuenta de que
llevaba calcetines de medias, ¡cómo los
que nos ponemos nosotras! Y en tono
granate. Según Lourdes, otra separada
que iba conmigo, eso es lo que se ponen
ahora los ejecutivos. Yo no sé, pero
cuando se me acercó para que bailara
con él, creí que me daba un pasmo. No
puedes imaginarte cómo olía a sudor, y
con la mezcla de quince litros de
colonia. Ni te cuento.
Ya en la calle, la mujer arrastró
sus pasos hacia el metro. Pero se detuvo
al cazar al vuelo la conversación de dos
mujeres que se saludaron junto al
semáforo donde Mati esperaba para
cruzar.
—¿Ya estás de vuelta?
—¡Qué va, hija! Pa’llá iba. Pero
han dicho por el artavó que la línea
cinco no va, y toda la gente s’ha tenío
que bajá.
Mati no estaba segura de llevar
suficiente dinero para el taxi, pero el
veranillo de San Martín la tenía
demasiado sofocada como para esperar
el autobús. Rebuscó en el bolso y, al
sacar la cartera, cayó al suelo una
tarjeta. La recogió y leyó las señas.
SamSara
Agencia matrimonial
Avenida Diagonal, 538 –
Principal, 2
Barcelona
Al alzar la vista advirtió que una
lucecita verde se acercaba y levantó el
brazo. Pero el taxi pasó ante ella y paró
unos metros más allá para recoger a una
rubia esbelta con un vestido de
estampado felino. Mati intentó abordar
la situación con calma y sin berrinches.
Pensó, sin inmutarse, «que se mueran las
flacas», y comenzó a abanicarse con la
documentación del divorcio.
Diez minutos después, el chófer
que atendió a su señal ponía rumbo al
centro de Barcelona. Recordó el día que
acompañó a su amiga Celia a apuntarse
en la agencia. Sentía curiosidad por
conocer su funcionamiento. ¿Qué clase
de gente acudiría a un lugar como ese?
—Pues gente como yo, ¿no? —
comentó la amiga—. Porque, digo yo,
que si a mí se me ocurre, será que a
otras personas tan normales como yo
también se les pasa esa idea por la
cabeza.
El taxi llegó a Balmes, donde se
hallaba la consulta del dentista, que
ocupaba uno de los pisos antiguos del
Ensanche, acondicionado y reconvertido
en oficina y clínica. Pisos, la mayoría,
de pasillos largos y techos altos,
sombríos y desangelados muchos,
luminosos y de marcado estilo
modernista otros. El del doctor Sarró
era uno de estos últimos. Mati adoraba
las vidrieras de sus ventanales, a pesar
del trabajo que daba limpiarlos. Ella
bien lo sabía. Trabajó durante cuatro
años en la clínica, antes de abrir el
restaurante.
—No sabía que venías hoy —
saludó la mujer del doctor—. Ayer
mismo hablaba sobre ti con mi hermano.
—¿Cómo está?
—¿Mi hermano?
Estupendamente. Esta tarde se marcha a
Noruega, a otro congreso de psiquiatría.
Pero esta vez le acompaña mi cuñada.
Han pensado que los chicos ya tienen
edad de ser autosuficientes.
—¿Los han dejado solos?
—Pues, sí. A mí me parece muy
bien, la verdad. Tienen que aprender a
espabilar. Pero no te imaginas cuánto se
lo han pensado. Sobre todo mi hermano
que es tan protector. Y eso que es
psiquiatra. Por eso hablábamos de ti, si
no fuera porque tienes el restaurante, te
habrían llamado para que te encargaras
un poco de ellos. Al menos de la cocina.
Contigo comían de todo.
—Estoy a punto de cerrarlo. De
todos modos, siempre puedo cocinar
para ellos en el mismo restaurante.
—¿Aún te molesta?
—¿Quién?
—Tu marido.
Mati no quiso mencionar el
divorcio. Teresa, la mujer del dentista,
tenía por costumbre hurgar en la vida de
los demás tanto como su marido lo hacía
en la boca de los clientes.
—Qué va. Hace siglos que no
pasa por el bar.
Una filipina de edad madura
salió de la estancia contigua al
recibidor. Llevaba consigo una bandeja
y el tintineo de las tazas.
—Voy a tomar café. ¿Qué vienes
a hacerte?
—La limpieza anual.
—Pues aprovecha ahora, antes
de entrar en la consulta, y toma una taza.
—No, Teresa, gracias, pero me
he acostumbrado a tomar una cafetera
entera cada mañana antes de salir de
casa, y después ya no lo pruebo en todo
el día.
La filipina entró de nuevo en la
cocina sin decir palabra.
—El café, como el tabaco, son
grandes amigos de los odontólogos —
bromeó Teresa mientras llenaba una taza
del negro colega de los dentistas.
Mati le rió la gracia sin
demasiadas ganas. Por motivos que no
acertaba a explicar, la mujer del doctor
Sarró le producía una extraña repulsión
que la forzaba a mantenerse distante.
Teresa iniciaba el esbozo de una sonrisa
para arrinconarla en algún lugar
recóndito antes de completar el dibujo.
Ese lugar y lo que en él se escondía
animaba a Mati a huir con sigilo de su
lado. Todo lo contrario a lo que le
sucedía con su hermano, el doctor Soler,
psiquiatra en cuya casa encontró refugio
y armas para manejar al marido.
Se abrió la puerta de la consulta
y de ella salió un joven que intentaba
encontrar algo de tacto en la zona
izquierda de su mandíbula.
—¿El servicio, por favor? —
preguntó.
Mientras le indicaban, Mati
entró en la consulta.
Con la boca ya limpia, y allí, tan
cerca de la finca de la avenida Diagonal
que indicaba la tarjeta, no pudo
resistirse y empujó sus piernas hasta el
portal donde se encontraba la oficina.
Cambió de idea ante el reflejo
de su figura en los cristales de la
entrada.
Pero la soledad de aquella noche
fue un factor decisivo en el posterior
desarrollo de los acontecimientos.
Todos los chicos tenían planes y no
había nada que la entristeciera más que
sentarse a cenar y sin compañía una
pizza congelada.
Así que a la mañana siguiente
regresó a Barcelona con el firme
propósito de buscar pareja.
Pronto se desanimó.
—Me salen cuatro —dijo Eva,
la joven que la atendía, sin apartar la
vista de la pantalla del ordenador.
—¿Cuatro? Pues no hay mucho
donde escoger, ¿no?
—Bueno, hay épocas del año en
las que se apuntan más personas. Otoño
es una de ellas, porque deciden no pasar
otras vacaciones a solas. Pero ahora
mismo no veo que haya muchos clientes
afines a usted.
—Vaya. Supongo que tampoco
me ajusto a los deseos de muchos de los
apuntados.
Eva se puso un poco nerviosa.
—Los que vienen con
demasiadas exigencias tienen más
problemas para comenzar algo.
—Ya, tengo que esperar a que
alguno de esos cuatro quiera descubrir a
la maravillosa mujer que hay en mí.
Eva la miró aturdida y triste.
Mati no quería perturbarla.
—No te preocupes, mujer, estoy
bromeando. Me miro en el espejo y sé lo
que veo en él. Las Gracias de Rubens no
están de moda, pero he venido a
arriesgarme.
Mati cogió los folios donde
quedaron impresas las fichas de los
cuatro hombres. Los ojeó y se detuvo en
el tercero.
—Huy no, un empresario no, y
menos de Puigcerdà. Eso es demasiada
clase para mí. Me sentiría incómoda.
—¿Lo ve? No le conoce, jamás
lo ha visto ni hablado con él, y ya está
poniendo pegas. A eso me refería. De
todos modos estamos en octubre y esto
se llenará de clientes ahora. Vendrán
muchos más.
—Bueno, está bien, déjales mi
teléfono, o envíales mi ficha. En fin, lo
que hacéis normalmente.
Lo que hacían normalmente era
enviar por correo las fichas de personas
que ellos consideraban afines a cada
cliente, y este se encargaba de contactar
o de esperar a que llamaran.
Ella dejó que fueran los otros
quienes marcaran su número, para
rechazar después cualquier propuesta.
Fueron más de una docena, pero uno le
pareció insulso, otro demasiado
presuntuoso, alguno iba de listillo y, por
fin, fue Carmen, la propietaria de la
agencia, quien se decidió a llamarla:
—¿No quieres que quedemos
para charlar? A veces una no está en su
momento de encontrar a la persona. Si,
como mínimo, hubieras quedado con
ellos, lo entendería. Pero ni siquiera
eso.
—Es que, no sé —titubeaba Mati
en el despacho donde conversaron con
calma—. Supongo que tengo miedo. Y
tengo motivos, ¿sabes? Mi ex marido
gastaba cuanto ganaba en putas y en el
juego. Bebía. Y cuando perdió el último
trabajo, se negó a dar golpe. ¿Sabes qué
me decía en la misma maternidad, recién
parida? Que debería hacerles a mis
hijos la prueba de paternidad.
—¡Qué horror! Pero no puedes
creer que todos sean así. O que lo sea
todo hombre que aparezca en tu vida.
—Ya, ya lo sé.
—Además, me dijo Eva que son
tus propios hijos quienes te animan.
—Sí, creo que me quieren
jubilar. El mayor se va a independizar
ya. Y los otros, bueno, imagino que
tienen miedo de dejarme sola. Pero, por
otra parte, tendría que ser un hombre que
se llevara bien con ellos. Eso lo tengo
muy claro.
—¿Y por qué no va a ser así?
—Además —confesó Mati—,
creo que me rechazarán. Por mi aspecto,
quiero decir. Solo pido una oportunidad.
Una oportunidad para ser feliz, y no sé
si podría soportar algunas situaciones.
Soy una mujer fuerte, pero con límites.
Me han contado que algunos quedan con
la persona y, cuando la ven, se dan la
vuelta y la dejan plantada. Ya estoy
harta de que me traten como si fuera un
trapo. No he venido aquí para eso.
—Mati, no voy a engañarte. La
mayoría de los hombres no andan a la
búsqueda de la belleza interior. Pero
también hay algunos que han sufrido,
tanto como puedes haber sufrido tú, y
que no buscan a una joven
despampanante que les cure la
pitopausia.
—Lo intentaré —dijo Mati a
modo de rendición—, pero no prometo
nada.
Álvaro, el empresario de
Puigcerdà, llamó en diciembre.
—¿Diga?
—Hola, ¿puedo hablar con la
señora Matilde…?
—Yo misma.
—Ah, mira, que llamo de la
agencia.
—¿Quién eres?
—Álvaro, vivo en Puigcerdà.
—Ah, sí, el empresario viudo.
—¿Ya tengo mote?
—A falta de una cara con la que
asociarte —se excusó Mati.
—Tengo un pequeño negocio
con el que consigo vivir por mi cuenta,
pero nada más. No quiero que te
imagines lo que no es, porque en
realidad soy pintor, sencillamente.
—Yo no me he imaginado nada
—mintió ella.
—Es que en tu ficha también
pone que eres empresaria, y no sé

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