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El hombre del parque – David Castells

El hombre del parque – David Castells

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Descargar El hombre del parque En PDF libro tranquilamente sentado en el sofá
del apartamento que hacía pocos días
había alquilado. De repente, su mirada
se quedó fijada en la pared de delante.
Había una estantería llena de libros. Se
levantó y se dirigió hacia ella mirándola
desde distintos ángulos. Había alguna
cosa que no le acababa de gustar. La
empujó para acabarla de ajustar, pero no
se movió. Introdujo las manos dentro de
los estantes y pulsó simultáneamente dos
palancas. Se oyó un clic y la estantería
avanzó unos centímetros por uno de sus
lados convirtiéndose en una puerta. La
abrió y accionó el interruptor de la luz
que iluminó un pequeño recinto de un
metro de ancho hecho a modo de doble
pared. En todo su entorno habían
estanterías llenas de objetos: un
ordenador portátil, herramientas, libros,
carpetas, cajas, bolsas de viaje, etc. En
el centro quedaba espacio para dos
personas juntas.
Daniel cogió un destornillador y
ajustó el mecanismo de cierre. Luego,
barrió con el pié la zona por donde
pasaba la puerta y la volvió a cerrar.
Seguidamente cerró las luces del salón
para observar si se filtraba algo de luz
del escondite. Parecía que no. Encendió
la luz, comprobó de cerca el ajuste y
quedó satisfecho.
Era difícil encontrar apartamentos
donde fuera factible construir una doble
pared y más aún, donde se pudiera
entrar todo el material necesario sin
levantar sospechas. No era la primera
vez que lo hacía. Ya había adquirido
bastante experiencia. En esta ocasión lo
había construido solo en siete días
trabajando con mucho cuidado para no
hacer mucho ruido. Ni si quiera el
propietario se daría cuenta de que
aquella sala de forma rectangular, ahora
tenia un metro menos de largo.
Satisfecho, se sentó en el sofá con las
piernas encima de la mesa y continuó
leyendo.
Lunes 13 de octubre de 2014 a las 23:30
La tenue luz de un conocido
restaurante del Paseo de Gracia de
Barcelona dejaba entrever dos figuras
cenando con actitudes bien opuestas,
como si fueran el yin y el yang. Una, era
una mujer de entre treinta y cinco a

El hombre del parque – David Castells

cuarenta años, de cabellos largos,
negros y relucientes. Se sentaba bien
derecha, altiva, observando todo lo que
pasaba a su alrededor. La otra figura era
un hombre de edad similar, un poco
encorvado y fijado en su plato. De vez
en cuando alzaba tímidamente la mirada,
pasándola por el escote de su
compañera de mesa hasta llegar por un
instante a cruzarse con aquellos ojos
negros que le miraban con indiferencia.
Emma se removió nerviosa: No
había manera de encontrar una posición
cómoda en aquella silla tan moderna.
—Así pues, ¿de qué me querías hablar?
—preguntó bruscamente a su compañero
que comía con ganas un filete con salsa
de mostaza.
—Ah, sí —dijo Santi masticando y
repartiendo las últimas gotas de la
botella de vino entre las dos copas.
—Mira, es que este nuevo caso, el caso
Heidi, me da mala espina.
Emma era la directora y propietaria de
una agencia de detectives de nombre
Arkadia. Ella prefería referirse como
una “Agencia de Información Personal”.
El nombre le vino durante una noche de
insomnio inspirada por un par de copas
de vino del Priorat. Decía que “Arka”
significaba algo cerrado y secreto.
Según ella, solo era casualidad que las
oficinas estuvieran cerca del pasaje
Arcadia. Ya hacía unos dos años que el
negocio funcionaba y Santi empezó a
trabajar casi desde el inicio. Se habían
conocido hacía años en la facultad de
derecho, aunque entonces no habían
tenido mucha relación.
Desde que Santi había cortado con su
pareja, ya hacía unos seis meses, Emma
experimentaba sutiles intentos de
acercamiento íntimo por parte de Santi,
el enésimo de los cuales, era aquella
invitación a cenar. Ella había acabado
accediendo y eso le había puesto de mal
humor. “¿Porqué tenían que ir a cenar
fuera si podían hablar cada día en la
oficina?”…
—¿El caso Heidi? ¿Qué es lo que no ves
claro?
El caso Heidi se trataba de hacer el
seguimiento de una chica de veinticinco
años. Registrar sus movimientos,
actividades, relaciones, etc. Era un
típico caso de investigación que había
sido encargado por una firma de
abogados suiza, la Marvin & Marben.
Una trabajo rutinario, sin ninguna
complicación. Cada día se pasaba el
informe al cliente y se cobraba
puntualmente por semanas según el
precio convenido. Santi se había
dedicado los últimos días con la ayuda
de los colaboradores que hacían el
trabajo duro de la calle. Se limpió los
labios con la servilleta mientras
aprovechaba, una vez más, para hacer un
repaso rápido por el escote de Emma.
—Mira, esta chica no hace nada malo.
Ni drogas, ni malas compañías, ni
prostitución, ni siquiera sale por las
noches. Me extraña mucho que alguien
pague tanto dinero para vigilarla.
—Bueno, ya saldrá alguna cosa, ¿no?
¿Cuántos días lleváis trabajando?
—Unos veinte.
—¿Veinte ya? —se sorprendió Emma.
Ahora le venia a la memoria el día que
recibió el encargo por correo
electrónico. Era bastante habitual recibir
los encargos a través de un
intermediario para preservar la
identidad del cliente final.
—Pues si es tan buena niña y ellos van
pagando, perfecto, ¿no? ¿Donde está el
problema?
—Sí, Emma, pero es que a esta chica le
pasa algo. Es excesivamente cauta y
suspicaz.
—Ah, claro, pues ahí lo tienes; si sabe
que la vigilan difícilmente la pillaremos
haciendo algo especial.
—No, no puede ser que nos haya calado.
He tenido mucho cuidado en ir
cambiando los fickers y los he ido
supervisando.
Fickers era el nombre que utilizaban
ellos para nombrar a sus colaboradores:
un grupo heterogéneo de unas veinte
personas que incluía principalmente a
parados, estudiantes y jubilados, para
hacer tareas de vigilancia y seguimiento.
Según la tarea a realizar, se escogía el
perfil más idóneo.
Emma se quedó unos momentos
pensando qué podía hacer. De repente
reaccionó.
—¿Y para decirme esto teníamos que
venir a cenar? Pensaba que querías
hablar de tu relación laboral y no de un
problema concreto del trabajo.
—Es que he pensado que en el trabajo
nos distraerían y que aquí podríamos
tener una conversación más íntima… es
que te quería pedir…
—¿Más íntima? ¡Si en la oficina
estamos casi siempre solos!
Santi se puso nervioso. Quizás no había
sido una buena idea salir a cenar juntos.
Esperaba que ella, fuera del ambiente
laboral, se relajaría y se abriría un
poco. Sin embargo continuaba estando
tan distante como en la oficina. Santi
intentó arreglar la situación:
—Bueno, quería decir sin
interrupciones.
En aquel momento el camarero los
interrumpió para retirar los platos y
dejarles la carta de postres. Los dos se
miraron sonriendo.
—Quería decir sin interrupciones
telefónicas.
Entonces sonó el teléfono de Santi.
—¡Vaya! Muy oportuno. A ver

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