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Libro El hombre invisible de Salem – Christoffer Carlsson

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Libro El hombre invisible de Salem – Christoffer Carlsson  

PDF Descargar lucro compró el apartamento gracias a la donación
de alguien que tenía más dinero del que
necesitaba. La asociación reformó el apartamento,
lo convirtió en un albergue para marginados y
desfavorecidos y lo bautizó Residencia Chapman.
Tienen visita una vez por semana, como mínimo,
las más de las veces de aburridos burócratas de
los servicios sociales, pero a menudo también de
la policía. Lleva el albergue una antigua asistente
social, Matilda o Martina, no recuerdo el nombre.
Es mayor, pero infunde más respeto que la mayoría
de los policías.
Me asomo por la barandilla y veo entornada la
recia puerta del albergue. La luz está encendida.
Una voz más suave, la de una mujer, atempera la
voz rabiosa del hombre. El ascensor pasa de largo
en su descenso y yo lo sigo; oculto tras su mole,
bajo al primer piso. Los dos policías que hay allí
se quedan helados al verme. Son jóvenes, mucho
más que yo. El ascensor se para en la planta baja y
todo queda en silencio.
—Cuidado con dónde pisas —dice la mujer.
—Pon la cinta —dice el hombre, y le da un
rollo de cinta blanca y azul; y ella se lo queda
mirando.
—Ponla tú, yo me encargo de él.
La mujer se ha quitado la gorra y la tiene en la
mano; lleva el pelo recogido en una cola de
caballo muy tirante que le tensa la cara. El hombre
tiene la barbilla cuadrada y los ojos amables, pero
yo creo que los dos están bastante nerviosos
porque no paran de mirar el reloj. En las
hombreras del uniforme lucen una única corona
dorada, ninguna banda. Ayudantes.
El hombre se dirige a la escalera con el rollo
en la mano. Hago por sonreírle.
—Resulta que aquí ha pasado una cosa —dice
la mujer—. Y me gustaría que te quedaras dentro
del edificio.
—No pensaba salir.

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—Entonces, ¿qué haces aquí abajo?
Miro hacia la ventana del hueco de la escalera;
es enorme y por ella se ve el bloque de la acera de
enfrente. Todavía bañado en luz azul.
—Me he despertado.
—¿Te han despertado las luces?
Le digo que sí con un gesto, sin saber muy bien
qué estará pensando. Parece sorprendida. Noto un
olor ácido y, en ese momento, me doy cuenta de lo
pálida que está, de que tiene los ojos enrojecidos.
Acaba de vomitar.
Ladea la cabeza un poco, apenas nada, y frunce
el entrecejo.
—¿Nos hemos visto antes?
—No lo creo.
—¿Estás seguro?

—Soy policía —empiezo a explicarle—, pero
no… No, no creo que nos hayamos visto.
Se me queda mirando un buen rato, luego saca
el cuaderno del bolsillo y pasa las hojas hasta que
encuentra lo que busca, el bolígrafo hace clic, ella
anota algo. A mi espalda suena el crujido de la
cinta del cordón policial que su colega maneja
torpemente, de un modo que me irrita. Observo la
puerta que queda detrás de la mujer. No hay
indicios de que la hayan forzado.
—No me habían informado de que aquí viviera
un policía. ¿Cómo te llamas?
—Leo —respondo—. Leo Junker. ¿Qué ha
pasado?
—¿En qué sección estás, Leo? —continúa la
mujer con un tono que revela que no está nada
convencida de que le haya dicho la verdad.
—AI.
—¿AI?
—Asuntos Intern…
—Ya sé lo que significa. ¿Me enseñas tu placa?
—La tengo arriba, en la cartera —le digo, y
ella dirige la vista por encima de mi hombro,
como buscando la mirada de su colega—. ¿Sabéis
quién es la mujer? —le digo—. El cadáver.
—O sea… —empieza la mujer—. Es decir, que
sabes lo que ha pasado, ¿no?
No soy buen observador, pero es raro que
vengan hombres al albergue. Ellos tienen otros
sitios a los que ir. Las mujeres, en cambio, no
pueden elegir entre tantos albergues, dado que la
mayoría de este tipo de hogares niega el acceso a
las que se drogan o a las que se prostituyen. A las
mujeres se les permite hacer lo uno o lo otro, pero
no las dos cosas. Lo malo es que la mayoría de
ellas hace las dos cosas, precisamente. La
Residencia Chapman es una excepción, de modo
que aquí acuden muchas mujeres. Sólo tienen una
regla: no pueden llevar armas. Es una postura que
despierta mis simpatías.
O sea, lo más seguro es que se trate de una

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mujer y, a juzgar por el despliegue, no estará viva.
—¿Puedo…? —le digo, y doy un paso hacia
ella.—
Estamos esperando a los técnicos —oigo que
dice el colega a mi espalda.
—Y Martina, ¿está dentro?
—¿Quién? —pregunta la mujer desconcertada,
y ojea el cuaderno.
—La mujer que lleva el albergue —respondo
—. Somos amigos.
La agente me mira con escepticismo.
—Quieres decir Matilda, ¿no?
—Sí, eso.
Me quito los zapatos y la dejo atrás con ellos
en la mano, camino del albergue.
—Oye —me dice tajante, cogiéndome fuerte
del brazo—. Tú te quedas aquí.
—Sólo quiero ver cómo está mi amiga —le
digo.—
Si ni siquiera sabes cómo se llama…
—Sé cómo hay que moverse en la escena del
crimen. Sólo voy a comprobar que Matilda está
bien.—
Eso no importa. Aquí no entras.
—Dos minutos.

La agente se me queda mirando un rato antes de
soltarme el brazo, y vuelve a mirar el reloj.
Alguien aporrea la puerta de la entrada, fuerte y
con insistencia. Ella busca a su colega, que ha
subido la escalera y ha desaparecido de nuestra
vista.—
Espera aquí —me dice. Yo asiento y sonrío,
trato de parecer buena gente.
El mundo es, en la Residencia Chapman, de una
calma fantasmagórica. El techo es bajo y lo tengo
muy cerca de la cabeza, afea el suelo un parquet
plagado de marcas. El albergue consta de un
amplio vestíbulo, una cocina comedor, un aseo y
una ducha, un despacho y lo que me figuro que son
los dormitorios, al fondo del local. El olor
recuerda al del ropero de un hombre mayor.
Dentro, en el suelo, hay un cesto grande y, al lado,
una nota escrita a mano. «ROPA DE ABRIGO.» Por
debajo de una sudadera con capucha asoma un par
de guantes; los cojo.
A unos metros a la derecha del vestíbulo hay
una cocina ordenada y limpia, con una mesa de
madera cuadrada y un par de sillas con el respaldo
de barrotes. A la mesa está sentada Matilda, esa
mujer que parece un pájaro, de perfil puntiagudo y
cabeza poblada de rizos plateados; enfrente, un
policía de uniforme. Parece que Matilda está
respondiendo a sus preguntas en voz baja y serena.
Cuando llego a su lado, levantan la vista, y la
saludo con un gesto.
—¿Eres de Delitos Violentos? —pregunta el
policía.
—Claro.
Mira de reojo los guantes que llevo en la mano
y luego al suelo, donde se distinguen claramente
huellas de zapatos. No son botas, más bien algún
tipo de calzado deportivo. Pongo el pie al lado de
la huella compruebo que tengo los pies del mismo
tamaño que el que acaba de estar allí.
—¿Dónde están las otras mujeres?
—Estaba sola —dice Matilda.
—¿La conocías?
—Ha estado aquí varias veces este verano.
Creo que se llama Rebecka.
—¿Con ce y ka?
—No lo sé, creo que con dos ces.
—¿Y el apellido?
Matilda niega con un gesto.
—Ya te digo que ni siquiera sé cómo escribe el
nombre de pila.
Sigo adelante y llego al dormitorio. Las
paredes están descoloridas, revestidas de cuadros.
Hay una ventana entreabierta; da paso a la noche
de agosto y a un frío poco natural. El dormitorio
tiene ocho camas, alineadas a lo largo de las
paredes. Los edredones no son iguales, unos son
estampados, como las paredes de los apartamentos
en los setenta; otros, lisos, de tonos fuertes de azul,
verde o naranja; otros, con dibujos horribles e
insulsos. Todas las camas llevan un número,
escrito con prisas en la madera. En la cama
número siete, al fondo de la habitación, hay un
cadáver de costado, de espaldas a mí, con unos
vaqueros desgastados y un jersey. Se atisba el pelo
oscuro y descuidado. Dejo los zapatos en una de
las camas y me pongo los guantes.
La gente dispara, pincha, golpea, patea, ahoga,
agujerea, asfixia y se atropella, y el resultado
fluctúa entre ser discreto y eficaz como una
intervención quirúrgica, y pringoso como una
ejecución medieval. En esta ocasión, la vida ha
cesado de forma súbita y limpia, casi
imperceptible.

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De no ser por la florecilla color ocre que le
adorna la sien, podría estar dormida. Es joven,
entre veinte y veinticinco años; podría tener cinco
años más, pero una vida dura deja huella en la
cara de las personas. Me inclino sobre ella para
ver mejor el agujero de entrada. Un poco más
grande que la cabeza de una chincheta, así es, y las
discretas salpicaduras de sangre y polvo negro
procedente del arma le han manchado la frente.
Alguien le ha disparado por la espalda con una
pistola de pequeño calibre.
Observo los bolsillos. Parecen vacíos.
Tampoco parece que hayan tocado la ropa por el
borde del jersey se ve parte de una camiseta, pero
nada indica que la hayan registrado, que hayan
estado buscando nada. Le pongo las manos en el
costado, los hombros y la espalda con la esperanza
de encontrar algo que no debiera estar ahí. Al
subirle la manga del jersey, veo en la cara interna
del antebrazo el resultado del abuso de
jeringuillas, pero tiene mejor aspecto de lo
habitual, como si hubiera convertido en un deporte
sus intentos de chutarse con toda la precisión
posible.
Oigo detrás de mí los pasos de Matilda. Se
para en el umbral, como si tuviera miedo de entrar.
—La ventana —digo—. ¿Está siempre abierta?
—No. Normalmente está cerrada. Estaba
cerrada cuando llegué.
—¿Vendía?
—Eso creo. Llegó hace unas horas. Me dijo
que necesitaba un sitio donde dormir. La mayoría
de las mujeres tardan más en volver.
—¿Traía algo más? ¿Ropa, maletas?
—Nada, salvo lo que lleva puesto.
—¿La ropa es suya?
—Creo que sí. —Matilda se sorbe los mocos
—. Nuestra no es, desde luego.
—¿Llevaba zapatos?
—Al lado de la cama.
Unas converse negras con cordones blancos
demasiado gruesos. Los ha comprado después y
los ha puesto en lugar de los originales. Están
desiguales y rajadas. Guardaba dentro las
cápsulas. Cojo una de las zapatillas y observo la
suela, gris oscuro y carente de interés, antes de
dejarla de nuevo en el suelo. Saco el móvil y le
enfoco la cara con él, saco una foto y, en un abrir y
cerrar de ojos, el pequeño flash de la cámara
vuelve la piel de un blanco hiriente.
—¿Cómo la viste cuando llegó esta noche?
—Colocada y cansada, como todas las demás.
Dijo que había tenido una mala tarde y que quería
dormir.
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