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Libro PDF El juego de la pasión – Juegos del placer 02 – Emma Hart

El juego de la pasión - Juegos del placer 02  - Emma Hart

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Se abre la puerta de nuestra habitación y entran Maddie y su fogosa melena.
—Tienes que ponerme enferma o algo. O fingir que lo estoy. Ah, ¡ya sé! Píntame con
pintura facial —balbucea cerrando de un portazo y apoyándose contra la puerta.
—¿Qué? ¿Pintura facial? —Frunzo el ceño.
—Sí. Soy alérgica. —Se señala la cara—. Siempre se me hincha la cara y me salen
manchas y cosas de esas.
—Aparte de que no suelo tener pintura facial debajo de la cama… —comenta Lila—.
¿Por qué quieres ponerte enferma?
Maddie resbala por la puerta hasta sentarse en el suelo y se rodea las rodillas con los
brazos.
—Es que yo nunca… Ya sabéis. Nunca he conocido a los padres de nadie.
—Ohhh —decimos Lila y yo al unísono.
—Sus padres no están nada mal. —La miro—. Te lo digo en serio. Son de las personas
más simpáticas que he conocido.
—Es tu mejor amigo. Qué vas a decir tú —gruñe.
—Pues sí que es mi amigo, pero no lo digo por eso. De verdad, Mads. No tienes nada por
qué preocuparte.
—¿Y qué pasa si me hacen cientos de preguntas?
—Su padre no hará nada de eso. Pero su madre, sí. Aunque no serán sobre ti, sino sobre
él.
—¿Y qué le digo?
—Dile la verdad. —Sonrío—. ¡Ajá! Yo gano.
Maddie y Lila me miran a la vez alzando las cejas.
—Le he prometido a Braden que le diría a Maddie lo que le tenía que decir a su madre, y
le estoy diciendo que le diga la verdad.
—Bien jugado —concede Lila.
—Supongo que no te habrá pedido que me convenzas para que mienta, ¿verdad? —
Maddie se sienta y sonríe.
—Claro que no. Es lo que cree que voy a hacer. —Sonrío—. ¿Cuándo os marcháis?
—Después de la clase de lite. Es la última clase de la mañana, ¿verdad?
Asiento y Lila frunce el ceño.
—Pensaba que os ibais el sábado por la mañana. Me pareció oír que Braden no quería
dejar que Megs pasara dos noches seguidas de fiesta en una casa llena de chicos salidos de
la hermandad.
Dejo caer la cabeza hacia atrás.
—Por el amor de Dios —murmuro mirando al techo.
—Sí, esa era la idea inicial —explica Maddie—, pero le dije que su comportamiento era
absurdo y que Megan era perfectamente capaz de defenderse sola en esa casa llena de
animales.
Vuelvo a levantar la cabeza y le sonrío agradecida.
—¿Ves? —Miro a Lila—. Este es otro de los motivos por los que sabía que eran perfectos
el uno para el otro. Ella le da caña y yo consigo librarme de vez en cuando de su adorable
actitud protectora.
—Adorable actitud molesta —me corrige Maddie—. A mí me vuelve loca. No sé cómo lo
aguantas.
—Ya estoy acostumbrada. Lo ha hecho toda la vida; ya no me molesta. Es algo así como
el ruido de fondo. Además, ya le supliqué a su madre que le diera una hermanita cuando
tenía trece años, pero se negó.
—¿Tan terrible era? —pregunta Lila riendo.
—¿De verdad queréis saberlo? —Las miro y ellas asienten—. Está bien. Teníamos seis
años y era otoño. Habíamos pasado todo el fin de semana recogiendo castañas para
llevarlas al colegio el lunes y yo había encontrado una perfecta. Braden siempre me ganaba
en todo, pero aquella vez la victoria sería mía. Por aquel entonces había un niño que estaba
colado por mí, Adam Land. Le desafíe a una pelea de castañas y gané, pero él odiaba
perder contra una chica y me lanzó una a la cabeza. Braden saltó sobre él y le mordió.
—¡¿Le mordió?! —gritó Maddie, y Lila se rio.
Me tapo la boca con la mano y me rio en silencio asintiendo.
—Le mordió con tanta fuerza que le hizo sangre. Su madre se puso como loca cuando la
llamó el director.
—Es genial. Ojalá mi hermano hubiera hecho lo mismo —dice Lila con aire reflexivo.
—Ahora estoy muy contenta de haberlo convencido para irnos mañana por muy
preocupada que esté por conocer a sus padres. —Maddie intenta sofocar su risa.
—¿Significa eso que este fin de semana veré una Megan distinta? —pregunta Lila con
brillo en los ojos.
—Oye, que Braden no esté no significa que me vaya a llevar a la cama al primero que
pase. —Bajo la mirada—. Aunque también puede que sí.
Además resulta que mantengo una perpetua relación de amor-odio con el chico que me
quiero llevar a la cama. Estoy viviendo la clase de amor que hay entre Elizabeth y el señor
Darcy en Orgullo y prejuicio. Por suerte los demás solo se dan cuenta del odio.
Es mi secreto. Nadie sabe que cada vez que Aston Banks aparece en mi campo de visión
en mi estómago entra en erupción un enjambre de locas y minúsculas mariposas. Y de
momento no tengo ninguna intención de compartir ese secreto con nadie.
Aston
T iene los ojos azules clavados en la página, como de costumbre. No conozco a nadie que
pase tanto tiempo con la nariz entre las páginas de un libro como Megan. Vaya donde vaya
siempre tiene uno: en el bolso, en el regazo o a su lado.
Nadie más se da cuenta. Y nadie más ha advertido que yo sí que me doy cuenta.
Frunce el ceño y se muerde el labio inferior mientras se aparta de la cara algunos
mechones de su larga melena rubia. Se recoge el pelo detrás de la cabeza, coge la goma que
lleva alrededor de la muñeca y se hace una cola dejando al descubierto la elegante curva de
su cuello y la piel de esa zona tan sensible. Hago girar el bolígrafo entre los dedos y pego
los ojos al libro.
Prohibida. Esa es la categoría a la que pertenece Megan Harper.
Desde la primera vez que la vi supe que jamás sería mía. Todo apunta a ese final: su
firme resistencia, sus educados pero sarcásticos comentarios, una actitud general que grita
«niña rica» a los cuatro vientos y esa clase que desprende, una clase que yo no tengo y que
jamás conseguiré. Está acostumbrada a tratar a todo el mundo con respeto sin importar lo
que piense de ellos. Estoy seguro de que si se encontrara con un asesino en serie podría
hacer alguna observación positiva, aunque solo fuera una.
Lo hace con todo el mundo.
Trata a todo el mundo igual; y cada uno de sus comentarios sarcásticos y casi maliciosos
va seguido de uno más suave. Cada ceño fruncido y cada mirada malintencionada precede a
una sonrisa de disculpa, y todas las palmadas que reparte son en broma. Para ella todo el
mundo es igual hasta que se demuestre lo contrario.
Excepto yo.
Yo soy la excepción a su regla. Y me encanta. Disfruto provocándola. No puedo evitar
colarme bajo su piel y agitar sus cimientos. Es adictivo, enciende un fuego en mi interior
que soy incapaz de sofocar una vez empezado. Ella salta con mucha facilidad y sus labios
siempre tienen una respuesta a punto, a veces incluso antes de que termine de hablar.
Así me resulta más fácil mantenerme alejado de ella. De esta forma cada fin de semana
puedo elegir una chica cualquiera y follármela sin que me importe un pimiento. Si Megan
demostrara tener algún interés por mí que fuera más allá de la típica batalla dialéctica, me
lanzaría a por ella a la velocidad de la luz.
La tendría en mi cama y tumbada debajo de mí más rápido que una bala.
—¿Qué te pasa? ¿Cansado de observar a tus fulanitas habituales?
Parpadeo. Me está mirando con sus enormes y brillantes ojos. Le sonrío.
—Eso depende de si te incluyes en esa afirmación o no.
—No es que tenga muy buena opinión de mí misma, Aston, pero tampoco me tengo en
tan baja estima. —Muerde el extremo del bolígrafo—. Lo último que quiero es convertirme
en una de tus fulanitas.
Ay.
—Es una lástima. —Me acerco un poco a ella—. Creo que encajarías a la perfección.
—¿De verdad? —Esboza una sonrisa cargada de falsedad—. Porque yo me temo que no
doy el tipo. Para empezar cuando termina la noche yo suelo llevar las bragas puestas.
—No me costaría mucho cambiar eso.
—La única forma de que eso ocurra es que me las quite yo misma.
Sonrío. Ya tiene ese rubor delator en las mejillas y sus ojos brillan un poco más que
cuando está enfadada. La he visto mirarme así muchas veces.
—Como tú prefieras, nena. —Me reclino en la silla y apoyo un pie sobre la rodilla de la
pierna opuesta—. No tengo nada en contra de un buen striptease.
Megan se pasa la lengua por los dientes y me mira fijamente.
—Pues ya puedes ir a mirarte en el espejo, porque yo no te lo voy a hacer.
No puedo evitar ni la sonrisa ni el desfile de imágenes que se proyectan en mi cabeza.
Lleva los vaqueros lo bastante ajustados como para que no tenga que imaginarme la curva
de su trasero, pero en mi mente la veo sin la protección de los pantalones y agachada para
quitarse la ropa interior.
La sangre resbala por mi cuerpo y me cambio de postura. Lo último que necesito es tener
una erección en plena clase de Literatura Inglesa.
—Eso también es una pena. —Coloco las manos sobre el regazo. Mi amiguito va por libre
—. Tienes el culo perfecto para un striptease.
—Y tú también, pero no creo que tengas ninguna intención de plantarte delante de mi
mesa y empieces a quitarte la ropa al ritmo de alguna canción cursi. —Parpadea una sola
vez, aparta la mirada y vuelve a clavar los ojos en el libro—. Y es un alivio.
—Braden se marcha esta noche —le digo cambiando de tema por completo.
—Ya lo sé.
—¿Vas a venir?
Despega los ojos de la página y me mira.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque me estaba preguntando si podría conseguir ese striptease —le contesto con
sarcasmo—. Joder, Megan. Solo es una pregunta.
Ella pone los ojos en blanco, gesto que estoy seguro que tiene reservado para cuando
habla conmigo.
—¡De acuerdo! Sí que voy a venir. Vendré con Lila y Kay.
—Tus pequeñas secuaces. —Sonrío.
—Mira quién habla —murmura.
Ignoro su comentario.
—Entonces estarás en una fiesta sin Braden. ¿Cómo vas a sobrevivir?
—Que te den, Aston.
—He dado en el clavo, ¿verdad?
Se gira sobre la silla y me clava los ojos. Diviso auténticas chispas en el mar azul de sus
ojos y sé que esta vez la he cabreado de verdad.
Me encanta que se enfade conmigo.
—Para decepción de todo el mundo, no soy ninguna muñeca de porcelana —espeta—. No
necesito que Braden me coja de la mano en las fiestas. Soy perfectamente capaz de
mantener a raya a ese montón de capullos salidos. No sé de dónde has sacado la idea que
tienes de mí, pero me parece mentira lo equivocado que estás.
Cuando todo el mundo se levanta cierra el libro de golpe. Pasa de largo, junto a mí, y
luego se detiene un momento para mirarme por encima del hombro. Separa los labios pero
niega con la cabeza, se da media vuelta y se marcha sin decir nada.
Mientras la veo marchar pienso que me gustaría decirle que tengo muy buena opinión de
ella. Pero no puedo decirle lo que pienso porque eso sería contraproducente en mi empeño
de mantenerme alejado de la única chica que me gusta de verdad.
La misma mierda una noche más.
La casa está llena de gente. Hay personas de Berkeley y otras que no. Estoy empezando a
llegar a ese estado en el que ya ni lo sé. El único motivo por el que estoy en la casa de esta
fraternidad es porque mi viejo quería que estuviera aquí. Ese hombre ha hecho mucho por
mí. Lo menos que podía hacer era solicitar una plaza y entrar por él.
Las chicas pestañean, se atusan el pelo y recorren la multitud en busca de un chico que
llevarse a casa. Los chicos hacen su papel y aguardan apoyados en la barra, la pared o el
marco de la puerta bebiendo cerveza y eligiendo alguna chica para llevarla adónde ella
quiera. Igual que yo.
Lo mismo de siempre. Las noches del viernes y el sábado equivalen a sexo sin sentido. Y
teniendo eso en cuenta, el sexo sin sentido significa que gracias a eso no pienso en lo que de
verdad significa algo para mí. Y es muy fácil.
Elegir una chica. Invitarla a una copa. Decirle que es guapa. Llevarla al piso de arriba.
Follármela. Conseguir que se marche por la mañana.
Y no soy el único que se rige por ese patrón. Braden solía hacer lo mismo, y la mitad de
los chicos que viven en esta casa también. Las chicas saben muy bien en qué se meten
cuando vienen aquí, por lo menos conmigo. Todas saben que solo las quiero para un par de
horas.
No quiero saber ni cómo se llaman.
Me llevo el botellín de cerveza a los labios y observo a una chica morena que pasa por mi
lado. Me mira y me sonríe. No es perfecta, pero serviría si no fuera tan consciente del par
de ojos que me observan desde la otra punta.
Peleo contra el impulso de responder a esa mirada, pero pierdo la batalla. Mis ojos se
olvidan de la chica y se posan sobre Megan. Está sentada a la barra. Su postura parece
suplicar que admire la forma en que ese vestido se ciñe a su cuerpo. Lo recorro con los ojos:
me encanta advertir que tiene más curvas que la mayoría de las chicas que hay en la casa.
No está muy delgada y, sin embargo, se nota que está muy segura de su cuerpo.
La seguridad resulta muy erótica en cualquier chica, pero en Megan es completamente
sexual.
Esbozo una lenta sonrisa y alzo una ceja. Ella da unos golpecitos con el pie mientras me
aguanta la mirada. Ninguno de los dos quiere apartar la vista; de repente algo cambia entre
nosotros. Ella traga saliva y se pasa los dedos por el pelo dejando caer los párpados. El
movimiento es tan superficial que solo me doy cuenta porque lo estaba esperando. Porque
estoy esperando cualquier pequeño indicio que me diga que ese cambio es atracción.
Y lo es.
Megan rodea la pajita de su vaso con los labios y me cuestiona con la mirada. Esto es
diferente, no es nuestro habitual intercambio verbal en el que los dos intentamos
cabrearnos mutuamente. No son los habituales comentarios sarcásticos. Es algo nuevo.
Algo primitivo.
Algo peligroso.
Algo que podría destrozarme.
Se me borra la sonrisa y ella aparta la mirada. Hace girar los cubitos del fondo del vaso
vacío y relaja un poco los hombros. Yo hago girar el botellín de cerveza entre los dedos.
Conozco los riesgos. Sé que si me acerco a ella el sexo de esta noche no será un
intercambio sin sentido. No será un polvo cualquiera que haya dejado de importarme por la
mañana. Significaría ceder a la única debilidad que tengo.
Pero la verdad es que me muero de ganas.
Megan
Q uiero ser la chica que vaya al piso de arriba con él en lugar de ser la que se queda aquí
abajo viendo cómo lo hace.
Ese chico me vuelve loca en el peor de los sentidos. Cada comentario, cada sonrisa, cada
vez que me mira alzando las cejas con chulería. Todo me afecta, en especial la evidencia de
que no me conozca por mucho que él crea que sí. Está muy equivocado conmigo en todos los
aspectos y me molesta mucho, y, sin embargo, si se acercara a mí y me invitara a subir a su
habitación no creo que pudiera decirle que no.
A ese sitio tan poco indicado para una princesita rica como yo.
A ese sitio donde probablemente me sentiría como en casa.
Pero no sé si bastaría con una sola noche. Cuando te gusta tanto alguien tienes que
esforzarte en esconderlo, y una sola noche no bastaría para dar rienda suelta a toda esa
contención. Si se acercara a mí ahora mismo y yo me dejara ir, no creo que pudiera
volverme a contener nunca más. No creo que pudiera dejarlo en una sola noche de sexo
fortuito.
En realidad no sé si el sexo con él sería fortuito.
Ya sé que una sola noche no hace daño, pero también sé que no me hará ningún bien.
«El sexo no tiene por qué ser amor, Megan. Si quieres entregarte físicamente es cosa
tuya, pero no te entregues también emocionalmente solo porque un chico tenga labia o sea
guapo. El sexo de verdad viene con el paquete

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