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El juego de los muertos – Eloy M. Cebrián

go de los muertos – Eloy M. Cebrián

El juego de los muertos – Eloy M. Cebrián

Descargar El juego de los muertos En PDF Último viernes de octubre. Un viernes sin colegio.
Este año la festividad de Todos los Santos cae en sábado, por lo que la fiesta escolar se ha adelantado un día. Los padres de Silvia y Andrea supieron anoche que
el colegio de las niñas estaría cerrado, y con él el comedor donde las gemelas de nueve años permanecen hasta que sus padres salen del trabajo y pueden acudir a
recogerlas. Deciden recurrir a los abuelos paternos, como tantas veces han hecho en el pasado. Juan, el padre de las niñas, descuelga el teléfono y mantiene una breve
conversación con su madre.
—Aunque no me vuelve loco la idea —le confiesa más tarde a Raquel, su esposa, ya en la cama—. No veo muy bien a mi madre últimamente. Parece que todos
sus años le hayan caído encima de repente.
—Pero no es tan mayor, ¿verdad? —pregunta Raquel.
—Va a cumplir setenta y cinco.
—Siempre ha sido una mujer muy activa y vital. Ya me gustaría a mí…
—Es verdad —la interrumpe Juan—. Pero de un tiempo a esta parte… No sé… Parece como si la vida le estuviera empezando a pesar demasiado.
—¿Está enferma? ¿Te ha dicho ella algo?
Juan cierra el libro que desde un hace un rato descansa abierto sobre el edredón y lo deja en la mesilla de noche. Después apaga su luz de lectura.
—No, nada. Según ella sigue como una rosa. Es más bien una impresión, una intuición mía.
—A lo mejor es el resultado de haber estado aguantando a tu padre durante tantos años —se burla Raquel.
Juan deja oír una risa desganada que se confunde con un bostezo.
—No seas así. Mi padre no es tan malo.
—No digo que sea mala persona. Pero sí un poco huraño. Siempre encerrado en su despacho. Y creo que jamás le he oído pronunciar más de dos palabras
seguidas cuando viene a comer o vamos nosotros a comer con ellos.
—Nunca ha sido muy afectuoso —reconoce Juan—. Pero tampoco lo considero un hombre amargado. Yo lo catalogaría como un solitario vocacional.
Raquel no podría estar más de acuerdo con la última afirmación de su marido. De hecho, le surge un pensamiento que no tiene tiempo de reprimir:
—Un hombre así no debería haber formado una familia.
—¿Ah, sí? —replica Juan vagamente molesto—. Entonces yo nunca habría venido al mundo. ¿Eso te habría gustado?
Su mujer lo consuela con un beso.
—No seas bobo. Era solo una reflexión en voz alta. Pero a veces tu padre me da un poco de miedo. Siempre parece estar en otro sitio, incluso cuando lo tienes
sentado delante. Es como si la gente no le gustara, ni siquiera la gente de su propia familia. Como si nos tolerara a duras penas. Es como si…
—Vamos, acaba la frase —dice Juan frunciendo el ceño.
Raquel continúa pronunciando lentamente. Parece estar midiendo el alcance de cada palabra y el efecto que estas van a hacer en su esposo.
—Como si no estuviera vivo del todo.
—¡Mujer! —replica Juan con un bufido—. ¡Tampoco es eso! Es verdad que nunca estuvo demasiado pendiente de mí. Pero siempre conté con el cariño de mi
madre para compensarlo. Y sabes que con las niñas es distinto.
Es verdad. En presencia de sus nietas Silvia y Andrea, el padre de Juan se comporta casi como un abuelo normal. ¿Acaso son las niñas las únicas capaces de
extraer los últimos vestigios de humanidad que quedan en el anciano?
—Entonces, ¿podemos acercar a las niñas a primera hora? ¿Estás seguro de que no hay problema?
Juan comprende que su esposa quiere dejar zanjada la la cuestión.
—Ninguno. —Juan sacude la cabeza—. Bueno, mi madre me ha dicho que a lo mejor tiene que salir un rato durante la mañana, pero mi padre se quedará en casa.
Ya sabes que casi nunca va a ningún sitio. Él se ocupará.
Su esposa extiende el brazo hacia la mesilla para apagar su lámpara. Pero antes de que se haga la oscuridad, Juan la ve hacer una mueca de disgusto.
—No sé si eso me tranquiliza mucho —dice ella mientras abraza la almohada, como siempre hace cuando está lista para quedarse dormida—. Pero es lo que hay.
Hasta mañana, cariño.
«Vaya, esta noche no hay beso de buenas noches», piensa Juan mientras la oye emitir unos suaves ronquidos.
Su madre le preocupa. Sabe que algo no anda bien en su salud y que desde hace un tiempo le oculta información. Incluso ha intentado sonsacar a una de sus
amigas, aunque sin éxito. Su madre siempre supo guardar secretos. En cuanto a su padre, ni siquiera merece la pena intentarlo. Su aislamiento es como una sólida muralla
de piedra que el hombre ha construido a su alrededor a lo largo de toda una vida. Si la madre de Juan está enferma, como él sospecha, puede que su padre ni siquiera

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haya reparado en ello. Juan recuerda que su abuela sufría del corazón. De hecho, él no la llegó a conocer, pues murió cuando su madre era joven, antes de casarse. «Pero
yo no estoy preparado para ser huérfano», piensa al tiempo que comprende que está a punto de quedarse dormido. Al igual que cada noche, sus últimos retazos de
conciencia son para pasar revista al universo sonoro de la casa: el rumor lejano de la televisión de un vecino, la breve tos de una de las niñas (seguramente Silvia, que
lleva unos días algo acatarrada), el rumor del camión de la basura en una calle aledaña… Entonces cae profundamente dormido.
Por eso Juan no llega a oír el sonido que durante unos segundos brota de la habitación de sus hijas, un rumor entrecortado y gutural que tal vez sea únicamente
producto de las flemas en la garganta de una de las niñas.
Tal vez.
~ 3 ~
Son las ocho de la mañana cuando las gemelas bajan del coche ante el portal de sus abuelos. La madre de Juan está en la puerta vestida con abrigo y ropa de calle.
—Vaya, mamá —le dice Juan—. ¿Tan pronto te vas? Pensaba que antes tendrías tiempo para pasar un rato con las niñas.
—Lo siento —se disculpa la mujer mientras trata de corresponder a los abrazos combinados de ambas nietas—. Procuraré volver lo antes posible. Seguro que
estaré de vuelta para hacerles el bocadillo de mediodía. Tu padre las espera arriba. Estarán bien. ¿Verdad que lo pasáis muy bien con el abuelito?
Las niñas se miran sin saber qué contestar, hasta que Silvia, quien de las dos es la que siempre ha llevado la voz cantante, comienza a asentir sacudiendo la
cabeza de arriba abajo, gesto que su hermana Andrea imita de inmediato.
—¿Lo ves? —dice la mujer—. Venga, no te preocupes y márchate ya. Vas a llegar tarde al trabajo.
Juan estudia el semblante de su madre. Conoce las expresiones de su progenitora casi tan bien como las suyas propias. Por ello no le pasa por alto el cansancio
que se oculta tras la sonrisa de la mujer, una sonrisa que le parece fingida, apenas un remedo de lo que suele ser.
—Mamá, ¿de verdad te encuentras bien?
—¡Al coche! —ordena ella con el mismo tono que, treinta años atrás, hubiera empleado para meter prisa a su hijo en una mañana de colegio—.Voy a acompañar
a las niñas arriba y me marcho enseguida para volver lo antes posible.
Por el espejo retrovisor Juan observa cómo sus hijas le dicen adiós con la mano. Las niñas flanquean a su abuela, quien las sujeta por el hombro con gesto
protector. «Las tres mujeres de mi vida», piensa Juan. Y al instante se arrepiente al comprender lo injusto que ha sido ese pensamiento para Raquel, su esposa.
* * *
—¡Halloween! ¡Abuelito! ¡Es Halloween!
El anciano alza la vista del libro que está leyendo y les dedica a sus nietas una mirada indulgente.
—Yo es que esas cosas modernas… Lo mío es el Día de Todos los Santos.
—¿Y qué tienen que ver los santos con el terror, abuelo? —pregunta Andrea frunciendo el ceño.
—Bueno, lo de Todos los Santos es una forma de llamarlo. En realidad es el Día de Difuntos. La fecha en que visitábamos los cementerios para llevar flores y
rezarles a los muertos.
Una sombra cruza fugazmente el semblante del hombre, aunque sus nietas no parecen advertirlo.
—¿Y no os disfrazabais?
—No… bueno… nos poníamos ropa de domingo, que es un poco como disfrazarse. Mañana iremos vuestra abuela y yo al cementerio. ¿Queréis
acompañarnos?
Las niñas no disimulan lo poco que les seduce la invitación.
—¡No! ¡Qué aburrido! Nosotras tuvimos ayer una fiesta de Halloween en el cole. Yo me disfracé de zombi y Andrea de vampiro. ¿No te ha enseñado papá las
fotos?
—Pero si aún no ha tenido tiempo. Seguro que nos las enseña esta tarde, cuando venga a recogeros. Por cierto, ¿os habéis traído libros, tebeos o algo para jugar?
Las niñas se miran y se encogen de hombros, ambas a la vez, como una sola niña reflejada en un espejo. Por regla general, cuando sus padres las mandan a pasar
el día con sus abuelos, les entregan una mochila con algún juego y un par de libros. Pero hoy se les ha olvidado.
—Creo que vuestra abuela guarda algunos juguetes vuestros por ahí. Si queréis puedo buscarlos.
Ahora el hombre parece algo impaciente, incluso turbado, como si este fugaz contacto con el universo infantil de sus nietas le supusiera un esfuerzo mucho
mayor que a cualquier otro abuelo en circunstancias parecidas.
—¡Pero son juguetes de niñas pequeñas! —protesta Silvia, obteniendo al instante la adhesión de su hermana—. ¡Nosotras queremos jugar a Halloween! ¡A
«truco o trato»! ¿Verdad que sí, Andrea?
A lo cual su hermana asiente con tal energía que su cabeza parece impulsada por un resorte.
El hombre vacila y por fin esboza una sonrisa.
—Me parece que vuestra abuela no tiene ninguna calabaza en la despensa. Pero creo que lo de los disfraces lo podemos arreglar. Venid las dos conmigo.
Ambas hermanas salen del despacho tras el anciano y se internan con él en la casa. Desde muy niñas, la casa de sus abuelos les produce una oscura fascinación
muy cercana al miedo. La vivienda ocupa toda la segunda planta de un edificio de la zona centro de la población, en un barrio que antaño fue elegante pero que no ha
sabido envejecer con dignidad. La construcción data de los años veinte, época en que el espacio no se consideraba un lujo superfluo, sino un atributo natural de cualquier
vivienda que mereciese ese nombre. Comparado con esta casa interminable y sombría, el piso de sus padres les parece a las niñas una casita de muñecas. La espina
dorsal de la vivienda está formada por el pasillo que ahora recorren, tan largo y lóbrego que podría servir de túnel para una red metropolitana. En tal caso las estaciones
serían las estancias que se suceden a ambos lados, algunas todavía en uso (la alcoba de sus abuelos, el cuarto de la plancha y la costura, el dormitorio más acogedor que
antaño fue de su padre, y donde ahora están las camas gemelas que ellas ocupan), y otras que han ingresado para siempre en el limbo de las habitaciones deshabitadas.
Un recodo oculta el ala de servicio, la parte menos noble, la que las niñas prefieren con diferencia. En esta zona recóndita de la vivienda están la soleada cocina y el
lavadero, la hermosa terraza donde su abuela mima sus geranios y sus hortensias, y la antigua habitación de la criada, que desde hace muchos años se usa como trastero.
Allí, donde muere la casa, es adonde su abuelo las conduce para sorpresa de las niñas.
—¿Nos llevas al cuarto de las brujas? —pregunta Silvia.
Así era como la abuela rebautizó aquel trastero en un intento de disuadir a las gemelas de entrar allí para enredar.
—Bueno… es Halloween, ¿no? —responde el anciano esforzándose por pronunciar correctamente ese nombre que tan poco familiar le resulta.
Emocionadas, Silvia y Andrea contemplan este universo de trastos antiguos y muebles en desuso que hasta el día de hoy les ha estado vedado. Una luz otoñal
penetra por la ventana y vuelve visibles las partículas de polvo, que se agitan en el aire como bacterias observadas al microscopio.
—Bueno, a ver qué tenemos aquí.
Tras apartar una vetusta bicicleta y unas cestas de mimbre, el abuelo abre un baúl que parece agazapado en el rincón más remoto del «cuarto de las brujas».
Cuando se asoman a su interior, una emanación de polvo y naftalina envuelve a las niñas como un aliento antiguo.
La exclamación de gozo de las gemelas le muestra al hombre que puede volver sin remordimiento a su despacho y a su novela interrumpida.
~ 4 ~
El baúl está lleno de ropa femenina antigua. Hay viejos vestidos que quizás pertenecieron a la abuela en su juventud. Otros atuendos son tan vetustos que parecen el
guardarropa de un drama de época, y por fuerza tuvieron que formar parte del ajuar de algún antepasado más remoto, tal vez una bisabuela o algún otro pariente perdido
en las nieblas del tiempo. La mayoría de los vestidos son grandes, pesados y aparatosos, pero hay también ropa algo más ligera que en sus días debió de considerarse
«de verano». Rebuscando más profundamente, las niñas encuentran combinaciones y enaguas que el tiempo ha vuelto amarillentas y quebradizas, y que de inmediato
emplean para caracterizarse como fantasmas.
—¡Auuuúhhhh! —grita Silvia mientras persigue a Andrea por el pasillo, juego que provoca la aparición de su abuelo y una amonestación tan breve como falta
de vehemencia. Las niñas prometen que se ceñirán a entretenimientos más tranquilos.
El rato siguiente lo emplean en ataviarse con algunas de las ropas más estrafalarias que encuentran en el baúl. Andrea elige un vestido de terciopelo rojo con
mangas de encaje, cuya falda arrastra por el suelo como la cola de un vestido de novia, aunque es tan pesado que apenas le permite moverse. Silvia se viste de negro
riguroso y se cubre la cabeza con un chal del mismo color. Caracterizadas de ese modo prueban a representar varias situaciones inspiradas en dibujos animados y en
series de televisión. Luego se entregan a la diversión más simple y gozosa de perseguirse y hacer carreras por el pasillo. En cierto momento oyen un bufido que solo
puede proceder del despacho de su abuelo, pero como el hombre ni tan siquiera asoma la nariz, las niñas se encogen de hombros y siguen con lo suyo.
Al cabo de un rato ambas se sienten acaloradas y aburridas. Andrea se queja de que comienza a tener hambre, pero el abuelo se ha encerrado en su despacho y
prefieren no molestarlo.
¿Por qué tarda tanto en volver su abuela?
* * *
—¿Qué es esto que hay aquí debajo?
En su intento de agotar las diversiones del baúl, las niñas acaban de alcanzar el fondo del armatoste, aunque para conseguirlo han corrido el riesgo de caer dentro
de él. Allí, debajo de las muchas capas de prendas apolilladas, encuentran un paquete pulcramente envuelto en papel marrón.
—Me parece que es una caja —dice Andrea—. ¿Lo abrimos?
Pero su hermana no ha esperado a oír la propuesta y ya estaba tirando del cordel que asegura el paquete. Sus esfuerzos se revelan infructuosos al cabo de varios
intentos.—
Espera —dice la niña.
Y sale para volver al cabo de unos instantes con unas enormes tijeras de cocina, lo que sin duda habría provocado el horror de su abuela de haber estado allí para
verlo.
* * *
—¿Es un libro? ¡Pues vaya!
—No, es un álbum. Un álbum de fotos.
—Son todas en blanco y negro. ¡Qué aburrido!
—¡Pues claro que son en blanco y negro! ¡No seas idiota! Son fotos antiguas.
—Mira. Esta señora se parece a la abuelita.
—Yo creo que es la abuelita. La abuelita de joven. Mira, y este señor de aquí debe ser el abuelo.
—¡Anda! ¡Con pelo y bigote!
—Y este bebé seguro que es papá.
—¡Sí, sí! ¡Esta foto la he visto en casa! ¿Ya no hay más?
—Hemos mirado las últimas páginas. Vamos a ver las primeras.
—¡Ostras! ¡Qué pintas! ¿Quién es toda esta gente?
—Ni idea. Mira esta mujer gorda de aquí. Se parece a la profe del año pasado.
—Ja, ja. Sí, es verdad. ¡Y este señor de la barba blanca es igual que Santa Claus!
—Van vestidos con ropas como las del baúl. Deben ser fotos muy viejas. Seguro que los que salen en ellas están todos ya muertos.
—O a lo mejor no. Los abuelos salen también y están vivos.
—Ya. Pero ellos eran jóvenes cuando se las tomaron.
—¿Y si lo guardamos donde estaba? Con esto no se puede jugar y a lo mejor el abuelo se enfada.
—¿Que no se puede jugar? Pues a mí se me está ocurriendo algo. Un juego. ¡El juego de los muertos!
—¿Qué?
—Sí. Una de las dos elige una foto. Y la otra tiene que adivinar si los que salen en ella se han muerto o siguen vivos.
—Uf. Qué juego tan feo. Da miedo.
—No. Será divertido. ¡Ya lo verás!
—Pero ¿cómo vamos a saber si hemos acertado o no?
—Ah, es verdad. Eso no lo había pensado. ¡Espera, ya sé! Podemos ir apuntando en un papel. Y luego le preguntamos a la abuelita cuando vuelva. Seguro que
ella los conoce a todos. Según lo que nos diga vamos contando cuántos hemos acertado cada una. ¿Te atreves? ¿Jugamos al juego de los muertos?
—Bueno. Pero me sigue pareciendo que da un poco de miedo.
* * *
Juegan durante más de media hora. Como han acordado, cada una de ellas elige una foto para su gemela. Entonces la jugadora estudia a las personas que aparecen
en ella y formula su pronóstico: «¡Vivo y muerta!»«¡Muerto!» o «¡Todos muertos!». Cada vaticinio es cuidadosamente apuntado en un trozo de papel y guardado en la
correspondiente página del álbum, en espera de que el regreso de la abuela haga posible su comprobación. Acuerdan jugar en primer lugar con las páginas iniciales del
álbum, las más antiguas, aquellas en las que los retratados tienen un aspecto más remoto, casi decimonónico. Las niñas apenas vacilan en declararlos a todos difuntos.
Incluso a sus ojos pocos entrenados en calibrar épocas y edades, esos personajes hieráticos y un tanto desdibujados poseen una pátina de antigüedad que los asemeja a
los que figuran en las ilustraciones de un libro de Historia. Sin embargo, en las imágenes aparecen también algunos niños que muy bien podrían sobrevivir en su forma
más anciana. Y las gemelas saben de algún que otro familiar de edad avanzada. Incluso recuerdan una ocasión en que sus padres las llevaron de visita a casa de uno de
esos parientes decrépitos, una especie de momia de piel moteada que olía a medicamentos y a orines. Tal vez aquel anciano de la silla de ruedas que vivía conectado a
unas botellas fuera uno de los niños de las fotos. Andrea se decanta por esa posibilidad declarando como vivos a algunos de los niños de las fotos antiguas. Los elige casi
al azar en función de si su aspecto le resulta más o menos agradable. Hay una niña muy pequeña con coletas que parece tratar de esconderse tras las faldas de su madre,
una señora robusta de aspecto severo. A Andrea le resulta tierna la imagen y dictamina que la niña aún vive, lo que es más un deseo que una intuición. Sin embargo, al
niño bisojo que posa en solitario junto a un caballo de cartón lo condena a muerte, pues le recuerda a un compañero de colegio que la molesta durante los recreos. Por lo
demás, casi todos sus pronósticos se basan en corazonadas sin fundamento, pero aun así titubea durante unos segundos, se toma su tiempo, con los consiguientes
bufidos de impaciencia de su hermana.
Lo de Silvia, en cambio, es completamente distinto. Ella no vacila ni una sola vez. Realiza sus pronósticos con una seguridad que a Andrea le parece
sobrenatural. «Muerto», «muertos todos», «la niña de la derecha viva y el niño de la izquierda muerto». Todo ello sin asomo de duda, como si los mismos personajes de
las imágenes le estuvieran hablando desde sus nichos de tiempo congelado. «¿Pero cómo puedes…?», empieza a interrogarla su hermana en cierto momento. Aunque la
pregunta no llega a formularse por completo, pues Andrea comprende que Silvia está fanfarroneando, como hace en tantas ocasiones. Seguro que dispara al azar con
intención de impresionar a Andrea. Así lo piensa esta, una conclusión que se convierte en certeza cuando llegan a las últimas páginas del álbum, en las que están pegadas
las fotos más recientes.
A un observador más experimentado que las gemelas, las imágenes de las últimas páginas no le parecerían tan obsoletas. Es cierto que ninguna de ellas es en
color, pero su abuelo nunca fue amigo de gastos innecesarios. La adquisición de una máquina Kodak Instamatic a principios de los setenta ya supuso una gran hazaña
que la abuela materializó a fuerza de paciencia y tozudez. Luego hubo de contentarse con conservar las imágenes familiares en blanco y negro, aunque el revelado en
color ya estaba a la orden del día por entonces. Así quedaron guardadas en el álbum las fotos de la primera infancia de su único hijo, el padre de las niñas, y las imágenes
tomadas en las reuniones familiares. Son instantáneas en apagados tonos de gris tomadas con la Kodak del abuelo, una cajita de plástico con una lente en la parte
anterior. Las fotografías son pequeñas y de formato cuadrado, y en muchos casos muestran menos definición que las más antiguas del álbum, que al fin y al cabo fueron
tomadas por fotógrafos profesionales en la era preindustrial de la fotografía. Para las gemelas, la única pista de que se trata de fotos más recientes son los atuendos y la
familiaridad de algunos de los rostros, lo que no deja de ser una dificultad añadida en el juego. Al menos para Andrea.
¿Estarán aún vivos todos estos parientes y amigos en su mayor parte desconocidos, estos contemporáneos de sus abuelos? Andrea sabe que las personas
mayores muestran cierta predisposición a morirse. Algunos de los abuelos de sus compañeros del colegio lo han hecho ya. En ciertos casos muy tristes, unos pocos
adultos más jóvenes han seguido el mismo camino, como el caso de su amiga Beatriz, que se quedó huérfana de madre siendo apenas un bebé. Sin embargo, en el mundo
abundan los ancianos, y allí están todavía sus propios abuelos para confirmarlo. ¿Cómo saber si estos desconocidos que sonríen ante el objetivo de la Kodak siguen en
el mundo o se han despedido para siempre? Molesta por la prepotencia de su hermana Silvia en este juego (en todos los juegos, en realidad), Andrea entorna los ojos y
trata de interrogar a los rostros de las imágenes. «¿Estás vivo? ¿Sigues entre nosotros?» Pero no obtiene respuestas en las expresiones petrificadas de los retratados, por
lo que empieza a contestar al buen tuntún. Silvia, por su parte, sigue respondiendo de forma instantánea, sin detenerse un solo instante para pensar, riendo y
palmoteando cada vez que le toca jugar, como si diera cada respuesta por correcta y el juego por ganado.
Solo hay una ocasión en que Silvia parece dudar, y curiosamente es ante una de las últimas fotos, una de las más recientes. En ella aparecen su padre y sus
abuelos, y debió de tomarse en algún paseo marítimo, pues el fondo está formado por unas palmeras y lo que podría ser una playa, aunque la mala calidad de la imagen
no permite asegurarlo. El padre de las gemelas lleva unos pantaloncitos cortos, una camiseta y una gorra, y aparenta menos edad que la que ellas tienen ahora, quizás
unos seis o siete años. Los abuelos visten también atuendos veraniegos típicos de los setenta. El de ella consiste en un vestido ligero de estampado floral, y el del abuelo
en un polo oscuro y un pequeño sombrero de paja. Junto a ellos posa un hombre algo mayor, quizás un amigo o pariente, ataviado con un incongruente terno gris que
contrasta con la ropa estival y desenfadada de la pareja y del niño. En primer plano, alargándose hacia el grupo de personas retratadas como un dedo oscuro y acusador,
se distingue la sombra de la persona que tomó la foto. Andrea ha elegido esta imagen debido a la presencia de un desconocido, aunque enseguida se arrepiente de su
elección, pues el hombre del traje parece bastante mayor que sus abuelos y es lógico pensar que haya muerto. Sin embargo, el veredicto de su hermana Silvia se demora
durante unos segundos, un lapso que a Andrea se le figura largo hasta rozar lo inquietante. ¿Por qué no contesta de una vez? ¿Por qué mira y vuelve a mirar la foto con
el ceño fruncido, con esa expresión de perplejidad y enfado que ella conoce tan bien, la misma que Silvia adopta cuando no comprende alguna explicación de sus
profesores, o cuando alguien trata de hacerle trampas mientras juegan en el patio del colegio? Pero Andrea no está haciendo trampas. Se ha limitado a señalarle la imagen
con el dedo porque es una de las últimas que quedan, a sabiendas de que también es una de las más fáciles que podría haber elegido para su hermana.
—Todos vivos —sentencia Silvia por fin—. ¿Lo dejamos ya?
Y a renglón seguido se apresura a cerrar el álbum como si de sus páginas brotara algún tipo de emanación peligrosa. Andrea se extraña, porque al fin y al cabo ha
sido Silvia la inventora del extraño juego y parece haber disfrutado mucho con él, pero la niña empieza a considerar las rarezas de su hermana gemela como un rasgo más
de su carácter y procura no darles demasiada importancia.
—Como quieras —dice Andrea—. Ahora solo falta comprobar quién ha ganado. Pero la abuelita no ha vuelto aún.
—A lo mejor todavía tarda —replica Silvia—. ¿Y si le preguntamos al abuelo? ¡Sí, vamos a preguntarle a él, no sea que la abuelita se enfade al saber a lo que
hemos estado jugando!
A Andrea le extraña el repentino golpe de timón de Silvia. Que recuerde, su abuela jamás se ha enfadado con ellas, ni siquiera cuando de muy pequeñas
rompieron aquel jarrón azul que ella tenía en tanta estima. En cuanto al abuelo, las gemelas nunca le han pedido que participe en sus juegos. El hombre es amable con sus
nietas, pero las niñas son conscientes de que procura mantener cierta distancia con ellas. Silvia ha llegado a decir que se comporta como si les tuviera miedo. Por eso a
Andrea le sorprende todavía más la ocurrencia de acudir a él en busca de la solución del juego. Pero de nuevo decide no llevarle la contraria a Silvia.
* * *
Por una vez, es Andrea quien toma la iniciativa y se encarga de explicarle sus intenciones al abuelo. El hombre mira a las niñas alternativamente y luego clava la
vista en el álbum que su nieta lleva bajo el brazo. Al principio parece no entender lo que las niñas quieren de él. Luego su expresión se desliza paulatinamente desde la
sorpresa inicial hacia la incredulidad, como si en lugar de a sus nietas tuviera delante a dos extrañas. Cuando Andrea deja de hablar se produce un largo silencio. Ahora el
hombre parece simplemente abatido.
—¿Habéis jugado a adivinar quiénes de los retratados están muertos? —dice por fin tras carraspear varias veces.
Las palabras han rechinado entre sus labios como si se negaran a salir.
Ambas niñas asienten a la vez. Ahora Andrea parece menos segura y se dispone a encajar una riña de su abuelo. Lo que nunca ocurre parece a punto de suceder.
Silvia, la gemela que suele adoptar el papel dominante, ha optado por quedarse en segundo plano y se oculta tras el cuerpo de su hermana.
—Es un juego extraño, ¿sabéis?
Las niñas asienten aliviadas al ver que el hombre no está enfadado. Sin embargo, no saben cómo interpretar la actitud de su abuelo, quien parece haber envejecido
diez años de golpe.
—Entonces, ¿nos ayudarás? —pregunta Silvia con una timidez poco común en ella, mientras asoma la cabeza tras la espalda de su hermana.
—¡Qué remedio! Dejadme ver.
* * *
Al principio prácticamente todo son aciertos. Los bisabuelos y tatarabuelos ingresaron hace mucho tiempo en el más allá, como ambas niñas han adivinado
correctamente. Pero enseguida Silvia comienza a tomar ventaja. Ha acertado en todos sus pronósticos con respecto a los niños de las fotos antiguas, mientras que su
hermana tiene en su haber tantos errores como aciertos. Silvia siempre ha sido la más competitiva de las dos. Ganar en todo es para ella tan importante como la
alimentación y el vestido, y no tarda en demostrarlo abandonando por completo la timidez del principio.
—¡Vaya paliza te estoy dando! ¿Verdad que sí, abuelito?
Alcanzada la mitad del álbum, Silvia todavía no ha cometido ni un solo error. La niña palmotea y da saltos cuando su abuelo le confirma que ha acertado en un
nuevo pronóstico, o cuando dictamina que Andrea se ha equivocado de nuevo. Al alcanzar las últimas páginas del álbum, la ventaja de Silvia es tan abultada que lo único
que Andrea desea es que aquel calvario termine de una vez. Trata de encontrar una excusa para marcharse. Quizás podría decir que se está haciendo pis, aunque duda
que su hermana le permita abandonar el juego hasta haber completado su humillación. Entonces se fija en el rostro de su abuelo. Cualquier niño sabe interpretar una
expresión de pánico en el semblante de un adulto, y la de su abuelo es tan clara como la de un personaje dibujado en uno de sus libros ilustrados. El hombre ha
palidecido e incluso tiembla ligeramente. Sin embargo, igual que le ocurre a ella, parece incapaz de poner fin al juego, como si la voluntad de Silvia, la omnisciente e
implacable Silvia, fuese la única que aquí cuenta.
* * *
—¡Hola! ¡Ya estoy aquí! ¿Qué tal os las habéis arreglado sin mí?
El anciano y las dos niñas se encuentran tan absortos en la resolución del juego que ni siquiera han oído entrar a la abuela. Acaban de llegar a la página donde está
pegada la foto del paseo marítimo, la que muestra al padre de las niñas entre el abuelo y la abuela, y al señor trajeado un poco apartado del grupo. Las niñas vuelven la
cabeza hacia su abuela y sonríen. El hombre también mira a su esposa tras levantar la vista lentamente del álbum que sostiene sobre el regazo. Solo ella lo ve articular
silenciosamente la palabra «perdón».
Solo ella.
Y es lo último que ve antes de desplomarse sin vida sobre el suelo.
~ 5 ~
—Papá, ¿tú lo sabías?
—Tu madre me dijo que no era nada, un achaque de la edad. Su cita del viernes era en el hospital, donde iban a hacerle unas pruebas. Cuando supo que esa
mañana traíais a las niñas me dijo que acudiría sola, que la cosa no tenía importancia y que podría apañárselas perfectamente.
—Pero ¿has hablado con su médico?
—Sí, vino a firmar el certificado de defunción. Y me confirmó lo que ella me dijo. En el último reconocimiento le pareció que tu madre podía tener alguna cosilla
de corazón.
—¿Una cosilla? ¿Pero qué clase de imbécil es ese médico? ¿Cómo puede llamar una cosilla a algo que ha fulminado a mi madre como un mazazo?
—Sí. El pobre hombre está muy afectado.
—¡Conque muy afectado! ¿Y cómo piensa que estamos nosotros? Me imagino que hablarás con un abogado, ¿no?
—No sé, hijo. Creo que no. Me dijo que en el hospital tu madre se hizo un electro y un ecocardiograma. Y las pruebas confirmaron el diagnóstico. Una pequeña
insuficiencia cardíaca. Algo que podía tratarse con medicación, ejercicio moderado y ciertos cuidados en la dieta. Dice que no se explica cómo ha podido pasar esto.
El hombre se cubre el rostro y ahoga un sollozo. Su hijo le coloca la mano sobre el hombro. Unos pasos atrás, las gemelas aguardan con su madre. Han
contemplado muy atentas cómo el nicho abierto engullía el féretro que contenía el cuerpo de su abuela. Ahora los obreros del cementerio terminan de cubrirlo con una
placa y con yeso. Después fijarán un cartel provisional en el que figuran el nombre de la mujer, una fecha de setenta y cinco años atrás y la del viernes anterior. Han
transcurrido solamente dos días desde el momento en que vieron caer a su abuela sin vida, pero los acontecimientos han sido tan numerosos y extraordinarios que a las
niñas se les ha figurado una eternidad. Primero, la llegada del equipo de urgencias, con sus chalecos amarillos, sus inyecciones y sus máquinas que emitían zumbidos y
pitidos, y que nada pudieron hacer por devolverle la vida a la abuela. Luego la llegada de sus padres, el abrazo de su padre y de su abuelo, el llanto de ambos (hasta ese
día las gemelas ni siquiera sabían que los adultos también podían llorar). Y después su padre y su madre hablando sin tregua por sus teléfonos móviles mientras su
abuelo se quedaba sentado en su sillón, petrificado y con la vista perdida en el vacío. Y mientras tanto las gemelas empezaron a temer que se hubieran olvidado de ellas,
o quizás que las estuvieran ignorando a propósito. Hubo un momento en que Andrea le dijo a Silvia que a lo mejor les echaban la culpa de lo ocurrido, pero su hermana
la tranquilizó y le respondió que no, que lo que pasaba era que estaban asustados y por eso no reparaban en su presencia. Con eso Andrea se sintió algo más tranquila,
aunque todo aquello empezaba a parecerle una especie de sueño, y en varias ocasiones tuvo que sacudir la cabeza para asegurarse de que estaba despierta. Sobre todo
cuando llegaron esos hombres con el ataúd y se llevaron a la abuela. Solo entonces se acordaron de ellas.
—Venid, vamos a hacer la comida ahora mismo. Me parece que no habéis almorzado y debéis de estar muertas de hambre.
Y ambas se dieron cuenta de que su madre tenía razón. Sentían el estómago tan vacío como si les hubiera salido un agujero dentro de la tripa. Pero Andrea se dijo
que casi era mejor así. Porque cuando el agujero desapareciera quizás vendrían las lágrimas, y el vacío era preferible a las lágrimas.
Su madre improvisó un plato de pasta, pero ninguno de los adultos probó bocado. El abuelo permanecía ausente, y sus padres hablaban en voz baja y muy
deprisa. De repente había que organizar muchas cosas en muy poco tiempo, y las niñas comprendieron que lo que seguía a la muerte no era la tristeza, como ellas habían
imaginado, sino el desorden. Aunque ya se habían llevado el cuerpo de la abuela, era como si el caos se hubiera abatido sobre su pequeña familia. Les asustaba observar a
su abuelo, insensible e inexpresivo como un pelele, y la expresión crispada de su padre, al que le había brotado una vena en mitad de la frente que ellas no habían visto
nunca allí, y que latía rítmicamente como si estuviera a punto de explotar. Solamente su madre parecía comportarse con algo de normalidad, pidiéndoles que acabaran su
plato de macarrones, y luego que se comieran el postre y fueran a lavarse los dientes.
Esa noche no la pasaron con sus padres, sino en casa de la tía Mercedes, la hermana mayor de su madre, una mujer soltera que vive en un pequeño ático repleto
de crucifijos, hornacinas e imágenes de santos y vírgenes. Por suerte, a las gemelas les gusta la tía Mercedes, aunque no su manía de hacerlas participar en sus rezos del
rosario y de llenarles los bolsillos de estampitas religiosas. Le pidieron a su madre que las llevara a casa para dormir en su habitación, pero ella les suplicó paciencia.
«Solo un par de noches, mientras pasa todo este lío. El domingo ya dormiréis en casa».
Y ahora ya es domingo. Sus padres han ido a buscarlas con el coche y las han llevado al cementerio, donde ellas nunca habían estado. Se celebra una misa en la
pequeña iglesia, y luego todos caminan detrás del coche de la funeraria hasta el lugar donde el cuerpo de su abuela se va a quedar para siempre. No hay fosa ni hombres
con pala como los de las películas. Solo una pared con muchos agujeros abiertos. Silvia se acerca a uno de ellos y se pone de puntillas para mirar en su interior, pero no
alcanza a ver nada.
—¿Hay esqueletos ahí dentro? —le pregunta a su madre.
Ella le ordena silencio llevándose el dedo índice a los labios.
Andrea piensa que la pregunta de su hermana ha sido horrible.
Durante un instante está segura de que la odia.
* * *
—Yo lo sabía.
—¿Qué sabías?
—Lo que iba a pasar. Que la abuelita iba a morirse.
La inhumación ha terminado y los adultos parecen haberse olvidado otra vez de ellas. Sus padres escoltan a su abuelo mientras el grupo de adultos recorre
lentamente el paseo central del cementerio. El viento frío se afila entre las hojas de los cipreses y corta como una navaja de afeitar. Las niñas se han quedado rezagadas
unos metros. Hablan en susurros para que los adultos no reparen en ellas.
—¿Cómo podías saberlo?
—Por el juego.
—¿El juego de los muertos? Estabas haciendo trampas, ¿verdad?
—No, no hice trampas. Sencillamente sabía quién estaba muerto y quién no. Solo tenía que mirar sus caras en las fotos. Ellos mismos me lo decían.
—¿Te hablaban?
—Sí, pero no con palabras.
—¿Con el pensamiento?
—Más o menos. Eran sus caras, ya te lo he dicho. A los que estaban vivos los veía con caras normales. Algunos se reían. Otros estaban serios. Pero tenían caras
normales.—
Yo los veía a todos con caras normales. ¿Cómo veías a los muertos?
—Los muertos estaban tristes. Algunos tristes y enfadados. Había uno tan enfadado que daba miedo. Yo creo que es porque no les gusta estar muertos.
—¿Y la abuela? Mientras jugábamos la abuela estaba viva.
—Sí, es verdad. Pero su foto estaba empezando a cambiar. Era como una de esas fotos que cambian cuando las mueves. En un momento sonreía y al siguiente
estaba triste, como si la abuela de la foto supiera que iba a morirse.
—Me estás engañando, ¿verdad?
—¡Yo no cuento mentiras! ¡Déjame en paz, subnormal de mierda!
Andrea se sobresalta ante la reacción de su hermana. Es cierto que el carácter de Silvia nunca ha sido muy dulce, y que a veces la llama «tonta». Una vez incluso
la llamó «gilipollas». Pero que ella recuerde nunca le había hablado con tanta aspereza. Aunque sabe que tiene que perdonarla. Al fin y al cabo es su hermana gemela, y
perdonarla es algo tan natural como perdonarse a sí misma.
La mira de soslayo.
¿Son imaginaciones suyas o Silvia está enseñándole los dientes? ¿Qué significa esa mueca siniestra que jamás antes había sorprendido en la cara de su hermana?
~ 6 ~
Juan, el padre de las gemelas, procura tener vigilado al abuelo durante las semanas que siguen a la muerte de su madre. Pensando que el hombre no va a saber valerse
por sí solo, lo visita a diario dispuesto a actuar al primer signo de suciedad o abandono. Pero sus temores se desvanecen pronto, pues el anciano parece adaptarse sin
problemas a la nueva situación. Cada mañana baja al supermercado y a la panadería para comprar lo necesario, y con frecuencia come en un restaurante de menú muy
cercano a su casa. La misma mujer que les ayudaba cuando su esposa estaba viva aún viene dos veces por semana para limpiar y lavarle la ropa. Por lo demás, sus
hábitos apenas se han modificado. Sigue comportándose como un misántropo recalcitrante. Sale de casa lo imprescindible y pasa las horas muertas sentado en el sillón
de su despacho con un libro entre las manos. La única diferencia es que ahora ya no tiene necesidad de cerrar la puerta como antes. En un par de ocasiones, Juan le
insinúa a su padre que se traslade a su casa durante una temporada. Raquel está de acuerdo y a las niñas les gusta la idea. El anciano casi se echa a reír en su cara. De
hecho, es una de las pocas veces en que Juan casi ha visto reír a su padre. «¿Y las Navidades? ¿Por qué no pasas con nosotros las Navidades?» A fuerza de insistir,
consigue arrancarle la promesa de que compartirá con ellos la cena de Nochebuena.
Apenas ha transcurrido un mes desde la muerte de su madre y Juan comienza a pensar que todo está bien, que puede relajarse con respecto al abuelo. Sin
embargo, los problemas empiezan enseguida.
Aunque no donde los esperaba.
* * *
—Fíjate, todavía me tiemblan las manos. Nunca, en mis veinticinco años en la enseñanza, había visto nada igual. Y mira que he visto ya cosas…
Quien así habla es la directora del colegio de las niñas. Juan está sentado ante su escritorio, mientras Raquel, su esposa, espera junto a las gemelas en la salita
que conduce al despacho. El padre de las niñas apenas logra digerir las palabras de la directora. Conoce a esta mujer desde la infancia. Asistió como alumno a este mismo
colegio cuando ella era una maestra recién llegada. Siempre la ha tenido por una profesional competente y una persona digna de confianza. Pero lo que ahora le está
diciendo sencillamente no puede ser verdad. Su niña… ¡No! ¡Su niña jamás habría hecho lo que esta loca afirma!
—Ha sido en el recreo, como os he dicho por teléfono. Pero he preferido ahorraros los detalles y contároslos en persona. Te juro, Juan, que todavía no me lo
puedo creer. ¿Me estás escuchando?
El padre de las niñas contempla absorto los diplomas enmarcados que cuelgan en la pared que hay tras la directora: «congreso de psicopedagogía», «jornadas de
gestión de centros educativos». Entre los diplomas destaca un gran panel de corcho repleto de dibujos infantiles. Gatos, caballos, el arco iris… Una familia sonriente
delante de una casa con una chimenea humeante. El padre, la madre y dos niñas idénticas tomadas de la mano. Quizás lo haya dibujado una de sus hijas. Quizás la
propia Silvia. Pero ¿cómo es posible…?
—¡Juan! ¿Me escuchas o no?
Él da un respingo.
—Perdóname, Julia. Todo esto me parece tan irreal.
—A mí también, te lo aseguro. Si alguien me lo cuenta hace unas horas me río en su cara. Sin embargo…
—Pero ¿cómo ocurrió exactamente? ¿Había algún profesor delante?
La directora inspira hondo, como tratando de infundirse serenidad.
—Ya te lo he dicho. Yo misma estaba presente. Hoy era mi turno para vigilar el
El juego de los muertos – Eloy M. Cebrián image host image host

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