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Libro PDF El juego del amor – Emma Hart

El juego del amor - Emma Hart

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Lo odié en cuanto lo vi.
No soy una persona muy dada a sentir odio. En realidad soy bastante amigable, pero hay
algo en Braden Carter que me repugnó desde que lo vi por primera vez hace cinco semanas.
Quizá se deba a la arrogante y engreída sonrisa que veo en su cara cada vez que alguna
chica lo observa con admiración, o tal vez sea la forma que tiene de desnudarlas con los
ojos. También podría deberse a su chulería, a esa actitud pasota o a que sepa que puede
conseguir a cualquier chica del campus. O, mejor dicho, a cualquier chica del estado.
Tal vez sea porque me siento atraída por él cuando no quiero sentirme así, sumado al
hecho de que me recuerda todo lo que dejé en mi hogar en Brooklyn.
Ignoro esos pensamientos y sigo paseando la mirada por el salón de la casa de la
fraternidad como si no existiera. No es fácil, en especial cuando tiene a tres chicas colgadas
del brazo y de otras partes de su anatomía que no voy a mencionar. ¿He dicho ya que el tío
está buenísimo?
Su cabello rubio siempre despeinado está salpicado de unos reflejos naturales por los que
muchas chicas pagarían —y pagan— una fortuna. Sus ojos son de un azul tan intenso que
es prácticamente eléctrico y tiene la piel bronceada por el sol de California. Estoy segura de
que no tengo ni que mencionar su perfecto, fibroso y musculoso cuerpo porque, a fin de
cuentas, esto es California y el surf es un requisito indispensable.
—Deja de mirarle —Kayleigh se pone junto a mí y me da un golpe con el hombro.
—Eso es tan probable como que me ponga a hacer un striptease para toda la casa —le
contesto.
—Nena, podría mencionarte unos cuantos tíos que no le harían ascos a ese espectáculo.
Kyle me guiña un ojo desde el otro lado de la barra de la cocina y yo suspiro.
—Pues ya pueden seguir soñando. Eso no pasará nunca, Kay.
—Qué pena. —Me sonríe—. A mí tampoco me importaría verlo.
Niego con la cabeza, pero sonrío. Desde que Kay entró en nuestra residencia hace cinco
semanas, ha sido muy abierta sobre su sexualidad. Es bisexual y le da igual que lo sepa todo
el mundo. Se ganó mi respeto en cuanto la conocí. Su transparencia me resulta muy
refrescante.
—Eres incorregible —la regaño en broma.
—Oye, si el zapato encaja… —Me guiña el ojo y chasquea los dedos en dirección a Kyle
—. ¡Qué pasa con esas copas, pringado!
—Espera tu turno, pesada —contesta sirviendo dos chupitos de vodka y dándoselos a
alguien que los espera al final de la barra.
—Me apuesto lo que quieras a que perdería el culo si se lo pidieras tú —me susurra sin
bajar mucho la voz.
—¡Ahora te escucho, Kay! —contesta Kyle golpeándome con su sonrisa de mil vatios—.
¿Te apetece una copa, preciosa?
—No, gracias. —Sonrío con educación—. Pero estoy segura de que a Kay sí le apetecerá
tomar algo.
—Y. Una. Mierda. —Kay se inclina hacia delante y da una palmada sobre la barra—.
Cuatro chupitos de vodka, Kyle. Esta noche voy a enseñar a beber a la señorita Maddie.
—¡Oído!
Se da media vuelta y pone cuatro vasitos en fila.
—Kay —siseo—. ¡Ya sabes que yo no bebo!
—Bebía —me corrige—. No bebías. Ahora sí.
—Kay.
—Maddie —imita mi tono de voz y coge los vasitos que nos ofrece Kyle—. ¡Uno, dos,
bam! Así es como se hace, pequeña. Sin pensar. Tómatelos de un trago.
—Esto es muy mala idea —murmuro cogiendo los dos vasitos y mirando el líquido de olor
intenso—. Si vomito tú te encargas de limpiarlo.
—Claro. —Me guiña el ojo—. ¿Preparada? ¡Uno, dos, bam!
Inclinación. Tragar. Inclinación. Tragar.
Cuando el alcohol se desliza por mi garganta arde y me golpeo el pecho como si así
pudiera eliminar esta sensación. Kyle me sonríe.
—Pensaba que no bebías —me dice.
—Y no bebo —le contesto dejando los vasos sobre la mesa.
—No va a ser fácil doblegarla. —Kay se limpia la barbilla—. ¿Estás segura de que no
habías bebido nunca, Mads?
Yo encojo un hombro y miento con facilidad.
—Claro que he bebido alcohol, pero nunca lo bastante como para emborracharme.
—¡Pues eso cambiará esta misma noche! —Kay vuelve a golpear la barra—. Kyle, seis
chupitos más.
—¿De qué?
—De lo que sea que te apetezca poner en los vasos.
—Que sean doce —dice Lila apareciendo junto a mí—. Tres para mí y tres para Megan
cuando llegue.
—¿Doce? ¿Cuántos vasos creéis que tengo? —Kyle bromea y abre otro armario revelando
un estante lleno de vasitos perfectamente alineados.
—No me gustaría ser la encargada de fregar todo esto mañana —digo.
—Eso es cosa de Braden. —Kyle se ríe—. Yo solo tengo que complacer los deseos de
vuestras preciosas caritas. Una desgracia para él pero una suerte para mí.
Se inclina hacia delante y coloca tres vasitos delante de mí esbozando una sonrisa que
fundiría el corazón de cualquier otra chica. Arqueo una ceja y espero pacientemente a que
les dé los chupitos a las demás.
—¿Me he perdido algo? —Megan se desliza entre Lila y yo y su melena rubia se balancea
cuando se agita excitada—. Vaya, cuántos chupitos. ¿Qué celebramos?
—¡Maddie se va a emborrachar! —anuncia Kay levantando el primer vasito.
—¿No me digas? —Megan ladea la cabeza en mi dirección—. ¿De verdad?
—Por lo visto —le contesto con sequedad.
—Vamos, Mads. ¡Es divertido!
Agita el cuerpo y los ojos de Kyle se posan sobre sus pechos. Megan está muy bien dotada
y le encanta hacer partícipe a todo el mundo de esa realidad.
—¡Se acabó la charla! —exclama Lila cogiendo un vaso—. ¿Uno, dos, tres, bam?
—Pues claro.
Kay ríe y coge el segundo vaso.
Yo inspiro hondo y cojo dos vasos. ¿Qué narices me pasa esta noche? Yo no bebo, por lo
menos, no de esta forma. No puedo descontrolarme.
—¡Bam! —grita Kay.
Uno. Dos. Tres. Fuego.
¡Guau!
Parpadeo unas cuantas veces y trago.
—Jod… Ostras.
—Está funcionando —dice Lila riendo—. Maddie nunca dice palabrotas, ¡ni una!
—No he dicho ninguna palabrota —protesto—. Ostras no cuenta como palabrota.
—De acuerdo, pero has estado a punto de decir una. —Pone en blanco sus oscuros ojos
perfilados—. ¡De todos modos, conseguiré sacar una mala palabra de esos preciosos labios
rosas antes de que acabe la noche!
Me esfuerzo por no poner los ojos en blanco.
—A mí me encantaría sacar unas cuantas cosas más de esos preciosos labios rosas —
comenta Kyle guiñándome el ojo.
—¡Puto cerdo! —Kay le golpea el brazo por encima de la barra.
—Joder, Kay. ¿Tus puños son de hierro o qué? Se frota el brazo.
—Kyle, cariño, mis puños son de lo que quieras que sean. —Le guiña el ojo y se pone en
pie cogiéndome de la mano—. Venga, pequeña, ¡vamos a menear esos culitos!
Miro a Lila en busca de ayuda y tiro de la camiseta de Megan.
—¡Genial! ¡Ya voy! Se da media vuelta y arrastra también a Lila.
La sala principal está llena hasta los topes. La música suena por los altavoces y los
cuerpos se enroscan entre ellos en medio del salón. Hay una pareja enrollándose en el sofá.
Oh, Dios mío. No, lo que están haciendo ya hace rato que ha dejado de corresponderse al
concepto enrollarse.
Aparto la vista y dejo que las chicas me arrastren hasta la masa de gente que se contonea
en la improvisada pista de baile. El alcohol se está extendiendo por mi cuerpo y me relajo
un poco convencida de que por esta noche ya no habrá más copas. No tiene sentido tentar a
la suerte.
Megan me coge de la mano y me obliga a bailar, a soltarme. Esto es una locura. Eso es lo
que es. Primero beber y luego bailar. Estas chicas me van a echar a perder.
—¡Relájate, pequeña! —grita Kay—. ¡El mismísimo señor Carter está mirando ese cuerpo
tan sexy que tienes!
Genial. Justo lo que quería, convertirme en el próximo eslabón de su cadena. La siguiente
de una lista muy pero que muy larga.
—Ya puede mirar todo lo que quiera —contesto al ver cómo me mira desde la otra punta
de la sala—. Mirar es todo cuanto le voy a dejar hacer.
Le doy la espalda y Lila sacude su melena oscura acercándose a mí.
—Alguien tendría que darle una lección —dice—. Le tira la caña a todo lo que se mueve.
Y tiene un ego que no cabe por la puerta.
—Es verdad —asiente Megan—. Pero siempre ha sido así. Es Braden en estado puro.
Megan y Braden son de la misma ciudad. Ella misma nos contó que crecieron juntos
porque sus padres son muy amigos. Aparte del resto de nosotras, debe de ser la única chica
de la fiesta que no ha caído rendida a sus pies.
—¿Sabéis qué os digo? —dice Kay. Nos volvemos para mirar a Braden y vemos que tiene
otra rubia colgada del cuello.
—¿Qué? —digo y dejo de mirarlo con una mueca de asco en la cara.
—Ese tío necesita que alguien le haga saber de verdad lo que se siente cuando te hacen lo
que se dedica a hacer él. Lo que se siente cuando te utilizan y luego te dan la patada.
Todos los ojos se vuelven hacia mí. Yo niego con la cabeza y reculo.
—Oh, no. ¡De eso nada!
Me doy la vuelta y salgo del comedor abriéndome paso entre la gente para cruzar la
cocina en dirección al patio trasero con las tres chicas pisándome los talones.
—¡Será divertido, Mads! —Lila me coge de las manos y da unos saltitos—. ¡Venga!
—Mmmm. —Megan mira en dirección a la casa y luego a mí—. Supongo que no le
vendrá mal.
—No.
Vuelvo a negar con la cabeza.
—Solo tendrás que darle la patada una vez —argumenta Kay—. Además, el chico no está
precisamente mal, ¿verdad? No me importaría darle un buen cachete a ese culo.
—¡Pues hazlo tú!
—Oh, no —suspira Megan—. Ella no puede hacerlo. Kay es bi, pero todo el mundo sabe
que prefiere a las chicas. No colará. Lila tiene un novio, que además es amigo de Braden, y
yo me crié con él. Es como mi hermano o algo así. Tú eres la única que puede hacerlo.
—No entiendo qué sacaremos nosotras de todo eso.
Las miro a todas una a una.
—La satisfacción de saber que por fin ha deseado algo que no puede tener. —Kay se
encoge de hombros—. Venga, Mads, solo te llevará dos semanas, tres como mucho.
—Quizá un mes —añade Megan—. Después se aburrirá y se dará por vencido o se habrá
enamorado de ti. Siempre te está mirando, Mads. Incluso en clase cuando tú crees que no lo
hace. Y se niega a hablarme de ti: sé que está por tus huesos. Normalmente me da todos los
detalles de sus conquistas del fin de semana.
—Además Megan sabe cómo piensa —dice Lila—. Así que contamos con esa ventaja.
—No vais a aceptar un no por respuesta, ¿verdad? —suspiro y me paso los dedos por la
melena.
—No —dice Kay negando con la cabeza.
—Vaya mierda. Estoy segura de que me arrepentiré de esto.
—Maddie Stevens, tu misión, en caso de que la aceptes… —Sonríe y extiende la mano.
Lila y Megan colocan las suyas encima— es seducir al seductor y ganarle en su propio
juego. ¿Aceptas?
Respiro hondo mientras todas las voces de mi cabeza me gritan que debería negarme y
salir corriendo. Seducir al seductor. Al chico que odio porque encarna todo lo que quise
dejar atrás cuando me marché de Brooklyn.
Pero en lugar de huir, coloco la mano sobre la pila que hay delante de mí.
—Acepto.
Capítulo dos
Braden
No tengo ni idea de quién es la chica que tengo colgada del brazo. Estoy casi seguro de
que no la he visto en mi vida, pero está bastante buena y tiene unas tetas bonitas, así que
supongo que no me importa que se quede un rato. Aunque no está tan buena como para
acostarme con ella, así que tampoco se quedará mucho.
La rubita me pega los labios a la oreja y yo oculto un escalofrío mientras echo un vistazo
por la casa de la fraternidad. Mis ojos se tropiezan con Maddie Stevens, la princesa de
Berkeley, universidad de California.
Está sentada en la barra con esa chica bisexual. Vaya, ¿cómo se llamaba? Bueno, da
igual. Megan y Lila están sentadas con ella y las observo mientras se beben chupito tras
chupito de lo que sea que Kyle les esté sirviendo esta noche. Maddie sacude su melena
castaña y la chica bisexual tira de ella.
Dejo resbalar la mirada por su cuerpo sin pensar en la rubita que tengo sentada sobre el
regazo. Cuando me pega sus duros globos contra el pecho deduzco que tiene las tetas
operadas. Eran demasiado perfectas para ser de verdad.
Megan coge a Maddie de la mano y ella sonríe con cierta timidez. Empieza a moverse al
ritmo de la música y, vaya, eso no tiene nada de tímido. Se lleva la mano libre al pelo, baja
la mirada hacia el suelo y sus caderas se mueven en perfecta sincronía. Vuelve a levantar
los ojos para mirar a través de sus pestañas y sonríe de nuevo, esta vez con más seguridad.
—Está muy buena —dice Aston apareciendo junto a mí. Ryan se acerca por detrás de él.
—¿Maddie? —pregunto sin despegar los ojos de su cuerpo en movimiento.
—¿Quién es Maddie? —ronronea la rubita. ¿Aún sigue aquí?
Maddie levanta la vista y sus brillantes ojos verdes se clavan en la rubia que tengo
encima. Esboza una mueca de asco y aparta la mirada.
—Nadie de quien debas preocuparte, nena. —Me la quito de encima—. Sé buena y
tráeme una cerveza.
Ella bate sus pestañas embadurnadas de rímel.
—Claro.
Se levanta de mi regazo de un salto y le doy una palmada en el culo volviendo a prestar
toda mi atención a los chicos.
—¿Quién era esa? —pregunta Ryan.
—Buena pregunta, tío. —Me encojo de hombros—. Una chica.
Veo a Maddie abriéndose paso entre la gente seguida de Megan, Lila y la chica bisexual.
—Eh, ¿creéis que las chicas se enfadarían si voy a por ella? —pregunta Aston siguiéndola
con los ojos.
—Megan te mataría. —Ryan le da un codazo y se apoya en el brazo del sofá—. En
realidad Lila y Kay también.
Kay. Esa es la chica bisexual.
—Creo que también pasaría de mí —añado mirándolas—. Para conseguir que se baje las
bragas tendrías que pasar por el altar.
—¿Casarme? Y una mierda. —Aston niega con la cabeza—. Soy demasiado guapo para
eso, tío.
No va muy desencaminado, por lo menos a los ojos de las chicas de por aquí. Los fines de
semana nunca le faltan uno o dos polvos fáciles.
—¿Casarte? —repite Ryan—. No. Solo tendrías que conseguir que se enamorara de ti. Si
logras que se enamore, pam, ya es tuya. Consigues un buen pedazo de culo.
Ladeo un poco la cabeza y los observo.
—Pero es como una muñeca de porcelana. Si se lo hicieras con demasiada fuerza, se
rompería.
—Yo me lo haría con ella —dice Aston—. Pero sin esa mierda del amor.
—Creo que tú podrías hacerlo.
Ryan le da un trago a su cerveza y me mira.
—¿Una semana?
Aston se da unos reflexivos golpecitos en la barbilla.
—No —digo.
—Un mes —afirma Ryan con decisión—. No será fácil, pero se rendirá en un mes. Tú
puedes hacerlo, Braden.
—Tío, ¿eres consciente de que estás hablando de una amiga de tu novia? Me estás
pidiendo que consiga que se enamore de mí, me la tire y luego la deje.
Tampoco es que me importara tener la oportunidad de acostarme con Maddie Stevens.
En realidad sería capaz hasta de pagar por tener una oportunidad.
Ryan se encoge de hombros.
—Lila no tiene por qué enterarse. Esto queda entre nosotros tres. Que Braden Carter
seduzca a una chica tampoco será de extrañar, ¿no?
—Hazlo. —Aston se ríe—. Haz que se enamore de ti. Si hay alguien capaz de conseguirlo,
ese eres tú.
—No sé.
Me recuesto y miro en dirección a la pista de baile. Ha vuelto, han vuelto las cuatro.
Está haciendo otra vez ese movimiento de cadera y se balancea de un lado a otro. Sacude
el pelo y se ríe. Lila le guiña el ojo exageradamente a Ryan y él sonríe. Luego se vuelve, le
dice algo a Maddie y ella mira por encima del hombro. Sus ojos verdes se posan sobre los
míos. Esbozo una lenta sonrisa, esa sonrisa con la que consigo todo lo que me propongo. Le
guiño el ojo. Un extremo de su brillante boca rosa se curva hacia arriba y vuelve a apartar
la mirada. Su melena no deja de balancearse.
—¿Y bien? —Ryan me da un empujoncito en la cabeza—. ¿Lo vas a hacer?
—Desafío aceptado, chicos —digo entrelazando las manos por detrás de la cabeza—.
Dentro de un mes, Maddie Stevens estará en mi cama completamente enamorada de mí.
Podéis estar seguros.
Capítulo tres
Maddie
Me doy media vuelta y entrecierro los ojos al ver la luz que se cuela a través de las
cortinas. ¿Cuánto bebí ayer por la noche? Está claro que demasiado.
—¡Buenos días, tesoro! —grita Kay. Luego cierra la puerta de la habitación de una
patada.
—De eso nada.
Me vuelvo a enterrar bajo las sábanas.
—¡Tengo café y magdalenas!
Tira de las sábanas y yo rujo abriendo los ojos.
—¿Por qué? ¿Por qué?
—¿Por qué? ¿Qué?
—¿Por qué me siento como si me acabara de pasar por encima un rebaño de ñus?
—Uno, no tengo ni idea de lo que es un ñu. Y dos, se llama resaca.
Kay me ofrece un vaso de papel de Starbucks y mi magdalena de arándanos preferida.
Me siento y los acepto.
—Gracias. ¿Cómo es que tú no te encuentras igual que yo?
—Soy una de las pocas afortunadas. —Se ríe y se deja caer sobre su cama—. Yo nunca
tengo resaca. Pero al parecer tú sí. A Megs le pasa lo mismo. Normalmente se queda todo el
día en la cama.
—Me parece un buen plan.
Le doy un sorbo al café.
—No para hoy —canturrea—. Hoy tenemos que ponernos manos a la obra.
—¿Manos a la obra?
Me mira alzando las cejas.
—¿Recuerdas el trato que hicimos ayer por la noche? ¿Te acuerdas de tu misión, señora
Bond?
Ah, sí. Seducir al seductor.
—Pensaba que estábamos de broma.
—¿Cuándo he bromeado yo con algo tan serio como el sexo?
—De acuerdo, está bien. —Me doy por vencida y suspiro—. ¿A qué te refieres con eso de
ponernos manos a la obra?
—¡Tenemos que idear un plan de ataque!
Se cruza de piernas al estilo indio y rebota un par de veces sobre la cama.
—Un plan de ataque —repito como una tonta.
—¿Acaso crees que podemos meternos en este bosque a ciegas? De eso nada, querida. —
Niega con la cabeza—. Braden Carter tiene más encanto que los duendes irlandeses.
—Que no existen.
—Y eso significa que es peligroso. Tu meta es conseguir que se enamore de ti, pero si
juega bien sus cartas, podrías ser tú la que acabara enamorándose de él.
—Y entonces no podría usarlo y dejarlo, cosa que arruinaría el objetivo de la maniobra
de seducir al seductor.
Suspiro.
—¡Exacto! —Da una palmada—. Por eso tenemos que idear un plan completo que nos
asegure que no vas a perder tu corazón mientras él pierde el suyo. Porque eso sería un
desastre.
—Kay, no sé. —Suspiro de nuevo—. Braden Carter no se enamora. Si tiene alguna norma
es precisamente esa, y la tiene escrita justo debajo de otra que reza que las normas son para
los perdedores. Tengo un mes para hacer esto, ¿no es así? Ni siquiera sé si es posible.
—Nada es imposible si crees lo bastante en ello.
—Pero no sé si creo en ello.
—Creerás —afirma con seguridad—. Ya lo verás.
—Espero que tengas razón —contesto—. Porque esto tiene pinta de fracaso absoluto
incluso antes de empezar.
Toc, toc.
Lila abre la puerta y entra en la habitación seguida de Megan, que trae una cartulina
enorme y varios rotuladores debajo del brazo.
—¿Qué es eso? —pregunto observándola.
—Operación seducir al seductor —contesta Megan sentándose en el suelo justo entre las
dos camas. Desenrolla la cartulina, utiliza dos libros para sujetarla y escribe OSAS
(Operación Seducir Al Seductor) en lo alto del cartel.
Yo niego con la cabeza, incrédula. ¿De verdad voy a hacer esto? Pensaba que la
universidad significaba madurar, pero me equivocaba. Me siento como si volviera a tener
trece años y quisiera conseguir que el amor de mi vida admita que yo también le gusto.
—Deja de negar con la cabeza. —Lila se sube junto a mí en la cama—. Todo saldrá bien.
Puedes hacerlo.
—Supongo que sois conscientes de que en términos de amor y relaciones un mes es muy
poco tiempo, ¿verdad? Y cuando hablamos de Braden Carter un mes es toda una vida —les
comento—. ¿Quién dice que no se aburrirá en una semana y se irá a buscar a una de sus
fulanas para que le caliente la cama?
—Tendrás que evitar que lo haga —dice Megan con dulzura—. Tienes que conseguir que
no quiera separarse de ti ni un minuto. Te doy una semana para echarle el lazo y despertar
su interés; si consigues eso lo tendrás en el bote.
—¿Una semana?
—Si consigues que no se despegue de ti en una semana, se enamorará en tres —aclara
quitándole el capuchón a un bolígrafo azul—. Paso uno: Apego.
Lo anota en la cartulina y me da de plazo hasta el próximo domingo.
—¡Un momento, esto ni siquiera empieza hasta mañana!
—Te equivocas. —Kay niega con la cabeza.
Lila asiente. Ella piensa lo mismo que Kay.
—Los chicos han quedado para jugar un partido en el jardín de la casa de la fraternidad.
Vamos a ir todas.
Resoplo.
—Esta bien. Entonces empieza esta noche.
Megan me sonríe con un bolígrafo verde en la mano.
—Paso dos, que será la semana que viene: Exhibición pública y acoplamiento.
—¿Y eso en mi idioma significa…? —digo frunciendo el ceño.
—Cogerse de la mano, besos en público, exclusividad.
Resoplo.
—Me parece que tenéis demasiada fe en mí.
—Paso tres, tercera semana —prosigue Kay—. Aproximación al sexo y hacer pública la
relación.
—¿Lo sabrá todo el mundo?
—Pues sí. —Lila me mira alzando una ceja—. Cuando le des la patada será mucho más
satisfactorio si lo saben todos los que lo conocemos y gente que ni siquiera sabemos quiénes
son.—
Me parece un poco fuerte.
—Para ganar hay que ser cruel, pequeña —dice Kay.
—Tienen razón —afirma Megan sin levantar la vista del cartel—. No me gusta mucho
pensar que le vamos a hacer daño, pero ese chico necesita serenarse. Si ya es así de
desconsiderado en solo cinco semanas de universidad, no quiero ni imaginar cómo será
dentro de dos años. Alguien le tiene que dar una lección y rápido.
—¿Y por qué no hablas con él? —intento sugerir—. ¿Por qué recurrir a medidas tan
extremas?
—Porque Braden Carter solo entiende los extremos.
—De acuerdo. Supongamos que esto funciona. —Tamborileo el dedo contra la cama—. Y
se enamora de mí. Le doy la patada y ¿luego qué? Sabéis que no se quedará cruzado de
brazos. Braden intentará recuperarme. ¿Y entonces qué?
Todas se quedan calladas y Megan se pone derecha llevándose el capuchón del bolígrafo
a la boca. Kay ladea la cabeza y Lila se muerde una uña.
—No había pensado en eso —dice Megan en voz baja—. Si Bray tiene alguna virtud…
—¿Aparte de las evidentes? —bromea Lila.
—Aparte de las evidentes. —Megan sonríe—. Es que siempre se esfuerza por conseguir lo
que quiere. Chicas, odio tener que admitirlo, pero Maddie tiene razón. Si se enamora de ella
y ella pasa de él, se volverá loco intentando recuperarla. No la dejará marchar tan
fácilmente. Y eso si la deja marchar.
Yo abro los ojos como platos.
—¿Pero y si fuera Maddie la que se enamorara de él? —pregunta Lila—. ¿Qué pasará si
luego no puede dejarlo?
—Por favor. —Niego con la cabeza—. Braden encarna todo lo que odio. Es arrogante,
egoísta y un cerdo. No es muy probable que vaya a enamorarme de eso.
—Pero también es divertido, muy considerado, y debajo de ese asqueroso exterior
masculino, es la clase de chico que te encantaría presentar a tu madre. —Megan suspira—.
Le conozco, Mads. Si quiere algo hará lo que haga falta.
—Entonces tendremos que recordarle cada día los motivos por los que le odia —propone
Kay encogiéndose de hombros.
—Podría no ser suficiente.
—Lo será —contesto con firmeza—. Lo será.
—Está bien, volvamos al tema. Qué pasa si él se enamora.
Lila se mece de delante a atrás balanceando las piernas.
—Pues ya pensaremos algo cuando llegue el momento. No sé qué otra cosa podemos
hacer.
—De acuerdo. ¿Cuál es el último paso? —pregunto.
—Paso cuatro: tirártelo y mandarlo a paseo. —Megan lo escribe y lo subraya haciendo
una floritura—. No creo que haga falta argumentar este punto.
—No —le doy la razón—. No es necesario.
Vuelvo la cabeza por encima del hombro y miro la colorida cartulina extendida en el
suelo. Está dividida en cuatro fases y cada paso está perfectamente explicado. Suspiro
preguntándome por qué narices las habré dejado convencerme para que haga esto.
Capítulo cuatro
Braden
Me seco la cara con la camiseta. Para la mayoría de los chicos de esta casa las altísimas
temperaturas de este otoño no son las mejores condiciones climáticas para jugar al fútbol,
me cuesta incluso a mí, pero he seguido hasta que he podido lanzar el maldito balón.
—Descanso —grita Tony Adams—. Por favor.
Niego con la cabeza.
—Eres un puto blandengue, Adams.
—Lo siento, pero soy de Maine y no estoy acostumbrado a estas temperaturas de
desierto.
—No vivimos en el desierto, idiota.
Kyle le da una colleja y volvemos donde están sentadas todas las novias, y Maddie.
—Pues lo parece —ruge Adams.
Niego con la cabeza, cojo una botella de agua y me acerco a Megan y a las demás chicas
seguido de Ryan.
—Señoritas. —Sonrío a Maddie y ella deja escapar una risita.
—Baja la guardia, Casanova. —Megan se ríe y tira de mí para que me siente—. Nadie
está interesado.
—Excepto yo. —Le guiño el ojo a Maddie.
—Sí, Braden, ya sabemos lo mucho que te interesas a ti mismo —dice Lila poniendo los
ojos en blanco.
—Ryan, controla a tu chica —bromeo.
—Ten cuidado, Carter —contesta Lila—. O mandaré tu culo derechito a Tombuctú.
Sonrío y miro a Maddie con el rabillo del ojo. Se está riendo en silencio. Está guapísima
con ese vestido atado al cuello que deja al descubierto sus bien torneadas y larguísimas
piernas.
—¿Qué tal, Maddie?
Me recuesto en el asiento.
—¿Qué hay, Braden? —contesta mirándome a través de sus rizadas y espesas pestañas.
—Mueve el culo —dice Kyle sentándose junto a mí—. Chicas… Maddie.
Hace un gesto con la cabeza en su dirección.
—Kyle.
Le mira esbozando una amplia sonrisa y a mí se me eriza un poco el vello de la nuca.
—¿Cómo estás, preciosa?
—Bien, ¿y tú?
—Mucho mejor ahora que te he visto, de eso no hay duda.
Le guiña el ojo y ella sonríe.
Yo entorno un poco los ojos y Megan me da un codazo.
—¿Estás celoso, Bray?
Resoplo.
—¿De Kyle? Sí, claro.
—Lo que tú digas —susurra incrédula—. Pero te estás poniendo verde.
—Si tú lo dices…
—En serio, Bray, si quieres hablar con ella, ve y hazlo. No te morderá.
—Eso podría gustarme.
—¡Eres un cerdo! —Niega con la cabeza—. Está clarísimo que te interesa, pídele que
salga contigo.
—Yo no salgo con nadie, Meggy, ya lo sabes. Si decidiera llevarla a alguna parte no
sabría ni adónde ir.
—¿Saldrías con ella? —Sonríe.
—Yo no he dicho ni que sí ni que no —contesto—. Pero podría valorarlo.
—Al Starbucks. Le encantan las magdalenas de arándanos que sirven. —Sonríe satisfecha
y divertida—. Deja que llegue a conocerte. No a Braden el salido, sino al Braden de verdad,
al auténtico.
—Quizá lo haga.
Vuelvo a mirar a Maddie y veo que nos está mirando a Megan y a mí con los ojos
ligeramente entornados. Aparta la mirada y yo niego con la cabeza. Chicas. Nunca
conseguiré entenderlas.
Una cita. ¿Por qué no pensé en esa mierda cuando acepté el plan de Aston y Ryan ayer
por la noche? ¿Por qué no tuve en cuenta que las citas formarían parte del juego? Era
evidente.
Aston nos llama para reanudar el partido y yo me levanto dándole mi botella de agua a
Maddie al tiempo que le guiño el ojo. Ella esboza media sonrisa al cogerla y puedo notar
cómo me mira cuando vuelvo al campo. Entonces Kyle se quita la camiseta: esto se ha
convertido en una competición.
Todos sabemos que a Kyle le gusta Maddie y si quiero ganar el desafío que me lanzaron
los chicos tendré que subir el nivel.
Miro por encima del hombro y veo que los ojos verdes de Maddie están clavados en Kyle.
Mierda. Agarro la tela de mi camiseta y me la quito, me estiro y se la lanzo a Megan. Ella
arruga la nariz y yo me río advirtiendo que los ojos de Maddie vuelven a posarse en mí.
Bien.
Kyle me mira con los ojos entornados y yo le dedico una sonrisa juguetona consciente de
que sin camiseta y a mi lado parece un niño de diez años.
Ocupamos nuestras posiciones y reanudamos el juego. Kyle y yo parecemos enfrentarnos
más de lo necesario y sé que está intentando hacerme quedar como un capullo. Por suerte
eso ya lo sabe todo el mundo y por lo que al fútbol se refiere me da absolutamente igual.
Kyle coge el balón y yo lo derribo con un placaje. Cae boca abajo sobre la hierba y
maldice.
—¿Qué narices haces, Braden?
—He resbalado. Lo siento.
Sonrío.
—¡Y una mierda has resbalado!
Se levanta y se acerca a mí.
—Bueno, está bien. —Ryan se pone entre nosotros y a mí se me tensan todos los
músculos—. Bajad el nivel de testosterona, chicos. Solo es un partido de fútbol.
—Sí, Kyle, relájate —le provoco.
—Si estás intentando convencerla de que eres mejor que yo, te deseo buena suerte.
Maddie no es tan estúpida como tu clientela habitual.
Doy un paso adelante y Ryan me pone la mano en el pecho.
—Tío, no. Ve a calmarte un poco.
Inspiro hondo y asiento.
—Está bien.
Le doy una patada al balón y vuelvo con las chicas.
—¿No puedes jugar un partido sin convertirlo en una competición de cabreo? —dice
Megan riendo.
Le lanzo una mirada desaprobadora, cojo mi camiseta y recupero el agua que le di a
Maddie.
—¿Va todo bien? —me pregunta con dulzura.
Le doy un trago al agua y la miro.
—Sí, todo genial, cielo.
—Bien.
Me sonríe y Kay suspira.
—Ya me aparto —dice fingiendo un tono molesto.
—Oh, Kay —digo sentándome en el sitio que ha dejado libre—. ¿Cómo lo has sabido?
—Tienes pinta de necesitar apoyar la espalda contra la pared.
Guiña el ojo y Megan se ríe.
—O contra Maddie —apunta Lila dejando escapar una risita.
Miro a Maddie y se le sonrojan un poco las mejillas.
—Apoyaría muchas más cosas contra Maddie, pero ninguna es apta para la exhibición
pública.
Ella abre y cierra la boca una sola vez. Megan, Lila y Kay se deshacen en carcajadas y yo
le doy un suave golpecito con el codo a Maddie.
—Lo siento. ¿Te he incomodado?
—No —se esfuerza por contestar—. En absoluto.
Me río y le rodeo los hombros con el brazo.
—A mí me parece que sí y te pido disculpas. No era mi intención.
—No pasa nada —contesta poniéndose un poco tensa.
—Sí que pasa —insisto.
—¡Se acabó el partido! —grita Megan y se levantan todas.
Me pongo en pie y le ofrezco la mano. Maddie posa la suya en la mía y tiro de ella sin
dejar de sonreírle.
—Gracias.
Sonríe y recupera su mano para ir tras las chicas.
—Oye, Maddie —le digo.
Se detiene y se vuelve hacia mí poniéndose un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Sí?
—Mañana tenemos Literatura Inglesa, ¿verdad?
—Sí.
—¿Tienes alguna clase antes?
—No, tengo una hora libre. Normalmente voy a estudiar a la biblioteca.
—¿Harías una excepción mañana? —le pregunto apoyándome contra la pared sin dejar
de mirarla.
—¿Para qué?
Sonríe un poco.
—Podríamos tomarnos un café antes de clase. Dicen que te gustan las magdalenas de
Starbucks. —Tiro de uno de sus mechones de pelo y la diversión se refleja en sus ojos.
—Braden Carter, ¿me estás pidiendo una cita? —Alza una ceja.
—Mmmm. —Miro a mi alrededor y veo a Megan de espaldas. Asiento una vez con
sequedad—. Sí, eso hago.
—Pues dilo —me suelta.
—¿Que diga el qué?
—Quiero oírte decir que me estás pidiendo una cita. Esto debe ser histórico.
—¡Oye! —protesto—. Está bien. Maddie, ¿te gustaría salir conmigo mañana para ir a
tomar un café antes de la clase de Literatura?
Ella esboza una enorme sonrisa.
—Me encantaría.
—Entonces, ¿nos vemos en la puerta de Starbucks una media hora antes de clase?
—Tenemos una cita —afirma y se da media vuelta en dirección a las chicas.
Yo suelto el aire y niego con la cabeza. Joder.
Capítulo cinco
Maddie
Doy un rodeo para pasar por mi habitación después de la primera clase de la mañana.
Cierro la puerta con fuerza y me apoyo contra

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