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Un día cualquiera en el planeta Mida…
—¿Otra vez por aquí? —preguntó el encargado de la mina de plístor, el más anciano de los que trabajaban en aquella guarida.
—Parece ser que no tuvo bastante el otro día —añadió otro de los mineros.
Los demás mineros comenzaron a reírse. Pálac, que se encontraba en una de las cámaras de la mina rodeado por varios mineros, cogió una de las rocas del suelo y la
levantó.
—¡Atrás! —gritó—. Me gusta ver cómo extraéis el plístor. Su color violáceo me fascina. Creo que mi presencia no debería incomodaros —replicó mientras se
asomaba a uno de los cientos de ríos de plístor que había en el interior de la montaña Rijan.
Al observar el comportamiento de Pálac, las risas se incrementaron debido a que sus trajes podían soportar el impacto de objetos superiores a tres mil kilos sin
romperse y la roca que él sujetaba no superaba el centenar.
—Suelta esa piedra y márchate inmediatamente —suplicó el capataz—. Estás haciendo el ridículo. Para ti es un juego, para nosotros es una obligación eterna. Una
condena que, en mi caso, dura dos mil años. Tu padre tomó la decisión de que nosotros fuéramos los encargados de extraer el plístor. Mientras tanto, el resto de
midarios vivís la vida sin obligación alguna.
—¡Vete de aquí, protegido! —gritó otro minero con el traje más ennegrecido que el resto.
El seudónimo de Pálac para los habitantes de Mida era «protegido», ya que era hijo de Cabolun, líder del planeta. La mayoría sentía un odio extremo hacia él.
—Yo solo quería ayudar —dijo—. No fue mi intención causar una explosión tan grave.
—Este sitio es muy estrecho y cualquier error resulta nefasto. No me gustaría tener que comunicar dicho accidente a tu padre —dijo el encargado mientras se
incorporaba nuevamente a su posición. En sus manos sujetaba una de las mangueras que aspiraba el plístor para conducirlo al interior del tanque.
—Solo quería pediros disculpas. No sabía que era tan explosivo, yo solo…
—Sabes de la importancia que el plístor supone para nuestra existencia, así que lo mejor será que no regreses por aquí —dijo el capataz—. Tu juventud te hace
cometer errores. Todavía no controlas el peso del traje y eso provoca en ti una torpeza innata.
Sin decir ninguna palabra más, el joven midario salió de la mina situada al sur del planeta. Durante el camino de regreso a la civilización ―por así decirlo,
ya que la cordillera donde estaba asentada la montaña se encontraba a varios centenares de kilómetros de Nalactia, la única ciudad del planeta—, Pálac estaba
entristecido y enojado por tan incómoda situación. Estaba frustrado por el odio que todos sentían hacia él a causa de ser hijo de Cabolun. En más de una ocasión se le
había oído decir: «Ojalá no fuera hijo del líder». Pero eso era algo que realmente no pensaba. Admiraba a su padre y le gustaba imaginar el día que fuera nombrado
sucesor.
Después de caminar un rato y contemplar la escarpada y árida estampa que dejaba tras de sí el paisaje, llegó a una de los miles de cabinas de transporte repartidas
por el planeta. Dudó unos segundos qué destino seleccionar y, finalmente, se decantó por una de las cabinas ubicadas en Coltawet, aquella región situada al oeste. Allí,
desde hacía miles de años, se celebraban los combates de wetroc. Un instante antes de pulsar el comando en la pantalla, escuchó un ruido estentóreo. La cabina comenzó
a temblar y Pálac decidió salir al exterior. «La nave de Beiler», pensó sin inmutarse.
Como así había pronosticado, allí estaba él. El capitán del ejército midario se asomaba por una de las compuertas de su colosal nave: una nave de dimensiones
titánicas conocida como Esporas315. Formando un perfecto triángulo isósceles, era la nave más grande jamás construida en el planeta. Se trataba de una pequeña ciudad
de dos kilómetros de base y otros dos de altura, su interior estaba perfectamente adaptado para transportar hasta cien mil soldados y almacenar gran cantidad de
armamento. Utilizada en el pasado como nave de combate, en la actualidad servía como un simple medio de transporte planetario capaz de desplazarse a velocidades
similares a la de la luz.
—¿A qué se debe tan inesperada aparición? —preguntó Pálac ajustándose el guante de la mano derecha. Un gesto que denotaba nerviosismo.
—¡Acompáñame! —ordenó Beiler con voz grave y decidida.
En aquel momento, estaban juntos el habitante más joven y el más anciano de los que poblaban Mida. Una diferencia de edad abismal. Mil quinientos años tenía el
joven e inexperto midario. Doscientos cincuenta millones de años de experiencia llevaba el capitán del ejército midario a sus espaldas.
—¿Puedes adelantarme algo? —preguntó con semblante serio. Aunque era demasiado joven, podía percibir la preocupación del capitán.
—Ahora no, debo informar en primer lugar a tu padre —respondió tajante.
—Vamos —añadió Pálac aproximándose a la compuerta.
El capitán del ejército midario redujo drásticamente la velocidad de la nave para así poder realizar la maniobra de despegue y aterrizaje sin problemas. Varios
segundos más tarde, la nave Esporas315 aterrizaba en la ciudad de Nalactia.
Capítulo 2
Corre el año 2047. En la ciudad de Albuquerque (Nuevo México) vive Josef junto a su abuelo, Mike. Es un niño de nueve años que ama la astronomía. Su sueño es
convertirse en astronauta, como lo fue su abuelo. A diferencia de otros niños de su edad, que invierten el tiempo en juegos virtuales, él lo dedica a ayudar a su abuelo a
estudiar la galaxia y encontrar nuevos planetas.
Mike es un astronauta retirado de sesenta y cuatro años. Es conocido mundialmente por ser el primer hombre en pisar Urano. Tras décadas de investigación en
programas extremadamente secretos, el gobierno americano hizo públicas las imágenes del interior de la base militar conocida como Área51, donde almacenaban decenas
de naves capaces de viajar a cualquier planeta del Sistema Solar. Modificaron notablemente la propulsión de las naves, lo que proporcionó una velocidad desconocida
hasta la fecha. También mejoraron los trajes espaciales para poder soportar todo tipo de condiciones climáticas.
Esto fue posible gracias a que, en 2017, un grupo de exploradores encontró en el desierto de Mojave (California), la bolsa de petróleo más grande del mundo. En su
interior contenía unas reservas para abastecer a la población mundial durante doscientos años. Este hallazgo fue la clave para salir de la pésima situación económica de
los EE. UU. Con miles de millones de barriles en producción, la economía del país vivió el mayor incremento de su historia. El PIB se quintuplicó y eso provocó que el
gobierno de aquel entonces decidiera invertir el diez por ciento de los beneficios generados por el petróleo en financiar proyectos espaciales. Científicos e investigadores
de todo el mundo se unieron al proyecto que habían planteado los EE. UU. para poder pisar Marte en una fecha límite: el año 2020. Pocos meses antes, una expedición
formada por dos hombres y una mujer, colocó la bandera americana sobre suelo marciano. El resto de planetas del Sistema Solar fueron pisados uno a uno con el paso de
los años, pero en ninguno de ellos encontraron nada de lo que buscaban. Unos microorganismos de primitiva composición hallados en unas muestras en el agua de
Venus, fueron la única recompensa hasta la fecha.
7 de agosto. Son las 21:14. Mike y su nieto están acabando de cenar mientras ven la televisión. Todos los canales muestran la misma imagen: el hombre llegando a
Neptuno. Es un acontecimiento muy seguido en todo el mundo, ya que Neptuno es el último planeta del Sistema Solar que queda por pisar. Todas las esperanzas están
puestas en esta última misión. De no encontrarse ningún indicio de vida vegetal o animal, la misión que comenzó en Marte habrá sido una decepción.
—Abuelo… ¿Crees que encontraran vida? —dijo Josef mordiendo un pequeño pedazo de carne.
—Sinceramente, no lo creo —respondió Mike con tono desesperanzado—. Hemos gastado billones de dólares en el proyecto Life y no hemos encontrado nada. Es
cierto que el dinero para la financiación de este proyecto no ha repercutido en el bienestar de la sociedad americana, ya que en los últimos años hemos vivido muy bien.
Pero pienso que ese dinero podría haberse invertido en algunos proyectos de mayor interés. En mi opinión, este proyecto no se creó para buscar algún indicio de vida.

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Se hizo única y exclusivamente para ganar la carrera espacial a China y Rusia.
—Pero tú fuiste a Urano —replicó Josef mientras sujetaba en sus manos una pequeña nave de juguete—. ¿También pensabas así en aquel entonces?
—Termínate la cena y luego juegas —dijo Mike retirándole la nave—. Sinceramente, sí. Pero la obsesión por pisar un planeta inexplorado fue más fuerte que mis
ideales.
Josef pinchó con el tenedor los últimos dos trozos de carne que le quedaban en el plato y, casi sin masticar, se los tragó. Muy educadamente, cogió el plato y los
cubiertos y los metió en el interior del fregadero. Una vez realizada esta tarea se incorporó nuevamente al taburete en que estaba sentado. Pese a tener un gran comedor,
siempre cenaban en la isla ubicada en mitad de la cocina.
—¿Y qué proyectos hubieras realizado? —preguntó Josef todavía con restos de comida en la boca mientras volvía a coger la nave.
—Principalmente, después de pisar los cuatro primeros planetas y no encontrar nada, hubiera cerrado el proyecto para invertir ese dinero en otra cosa. Como, por
ejemplo, intentar viajar a otros planetas fuera del Sistema Solar, mejorar nuestras naves para poder llegar todavía más lejos, etc. —Parecía haber olvidado que estaba
hablando con un niño de nueve años. Su respuesta encajaba más en una de las conferencias que solía dar en las universidades.
—¿Otros planetas fuera del Sistema Solar? —preguntó el chico subiendo el tono de voz—. ¿Te refieres a esos que buscamos con el telescopio antes de acostarnos?
—Sí. Según los últimos estudios realizados por la NASA, existen alrededor de quinientos mil planetas con unas características climáticas muy similares a las de la
Tierra y en los que, por lo tanto, podría existir vida. Para llegar a ellos sería necesario mejorar considerablemente nuestras naves. Siguen siendo demasiado lentas para
viajar por el espacio. Para que te hagas una idea… —se detuvo unos segundos para hacer memoria— el viaje a Urano duró trescientos dos días.
—Eso es casi un año —añadió el joven inocentemente.
—Así es, Josef, casi un año.
—A mí me fascina todo esto. Pero, sinceramente, me llenaría más ver cómo todo ese dinero, o gran parte, se invierte en ayudar a los países más pobres para acabar
con el hambre en el mundo.
—Mike soltó una carcajada al oír las palabras de su nieto—. A veces no sé si tienes nueve o cuarenta años. Hablas con una madurez asombrosa. Si te digo la verdad,
a mí también me gustaría que nadie en el mundo pasara hambre, pero es necesario invertir dinero en estos proyectos. El tubo dental, los alimentos deshidratados, las
herramientas sin cables y el GPS son algunas de las muchas cosas que ha aportado la carrera espacial al bienestar de las personas. Hazme caso: de erradicar el hambre en
el mundo no podrás encargarte nunca, pero quizás un día, cuando seas astronauta, puedas llegar a algún planeta o quizá conocer seres distintos a nosotros.
Mike se puso de pie con alguna dificultad y se acercó al fregadero a coger un trapo para limpiar los restos de comida que habían caído sobre la superficie de la isla.
Pese a tener una posición económica muy acomodada, nunca había contratado una asistenta para realizar las tareas de la casa. Según su filosofía de vida, hacerlo
conllevaría olvidarse de sus raíces. Durante su infancia fue muy humilde y eso marcó profundamente su personalidad.
—O quizás seas el primer colonizador en vivir en algún planeta fuera del Sistema Solar.
—prosiguió tras haber terminado de limpiar—. Mis palabras pueden resultar ahora un tanto rocambolescas, pero hace cincuenta años nadie podía imaginar que

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conseguiríamos tener una colonia de tres mil personas en Marte. Otra de doscientos habitantes en Júpiter y otra en Venus, de casi dos mil quinientas personas. Todas
ellas autosuficientes, no dependen de la Tierra para vivir. Ahora tu misión es estudiar y encontrar la manera de poder realizar estos proyectos. Mi misión es darte los
conocimientos necesarios para que puedas conseguirlo. Yo ya soy muy anciano y no creo que pueda verlo… —se lamentó.
—Claro que lo verás, todavía eres muy joven y juntos lo conseguiremos —dijo Josef mientras acariciaba la mano de su abuelo—. La esperanza de vida es de ciento
veinte años, estás en el ecuador de tu vida.
—No, Josef —añadió el abuelo haciendo gestos de negación—. Ojalá tuviera tu edad y supiera todo lo que sé ahora. Pero la edad no perdona. Por mucho que diga la
OMS que la esperanza de vida es de ciento veinte años, mi vida no fue fácil cuando tenía tu edad y eso condicionó mi metabolismo para siempre —concluyó mostrando
su dentadura. La gran mayoría de piezas dentales eran artificiales.
—Yo te cuidaré para que consigas llegar a esa edad —dijo sonriente.
—Sé que lo harás. Creo que ha llegado el momento de que te cuente algo.
—dijo con voz misteriosa.
—¿A qué te refieres? —El joven aterrizó la nave encima de la isla y concentró toda la atención en su abuelo.
—Verás… —dijo el anciano acariciándose la barbilla con la mano—, durante toda mi vida me he dedicado a realizar una investigación. Una investigación que quiero
que conozcas y sigas cuando yo muera.
Josef, al escuchar las palabras de su abuelo, frunció el ceño y aguzó el oído para no perderse ningún detalle.
—¿Investigación? —preguntó con estupor—. ¿Qué investigación? Ah, ya sé a qué te refieres, te refieres a buscar planetas con el telescopio. —El joven comenzó a
hablar cada vez más deprisa para obtener, cuanto antes, esa información que tanto le había interesado—. Seguro que quieres encontrar uno que esté habitado.
—No. —La cara de Mike se tornó seria y miró a su nieto con ternura mientras este no dejaba de hacer preguntas—. Es más complicado que eso, Josef.
—Pues ya sabes, cuéntame —dijo el niño zarandeando el brazo de su abuelo—. Vamos, cuéntame, cuéntame.
El interés del joven aprendiz de astronomía hizo sonreír al anciano.
—Eres tan nervioso como tu padre —musitó sin dejar de sonreír—. Acompáñame, iremos a mi estudio y te mostraré mi viejo baúl donde guardo todo lo que he
recopilado durante mi vida.
—Vamos, vamos… —gritaba Josef mientras subía las escaleras de dos en dos.
Su abuelo, al contrario, subía lento y pausado. La fractura de cadera sufrida hacía unos años mientras esquiaba en Canadá no había sanado bien y eso había
provocado una lesión crónica que le impedía desplazarse con rapidez. Los quince escalones que separaban la estancia inferior de la superior y que durante tantos años
había subido sin problemas, ahora le resultaban un auténtico sacrificio.
La planta superior estaba distribuida en cuatro habitaciones, una para Mike, otra para Josef y dos más para invitados. Tres baños completos y un estudio al final
del pasillo. El estudio era su lugar de culto: una estancia de unos cuarenta metros cuadrados compuesta por tres estanterías de madera repletas de libros. Un enorme
ventanal alumbraba la estancia por el día y permitía estudiar el espacio por la noche. Frente al ventanal había dos telescopios encarados hacia el cielo, uno más pequeño
y sencillo y uno más grande y sofisticado.
En el centro de la estancia descansaba una gran mesa repleta de conmemoraciones y honorarios recibidos durante la carrera espacial de Mike. En una de ellas se
podía leer primer hombre en pisar Urano. En la esquina derecha, justo debajo del ventanal, se encontraba aquel viejo y misterioso baúl que tanto había interesado a
Josef. Fabricado con madera de acacia y detalles en forja, era una pieza de coleccionista. Había sido confeccionado a mano a mediados del siglo XX y, posteriormente,
modificado por un herrero que había incorporado un sistema de cerrado digital. Mike lo había adquirido hacía unos años en una subasta. «Mi investigación tiene que
estar a salvo», pensó justo antes de adquirirlo.
—Está cerrado. —Josef forcejeaba con el baúl intentando abrirlo con todas sus fuerzas, pero era imposible—. Se ha atascado —añadió jadeante, fatigado por el
esfuerzo.
—Es normal que no puedas abrirlo —explicó tranquilamente su abuelo.
—¿Por qué? —preguntó Josef sin dejar de forcejear.
—En la parte derecha el baúl tiene oculta una tapa.
El complejo sistema de cerrado digital estaba oculto en la madera. Para descubrir el sistema había que pulsar una zona concreta del lateral y un pequeño engranaje
accionaba el mecanismo que hacía aparecer la cerradura.
—¡No hay nada! —dijo el niño, que empezaba a exasperarse.
—Abre bien los ojos, Josef.
El pequeño comenzó a investigar hasta que encontró un minúsculo cuadrado que apenas se distinguía.
—¿Es esto?
El abuelo asintió con la cabeza.
—¿Y ahora cómo lo abro? —preguntó el niño examinando cada centímetro de aquel rompecabezas.
—Llama al timbre —respondió sonriente.
—¿Cómo que llame al timbre?
Sin dar respuesta alguna, Mike esperó paciente a que su nieto resolviera la situación.
«Llama al timbre», pensaba una y otra vez el joven, que seguía sin comprender cómo abrir aquel baúl.
—¡Ya lo entiendo! —exclamó.
Fue entonces cuando acercó su dedo índice hasta la superficie de aquel cuadrado y pulsó con todas sus fuerzas. Un pequeño clic se escuchó y, a continuación, una
guía que transportaba una pantalla con un teclado numérico, salió velozmente del interior del cuadrado.
—¡Enhorabuena! —festejó el anciano.
—¿Es una contraseña? —preguntó Josef satisfecho.
—Así es. Una contraseña de seguridad para ocultar su contenido.
—Pero si el baúl es de madera. Con cualquier sierra se podría abrir.
—¿Estás seguro de que es de madera? —preguntó sonriente—. Intenta levantar una de sus esquinas.
El niño cogió uno de los laterales y con todas sus fuerzas intentó levantarlo, pero sus esfuerzos no fueron recompensados.
—¡Pesa mucho!
—El revestimiento es de madera, pero su interior está formado por una lámina de titanio de un centímetro de espesor. El titanio es uno de los materiales más
resistentes y pesados del mundo. ¿Quieres que lo abramos?
—¡Sí! —respondió entusiasmado—. Dime la contraseña y lo abriré.
—¡Antes de abrirlo memoriza la contraseña! —dijo Mike apoyando su mano encima de la mesa central—. Es importante que nunca olvides la numeración que te
voy a comunicar. —Tras una pequeña pausa, comenzó a decirle uno a uno los diez números que formaban la combinación que protegía el misterioso baúl—. Dos-nuevecinco-
ocho-cuatro-cuatro-tres-uno-ocho-tres.
Como su abuelo le había dictado, Josef comenzó a memorizar la secuencia en voz alta. Para memorizar rápidamente, decidió agrupar los números en parejas, así solo
tendría que memorizar cinco números en lugar de diez. Mientras tanto, su abuelo tomó una fotografía que se hallaba encima de la mesa. En ella aparecían él y su mujer
cruzando el paso de cebra en la mítica calle londinense Abbey Road. Los Beatles utilizaron ese paso de cebra para tomar una fotografía que sería la portada de uno de
sus discos. Pese a que la fotografía debía de tener más de cuarenta años, Mike recordaba cada detalle de aquella mítica calle. Londres le traía muy buenos recuerdos de su
juventud, allí…
—Creo que ya me los sé —dijo Josef interrumpiendo la breve ensoñación de su abuelo.
—Si así lo crees, adelante, puedes abrirlo —dijo Mike con los ojos vidriosos—. Una cosa más. Siempre que acabes de leer las páginas que hay en este baúl, guárdalo
todo y cierra muy bien.
—De acuerdo, abuelo. ¿Puedo?
El anciano asintió con la cabeza. Sin más dilación, el pequeño comenzó a teclear uno a uno los dígitos que formaban la combinación. Justo después de la última
pulsación, el baúl se abrió. Un fuerte hedor a humedad salió de su interior, quizá porque hacía bastante tiempo que no se abría. Apenas se levantó medio centímetro, fue
suficiente para que el inquieto niño se percatase y lo abriera con presteza.
—¡Se ha abierto! —gritó excitado.
—Claro que se ha abierto —dijo Mike dejando la fotografía encima de la mesa y aproximándose al baúl.
—¡Está repleto de papeles! —exclamó Josef decepcionado.
—Comprendo tu decepción. Estos papeles contienen mucha información interesante, tal vez ahora no lo comprendas, pero en un futuro seguro que encuentras su
significado.
—Enséñame la investigación de la que me has hablado antes.
—Es muy tarde y mañana tienes que ir al colegio, será mejor que vayamos a la cama. Te prometo que en cuanto regreses de clase, comenzaremos a ver el contenido
del baúl y te iré explicando todo —dijo el abuelo cerrando el baúl.
—¿No podemos pegarle un vistazo antes de dormir? —preguntó Josef con cara de niño consentido.
—No —respondió Mike con autoridad—. Así mañana comprobaré si todavía recuerdas la contraseña.
—Está bien. Esta noche, hasta que me duerma, repetiré la contraseña. Hazme caso: juntos lo conseguiremos. Te quiero —dijo el niño abrazando a su abuelo.
—Claro que sí. Buenas noches, pequeño. Que descanses. Te quiero. —El abuelo besó la frente del niño y, a continuación, cada uno se fue a su habitación.
A la mañana siguiente, Josef escuchó el incansable repiqueteo del despertador y encendió la luz de la habitación sobresaltado. A pesar de tenerlo programado, nunca
antes lo había visto en funcionamiento. Su abuelo se encargaba de silenciarlo quince minutos antes de que sonara. «Arriba, dormilón», le decía con la mayor delicadeza
posible. Según él, lo hacía para que repasara la lección antes de ir al colegio, pero en realidad Josef invertía ese tiempo en ver la televisión. Después de varios minutos
esperando en la cama, decidió vestirse e ir en su busca. Cuando entró en la habitación, el cuerpo de su abuelo yacía inmóvil sobre las sábanas de la cama. Los esfuerzos
del pequeño en buscar ayuda fueron en vano, pues Mike Rogers llevaba varias horas sin vida.
Capítulo 3
La ciudad de Nalactia se encuentra al este del planeta. Está constituida por diez mil pirámides adosadas que forman un perfecto círculo visible desde el aire. Cada
una de las pirámides tiene la altura de un edificio de cincuenta plantas y ocupa la superficie de un campo de béisbol. Están construidas con dos millones de bloques de
piedra caliza, exceptuando los bloques de la cúspide, que son de oro macizo. Estos últimos forman un escudo invisible que impide entrar en la ciudad a las naves
intrusas. Todas las pirámides están interconectadas por la cámara subterránea. En la actualidad, algunas de ellas están en desuso. Otras se utilizan para almacenar
armamento militar, pero la mayoría desempeña funciones vitales para la vida en el planeta.
La pirámide histórica contiene muchos de los objetos que han formado parte de la historia de Mida; esculturas de animales fabricadas en oro, las primeras armas con
las que se defendían los antiguos midarios, herramientas primitivas para labrar los campos, tablas de piedra con escritos antiguos y un sinfín de artilugios. En la
pirámide de confección se fabrican los trajes midarios, así como los cascos que protegen sus cabezas y los guantes y botas. La pirámide de salud es donde se reparan y
reconstruyen los cuerpos heridos. Son algunas de las pirámides más importantes en el planeta…
La única entrada a la ciudad se encuentra en la parte oeste. Dos inmensas esculturas custodian cada uno de sus lados. La escultura situada en la parte izquierda
muestra un midario con el cuerpo al descubierto sosteniendo una primitiva lanza. La de la parte derecha, el mismo midario sosteniendo una sofisticada arma y
engalanado con una robusta armadura y un casco. Las dos están fabricadas en una sola pieza de oro macizo y alcanzan una altura de cien metros. Simbolizan el progreso
y evolución de la civilización midaria.
En el interior de la ciudad, una gran explanada se pierde en el horizonte a modo de hangar gigante. La mayoría de habitantes del planeta pasan horas, días y quizá
años sin salir de esa gigantesca plaza. Simplemente, viven conversando y esperando que algún día ocurra algo que cambie sus monótonas vidas. Aunque ninguno de ellos
estuvo en la batalla que lo cambió todo, en muchos persiste el miedo a que vuelva a ocurrir algo parecido. Por eso prefieren no salir de la ciudad.
Más adelante, justo en el centro de la explanada, se encuentra el Palacio de Sinz. Un gigantesco edificio circular cuya superficie es treinta veces la ocupada por el
Coliseo romano y una altura similar a la del Empire State de Nueva York. Su exterior está adornado con bastas esculturas de oro que muestran los animales que vivieron
en el planeta durante la antigüedad. En su interior, cientos de salas conforman un laberíntico e inacabable edificio.
En la sala principal se encuentra Cabolun, el dueño de tan gigantesco fortín. Es el líder del planeta Mida, su edad es de setenta millones de años. Mide tres metros y
medio de altura y pesa doscientos diez kilos. Sentado frente a un colosal monitor, espera paciente la llegada de noticias. El monitor muestra cada uno de los rincones del
planeta. En ese preciso momento está observando cómo Beiler y su hijo Pálac se acercan hacia su posición. Al fin irrumpen en la sala.
—¡Qué sorpresa! —exclamó Cabolun con sarcasmo.
—Señor, lamento molestarle —dijo Beiler con voz temblorosa.
—Tomad asiento —dijo—. ¿A qué se debe tan inesperada aparición?
—He venido a verte —respondió Pálac alegremente, ajeno a la gravedad de la situación.
—Me acaban de informar de que una de las naves de control ha sido abatida cuando sobrevolaba Racot —respondió Beiler con presteza.
—¿Otra nave? —hizo una pausa—. ¿Te han destruido otra nave? —reprochó Cabolun enfadado, elevando drásticamente el tono de voz.
—Señor…no ha sido culpa mía —se excusó Beiler.
Durante unos segundos la sala quedó en silencio. Por fin Cabolun retomó la conversación.
—Tú eres el responsable del ejercito midario. Por lo tanto cada baja en nuestro ejército es responsabilidad tuya —dijo desafiante.
—Señor, debería considerar la opción de…
—¿Opción de qué? —preguntó Cabolun, interrumpiendo al aguerrido capitán e inclinando su cabeza a escasos centímetros de su posición para intimidarle.
Las manos de Beiler comenzaron a temblar violentamente. Aunque hubiera librado múltiples batallas y estuviera acostumbrado a la tensión, no podía controlar el
nerviosismo que le provocaba su líder.
—Dejar de patrullar Racot —respondió Beiler tras meditar la respuesta varios segundos.
—¡NO! —gritó—. ¡Eso nunca! —Cabolun lanzó una mirada amenazante.
—¿Por qué? —preguntó Beiler.
—Es fundamental controlar que no salgan del perímetro —respondió tajante.
—¿Aunque para ello tengamos que sacrificar naves y soldados? —preguntó Beiler a la vez que se levantaba y daba la espalda a su líder.
—¡Sí! El juego pronto verá su fin. Hasta que esto ocurra, la vida de esos miserables será un tormento. —Cabolun se levantó y fue a buscar nuevamente la mirada del
capitán.
—¿Qué juego? —preguntó Pálac intentando apaciguar la conversación.
Cabolun se giró hacia su hijo y, tras dudar unos segundos, decidió contar el origen de tan acalorada discusión.
—¿Has oído alguna vez hablar del planeta Racot? —dijo con un tono más sosegado.
—Sí. Algún comentario he escuchado —respondió Pálac fingiendo.
—¿Qué tipo de comentarios? —preguntó su padre extrañado.
Los mil quinientos años de edad de Pálac lo convertían en un joven inexperto y para la comunidad midaria no era más que un simple crío. Para ser considerado un
midario adulto y completamente desarrollado, debían pasar un millón de años.
—Una vez escuché que ese planeta había sido creado por nosotros. Aunque, a decir verdad, nunca terminé de creérmelo.
—Señor —dijo Beiler mirando fijamente a su líder e interrumpiendo la conversación. Sin darse cuenta, Pálac había conseguido desviar la atención de su padre e hizo
que se olvidara del incidente—. ¿Puedo irme?
Los ojos de Cabolun miraron con dureza al capitán. A pesar de ser el habitante más longevo de Mida, esto no le reportaba ningún tipo de benevolencia por parte de
su líder. Al contrario, algunos conflictos ocurridos en el pasado —aunque no eran tratados en la actualidad—, seguían presentes en la mente de ambos.
—De acuerdo, puedes marcharte —concedió señalando la puerta con la mano—. Pero esta conversación no ha terminado.
Sin mediar palabra, Beiler abandonó la sala y salió del Palacio de Sinz en dirección a su nave. Era uno de los pocos lugares del planeta que no estaba controlado por
el monitor. Sentía una enorme frustración ante el tono de voz que utilizaba Cabolun para dirigirse hacia él. «Ojala no hubiera muerto Yewut», pensaba una y otra vez.
Cuando se quedaron a solas, Cabolun se dirigió a su hijo, Pálac, y le pidió que se acercara.
—Voy a contarte cómo se originó la vida en este planeta —dijo Cabolun sentándose nuevamente en sus aposentos.
Pálac asintió.
—Todo comenzó hace doscientos cinco millones de años. Tu abuelo, a causa de la inactividad planetaria y la escasez de sorpresas, estaba aburrido. Más que nunca.
Ya nada le divertía. Terminó por odiar lo que antes le había gustado. El exceso de monotonía causó en él un cambio de actitud muy drástico. Desesperado, acudió al
laboratorio de Grias, el científico más inteligente y poderoso que ha tenido Mida, suplicándole que fabricara un divertimento para saciar su angustia. Durante años,
Grias le mostró cientos de artilugios y propuestas de diversión. Pero ninguna de ellas sació su sed.
»Tal fue su angustia que se encerró en el interior de la pirámide de reflexión. Pasados cien años y sin recibir por orden expresa de él ninguna visita, salió de su
interior con una idea en mente: crear una civilización desde la nada. Antes que nada preguntó a Grias si su idea se podía llevar a cabo. Tras confirmar que nuestra
tecnología permitía esa posibilidad, comenzaron a buscar un planeta inhabitado cuyas condiciones permitieran el desarrollo y crecimiento de partículas primitivas. La
búsqueda de dicho planeta se prolongó durante cierto tiempo, hasta que al fin lo localizaron.
—¿Por qué lo llamaron Racot? —preguntó Pálac mientras se ajustaba el casco.
El líder midario negaba con la cabeza maldiciendo la ignorancia del sucesor.
—Racot fue uno de los mejores guerreros midarios de la historia del planeta. La escultura que hay a la izquierda, en la entrada de la ciudad, está basada en él.
—respondió con orgullo.
En la pantalla del monitor aparecía Beiler, caminando rápidamente hacia su nave, impasible frente a los comentarios que algunos midarios hacían a su paso. Parecían
recriminarle algo, pero sin inmutarse llegó hasta su nave y subió con presteza.
—¿Te refieres a un guerrero como Beiler? —preguntó Pálac.
—¿Beiler? A su lado Beiler hubiera sido un simple midario. Te aconsejo que visites la pirámide histórica y te documentes un poco. ¡Eres un ignorante! —exclamó.
Pálac se sintió un poco atribulado al escuchar el desprecio que su padre sentía hacia Beiler. Aunque la diferencia de edad entre ambos era abismal, sentía un gran
aprecio y admiración hacia el capitán. Había leído y escuchado cientos de batallas en las cuales el ejército midario había salido victorioso gracias a su enorme capacidad
de estrategia bélica.
—¿Qué diversión pretendía encontrar en crear una nueva civilización? —preguntó Pálac.
—Su objetivo era crear seres inteligentes y autosuficientes. Grias llamó a este proceso experimento Racot1, pero tu abuelo prefería llamarlo el juego.
—Juego. Juego. ¿Juego? —repitió—. ¿Por qué?
—Porque él era el creador del nuevo mundo y podía controlarlo todo desde el zac.
—El zac es un potente ordenador que permite visualizar todo lo que ocurre en Racot. Desde él se puede cambiar la climatología, consultar información de los seres que
habitan el planeta o introducir recursos inexistentes en una región determinada. En una de las salas del Palacio de Sinz está instalado el zac, la llamada sala de control. El
zac se divide en cien monitores gigantescos controlados ininterrumpidamente—. Como desde allí podía hacer y deshacer a su antojo cualquier cosa y esa situación le
divertía, decidió bautizarle el juego.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó Pálac interesado.
—Después de localizar el planeta, Grias comenzó con la creación de partículas. Tu abuelo exigió que estas fueran muy primitivas, porque parte de su divertimento
consistía en ver la evolución del planeta. Cuando Grias terminó, fue tu abuelo quien decidió ir a depositarlas sobre el agua del planeta.
—¡Es así como se crearon los actuales habitantes de Racot! —exclamó Pálac levantándose de la silla.
—Si dejas que termine lo sabrás. Pero como vuelvas a interrumpirme ya me encargaré yo de que no lo sepas jamás —gritó Cabolun irritado. Se levantó de la silla y
empujó a su hijo para que volviera a sentarse.
—Ya no te interrumpiré más —añadió Pálac cabizbajo, reponiéndose del fuerte golpe.
Cabolun volvió a sentarse y, tras lanzar una mirada amenazante, recuperó el hilo de la conversación.
—Una vez depositadas las partículas en el agua, la espera se prolongó durante varios milenios hasta que aparecieron los primeros indicios de vida. Organismos
primitivos y poco evolucionados comenzaron a poblar mares y océanos. Millones de años después, algunos de estos especímenes progresaron y salieron del agua.
»Otros se desplazaban por el aire como nuestras naves… —Hizo una pausa para ver la reacción de su hijo, que lo miraba con incredulidad, ya que nunca había visto
un ser vivo desplazarse por el aire—. Pero la mayoría se desplazaba por tierra, como nosotros. Una parte de estos animales terrestres se hicieron gigantescos, llegando a
medir veinte metros y a pesar decenas de toneladas.
—¡Qué barbaridad! —exclamó Pálac—. ¿Llegaste a ver alguno?
—No. Pero, según me contó mi padre, tienen gran parecido a los que habitan el planeta Silotac. Aunque dudo que sepas de qué hablo —dijo.
Pálac negó con la cabeza.
—Silotac es un planeta que en la antigüedad estuvo habitado por los silotacos. Estos se dedicaban única y exclusivamente a la investigación. Tenían excelentes
relaciones diplomáticas con todos los planetas y no sentían amenaza alguna. Así que pensaban que formar un ejército era innecesario y todos sus habitantes se
dedicaban a la investigación. Su inteligencia no les hizo prever la catástrofe que se avecinaba. Cogieron cientos de estos gigantescos animales y comenzaron a
manipularlos genéticamente con el propósito de utilizarlos como defensa. Cambiaron sus códigos genéticos provocando un incremento drástico de fuerza e inteligencia.
La idea era perfecta, unos gigantescos animales inteligentes que los protegerían en caso de ser atacados. Pasado un tiempo el experimento se tornó en su contra, esos
gigantescos animales manipulados para protegerlos terminaron por acabar con la vida de todos los habitantes de Silotac. Miento —musitó.
—¿Cómo que mientes?
—Hubo un superviviente. Grias fue rescatado por tu abuelo cuando recibió la señal de alarma del líder silotaco. Cuando llegó, lo rescató con múltiples heridas y lo
trajo a Mida, donde fue curado completamente. Grias nunca olvidó este suceso, y a partir de ese momento se volvió su lacayo.
—¿Son estos animales los que pueblan Racot?
—No. Tras observar todas las especies que poblaban el planeta mediante el zac, tu abuelo llegó a la conclusión de que estos animales eran los más inteligentes y, por
lo tanto, los encargados de comunicarse con él en un futuro. Esperó largo tiempo hasta que finalmente su paciencia se agotó. No eran esos los animales que buscaba para
su juego, él quería…
—Perdona que te interrumpa —preguntó Pálac tímidamente—. ¿Por qué se agotó su paciencia? ¿No había conseguido su propósito?
—No del todo. —Hizo una pausa y se levantó de su silla para observar en el monitor el comportamiento de algunos midarios que parecían estar discutiendo—.
¡Patrulla de retención, me recibe! —gritó. Pese a que la patrulla en cuestión se encontraba a varios kilómetros, la comunicación telepática logró establecer el contacto.
—¡Señor, le recibo perfectamente! —respondió uno de los integrantes de la patrulla—. ¿Qué sucede?
—Estoy viendo que varios midarios han desobedecido el código de conducta.
—¿Cuál es su posición? —preguntó mientras ordenaba a sus soldados haciendo gestos para que se prepararan para actuar.
—¡En las inmediaciones de la pirámide histórica!
—Señor. Vamos a proceder.
La distancia que separaba el lugar del suceso fue cubierta con presteza. La talla media de un midario rondaba los tres metros sesenta y algunos pesaban alrededor de
doscientos cincuenta kilos. Sus largas extremidades permitían desplazarse a velocidades superiores a cincuenta kilómetros por hora. En pocos minutos, llegaron a su
destino. Acorralaron al grupo que estaba provocando el incidente y el responsable de la patrulla volvió a establecer comunicación con Cabolun.
—Señor. ¿Está seguro de querer utilizar el protocolo?
—¡Sí! —respondió Cabolun tajante.
Dio la espalda al monitor y se aproximó nuevamente a su sitio mientras Pálac permanecía callado y sin moverse ni un ápice. Aunque sabía lo desabrido que resultaba
el protocolo de actuación, no quitaba ojo de la pantalla. En ella, la patrulla acababa de fulminar al grupo que había provocado el incidente. Uno de los soldados de la
patrulla estaba depositando los cuerpos encima de una plataforma flotante para llevárselos.
—¿Por dónde íbamos? —preguntó Cabolun sin dar el más ínfimo síntoma de arrepentimiento—. Ah, sí. Ya me acuerdo —añadió desviando la cabeza de su hijo—.
Como te iba diciendo, tú abuelo no había conseguido lograr su objetivo. Su proyecto era más ambicioso que el de crear una civilización de depredadores. Estaba
convencido de que estos no le aportarían el divertimento que buscaba. Finalmente, tomó una decisión tajante.
—¿Cómo de tajante? —preguntó Pálac, todavía asustado por las imágenes que acababa de presenciar.
—Ordenó la destrucción total del planeta. Beiler viajó hasta allí y, desde su nave, Sporas315, lanzó un único proyectil que arrasó completamente el planeta. La
mayoría de estos gigantescos animales murió instantáneamente, los que sobrevivieron lo hicieron más tarde debido a las secuelas climáticas que ocasionó.
—Sigo sin entender los motivos de su actuación. ¿Qué consiguió con esto?
—Muy sencillo. Reiniciar el juego. Volver a dejar el planeta virgen como cuando lo encontró.
—¿Con qué fin?
—Con el fin de rehacer el experimento. Para conseguir restablecer el planeta a las condiciones que tenía cuando lo encontró, tuvo que esperar sesenta millones de
años. Pasado ese tiempo, decidió retomar el experimento, pero esta vez con partículas mucho más evolucionadas. Repitiendo el procedimiento utilizado en el primer
ensayo, tu abuelo volvió a viajar a Racot. Una vez allí pudo comprobar de primera mano los efectos que provocó el impacto del proyectil. La geografía del planeta
cambió descomunalmente, paso de ser una única masa de tierra uniforme a convertirse en decenas de fragmentos irregulares y de tamaños muy diversos.
—¡Qué desastre! —dijo Pálac atribulado. No imaginaba que su abuelo hubiera llevado a cabo un experimento tan devastador.
—Después de depositar las partículas tuvo que esperar varios milenios más para empezar a notar actividad. Primero se formó una densa y extensa vegetación.
Posteriormente, aparecieron algunos animales, estos eran mucho más pequeños y débiles que los primeros, pero a su vez más inteligentes. Con la esperanza de
encontrar el animal que buscaba, esperó mucho tiempo hasta que logró encontrar uno que llamó su atención. Evolucionaba extremadamente rápido respecto al resto,
pasó de caminar a cuatro patas a ser bípedo. Su aspecto también se vio modificado con el paso del tiempo, pero su mayor cambio se dio en su inteligencia. Resolvía
audazmente y con gran rapidez los problemas que surgían en su vida, aprendió a luchar y a fabricar útiles para mejor su bienestar. No cabía duda, ese era el animal que
iba dominar la nueva civilización. Mejor dicho: ¡su juego! —gritó inesperadamente provocando un gran estruendo en la sala.
—¿Esos animales son los que pueblan Racot?
—¡Sí! —respondió Cabolun con rencor—. ¡Ellos tuvieron la culpa de todo! ¡De todo!
—gritó todavía más alto.
Cabolun salió del Palacio de Sinz enfurecido y sin rumbo.
Capítulo 4
Año 2069. El pequeño aprendiz de astronauta ha madurado considerablemente. Es alto y atlético. Su pelo es castaño, corto y cuidado. Tiene los ojos grandes y
azulados. La nariz desemboca en unos labios finos y delicados.
Sentado en una incómoda silla, frente a un desordenado escritorio, sostiene en sus manos la nave que balanceaba cuando tenía nueve años. Su lugar de trabajo no se
encuentra precisamente en las oficinas centrales de la NASA —donde soñaba estar cuando era un niño—. Trabaja de bibliotecario en la universidad de Albuquerque. Sin
tener conocimientos para desempeñar ese empleo, consiguió el puesto gracias a su condición de nieto de Mike Rogers.
Las ganas de estudiar y llegar a ser astronauta desaparecieron con la muerte de su abuelo. Un día más tarde ingresó en un centro de acogida en el cual pasó los años
necesarios para abandonar aquel frío lugar. Sin mucha convicción, se matriculó en la universidad. Primero probó con la carrera de periodismo con el fin de conocer
chicas. Era una carrera muy demandada por ellas. No logró terminar el tercer curso: las fiestas y la vida nocturna no iban muy ligadas al estudio matinal. Decidió dejar el
periodismo y se matriculó en la facultad de medicina. Solo él conoce el motivo que le llevó a hacerlo, ya que la sangre le hace desmayarse. Ya fuera debido al destino o al
azar, por una vez en la vida la suerte estaba de su lado. Conoció grandes amigos —cosa inusual en él, porque hasta ese momento no tenía muchos— y pese a faltar
mucho a clase y no aprobar ninguna asignatura, después de muchos años era feliz. El hecho de haber pasado tantos años en un centro de acogida, donde los tratos de
afecto eran más bien escasos, había transformado su personalidad, convirtiéndolo en un adolescente frío y desconfiado. Pero en ese momento volvía a sentir la cálida
sensación que perciben las personas cuando son bien tratadas. Sus tres compañeros de habitación se preocupaban por él y hacían que se sintiera especial. Aunque sabía
que esa situación terminaría algún día, intentaba disfrutar cada momento con ellos.
El día más temido por Josef había llegado hacía tan solo dos meses. Los compañeros de habitación lograron graduarse y este decidió que, con treinta y un años, era el
momento de abandonar el campus y buscar trabajo. Nuevamente, el destino o la suerte provocaron que en esa misma universidad hubiera una vacante en el puesto de
bibliotecario.
Su inexperiencia y desconocimiento absoluto en la materia no fueron un impedimento para conseguir el empleo. Las primeras dos semanas vivió en una pequeña
habitación compartida con un grupo de estudiantes a las afueras de la ciudad. Algunas diferencias entre los demás inquilinos de la vivienda hicieron que buscara otro
lugar en el que vivir.
Fue entonces cuando encontró una casa en venta cerca de la universidad. Decidió contactar con el vendedor para verla por dentro. La casa le fascinó desde el
principio. Contaba con un extenso jardín exterior lleno de flores, un gran salón con una chimenea central, cuatro habitaciones y cuatro baños. «Más que suficiente para
vivir» , pensó. Después de deliberar varios días, la compró. Una semana más tarde, vendió la casa en la que vivió con su abuelo. Según había leído Josef, el comprador era
un multimillonario amante de la astronomía que había ido adquiriendo una a una las casas de todos los astronautas que habían integrado la misión Life. El conocimiento
de este dato sirvió para que el joven aumentara indiscriminadamente el precio de la casa con el fin de embolsarse la mayor cantidad de dinero posible. «La va a comprar
cueste lo que le cueste», se decía a sí mismo. Antes de vender la casa, la visitó por última vez para coger algunos efectos personales, entre ellos aquel misterioso baúl.
Todos ellos se encontraban en un pequeño almacén que había alquilado hasta que terminara de amueblar su nueva casa.
Aquel día, después de finalizar la jornada laboral, llamó a una empresa de mudanzas para que le transportaran los objetos almacenados. No tardaron más de diez
minutos en descargarlos en el centro del salón; un viejo escritorio, dos telescopios, una polvorienta mesa de billar, algunas cajas repletas de libros y fotografías y aquel
viejo baúl completaban las pertenencias que había salvado de las manos de aquel fetichista.
Como un niño abriendo regalos de navidad, se sentó en el suelo y comenzó a abrir las cajas. No pudo evitar sonreír al ver una fotografía de su abuelo vestido de
astronauta junto al presidente de los Estados Unidos. «Qué importante fue mi abuelo», pensó orgulloso. En otra fotografía aparecía él, subido en una bicicleta, su abuelo
iba detrás, corriendo para que no cayera. Levantó la vista y observó con nostalgia aquel viejo billar que alguna vez fuera propiedad de Efrén Reyes, uno de los mejores
jugadores de la historia. Su abuelo lo había adquirido en una subasta benéfica en la ciudad de Los Ángeles. Justo debajo del billar se encontraba el viejo baúl. Al verlo, no
pudo evitar sentir un escalofrió al recordar que este fue el motivo de la última conversación que tuvo con su abuelo. Se levantó y, lentamente, se acercó hasta su
posición, lo arrastró hasta dejarlo fuera de las extremidades del billar y respiró profundamente. Acto seguido, comenzó a subirse la manga de su brazo derecho, dejando
al descubierto una numeración formada por diez dígitos apoyados sobre un pedestal con su nombre. «Es importante que nunca olvides la numeración que te voy a
comunicar», le pidió su abuelo antes de confiarle el secreto. La decisión de tatuarse la contraseña había sido acentuada gracias al consumo abusivo de marihuana en los
primeros años de universidad. «No puedo olvidar este número. Tengo que hacer algo para que esta mierda no consiga borrarlo de mi mente». Por suerte, la tinta cubrió
su brazo antes de que fuera demasiado tarde.
Josef pasó los dedos de su mano izquierda por encima de los números, maldiciendo el motivo que le había obligado a grabar su piel para siempre. Volvió a respirar
profundamente y pulsó sobre el pequeño cuadrado que protegía la cerradura. Todavía recordaba el sonido que hacía el engranaje al descubrirse la pantalla digital.
Introdujo la contraseña y el baúl se abrió. En su interior todo seguía tal y como lo recordaba, recortes de periódico, fotografías, un viejo buitre de peluche, un libro
escrito a mano y un pequeño objeto desconocido para él. Un dispositivo de almacenamiento de 32Gb, el cual no llamó mucho su atención. Ni el paso del tiempo, ni la
humedad, ni el polvo habían afectado lo más mínimo el interior de aquel baúl. Su carácter hermético había creado un inmejorable clima para la perfecta conservación de
todos los elementos.
—¿Qué pondrá en este libro? —masculló.
Abrió varias páginas y, sin tener el más mínimo cuidado, lo volvió a dejar torpemente en el interior del baúl. Uno de los recortes de periódico llamó su atención y lo
sacó para poder leerlo bajo la luz de una modernista lámpara que había comprado recientemente.
Titular del diario Today, día 1 de diciembre de 2031. Un avión americano destruye un ovni en la costa de Nueva Jersey. Según informa el ejército
americano, durante unos minutos un ovni se pudo ver a plena luz del día sobrevolando la ciudad de Nueva Jersey, causando el pánico en los ciudadanos
que presenciaron esta escena. Al comprobar que el aparato no era detectado por ningún radar y desobedecía los avisos enviados desde la torre de control,
decidieron abatir la nave para garantizar la seguridad de las personas allí presentes. Fuentes cercanas a este diario aseguran que la nave fue recuperada
por un buque norteamericano y está siendo investigada en la conocida Área51.
Dejó ese recorte nuevamente en el interior del baúl y cogió otro para ver su contenido.
Titular de la revista Ufo51 del mes de julio del año 2040. Un ovni persigue durante dos largas horas a un avión de pasajeros que hacía la ruta Paris-Los
Ángeles. Los pilotos del avión comercial aseguraron que el objeto o la nave que los seguía iba a una velocidad desorbitada, que tan pronto aparecía a un
lado del avión, lo hacía en el otro. Uno de los pilotos aseguró que creía que iba a morir, pero la nave despareció en un instante sin dejar rastro.
Volvió a depositar el recorte en el interior del baúl y comenzó a revolver y a leer las principales portadas de todos esos recortes. En todos ellos hablaban de
avistamientos ovnis en diferentes regiones del mundo. Algo que no le sorprendió mucho, porque era una noticia muy habitual en los informativos.
Pensó entonces en revisar el contenido del libro. Lo sacó del baúl y lo depositó encima del escritorio, cogió una de las sillas del salón y comenzó a examinarlo. El
título del libro era El juego del mundo. Debajo del título, varias preguntas escritas parecían esperar una respuesta.
¿Por qué estuvieron en la antigüedad? ¿Están jugando con nosotros? ¿Por qué construyeron las pirámides? ¿Fue Jesucristo uno de ellos?
Con el gesto torcido y un tanto sorprendido por la preguntas, abrió la primera página y comenzó a leer.
Capítulo 1. Pinturas rupestres.
En 1837, en la región de Kimberley, al noroeste de Australia, fueron descubiertas gran cantidad de pinturas llamadas WANDJINAS, cuya traducción
dice: seres sabios que trajeron la civilización y la prosperidad a los pueblos de la zona. Los aborígenes, al ser preguntados por el origen de estas pinturas,
respondieron que sus antepasados no las habían realizado. Apuntaron que los autores fueron unos seres que vinieron desde el cielo. Entre las pinturas,
llaman la atención figuras de gran tamaño de hasta seis metros, con rostros blancos y sin boca. En una de las que más destaca, aparece un ser vestido con
una túnica rosa y un doble círculo rodeando su cabeza, también de color rosa y oro. Sobre la zona de color rosa hay una inscripción ilegible.
En 1939, en la región de Tassili (Argelia), se encontraron pinturas en las paredes de las cavernas. En estas aparecen seres con casco, muy parecidos a
astronautas. Lo más curioso es que las pinturas, tras haberles realizado la prueba del carbono14, revelaron una antigüedad de diez a quince mil años. Son
conocidas mundialmente como Los astronautas de Tassili.
En 2010, en Madhya Pradesh (India), unos arqueólogos que trabajaban con las tribus de la montaña en una región muy remota, encontraron en el
interior de una cueva pinturas rupestres de lo que parece ser una nave espacial y un extraterrestre. Los textos sagrados de la literatura vedántica hindú
hablan de lo que para algunos ha sido interpretado como naves espaciales (para otros son solo los vehículos simbólicos de los dioses); conocidas bajo el
nombre de Vimanas. Estas antiguas máquinas voladoras hacen pensar a algunos que los extraterrestres son, en realidad, los dioses de los que hablan los
mitos y que han interactuado con la humanidad desde hace miles de años, incluso creando al hombre «a su semejanza» como parte de un experimento
genético.
Durante varias horas continuó leyendo decenas de páginas en las que su abuelo hablaba claramente de manifestaciones extraterrestres desde tiempos muy antiguos.
Finalmente, terminó de leer el primer capítulo y se fue a la cama.
Al día siguiente se aseó y, como todas las mañanas, fue caminando a la universidad. Justo cuando estaba a punto de cruzar la acera que conducía a la entrada, un
coche pasó por encima de un charco que empapó a Josef por completo. «¡Mierda!». Para incrementar todavía más su enfado, el ocupante del vehículo, mientras se
alejaba, abrió la ventanilla y mostró sus dedos formando el símbolo de la victoria. «Hijo de…». Sin tiempo para volver a casa a cambiarse —era el encargado de abrir la
biblioteca—, entró en el baño y se secó con un poco de papel y el aire del seca manos. «Diez minutos», pensó mientras corría a toda prisa a desayunar a la cafetería de
la universidad. Después de tantos años yendo a aquel lugar no era de extrañar que le sirvieran el desayuno sin preguntar. La camarera conocía los gustos de Josef y, sin
cruzar palabra alguna, le servía una taza de café acompañada de dos galletas. Ese día la vieja y desaliñada camarera no había ido a trabajar, en su lugar una joven e
inexperta aprendiz intentaba hacer las delicias de los clientes.
Era rubia, alta y esbelta. Su pelo largo y liso hondeaba a cada paso que daba, ojos claros y rasgados parecían cautivar a todo aquel que los miraba.
Aquella mañana había un gran revuelo en la cafetería. Muchos jóvenes, al verse sorprendidos con tal preciosidad, se arremolinaban sobre la barra esperando cruzar
alguna mirada. Alterados por la testosterona, dejaban salir comentarios bastos e impertinentes. Josef, impasible frente a tan desagradable situación, levantó la mano y
ella, muy atenta, se acercó rápidamente.
—Buenos días —dijo muy amablemente inclinando su cuerpo hacia delante y mostrando una perfecta sonrisa—. ¿Qué quiere desayunar?
—Póngame lo de siempre —respondió Josef con semblante serio.
—Perdone, señor —dijo ella apretando con los dedos la bandeja que sostenía sobre sus sudadas manos—. Hoy es mi primer día y no sé qué es lo de siempre.
—replicó ella cuidadosamente.
—Pues lo de siempre es un café corto y la leche fría, acompañado con dos galletas de chocolate. ¿Te has enterado o te lo repito? —preguntó Josef con voz
desagradable y provocando que algunas mesas de alrededor lo miraran.
—Sí, me he enterado. Ahora mismo se lo traigo, señor. —La camarera bajó la cabeza y fue directamente a la barra para que le prepararan el desayuno.
Josef se levantó y cogió el diario. Como todos los días, desayunaba solo.
Era una persona poco sociable, quizá la vida había sido demasiado dura con él y por eso mismo pagaba su frustración con los demás. No permitía el más mínimo
acercamiento con nadie desconocido. Desde que sus compañeros de habitación se habían graduado, había caído en una profunda soledad de la cual no parecía estar
dispuesto a salir.
—Señor, aquí tiene lo que ha pedido —dijo la camarera con una extensa sonrisa.
—Gracias —respondió él sin quitar la mirada del diario.
La camarera se fue a atender otra mesa que la llamaba incansablemente. Josef cogió el café y bebió un pequeño sorbo.
—¡Ah! —Josef profirió un grito ahogado acompañado de una mueca de dolor—. ¡Te dije la leche fría y me la has puesto hirviendo! —gritó enfadado.
Aunque no socializaba mucho, algunos de los allí presentes ya conocían los malos modales de Josef. Varias mesas cercanas a la suya comenzaron a reírse entre
dientes por tan desagradable incidente. El sentimiento humano a veces actúa con compasión ante situaciones controvertidas, pero muchas veces provoca
inconscientemente una reacción de bienestar y burla incontrolable delante de una situación complicada. Como cuando una persona ve golpearse o tener un accidente a
otra, pese a saber el dolor producido, no puede evitar reírse.
Tan rápido como pudo se acercó a pedirle disculpas.
—Lo siento, señor —dijo juntando las palmas de las manos a modo de súplica—. Se habrá equivocado mi compañero. He comprobado la nota y estaba bien
apuntado, el error no ha sido mío —añadió mostrándole la nota.
—Tuya o de ellos, la cuestión es que me he quemado —replicó sin levantar la cabeza ni siquiera para ver la nota.
—Si hay algo que pueda hacer por usted.
—Sí —respondió sonriendo para luego dejar paso a una expresión de rabia—. ¡Vete de aquí! Con suerte mañana estará la camarera de siempre y esto no volverá a
ocurrir.
—La camarera de siempre que usted dice se ha ido para siempre.
—¿Se ha jubilado? —preguntó extrañado. Conocía perfectamente los problemas económicos de la señora y dudaba que se hubiera marchado voluntariamente.
—No —respondió ella un tanto atribulada.
—¿Entonces? ¿Ha encontrado un trabajo mejor?
—Murió ayer a causa del cáncer que venía padeciendo desde hacía unos años.
El gesto de Josef se tornó taciturno. «La he cagado».
—¿Desea algo más?
—No —musitó.
La escena que acababa de protagonizar le dejó tocado. Sabía que su comportamiento había sido desproporcionado para tan irrisorio incidente. Ahora era él quien
percibía las burlas de los allí congregados. Se apresuró a desayunar para salir rápidamente de allí y refugiarse en la biblioteca.
Capítulo 5
El juego de wetroc era el único deporte autorizado en Mida. Los enfrentamientos se desarrollaban en el valle Tiyotan, una gran explanada situada en el centro de la
cordillera Atzabral. Las dimensiones del campo de juego eran más o menos las de un campo de fútbol reglamentario. En el centro, dos pilares de granito se elevaban
cincuenta metros esperando que los beligerantes se posaran sobre ellos. Los espectadores contemplaban los combates sentados en los diferentes niveles que les
proporcionaban las irregulares montañas. En ocasiones, aquel pequeño valle había sido rodeado por medio millón de midarios buscando saciar el aburrimiento eterno.
La mecánica del juego era muy sencilla: combates individuales —uno contra uno—, entre dos luchadores. Antes de comenzar llegaban a un acuerdo respecto al peso
que debían elevar. Acto seguido, una plataforma los transportaba hasta la cúspide de los pilares, donde permanecían hasta el final del combate. Un mediador se
encargaba de dar la orden para que comenzara el enfrentamiento. Con la ayuda de sus mentes debían elevar el peso antes fijado un mínimo de cinco metros por encima
de sus cabezas.
Después de décadas o incluso siglos de entrenamiento, los combatientes más experimentados

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