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 El látigo del no - Pedro Querales

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un cuerpo desnudo
clavado en una cruz de madera. Hay un
cuadro junto a la ventana con un desnudo
impresionante que siempre me ruborizo
al verlo. Sábanas grises sobre la cama
queriendo cubrirme. Montones de
zapatos de tacón alto regados sobre la
alfombra gris de la habitación; es allí
donde veo tirado el vestido color
purpura de lentejuelas negras que
llevaba puesto ayer, junto con mis
zapatos de tacón alto brillantes color
negro que hacían juego perfectamente.
Me doy cuenta de que es imposible
encontrar mis almohadas doradas;
porque simplemente ésta no es mi
habitación… es la habitación de mi
mejor amiga Vanessa García.
Solamente recuerdo que
estábamos en nuestra fiesta de
graduación – ¡Sí! ya por fin soy
abogada–. Bailamos, comimos y
bebimos mucho. Sí –afirmo resignada–.
Miro a las causas perdidas que se
encuentran todavía inertes dormidos
sobre el suelo de la habitación. Ya sé
que bebí mucho. Me río para no llorar.
¡¿Cómo pude?! No lo entiendo –me
reprocho entre dientes sacudiendo una
vez más mi cabeza atormentada y
adolorida por la resaca–. Me pregunto:
¿dónde estará Vanessa? ¿Por qué me ha
dejado sola aquí en su habitación? –
bueno, aunque ni tan sola… mal
acompañada–. Seguro está tirada en otra
habitación de la casa, o llorando en un
rincón sola con el corazón roto como
siempre –por no escucharme–. Le he
dicho que los hombres no conocen la
palabra amor, simplemente la repiten
como un disco rayado para poder
llevarse a alguien a la cama, sin saber
qué consecuencias puede acarrear el mal
uso de esas cuatro letras. Yo por eso no
creo en hombres ni mucho menos en esa
masoquista palabra “AMOR” –mi mente
lo recita sarcásticamente–. Para creer en
algo o en alguien lo tienen que aprobar
los cinco sentidos; de lo contrario para
mí no existe. Tal vez tenga algo que ver
mis padres cuando me inculcaron que
Dios no existe, y ese cuento de ir a misa
todos los domingos no se me da bien.
Por eso no creo que me llegue a casar.
Espanto rápidamente mis pensamientos
agitando mis manos y mi cabeza al
mismo tiempo. Procedo a levantarme
finalmente de la cama, colocando sobre
la alfombra mis pies descalzos y
adoloridos; por el roce que produjeron
mis sandalias de tacón alto al bailar.
_ ¡PAULAAAA! –alguien me
llama.

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Se dirige hacia a la puerta de la
habitación. Puedo oír sus pasos. Pero la
mente se me nubla y no puedo pensar
qué hacer. Trato de buscar rápidamente
donde esconderme, pero cuando lo
intento ya es muy tarde. Me quedo tiesa,
inútilmente semidesnuda parada frente a
aquella puerta blanca de pómulo dorado
de la habitación. Veo lentamente cuando
se abre y aparece Jorge; radiante con
aquella camisa blanca bien planchada de
seda, y pantalones de color kaki que le
lucen perfectamente. Pero mis enormes
ojos azules llenos de asombro y pena, se
encuentran con aquellos grandes y
brillantes ojos de color marrón que me
miran con alivio; hacen juego con su
impecable piel bronceada, pero
enseguida pierden el brillo cuando se
posan sobre aquellos hombres tumbados
sobre el gris de la alfombra. No logro
articular ningún tipo de palabra. Sigo
quedando tiesa y de pie frente a él. Sólo
tartamudeo no sé qué cosa. Trato de
tapar inútilmente mi cuerpo carente de
ropa con mis brazos, mientras pienso lo
que puedo decirle a mi novio… Ha
fijado su mirada intensa sobre mí,
observándome de arriba abajo con
aquellos enormes ojos que ahora están
llenos de furia recorriendo mi cuerpo.
Su cabello rizado color castaño empieza
a alborotarse, cuando pasa sus manos
rápidamente sobre él una y otra vez; al
ver que estoy en ropa interior y con dos
hombres semidesnudos que permanecen
todavía inertes sobre la alfombra.
_ Cómo pudiste después de lo
de ayer… –me dice con voz quebrada.
¿De lo de ayer?… qué… ¿qué fue
lo de ayer?, ¡oh no!, no recuerdo bien,
¿qué voy a hacer ahora? Reconozco que
entre Jorge y yo, las cosas no marchan
muy bien; porque siempre quiere más de
lo que yo le puedo dar, pero a pesar de
mi falta de credibilidad en el amor,
nunca me había planteado la posibilidad
de engañarlo. Siempre fue sincera con él
desde un principio, por eso me siento
culpable, avergonzada y sobre todo…
¡no sé qué carrizo pasó ayer! Intento
recordar pero mi inútil silencio le
obliga a recordármelo.
Pasa su mano una vez más sobre
su cabello inevitablemente alborotado.
Sus labios empiezan a parecer un poco
tensos al igual que su mandíbula. Mueve
su cabeza en forma circular como para
liberar el estrés que produce la
irremediable ausencia de mis palabras.
_ Te pedí matrimonio…pero
ahora veo cuál es tu respuesta. Creo que
en realidad siempre la supe. Te lo
pregunté ayer en la fiesta, pero tú sólo
bajaste la mirada sin responder nada….
por eso me fui, aunque pareció no
importarte absolutamente nada –añade
con voz de reproche.
¡Oh no! El anillo de diamantes es
de él. ¿Cómo pudo pasar? Me siento
como una cucaracha, o peor aún… como
una rata de alcantarilla buscando un
pedazo de desperdicio para poder
sobrevivir. Siento tantos sentimientos
encontrados para este solo cuerpecito y
un alma… un alma que ahora es sucia
buscando desesperadamente ser
enjabonada. Finalmente le digo a mi
cerebro que empiece a fabricar palabras
que me permitan lograr un buen
argumento para la defensa de mi propio
juicio.
Me llevo las dos manos a la
boca, cerrando y abriendo mis ojos
constantemente, tratando así que
aparezcan de una vez por todas esas
amigas palabras que siempre me ayudan
a resolver líos… pero me duele saber
que esta vez me han abandonado. Suelto
mis manos tras un suspiro resignado
posándolas en mi cintura.
_ Sé que tienes razones para
odiarme… pero en estos momentos no
sé quién soy, ni siquiera sé cómo llegué
aquí. Sólo sé que bebimos mucho en la
fiesta…

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Él me interrumpe, cortándole el
vuelo a mi coartada.
_ Ahórrate las escusas… no
quiero saber más nada de ti. No sé
cómo, pero te voy a borrar de mi mente
y de mi alma. Me has causado dolor y te
juro por mi Dios… ése, el que tú no
crees, que te enterraré para siempre. Y
pido que si algún día llegas a sentir
amor por alguien, te haga sufrir el doble
de lo que me has hecho sufrir tú a mí.
Adiós –su voz es firme y arrolladora.
Le impido marcharse,
sujetándolo de un brazo para aferrarme a
él como una tabla de salvación. No
puedo dejar que piense que lo he
engañado. Estoy segura que aquí no ha
pasado nada; porque yo no suelo fijarme
en hombres que posean como amuleto en
el cuello una cruz. Por mucho que esté
tomada, eso me espantaría como a los
vampiros.
_ ¡No, no te vayas escúchame!,
por favor… –le suplico–.Te juro que no
hice nada malo y te lo puedo probar.
Dejo su brazo caer. Siento
nuevamente como sus enormes ojos me
miran como si pudiera con ellos
aniquilar cualquier ser viviente que se
encuentre a su paso.
_ ¡Ahh sí! ¿Cómo? Quiero saber
que me vas a inventar –me dice en plan
de reproche.
Con el ceño fruncido, cruzado de
brazos y con aquellos ojos que muestran
un desconcertante filo… se dispone a
escucharme.
_ Yo solía tener esta clase de
vida antes de que mi madre muriera en
aquel accidente; entonces juré que
dejaría las drogas y la rebeldía absurda
como compañía. Estoy segura que por
mucho que hubiese tomado, no
traicionaría la promesa que le hice a mi
madre aquella noche de invierno. Es por
eso que tienes que creerme; aunque no te
culpo si no lo haces. Pero esa es mi
verdad.
Miro el anillo de diamantes
impresionantemente radiante. Procedo a
sacarlo de mi dedo anular. Le agarro una
mano deshaciendo así su intenso cruce
de brazos. Coloco el anillo en su palma,
él la cierra después. Yo mantengo mi
mano aferrada sobre su puño. Levanto
mis ojos hacia los suyos.
_ Esto no me pertenece… No me
siento digna de merecer tu amor.
Lamento mucho haberte causado tanto
dolor –añado con voz quebrada.
Veo en su rostro un dolor
inmenso que jamás me lo podre
perdonar –trago grueso–. Pienso que tal
vez las cosas suceden de una manera
porque así tenían que ser; tratando con
eso de alivianar el inmenso peso que
habita en mi alma, pero enseguida
aumenta cuando veo en su rostro correr
una lágrima que se desvanece poco a
poco hasta morir en la comisura de su
boca. Intento no desmoronarme junto a
él. Me aferro a mis manos entrelazadas,
tratando de encontrar refugio en ellas.
_ Siempre quise creerte aun
cuando tú no creías en mí. Siempre
quise amarte aun sabiendo que tú no me
amabas… por lo menos lo suficiente.
Sobre todo siempre quise borrar la
posibilidad de que este momento
llegara… el momento de decir no más,
el momento de decir… adiós. Puede que
no haya pasado nada aquí, pero para mí
fue la gota que derramó el vaso. Fue lo
que me dijo que contigo no avanzaría.
Seguiría intentado convertir lo
inconvertible, de amarrar lo
indomable… Lo siento, pero voy a
dedicarme ahora a buscar el significado
de mi existencia.
Perpleja. Sin ropa, sin alma,
llorando como una niña luego de recibir
su castigo. Llevo mis manos a la boca,
viendo cómo se aleja de mí su mirada
fría y perdida. Se marcha finalmente con
su mano derecha abierta levantada,
mostrando una simple y fría sonrisa.
Sigo sin poderle refutar algo, sin poder
defenderme; porque simplemente me
dejó sin argumento alguno que pudiera
salvar una relación que

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