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El libro de Rangarok Parte 2 – Lena Valenti

El libro de Rangarok Parte 2 – Lena Valenti

El libro de Rangarok Parte 2 – Lena Valenti

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Sin embargo, Loki, a través de uno de sus famosos engaños, se escapó de la cárcel y descendió al Midgard, la Tierra, para reírse de la
humanidad y truncar el proyecto de Odín.
Fue entonces cuando las dos familias del panteón escandinavo que habían vivido enemistados en otros tiempos, los Aesir, liderados por Odín, y
los Vanir, liderados por Freyja, unieron sus fuerzas de nuevo y crearon a los berserkers y a los vanirios para proteger a la humanidad de las fechorías
de Loki, el hijo de los Jotuns.
Odín fue el primero que escogió a sus guerreros einherjars, vikingos inmortales, y los tocó con su lanza otorgándoles el od, la furia animal,
convirtiéndolos así en guerreros berserkers con semejanzas genéticas e instintivas a la de los lobos, su animal favorito. Los hizo descender a la
Tierra con el objetivo de mantener a Loki a raya, y durante un tiempo fue posible; pero las mujeres humanas eran muy atrayentes para ellos, así
que mantuvieron relaciones sexuales e hibridaron la raza pura berserker.
El dios gigante Loki consiguió llevar a su terreno a algunos de los híbridos, ya que al ser de naturaleza semihumana eran mucho más débiles y
susceptibles a las promesas y a los deseos que él les ofrecía a cambio de unirse a sus filas. Transformó a todos los que se fueron con él en
lobeznos, seres abominables y sedientos de sangre que podían parecer humanos, pero que, al mutar, se convertían en auténticos monstruos
asesinos, los llamados hombres lobo. Loki conseguía de esa manera mofarse de Odín y de su creación.
El Midgard entonces se descontroló. Cada vez eranmenoslos berserkers hibridados capaces de ignorar y negar a Loki. La Tierra entraba en una
época convulsa de oscuridad y guerra donde no había cabida para la luz ni la esperanza.
Fue en aquel momento cuando los Vanir, al ver el escaso éxito que había tenido Odín para mantener a Loki a raya, apoyaron al dios Aesir y
crearon una raza propia de guerreros que además les pudiera representar en la Tierra. Sin embargo, los Vanir no tenían conocimiento sobre
manipulación de armas ni tampoco sobre guerra. Ellos eran los dioses de la belleza, el amor, el arte, la fecundidad, la sensualidad y la magia: no
sabían nada de destrucción. Así que hicieron una criba con los guerreros humanos más poderosos de la tierra y los mutaron, otorgándoles dones
sobrenaturales.
Los dioses Vanir Njörd, Frey y Freyja escogieron a miembros de algunos clanes humanos que entonces poblaban la tierra, y a cada uno les
otorgó dones fascinantes. Pero también, temerosos de que alguna vez pudieran sobrepasarles en poderes, les dieron alguna que otra debilidad.
Así nacieron los vanirios, seres que una vez fueron humanos y a quienes los dioses añadieron una fuerza sobrenatural, convirtiéndolos en
hombres y mujeres inmortales. Eran telépatas, telequinésicos, podían hablar con los animales, podían volar y tenían colmillos como sus creadores
Vanir; pero no podían caminar bajo el sol y, además, soportarían el tormento de la cruz del hambre eterna hasta que encontraran a sus parejas de
vida, hombres y mujeres especiales capaces de entregarles todo aquello que sus corazones anhelaran. Pero Loki, conocedor de la insaciable sed
vaniria, también les tentó ofreciéndoles una vida en la que el hambre podría solventarse sin remordimientos de conciencia. A cambio, ellos sólo
tendrían que entregarle su alma y unirse a su ejército de jotuns. Los más débiles, aquellos que se plegaron a su oferta, aceptaron el trato y se
convirtieron en vampiros, seres egoístas que absorben la vida y la sangre humana. Asesinos.
Ahora, ante el refuerzo y la ofensiva de Loki y su séquito, los vanirios y los berserkers que no se han vendido a él se verán obligados a aparcar
todas sus diferencias y a permanecer unidos para luchar contra todos aquellos que se han confabulado para conseguir que el Ragnarök llegue a la
Tierra y se pueda destruir así a la humanidad.
No obstante, en la lucha encarnizada contra el Mal, ni siquiera la ayuda de estas dos razas de seres inmortales es suficiente para la causa. Los
vanirios y los berserkers son fuertes, pero necesitan aliados ahora que se acerca el ocaso de la Tierra.
Muchos humanos de almas oscuras que están a la orden de Loki han unido sus fuerzas, sabedores de que el Ragnarök se aproxima; según ellos,
la Tierra se rige por ciclos, y el ciclo final debe llegar cuanto antes para que su dios, Loki, haga llegar un nuevo día. Durante siglos, han creado
sectas y organizaciones que estudian, secuestran y maltratan a seres como los vanirios y los berserkers, y no conformes con eso, intentan provocar
esa apertura dimensional, esa puerta a través de la cual Loki podría entrar a nuestro mundo y sumirlo para siempre en la oscuridad. Organizaciones
como Newscientists, la Secta Lokasenna, brujos y hechiceros, lobeznos, vampiros y escoria humana han decidido provocar ese parto planetario
antes de tiempo a través de la manipulación de mentes privilegiadas de geólogos y físicos cuánticos. Y es algo que Odín y Freyja han decidido
evitar a toda costa.
Hasta ahora, los dioses no podían interceder directamente en el plan evolutivo de la humanidad y esperaban una señal, un acontecimiento, la
llegada de un nuevo guerrero que desencadenara la jugada maestra y empezara a mover las fichas.
Ese momento ha llegado.
La diosa Vanir y el dios Aesir enviarán a la Tierra a todos los ejércitos del Asgard y del Vanenheïm, en un intento desesperado de igualar las
fuerzas y echar una mano a vanirios y berserkers.
Freyja dará carta blanca a sus valkyrias para que por fin desciendan a la Tierra e implanten su ley. Estas mujeres guerreras son despiadadas,
caprichosas y letales, y han permanecido en el Víngolf junto a Freyja desde el momento en que fueron concebidas y dotadas de sus dones. La
diosa les va a dar la oportunidad de liberar su frustración y abrazar de una vez por todas su ansiada libertad, aunque para ello tengan que
arriesgarse y dejar atrás la protección que los muros del Valhall les había dado.
Odín, a su vez, enviará a sus einherjars, aquellos guerreros inmortales que no ha transformado en berserkers. Estos guerreros habían sido una
vez humanos, y entregaron su vida honorablemente en defensa de los suyos y de los dioses. Ahora son hombres poderosos, con grandes dones, y
están dispuestos a todo con tal de luchar en nombre de Odín.
El destino de la humanidad está en manos de estos seres, y ni siquiera el tapiz de las nornas en el que se lee el destino es claro en cuanto al
final que de la raza humana se refiere. No obstante, los dioses saben que si el ser humano pierde esta batalla desaparecerán con ellos, y eso no lo
van a permitir. Hay demasiado en juego.
Pero ni siquiera estos guerreros que van a luchar por la humanidad están a salvo de la energía de la Tierra. Una energía que se mueve a través
del amor, el odio, la rabia, la compasión y el sexo. El ser humano es visceral, igual que la realidad en la que vive. Valkyrias y einherjars bajarán de los
cielos para defendernos, pero ¿cómo se defenderán ellos de un planeta tan cargado de emociones? ¿Protegerán sus corazones?
El tapiz del destino no está acabado, y cada movimiento que se haga en la Tierra lo transforma y le da nuevos colores y nuevas formas. Cada
acción tendrá una reacción. No hay mayores estrategas que los dioses, pero incluso ellos no están seguros de ganar la partida contra Loki
porque… ¿Qué importan los planes cuando estás en una realidad tan imprevisible y voluble como la nuestra?
Unos nos defienden, los otros nos atacan.
Unos esperan nuestra aniquilación; y los otros se sienten obligados a defendernos y luchan por nuestra salvación, sin ser conscientes de que
mientras nos salvan, alguno de nosotros también puede salvarlos a ellos.
Los humanos somos la raza débil, estamos justo en medio, viviendo nuestras propias vidas, ignorantes de aquello que nos rodea. Pero incluso la
raza menor puede dar lecciones a las razas superiores, como porejemploque en la guerra y en la venganza el más débil es siempre el más feroz.
La batalla final entre el Bien y el Mal lleva labrándose desde hace tiempo pero, esta vez, las pasiones, los anhelos, la amistad, el corazón, el amor
y la valentía, serán factores decisivos en su desenlace.
El Ragnarök se acerca.
Y tú, ¿de parte de quién estás?
Da comienzo el Principio del fin.
Elige tu bando.
No existe la luz sin la oscuridad.
No se concibe el bien sin el mal.
No hay perdón sin ofensa.
No hay redención sin rendición.
En un mundo de opuestos en el que vivimos, unos seres inmortales vienen a protegernos no sólo de Loki, sino también de nosotros mismos.
La línea entre lo que es bueno y lo que no es muy subjetiva, demasiado fina para nosotros, pero invisible para seres que desde hace milenios
están luchando por una raza humana que demuestra muy pocos escrúpulos en todas sus acciones y decisiones. ¿Merecemos ser salvados?
Todo es posible. Todo está permitido.
Y todo es más real de lo que creemos.
Ésta es la Saga Vanir.
Bienvenidos al mundo de Lena Valenti.
I
Era la mano derecha de Loki. Así se lo había confirmado cuando le delegó la misión de acabar aquello que no pudo acabar Si-Rak, el supuesto
príncipe de los elfos oscuros.
Era el momento de Lek-ir. Debía aplastar cualquier rebelión, cualquier luz de esperanza. Y eso había estado haciendo hasta entonces. Tenía a
todos sus arqueros preparados para apuntar con sus flechas a aquel pequeño grupo de rebeldes. Después de todo, el ejército de Svartalfheim que
él comandaba, había viajado por todo el orbe buscando a aquellos seres mágicos de Nerthus para darles caza y enterrar cualquier hipotético
levantamiento. ¿Cómo se suponía que iban a luchar con tan pocos efectivos?
La gran mayoría de humanos había sido exterminada. Muchos de ellos heridos de muerte y agonizando, y la otra parte superviviente, convertida
en nosferatu por los vampiros.
Para los svartálfar aquella misión había sido tan fácil como respirar. Una vez ayudaron a destruir todo tipo de vida, se tenían que reunir allí, a los
pies del tejo, del árbol celta más antiguo, para interceptar a esos bardos que habían logrado acabar con Si-Rak.
Lek-ir no podía entender cómo dos seres tan inofensivos habían conseguido acabar con la existencia de un poderoso y oscuro príncipe élfico.
Pero sea como fuere, él acabaría su faena.
Si-rak y sus elfos, los que llegaban de su viaje de aniquilación, levitaron y se quedaron en suspensión en el cielo, para poder contemplar con sus
ojos, negros como sus almas, los últimos coletazos de aquellos individuos que creían en Odín y que pretendían resistirse contra el poder de su
Señor.
Eran valientes, y eso no podía negarlo. Un puñado contra cientos de miles era una refriega desigual. Lo que ese grupo de guerreros llevaba a
cabo, solo se podía comparar con una hazaña espartana. Teniendo en cuenta que los espartanos no lucharon contra tantos enemigos como a los
que se enfrentaban los presentes.
Lek-ir alzó su mano derecha, con la vista fija en sus objetivos y ordenó que apuntaran a cada uno de los miembros de la resistencia. El viento
huracanado azotó sus melenas negras y lisas. Las marcas de sus rostros se iluminaron con determinación. El tiempo apocalíptico acompañó cada
orden y cada acción, como si la escena dantesca que presenciaban necesitara de más elementos dramáticos.
Los elfos de la Oscuridad no rendían pleitesía a nadie. Todo su ejército élfico dirigió sus arcos y la punta de sus flechas negras contra los pocos
berserkers, vanirios, einherjars y valkyrias que daban la cara. Y justo cuando iba a bajar la mano para que las dispararan, vio emerger una cabeza
rubia por las raíces del tejo, que ya resbalaban por el precipicio abismal que se había creado en su superficie.
Lek-ir sintió que la joven barda llevaba un tótem de poder en las manos. El elfo tomó su arco de detrás de su espalda y él mismo ensartó una
flecha en la cuerda tensa de hilo irrompible. La apuntó al pecho de Daimhin.
Loki estaría orgulloso de él cuando supiera que sus flechas habían sido mortales contra cada uno de esos individuos que osaban enfrentarse a
él. Él acabaría con los que salían del tejo.
Los dos hermanos rubios, una vaniria japonesa y un berserker con cresta y pelo rojo.
Entonces, cuando iba a disparar contra la barda y a ordenar la lluvia inclemente de saetas contra ellos, recibió un mensaje del viento, de un
grupo de svartálfars que se acercaban a donde ellos estaban.
«Lek-ir».
«¿Qué sucede?».
«Se acerca hacia vosotros una nube a gran velocidad. En su interior se esconde un vanirio y una berserker con un tótem divino».
«¿Otro tótem?», preguntó extrañado. «¿De qué tótem hablas? No comprendo».
«Uno que había oculto en una hule, bajo las islas escandinavas».
«¿Y por qué, si puede saberse, no interceptásteis el objeto cuando salieron de la hule?».
Se hizo un silencio apocado y culpable.
«El hada guía nos despistó y nosotros la seguimos pensando que no habían encontrado el objeto. Ellos salieron camuflados en una nube, y
perdimos su rastro».
«¿Insinúas que una diminuta hada ha engañado a un grupo de svartálfars?». No permitió que el otro respondiera. «Sois una vergüenza para
nuestra estirpe».
«Lo lamento, Señor. Intentamos darles caza pero se mueven a muchísima velocidad. El vanirio que va en su interior es extremadamente veloz».
«¿Lo lamentas? ¿Lo lamentas? —repitió incrédulo. Él mismo mataría a ese svart con sus propias manos, por inepto—. No quiero oír ni una
palabra más. ¿Sabemos a quién pertenece el tótem?», quiso saber Lek-ir nervioso.
«No, Señor. Pero sí sabemos que los seres que materializan el cumulunimbus y cubren al resto son mitad elfos… Son los únicos que pueden
mezclarse con los elementos de ese modo».
«¿Más elfos? ¿Dónde estaban estos elfos si puede saberse?».
«Bajo el suelo de Fionia».
«Estupendo —susurró con amargura—. Entonces, deben de ser elfos intraterrenos. Y si es así, pertenecen a los condominios de Nerthus»,
asumió pensativo. Entonces, ¿el tótem que protegían era de la diosa de la Tierra? ¿Y para qué serviría?
Lek-ir se dio la vuelta y observó el momento exacto en que esa nube espesa sobrevolaba la zona caliente y de conflicto, mezclándose con los
gases, el humo, y las propias nubes cirrosas que nacían con el apocalipsis y el cambio climático. A lo lejos, varios tornados recorrían la superficie de
un lado al otro arrastrándolo todo a su paso. Eran grandes como podía serlo una ciudad, y podía verse a lo largo de su grisáceo tubo, dando
vueltas sobre su propio eje, todo lo que ya habían desenraizado de la tierra.
Era hermoso. Espectacular.
La ventisca, potente y feral, que levantaba el tornado ayudaba a avanzar a aquella nube, que además era alcanzada por una vaniria en cinta y
su compañero rubio. Acababan de entrar en ella.
Lek-ir les lanzó una mirada llena de suspicacia y después desvió su atención al resto de guerreros.
Einherjars, valkyrias, berserkers, vanirios y demás se estaban movilizando como si de una coreografía se tratara, tomando cada uno un puesto y
una posición. Heridos, cojos, renqueantes, estaban decididos a actuar, a ejecutar una acción conjunta.
—Algo traman —dijo Lek-ir incrédulo.
Sonrió con diversión, pues la guerra era más amena cuando el otro presentaba sus credenciales y luchaba por su vida. Porque no había nada
más bello que ver cómo Hela aparecía en todas sus formas y se llevaba el último aliento de sus víctimas. A Lek-ir le gustaba ver el modo en que a
los ojos de sus contrincantes se les apagaba la luz.
Entonces el elfo alzó la mano para que todo su ejército le prestara atención. Y cuando lo obtuvo, señaló a la nube que se acercaba por el Sur
para, acto seguido, gritar con todas sus fuerzas:
—¡A por la nube! ¡Llevan un tótem! ¡Hay que interceptarla!
Acto seguido, los elfos se replegaron y emprendieron el vuelo juntos, como si de dibujar un dardo en el aire se tratase.
Lek-ir ordenaba. Ellos obedecían.
En aquel precipicio era desde donde mejor se observaba la batalla. Hela llegaba de su largo viaje por el mundo, sembrando el terror en cada
país, ciudad y territorio, y aterrorizando a las almas que se llevaba por delante. Todas irían al Helheim, y allí, las eliminaría para que nunca más
pudieran reencarnar. Sin embargo, el único obstáculo, lo único que se le resistía en su atroz persecución de la vida, era aquella luz que continuaba
destilando la sacerdotisa de pelo rojo.
La humana, pareja de un berserker con dones de seirdrman, era su némesis.
Hela abría las puertas del Infierno y cerraba el ciclo de la reencarnación. Ruth abría las puertas del cielo y permitía que las almas regresaran una
vez descansaran de la extenuante experiencia en la Tierra.
Por esa razón ella misma se encargaría de matar a esa joven metomentodo, y lo haría con sus propias manos. Y la haría sufrir. La haría sufrir
porque necesitaba que el alma de esa chica nunca volviera a la vida, porque regresaría sin duda mucho más fuerte, porque los ciclos siempre eran
así, y porque Hela odiaba tener competencia. Por eso, su muerte se recordaría siempre. Ella haría que fuese memorable.
Primero mataría a los pequeños que protegía con su propio cuerpo, unos niños llenos de energía y vitalidad, cuyo olor a miedo le maravillaba. Y
después mataría al noaiti, esa muleta emocional y vital a la que esa humana se había sujetado como clavo ardiendo. Juntos habían superado
muchas cosas y habían evitado victorias mayores de los jotuns. Pero esta vez no se iban a escapar.
Cuando el alma de Ruth estuviera repleta de dolor y ya no hubiera luz a la que sostenerse, la aplastaría, sin más. Y ella misma absorbería el alma
de la Cazadora, para que nunca regresara de entre los muertos. No habría rastro de ella ni en el Helheim ni en el caldero. La esencia de Ruth
dejaría de existir. Desaparecería para siempre.
Hela se echó el largo pelo hacia atrás y permitió que el vendaval azotara sus bellas facciones.
Su madre Angrboda la admiró desde al otro lado del despeñadero en el que se había convertido el cementerio celta de Llangernyw y asintió al
escuchar sus pensamientos, como si le diera permiso para ejecutarlos.
No hacía falta decir nada más. Cuando su padre llegara a lomos de Fenrir, estaría feliz de ver cómo habían dirigido el fin de esos guerreros. Se
sentiría orgulloso de su familia.
Con ese pensamiento entre ceja y ceja, Hela saltó desde lo alto del borde abrupto del promontorio y se dejó caer al vacío, doscientos metros
de caída libre hasta tocar con los pies huesudos la tierra manchada de sangre, sudor y lágrimas. Y no de lágrimas de jotuns, sino de esos humanos
que tanto lloraban.
Le tocaba a ella.
No se salvarían del ataque de los elfos,ni del fuego y el hielo de los gigantes, ni del mordisco de los purs y los etones, ni mucho menos de las
garras de los lobeznos o los colmillos de los vampiros.
Todos querrían su tajada, su trozo de carne.
Unos la cabeza, los otros el corazón, el resto, la sangre.
Ella, en cambio, quería sus almas.
Asgard
Yggdrasil
Después de ir al Vingolf y dar la voz de aviso a todas sus valkyrias, después de dar una charla motivadora a todas esas mujeres que una vez
habían sido alcanzadas en el vientre de sus madres humanas por un rayo, y que debían bajar al Midgard, no a recoger a guerreros caídos, sino a
luchar por sus propias vidas, la Resplandeciente diosa de los Vanir, acudió de nuevo, a toda prisa, a Yggdrasil.
Contempló, con el corazón en un puño, cómo aquel espléndido árbol que conectaba a todos los mundos, se consumía por la oscuridad, y su
tronco blanco y puro, se ennegrecía por momentos.
El cielo una vez claro y nítido del Asgard, se poblaba de nubes tormentosas y extrañas, ajenas a la belleza que cubrían con su oscuridad.
No. Aquello no pintaba nada bien.
Skuld, la norna del futuro, que también tenía funciones de valkyria, se había quedado a los pies del fresno perenne, llorando por el árbol de la
vida y del Universo, porque no había modo de salvarlo. El telar estaba roto a su lado, abandonado como un juguete al que se dejaba de querer y
de dar uso, o en su defecto, tirado como uno que se había roto después de tanto usarlo.
Lo cierto era que todo se teñía de una luz deprimente que despojaba a quien la contemplaba de toda esperanza.
En el Asgard nunca era nada así. Era un reino acostumbrado al sol, a la luna y a las estrellas universales, no a la penumbra que insistía en
hacerse hueco con su fealdad.
A excepción del día en que murió Balder y el luto se instauró durante eones en aquel Reino, solo la luz iluminaba los días de los asgardianos.
Pero aquel trágico escollo ya se había superado. Además, todos creyeron secretamente que Balder regresaría, porque así lo decían las profecías.
Sin embargo, el presente decía algo muy distinto.
Estaban perdiendo. La vida y la salud de los reinos se les escapaba como haría el agua entre los dedos. Y eso propiciaba el tiempo del no
futuro.
Skuld, la norna de ese tiempo, se sentía más extraviada que nunca.
Freyja tragó compungida y, vestida como la guerrera mágica que era, caminó con paso seguro hasta Skuld. En ese momento, dioses o no
dioses, debían apoyarse y sentir compasión los unos de los otros.
La vidente pelirroja de ojos negros y cara marcada con la lengua de Olgar, alzó la cabeza y la observó capituladamente, pues su alma ya se había
resignado a aquel aciago destino.
—¿Y las otras dos? —preguntó Freyja fríamente.
—Urd y Verdandi se han retirado a nuestra morada. Se preparan para el adiós.
Los ojos plateados de Freyja se encendieron intermitentemente, acompañando así su sorpresa y su falta de conformismo.
—¿Se han retirado dices?
—Sí, Vanir. Están hibernando. Las nornas tienen esa capacidad de entregarse al sueño eterno, si así lo desean.
—¿Y ya está? Así es como ellas deciden actuar, ¿no? Qué cobardes.
—Ellas no son guerreras como tú, Freyja —las defendió Skuld.
—Incluso una madre que protege a sus bebés, tampoco sabe de guerra, pero sí sabe de amor y de orgullo. ¿Dónde está el de ellas? ¿Solo
saben hilar? ¿No sirven para nada más?
Los ojos oscuros de Skuld la desafiaron. Freyja era la diosa más poderosa del panteón nórdico, solo comparable a la Morrigan celta. Pero a Skuld
no la asustaba. Ella había visto muchas cosas, siempre se adelantó a los acontecimientos, y siempre fue un paso por delante del resto.
Cuánto habían cambiado las cosas… Ahora ya no veía nada.
—Nadie está en posición de recriminar a nadie cómo vive su propio duelo, ¿no crees, Resplandeciente? ¿A qué has venido? ¿Qué necesitas?
Has venido a por algo supongo.
—Uno tiene que luchar por aquello que lo representa. No pueden claudicar y esperar a que Loki entre aquí y las degüelle sin más —expresó
impulsivamente, continuando consu reprimenda—. Es indigno.
Skuld permaneció en silencio, reparando en la presencia mística y enérgica de Freyja.
Ella intimidaba. Era espléndidamente fuerte y severa. Su carácter era vigoroso a la par que altivo. Pero había algo en su mirada que destilaba
dinamismo, brío y amor. Amor por sus valkyrias a las que consideraba como sus hijas. Amor cada vez que hablaba de Nerthus. Y respeto, desdén y
algo más cada vez que pronunciaba el nombre de Odín.
Freyja sentía. Sentía muchas emociones en su interior, porque aún vivía. Y quería seguir viviendo, aunque la contaminación de los mundos y el
infierno del reino medio estuviera llegando a las raíces de su fresno amado. Lo que estaba claro era que la Vanir iba a presentar batalla, fuera en el
Asgard o en el Midgard. No se iba a dar por vencida. No quería dar su mundo por perdido.
Y la entendía. La entendía porque quien mucho amaba, mucho tenía que perder. Y Freyja no era perdedora nunca. A ella, en contra de lo que
muchos opinaban, le sobraba amor y pasión hacia los suyos. Era así de auténtica y visceral. Una diosa zorra a la que, a pesar de todo, no se podía
odiar.
Skuld no la odiaba. Freyja le inspiraba una gran deferencia, porque Skuld, aunque ya no pudiera leer ni ver el futuro porque el telar se había
roto, siempre sabría más que los demás. Igual que Urd y Verdandi, que no sabían cómo actuar al ver que las líneas del pasado ya no existían y que
las del presente eran inciertas.
—¿Qué quieres, Freyja? —le dijo con voz calmada.
—Tú eres valkyria, Skuld. Eres una de las mías —le dijo acuclillándose frente a ella.
—No. No lo soy —contestó—. Mis poderes como valkyria fueron fruto de una jugada de Orlag. Como podía ver y leer el futuro creyó que
otorgarme dones de valkyria sería divertido a la hora de recoger guerreros en batalla, porque así sabría quién caería y a quien debía socorrer. Pero,
las cosas cambiaron en algún momento en el telar. Y me relegué a ser norna y tejedora. Tú y yo sabemos qué fue lo que cambió mi camino.
Freyja lo sabía. Fue la manipulación de Odín. Su viaje en el tiempo, y las consecuencias que tuvo para Noah y Nanna.
Nanna adoptó el papel de Skuld, y ella se encargó de recoger a los guerreros muertos.
—Mi función en Yggdrasil es ahora mismo intrascendente —remarcó la norna.
—Todos sumamos —respondió Freyja en desacuerdo—. Si algo me ha enseñado el devenir de nuestro destino, es que, al final, todos somos
trascendentes, todos importamos. El aleteo de una mariposa en una parte del mundo, puede provocar un maremoto al otro lado. Estamos todos
conectados. Es como un enorme puzle en el que las piezas deben encajar. Puede que todavía puedas hacer cumplir tu papel. ¿Por qué no has ido
a hibernar? —le preguntó tocando levemente su curiosidad—. Puede que tú sigas aquí por una razón, ¿no crees?
Skuld no podía creer lo que oía.
—Eres demasiado optimista. No hay nada que podamos hacer. Odín lo sabe. Thor lo sabe. Heimdal lo sabe. Frey, Njörd… todos.
—Maldita sea —murmuró Freyja sacando a relucir su verdadero estado de ánimo ansioso—. Me niego a creer eso. Tú, para ser la norna del
futuro, eres muy pesimista.
Skuld exhaló cansada. Esa diosa estaba loca si de verdad creía que algo iba a pasar para cambiar la situación de manera tan radical.
—¿Qué más necesitas ver del presente, Freyja, para darte cuenta de que se han hecho las cosas mal? ¿Por qué tienes tanta fe?
—¡¿Por qué, dices?! —rugió emocionada agarrando a Skuld del brazo. Las letras de su piel se iluminaron y cambiaron al contacto de la diosa—.
¡Porque me niego a creer que mi madre, la Diosa Nerthus, se esté sacrificando por nada! Va a estar ahí abajo, dando la cara por un reino al que
fue desterrada, por un Dios que la lapidó. Estoy aquí porque quiero ver ahora mismo lo que pasa ahí abajo —le ordenó levantándola de un tirón—.
Por eso he venido. Dame agua del pozo de Mímir.
Skuld negó con la cabeza, asustada de la Diosa.
—No puedes hacer eso. Yggdrasil está contaminado. El agua ya no es buena. Mira sus raíces —señaló indicando el color carbón de los
raigambres que antes eran blancos y diamantinos.
Freyja, sin soltar a Skuld, buscó con sus ojos el paño del telar que anteriormente habían empapado en el agua del manantial de Mímir para que
Odín y ella bebieran de su conocimiento. Lo tomó entre las manos y se lo estampó en el pecho a la norna, salpicándola y humedeciendo su toga
negra y holgada.
—Aún está mojado. Aún contiene agua. Estrújalo, tejedora —imperó soberana—. Déjame ver a mi madre. Porque si muere, no quiero que lo
haga sola. Quiero estar presente.
Los ojos plateados de Freyja se iluminaron de una manera incendiaria, como eran sus emociones.d
La norna miró el trozo del telar y a la Diosa de manera intermitente, como si no pudiera concebir que Freyja quisiera ver tan triste
acontecimiento.
—¡¿Puedes hacerlo?! —la instigó—. ¿O necesitas de los dos osos que han ido a dormir su invierno particular?
Skuld negó con la cabeza. No. No las necesitaba. Todavía había agua en los hilos del destino. Y si era el deseo de la Diosa, se lo otorgaría.
—Como desees, Freyja. Arrodíllate —le ordenó.
La Diosa, a pesar de ser lo que era, lo hizo.
Menos mal que las nornas eran un poder y una energía a parte de las divinidades, sino Skuld disfrutaría de alardear de ese momento durante
toda la eternidad.
Skuld retorció el paño y lo ubicó sobre la boca de Freyja, que echó la cabeza hacia atrás.
—De acuerdo, Vanir. Ábrete al conocimiento y a la visión y acepta lo que tiene que revelarte. Recuerda que solo puedes pedir por el presente.
—Sí —asintió Freyja quitándose el casco alado de su cabeza en señal de respeto.
—Son las últimas gotas del pozo de Mímir. Aprovéchalas —le recordó—. Pide por lo que quieres ver.
—Quiero ver el presente de mis guerreros en el Midgard. Y quiero ver a mi madre.
Cuando las gotas del manantial cayeron en el interior de la boca de Freyja, esta cerró los ojos, cegada por una explosión de luz enérgica que le
estalló detrás de los párpados.
Entonces, los últimos aspavientos del Midgard le fueron revelados.
Raoulz y Brunnylda representaban a esos ejércitos nuevos de Nerthus que habían decidido luchar en el Ragnarök por una especie en la que no
creían demasiado. Arriesgarían sus vidas por los humanos o lo que quedara de ellos, cuando, en realidad, ese reino y esa realidad no les pertenecía.
Esa batalla no iba con ellos.
Pero incluso, Brunnylda, la princesa de las Agonías, la más despiadada, fría y manipuladora de todas ellas, estaba repentinamente comprometida
con aquella guerra, porque en ella luchaba un príncipe huldre que le tenía carcomidos los sesos. Así se sentía. Así se había sentido siempre.
Los elfos temían a las Agonías por su increíble poder, porque podían obligarles a hacer lo que ellas quisieran y porque poseían la fuerza de la
seducción, la misma que ponía de rodillas a lobeznos, vampiros, elfos de la oscuridad y todo tipo de jotuns que las mirasen. Si ellas así lo deseaban,
con solo un aleteo de aquellas larguísimas y curvadas pestañas, les tenían comiendo de sus manos.
Los huldre, por primera vez, decidieron que en vez de valorar su don como algo terriblemente negativo, lo aprovecharían en su beneficio. Así
que, jotun al que ellas hipnotizaban, jotun que ellos mataban con sus flechas y sus lanzas.
Raoulz no lo sabía, pero Brunnylda había enlazado su alma con él desde la primera vez que lo vio, hacía muchísimo tiempo, en otro espacio, en
otro mundo y en otro lugar.
El príncipe de los elfos se hacía el loco, porque lo cierto era que le aterrorizaba creer que era el objetivo y el amor platónico de una Agonía.
Pero así era.
Por tanto, aunque los huldre elver y las Agonías, no parecían pintar demasiado en esa guerra, sí que lo hacían. Pues aunque el elfo lo negase
una y mil veces, y no había más ciego que el que no quería ver, él, inconscientemente, también procuraba que la Agonía no se expusiera
demasiado.
Porque era en la guerra cuando emergían las más altas y bajas pasiones, y cuando el corazón se destapaba junto con el miedo.
Fuera como fuese, el valor de los dos ejércitos de Agonías y Huldre Elver era incontestable. Y lo que hacían por el resto de guerreros
directamente relacionados con Odín y Freyja, era digno de admirar. Porque, luchaban en favor de esos dioses, aunque su diosa Nerthus no
estuviera allí con ellos.
Llegaron a ese lugar de la mano de los bardos Daimhin y Carrick, y con ellos se mantuvieron, ayudándoles a intentar conseguir su objetivo y
hacer realidad su misión.
Solo hacía falta ver si aguantarían hasta el final.
II
En el interior de Llangernyw
Instantes antes
—¿Ya tienes el sello? —preguntó el elfo—. Nuestra diosa Freyja es muy exigente con eso… Sin el comharradh el don no se entrega por
completo. Entonces, no podrás cumplir tu objetivo.
Ella asintió y mostró parte del nudo perenne que asomaba por debajo del corsé, a la altura del pecho.
—Lo tengo. Steven es mi pareja —dijo con orgullo—. Él me da el don.
Steven sonrió y sacó pecho.
Agelystor quedó complacido. El elfo de la luz pasó la palma abierta de su mano de largas uñas por la piedra y dijo:
—Que lo que oculta el hechizo sea mostrado.
Una especie de polvo dorado rodeó la piedra rectangular. Poco a poco, la imagen se desdobló hasta que mostró un libro de tapas doradas.
Daimhin lo estudió y lo tomó de manos de Agelystor. Agelystor se echó a reír, como si el libro le hubiese dado una grata sorpresa.
—¿Sabes qué es? —preguntó Agelystor.
—Un libro.
—¡Ah! Pero no es un libro cualquiera, niña —movió el dedo índice de un lado al otro, en señal de negación—. Este diario dorado —explicó
Agelystor—, fue entregado a la valkyria más poderosa de todos los tiempos, de manos de Freyja. Se creó en el Asgard. Sus hojas de lino irrompible
fueron extraídas del telar de las nornas Verdandi, Urd y Skuld.
Daimhin lo hojeó y dio con una página que no tardó en leer.
—Dicen que me llamo Bryn. Bryn «la Salvaje»… — cerró el libro y dijo—. No puede ser. Pero este libro pertenece a la Generala.
Agelystor negó con la cabeza.
—También te pertenece a ti. En este diario que Ardan de las Highlands encontró bajo los escombros de Arran; en este diario que viajó a través
de ríos y mares hasta llegar a manos de las Agonías de Lochranza; en este diario que los elfos de la Oscuridad han querido destruir, se esconde una
historia. Una historia —señaló el comharradh de Daimhin— que solo tú puedes leer con el corazón. Solo tú, Barda. Salid de aquí. Volved a la
superficie del Midgard y lee. Daimhin, lee.
—¿Por qué no lo puede leer aquí? —preguntó Steven aturdido—. Aquí estamos a salvo.
—Esto no deja de ser una hule. Las cuevas de Nerthus son atemporales, no tienen que ver con el tiempo real del Midgard. Lo que aquí se lea
no influye en la Tierra. Tienes que salir afuera y leerlo. Y tenéis que daros mucha prisa —les recomendó lamentando la situación—. Tenéis que salir
ya — Agelystor se levantó del trono y les empezó a empujar y a meter prisa para que salieran de allí.
—Pero… —Daimhin lo miraba por encima del hombro—. ¿Solo tengo que leer?
—Tienes que leer, Daimhin, frente a Crann Bethadh, el tejo de la vida y la muerte, el símbolo de tu clan. Allí lee la primera página de este libro.
Allí donde todo empezó y todo puede acabar. Allí donde todo acabó, todo puede volver a empezar. —Su rostro lleno de arrugas sonrió con
misterio.
—Pero ya he leído la primera página… habla de Bryn.
—No. No habla de Bryn —contestó él de forma enigmática—. Abre el corazón, barda, y lee. La verdad te será revelada. Y vosotros —señaló a
los otro tres—, encargaos de que nadie le haga daño mientras lo hace. Protegedla. Es nuestra última oportunidad.
Con esas palabras, Agelystor se quedó en su hule, asomándose a través del largo túnel que daría a la superficie del Midgard para comprobar que
los cuatro guerreros ascendían el largo camino hasta a aquel infierno.
Y el infierno real había llegado a la Tierra mientras ellos se habían mantenido resguardados en la hule.
Cuando los cuatro salieron a la superficie no estaban frente al tejo. Parte de la superficie se había derrumbado y ahora, el árbol, asomaba solo,
en lo alto de todo, como en el extremo de un acantilado.
A sus pies, hordas de purs, etones, vampiros, lobeznos y elfos escalaban la árida roca que antes había sido montaña llana y verde.
Las Agonías atraían a los vampiros como podían. Eran muchas. Por fin habían llegado los refuerzos y Brunnylda encabezaba la ofensiva. Pero
nunca serían suficientes.
Raoulz, el líder de los huldre, se encargaba de matar a todo aquel jotun que quedaba noqueado por la energía de las dödskamps. Hacían un
buen equipo.
Abajo, intentando defender el tejo, Daimhin podía localizar a sus padres, Gwyn y Beatha, que habían llegado para apoyarles. Como Ruth, Adam,
Daanna y Menw… Incluso los einherjars y sus valkyrias habían llegado a tiempo y lanzaban rayos intentando detener el avance de los ejércitos de
elfos oscuros que amenazaban por el oeste.
Era el Ragnarök.
El Ragnarök en todo su esplendor.
Carrick la tomó del brazo y le dijo:
—Daimhin. Ve.
—¡Vamos todos!
—No —la censuró él—. Daimhin, vuela hasta al tejo y empieza a leer el libro. Es lo que tienes que hacer. Es tu misión, la razón por la que eres
tan especial. Nosotros te protegeremos.
—Carrick… —Daimhin le abrazó con tanta fuerza que parecía que iba a romperlo. No sabía lo que tenía que decirle, no le salían las palabras—.
Carrick…
—Sí, lo sé —lamentó él sabiendo que aquella era, posiblemente, la última vez que se verían en ese mundo.
—Is caoumh lium the, mo bratháir. Te quiero, hermano mío. Siempre. Mae.
—Y yo a ti, hermana. La más valiente guerrera de todos los tiempos. La mejor de las hermanas que uno puede tener. Mae. —La besó en la
frente y se despidió de ella con una sonrisa auténtica, una de verdad, llena de luz, para intentar borrar todas las veces que ambos habían llorado
en silencio, en su propia oscuridad.
Carrick se unió a Aiko, que gracias a su don de invisibilidad podía defender el avance de la Barda.
Steven empezó a ascender la roca caliente al tacto. Daimhin lo agarró del chaleco y voló con él durante los siguientes metros hasta su destino,
esquivando rocas que caían, los gases de las grietas que se abrían y quemaban, incluso, las serpientes doradas de los elfos oscuros que ya los
habían localizado e intentaban detenerlos como fuera.
Daimhin y Steven lo intentaron esquivar todo, con más ganas que acierto. Y justo cuando llegaban al tejo, Steven fue alcanzado por una
serpiente que rodeó su rodilla.
—¡Daimhin! —gritó él—. Sigue adelante.
—¡No! —ella intentó socorrerlo pero en ese instante, otra serpiente más le rodeó el cuello, ahogándolo—. ¡Por favor, no! ¡Steven!
—Barda, mírame —dijo Steven cogiendo aire, intentando permanecer sereno. Sus ojos amarillos se volvieron rojos. Completamente rojos de
amor, pasión y cariño por su pareja—. Sigue adelante y lee el libro por mí y por todos… Te quiero, hjertet min. Corazón mío… —Una nueva
serpiente rodeó su brazo. Steven perdió el equilibrio. La roca sobre la que se aguantaba con sus pies, se derrumbó y arrasó con parte de la parcela
que sostenía el tejo. Steven caía por el precipicio. Daimhin quiso ir a por él antes de que desapareciera de su vista—. ¡No lo hagas, vaniria! ¡Haz lo
que tienes que hacer, barda! —El berserker cayó a través de aquel peñasco, hundiéndose entre la multitud de purs y etones a las faldas de aquel
acantilado repentino.
Si no obedecía a Steven, si perdía la oportunidad de leer, el tejo ardería y se hundiría en el abismo de las grietas, y nunca más sería recuperado.
Tenía que cumplir con su promesa. Porque una barda nunca rompía una promesa.
Con el rostro bañado en lágrimas, Daimhin se ubicó bajo el tejo, sobre sus raíces.
Steven no había muerto. No podía. No moriría. Ella lo reviviría siempre. Haría lo imposible por recuperarlo. Él era su verdadero inmortal y el
guardián de su corazón. Así que no. No pensaría en que había muerto.
Tampoco miraría lo que sucedía con sus padres.
Ni tampoco pensaría en el destino que correrían Carrick y Aiko.
No estaría pendiente de la caza que sufrían las valkyrias, ni de los ataques inclementes de los Svartálfar contra los Huldre elver y las Agonías.
No vería cómo la Cazadora era acechada por cientos de espíritus malignos de Hela, ni cómo el Noaiti entregaba la vida por proteger a los
gemelos… Ni pensaría en que Daanna y Menw estaban a las puertas de un triste final, el uno luchando por el otro, y ambos protegiendo a su hijo
nonato.
No recordaría que había un dios dorado perdido en una realidad ajena y que no estaba ahí para ayudarlos. Ni que un druida, una científica, una
híbrida y el líder del clan keltoi esperaban en una nave para hacer su aparición.
No se fijaría en la increíble ola de fuego que a varios kilómetros de distancia avanzaba desde el frente, amenazando con quemarlo todo a su
paso.
Todo rastro de vida se apagaría. Tan fácil como quien apagaba una luz.
Antes de abrir el libro no pensaría en que ya no había salvación, solo muerte; ni tampoco que el Ragnarök se había cumplido y los buenos
habían perdido.
Si tenía que leer, leería con el corazón abierto y puro, como le había pedido Agelystor, creyendo que lo último que se perdía era la esperanza.
Daimhin abrió el libro; y en las primera páginas el vocabulario de las runas apareció ante sí. Un vocabulario que antes había permanecido oculto.
Donde antes estaba escrita la leyenda de Bryn, ahora otra historia aparecía. Una historia de dioses, leyenda para muchos, ficción para otros.
Para hacerla realidad, ella solo tenía que creer.
Por eso, con lágrimas en los ojos y la valentía de su espíritu, sabiendo que todos los demás morían para permitirle leer el libro en voz alta,
empezó:
—Cuando la noche más oscura llegó al Midgard, cuando Loki y sus hijos extendieron sus tentáculos, cuando solo le quedaba un suspiro de vida
al Mundo Medio, el puente arcoiris Bifröst ardió de rabia y se reflejó en el cielo. Y allí, todos, vivos y muertos, vieron cómo se abría una puerta
estelar. La puerta por la que los dioses viajan para regresar a casa… La puerta que cruzarán para proteger a todos sus hijos.
III
Midgard
Llangernyw
Cuando Gabriel era humano, y de aquello le parecía que había pasado una eternidad, leía los libros sobre mitología nórdica. Adoraba sobre
todo los que estaban ilustrados. En ellos veía a los dioses según los artistas, y a los jotuns. En esos tomos podía ver cómo sería el Ragnarök o cómo
ilustraban a Hela y a Angrboda, al lobo Fenrir, a Jormungander y, obviamente, a Loki.
De niño, en casa de su tío Jamie, pasó muchas noches imaginándose cómo era el fin del mundo según los dioses, pero nunca se imaginó aquel
cuadro vivo y en movimiento, de tantos colores oscuros y eléctricos, con tantas llamas, tornados, y monstruos por doquier… La realidad superaba
en mucho a su imaginación. La realidad superaba a todos los libros de mitología y ficción. Porque en ellos no mencionaban el olor a muerte y a
destrucción que acompañaba al último día de la Tierra. Aquello era lo más desolador y triste. El olor. El olor a desesperanza y rendición.
Más aún, lo que menos se imaginó fue que él estaría presente en ese momento. Y no como un humano inofensivo que esperase a que llegase
la gran ola, o la gran explosión, o la nada… Lo que nunca pensó fue que sería un guerrero de Odín, el Engel, un soldado líder y un einherjar dando
la cara por todos los humanos que no tenían ni poderes, ni voz ni voto.
Él estaba ahí en nombre de esa civilización de la que una vez formó parte, pero no luchaba por ellos.
Por quien el rubio de rizos indomables y ojos picarones luchaba en realidad era por ese grupo de amigos que lo rodeaban y a los que les había
pedido un último esfuerzo para conformar una ofensiva que diera unos resultados fehacientes y les otorgara una oportunidad. Puede que no la de
vencer, pero sí la de morir haciendo el máximo daño posible al enemigo.
Allí, en la tierra, todos conformaron un círculo. Sabían lo que tenían que hacer para permitir que la nube avanzara. Thor también sabía ya qué
movimientos debía realizar.
En ese lugar, Ardan, Bryn, Róta, Miya, Gunny, Isamu, su tío Jamie, al que protegían los berserkers de Chicago y los kofuns, Ruth, Adam, Nora,
Liam, Gwyn, Beatha y sus dos hijas cargadas a sus espaldas con pareos, se habían reunido durante unos segundos para ejecutar los movimientos
de aquella estrategia. La nube se dirigía hacia ellos con una intención, porque así lo habían decidido.
Thor, Jade, Daanna y Menw, permanecían ocultos en ella, rodeados de bruma. En algún momento la nube daría un cambio brusco para llevarse
a todos los elfos de la oscuridad a que siguieran su estela y los atrayeran al foco que ellos estaban creando. Un foco de atención que
desembocaría en un efecto magnético para todos los jotuns, y como consecuencia, daría lugar a un arrasamiento masivo.
Allí, los guerreros procedentes de distintas épocas y diferentes clanes, se miraron los unos a los otros esperando el momento justo en el que la
nube se dirigiera hacia ellos en tromba, arrastrando a todos sus perseguidores.
Gabriel entrelazó los dedos con Gúnnr y la miró a aquellos ojos que siempre le mantuvieron cuerdo y loco a la vez. A su preciosa valkyria de
flequillo largo, pelo liso y furia extremadamente brutal, le temblaba la barbilla por la emoción. Como a todos, fueran guerreros inmortales y
poderosos, el poder del adiós les afectaba porque era aplastante.
Aquel sería el momento de todos. Aquella era la decisión de sus vidas.
—Eres la hija de Thor —le dijo Gabriel limpiándole las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas con los pulgares—. Demuéstralo. Sabes lo que
tienes que hacer. Hazlo, Gúnnr.
Gúnnr negó con la cabeza y apoyó su rostro en aquella cálida mano que siempre la sujetó y que siempre luchó a su lado.
—No me enorgullece ser hija del Dios del Trueno, mo engel—le dejó claro—. Lo que voy a hacer no lo haré en su nombre. Él permaneció mudo
—. Lo haré en el tuyo —afirmó irrevocablemente, con el corazón en la mano—. Porque me enorgullece ser tu mujer, tu valkyria, y la guerrera que
ha hecho que tus alas se abran. Y lo haré en nombre de mis hermanas y mis amigos —miró a Ardan, a su Generala: a su demonia Róta, y a su
Miyamoto. Admiró a todos y cada uno de ellos porque habían aprendido a sobreponerse a las dificultades, y porque eran altruistas. Sabían lo que
tenían que hacer. Habían vivido la vida intensa que querían al lado de los seres que amaban, y aunque hubieran deseado disponer de más tiempo,
ellos eran guerreros, y sabían que para aquel que había nacido para la guerra no había tiempo de paz.
Las valkyrias y los einherjars, los berserkers y los vanirios, incluso los humanos que anónimamente y heroicamente se resistieron a la conquista
de Loki, estaban hechos para la batalla, y para protestar contra las injusticias. Ellos estaban allí en forma de protesta. Si Loki quería el Midgard,
primero debía pasar por encima de sus cadáveres.
A Gaby se le humedecieron los ojos, y permitió que su valkyria abrazara fuertemente a sus dos hermanas, Bryn y Róta, que se fundieron con
ella, y hundieron sus rostros a cada lado de su cuello.
Bryn inspiró profundamente para poder hablar y le murmuró al oído.
—Nosotras en ti. Y tú en nosotras —la abrazó como si nunca quisiera dejarla ir—. Tú en nuestro corazón. Nosotras en el tuyo —posó su mano
sobre el pecho izquierdo de la valkyria—. Y nadie más —juró la Generala.
A Róta, que siempre hablaba y tenía algo que decir, tan apasionada como era, no le salían las palabras. Tal era su rabia y su congoja. El destino
del Midgard les obligaba a hacer sacrificios, a separarse. Pero las almas que tanto se habían querido, nunca se separaban del todo, ¿no? Eso era lo
que Róta quería creer, lo que le gustaba imaginar. Sino, ¿de qué había servido todo lo hecho hasta entonces?
—Róta —dijo Gúnnr comprendiendo a su hermana.
—No me sale la voz —susurró en voz muy baja.
—No hace falta que hables para que yo te oiga, amiga mía —le aseguró con todo el amor que sentía hacia ellas—. Yo también te quiero.
La valkyria de pelo rojo y ojos claros asintió enmudecida, sobrepasada por la situación.
—Eres mi hermana del alma. Tú y Bryn siempre lo seréis —les recordó Gunny—. No sé dónde está Nanna. Pero esté donde esté —levantó la
mirada al cielo— espero que nos encontremos las cuatro de nuevo, y bailemos juntas allá donde Olgar nos lleve.
El grupo de guerreros se unieron en una piña, un abrazo grupal donde sobraban los reconocimientos y las despedidas. Los guerreros de Odín y
Freyja, los einherjars y las valkyrias, sabían cuál era su papel.
Ardan, Miya y Gabriel asintieron mirándose a los ojos conformes con su sino. Su destino ya estaba escrito.
Los jotuns, los gigantes, los elfos de la oscuridad se acercaban a ellos, en tromba, y los valientes guerreros permanecían quietos, abrazados,
como un equipo de fútbol americano en el que se discutía una jugada.
Pero ellos no discutían nada. Esperaban una señal. Por encima de sus cabezas, la nube de los Alfkamp se aproximaba.
—Bryn, Róta —pidió Gabriel.
Las dos valkyrias, la Generala y la hija del seirdrman más poderoso del Midgard, se reunieron en el centro del grupo. Bryn sujetaba la mano del
pequeño Johnson, el hijo de la hermana de Steven, un híbrido nacido del amor de una berserker llamada Scarlett y un vanirio llamado John.
El pequeño las miró a la una y a la otra, pues lo habían ubicado en medio de sus cuerpos.
—¿Ya nos vamos? —le preguntó Johnson a la valkyria. Hacía muy poco que hablaba, pero desde que empezó a hacerlo, nadie lo pudo parar.
Bryn le sonrió y Ardan, que estaba tras ella, asintió con la cabeza.
—Ya nos vamos, pequeño —contestó con sus ojos chocolate teñidos de desesperación, camuflada de una falsa tranquilidad—. Abrázate a tu
Generala, chaval —le ordenó Ardan acariciándole la barbilla con mimo—. Sé fuerte.
—Lo soy. Soy fuerte como tú —replicó Johnson con los ojos claros asustados y la barbilla temblorosa. Era un niño muy listo y sabía lo que les iba
a pasar.
—Lo sé, mi guerrero —Ardan guiñó su ojo del piercing, y tuvo que hacer esfuerzos titánicos para no echarse a llorar con él.
Johnson asintió, y hundió el rostro en el vientre de Bryn, obedeciendo así al hombre más increíble y luchador que había conocido jamás. Esta
miró desesperada a Róta, y la de pelo rojo, le devolvió la misma mirada.
No había nada más doloroso para ellas, y tampoco más digno que lo que iban a hacer.
Allí, cubiertas por los demás guerreros que formaban una montaña de protección sobre ellas y los einherjars, Róta sujetó los hombros de Bryn,
y Bryn sujetó los de Róta, cubriendo al pequeño híbrido con sus cuerpos, y dejando que todos los demás las cobijaran. Como si fueran la base de
un castillo humano, defendiéndose y sosteniéndose la una a la otra.
—Solo tenemos esta oportunidad, hermana —le dijo Bryn—. Hagamos que nos recuerden —le pidió con los ojos rojos rebosantes de lágrimas—.
Creemos nuestra leyenda.
Róta asintió sin poder contener sus pucheros. Adoraba a sus hermanas, joder

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Dice la profecía de la vidente:
«Habrá una batalla final entre las fuerzas celestes y las del Inframundo. Será una lucha encarnizada que dará origen y final a
los tiempos conocidos. Ésta será la última guerra en la que los dioses llegarán a su ocaso y donde demonios y humanos
perecerán en el día llamado “El final de los tiempos”, el Ragnarök».
En la visión de la völva, Odín, conocido como «el Padre de todos», moría a manos del lobo Fenrir, liderado por Loki. Se desataba el caos y la
humanidad desaparecía. De los dioses escandinavos, sólo Njörd regresaba a Vanenheim de nuevo. El resto moría en la guerra contra las fuerzas del
Mal.
Después de tan oscuro presagio, la völva hablaba del resurgir de un nuevo amanecer. Un futuro más brillante en un nuevo mundo.
El Ragnarök se origina cuando Loki, hijo de los gigantes Farbauti y Laufey, que una vez había sido proclamado hermano de sangre por Odín, más
tarde declarado enemigo acérrimo del mismo y nombrado «El Traidor» por todos los dioses, se niega a arrodillarse ante la raza inferior humana.
Odín quiere que los humanos evolucionen y lleguen a convertirse en maestros de sus propios maestros, pero Loki se niega a dar una oportunidad a
la humanidad, pues, según él, no merecen tal misericordia.
Cuando el dios Aesir escuchó de boca de la vidente el poema profético sobre su destino, decidió tomar cartas en el asunto para que aquello no
sucediera. No podía permitir que la profecía se cumpliera, él no podía desaparecer, la humanidad no podía ser aniquilada, así que secuestró a Loki,
«el Origen de todo mal», del Jotunheim, y lo encarceló en el Asgard en una cárcel invisible de rocas de cristal. Odín ya sabía que nadie podía fiarse
de Loki pues era un timador, un dios transformista que adoptaba mil caras distintas cuando mejor le convenía. Él mismo había sufrido de la peor
manera las artimañas de tamaño engañador y su querido hijo Balder había perdido la vida debido a sus maquinaciones.
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