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Libro PDF El manejo de la agresividad-Manual de tratamiento completo para profesionales – Howard Kassinove

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sividad es bastante frecuente, y a veces útil, puede llegar a convertirse en un
problema personal con multitud de consecuencias negativas, que requiera un
tratamiento en el contexto de una terapia individual, de pareja o de familia, ya
sea en la práctica privada o en un encuadre institucional.
Intensidad: Algunos episodios de agresividad son moderados, mientras que
otros son bastante intensos. Además, la intensidad de la agresividad varía dentro
de un mismo episodio. Esto se ve reflejado en la observación de que la agresividad
puede desarrollarse de forma similar a la expresión de echar cada vez
más “leña al fuego”. Otra posible alternativa es que la agresividad se inicie
repentinamente en un nivel relativamente elevado para después ir disminuyendo.
Las explosiones de cólera, que comienzan con una intensidad muy elevada,
son frecuentes en algunas personas y pueden venir provocadas por
desencadenantes menores o de escasa importancia. Por ejemplo, en cierta ocasión
los trabajadores de una oficina se sentían muy incómodos cada vez que la
temperatura ambiente alcanzaba cierto nivel elevado y manipulaban repetidamente
el termostato con el fin de aumentar el flujo de aire acondicionado.
Cuando el jefe observó esto, prorrumpió de inmediato en un acceso de cólera,
gritando y recalcando con insultos durante aproximadamente unos 30 segundos
que él era el responsable de la oficina y no quería que se dilapidara el dinero
de la empresa. Inmediatamente después volvió a recuperar la calma y, para
sorpresa de aquellos que no lo conocían, a expresarse con mucha compostura.
También hemos trabajado con pacientes que se ponían muy agresivos ante el
menor indicio de una observación supuestamente negativa, convencidos de que
no estábamos de su parte en relación con algún conflicto que tenían en su vida.
Algunos pacientes alzaban la voz, nos criticaban severamente y en alguna ocasión
llegaron a insultarnos. Estos pacientes solían distorsionar nuestras observaciones
y le atribuían un significado altamente singular y personal a nuestros
intentos por ayudarles a ver la situación desde una perspectiva diferente.
Desgraciadamente para ellos, esta misma pauta también se repetía fuera de la
terapia y perjudicaba considerablemente sus relaciones laborales y sociales.
A niveles más bajos de intensidad, los estados emocionales agresivos suelen
describirse con palabras tales como “irritado, enfadado, enojado, ofendido, disgustado,
fastidiado (y) molesto”. Aun nivel intermedio la experiencia puede etiquetarse
directamente de “airado, agraviado, enemistado, indignado (o) furioso”.
Aniveles muy intensos suele tildarse de “enloquecido, encolerizado, rabioso,
trastornado, frenético (o) fuera de sí”. Las palabras correspondientes al nivel
de intensidad más bajo suelen reflejar únicamente la percepción fenomenológiL
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ca del estado emocional interno. Por contraste, las palabras correspondientes a
los niveles de intensidad más elevados también pueden reflejar cierta desorganización
conductual. Desgraciadamente, después de examinar detenidamente
la cuestión, hemos llegado a la conclusión de que existe un bajo acuerdo respecto
de la intensidad de la emoción representada por las diferentes palabras
asociadas a la agresividad. Si bien serán muchos los lectores que concederán
que “enojado” representa un estado menos intenso que “encolerizado”, el
acuerdo acerca de palabras como “furioso” e “indignado” es menor. ¿Cuál de
las dos representa un estado emocional más intenso? Las etiquetas verbales son
bastante imprecisas y no están firmemente relacionadas con la conducta motriz
específica o la reactividad fisiológica. Pero las palabras son importantes dado
que sirven para anclar a los profesionales y los pacientes en una forma compartida
de entender el mundo. Por esta razón, analizaremos más adelante la importancia
de compartir un vocabulario para la agresividad basado en parte en un termómetro
de la agresividad, de forma que los profesionales y los pacientes puedan
establecer un significado común para las palabras asociadas a la agresividad.
Por supuesto, algunos pacientes se comportan como si estuvieran más cerca
de alcanzar sus objetivos por el hecho de utilizar hipérboles (por ejemplo, “Mi
mujer se pasa todo el tiempo con su amiga Rebeca. Y además, nunca está en casa
y jamás hace la limpieza. ¡Me pone absolutamente furioso!”) que con la identificación
realista de la intensidad de su agresividad (por ejemplo, “Mi mujer se
pasa muchas tardes con su amiga Rebeca. Me siento verdaderamente enojado y
celoso. Muchas veces no la encuentro en casa cuando vuelvo por las tardes y con
frecuencia da la impresión de que no hubiera limpiado la casa en absoluto”).
Evidentemente, pocos pacientes agresivos se paran a pensar de antemano en
cuál es el objetivo de su comunicación con los demás. En el ejemplo anterior,
sería de esperar que la expresión asertiva de los sentimientos condujera a mejorar
la comunicación y a elaborar un plan para pasar más tiempo juntos. La
comunicación hiperbólica, catastrofista y culpabilizadora nos recuerda al niño
que gritaba sin cesar: “¡Que viene el lobo!”. En última instancia, estas declaraciones
acaban perdiendo su significado y hacen que disminuya la respuesta por
parte de los demás.
Duración: Algunos episodios de agresividad son pasajeros. La agresividad
sale a la luz y la persona puede estallar con una gran intensidad. Después, de la
misma forma repentina como apareció, desaparece. Este era el caso del jefe de
oficina mencionado más arriba, que podría ser diagnosticado de un “trastorno
explosivo intermitente”.
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En el otro extremo, algunos pacientes están furiosos durante días, meses o
incluso años. Experimentan una agresividad enconada y obsesiva que es realmente
duradera y problemática. La intensidad inicial de la agresividad puede ser baja,
moderada o elevada, y enquistarse con el paso del tiempo. Algunas personas
recuerdan y ensayan repetidamente los pequeños enfados. Una vez que su agresividad
sale finalmente a la luz, estos pacientes tienen toda una “lista pendiente”
de enfados que pueden parecerles triviales a quienes los escuchan. Para el paciente,
sin embargo, han llegado a convertirse en algo sumamente importante.
Otras veces, el acontecimiento inicial puede haber sido verdaderamente
traumático y abrumador, como en el caso de los pacientes que han sufrido una
violación, malos tratos o torturas. Aunque la experiencia es duradera, puede
que estos pacientes no hablen de su agresividad durante años, hasta que finalmente
encuentran a un profesional comprensivo y competente o se ven estimulados
de algún otro modo a hablar claro. Por ejemplo, después de rodar La
Lista de Schindler, Steven Spielberg creó en 1994 la Fundación para la Historia
Visual de los Supervivientes de la Shoah, con el fin de preservar los testimonios
de los supervivientes del Holocausto. Se han logrado reunir más de 50.000
testimonios de testigos oculares. Muchos de estos supervivientes, llenos de
agresividad y de rabia durante muchos años, no habrían salido a la luz de no
haber sido por el proyecto de Spielberg. Otro ejemplo es el ofrecido por la
Comisión Sudafricana para la Verdad y la Reconciliación, fundada para ayudar
a afrontar la violencia y la violación de los derechos humanos ocurridas
durante el apartheid entre 1960 y 1994. Como señaló Dullah Omar, anterior
Ministro de Justicia, “… la fundación de una comisión constituye un ejercicio necesario
para ayudar a los sudafricanos a liquidar cuentas con su pasado sobre la base de
un consenso moral y a promover la causa de la reconciliación”. Uno de sus objetivos
consiste en recobrar la dignidad y formular recomendaciones para la rehabilitación
y la recuperación de los supervivientes, sus familiares y sus comunidades
en general. La función genérica de la comisión consiste en garantizar que
los hechos no vuelvan a repetirse, además de curar las heridas y fomentar la
coexistencia saludable. Sin esta comisión, algunas de las víctimas podrían
haber seguido padeciendo en silencio su agresividad durante años, con escasas
posibilidades de relativizar las experiencias del pasado y seguir adelante
con sus vidas.
Frecuencia: Las personas que presentan una agresividad acusada como un
rasgo de personalidad, la experimentan frecuentemente en respuesta a los
muchos y diferentes desencadenantes o problemas, y en muchos y diferentes
contextos. Estos pacientes parecer estar predispuestos a ponerse agresivos en
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prácticamente cualquier situación, y los demás aprenden rápidamente a evitarlos.
Por contraste, los pacientes poco agresivos experimentan la agresividad
con mucha menos frecuencia. Su agresividad aparece únicamente en respuesta
a un conjunto limitado de desencadenantes tales como las críticas acerca de
su físico, su familia o su rendimiento académico o laboral. Su agresividad aparece
únicamente en circunstancias muy limitadas tales como en casa, en el trabajo
o en el centro de enseñanza. Por ejemplo, nosotros siempre hemos mantenido
unas relaciones informales con nuestros estudiantes universitarios,
incluidas las bromas alegres y desenvueltas. En un caso ocurrido recientemente,
sin embargo, uno de los estudiantes dejó claramente patente que aunque
por lo general solía disfrutar de este tipo de bromas, no quería bajo ningún
concepto que éstas incluyeran la menor alusión a su madre. Aunque se trataba
de un sujeto poco agresivo, las bromas acerca de su madre constituían en su
caso un desencadenante específico e intenso de agresividad.
Cambios corporales: Determinados cambios fisiológicos también suelen estar
asociados a la agresividad. Los pacientes agresivos pueden sudar, ponerse muy
nerviosos o temblar y sentir que sus ritmos cardíacos se disparan durante el
transcurso de los episodios de agresividad. Pueden experimentar tensión muscular,
rigidez en las mandíbulas y dolor de cabeza. También pueden advertir
que aprietan los puños, además de otras conductas motrices relacionadas con
la agresividad, como subir el volumen de voz o arrojar violentamente un libro
sobre la mesa. Con toda probabilidad, como observaron James y Lange (véase
James, 1984), buena parte de la vivencia de la agresividad surge como consecuencia
de la autoobservación de estas reacciones fisiológicas y conductas
motrices.
Dado que es prácticamente imposible mantenerse relajado y agresivo al
mismo tiempo, una de las primeras intervenciones que recomendamos tiene
por objetivo reducir el nivel de activación física. De hecho, las técnicas como la
relajación muscular profunda, la meditación y el entrenamiento en el aumento
de la conciencia figuran entre las intervenciones mejor validadas aplicadas a
una amplia gama de trastornos (por ejemplo, Alexander, Rainforth & Gelderloos,
1991; Clum, Clum & Surls, 1993; Dua & Swinden, 1992; Eppley, Abrams
& Shear, 1989; Hermann, Kim & Blanchard, 1995; Jacobson, 1938; Johnston &
Voegele, 1993; Linde & Chambers, 1994; Speca, Carlson, Goodey & Angen,
2000; Schopen & Freeman, 1992). Como señalamos en el capítulo 9, estas técnicas
tienen la ventaja de poder aprenderse en poco tiempo, sin que se conozcan
efectos secundarios, lo que permite aumentar la credibilidad del profesional.
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Distorsiones y déficits: La agresividad está asociada a distorsiones y déficits
cognitivos o perceptivos que han sido convenientemente identificados. Estos
estilos distorsionados de pensamiento conducen a los pacientes a convertirse,
de acuerdo con la formulación de Beck (1999), en “prisioneros del odio”. Por
ejemplo, a un encargado de una fábrica de calzado se le pidió que despidiera a
un empleado a causa de su bajo rendimiento laboral. Aunque el encargado
manejó bastante bien esta desagradable situación valiéndose de una serie de
normas objetivas, el empleado se puso muy agresivo y pensó erróneamente que
el despido se debía a que al encargado no le caían bien los empleados de determinado
origen étnico. Le dijo a su familia y a sus amigos que “odiaba” al encargado.
Pero poco podía hacer el encargado por reducir la agresividad del empleado,
dado que ésta se basaba en un estilo atribucional sesgado acerca de la causa
de su despido. En otro caso, un empleado furioso que había sido despedido de
su trabajo se enzarzó en un estilo desproporcional magnificado, convencido de que
el despido era “lo peor que podía ocurrirle” y que “jamás” lograría encontrar
otro trabajo. En un tercer caso, basado en una actitud exigente y una baja tolerancia
a los acontecimientos discordantes, un padre se puso furioso cuando su hijo, que
era muy inteligente pero sacaba malas notas, le anunció que pensaba dejar de
estudiar. El padre se dijo para sus adentros: “No puedo creérmelo. Debe estar
loco para querer dejar los estudios. ¡Tengo que hacerle comprender que jamás
llegará a ninguna parte si no dispone de una educación! Lo cierto y verdadero
es que debe seguir estudiando”. La dificultad en comprender el mundo desde la
perspectiva de los demás (lo que constituye un déficit), combinada con las distorsiones
y las creencias inadecuadas, magnifican la decepción y la agresividad
y la llevan fuera de proporción en relación con el acontecimiento objetivo. Una
vez que la agresividad ha hecho acto de presencia, la capacidad de generar otras
opciones para solucionar el problema se verá sensiblemente reducida.
EL PANORAMA GENERAL: LA AGRESIVIDAD ES UN GUIÓN SOCIAL
Hasta el momento hemos descrito los elementos individuales de la agresividad,
incluida la frecuencia, intensidad, duración, nivel de activación física y estilos distorsionados
de pensamiento. Pero puede que exista una forma mejor y más global
de definir la agresividad. Según los constructivistas, la agresividad es un
papel o un guión conductual reforzado y construido socialmente que aprendemos a
seguir. Este guión consta de pensamientos internos, reacciones fisiológicas, y conductas
verbales y motrices observables (por ejemplo, Averill, 1982, 1983; Wessler,
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1992). Al nivel más amplio de la sociedad y de los subgrupos sociales aprendemos
múltiples conductas agresivas que suelen aparecer juntas de forma característica.
En otras palabras, aprendemos “cómo” y “cuándo” ser agresivos. De
acuerdo con esta perspectiva, la agresividad no es “algo” que existe y que puede
ser fácilmente desmontado en sus distintos elementos. Antes bien, la agresividad
es un concepto relativamente organizado pero confuso que, al igual que sucede con
otras emociones, no es posible definir con absoluta claridad (Russell & Feher,
1994). De hecho, los expertos no están de acuerdo respecto de si la agresividad
debe siempre contener el elemento de culpabilización o presentar un componente
fisiológico o un componente conductual. Tampoco existe un acuerdo unánime
acerca de los subtipos de agresividad (por ejemplo, enfado, furia, etc.) o de si la
agresividad es diferente de la hostilidad y de la agresión. Un examen exhaustivo
de estos debates académicos está mucho más allá del alcance de este libro. Baste
con decir que, tal como suele utilizarse en la vida cotidiana y en este manual, la
agresividad hace referencia a una pasión o emoción en su mayor parte aprendida, experimentada
subjetivamente y manifestada públicamente por una persona que vive en una
determinada cultura. La agresividad constituye un guión organizado en parte innato,
pero que también se desarrolla en gran medida en función del aprendizaje
dentro de la familia y en la escuela, a través de la formación religiosa y del modelado
de los personajes que observamos en la televisión y en otras partes.
Aunque esta perspectiva constructivista y social pueda parecernos de entrada
poco familiar, lo cierto es que todos aprendemos cómo hay que actuar cuando nos
sentimos agresivos y cuándo se supone que debemos ponernos agresivos. Analicemos,
por ejemplo, algunas de las amplias diferencias existentes entre las distintas culturas.
En algunas culturas árabes los hombres aprenden a reaccionar agresivamente
por el mero hecho de que una mujer muestre su rostro en público. Por
contraste, en Francia y en Mónaco es bastante usual que las mujeres muestren
los pechos al aire en la playa, lo cual no provoca ninguna agresividad en absoluto.
En Estados Unidos es probable que alguien se ponga agresivo si descubre
que su pareja mantiene una relación adúltera. Por contraste, otras culturas permiten
la poligamia y sus miembros apenas reaccionan, ni tan siquiera con enojo,
cuando la pareja mantiene relaciones sexuales con otra persona. Así pues, la
agresividad es aprendida por lo que respecta a las personas, los objetos y las
conductas específicas ante las que reaccionamos.
Los profesionales pueden dar por sentado la aparición de diferencias verbales
en el guión de la agresividad en función del género, el nivel socioeconómico,
la edad, la región de procedencia o el país de origen. En Rusia, por ejemplo, una
modalidad verbal leve y tal vez infantil de expresar agresividad consiste en
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decir: “Eres más tonto que un tarugo”. Si un adolescente o un adulto se sienten
moderadamente agresivos, pueden lanzar la frase: “¡Eres un condón!”, lo que
implica estupidez carente de mala intención. Finalmente, una expresión muy
fuerte de agresividad sería: “¡Eres un pervertidor de niños!”.
Pero esta última frase no incluye ninguna implicación ofensiva de carácter
sexual. Se trata más bien simplemente de una expresión muy fuerte de agresividad.
Lo importante es que, por ejemplo, ningún norteamericano utilizaría
ninguna de estas frases. Y a su vez los norteamericanos tienen expresiones para
expresar la agresividad que no se utilizan en ninguna otra parte. Por ejemplo, la
mayoría de los pacientes procedentes de otros países tienen dificultades con la
expresión: “¡Eres más tonto que una uña de un palmo!” (You´re as dumb as a doornail!)
Tales diferencias idiomáticas sugieren que existen normas culturales
aprendidas en el componente verbal del guión de la agresividad.
También existen diferencias en la configuración conductual del guión de la
agresividad. Existe cierta evidencia, por ejemplo, de que es más probable que
las mujeres griten cuando están agresivas, en tanto que es más probable que los
niños varones y los hombres pasen a la agresión física en las mismas circunstancias
(Averill, 1982; Kassinove, et al., 1997; Buntaine & Costenbader, 1997). Los
pacientes procedentes de los estatus socioeconómicos más bajos, y los adolescentes,
son más propensos a utilizar los insultos (Martin, 1997). Los pacientes
procedentes del sur de Estados Unidos son más propensos a pasar a la agresión
física cuando se sienten agresivos (Nisbett, 1993) y es posible que los norteamericanos
de origen japonés sean menos directos que otros norteamericanos en su
forma de expresar la agresividad (Komahashi, Ganesan, Ohmori, et al., 1997;
Aune & Aune, 1996). Ciertamente, las personas del norte de Estados Unidos
pueden parecerles frías y reservadas a las personas procedentes de culturas latinas
más expresivas. A su vez, los norteamericanos tanto del norte como del sur
pueden parecerles muy cálidos e inapropiadamente expresivos a las personas
procedentes de las culturas asiáticas.
Parte del guión de la agresividad es innato y se ha venido desarrollando a lo
largo de nuestro pasado evolutivo como elemento integrante de la reacción
motriz adaptativa de “ataque o fuga”. En el caso de los animales, este elemento
innato consiste en una serie de conductas motrices que pueden incluir el arrojar
líquidos pestilentes (las mofetas), hacer ciertos ruidos (las serpientes cascabel),
erizar las púas (los puercoespines), etc. Como se analizará más a fondo en el
capítulo 9, llevamos mucho de este pasado animal en nuestro repertorio conductual,
lo que resulta ser especialmente cierto a propósito de la conducta agresiva.
Nuestras expresiones faciales parecen ser universales y derivadas de nuesL
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tra historia evolutiva, junto con determinadas conductas motrices (por ejemplo,
Biehl, Matsumoto, Ekman, et al., 1997). Los artistas de dibujos animados han
demostrado una habilidad particular a la hora de captar estos aspectos no verbales
del guión de la agresividad. Como se muestra en la Figura 1-2, existen
auténticos expertos a la hora de plasmar las expresiones faciales, las conductas
motrices y las fantasías asociadas a la agresividad. La facilidad con la que podemos
reconocer la agresividad en los dibujos animados confirma la naturaleza
identificable y consistente del guión de la agresividad.
Figura 1-2. Diferentes Manifestaciones del Guión de la Agresividad
El guión de la agresividad humana está programado de forma innata y es
aprendido. Las expresiones faciales y las respuestas a ciertos desencadenantes
pueden ser universales, pero también aprendemos a identificar qué es lo que
supuestamente es inaceptable y aversivo, cuándo es apropiado reaccionar con
agresividad, cuándo gritar y señalar amenazantemente con el dedo, o cuáles
serán las consecuencias interpersonales más probables, y ello respecto de cualquier
situación dada. El guión de la agresividad incluye ciertas distorsiones cognitivas,
como se refleja en los pensamientos sediciosos y despreciativos acerca de
la persona o de la situación desencadenante (por ejemplo, “Ese cabrón de mierE
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da. Jamás se ha tomado la molestia de comprenderme y siempre ha estado a la
que salta para joderme. No lo trago”); cierto nivel de activación (por ejemplo,
aumento del ritmo cardíaco, sudoración, etc.); ciertas conductas motrices expresivas
(por ejemplo, señalar con el dedo en tono de amenaza, colgar el teléfono violentamente,
apretar los puños, fruncir la boca), y ciertos etiquetados verbales que
reflejan la especificidad y la intensidad de nuestro sentimiento subjetivo (por
ejemplo, enojado, rabioso, etc.). Estos etiquetados suelen estar generados por la
observación de nuestro propio cuerpo (por ejemplo, cuando nos damos cuenta
de que estamos gritando) y se reflejan en declaraciones tales como “¡Me siento
furioso a más no poder!” o “Me siento alterado y ofuscado”.
Otros elementos del guión de la agresividad incluyen:
• Levantar la voz: v. g., muy por encima de lo que es habitual en la persona.
• Contenido acusatorio: v. g., “Lo hiciste a propósito, no me lo niegues. ¿Por
qué no me dices la verdad?”.
• Contenido sarcástico: v. g., “Te crees más listo que nadie, ¿eh?”.
• Tono severo: v. g., “¿Por qué no pensaste en las consecuencias que
lo que estabas haciendo iba a tener sobre mí?” (dicho
con brusquedad)
• Insultos: v. g., “¡Hijo de puta!”.
• Gestos: v. g., señalar amenazante con el dedo.
• Postura corporal: v. g., inclinarse hacia adelante o mirar por encima del
hombro al blanco de la agresividad.
• Palabras rotundas: v. g., “¡La odio con toda mi alma y jamás la perdonaré!”.
Figura 1-3. El Guión de la Agresividad
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El guión también define lo que no forma parte de la agresividad. Por ejemplo,
no nos llevamos el dedo a la oreja, ni nos reímos, ni nos rascamos la rodilla
cuando nos sentimos agresivos. Si bien es cierto que podemos hacerlo con sarcasmo,
ello no le brinda una información coherente al blanco de nuestra agresividad.
Estas conductas no encajan con el guión característico de la agresividad.
Es la constelación completa de estas respuestas lo que define la agresividad. Ningún
elemento aislado del guión constituye por sí solo un signo seguro de agresividad,
dado que existen diferencias individuales, grupales y culturales en lo referente
a la experiencia interna y a la manifestación externa de la agresividad. Cuando
se ponen agresivas, unas personas gritan y otras ponen mala cara. Unas fantasean
con la posibilidad de agredir físicamente y otras no. Unas desprecian al
blanco de su agresividad y otras no. No todos los pacientes levantarán la voz
cuando se pongan agresivos y no todos proferirán injurias. De hecho, algunos
pacientes bajarán la voz cuando se pongan agresivos. Algunos no utilizan jamás
las palabras groseras ni el sarcasmo. En lugar de ello, expresarán su agresividad
directamente. Y, aunque son muchos los pacientes que acompañan su agresividad
de ciertos gestos, otros no. Amodo de ejemplo de las diferencias individuales,
conocemos a una mujer que murmura “6-21-3-11” cuando se pone agresiva.
Estos números reflejan letras del alfabeto, como “f”, “u”, etc. (esto es, fuck = joder).
En resumen, la agresividad es un estado emocional experimentado subjetivamente
que varía en intensidad y se asocia con diferentes conductas verbales
y motrices, respuestas físicas, distorsiones y déficits cognitivos, etiquetas verbales
y consecuencias interpersonales. Puede aparecer frecuente o infrecuentemente
y puede ser pasajera o duradera. Dada la amplia variedad de formas de
experimentar la agresividad, probablemente lo mejor es que el profesional inicie
la evaluación con los informes procedentes del propio paciente. De hecho, la
función del profesional consiste en identificar, con la ayuda del paciente, el
guión individual de la agresividad del paciente. Estos informes preparan el
terreno para la introducción de un programa de tratamiento que permita modificar
el guión de la agresividad de cada paciente individual mediante el esfuerzo
conjunto y colaborador del profesional y el paciente agresivo.
Hostilidad. La hostilidad se define como un conjunto de actitudes o de pensamientos
más o menos persistentes acerca de una persona, una institución o un
grupo. Los pacientes pueden expresar su hostilidad con frases como “Es una
cabrona de mucho cuidado. Jamás se me ocurriría confiar en ella” o “No soporto
a esos malditos… (determinado grupo étnico). Se merecen sufrir”. Las actitudes
hostiles suelen defenderse con diferentes grados de convicción (Abelson, 1987).
Las actitudes centrales, en el sentido de constituir un aspecto definitorio del
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paciente, suelen sostenerse desde hace mucho tiempo, son compartidas por amigos
y familiares y el paciente puede donar dinero o trabajar en una determinada
organización para hacer propaganda de dichas actitudes. Las creencias centrales
y sostenidas con gran convicción pueden representar ciertas actitudes consideradas
por la mayoría de los miembros de la sociedad como positivas (por ejemplo,
“salvemos a las ballenas”) o negativas (por ejemplo, las actitudes respecto
del NAMBLA, grupo que promueve la actividad sexual entre hombres y niños).
Parémonos a considerar algunas de las actitudes acerca de los judíos, los católicos,
los musulmanes, los homosexuales, los sureños, los negros, los ancianos y
las personas físicamente discapacitadas. Es fácil imaginarse la agresividad y el
resentimiento que pueden estar vinculados a estas actitudes. Y en el caso de que
constituyan un aspecto central de la descripción que de sí mismo hace el paciente,
de que reflejen una suspicacia de larga duración hacia otras personas o grupos,
y de que hayan sido reforzadas por el medio familiar y los iguales desde
hace mucho tiempo, pueden ser prácticamente imposibles de cambiar. Por ejemplo,
en algunos países de Oriente Medio las gentes llevan años mantenido entre
sí unas actitudes profundamente hostiles derivadas en conflictos y guerras que
se prolongan hasta nuestros días y que han demostrado ser impermeables a los
múltiples esfuerzos por modificarlas. Las actitudes de los terroristas que planificaron
y llevaron a cabo la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York en
septiembre del 2001, constituían ciertamente una variable crucial a la hora de
explicar su conducta. Las actitudes centrales son muy difíciles de cambiar.
Por contraste, las actitudes superficiales son relativamente más fáciles de modificar,
a menudo por mera lógica. Por ejemplo, los niños pequeños tienen poca experiencia
sobre el mundo. Si les preguntan si las armas son peligrosas, pueden responder
“sí” de entrada, sobre la base de lo que les han enseñado en la escuela.
Ahora bien, si el padre del niño es propietario de un arma o es partidario de las
armas, las actitudes del niño hacia las armas pueden dar rápidamente un giro más
positivo de resultas del trato con su padre. O bien, un paciente puede tener poca
experiencia con los ancianos y sin embargo estar convencido de que son muy rígidos
de mentalidad y están desfasados. Pero, después de trabajar durante unos
días en una residencia de ancianos, el paciente puede mostrar una actitud mucho
más flexible y mencionar que algunos

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