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El mar en tus ojos – Nieves Hidalgo

 El mar en tus ojos – Nieves Hidalgo


El mar en tus ojos – Nieves Hidalgo 

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Cerca de las Azores. Octubre de 1586
Las casi setenta toneladas del Melody Sea se deslizaban con suavidad sobre las agitadas aguas del Atlántico, consiguiendo su objetivo: abordar un pesado galeón
bien provisto con destino a España, procedente de las posesiones de Felipe II en Caribe.
El gigante pelirrojo que se mecía al compás del vaivén del barco, en la cubierta, asintió satisfecho observando con mirada crítica cómo los hombres bajo su mando
saqueaban la nave española, pasando con premura los cofres a su propia embarcación.
—Buena caza, ¿no os parece? —preguntó alguien a su lado.
Alex Potter ladeó la cabeza calibrando con detenimiento la figura esbelta de la mujer que le había hablado. En su rostro apareció una amplia sonrisa que, como
siempre, le hizo parecer un niño grande.
—Buena caza, en efecto, capitán Cook.
Ella se mostraba eufórica, como cada vez que entraban en combate. El montante del abordaje no solo serviría para engrosar las riquezas de la Corona, sino para
cebar sus propios cofres, pagar a los hombres y arreglar los desperfectos de la refriega.
—Estaré en mi camarote, señor Potter. Si hubiera alguna novedad, hacédmelo saber.
El segundo de a bordo del Melody Sea la vio alejarse sorteando algunos bultos y sonriendo a los aguerridos sujetos que formaban la tripulación. Se notaba que se
encontraba cómoda sobre la cubierta de la nave. Era uno más. Los hombres no solo la habían aceptado, sino que estarían dispuestos a arriesgar la vida por ella. Se los
había ganado por completo, aunque conseguir alzarse con el mando le resultó un camino complicadísimo, venciendo la resistencia de los hombres, empleándose con
tanto ardor como cualquiera de ellos y,

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sobre todo, poniéndose a su nivel.
Andy Cook había llegado al Melody a la edad de cuatro años, causando un verdadero revuelo entre la tripulación. Una criatura de cabello negro y ojos verdes que
de inmediato se ganó la simpatía de unos hombres de corazón duro, acostumbrados al pillaje. Su anterior capitán, Adrián Cook, la había raptado de la casa señorial de
los Barrington donde vivía con su madre, lady Eleonor. Había tenido sus motivos. ¿Acaso la pequeña no era su hija? Lady Eleonor y Adrián se habían enamorado y la
niña fue el fruto del amor. Un amor al que la familia de la dama se opuso desde el principio y en todo momento, argumentando lo impensable de la relación de una mujer
de su clase uniéndose a un hombre sin recursos ni título. Consiguieron separarlos y él ni siquiera supo que era padre hasta que la muerte se llevó prematuramente a
Eleonor. Entonces, y a pesar de dedicar ya su vida al mar, había ido en busca de la pequeña, lo único que le unía a su amada, arrebatándosela a los Barrington. La niña se
había criado pues sobre la cubierta de un barco, aunque no por ello su padre dejó que se adiestrase solo en la dureza del mar. No pudo impedir, eso sí, que, guiada por
sus avezados hombres, maestros de tantas escaramuzas, fuera aprendiendo todas y cada una de las argucias y artimañas que unos rudos corsarios podían enseñarle.
El mar no tenía secretos para la joven, y se movía por la nave con la misma gracia que pudiera hacerlo cualquier otra dama sobre las relucientes baldosas de un salón
de baile.
Y sabía mandar. ¡Vaya si sabía hacerlo! Consiguió ganarse la admiración de la tripulación y, a la muerte de Adrián Cook en una de las múltiples batallas libradas en
alta mar, cuando le alcanzó una bala, la joven decidió tomar el mando del Melody, apoyada y secundada por Alex Potter. Tenían patente de corsario, así que seguirían
con ella en honor a su padre. Solamente un hombre puso impedimento a que la muchacha asumiese el puesto de capitán, y le costó caro: el sujeto lucía ahora un corte en
su brazo derecho. A pesar del incidente, era uno de sus más fieles seguidores.
Andy animaba a sus corsarios cuando había pelea, sin quedarse atrás, uniéndose a ellos y, muchas veces, arriesgando su vida por salvar a cualquiera de los que ella
consideraba su familia. Audaz e irónica a partes iguales, podía pasarse horas leyendo o juntarse con la marinería como un camarada más.
Solo existía una norma estricta para la tripulación del Melody: los abusos a mujeres podían costar la vida. Si cualquiera de los hombres se atrevía a propasarse con
una mujer, podía echarse a temblar. No les resultó demasiado difícil aceptar esa regla, puesto que las prostitutas siempre estaban dispuestas a complacerles cuando
pisaban puerto.
Potter movió la cabeza y sonrió recordando los años pasados, pero sintiendo un tironcito en el corazón. Luego, desechando la imagen de su joven capitana, se
concentró nuevamente en el trabajo de sus hombres. Una vez terminaron de esquilmar el navío de turno, dio orden de separar los barcos y poner proa a Tortuga.
DOS
Londres. Marzo de 1587.
Nicholas Russell guiñó disimuladamente un ojo a la damita que salió a su encuentro, siguiéndola luego a través de los pasillos. Conocía a la joven y había disfrutado
junto a ella de buenos momentos, pero ahora debía fingir: Su Graciosa Majestad le esperaba, y todos conocían su animadversión a que sus damas de compañía
mantuvieran relaciones con sus consejeros sin su explícito permiso. Al menos, eso era lo que se rumoreaba en la Corte.
Las puertas del salón se abrieron ante ellos y él avanzó con pasos largos y elegantes.
Cualquiera que no conociese bien a Isabel podía pensar que su piel, tratada con aceites y maquillaje blanco hecho con albayalde, peligroso para la salud por su
componente de plomo, era la de una mujer enfermiza. Nada más lejos de la realidad, la soberana que dirigía Inglaterra con mano firme gozaba de una salud de hierro.
En torno a la Reina se había alzado una leyenda de mujer fría. Muchos decían que ninguno de los proyectos matrimoniales había sido de su agrado, que sus
pretendientes, ya fueran suecos, franceses o austriacos, no colmaron sus expectativas. Incluso se cuchicheaba acerca de algún posible defecto físico que la obligaba a no
casarse. Se hablaba también, en voz baja, de un amor de juventud que la dejó marcada, motivo por el cual jamás aceptó casarse a pesar de las insistentes peticiones del
Parlamento. No por ello su recámara permaneció siempre vacía de varón: sir Christopher Hatton, sir Walter Raleigh y Robert Dudley, conde de Leicester, disfrutaron de
sus atenciones en el lecho.
Nicholas se detuvo frente a ella y miró directamente a los ojos de su reina. Pocos se atrevían a hacerlo, ya que conocían el levantisco talante de Isabel y ella podía
tomarlo como un gesto de osadía. Pero Russell era osado por naturaleza, la soberana lo sabía. No le extrañó, por tanto, que él no se inclinara de inmediato ante ella con la
acostumbrada reverencia.
A un gesto de su mano, las jóvenes que la acompañaban se apresuraron a salir. Solo una permaneció cerca, sabedora de que iba a recibir instrucciones.
—Lady Brunilda, cuando finalice esta reunión daré audiencia a Lord Butterton.
La joven hizo una reverencia y salió, cerrando la puerta a sus espaldas. Entonces Isabel se fijó en la sonrisa que bailaba en los labios del recién llegado y elevó sus
despobladas cejas en un arco perfecto.
—¿No soy hoy merecedora de que me mostréis vuestros respetos?
Nicholas hincó entonces una rodilla en el suelo e inclinó la cabeza.
—Mi Señora.
Poseía una voz templada, sedosa, terriblemente varonil y sensual. Su cabello oscuro hacía que destacaran aún más sus ojos grises.
«Un hombre demasiado atractivo», se dijo Isabel.
—Y ahora, contadme qué es lo gracioso, Lord Leyssen.
Nicholas se irguió frunciendo el ceño.
—¿Perdón, Majestad?
—Vuestra sonrisa de hace un instante. Parecíais divertido. Contad, pues, en la Corte no hay demasiados chismes por los que reírse.
—No es nada, Majestad.
—Entonces, decidme: ¿por qué no borráis ese gesto estúpido de vuestro rostro, Nicholas?
Él se puso otra vez serio. Y su atractivo fue aún mayor, haciendo gemir interiormente a la Reina. Isabel había rebasado ya la barrera de los cincuenta años, pero no
por ello dejaba de ser admiradora de la belleza, fuera de la clase que fuese. En realidad, le gustaba rodearse de ella, tal vez asumiendo que no era un rasgo que la
caracterizara.
—¿Y bien…? —insistió, golpeando la punta de su chapín en el suelo.
—Es por el modo en que habéis llamado a vuestra dama de compañía, Majestad —confesó por fin él—. Odia el nombre de Brunilda.
Isabel entrecerró los ojos.
—Y vos, ¿cómo sabéis eso? —Nicholas se maldijo mentalmente. El comentario había sido suficiente como para alertarla—. ¿Os habéis encamado con ella?
—Mi Señora…
—Silencio. —Su voz fue un siseo.
Él se puso tenso, pero no desvió la mirada de la mujer que tenía el poder absoluto y, por tanto, la vida de todos sus súbditos en sus manos. Esperó una acalorada
reprimenda, pero tras un interminable momento, la sonrisa relajada de la soberana le permitió volver a respirar con normalidad.
Isabel se levantó, bajó los dos escalones que les separaban, se acercó a él y pasó sus dedos entre el lustroso cabello de su consejero, en un gesto íntimo. Sus ojos
chispeaban de regocijo, como los de una jovencita a punto de cometer una travesura. Luego le dio la espalda e hizo una seña para que la siguiese hasta la sala continua,
donde solía recibir a sus visitas más personales. Russell así lo hizo, cerrando la puerta tras de sí.
—Imagino que —dijo ella tomando asiento—, si yo tuviese veinte años menos, también intentaría conquistar a un hombre como vos y meterlo en mi lecho.
—Majestad, estáis tan hermosa como…
—No insultéis mi inteligencia, Conde de Leyssen —le interrumpió—. ¿Creéis acaso que no tengo espejos en mis aposentos? Sé que las malas lenguas dicen que he
mandado quitar todos, pero os aseguro que no es así.
El mohín que apareció en los labios masculinos hizo galopar el corazón de Isabel.
«Ciertamente, de tener unos cuantos años menos, no se me hubiera escapado.»
—No he querido decir que seáis una jovencita quinceañera, Majestad, sino que sigo encontrándoos hermosa…
—¡Nicholas!
—… y plena en sabiduría, en amor a vuestro pueblo, en administrar justicia —acabó él—. Atributos mucho más importantes que la belleza física, perecedera en
todo humano, mi reina.
Isabel no quiso reprimir una carcajada.
—Debería condenaros a una tanda de azotes. Tal vez ordenar que apliquen hierros candentes en vuestro pecho. O incluso darme el gusto de ver rodar vuestra
cabeza.
Nicholas sabía del carácter inflamable de la dama. No convenía, por tanto, contrariarla demasiado.
A Isabel no le temblaba la mano cuando impartía justicia, estaba acostumbrada a bregar con todo tipo de problemas y él sabía que, en los últimos tiempos, su
carácter se había avinagrado más aún debido a las comprometidas cuestiones de Estado. La última había conseguido recluir a la soberana durante días en su recámara, de
la que solo salió al recibir noticias de Francis Drake.
Nicholas trataba lo suficiente a la Reina como para adivinar su estado de ánimo, por mucho que intentara disimularlo. Sabía de su desazón interior porque Isabel no
quiso nunca la muerte de María de Escocia, a la que incluso había reconocido su derecho al trono. Había mandado encerrarla, sí, aunque se resistió con todas sus fuerzas
a dar carta blanca para su ejecución. Pero la política es como un gusano que se mete poco a poco en una manzana hasta pudrirla, e Isabel no tuvo más remedio que ceder
finalmente a las presiones, cuando se descubrió el complot de María con Anthony Babington para asesinarla, pretendiendo después poner a la Estuardo en el trono de
Inglaterra. Y el 8 de febrero, tras ser juzgada y condenada por más de cuarenta nobles, entre los que se encontraban incluso algunos católicos, fue decapitada en el
castillo de Fotheringhay.
Nicholas, que se había visto obligado a asistir al aborrecible y sangriento acto, recordaba vívidamente el gesto hermético de aquella dama de cuarenta y cinco años
que, lejos de mostrarse asustada ante la muerte, miró de frente a sus acusadores, retándoles con su actitud, hecho que acentuaba la elección del vestido elegido para la
ocasión: de un rojo vivo que reafirmaba ante el mundo a la mujer mártir católica.
Aquel episodio, unido al conflicto abierto con España, había conseguido debilitar a Isabel.
—No puedo condenaros por mentiroso porque no lo sois —comentó la soberana haciéndole volver al presente—. Más bien, resultáis encantador. Vuestra
compañía es de lo menos ingrato de cuanto sucede en este palacio.
—Viniendo de vos, Majestad, es un halago.
—¡Por el amor de Dios! —Volvió a reír ella de buena gana— ¿Os dais cuenta de que, con vuestra afirmación, acabáis de tildarme de poco menos que desabrida?
—Conocéis mejor que nadie vuestros defectos y vuestras virtudes. ¿Por qué queréis que yo las enumere? ¿Tratáis acaso de confundirme, Señora?
Tras un afectado suspiro, Isabel le indicó que tomara asiento.
—Os necesito para una empresa importante, Nicholas.
TRES
—Sé, Majestad —dijo él, suponiendo de lo que iba a hablarle—, que hace dos días Drake os ha enviado recado, avisándoos de que las naves estarán listas sin
demora. También sé que el capitán del Rainbow ha enfermado. Y aunque desde el principio me he mostrado en desacuerdo con vos y con Drake en atacar a España, sin
una previa declaración de guerra, estoy a vuestras órdenes. Capitanearé el barco si así me lo ordenáis, sustituyendo a Moonwall.
—Por eso os tengo a mi lado: nada de lo que ocurre escapa a vuestros ojos y oídos. En efecto, Drake saldrá en un par de semanas, y me halaga que estéis dispuesto
a ir a sus órdenes.
Nicholas asintió. Maldito fuera si le hacía ilusión capitanear un barco bajo el mando de Francis Drake, en un acto deliberado de guerra. Cierto era que el rey español
llevaba tiempo atosigándoles —aunque hubiera sido mejor decir devolviendo los golpes—, y que el conflicto estallaría a no mucho tardar, pero Drake no le gustaba. No
negaba que era un hombre con coraje que, desde que en 1577 Isabel le pusiese al mando de una expedición en el Pacífico, había conseguido logros notables, extendiendo
su fama no solo en Inglaterra sino en el mundo conocido. Cuando regresó de aquella expedición en 1581, la Reina le otorgó el título de caballero en una ceremonia llevada
a cabo a bordo de su barco, el Golden Hind.
Lo que Nicholas no soportaba era la faceta de Drake como traficante de esclavos.
—De todos modos —interrumpió Isabel sus pensamientos—, no es para capitanear el Rainbow por lo que os haya hecho llamar. Eso lo hará Bellingham.
—¿Entonces…? —preguntó intrigado.
—¿Habéis oído hablar de un barco llamado Melody Sea?
—No me suena el nombre, Majestad.
—Es una nave a las órdenes de un tal capitán Cook, un corsario con patente de Inglaterra.
—¿Qué sucede con él?
—Está atacando nuestros barcos.
—Pero si está bajo la protección de la Corona…
—Lo está. ¡Por todos los infiernos que lo está! —Golpeó con fuerza el brazo del sillón que ocupaba—. Sin embargo, nos ataca, despoja a nuestros navíos de su
cargamento y se da a la fuga.
—¿Estáis segura de eso?
—¿Os lo estaría diciendo en caso contrario? Tengo cosas más importantes que hacer que prestar mis oídos a bulos. El último comunicado me ha llegado hoy
mismo.
—¿Habéis ordenado su captura?
—Para eso os tengo a vos. Quiero que salgáis en su busca, que atrapéis a ese condenado capitán y me lo traigáis cubierto de cadenas.
—Aprovisionaré mi barco y…
—No, no, no. Nada de eso. Sé que podíais haceros a la mar en pocos días, pero no deseo una confrontación abierta.
—No sé si os comprendo, Majestad.
—Quiero un escarmiento ejemplar. Y un hombre solo, a veces, es capaz de conseguir lo que no puede un regimiento completo.
Los ojos grises de Russell se achicaron ligeramente, convirtiéndose en dos trozos de hielo.
—Permitid mi osadía, Majestad, pero esa misión la puede hacer un agente de campo.
—Os permito la osadía, sí, pero cumpliréis mis órdenes.
—¿Pretendéis acaso, Señora, que vaya solo a la caza de ese sujeto?
—Exactamente. Los informes que tengo dicen que fondea en la isla de Tortuga. Saldréis de Inglaterra en un barco mercante y buscaréis el modo de infiltraros en la
tripulación de Cook.
Nicholas no podía creer lo que estaba oyendo. Aun sin tener el permiso de su soberana se levantó y paseó por la sala, las manos cruzadas a la espalda y la cabeza
gacha. Al cabo de un momento se volvió hacia la Reina.
—Imagino que al menos me daréis una explicación a tan… ilógica petición, Majestad, si me disculpáis el adjetivo.
A otro cualquiera, la frase le hubiera costado acabar en la Torre de Londres. Pero a Isabel le gustaban los hombres con arrestos, y gozaba con los del conde, lo que
hizo que pasara por alto su salida de tono.
—No rindo cuentas de mis decisiones a mis súbditos, pero os voy a dar la explicación: el Melody Sea proporciona buenas ganancias a la Corona, las mejores, si nos
olvidamos de Drake. La mayoría de los cofres que llegan a Londres provienen de los galeones de Felipe, nuestro queridísimo Felipe II, que bien merecido tiene que le
esquilmemos. Y voy a seros franca, Nicholas: tengo mis dudas sobre la culpabilidad de Cook. No se ajusta a su forma de comportarse hasta ahora. Por eso, antes de
colgarlo, quiero confirmar si son ciertas las acusaciones que recaen sobre él. No es cuestión de perder unos beneficios, que nos son imprescindibles para reforzar nuestra
armada contra la de los españoles, por meras sospechas.
—Entonces, no le habéis declarado culpable aún.
—Lo será mientras no se demuestre lo contrario. Si ese desgraciado está entregándome su tributo, pero se resarce a la vez atacando barcos ingleses, juro que le
cortaré la cabeza. A él y a toda su tripulación.
—Entiendo. ¿Cuándo queréis que parta hacia Tortuga, Majestad?
—Ayer, Lord Leyssen —repuso Isabel.
Al mismo tiempo que se estaba llevando a cabo esa entrevista, una nave que lucía en su costado el nombre de Melody Sea, atacaba a otra con bandera inglesa.
Los hombres que la abordaron vitorearon a otro que se quedó sobre la cubierta del barco corsario, sin intervenir directamente en el asalto. Un sujeto alto, fornido,
de espesa cabellera oscura.
No hubo bajas, los arcabuces corsarios habían realizado bien su trabajo impidiendo cualquier tipo de maniobra en cubierta, hasta que fueron abordados. Pero
cuando la nave echó ancla en el puerto de Londres, todos contaron a quien quisiera oírles que había sido el capitán Cook, y no otro, el que les atacase.
La noticia sobre la nueva incursión del Melody Sea llegó a oídos de Nicholas Russell horas antes de partir de Inglaterra con destino a Tortuga.
CUATRO
Leyssen llegó a la isla caribeña tras un viaje azaroso y largo, durante el cual estuvieron a punto de naufragar a causa de las tempestades oceánicas.
Apenas pisar puerto buscó una posada, instalándose en una sencilla y no demasiado limpia. Tampoco había mucho donde elegir, Tortuga no era sino el lugar de cita
de piratas ingleses, franceses y holandeses, amén de otros tipos de aventureros, y las comodidades ocupaban un segundo plano para sus habitantes. Lo que sí importaba
era estar en el enclave idóneo desde donde atacar a los galeones de Felipe II, presa común para todos ellos. Los españoles habían conseguido echar varias veces a lo que
ellos llamaban escoria de los mares, pero una y otra vez esa escoria volvía, hasta que les obligaron a dejar la empresa por imposible. Lo era controlar tantas posesiones
en el Nuevo Mundo, sobre todo la extensa cantidad de las islas caribeñas.
Según corroboraba la información facilitada por la Reina, el Melody Sea fondeaba allí de vez en cuando, aunque por desgracia había levado anclas hacía poco más de
una semana.
Maldiciendo su mala fortuna, Russell ocupó el tiempo en recabar toda la información posible acerca de la tripulación del barco corsario y su capitán. No fue
sencillo, los sujetos a los que interrogó no se mostraron demasiado explícitos, eran remisos a soltar la lengua y solo consiguió saber lo que quería a base de poner en sus
manos las suficientes monedas.
Lo que sí supo fue que nadie había visto al capitán Cook desde hacía tres años. Por lo que le dijeron, el corsario no había vuelto a pisar la isla, quedándose siempre
en la nave mientras su tripulación se tomaba un descanso y hacían acopio de provisiones o calafateaban. Unos decían que seguramente estaba enfermo, otros que le
aburrían las rameras de Tortuga; algunos apoyaban la teoría de que había muerto y Alex Potter, su segundo de a bordo y hombre de confianza, era quien dirigía en
realidad la nave, manteniendo la patente de corso a nombre de su antiguo capitán.
Nicholas no perdió el tiempo en su obligada espera. Poco después de su llegada aceptó la compañía de la dueña de un garito. La dama en cuestión le sacaba unos
cuantos años, pero aún era hermosa y, sobre todo, complaciente. Lo que era más importante: tenía amistades que podían facilitarle el trabajo encomendado por Isabel.
Viendo el lado bueno de las cosas, era mejor una espera en agradable compañía.
Se acostumbraron pues a verle por la isla del brazo de la mujer, ataviado con ajustadas calzas, camisas abullonadas, sable a la cadera, pistola al cinto y daga en la
bota, al más puro estilo de los aventureros que deambulaban de un lado a otro. En pocos días fue conocido por todos como el amante de Úrsula, la dueña del Loro
Verde.
Dos semanas después, comenzaba a aburrirse e impacientarse, con el único entretenimiento de enviar mensajes regulares al marqués de Lington, su tío, a través de
un contacto, para que aquél los hiciera llegar a la reina Isabel.
Aquella mañana se despertó más tarde de lo habitual en él, agotado por las atenciones de Úrsula. Echó un vistazo a la mujer, aún dormida, y sonrió. Nunca había
encontrado a una fiera semejante en la cama, iba a echarla de menos cuando partiese de Tortuga. Se levantó con cuidado para no despertarla, se lavó y se afeitó. Vestido
con calzas, botas altas y camisa negras, se colgó el sable al costado y tomó la pistola.
—¿A dónde vas? —le preguntó una voz soñolienta.
Se acercó a la cama, se inclinó sobre Úrsula y la besó ligeramente en los labios.
—Vuelvo pronto, preciosa, solo voy a estirar las piernas.
Ella elevó sus brazos, rodeó su cuello y lo atrajo hacia sí para estampar un beso ardiente en su boca.
—No tardes.
Nick supo que por fin le sonreía la fortuna cuando llegó al puerto. Habían fondeado dos barcos: el Tormenta, capitaneado por Joao Montenegro, un renegado
aristócrata portugués dedicado a la piratería y el Melody Sea, su objetivo primordial.
Observó la nave corsaria desde el malecón. Tenía una línea elegante, aunque le pareció que era más grande de lo habitual. Tanto corsarios como piratas o filibusteros
solían utilizar naves más pequeñas y veloces, bien armadas, que les permitieran atacar con rapidez y darse a la fuga sin demora. El Melody, por el contrario, debía tener
unos treinta pies de manga y doce de calado, con tres palos: mesana, trinquete y mayor.
—Bien —se dijo entre dientes—, ahora empieza la verdadera diversión.
Recorrió el puerto, atestado de marineros, vendedores, chiquillos de narices sucias y rostro más sucios aún que intentaban ganarse unas monedas —o robarlas—,
pedigüeños que antes habían estado en activo y ahora, por distintas lesiones, sobrevivían de la limosna, y mujeres que intentaban ganarse los favores de los recién
llegados.
Entró en cada taberna hasta dar con el tipo adecuado para poner en práctica su plan. Se trataba de un fulano de baja estatura y fuerte constitución, que se hacía
llamar Jerry «el guapo del Melody», aunque de guapo tenía bien poco debido a la aparatosa cicatriz que le cruzaba el rostro, desde el inservible ojo derecho a la barbilla.
Le invitó a beber, sonsacándole con destreza hasta averiguar que el barco en el que prestaba sus servicios no fondearía por mucho tiempo. Al parecer, en cuanto
repusieran provisiones, disfrutasen de algo de compañía femenina y reparasen algunos desperfectos sin mayor importancia, se harían de nuevo a la mar.
Dejó al tipejo a punto de caerse por los efectos de la borrachera y volvió a las calles donde la mezcolanza de olores le hizo arrugar de nuevo la nariz. Apestaba a
especias, tabaco, ron y pescado, orines y desperdicios. Pero nada parecía importar a los habitantes de la isla. Tortuga era un lugar en el que todo y todos tenían cabida,
siempre que fuera contra la corona española, en un acuerdo tácito entre caballeros piratas de no agresión. Un asentamiento neutral en el que cualquiera podía encontrar
refugio y reparar sus naves.
Entre tanto marinero y desocupado, era fácil encontrar lo que estaba buscando y no tardó en dar con ello: dos sujetos patibularios con los que llevó a cabo un
acuerdo en un infecto callejón apartado del ruido, tras poner en sus manos una bolsa de monedas bien repleta.
—Lo haréis cuando salga de la taberna —les dijo, tras facilitarles la descripción del hombre con el que había estado bebiendo.
Los otros asintieron sin rechistar, era un modo inmejorable de ganar dinero por un trabajo rápido y sencillo, y no debían matar a nadie, solo dejarlo inconsciente y
mantenerlo oculto durante unos días.
CINCO
Al amanecer, Nick se encontraba junto a las chalupas pertenecientes al Melody, sin perder detalle de lo que sucedía. La tripulación terminaba de cargar los bultos:
carne salada, galletas, barriles de agua potable, algunas verduras, unas cuantas gallinas y ron.
Recostado en un muro, aguardó con paciencia hasta que surgió la oportunidad. Un tipo alto y mal encarado que lucía un aro de oro en una oreja, discutía con otro
que respondía con gestos nerviosos. Se acercó con disimulo, lo suficiente para escuchar la disputa y saber que el grandullón se interesaba por el paradero del guapo.
—Le juro que le he buscado por todos lados, señor Potter, pero no hay rastro de ese maldito cabrón. Seguro que se ha emborrachado y está aún entre los muslos de
alguna fulana.
—Necesitamos un sustituto entonces, que Jerry se pudra en los infiernos. Tienes media hora para conseguirlo. Andando.
Era el momento. El tal Potter parecía tener prisa y él sabía el modo de conseguir tripulación cuando el tiempo apremiaba: el método de cachavazo y al cesto al
primer idiota que se cruzase. Bien, pues él iba a ponerse justo en el camino. Iba a ofrecerse de idiota.
Pasó a su lado chocando contra él con deliberada energía. La fortaleza del corpachón de Potter le hizo trastabillar y, sin asomo de prudencia ante una complexión
bastante más poderosa que la suya, se volvió con cara de pocos amigos.
—¡Mira por dónde vas, mamarracho!
Potter arqueó las cejas al escuchar el insulto. El fantoche que acababa de tropezar contra él era alto, atlético, de hombros anchos. Joven. Y al parecer, lo bastante
estúpido —o temerario— como para enfrentársele abiertamente. Cruzó una rápida mirada con su compañero.
Un segundo después lanzaba el puño.
Pero Nick no era un hombre al que se pudiera sorprender con facilidad, se entrenaba casi a diario y, además, estaba esperando semejante reacción. Sobre todo,
nunca desestimaba una buena pelea.
Se ladeó para evitar un impacto que le habría dejado fuera de combate y elevó la pierna alcanzando a Potter en un costado con la punta de su bota. Lo desestabilizó.
El corsario se quedó unos segundos sin respiración y Nicholas aprovechó para atizarle un golpe terrorífico en el mentón. Ante el asombro del que les observaba, Potter
cayó despatarrado cuan largo era.
Unos ojos jade seguían el desarrollo del incidente con interés. Era la primera vez que Andy veía vapuleado a su segundo de a bordo, así que apoyó la cadera en unos
toneles con una sonrisa de anticipación, sin intención alguna de perderse la riña, que prometía no haber acabado.
El pelirrojo se incorporó como un toro enfurecido, limpiándose el hilillo de sangre que le manaba del labio partido, para arremeter contra el mequetrefe que se había
atrevido a sobarle la cara.
Nick lo esperó con las piernas abiertas y los puños preparados. Juró entre dientes cuando volvió a alcanzar el rostro de Potter, roca pura, porque el calambre le
llegó hasta la médula, dejándole el brazo inmovilizado. Pero el golpe consiguió hacer recular a su oponente, que trastabilló estrellándose contra una pila de cuerdas. Sabía
lo que se estaba jugando y necesitaba un último acto.
—Vamos, grandullón —incitó a su rival con los puños apoyados en la cintura—. ¿Eso es todo lo que sabes hacer?
Alex Potter se pasó la mano por la barbilla para comprobar si tenía la mandíbula en su sitio, parpadeando con asombro. ¡Condenado demonio de ojos grises!
Pegaba como una mula. Se rehízo con premura lanzándose contra el joven que, fintándole a un lado volvió a alcanzarlo en la espalda con los puños cerrados.
Nick iba a atacar de nuevo, ahora tenía a su enemigo a su merced. Pero justo entonces lo golpearon en la cabeza, estallaron en su cerebro miríadas de estrellitas de
colores, se le nubló la vista y se derrumbó inconsciente.
Frotándose el costado, Potter agradeció con un seco movimiento de cabeza la oportuna intervención del marinero a sus órdenes, que ya guardaba en su cinturón la
porra con la que había tumbado al intruso.
—Buen golpe.
—¿El que le he dado yo a él, o el que el mozo os ha arreado a vos? —se burló el otro.
Potter dejó escapar una risotada, aunque de inmediato maldijo por lo bajo consciente de la sangre que manaba de su labio partido.
—Jodido muchacho —se lamentó. Se agachó, tomó a Nick de las axilas, se lo cargó al hombro como si fuera un saco, y caminó con decisión hacia la chalupa—. Ya
tenemos suplente para el puesto de Jerry. Y juro que a este mozo le quitaré los humos de príncipe a no tardar.
Una hora después el Melody Sea levaba anclas con Nick Russell, Conde de Leyssen a bordo, desmadejado en las bodegas, atado de pies y manos como un fardo
más.
En el puerto, un sujeto vestido de oscuro que no había perdido detalle de lo acontecido, entraba en una de las posadas, pedía papel y pluma y comenzaba a escribir
una carta cuya destinataria final era Isabel I Tudor.
SEIS
Cuando Nick despertó, en medio de la oscuridad, hubo de luchar contra las náuseas y un insoportable dolor de cabeza. Debía tener un chichón como un huevo de
paloma. Permaneció tan quieto como pudo a la espera de que remitiera el malestar, acunado por el suave balanceo de la nave.
Debían encontrarse ya en alta mar.
Consiguió reptar hasta encontrar acomodo en uno de los mamparos, confiando en lo que la suerte le deparase. Había conseguido su objetivo, pero no estaba seguro
de si sería admitido en la tripulación o acabaría colgado del palo mayor.
Bastante después se abrió la escotilla y el ruido de pisadas le puso en alerta. Ante él se plantó un sujeto alto y delgado de rostro cadavérico, al que acompañaba un
muchacho muy joven que parecía estar algo asustado.
—¡Vaya! Así que el palomo ya está despierto.
Cortaron las ligaduras de los tobillos, le pusieron en pie y fue empujado sin miramientos hacia la escalerilla. Subió a trompicones, latiéndole cruelmente las sienes y
lastimado por el dolor de sus articulaciones. En la cubierta, los marineros se afanaban en sus quehaceres y no le prestaron atención alguna. Por el contrario, él sí se
demoró un tanto observando el entorno, haciéndose una idea del lugar al que había ido a parar. Fue empujado para que siguiera caminando y Nick se revolvió, aunque
poco o nada podía hacer con las manos aún atadas a la espalda.
—Sigue con lo tuyo, Jack, ya me encargo de él —escuchó decir a sus espaldas, a la vez que alguien cortaba las cuerdas que apresaban sus muñecas.
El gigante con el que había peleado en el puerto se guardó el cuchillo en la bota, pendiente del gesto fastidiado del prisionero.
—¿A quién debo el golpe traicionero en la cabeza? —preguntó Nick, masajeándose la piel lacerada—. Más que nada, por devolverle el favor.
Potter lanzó una sonora carcajada al aire.
—Se lo debes a tu estupidez, muchacho. Espero que sea el único golpe que te ganes a bordo, aunque no sé por qué, me da en la nariz que eres de los que busca
camorra.
—Si me buscan, me encuentran.
—Procura contenerte mientras estés en el Melody Sea. Aquí no nos gustan demasiado los gallitos.
—Así que estoy a bordo de un barco pirata.
—Corsario —rectificó Potter.
—Al que me han enrolado por la fuerza.
—Así es.
—Bien. Y ¿qué se supone que voy a hacer aquí?
—¿Qué te parece ejercer de fregona de cubierta?
Nick entrecerró los ojos. A esas alturas no pocos de los marineros estaban ya pendientes de la conversación, aunque sin desatender sus quehaceres.
—¿Qué tal de capitán? —Lo propuso con absoluto descaro.
Un coro de carcajadas estalló en cubierta. Y una voz suave, envolvente y femenina, hizo objeción a su arrogancia:
—Esta nave ya tiene capitán, marinero.
Nick se giró despacio para encontrarse cara a cara con una muchacha vestida como un verdadero lobo de mar. Calzas, camisa amplia anudada sobre el estómago,
botas de alta caña hasta por encima de las rodillas, sable al costado… Llevaba el cabello largo, rizado y oscuro sujeto con un pañuelo rojo atado bajo la oreja izquierda,
haciendo que destacara aún más el tostado de un rostro perfecto, unos enormes ojos del color del mar Caribe y una boca plena de labios carnosos y sonrosados. Era una
auténtica belleza que lo dejó sin aliento y sin palabras.
Andy Cook afianzó los pies en la cubierta, cruzó los brazos bajo el pecho y observó con renovado interés al nuevo componente de su tripulación.
—Estoy de acuerdo con vos, señor Potter —dijo con los ojos fijos en Nick—. De momento, que empiece fregando la cubierta.
—Solicito hablar con el capitán. Tengo sobrados conocimientos del mar, manejo el sextante y sería un desperdicio ocuparme en trabajos de esa índole, señora.
—¿Cuál es vuestro nombre, marinero?
—Russell. Nicholas Russell. Las damas y los amigos me llaman Nick.
Los labios femeninos se distendieron. Le había parecido guapo cuando le vio peleando con Potter en el puerto, pero ahora, teniéndole frente a ella, Andy se daba
cuenta de su gran atractivo. Era bastante alto, bien proporcionado, con un rostro que seguramente atraería a muchas mujeres y unos ojos grises que parecían observarlo
todo, de los que era difícil apartar la mirada.
—Yo os llamaré Russell. Bien, os escucho.
—¿Que me escucháis? ¿Vos?
—Queríais hablar con el capitán, ¿no es eso? Yo soy el capitán.
Nick abrió la boca, pero volvió a cerrarla. ¿Se estaba burlando de él aquella muchacha? Incluso vestida como un corsario y portando un sable a la cadera se
adivinaba que era muy joven. No podía ser. Debía tratarse de la amante del auténtico capitán.
—Como broma, señora, no está mal —respondió.
Potter le golpeó amistosamente en un hombro y dijo:
—Sé respetuoso, insensato. Estás frente al capitán Cook.
—En la isla escuché rumores, pero os aseguro que se referían a un hombre. O eso creí entender.
—Adrián Cook era mi padre.
SIETE
A Nick no se le escapó el tiempo del verbo empleado por ella. Era. Entonces, ¿había muerto? Se tironeó del lóbulo de la oreja sin acabar de creer que aquella
muchacha fuese su hija, mucho menos que hubiese tomado el mando de un barco con patente de corso.
—No me gusta que me tomen el pelo, señora —respondió—. ¿Queréis hacerme creer que una jovencita como vos capitanea a este grupo de filibusteros?
—Esta jovencita puede ordenar que os cuelguen del palo mayor —repuso ella avinagrando su gesto.
—Con todos mis respetos, señora, se me hace difícil recibir órdenes de una muchacha.
Andy inspiró hondo tranquilamente. Estaba acostumbrada a que los hombres viesen en ella a una joven frágil, pese a que hubiera bajado los humos a unos cuantos.
—Así que se trata de eso. ¿Os sentiríais humillado obedeciendo las órdenes de una mujer? ¡Ah, el insensato orgullo de los varones! ¿Acaso Inglaterra no está
gobernada por una mujer?
—¿Intentáis compararos con la Reina?
—¡Ni por asomo, señor Russell! Ni por asomo. Tengo entendido que es poco agraciada y bastante seca.
—Un comentario así podría costaros la cabeza.
—De estar en la Corte, es posible. Pero esto no es la Corte de Inglaterra. ¿U os lo parece? —Abrió los brazos abarcando la cubierta, guiñando a la vez un ojo a sus
hombres, que rieron la burla.
—Dista bastante de parecerse, señora mía.
A ella le desapareció la sonrisa y le observó con más detenimiento. Cruzó una rápida mirada con Potter y este se posicionó tras Nicholas.
—¿Y qué hace un sujeto que parece conocer la Corte de Isabel en mi barco?
—Tiene gracia que lo preguntéis, cuando han sido vuestros hombres quienes me han obligado a subir. Os puedo asegurar que, de haber tenido elección, no habría
apostado por esta nave. Pero si os interesa saber si he estado en la Corte de Londres, os diré que sí. No una vez, sino varias. Y por mí, todos esos condenados farsantes
que lamen el trasero a la Reina pueden irse al infierno.
A esas alturas, ni uno solo de los hombres de la tripulación se dedicaba al trabajo, pendientes de la conversación entre su capitana y el nuevo marinero.
—Explicaos mejor antes de dar orden a Potter para que os amarre al palo mayor.
Nicholas subió los hombros y esbozó la mejor de sus sonrisas.
—Os ruego que lo penséis mejor, señora, porque escapé de Londres casualmente para mantener mi cabeza sobre los hombros y, con franqueza, me gustaría que
siguiera ahí.
—¡Dejad de llamarme señora, soy vuestro capitán! —replicó la muchacha. No estaba molesta con Russel, sino con ella misma por las mariposas que revoloteaban
en su estómago mirándolo.
—Como ya os he dicho, señora —repitió él, pertinaz—, me resisto a aceptar a una muchacha como mi capitán.
Andy suspiró hondo. Aquel individuo estaba incomodando como un grano en el culo.
—Puedo hacer que os arrojen al mar y olvidarnos de que una vez estuvisteis en esta cubierta. Pero me intriga vuestro desparpajo. Me ha parecido escuchar que
tenéis cierta experiencia y no despreciamos una mano que se sume a las nuestras. Aun así, acabemos con este tira y afloja. Peleemos. Si ganáis, os dejaremos en el
primer puerto en el que fondeemos. Si gano yo, serviréis en el Melody Sea durante un año.
—¡Por favor…! —exclamó él, divertido, dándole la espalda.
—¿A cuchillo o sable?
Nicholas se volvió a mirarla con el ceño fruncido.
—¿Estáis de guasa?
—¿Os parece que lo estoy?
Nick lo pensó con detenimiento. No tenía salida, aunque pelear con una mujer ni se le hubiera pasado por la cabeza. Si alguna vez aquello saliera a la luz, sería el
hazmerreír de la Corte durante décadas. Por otra parte, bajarle los humos a la muchacha se le antojaba gracioso, no dudaba que los corsarios la veían como a una hija y la
habían consentido demasiado. Ponerle los pies en la tierra no estaría de más.
—Si así lo queréis, sea —asintió.
La tripulación estalló en un rugido ensordecedor.
—¿Arma? —preguntó ella.
—Si preferís el cuchillo… —concedió Nick—. Imagino que os será más fácil manejarlo.
—A sable —repuso ella—. Me agrada más su contacto.
—Como gustéis, señora.
—Préstele el suyo, señor Potter.
Nick estiró el brazo y el segundo de a bordo le cedió su arma con cierta reserva. La probó blandiéndola varias veces en el aire y luego tomó posición.
—Cuando queráis, milady.
Sin tregua, Andy atacó por sorpresa. Nick paró el golpe a duras penas, retrocediendo. Volvió a tomar posición y clavó los ojos en su oponente. No, la muchacha
no bromeaba, sabía lo que estaba haciendo al retarle, se movía como un felino y manejaba el sable con mucha destreza.
Cruzaron algunos golpes que tenían como objetivo calibrar la habilidad del contrario. Nick no tardó en darse cuenta de lo complicado que le iba resultar quitarse de
encima a aquella arpía.
Andy, por su parte, comprobó que su rival era un buen espadachín. Pero ella tenía intención de ganar aquella pelea, aunque fuese utilizando triquiñuelas femeninas,
alguna ventaja tenía ser mujer. Zigzagueó con su arma en aspa, consiguiendo alcanzar en el pecho a su oponente y haciendo rugir de nuevo a la tripulación. Era un
rasguño ligero que no revestía mayor importancia, pero dejaba a las claras a Nicholas su capacidad para defenderse. Apoyó la punta de sable en el suelo y preguntó:
—¿Es suficiente para vos, señor Russell?
Nick echó un rápido vistazo al tajo. Escocía como un demonio. Por él, la pelea hubiera acabado ahí, no le hacía gracia alguna cruzar armas con ella, pero el rictus de
suficiencia que bailoteaba en esos labios apetecibles y carnosos consiguió irritarle.
—Volved a alcanzarme, señora mía, y os juro que os llamaré capitán con mucho gusto.
Andy se mantuvo en guardia. El tipo era obstinado, pero le agradaba. Sin embargo, debía acabar con la contienda pronto, porque reconocía haberse distraído un par
de veces mirando sus ojos grises. Atacó con más ímpetu, pero él paraba cada golpe, perdía terreno y volvía a recuperarlo mientras rugían los gritos de los marineros
alentando a su capitán.
Nicholas sabía que podía ganar. Por muy diestra que ella fuera, acabaría cansándose. Sin embargo, le resultaba difícil creer que saliera ileso si la humillaba delante de
sus hombres, así que no le quedaba otra solución que colocarse a la defensiva. Ya había decidido simular que perdía el sable atizado por uno de sus mandobles, pero no
esperaba la treta utilizada por ella al segundo siguiente. Cruzaron las armas, tan cerca el uno del otro que respiraban el mismo aire, clavadas las pupilas de Nick en las de
la joven. Justo entonces, Andy movió su pierna derecha barriéndole y haciéndole caer en cubierta. Un segundo después la punta de su sable se apoyaba en su cuello.
Decenas de gargantas la vitorearon y algunas manos palmearon la espalda de la capitana corsaria mientras Nick, vencido, se recuperaba de su asombro.
En cumplimiento al pacto, la punta del sable femenino procuró un nuevo corte en el pecho del conde. Después, ella enfundó el arma a su costado y ofreció su
mano. Nick la aceptó para incorporarse escuchando a su alrededor las risas burlonas de la tripulación.
Por un momento, ambos se quedaron mirándose a los ojos. Ella esperaba su completa sumisión, él la contemplaba sin recato. Los marineros guardaron un
momentáneo silencio, pendientes de la reacción de ambos. Por fin, Nick sonrió, se llevó dos dedos a la sien como si de una salutación militar se tratara y preguntó:
—¿Por dónde empiezo a limpiar la cubierta… capitán?
OCHO
Durante sus primeros días a bordo del Melody Sea, Nicholas Russell tomó buena nota de cuanto veía, ya fuesen provisiones, aparejos o armas. La nave era
inmejorable, tal y como ya le había parecido en el puerto. Iba equipada con seis cañones y dieciocho culebrinas: unos cañones pequeños y manejables, muy efectivos,
que sembraban las cubiertas enemigas de metralla.
Amante del mar y de los barcos como era, apreció lo cuidado que estaba el navío que, lejos de pertrecharse de artillería y longitud de remos, resultaba ligera y, a la
vez, segura, con una cubierta corrida para evitar que los remeros estuvieran desprotegidos.
Pero estuviese la nave mejor o peor dotada que otras, él sabía lo que era la vida en el mar y, en un barco corsario, las comodidades disminuían. Alrededor de
cincuenta hombres se hacinaban en las bodegas a la hora de descansar sobre mugrientas hamacas, nidos de pulgas —bichejos transmisores de enfermedades, además de
notablemente incómodos— y parajes de piojos que se adueñaban de las raídas mantas con las que se cubrían, contra cuya presencia era muy incompleta la escasa
limpieza con agua salada que se le aplicaba. Nick solo esperaba que el cargamento de comida a bordo fuera el suficiente, para no tener que echar mano de las ratas,
alimento habitual en ciertas ocasiones en naves que realizaban largas travesías, deficitariamente provistas.
No le costó demasiado esfuerzo acercarse poco a poco a los componentes de la tripulación, y la camaradería se fue estrechando porque siempre estaba dispuesto a
echar una mano, aunque estuviera muy cansado debido a la gran cantidad de tareas encomendadas. En un barco, no se descansaba durante mucho tiempo: limpiar la
cubierta, tirar de los remos, mantener las velas en buen estado, pulir o afilar las armas y achicar agua solían ser quehaceres cotidianos.
Por fortuna, solamente los dos primeros días se le encargó adecentar la cubierta y lo hizo sin rechistar poniendo todo su empeño en la faena, arrodillado y
restregando con vigor la madera hasta despellejarse las manos. Pronto demostró su habilidad para reparar utensilios, para manejar los enseres, para entender las cartas
náuticas y, sobre todo, para dirigir a sus compañeros hacia donde deseaba, dejándoles creer que eran ellos quienes tomaban las decisiones.
Potter, a prudente distancia, no dejaba de observarle ni un momento. Estaba seguro de que Russell se había dejado ganar por Andy. Él conocía la destreza de la
muchacha peleando, no en vano había sido él mismo su maestro, enseñándole cuanto truco conocía para mantenerse viva. Pero no era idiota. Lo que no alcanzaba a
comprender era la causa por la que Russell había llevado a cabo la artimaña, dejándose vencer por ella. ¿Tal vez por no enfrentarse a una tripulación enfervorecida con
su joven capitana? ¿O era otro el motivo? ¿Había sido mera casualidad su encontronazo en el puerto? ¿De veras había escapado de Inglaterra para salvar la vida?
Russell era un sujeto peligroso, lo presentía. Era notorio que estaba habituado a moverse en una nave. Sobre todo, se veía que estaba acostumbrado a mandar. No
dejaba de hacerse preguntas sobre él y se juró que acabaría por saberlo todo.
Nicholas, por su lado, parecía sentirse cómodo a pesar de haber sido embarcado a la fuerza. Conversaba con todos y había conseguido que Gregory, el jovencísimo
grumete, hiciera de él una especie de ídolo al que pedía opinión a cada momento, asimilando sus comentarios e instrucciones, ya fuese sobre el modo de hacer un nudo
marinero o la forma más diestra de utilizar el cuchillo. Pero el conde no se engañaba, percibía a cada instante la mirada observadora del segundo de a bordo sobre él y
andaba con pies de plomo.
Había, sin embargo, un sujeto que preocupaba a Nick mucho más que Potter: Donald Roylan. Por lo que supo, formaba parte de la tripulación del Melody Sea
desde hacía varios años. Era el segundo oficial y se decía que ansiaba el cargo de contramaestre que ostentaba Potter. De muy mal carácter, varios marineros habían
tenido sus más y sus menos con él, y otros habían sufrido sus castigos: tandas de azotes e incluso había determinado pasar a un hombre bajo la quilla, orden que fue
anulada en persona por Cook. Hacer pasar a alguien bajo la quilla del barco era tanto como condenarlo a muerte porque, aunque el pobre desgraciado aguantase sin
respirar el penoso trayecto, acababa con la piel destrozada debido a los moluscos que se adherían al casco, lo que acarreaba infecciones de cura muy incierta en alta mar.
Pitt Pitman, el cirujano de a bordo, poco o nada podía hacer en esos casos.
Roylan no le agradaba en absoluto, por más que la capitana hiciera la vista gorda cuando se sobrepasaba porque, según se comentaba, le debía un favor. Orgulloso y
áspero con los hombres que tenía a su cargo, buscaba siempre una ocasión para hacerle a él el centro de sus escarnios.
Aquella mañana, Roylan parecía inusualmente irritado y Nick supo que se avecinaban problemas. Se encontraba atando unos cabos cuando escuchó su berrido.
—¡Russell! Trae dos cubos de agua y limpia esta parte de la cubierta, apesta a cerdo.
Nick no rechistó. De buena gana le hubiera plantado el puño en la cara, pero obedeció y fue en busca del agua.
En el castillo de proa, a Potter no se le escapaba la escena, como tampoco el hecho de que Roylan apoyara la mano en el mango del cuchillo largo que colgaba de su
costado. Se acodó en la baranda y esperó. Nick regresó al poco con dos cubos que dejó en cubierta y Roylan no perdió tiempo en patearlos, sin disimular que buscaba
humillarlo.
—Una lástima —dijo en voz alta, soltando después una carcajada—. Tendrás que traer otros dos.
En un lugar tan cerrado y monótono como la cubierta de una nave, cualquier alteración de la rutina llama de inmediato la atención, así que los hombres, casi al
unísono, se inhibieron de sus quehaceres aprestándose a ser testigos de un rato de entretenimiento, ansiando íntimamente que el nuevo tripulante le bajase los humos a
Donald.
Nick suspiró y colgó los pulgares en la cinturilla del pantalón, única prenda que llevaba encima. Se había acostumbrado a deambular por el barco sin otra ropa, con
el fin de mantenerse lo más limpio posible, y durante aquellos días su piel había tomado un tono dorado que hacía destacar más sus músculos.
—¿Por qué no los traéis vos, ya que habéis pateado los míos?
Al otro, la descarada contestación le hizo erguirse. Un rictus de ira asomó a sus labios, enrabietado por las risillas de algunos hombres a su espalda.
—Cumple la orden si no quieres acabar atado al palo mayor y acariciado por el látigo.
Nick apretó los dientes. Sabía que se estaba jugando casualmente eso, una paliza que dejaría marcada su espalda por el cuero para siempre. Pero se había cansado
de ser el centro de las burlas de Roylan. Deseaba más que nada en el mundo arreglar la cara a aquel desgraciado que, aupándose en su condición y su rango, no
escatimaba la ocasión de sojuzgar a los que podía, sobre todo al jovencísimo Gregory al que golpeaba con sus puños por cualquier motivo. Sí, lo deseaba más que nada,
pero no estaba loco y el galanteo de un látigo de ocho colas en su cuerpo no le hacía la menor gracia, nada conseguiría dejándose despellejar. Inspiró para calmar su rabia,
apresurándose a cumplir la orden.
Potter, viéndole obedecer, asintió en silencio.
NUEVE
Después de la cena, algunos de los hombres se acomodaron en sus literas, agotados tras el duro trabajo. Otros se agruparon alrededor de los dados.
Nick no podía dormir y salió a cubierta. Le reconcomía haber tenido que claudicar ante Roylan y su humor se agrió del todo cuando descubrió a Andy en el castillo
de proa. Seguía vistiendo al modo masculino, pero su cabello suelto hacía que destacara como un faro en la oscuridad y él se había quedado mirándola, preguntándose si
realmente estaba ante el corsario que traicionaba a Isabel.
Dio un respingo cuando alguien le puso una garrafa de ron ante las narices. La aceptó y dio un buen trago. Le importaba un bledo emborracharse, haberse metido en
aquella aventura lo mantenía tenso como una cuerda de violín y se merecía un poco de esparcimiento.
—Ten cuidado con Roylan. —Escuchó la voz de Potter a su lado—. Es un mal tipo. Y peligroso.
—También yo puedo serlo.
—No lo dudo. Pero si le cabreas, ni siquiera yo podré evitar un castigo. Te aseguro que no es agradable ver a un hombre con la espalda destrozada por el látigo.
—Gracias por el consejo.
Permanecieron en silencio un buen rato, cada uno inmerso en sus propios pensamientos, con la mirada perdida en la negrura del océano que los rodeaba, escuchando
a cada tanto el crujido del maderamen de la nave en su incansable vaivén.
—¿De dónde eres, Russell?
—Se podría decir que soy ciudadano del mundo, pero nací en Londres.
—¿Qué hacías en Tortuga?
—Ya os lo dije, buscaba un barco. Si os referís al momento justo en que nos conocimos…, paseaba cuando me di de narices con vos.
—¿Tan grave fue lo que hiciste en Inglaterra como para que quisieran cortarte el cuello?
—Digamos que tuve la osadía de acercarme demasiado a la amante del actual preferido de la reina —contestó, pidiendo disculpas mentales al caballero por tan
flagrante mentira.
—Ya veo. Así que te mueves en los salones de la gente importante.
—Conozco a muchas clases de personas, de clase alta y de baja estofa. —No mentía en absoluto ya que, más de una vez, se había visto obligado a confraternizar
con maleantes para obtener información—. En este caso, mejor decir que la dama se movía en salones que no correspondían a su rango.
—Entiendo. ¿Cómo es que…?
—¿Qué es esto, señor Potter? —se encabritó Nick—. ¿Un maldito interrogatorio? Porque no me pareció que os importara de dónde vengo ni adónde voy cuando
me sacudieron, metiéndome por la fuerza en el Melody.
—Que no se te alteren las plumas, pollo —se echó a reír—. Es simple curiosidad. No me gustaría tener un escorpión bajo mi trasero.
—Me fui de Inglaterra para salvar el pellejo teniendo que dejar atrás muchas cosas, llegué a Tortuga por pura casualidad y me dijeron que podía conseguir
ocupación en alguna nave. Como comprenderéis, mi único fin es estar algún tiempo alejado de Inglaterra, hasta que se olvide mi… tropiezo. El destino me da lo mismo,
aunque no imaginé que iba a acabar con la cabeza abierta.
—Tú te lo buscaste.
—Es cierto —admitió Nick, más relajado, con una sonrisa ladeada—. Fui un poco necio.
—Fuiste un poco engreído, pero debo reconocer que pegas duro y sabes manejar los puños.
—Cuestión de práctica.
Nick alzó la mirada y volvió a clavarla en la esbelta figura de la muchacha, aún en el puente. Potter siguió la línea invisible desde los ojos grises a la balaustrada en la
que Andy se enmarcaba.
—Olvídalo. No está disponible.
—¿No debería ser ella quien decidiera eso, señor Potter?
—Lo decido yo y basta. No te acerques demasiado, muchacho, o el que acabará por despellejarte la espalda seré yo mismo. Es más: la reina de Inglaterra no tiene el
monopolio de cortar cabezas.
Como si la amenaza no hubiera supuesto más que un «buenas noches», se hizo con la garrafa de ron y se alejó hacia la escalerilla que bajaba a los camarotes.
Segundos después, la propia Andy Cook abandonaba su posición.
Nick tardó un buen rato en dejar de mirar el lugar en el que ella había estado, y cuando por fin bajó a su litera no pudo conciliar el sueño. Unos ojos esmeralda, un
cabello negro y el rostro más hermoso que nunca viese, se lo impidieron.
Tampoco Andy pudo descansar bien aquella noche, la presencia de Russell había alterado sus nervios. Se quitó el colgante que pendía de su cuello, una exquisita
joya que representaba dos rosas entrelazadas, que solo se permitía llevar en contadas ocasiones, lo acarició con cariño y lo guardó. Tumbada en su camastro, dejó
recrearse a su mente en la apostura y gallardía del nuevo tripulante.
DIEZ
Durante los días siguientes, Nick procuró no cruzarse con Donald Roylan, harto difícil en una nave donde se trabajaba codo con codo.
La falta de otra actividad que no fueran los quehaceres diarios comenzaba a aburrirle. Echaba de menos sus cabalgadas al amanecer, las reuniones con los amigos y,
sobre todo, los momentos al anochecer que solía dedicar a la lectura. Siempre había estado con algún libro entre las manos y, aunque trabajaba hasta caer rendido en su
hamaca, las interminables horas de navegación sin más misión que procurar burlar a Roylan y mantener la nave en condiciones, empezaban a pasarle factura.
Si al menos avistasen algún buque español…
Aprovechó un momento de descanso para instruir al grumete sobre ciudades que el muchacho desconocía.
Desde lejos, Andy no le perdía de vista. El nuevo y obligado marinero del Melody Sea acaparaba muchos momentos de su atención y, aunque trataba de
disimularlo, una y otra vez sus ojos escrutaban la cubierta de la nave intentando localizarlo y se encontraba, a su pesar, admirando la sinfonía poderosa de sus músculos
cuando cargaba un bulto, la elegancia de su caminar, las atenciones que dedicaba al grumete. Russell empezaba a ejercer sobre ella una atracción que la irritaba y la
distraía muchas veces de sus obligaciones. Quería echarlo de su cabeza y, a la vez, saberlo todo de él.
—Si no encontramos una presa pronto, tendremos que regresar a Tortuga.
Ella se volvió, apoyó sus manos en la baranda y sonrió a Alex Potter.
—La encontraremos.
—Los hombres empiezan a inquietarse.
—Pues que se tranquilicen. —Le dio la espalda y volvió a buscar la figura de Nick en cubierta.
Al viejo lobo de mar no le pasó desapercibido su interés y chascó la lengua.
—Es atractivo. —Lo comentó como de pasada.
Andy sintió que un repentino sofoco coloreaba sus mejillas.
—¿Quién?
—No soy ciego.
—Te refieres a Russell —admitió, tuteándole, como cada vez que estaban a solas.
—¿A quién, si no? Disimulas muy mal tu interés por él.
—Me impresionó, es cierto y no voy a negarlo —admitió la joven de mala gana—. Pero es solamente un hombre más, Alex.
—Indudablemente no tiene tres piernas ni cuernos.
A ella le hizo gracia su sarcasmo y su gesto agriado.
—Tampoco yo soy ciega, amigo mío.
—No te acerques a él, sigo sin saber a qué juega.
—¿Qué quieres decir?
—Hace muchas preguntas. Demasiadas. Dónde hemos estado, con qué tipo de barcos nos hemos enfrentado… —Los ojos de la muchacha se convirtieron en dos
rendijas y perdió la sonrisa—. No me gusta la gente tan curiosa, sobre todo si su curiosidad se centra en nosotros. Y no es un vulgar destripaterrones o un marinero del
tres al cuarto.
—¿Temes algo?
—Maldito sea si lo sé, solo te digo lo que pienso.
Andy dirigió de nuevo su atención hacia Russell. En ese momento, él se reía de algo que acababa de decirle el jovencísimo Gregory y le revolvía el cabello.
—Parece que se lleva bien con la tripulación.
—Excepto con Roylan.
—Ya me he dado cuenta.
—Claro que ese cabrón no se lleva bien con nadie. Deberías pensarte dejarlo en el próximo puerto.
—No insistas en ese tema, por favor. Donald salvó una vez la vida de mi padre y…
—… y tú debes tenerlo siempre bajo tu ala, ya lo has dicho infinidad de veces —cortó Potter de mal talante—. No me agrada, muchacha, y me sentiría más seguro
si abandonara de una vez por todas el Melody Sea.
—Tú puedes controlarlo.
—No del todo. Tú le has dado alas y mando y, por tanto, cuando decide dar un escarmiento a alguno de los hombres no puedo desautorizarlo, sería tanto como dar
pie a un motín.
—Los castigos han sido siempre justos.
—Espero que la cosa siga así, aunque me parece que la integridad de Russell está pendiente de un hilo.
—Vigila a Roylan, me desagradaría que acabara con un cuchillo entre las costillas y veo a Russell muy capaz de matarlo en una pelea limpia.
—Bien. —Suspiró masajeándose la nuca.
—¿Qué te parece si ponemos rumbo a New Providence?
La decisión alegró el talante de Potter, que se alejó para dar las instrucciones precisas.
ONCE
La noticia de que se dirigían a New Providence fue, en efecto, acogida con algarabía por la tripulación.
La isla no era más que otro nido de piratas donde el juego, el ron y las mujeres se disputaban por igual, donde las peleas estaban a la orden del día y en el que
frecuentemente no resultaba extraño encontrar la muerte. Había sido posesión española tras el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, pero los
españoles no mostraron demasiado interés en aquel pedazo de tierra, para ellos de escaso valor, descuidando por completo su desarrollo.
Nick finalizó su sesión de remo, se alejó hacia proa y echó los hombros hacia atrás, tratando de relajar la tensión de sus músculos doloridos. Libre ya de faena, se
acomodó en un rincón, tras unos barriles, e intentó dormitar.
—¿Cansado?
El Conde de Leyssen abrió un ojo, miró a Potter y volvió a cerrarlo.
—Un poco. No se puede decir que haya mucha actividad en este barco, aparte de deslomarme remando cuando el viento no acompaña o ateniéndome a las órdenes
de Roylan.
—Ya encontraremos un pescadito al que quitar las escamas.
—Eso espero. Lo cierto es que no me importaría si la bandera fuera española, francesa o de cualquier otro país con tal de salir de este tedio.
Potter guardó silencio, observándolo con una ceja arqueada. Por mucho que pareciera poco interesado en conversar, Russell intentaba sonsacarle. El muchacho era
astuto, pero él era ya perro viejo.
Nick no esperaba recibir más respuesta de Potter a sus insinuaciones que la obtenida del resto de la tripulación. Todos aquéllos a quienes había interrogado
solapadamente decían lo mismo: atacaban galeones españoles. Ni una palabra acerca de haberse enfrentado a un barco inglés. Si todos callaban y no se daban de frente
con una nave de su Graciosa Majestad, iba a resultarle muy arduo poder comprobar lo que deseaba su soberana. Viendo que Potter guardaba silencio y nada iba a
conseguir, cambió de tema:
—¿Hay algo para leer en este maldito cascarón?
La ceja del corsario se arqueó aún más.
—¿Libros?
—En ellos suele leerse, sí —replicó irónico.
—¡Vaya! —Se escuchó otra voz burlona— ¿Qué es lo que estoy oyendo? Ahora resulta que

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