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El mentalista de Hitler – Gervasio Posadas

El mentalista de Hitler – Gervasio Posadas

El mentalista de Hitler – Gervasio Posadas

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en medio del escenario, iluminado por un único foco, el personaje observa en silencio a la multitud. Altivo, con los brazos cruzados sobre el pecho, en apariencia
ajeno a la expectación. No es alto, no es esbelto, tiene un aspecto casi vulgar a pesar de su atuendo, pero el fulgor de sus manos y sus ojos atraen las miradas. Los dedos
blancos, delicados, desproporcionadamente largos, reposan inquietos, esperando la llamada a la acción. Los punteros luminosos de sus pupilas apuntan al tercer
anfiteatro. Poco a poco los murmullos van acallándose. El personaje empieza a hablar en un tono bajo, casi gutural. A algunos espectadores les cuesta oírle, pero
consigue que el ambiente se vuelva confesional, casi íntimo.

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«Despunta ya una época nueva. Todo lo que el ser humano ha ambicionado, lo que anticipaban predicciones y profecías, empieza a ser ya realidad; por nuestra
propia fuerza, por nuestra voluntad, por nuestra acción. Un movimiento imparable electriza a la sociedad y la proyecta al futuro. Hay algo maravilloso y mágico en
estos cambios que se producen a pesar de los problemas a los que nos enfrentamos, de las dificultades económicas y políticas».
El discurso empieza a subir de tono, a escalar en intensidad. Miro a mi alrededor, todos los espectadores tienen su mirada puesta en el escenario, los ojos expectantes,
la boca un poco entreabierta. El súbito restallido del puño del personaje golpeando la palma de su otra mano les sobresalta ligeramente.
«¡Sí! Vivimos tiempos de cambio, de muerte de lo viejo, de renacimiento, tiempos frenéticos en los que la ciencia nos sorprende todos los días con un nuevo invento
que cambia nuestras vidas: podemos levantar el teléfono y hablar con Nueva York, oír por la radio noticias que están sucediendo en ese mismo momento en China,
tomar un avión y aterrizar en apenas unas horas en París, Londres o Roma. Hay máquinas que lavan nuestra ropa, que aspiran el polvo de nuestra casa, que enfrían o
cocinan nuestros alimentos en unos minutos. Incluso hay quien dice que pronto cuidarán de nuestros hijos».
Las palabras no son importantes, arrastra la potencia de la voz, el tono chirriante e imperativo. La atención continúa centrada en los ojos y en el baile de sus manos.
Banqueros, actrices, políticos, comerciantes, simples oficinistas, las siguen: bajan, suben, golpean, señalan. Incluso Meissner, el secretario del presidente Hindenburg,
un par de butacas más allá de donde me encuentro, no aparta sus gafas de sabueso miope del hombre de mediana edad que habla con un acento y unos gestos exagerados
hasta para un austriaco.
«Sin embargo, a veces olvidamos que la máquina más perfecta que existe la llevamos siempre con nosotros, sobre nuestros hombros», dice mientras se sujeta la
cabeza de espesos cabellos oscuros con las dos manos. «Nuestro cerebro no solo es nuestra ventana al mundo, nuestra conexión con el mundo de los sentidos y las
ideas. También es capaz de hacer otras muchas cosas que no llegamos ni a imaginar. Es algo que sabían los antiguos egipcios, los santones hindús, los chamanes incas:
un cerebro bien entrenado puede suprimir el dolor, incrementar nuestra fuerza física cuando sea necesario, eliminar la necesidad de ingerir alimentos. Pero se puede llegar
más allá, ¡mucho más allá!». La mirada oscura y penetrante barre la platea, las manos se alzan hacia el cielo. «Todo es posible si nos lo proponemos, desde mover
pesados muebles sin tocarlos hasta viajar en el tiempo y en el espacio. O adentrarnos en la vida interior de los objetos, como haremos ahora mismo». Por un instante, el
personaje mantiene un silencio escénico; solo, en la mitad del escenario, su silueta negra se recorta contra el telón rojo. Después, con un ampuloso gesto alarga el brazo;
los dedos parecen cada vez más largos. «Todos los objetos tienen vida, hasta las piedras. Guardan recuerdos, vivencias, imágenes, como nosotros mismos. Algunos
desde el principio de los tiempos, otros desde el momento en el que salieron de las manos de los artesanos que los crearon. Ahora comprobaremos cómo una mente
desarrollada puede sentir esta vida, leerla como si fuera un libro». Los dedos pasan una página imaginaria. «Para este experimento necesito la participación de algún
espectador. Si lo escogiera yo mismo, ustedes sospecharían, con razón, que les estoy engañando, que tengo algún compinche entre ustedes. Por eso buscaré a alguien
que esté por encima de toda sospecha». La mirada puntiaguda se centra ahora en los espectadores de las primeras filas, que, intimidados, recuestan la cabeza contra el
respaldo de sus butacas. El secretario de Estado suda visiblemente, quizás arrepintiéndose de haber ido al teatro esa noche. Los ojos pasan por encima de él y se
detienen en una mujer regordeta de unos cincuenta años que llevaba al cuello una estola de piel negra. El foco la ilumina.
—Es usted Frau Milchdorf, la esposa del jefe de policía de Kreuzberg, ¿no es así? —La señora se sobresalta, como si hubiese despertado de repente, y mira aturdida
al tipo gordo que está a su lado, evidentemente su marido. Por fin, la mujer asiente—. Le voy a rogar que le pida un objeto a un caballero que esté cerca de usted, uno al
que no conozca ni de vista, cualquiera. —Frau Milchdorf mira a su alrededor y con una sonrisa torpe señala a un tipo que está sentado junto al pasillo y que pasa a ser
iluminado por la luz blanca. Se pone de pie: es delgado, con el pelo rubio ya canoso y peinado hacia atrás. Viste con elegancia una chaqueta de espiga inglesa.
—¿Su nombre, caballero?
—¿No es usted el adivino? —dice el espectador con un marcado acento prusiano.
El público ríe con ganas, aliviado por la pausa cómica que rompe la atmósfera densa que se ha creado. El hombre del escenario ríe también con aparente naturalidad.
—Buena respuesta. Dejemos las presentaciones para más tarde —responde sin dejar de enseñar unos dientes largos y algo amarillos—. ¿Sería tan amable de darme un
objeto personal suyo? Si es posible, uno que lleve mucho tiempo con usted. —El voluntario a su pesar se acerca al escenario y le entrega algo. El mago lo enseña al
público—. Como pueden ver, se trata de una pitillera normal y corriente, sin ninguna inscripción, insignia o escudo. Veamos qué nos cuenta este objeto inerte e
inanimado.
Con un gesto suave se la lleva a la cabeza y luego al corazón. Sus ojos muy abiertos miran más allá del techo del teatro, como si allí hubiese una pantalla con las
imágenes que estaba buscando.
—Esta pitillera no es suya, ¿verdad? —dice después de unos largos segundos. El rostro del propietario se expande en una sonrisa irónica bajo la luz del foco.
—Sí lo es.
—Pero antes era de alguien muy cercano, de un familiar. De su padre…, no, de su hermano. —La sonrisa del espectador desaparece y el gesto se vuelve duro
mientras asiente—. Sin embargo, usted hace años que la tiene.
—Sí.
—Por lo menos, quince años, quizás dieciséis —dice el personaje acercándose la pitillera a la cabeza.
—Diecisiete.
—Yo diría que… desde la guerra. —El espectador calla, pero sus ojos brillan—. Concretamente desde que le enviaron los objetos personales de su hermano.
—Sí. —La voz es casi inaudible.
—Desde que murió en Ypres. ¿No es así?
El propietario de la pitillera no puede aguantar más y se tapa la cara mientras estalla en un sollozo. El público se levanta de sus asientos y empieza a aplaudir con
fuerza, sorprendido, emocionado. En el escenario, Erik Jan Hanussen saluda con una leve inclinación y una media sonrisa la estruendosa respuesta de los espectadores.
Parece tener la certeza de que al día siguiente los periódicos hablarán de otro éxito incontestable del hombre del momento.
Yo aplaudí también, aunque con algo más de desgana que el resto del público. A mí todo aquello de los magos, mentalistas, clarividentes o como se les quisiera llamar,
no me impresionaba ni me interesaba especialmente; lo que atraía mi atención eran los hombros pecosos, fuertes y sinuosos de Brunhilde, Nildi, la rubia que tenía a mi
lado y que aplaudía encendida a Hanussen, que continuaba saludando desde el escenario. Bueno, esa semana era ella. La anterior había sido Else y la próxima, ¿quién
sabía? Berlín estaba lleno de «schöne Frauen», de aquellas chicas encantadoras, desenvueltas, ligeras, burbujeantes, seguras de sí mismas, atléticas, de dientes frescos,
apenas maquilladas, siempre bien vestidas. Cuando caía la tarde se las podía ver paseando en parejas por las amplias aceras de la Kurfürstendamm o tomando un helado
a solas en la terraza del Romanisches Café. Fumando en público, sin preocuparse de los demás, sin estar acompañadas por su madre, su tía o su suegra, como habría
sido preceptivo en España, donde se había proclamado la República el año anterior, pero donde para salir con una chica todavía había que echar una instancia y que te la
sellaran dos o tres ministerios, por lo menos. En el Berlín de 1932 bastaba tener un poco de labia y unos marcos (o «huevos», como les llamaban los castizos berlineses)
para invitar a unas copas y dormir bien abrigado. Algunos nostálgicos de la época del káiser se quejaban de esa emancipación, de un cambio de costumbres que, como
casi todos los males del país, achacaban a la derrota en la Gran Guerra, pero a mí no se me ocurría un sitio mejor para vivir mis veinticinco años.
Cuando salimos del Scala, nos vimos absorbidos por el tumulto de espectadores, transeúntes que se dirigían a otras sesiones de teatro y vendedores de las últimas
ediciones de los diarios de la noche. A pesar de los empujones, me sentía a gusto entre la muchedumbre, entre toda aquella gente que era la sangre electrizante de la gran
ciudad. Un golpe de viento helado mezclado con algunos copos de nieve nos golpeó en la cara. Estábamos a principios de marzo, faltaban apenas unas semanas para
primavera, pero el invierno berlinés no aflojaba. Sin embargo, Nildi ni siquiera se tapó el escote. Estaba demasiado excitada por el espectáculo que acababa de presenciar.
—¡Fabuloso!, ¿no? Ya te dije que Hanussen no tenía nada que ver con el resto de los mentalistas. No hay trampas ni trucos. ¡No cabe duda de que tiene auténticos
poderes! —exclamó con las mejillas rojas de emoción. Yo le sonreí condescendiente. No es que fuera la chica más guapa con la que había estado últimamente, pero tenía
una nariz graciosa y unas piernas de exposición—. ¿Has visto cómo ha hipnotizado al viejo ese con pinta de tener una mansión en Grunewald?
La parte final de la actuación de Hanussen había consistido en hipnotizar a algunos espectadores. Uno de ellos era un señor panzón y respetable enfundado en un
buen traje oscuro. El mentalista le había hecho sentarse en una silla en el escenario, se había situado de pie detrás de él y, mientras le masajeaba las sienes, canturreó
algunas canciones infantiles. De repente, con una voz alta y rota dijo: «Tienes cinco años». El señor se encogió en la silla, llevando la barbilla al pecho. «Es el día de
Navidad», continuó Hanussen, «acaban de regalarte una pelota. Mírala, es roja y muy bonita, justo la que querías. ¡Venga, juega con ella!». Sin recordar sus años y sus
kilos, el gordo con traje de financiero se puso de pie con la mirada iluminada por la ilusión y empezó a corretear detrás del imaginario juguete por todo el escenario,
dando patadas al aire y soltando carcajadas, mientras todo el teatro reía con él. «¡Cuidado, vas a tirar el árbol de Navidad!», advirtió el mago. El viejo chocó contra un
objeto imaginario, tropezó, cayó al suelo y empezó a llorar con toda la fuerza de sus pulmones. Hanussen le ayudó a levantarse y le dio un caramelo, para regocijo del
público; aquello calmó al niño-banquero, que lo saboreó con satisfacción. «Pero tu padre está enfadado». La expresión del hipnotizado se ensombreció. «Te castiga y te
mete en el cuarto que está debajo de la escalera. Es oscuro y huele a húmedo». La cara empezó a reflejar miedo. «Tienes ganas de ir al cuarto de baño. Pero no puedes
salir de allí. Tampoco te atreves a llamar a la puerta, tu padre se disgustaría aún más. Mmmm, qué ganas…». La expresión de apuro del viejo, los pequeños saltitos a un
lado y a otro, arrancaron una nueva carcajada del público. «No puedes hacerlo en el suelo. Entonces sería mamá la que te gritaría. ¿Ves ese jarrón que está en la esquina?
Quizás podría servirte para, ya sabes…». Mirando con recelo, el encopetado caballero cogió del suelo un objeto invisible y con la otra mano empezó a desabrocharse la
bragueta. La platea se venía abajo del ataque de risa. En ese momento Hanussen había tenido la delicadeza de parar el espectáculo, sacar a su víctima del trance y
devolverlo con la cara como un tomate a su localidad.
—A lo mejor no lo hipnotizó, he visto esas cosas en las ferias y seguro que era un compinche —respondí sin dejar de sonreír.
—No digas tonterías, Pepe, has visto perfectamente cómo ese señor tan respetable se ha puesto a hacer el ridículo delante de medio Berlín.
—A lo mejor Hanussen es tan genial que nos ha hipnotizado a todos para que creamos que estábamos viendo al viejo jugar como un niño. —Agarré a la chica por la
cintura mientras ella reía. Me encantaban aquellos hoyuelos de las mejillas.
—¡Ay, Liebster, cariño, qué cosas se te ocurren! Eres el español más racional que existe. ¿No crees en lo desconocido, en las fuerzas ocultas, en el poder de la mente,
en el misterio?
La abracé más fuerte y la besé en el cuello.
—¿Cómo no voy a creer en esas cosas? Tengo sangre gitana, del mismo Sacromonte de Granada —dije dibujando un arabesco en el aire.
—¿Con esos ojos azules? —Me tocó la punta de la nariz con un dedo—. ¡Mira que eres embustero! Anda, vamos a comer algo, me muero de hambre.
Nos disponíamos a despegarnos de la masa que aún comentaba el espectáculo cuando Nildi pareció divisar una cara conocida entre la gente y me arrastró en dirección
a una mujer que se resguardaba el rostro con el cuello del abrigo de pieles.
—Señora baronesa, ¡qué sorpresa encontrarla aquí! —dijo Nildi un poco intimidada, mientras se tapaba el escote.
—Querida, ¡qué gusto verte! —Después de mirarme de arriba abajo, acortó la distancia y le dio un beso en la mejilla a Nildi, que no lo esperaba—. ¿Te ha gustado el
espectáculo?
—¡Claro, ha sido fantástico! Es maravilloso lo que se puede lograr con la mente, nunca había visto nada así. ¡Qué hombre tan interesante, tan intenso! —Se notaba
que mi compañera tenía ganas de continuar hablando de la actuación pero que tenía miedo de ponerse pesada—. Por cierto, le presento a Pepe, un amigo español. Es
periodista —dijo Nildi con un punto de orgullo en la mirada—. Ella es la baronesa.
A riesgo de poner nerviosa a mi amiga, tomé la mano de la recién llegada y la besé con burlona caballerosidad.
—Baronesa, por lo que veo, no todas las aristócratas son viejas y gordas. La sangre azul le sienta maravillosamente bien.
—Y yo veo que habla bien nuestro idioma. —Aquellos ojos me miraban como si fuera un mono en la jaula del zoo, pero mi vanidad quería imaginar que la atracción se
mezclaba con la curiosidad.
—La abuela de Pepe era alemana, ¿verdad que es divino? —dijo Nildi atrayéndome hacia ella.
—Sí, claro, no lo podría ser más.
Los ojos de la baronesa no parecían ni verdes ni azules, sino más bien como aguamarina. A pesar de que sonreían, parecían tener un fondo triste. Pensó un instante
antes de continuar.
—¿Qué planes tenéis? Vamos a reunirnos un grupo de amigos con Hanussen en Kakadu.
—¡Con Hanussen!, ¿el auténtico? —respondió Nildi entusiasmada—. ¿Lo conoce usted?
—Un poco. Creo que os lo podré presentar —dijo la baronesa con un deje de arrepentimiento mientras paraba un taxi—. Bueno, si os apetece, estaremos allí a partir
de las doce. —Se montó en el vehículo y vimos cómo se perdía entre el denso tráfico de la noche.
—No querrás ir, ¿verdad? Yo pensaba más bien en un rato tranquilo en tu casa. Mañana tengo trabajo —dije tanteando el cuerpo de Nildi. Ya había tenido bastante
magia para una noche. Lo que me apetecía en ese momento era verla desnuda.
—¡Es una ocasión única para conocer a Hanussen, no podemos dejarla escapar! Seguro que habrá champán, caviar, glamur, gente chic. —Por la cara ensoñadora de mi
amiga, no iba a ser fácil quitarle la idea de la cabeza. No todos los días se le abría la puerta del gran mundo a una peluquera—. Además, un español no puede ser tan
aburrido. ¡La fiesta! Berlín no está hecho para irse a la cama pronto. Anda, vamos a comer algo.
En efecto, como decía antes, en 1932 Berlín no era lugar para aburridos: la ciudad de los altos intelectos y los bajos instintos, de los tres teatros de ópera y la famosa
filarmónica, de los veinte mil bares, restaurantes y cabarés, desde los más selectos a los más depravados, la ciudad que reventaba de música, donde podía oírse el mejor
jazz del continente, un tornado de idiomas, escaparates deslumbrantes, anuncios, luces de neón que teñían la noche de verde, rojo o amarillo, donde acudían turistas de
todas partes del mundo en busca de sexo para ver, sexo para comer, sexo para usar y tirar. Una ciudad llena de locales para heterosexuales, homosexuales, lesbianas,
parejas, fetichistas, masoquistas, voyeurs y para cualquier otra tendencia que el visitante quizás no había ni imaginado que existía. Histérica, deslumbrante, sórdida,
siempre viva, los berlineses decían, con su habitual socarronería, que en su ciudad ni los animales del zoo dormían.
Cada noche era una aventura, un espectáculo nuevo y extraño que había que vivir. Nildi, a pesar de mis protestas, se empeñó en ir a cenar algo a Hackepeter. Pero su
interés no estaba en degustar la típica carne de cerdo picada con cebolla que daba nombre al restaurante.
—¿Cómo estará Jolly? ¡Me muero de ganas de verlo! —dijo con una sonrisa pícara mientras nos quitábamos los abrigos y se los dábamos a una chica con el delantal
de cuadros habitual en las cervecerías del Rin.
Jolly no era un playboy ni un actor ni un camarero especialmente guapo. Jolly era lo que se denominaba un artista del hambre. Su número consistía en no probar
bocado durante días mientras a su alrededor danzaban bandejas con piernas de cerdo, codillos, salchichas, jarras de cerveza, vino de Mosela y demás chorreantes
delicias. Vistiendo únicamente unos calzoncillos zarrapastrosos y encerrado en una gran urna de cristal situada en mitad del comedor, fumaba un cigarrillo tras otro ajeno
a las miradas de los bulliciosos parroquianos, flanqueado por dos tipos con cara de sepultureros que vigilaban que nadie introdujera siquiera una loncha de embutido en
la pecera. Nildi le saludó con gestos exagerados, como el que intenta llamar la atención de un niño, pero Jolly siguió mirando al frente sin dar acuse de recibo.
Encontramos una mesa desde la que teníamos una buena vista del espectáculo. De fondo un grupo tocaba música popular en un ambiente de típico y alegre Biergarten.
—No acabo de ver cuál es la diversión, este pobre hombre no hace nada de particular, no es muy emocionante verle ahí sentado —dije mientras empezaba a atacar mi
entrecot con patatas. ¿Podría Jolly oler la carne dorada, oírnos masticar, sorber las grandes jarras de cerveza? Entre calada y calada, únicamente una tenue nube de humo
que salía de la nariz delataba que aún seguía vivo.
—No entiendes nada, es un héroe romántico, un «Lohengrin» que lucha en solitario contra las adversidades, con la única ayuda de su fuerza de voluntad. Además, ¡es
tan guapo! Hasta una Rockefeller intentó casarse con él, pero él prefirió seguir con su vida espiritual.
Me resultaba difícil creer que nadie encontrara atractivo a aquel tipo en calzoncillos, sucio y greñudo, y mucho menos una millonaria americana. Tenía por norma no
discutir por tonterías con mis conquistas, pero no podía evitar sorprenderme del éxito que tenían en Berlín aquellos personajes excéntricos, estrafalarios o directamente
embaucadores, una armada de echadores de cartas, astrólogos, hipnotizadores, faquires, yoguis, quirománticos. Eran celebridades con miles de seguidores que estaban
dispuestos a dejarse cortar un brazo por un autógrafo suyo, de mujeres de todas las clases sociales locas por meterse en sus camas. Las iglesias estaban vacías, la gente
ya no creía en Dios, pero llenaban todo tipo de locales para adorar a sus nuevos ídolos. Nildi pareció adivinarme el pensamiento.
—La vida es tan gris, todo es tan triste, Liebster, que hay que soñar.
En efecto, la cara amarga de aquella Alemania eran seis millones de parados, una crisis económica que no acababa, políticos sin soluciones que solo sabían pelearse
entre sí, hambre, desesperación, familias que hasta tenían que prostituir a sus propias hijas para poder poner comida en la mesa.
—Prefiero pensar que puede haber otra realidad distinta, en la que todos podemos ser mejores, más listos, más fuertes, como ha dicho Hanussen esta noche.
Para mi amiga, él era la prueba definitiva de que ese nuevo ser humano era posible: al parecer Hanussen decía ser hijo de unos aristócratas daneses, había vivido
bastante tiempo en Oriente Medio y en los años veinte era uno de tantos clarividentes que llenaban los teatros y cabarés de Europa central. Todo cambió en 1928,
cuando fue encausado en Checoslovaquia por fraude a las personas a las que prestaba sus servicios psíquicos. Tras dos largos años de litigio, Hanussen había sido
sometido a una prueba pericial de sus poderes en un juzgado rebosante de público. Adivinó dónde se habían escondido varios objetos en la sala, el contenido de la
cartera del fiscal y describió con tal detalle el nacimiento del hijo del juez, que este no tuvo más remedio que absolverlo, dictaminando que no podía desmostarse que
fuera un farsante.
Sí, eso recordaba haberlo leído cuando yo aún vivía en Madrid. Porque la prensa de todo el mundo había ido un poco más allá que el magistrado y sentenció en
grandes titulares que el juicio confirmaba legalmente, por primera vez en la historia, los poderes de un mentalista. El caso es que aquello catapultó a Hanussen a Berlín,
donde en poco tiempo se había convertido en una de las mayores celebridades del mundo del espectáculo, a la altura solo de las grandes estrellas del cine o del deporte.
Tenía dos periódicos, un enorme yate en los lagos, una colección de automóviles de lujo en su garaje y se decía que cobraba más de doscientos huevos por una hora de
consulta privada.
—¡Parece que he equivocado la profesión! —dije con una mezcla de sorpresa y envidia cuando me enteré de este último dato; mi sueldo fijo como corresponsal de
prensa era de ciento sesenta marcos y el salario medio mensual en Alemania algo menos de cien.
—Si eres medio gitano, como dices, siempre podrás ganar un sobresueldo bailando flamenco —respondió Nildi—. Seguro que la baronesa pagaría por verte, no había
más que fijarse en cómo te miraba.
No había dejado de pensar en los ojos de la desconocida, en sus finas muñecas, en la elegancia que transpiraba. Intentando que pareciera un interés casual, le pregunté
a mi amiga quién era.
—En la peluquería todas la conocemos como «la baronesa», no sé cómo se llama de verdad. Es toda una dama, yo suelo atenderla y, como has visto, me trata como
una amiga. Además, sus propinas…
«Meine Damen und Herren, einen Moment, bitte». La banda había dejado de tocar. Yo no era capaz de identificar de dónde venía la voz aguda y comprimida.
«Distinguida clientela, hoy se cumplen cuarenta días desde que nuestro

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